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Capítulo 68: Apuesta escrita con miedo y sangre

  —???Glandeir!!! —rugió Alec, con una voz cargada de furia y determinación.

  Desde su espalda brotó una luz cegadora que rasgó el aire. De aquel fulgor surgió una imponente figura colosal, un titán de pura energía, envuelto en una armadura dorada que resplandecía con la intensidad del sol del mediodía. El suelo tembló bajo su presencia, y los muros de la antigua casa crujieron ante su manifestación.

  —Un… un custodio de luz. —murmuró el profesor Yannes, con los ojos muy abiertos.

  Los custodios eran entidades legendarias, espíritus eternos de la estirpe de los golems. Seres de una resistencia sin igual, con una fuerza que se decía capaz de partir monta?as y un juicio tan antiguo como el tiempo mismo.

  —?Dónde demonios obtuvo semejante criatura?

  Pero madame Lothrim no respondió. Su rostro, inmóvil como una máscara de porcelana, mostraba un vacío inquietante. Ni miedo, ni rabia, ni asombro, solo una mirada silente, como si observara el fin del mundo a través de un velo de cristal.

  ??Madame...? ?Qué le ocurre? Está... demasiado quieta.?

  —Prepárate, ni?o. —tronó la voz de Alec, cargada de juicio —?Prepárate para enfrentar la justicia!

  Glandeir alzó su inmensa espada de luz, cuyos bordes chispeaban con poder divino. Se colocó frente a Cáliban como una muralla impenetrable. El aire se volvió pesado. Todos los presentes contuvieron el aliento. La desventaja era clara.

  —Maldita sea… un custodio… —susurró Catherine con pánico en la voz.

  —?Conoces a esa criatura? —preguntó Joseph, desconcertado.

  —Sí. Son guerreros incansables. Su poder roza lo mítico... y al ser de atributo luz, ningún elemento puede herirlos fácilmente. Solo la oscuridad podría atravesar esa defensa. El líder no tiene oportunidad…

  —Estás equivocada. —interrumpió Astrid, con la mirada encendida por un recuerdo. La batalla en las catacumbas aún vivía en su memoria. El estruendo carmesí, la perfección de su espada, su fuego, su pureza —Cáliban ganará. Estoy segura.

  Mientras tanto, Cáliban exhaló un largo suspiro, quitándose con calma la camisa ensangrentada.

  —Parece que tendré que eliminar a esa cosa primero…

  ??Mi se?or... espere!? —la voz mental de Ocelotl le interrumpió.

  —?Qué sucede?

  ?Permítame luchar. No deseo ser un lastre. Déjame demostrar que soy digno.?

  Una ligera sonrisa curvó los labios de Cáliban.

  —Me temo que, en tu forma actual, no estarías a su altura…

  ?Por eso mismo, tengo algo reservado...?

  Intrigado, Cáliban asintió. Desde la sombra a sus pies emergió una silueta equina. Un bello corcel de ojos rojos como brasas. Alec soltó una carcajada arrogante.

  —?Eso es todo? ?Un caballo? ?Ese es tu as bajo la manga?

  Catherine negó con resignación.

  —Incluso si es un espíritu oscuro, la diferencia de poder es abismal…

  —Un momento... —intervino Similia, atenta —Algo no encaja…

  El corcel empezó a deshacerse en un charco de sombra líquida. Alec alzó una ceja, decepcionado. Pero de aquel abismo surgió una una mano armada, luego un torso cubierto con una coraza negra, y finalmente un caballero de ojos espectrales y espada maldita.

  El aura del lugar cambió. La oscuridad lo envolvió todo como un manto denso. Cáliban entrecerró los ojos.

  —Con razón... los Dullahan dejan dos núcleos. Pero al final no pude encontrar el otro…

  —Mis disculpas, maestro… Pensé que si lo absorbía, podría ser útil.

  —Bueno, acertaste. Pero la próxima vez, pregunta. Si puedo darte algo, será con gusto.

  —Le debo mi poder, mi se?or...

  La voz de Ocelotl retumbó como un eco del inframundo. Joseph retrocedió un paso, palideciendo. La figura que adoptó Ocelotl le parecía bastante familiar.

  —Esa silueta... ?Es Avalon?

  —?Mi se?or! ?Déjeme exterminar a esta plaga! —bramó Glandeir, blandiendo su arma hacia Ocelotl.

  El caballero oscuro desvió el golpe con un solo dedo.

  —No hace falta gritar, gigantón. Estoy justo aquí…

  —?Eres una alima?a!

  Con un rugido, Glandeir atacó con furia, pero Ocelotl esquivó con una precisión sobrehumana y lo golpeó en el vientre con una patada brutal. El impacto retumbó como un trueno. El gigante voló por el aire y se estrelló al otro extremo del patio, dejando un surco profundo en el suelo.

  —Yo me encargo de él, mi se?or. Concéntrese en el verdadero adversario.

  —Lo haré.

  Los dos espíritus se miraron, y sin más palabras, se lanzaron el uno contra el otro. Espada contra espada. Luz contra oscuridad. Cada choque que sacudía la tierra, hacía vibrar los cristales, e incluso la magia del entorno parecía resentirse.

  Mientras tanto, Alec observó con desdén a Cáliban.

  —?Eso es todo? ?Un espíritu oscuro y nada más?

  Cáliban lo miró, con una media sonrisa.

  —?Quién dijo que eso era todo?

  Alec adoptó una postura de combate impecable, su energía fluyó como un río imparable.

  —Entonces, déjame devolverte aquel golpe.

