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CAPÍTULO 12-Compañeros

  El sonido de risas suaves llenaba el gran comedor del templo. Kael estaba sentado entre Doran y dos acólitas jóvenes, sonriendo con un brillo renovado en los ojos.

  —No parece que hace dos días tuviéramos que cargarte monta?a abajo —dijo Doran, arrebatándole un pedazo de pan antes de morderlo.

  Kael soltó una carcajada franca.

  —Lo sé… pero no recuerdo haber sanado así en mi vida.

  Alden lo observaba desde el otro lado de la mesa.

  —Es extra?o —dijo en voz baja—. Ninguna herida debería cerrarse tan rápido.

  Una brisa suave cruzó el comedor, moviendo las telas azules que colgaban de los vitrales. Entonces Selenya habló, con calma serena:

  —El fuego primordial guarda fuerzas antiguas. La Orden solo aprende a seguir su pulso.

  Alden frunció ligeramente el ce?o, sin intención de desafiarla, simplemente incapaz de comprender.

  —Supongo que no estoy acostumbrado a… nada de esto.

  No era burla. Era honestidad. Pero Lyanna, sentada junto a Selenya, detuvo su movimiento con la cuchara a medio camino. Un gesto mínimo, casi imperceptible. Retiró la mano con suavidad y, sin palabra alguna, dejó la mesa. Su capa azul claro rozó el suelo mientras se alejaba con pasos silenciosos.

  Kaelor la siguió con la mirada apenas un instante.

  Doran se aclaró la garganta, incómodo.

  Las acólitas intercambiaron una mirada fugaz.

  Alden bajó los ojos hacia su plato. No estaba seguro de qué había dicho, pero el silencio que había dejado Lyanna detrás de sí pesaba más que cualquier reproche.

  Kael fue quien rompió la tensión, levantando un tenedor como si fuera un estándar.

  —Pues yo digo —anunció con entusiasmo contagioso— que si sigo así, hasta podría darte una paliza, hermano.

  Doran soltó una carcajada profunda. Kaelor sonrojándose por fin. Y la mesa volvió, poco a poco, a respirar.

  ***

  Poco después, el sol caía sobre el jardín interior del templo. Los muros de piedra estaban cubiertos por enredaderas plateadas y flores de tonos suaves. En el centro, Alden y Kael se enfrentaban en combate, esta vez no con espadas de madera.

  Alden empu?aba la espada corta de su padre en la mano izquierda y Eryndhal, la Espada del Alba, en la derecha. Su cuerpo se mueve con una fluidez nueva, casi inquietante. Cada golpe parecía impulsado por algo que despertaba en su interior. Kael bloqueaba, retrocedía, volvía a avanzar; pero en su mirada crecía una sombra de desconcierto. Su amigo se movía demasiado rápido, demasiado preciso, como si el acero respondiera a un ritmo secreto que él no alcanzaba.

  Desde un rincón del jardín, la Loba observaba en silencio, inmóvil, con los ojos fijos en Alden. Su mirada serena parecía percibir algo más profundo que el mero combate.

  A unos metros, Kaelor siguió el intercambio con los brazos cruzados y una leve sonrisa. Reconocía trazos de su propio entrenamiento: la posición de los pies, la disciplina del giro, la tensión correcta del hombro. Pero había algo más, algo que no provenía de sus ense?anzas.

  —No lo hacen nada mal, ?eh? —comentó Doran, quien se encontraba a su lado, cruzándose de brazos—. Serán grandes guerreros.

  Kaelor esbozó una sonrisa.

  —Yo solo espero que sean más que buenos guerreros.

  Doran chasqueó la lengua.

  —Me alegra haberlos conocido, amigo… pero quizás sea momento de volver a mi vida sencilla. Las profecías nunca han sido lo mío.

  —Podrías venir con nosotros —replicó Kaelor sin apartar la vista del combate—. Uno más no estorba, y nos serías útil.

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  Doran soltó una risa breve.

  —?A una cruzada de espadas mágicas? Es bien sabido que prefiero las tabernas a los templos.

  Kaelor lo miró de reojo.

  —También sé que tienes honor y lealtad. No todos pueden decir lo mismo.

