El amanecer asomaba entre los cerros de Drauhen, ti?endo los prados de oro y cobre. Las monta?as, silenciosas y distantes, se alzaban como guardianes adormecidos. El bosque joven que rodeaba Hearthglen exhalaba olor a resina húmeda, a hierba fresca ya un día que aún ignoraba la tragedia.
El aroma a pan recién horneado se coló por las rendijas de la caba?a antes de que el sol terminara de salir. Alden lo sintió en sue?os y, por un instante, todo estuvo en calma.
Hasta que una almohada se aterrizó en su cara.
—Vamos, dormilón —murmuró Kael, ya vestido y con la sonrisa de quien lleva media hora despierto—. Si no te levantas, el tío Kaelor nos hará correr hasta el otro lado del valle.
Alden gru?ó, se giró bajo la manta y abrió un ojo. La luz entraba en rayos dorados, dibujando motas de polvo en el aire.
—Cinco minutos…
—Cinco minutos menos de vida si llegamos tarde otra vez —respondió Kael, y de un tirón le quitó la manta.
Alden se incorporó. El frío del suelo de madera le subió por las plantas de los pies. Se rascó el pelo casta?o claro, ondulado y revuelto, y se miró en el trozo de espejo roto que colgaba junto a la puerta. Tenía la piel apenas tostada por el verano y los ojos de un ámbar profundo que brillaban más cuando estaba molesto. En el lado izquierdo del pecho, la marca de nacimiento en forma de llama parecía encenderse bajo la luz.
—?Por qué siempre pareces disfrutar de esto? —preguntó con voz pastosa.
—Porque alguien tiene que recordarte que el mundo no espera a los perezosos —dijo Kael mientras se abotonaba la camisa—. Además, hoy Elena trae el pan. Si llegas tarde, me lo como todo.
Alden intentó fingir indiferencia… pero una sonrisa involuntaria se le escapó. elena.
Solo pensar en su risa le quitaba el sue?o restante.
Se vistieron rápido. Afuera, el aire olía a rocío, madera cortada y hogazas recién salidas del horno.
Los dos salieron corriendo hacia la colina del norte. La hierba húmeda les empapaba los tobillos mientras avanzaban entre risas y empujones. Kael iba delante, ligero y veloz, el cabello negro corto moviéndose con cada zancada. Era más alto que Alden, de rasgos finos y mirada astuta; Parecía hecho para moverse sin esfuerzo. Alden lo seguía, más fuerte que ágil, confiando más en la intuición que en la técnica.
Kaelor los esperaba junto a la gran roca, brazos cruzados y expresión de quien lleva un rato aguardando. Algunas canas le adornaban el cabello, y varias cicatrices asomaban bajo las mangas arremangadas de su camisa. Su presencia imponía, pero en su mirada había una calma que no encajaba del todo con su pasado.
—Diez minutos tarde —dijo sin alzar demasiado la voz—. Espadas de madera. Ahora.
Comenzaron de inmediato. El choque seco de la madera resonó entre los árboles. Kael se movía con precisión y velocidad; cada paso parecía calculado. Alden respondía con fuerza, buscando huecos, aprendiendo a base de golpes y respiraciones entrecortadas.
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—Los pies, Alden. No adelantes tanto la cadera —indicó Kaelor sin moverse de su sitio.
—Kael, no bajes la guardia después del amago.
Los dos chicos reían, tropezaban, se levantaban y volvían a chocar espadas. El sol empezaba a asomar entre las ramas, pintando de dorado el valle.
En un descanso, Alden se pasó la mano por la frente, apartándose el cabello revuelto. La camisa se le había pegado al cuerpo, así que se la quitó para secarse. La marca en forma de llama, en el lado izquierdo del pecho, quedó expuesta a la luz.
Kael la se?aló con la espada de madera, sonriendo.
—Un día de estos vas a contarme de dónde salió eso.
Alden se encogió de hombros.
—Siempre he dicho que es la marca de los príncipes perdidos —respondió, medio en broma.
Kael soltó una carcajada.
Pero Kaelor no rio.
Su mirada se quedó fija en la marca un segundo más de lo habitual… y luego se desvió al horizonte.
Como si ese simple detalle fuera demasiado importante para discutirlo.
***
El pueblo de Hearthglen bullía cuando el sol alcanzó su cenit. Los puestos del mercado rebosaban de voces y olores, los ni?os corrían entre las carretas y el golpeteo de los martillos llenaba el aire. En la puerta de la herrería, Elena esperaba con una cesta entre las manos.
—Ya era hora —dijo con una sonrisa juguetona mientras Alden y Kael bajaban por el camino—. Pensé que el tío Kaelor los había dejado hechos polvo.
Elena era baja, de cabello rubio y liso recogido en una trenza sencilla, con las mejillas sonrosadas por el calor del horno. Había algo en su expresión que volvía el día más ligero.
—Para los casi-héroes —a?adió, ofreciéndoles una hogaza envuelta en pa?o.
Alden estiró la mano; al rozarle los dedos, Elena rió y le dejó una marca de harina en la nariz. Kael chasqueó la lengua.
