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CAPÍTULO 3-Fuego y Pérdida

  La noche caía sobre Hearthglen envuelta en un silencio tenso, como si el aire mismo contuviera el aliento antes de un estallido. Entonces, el suelo tembló.

  A lo lejos, los cascos de los caballos resonaron sobre la tierra húmeda y el eco del metal rompió la calma de las colinas. Las sombras se movían rápidas entre el humo y la penumbra, avanzando como una marea oscura.

  Los primeros gritos se escucharon cuando los soldados irrumpieron en el pueblo. Las puertas cedieron a golpes de bota, las antorchas se alzaron como lenguas encendidas que devoraban las casas sin piedad. El olor acre de la sangre y el humo se mezcló en el aire. Los hombres gritaban órdenes, las mujeres corrían buscando a sus hijos, y el caos se tragó las calles de Hearthglen.

  En lo alto de una colina, un jinete observaba el desastre. Las luces del incendio iluminaban su armadura de cuero negro y la claridad rojiza recortaba el contorno de su rostro severo.

  Riven mantenía las riendas con calma, como si todo aquello —la muerte, los gritos, la destrucción— fuera algo desagradable, pero inevitable.

  —Garr idiota… —murmuró para sí mismo, apretando los labios.

  El nombre del teniente escapó como un suspiro cargado de desdén. Luego giró el caballo, perdiéndose entre la niebla y el resplandor que ascendía hacia el cielo.

  ***

  Alden corría cuesta abajo, pero el mundo ya no tenía forma. La tierra fría le cortaba las plantas de los pies, aunque no lo sentía. Solo percibía el humo: denso, grasiento, metiéndose en la garganta como si quisiera ahogarlo desde dentro.

  Hearthglen estaba en llamas.

  Las primeras casas eran torres ardientes que crujían al derrumbarse. Los tejados se hundían con estallidos de chispas, dispersándose como enjambres de luciérnagas rojas. Gente corría en todas direcciones: algunos con cubos vacíos, otros con ni?os en brazos, muchos sin rumbo. Un hombre pasó tambaleándose, la cara cubierta de hollín, los ojos perdidos. Cayó de rodillas. No volvió a levantarse.

  Kaelor y Kael llegaron un momento después.

  Kaelor llevaba su espada desnuda, brillando bajo el resplandor como si ya hubiera decidido a quién cortaria. Kael empu?aba la que su tío le había lanzado en la caba?a; la sujetaba con tanta fuerza que los nudillos parecían de hueso puro.

  —?Elena! —gritó Alden, con la voz rota.

  Nadie respondió. Solo gritos, llantos y el constante crujido de la madera partiéndose.

  Cruzó la plaza. El calor era un muro sofocante. Un carro volcado ardía en el centro; los caballos degollados humeaban con un olor ácido y nauseabundo. Soldados de capas negras avanzaban en formación, sin prisa, cortando a quien se acercaba, como si la muerte fuera parte natural de su paso.

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  Alden no los vio.

  Solo corría hacia la herrería, hasta llegar a lo que una vez fue su entrada.

  Las llamas habían devorado el tejado, y frente al fuego, de pie, estaban el teniente y los tres hombres que Alden había visto días atrás. A su lado, Elena lloraba, sujetada por el cuello por Garr, mientras los cuerpos sin vida del herrero y su esposa yacían sobre el suelo ennegrecido.

  —?Elena! —gritó Alden.

  Los cuatro hombres se volvieron al mismo tiempo. El del rostro marcado por una cicatriz murmuró con voz ronca:

  —Es él.

  Garr soltó a la muchacha y, se?alando al chico, ordenó:

  —Atrápenlo.

  Alden se quedó inmóvil unos segundos. No tenía arma, apenas respiraba. Los tres soldados comenzaron a rodearlo, acercándose con cautela. Uno de ellos lanzó un zarpazo para sujetarlo, pero los a?os de entrenamiento respondieron por instinto: Alden se giró con rapidez, esquivó el golpe y lo derribó de una patada en el pecho.