  El medio enano frunció el ce?o, como si no esperara la seriedad del comentario.

  Kaelor a?adió, se?alando a los dos jóvenes:

  —Y necesitaré ayuda para cuidar de esos dos.

  Doran suspiró, resignado.

  —Supongo que alguien tiene que escribir esta historia —dijo con una sonrisa ladeada—. Será un buen comienzo para mi leyenda.

  En el jardín, Alden sintió cómo algo ardía en su interior. Su respiración se aceleraba; cada impulso se volvía más fuerte, más certero. Kael retrocedió un paso, sorprendido. Un instante después, las dos espadas de Alden chocaron al mismo tiempo contra la defensa de Kael, y el arma de este salió volando, girando sobre las flores hasta caer en la hierba.

  Kael dio un paso atrás, llevándose la mano al hombro.

  —?Estás bien? —preguntó Alden, aún jadeando.

  —Sí… sí. Tal vez aún no estoy al cien por cien —respondió Kael con una sonrisa que intentó sostener, aunque sus ojos buscaban, casi sin querer, el destello de Eryndhal.

  Kaelor se acercó enseguida.

  —Es suficiente por hoy. Partiremos al amanecer.

  Doran asintió.

  —La juventud es fuerte, pero no indestructible.

  Kael recogió su espada del suelo. Mientras se apartaba hacia el interior del templo, su expresión se mantuvo serena; sin embargo, hubo un leve apretar de mandíbula, fugaz, casi imperceptible. No era enojo… era una duda recién nacida, un peso que no terminaba de entender.

  Había perdido. No era algo que soliera ocurrir; y aunque intentó convencerse de que solo estaba débil, la certeza lo acompa?ó en silencio mientras cruzaba el umbral del corredor.

  ***

  En una galería lateral, Lyanna observaba los rayos del sol filtrarse por la claraboya, deslizándose sobre el suelo como hilos dorados. Su semblante era sombrío.

  —?Aún te afecta lo que dijo? —preguntó Selenya al acercarse.

  Lyanna tardó un instante en responder.

  —No comprende el fuego primordial… ni lo que significa para nosotras. Siento que no ve nada de lo que arde a su alrededor.

  Selenya guardó silencio unos segundos.

  —La espada ha dormido siglos en la Fuente de Todos los Caminos. Nadie fuera de un oráculo logró despertar su luz. Hasta ahora. él lo hizo.

  —Bajó un poco la voz—. Su conexión con el fuego es real, aunque aún no lo entienda. Por eso necesitará a alguien que lo guíe.

  Lyanna la miró con desconcierto.

  —?Insinúas que debo acompa?arlo? Yo… no soy la mejor de la Orden.

  Selenya la observó con esa calma que imponía respeto.

  —El fuego te eligió, Lyanna. Lo supe desde el día en que te encontré. Tus ojos…

  La luz de la claraboya cayó sobre su rostro, haciendo brillar el verde de sus pupilas.

  —…son la marca de la sangre antigua que corre por tus venas. La herencia de las hadas del pasado.

  Lyanna bajó la mirada, sintiendo un nudo en el pecho.

  —No puedes pedirme eso.

  —No soy yo quien lo pide —respondió Selenya con suavidad firme—. Es el propósito del fuego.

  Hizo una breve pausa.

  —Algún día, ese muchacho necesitará que le recuerdes quién es.

  Lyanna permaneció inmóvil, respirando despacio, con la expresión de quien acaba de escuchar a su propio destino pronunciar su nombre.

  ***

  Esa noche, Alden se hallaba solo en una de las salas interiores del templo. Las paredes estaban cubiertas por antiguos frescos que narraban mitos olvidados: hombres envueltos en fuego, dragones de piedra, reinos sumergidos… y, entre ellos, una figura solitaria, un antiguo héroe que alzaba una espada sorprendentemente similar a Eryndhal frente a la sombra colosal de un dragón alado. El brillo tenue de la lámpara hacía vibrar los colores del mural, como si esa escena aún respirara.

  Alden sostenía a Eryndhal con ambas manos, la hoja apoyada sobre el suelo sagrado. La Loba descansaba a su lado, con el hocico entre las patas, respirando con calma.

  Kaelor entró en silencio.

