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CAPÍTULO 2-La Sombra del Cuervo

  La noche cubría el valle con un manto espeso cuando los tres jinetes llegaron al campamento. El aire olía a hierro y humo de fogatas, y el rumor de los centinelas se mezclaba con el chisporroteo de las brasas que aún resistían el viento de la monta?a. Entre las tiendas alineadas en semicírculo se alzaba el estandarte escarlata con un emblema apenas visible a la luz de las antorchas: un cuervo con las alas extendidas.

  Los hombres desmontaron sin pronunciar palabra. El del rostro surcado por una cicatriz avanzó en silencio, seguido por sus compa?eros, hasta el centro del campamento. Allí los esperaba un joven teniente, de mirada fiera y semblante endurecido por la disciplina. Hablaron en voz baja, con palabras que se perdieron entre el murmullo de los soldados y el crujido del fuego. Nadie más supo lo que dijeron.

  El teniente asintió con un leve gesto y, tras dirigirle unas breves palabras al hombre de la cicatriz, le indicó que lo siguiera. Atravesaron el campamento en dirección a una carpa más grande, donde una tenue luz permanecía encendida.

  Riven permanecía de pie frente a su carpa, inmóvil. La capa negra caía recta desde sus hombros, y en su mano derecha sostenía un trapo con el que limpiaba su espada una y otra vez, aunque el filo ya relucía como un espejo. Tenía los ojos clavados en el acero, pero su mente estaba en otra parte, perdida en pensamientos que nadie más conocía.

  Era joven, alrededor de treinta a?os, de piel morena y rasgos marcados. Una sombra de barba oscurecía su rostro, y el cabello negro y corto reforzaba su porte severo. Su presencia imponía respeto, incluso en el silencio. Era un guerrero hecho por y para la guerra, uno que aún creía en el honor, aunque lo sirviera en tierras donde este ya no tenía cabida.

  El teniente se acercó, inclinándose apenas.

  —Se?or —dijo con tono grave—. Los exploradores confirman que la Marca ha sido vista. El portador está en un pueblo al sur del valle.

  Riven no respondió al instante. Pasó el trapo una vez más por la hoja, como si necesitara terminar un ritual, y recién entonces alzó la mirada. Sus ojos, oscuros como la noche que rugía afuera, se fijaron en su subordinado. Durante un breve momento, el silencio pareció más pesado que el aire mismo.

  —?Estás seguro?

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  —Totalmente. Tres testigos lo confirmaron.

  Riven no mostró sorpresa. Simplemente caminó hacia el interior del campamento. Ajustó su cinturón, tomó la espada y la observó un instante. La hoja reflejó la luz del fuego con un destello frío antes de deslizarla dentro de la vaina. Durante un instante pareció dudar, como si una voz antigua resonara en su interior. Luego asintió despacio.

  —Tráiganlo con vida —ordenó finalmente—. Mi se?or lo quiere con vida; no lo olviden.

  El teniente inclinó la cabeza, y el hombre de la cicatriz se alejó sin mirar atrás. El campamento se agitaba con el sonido de pasos apresurados y el relincho de caballos. Las antorchas encendidas dibujaban sombras en movimiento.

  La caza había comenzado.

  ***

  Mientras tanto, en la peque?a caba?a junto al límite de Hearthglen, la noche parecía tranquila. El fuego del hogar chispeaba suavemente, y un olor a sopa y madera recién cortada llenaba el aire. Alden dormía, aunque su sue?o estaba lejos de ser pacífico. Giraba inquieto entre las sábanas, sudor perlaba su frente, y su respiración se volvía cada vez más agitada.

  En su mente, el mundo ardía.

  Vio un templo entre ruinas antiguas, cubierto por hiedra y ceniza. Un viento helado soplaba a través de columnas derruidas, y entre ellas, una figura femenina se alzaba envuelta en luz. No podía distinguir su rostro, pero sentía su mirada sobre él.

  Una voz —serena y poderosa— resonó en su interior, no en sus oídos:

  “El tiempo se ha cumplido. Busca al oráculo en las ruinas de Aeryndor. Solo él conoce el camino.”

  La Marca en su pecho comenzó a arder. El dolor lo arrancó del sue?o.

  Alden despertó sobresaltado, jadeando. Por un momento no supo dónde estaba; el cuarto parecía demasiado oscuro, demasiado quieto, como si el sue?o aún lo persiguiera desde algún rincón. La piel le ardía bajo la camisa, y cuando la apartó, sintió el calor persistente en el lugar donde llevaba la marca, como si algo invisible hubiera despertado dentro de él.

  —?Qué ocurre? —preguntó Kaelor desde la otra habitación, entrando de inmediato.

  Por un instante, al ver a su sobrino, creyó notar un brillo extra?o en sus ojos: un resplandor ámbar, casi dorado, que se desvaneció tan pronto como parpadeó.

  Alden lo miró, todavía alterado.

  —So?é con algo… o alguien —dijo, frotándose el pecho—. Una mujer. Me habló. Dijo que debía buscar al oráculo… y que el tiempo había llegado.

  Kaelor lo observó en silencio, su expresión endureciéndose por un instante, como si esas palabras despertaran un recuerdo que llevaba mucho tiempo evitando.

  Kael, que se había acercado sin hacer ruido, apoyó un hombro en el marco de la puerta. Su rostro serio, apenas iluminado por la hoguera, mostraba una mezcla de incredulidad y preocupación.

  —Tal vez solo fue un sue?o —murmuró, aunque su tono no sonaba convencido.

  Kaelor no respondió. Dio un paso hacia la ventana y apartó ligeramente la cortina. Un viento extra?o golpeó la madera, cargado con un olor tenue, casi imperceptible.

  Entonces lo vio.

  Un resplandor rojizo te?ía el horizonte del pueblo. Columnas de humo se elevaban hacia el cielo nocturno.

  —Fuego —susurró.

  Alden giró bruscamente y, sin pensarlo, corrió hacia la puerta.

  —?El pueblo! —gritó, saliendo al frío de la noche.

  Kaelor tomó una espada apoyada contra la pared, luego otra, y se la lanzó a Kael.

  —Vamos —dijo con voz firme.

  El muchacho asintió sin palabras. Ambos salieron tras Alden, el sonido de sus pasos perdiéndose entre el rumor distante de las llamas y los gritos que comenzaban a romper el silencio de Hearthglen.

  El viento arrastró consigo el eco del cuervo.

  Gracias por leer este capítulo.Como siempre, me encantaría conocer tus comentarios e impresiones.

  Te invito a continuar con el siguiente capítulo, y gracias por acompa?arme en esta historia.

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