—Seguro que no podemos quedarnos un día más? —preguntó Kael mientras ajustaba el arnés de su caballo, mirando el amanecer como si esperara que le respondiera.
El rocío aún perlaba las escalinatas del templo de Aeryndor, y el sol apenas comenzaba a asomar detrás de las monta?as, sin fuerza suficiente para ahuyentar el frío. La brisa matinal arrastraba el murmullo de los manantiales y agitaba suavemente las capas azules del templo.
Alden estaba de pie frente a su montura, en silencio. Llevaba la Espada del Alba colgada al costado, y aunque intentaba ocultarlo, sentía una inquietud que le oprimía el pecho. Era como si el aire antes de una tormenta se hubiera asentado dentro de él: expectación, tensión… y un leve temor por lo desconocido.
La Loba, a su lado, lo observaba con una quietud casi solemne, como si entendiera que aquel amanecer marcaba el comienzo de un sendero que ya no tenía vuelta atrás.
Kaelor terminó de asegurar las correas de su caballo y se acercó unos pasos.
—El amanecer no espera a nadie —dijo, aunque su voz tenía un matiz que sugería que tampoco le entusiasmaba desde tan pronto.
Doran gru?ó mientras revisaba una de las alforjas.
—Yo no confió en ma?anas tan silenciosas —musitó—. Siempre anuncian problemas.
Alden no respondió. Había dormido poco; cada vez que cerraba los ojos, los árboles color cerezo que había visto en su visión regresaban con una claridad perturbadora.
Fue entonces cuando Selenya apareció en el umbral del templo.
La Oráculo caminó hacia ellos con paso tranquilo, y al detenerse frente al grupo, su mirada se posó primero en Alden. Una chispa de compasión —o tal vez de orgullo— cruzó fugazmente su expresión.
—No has dormido bien —dijo con suavidad, sin necesidad de preguntarlo—. El fuego rara vez permite descanso cuando empieza a despertar.
Alden tragó saliva y asintió.
Selenya apenas inclinó la cabeza.
—En tus visiones viste árboles color cerezo.
Debes dirigirte al norte, hacia los bosques de Larethil. Allí encontrarás aquello —oa quien— necesitas para continuar tu camino.
Alden desvió la mirada hacia el suelo, tratando de ordenar las emociones que no terminaban de darle tregua.
—Y recuerda —a?adió Selenya, con un tono más grave—: antes de que termine tu viaje, tendrás que dejar cosas atrás, como dejaste tu hogar. Y deberás hacer sacrificios… algunos lo bastante profundos como para quebrar a cualquier hombre. Pero lo que eres, Alden… lo que has aprendido… no lo olvides nunca.
El joven la escuchó con un nudo en la garganta. Instintivamente, buscó con la mirada a Kaelor y Kael. Ambos lo observaban en silencio; Kaelor con firmeza, Kael con una mezcla de curiosidad y preocupación mal disimulada.
Selenya se volvió entonces hacia Lyanna, que montaba con gesto resuelto.
—Tienes una gran fuerza dentro de ti, hija mía —dijo con una dulzura sorprendente—. Usala bien. Tu rol en este viaje será más importante de lo que aún comprendes.
Tras un breve silencio, a?adió con ese tono maternal que Lyanna conocía demasiado bien:
—Y sé paciente, por favor.
Lyanna abrió la boca, lista para protestar, pero terminó soltando un suspiro resignado. Selenya sonrió apenas.
Finalmente, la Oráculo dio un paso atrás y dedicó al grupo una mirada que mezclaba esperanza y melancolía.
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—Que el fuego primordial los guíe.
Las puertas del templo se cerraron lentamente tras ellos mientras emprendían la marcha, dejando atrás el eco de sus pasos… y un silencio cargado de presagios.
***
Mucho más al norte, cerca de la frontera entre Elyndor y Valdara, un peque?o grupo de viajeros avanzaba con una carreta por un sendero polvoriento. El aire estaba quieto, casi demasiado.
Entonces, el viento cambió.
Los caballos bufaron, inquietos.
—?Escucharon eso? —susurró uno de los hombres.
Un estruendo lejano retumbó por el valle… luego otro, y otro más. No eran truenos. Eran pasos. Pasos pesados.
Los viajeros apenas alcanzaron a apartarse del camino antes de que la horda emergiera entre el polvo: decenas de figuras oscuras, enormes, cubiertas de tierra y sombra.
Ghüls.
La tierra vibró bajo ellos. El hedor metálico, casi sanguinolento, quedó suspendido en el aire cuando la horda se perdió hacia el sur.
Uno de los viajeros cayó de rodillas.
—Van hacia Valdara… —murmuró, temblando.
***
Al atardecer del tercer día, cuando el sol comenzaba a hundirse tras las ramas, Alden estaba de pie en un claro rodeado de árboles, sosteniendo la Espada del Alba entre las manos. Tenía los ojos cerrados, el ce?o fruncido y el cuerpo rígido por el esfuerzo de concentrarse. A pocos metros, la Loba descansaba sobre una roca elevada, inmóvil y atenta, como una estatua viva.
Un golpe seco lo sacó de su trance.
—?Ay! —exclamó, llevándose la mano a la cabeza.