  —Te ves preocupado.

  Alden asintió sin levantar la mirada.

  —Escuché la profecía cuando tomé la espada.

  Inspiró hondo.

  —Dice que el portador de la marca lleva la sangre de Galathor… y que esa sangre puede fortalecer las sombras.

  Una pausa, casi un susurro:

  —?Galathor es mi padre?

  Kaelor sostuvo su mirada.

  —No.

  Guardó un segundo de silencio, como si buscara las palabras exactas.

  —Tu madre era su media hermana. Una mujer hermosa… y con algo en ella que brillaba por dentro. Algo que muchos sentían sin poder nombrarlo.

  Alden parpadeó, incrédulo.

  —Entonces… ?él la mató?

  Kaelor bajó la vista.

  —Galathor no siempre fue así. Alguna vez amó a su pueblo. Pero las sombras lo corrompieron y su ambición lo devoró por dentro. Perdió todo rastro de lo que fue.

  La Loba levantó lentamente la cabeza al escuchar esas palabras, como si comprendiera la gravedad del momento. Sus ojos ámbar se cruzaron con los de Alden, y por un instante el joven sintió una calma tenue, un recordatorio silencioso de quién era.

  —Entonces llevo su misma sangre… —murmuró Alden.

  Kaelor negó suavemente.

  —Llevas una parte, sí. Pero también llevas la de tu madre… y la de tu padre.

  Se acercó un paso más.

  —Ella nunca fue corrompida. Y tu padre fue un hombre valiente, un caballero que se enfrentó a Galathor sin temor.

  Su voz se volvió más firme:

  —Tu sangre también viene de dos personas buenas, fuertes y dispuestas a dar la vida por otros.

  Alden apretó los pu?os.

  —?Y si termino como él? ?Y si el fuego me consume también?

  Kaelor lo tomó de los hombros.

  —Tu madre y tu padre llevaron ese mismo fuego. Y ninguno cayó ante él.

  Una leve sonrisa apareció en su rostro.

  —No estarás solo. Kael y yo estaremos contigo. Doran también. Y otros se unirán cuando llegue el momento.

  Alden avanza lentamente, dejando escapar un suspiro que parecía cargar a?os.

  ***

  Muy lejos de allí, en los bosques del norte de Valdara, la luna ascendía sobre las copas de los árboles. Las hojas se mecían al paso de una criatura colosal: un Agaroth. Su piel verdosa estaba surcada de cicatrices antiguas, y de su cuerpo emanaba un nivel de vapor, como si cada exhalación ardiera desde dentro. Bajo la luz, se adivinaban músculos tensos y vivos.

  Desde las sombras, un grupo de elfos lo seguía con arcos tensos. Las primeras flechas se clavaron en su costado, pero apenas lo hirieron. El monstruo rugió y cargó hacia ellos.

  Entonces, desde lo alto de un árbol, una figura descendió con agilidad felina. Una elfa de cabello rubio trenzado y ojos azules cayó frente a la bestia, empu?ando dos hojas curvas en forma de media luna. Su expresión era serena, casi fría.

  La criatura embistió, pero ella se deslizó entre sus piernas, cortando los tendones con precisión. El Agaroth cayó con un estruendo. Ella aprovechó el impulso para subir a su espalda y hundir ambas espadas en su cuello. El rugido se apagó.

  Los elfos salieron de entre los árboles.

  —Buen trabajo, Serah —dijo uno de ellos.

  Ella limpió sus armas en el musgo.

  —Gracias, Vaerion. Es el tercero esta semana.

  Otro elfo frunció el ce?o.

  —Empieza a parecer que no deambulan sin rumbo.

  Vaerion negó con la cabeza.

  —Estas bestias no piensan.

  —Entonces alguien las está guiando —replicó el otro, sombrío.

  El silencio se extiende entre ellos. Serah alzó la vista hacia el norte, donde la niebla cubría el horizonte.

  —Sea lo que sea —murmuró—, debemos estar preparados. Algo se acerca.

  Y en el aire helado del bosque, su advertencia pareció fundirse con el murmullo de los árboles.

  Gracias por leer este capítulo.Espero que te haya gustado y que continúes con el siguiente.

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