—Si siguen así voy a terminar sin apetito —murmuró, aunque ya estaba arrancando un pedazo de pan.
No hubo más palabras. Solo un instante breve de calma, como tantos otros en Hearthglen. Luego, cada uno volvió a sus tareas: Kael a la casa del alcalde, Elena al horno y Alden a la herrería.
Dentro, el aire ardía.
Alden, sudoroso y concentrado, golpeaba el metal bajo la supervisión de Bram. El calor de la fragua resaltaba los músculos tensos de sus brazos, curtidos por el trabajo diario.
—Más fuerte, chico. Ese yunque no se va a doblar solo —gru?ó el viejo herrero sin apartar la vista del metal incandescente—. Recuerda: cada herramienta tiene un propósito. Y es trabajo del herrero ense?arle cuál es.
La puerta se abrió. Elena entró de nuevo, esta vez con una cesta de estofado.
—Les traje comida, padre.
—Perfecto —dijo Bram—. Dale algo al muchacho, que se va a desmayar de tanto mirarte.
Elena rió suavemente. Alden intentó esconder la sonrisa, pero el martillo resbaló de su mano y cayó con estrépito. La madre de Elena, que pasaba por la entrada, soltó una carcajada.
—Con que ese es el futuro yerno del herrero —comentó.
Alden recogió el martillo, rojo hasta las orejas.
En ese momento, el sonido de cascos resonó a lo lejos. No era común escuchar caballos en Hearthglen, y mucho menos a esa hora.
Tres forasteros aparecieron desde la entrada del pueblo, tirando de sus monturas cubiertas de polvo. Uno de los animales cojeaba, la herradura suelta tintineando contra las piedras. Llevaban capas oscuras, armaduras gastadas y un aire que heló el ambiente.
El más alto, con una cicatriz en la mejilla, se detuvo frente a la herrería. Sus ojos recorrieron el lugar con una frialdad meticulosa antes de cruzar el umbral.
—Busco a quien pueda arreglar una herradura —dijo con voz ronca.
Bram lo miró con recelo.
—El chico se encargará.
Alden asintió y salió hacia el caballo. Mientras trabajaba, el sudor le corría por el cuello, y la abertura de su camisa dejaba ver la marca en forma de llama.
El hombre de la cicatriz la notó. Sus ojos se entrecerraron por un instante… una chispa de sospecha que se apagó tan rápido como apareció.
Cuando el trabajo estuvo hecho, pagaron, se reunieron en la plaza y murmuraron entre ellos antes de marcharse por el camino del bosque. Uno de ellos miró atrás, hacia la herrería, antes de desaparecer entre los árboles.
Bram frunció el ce?o.
—Muchacho, será mejor que te vayas a casa. Y cuéntale a Kaelor sobre esos tres. Llevaban un emblema con un cuervo en la montura. Alden, sin entender del todo, asintió.
***
El sol comenzaba a ocultarse cuando Alden llegó a la caba?a. El olor a sopa caliente llenaba el aire, mezclado con el de madera recién cortada. Kael afilaba una espada de entrenamiento junto al hogar, mientras Kaelor revisaba un viejo mapa extendido sobre la mesa.
—Tío, hoy vinieron tres hombres al pueblo —dijo Alden mientras se lavaba las manos en un cuenco
—. Bram me pidió que te avisara. Dijo que parecían sospechosos.
Kael alzó la vista con indiferencia.
—?Sospechosos? Aquí todos lo parecen cuando no son de Hearthglen.
Kaelor no respondió enseguida. Sus ojos seguían fijos en el mapa, pero algo en su postura se tensó.
—?Llevaban algún símbolo? —preguntó al fin, sin levantar demasiado la voz.
—Un cuervo. En la montura del caballo.
Kaelor cerró lentamente la mano sobre el borde del mapa. Un gesto leve, pero que no pasó desapercibido para ninguno de los dos jóvenes.
—Entiendo —murmuró.
Kael frunció el ce?o. —?Qué ocurre, tío?
Kaelor alzó la mirada hacia ellos. Por un instante, sus ojos se suavizaron. No por miedo, sino por el peso de algo que llevaba a?os guardado.
Los vio allí: dos muchachos creciendo demasiado rápido, dos vidas que había tomado bajo su techo sin deberle nada a la sangre, pero que en su corazón pesaban como si fueran suyos.
Había jurado protegerlos. Y sabía que, si los cuervos habían llegado tan al sur, el juramento pronto tendría un precio.
Miró hacia la ventana. El sol desaparecía detrás de las monta?as, y en el viento frío de la tarde resonó un graznido lejano.
—Tal vez —susurró— el fuego está por despertar.
Espero que el capítulo les haya gustado. Me encantaría leer sus comentarios y saber qué impresiones les dejaron este comienzo.
Les pido solo una cosa: no sean demasiado duros . Este es mi primer intento de escritura , y estoy aprendiendo en el camino.
Gracias por leer, y espero que continúe con el siguiente capítulo.