  Otro soldado se abalanzó por detrás. Alden lo sintió y giró bruscamente, sujetando su mu?eca, forcejeando por la espada. Los dos bailaban en una lucha frenética por el arma, hasta que Alden la arrebató con una fuerza desesperada. En un movimiento torpe, casi sin darse cuenta, atravesó al hombre.

  El sonido fue seco, casi irreal.

  El soldado lo miró con ojos abiertos de sorpresa antes de desplomarse. Alden quedó de pie, jadeando, con la espada ensangrentada en las manos, observando lo que había hecho como si el mundo hubiera cambiado de forma a su alrededor.

  El tercer hombre rugió de rabia.

  —?Maldito bastardo! —bramó, lanzándose hacia él.

  Alden giró demasiado tarde. La espada del soldado trazó un arco mortal… pero antes de que lo alcanzara, una figura se interpuso.

  El filo abrió el pecho de Elena sin casi resistencia.

  El tiempo se quebró. Ella lo miró una última vez, con los labios entreabiertos, sin poder pronunciar palabra. Cayó en los brazos de Alden, que retrocedió tambaleante, sosteniéndola con desesperación.

  —No… Elena… —susurró, con la voz rota.

  El mundo se contrajo en un único punto: el peso de ella entre sus manos.

  Detrás, el teniente observaba la escena con una mezcla de fastidio y desdén.

  —Estúpida ni?a —murmuró, y luego miró al soldado que aún empu?aba el arma—. Te ha salvado de que tuviera que cortarte la cabeza.

  Se volvió hacia el hombre de la cicatriz.

  —Tómenlo. El chico viene con nosotros.

  El del rostro marcado asintió y dio un paso al frente, pero no alcanzó a avanzar más.

  Una sombra surgió entre el humo.

  El silbido de una hoja cortó el aire.

  El hombre de la cicatriz apenas tuvo tiempo de alzar su espada antes de que Kaelor lo embistiera con una precisión implacable. Las hojas chocaron, brillaron bajo el resplandor, y en tres movimientos rápidos, cayó al suelo.

  Kael apareció a su lado, enfrentando al último de los soldados. Su fuerza era pura furia tensada; golpe tras golpe, hasta que la espada del enemigo cayó y, un instante después, también su due?o.

  El teniente retrocedió un paso, furioso, desenvainando su arma.

  —?Bastardos! —rugió.

  Kaelor no respondió. Lo enfrentó con una serenidad helada. El choque fue brutal. Chispas saltaron de los filos, las sombras danzaron sobre los cuerpos, y el fuego rugió a su alrededor como si quisiera devorarlos a ambos. Finalmente, Kaelor giró sobre sí mismo, esquivó un tajo y hundió su espada en el pecho del teniente.

  Garr cayó de rodillas, mientras la vida se apagaba en su mirada.

  El silencio se extendió, roto sólo por el crepitar de lo que quedaba del pueblo.

  Alden seguía arrodillado, con Elena entre los brazos, la mirada perdida. No lloraba; sólo respiraba con dificultad, como si su cuerpo hubiera olvidado cómo hacerlo.

  Kaelor se acercó despacio.

  —Ya no puedes salvarla —dijo con voz grave, poniéndose a su altura—. Tenemos que irnos.

  El muchacho no respondió. Kaelor lo tomó del brazo, tirando de él con firmeza. Alden se levantó sin resistencia, sus pasos arrastrados, sus ojos vacíos.

  Kael recogió una de las espadas del suelo, dio una última mirada al pueblo envuelto en llamas y alzó el rostro hacia el cielo ennegrecido. Luego echó a correr tras ellos.

  Hearthglen se consumía.

  Y con él, los últimos restos de todo lo que Alden había amado.

  Gracias por leer este capítulo.Como siempre, me encantaría conocer tus comentarios e impresiones.

  Puedes ver un Mapa Parcial de Myranthel aqui:

  Te invito a continuar con el siguiente capítulo, y gracias por acompa?arme en esta historia.

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