Lyanna estaba detrás de él, con el ce?o fruncido.
—Lo estás haciendo mal —dijo sin rodeos.
Alden la miró con fastidio.
—No siento nada. Tal vez no tengo esa dichosa chispa de fuego interior. O tal vez tú no eres precisamente clara al explicar.
Lyanna cerró los ojos un instante, respirando hondo para no perder la paciencia. Cuando habló de nuevo, su voz sonó más suave, pero firme.
—Todos tenemos esa chispa, Alden. Todo en Myranthel la posee… y tú también. Esa espada es la prueba. Recuerda lo que sentiste al tomarla.
él inclinó la cabeza, pensativo.
—Sentí algo parecido antes… un calor en el pecho. Como si algo dentro de mí quisiera salir.
—Las emociones pueden abrir esa conexión —explicó Lyanna—, pero solo de forma involuntaria. Si dejas que tomen el control, podrías perderlo tú.
Alden alzó una ceja.
—?Y si eso pasa?
—Sería como una fogata que arde demasiado rápido —dijo ella, mirándolo fijamente—. El fuego consumiría la madera… y al final, se apagaría.
—?Quieres decir que podría morir? —susurró.
Lyanna no respondió de inmediato; luego asintió una sola vez.
Retrocedió un paso y levantó los brazos, las palmas abiertas.
—Cuando logres dominar tu chispa interior, podrás hacer cosas maravillosas. Pero el fuego debe servirte, no consumirte.
Una brisa cálida comenzó a arremolinarse en torno a ella. Las hojas secas danzaron en espiral, y Alden observó, con asombro creciente, cómo la luz del atardecer parecía fundirse con el aire a su alrededor. Por un instante, sus pupilas verdes brillaron como cristal. Luego el efecto se disipó, dejando el claro otra vez en calma.
Ambos guardaron silencio… hasta que una voz estalló desde el borde del bosque:
—?Oigan! ?Ya terminaron con su sesión de hechicería? ?La cena está lista!
Lyanna rodó los ojos.
—No es hechicería… y lo idiota es claramente hereditario —replicó, adelantándose.
—?No es justo! —protestó Kael detrás de ella—. ?Está claro que soy el más inteligente! Y, técnicamente, ?ni siquiera somos hermanos!
Alden soltó una risa y le dio un empujón en el hombro.
—?Ah, sí?
Kael abrió los brazos, indignado pero divertido.
—?Qué? ?Es verdad!
Desde la roca, la Loba levantó la cabeza para mirar el intercambio. Luego volvió a recostarse, tranquila, mientras el sol se hundía entre los árboles.
***
Más tarde, cuando la luna alcanzaba lo alto de la noche, bajo un cielo te?ido de fuego y sombra, las tropas de Riven cruzaron el atrio del templo de Aeryndor. Los cascos golpearon la piedra en un ritmo grave que resonó entre los muros sagrados.
Las mujeres de la Orden aguardaban en silencio, alineadas bajo la luz blanquecina de las antorchas. Ni un gesto, ni un parpadeo. Sus túnicas azul claro, bordadas en plata, parecían parte misma del templo.
Riven desmontó sin apartar la vista del interior del santuario.
Una de las sacerdotisas avanzó hacia él con pasos suaves.
—La Oráculo lo espera —dijo simplemente.
El comandante no respondió. La siguió por los corredores silenciosos, donde la luz temblaba contra los relieves antiguos. Al llegar a las grandes puertas talladas con símbolos arcanos, la sacerdotisa las abrió sin ceremonias.
Selenya estaba allí, de pie junto a la fuente circular, como si hubiese sabido el instante exacto en que él llegaría. Su mirada serena parecía atravesar la penumbra misma.
Riven se detuvo frente a ella.
—Buscamos a un grupo de hombres —dijo de inmediato—. Uno de ellos es joven y lleva una marca en el pecho.
—Lo que buscas no está aquí —respondió Selenya sin apartar la mirada.
Riven entrecerró los ojos.
—Por tu tono diría que sabes exactamente de quién hablo.
Ella no replicó. La quietud en su rostro fue una respuesta en sí misma.
El comandante dio un paso más, estudiándola.
—No me temes —murmuró—. Y tampoco me dirás nada.
Selenya guardó silencio.
Entonces, un cuervo negro entró por la ventana abierta y se posó en el borde de la fuente.
Tenía una única pluma blanca en el ala izquierda.
Riven ladeó la cabeza, sin apartar la vista de la Oráculo.
—Quizá no me temas, Oráculo… —susurró—. Pero sé que hablarás con alguien más.
En ese instante, una sombra helada se extendió desde el cuervo, derramándose por la estancia como tinta negra.
La fuente perdió su luminosidad.
Las antorchas parpadearon… y se apagaron.
La oscuridad reclamó el templo, y el silencio volvió a reinar en Aeryndor.
***
A kilómetros de allí, en el campamento nocturno, la Loba alzó de pronto la cabeza, olfatando el viento.
Muy lejos, casi imperceptible, un cuervo graznó en la noche.
Alden abrió los ojos.
La Marca en su pecho latió una vez, caliente.
Un bosque los esperado.
Gracias por leer este capítulo.Espero que lo hayas disfrutado y que continúa con el siguiente.
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