  En un parpadeo, desapareció de la vista. Una ráfaga de luz cruzó el aire, pero Cáliban reaccionó, esquivando por milímetros. El duelo físico se encendió. Pu?o tras pu?o. Rodillazos, codazos, bloqueos, contraataques. Parecían dos sombras danzando en un campo de relámpagos.

  Alec giró sobre sí mismo y propinó una patada alta. Cáliban la bloqueó con su antebrazo, pero el impacto lo hizo volar varios metros. Su cuerpo rodó por el suelo. Se levantó jadeando, su brazo temblaba.

  —Tendré que dejar de contenerme... —murmuró.

  Alec sintió lo mismo. Ambos sabían que la pelea iba a escalar. Comenzaron los cánticos.

  Alec cerró los pu?os. De sus venas brotó luz multicolor. Marcas brillantes surcaron su piel. Su cabello se elevó, transformado por el poder. Cáliban bajó la cabeza y sus brazos comenzaron a emitir un rojo carmesí. Su cabello se tornó oscuro como el abismo, y una brisa ardiente comenzó a girar a su alrededor. La atmósfera se electrificó. El aire vibraba. La magia colapsaba a su alrededor como si el mundo contuviera el aliento.

  Y entonces, un torrente de agua emergió del suelo, envolviendo todo en un ciclón líquido. La magia espiritual tomó forma en una pared de agua que dividió el campo.

  Desde el tejado, una figura brillante descendía lentamente, como un ángel en medio de una tormenta.

  ?Pensé que observarías más tiempo, madame Lothrim...? —reflexionó Cáliban al ver la silueta descender entre remolinos de agua.

  La figura avanzó con paso sereno, su manto ondeó con gracia bajo la lluvia recién invocada. La luz crepuscular se reflejaba en su cabello canoso y en los bordes de su túnica ceremonial, cada paso suyo era un eco de dignidad y antigüedad.

  Los ojos de Alec, hasta entonces llenos de determinación, temblaron al reconocerla.

  —Abuela… ?Qué haces aquí?

  Pero madame Lothrim no le dedicó una sola mirada. Pasó de largo, su silencio cortante como una daga dio un vuelco en Alec, y su expresión era inalterable.

  —Un honor conocerle, joven Cáliban. Mi nombre es-

  —Ya sé quién es usted. —interrumpió él con frialdad, sin molestarse en ocultar el desprecio en su voz —Le agradecería que se lleve a su nieto a otro lado. Ya tuve suficiente teatro por hoy.

  La tensión en el ambiente se volvió pesado. Alec apretó los pu?os. Madame no respondió de inmediato, y Cáliban simplemente desactivó sus poderes. La energía carmesí que lo envolvía se disipó como una bruma rota.

  Ocelotl, al comprender que la contienda había concluido, dejó atrás a Glandeir, aún aturdido, y regresó a su lugar al lado de su maestro. La batalla entre ellos, aunque inconclusa, había definido ya sus fronteras. Madame Lothrim observó al espíritu oscuro con una mezcla de nostalgia y pesar.

  —Ah… así que al final encontraste a un verdadero maestro. Me alegro por ti.

  —Me gustaría decir lo mismo, madame. —replicó el caballero sombrío, sin cambiar el tono de su voz espectral —Pero su visita deja mucho que desear.

  Cáliban frunció el ce?o.

  —?La conoces?

  —Sí. Fue ella quien me encontró tras mi caída. También fue quien me trajo a este lugar…

  El líder sintió un escalofrío recorrerle la espalda. La idea de que tantas piezas coincidieran de forma tan perfecta le inquietaba profundamente.

  —Lamento profundamente las molestias que mi nieto ha causado este día. —dijo madame, con una reverencia leve pero sincera —Pensé que si recibías una invitación apropiada, podrías asistir al centro de investigación. Me gustaría ofrecer-

  —Una lástima. —la cortó Cáliban, su voz sonó como un cuchillo envuelto en hielo —Porque su “invitación” fue cualquier cosa menos eso. Si esta era su forma de cortejar, ?Realmente tiene el descaro de venir aquí, a esta casa, y hablar de diplomacia después de esto? ?Es eso lo que dicta su fuerza, madame?

  —?Tú! ?Cómo te atreves...!

  Alec estalló en un rugido, su cuerpo brilló con fragmentos de luz, pero fue detenido de inmediato. Madame Lothrim posó una mano sobre su hombro. Su gesto era leve, pero su mirada tenía el peso de siglos. Alec se paralizó, su furia se detuvo en seco por una sola mirada de su abuela.

  Madame suspiró.

  —Lamento sinceramente las acciones de mi nieto. Estoy dispuesta a corregir este trágico malentendido. Por ello… espero que esto sea suficiente.

  Alzó una mano. En su palma surgió un libro antiguo, flotando dentro de un aura blanca y cálida. Su presencia era casi sagrada, como si el propio cielo lo resguardara.

  —Por favor… acepta esto como una disculpa.

  Los presentes quedaron sin aliento.

  Joseph dio un paso atrás. Similia sintió que las piernas le flaqueaban. Catherine apretó los labios. Era un artefacto sagrado. Una técnica milenaria, codiciada por imperios y reinos. Algo que hombres y mujeres matarían por poseer.

  Y Cáliban… lo recibía como una disculpa.

  ?Abuela… ?Qué estás planeando al regalarle una técnica tan preciada?? —pensó Alec, incapaz de ocultar su confusión.

  En cualquier otro contexto, aquel habría sido un gesto noble, incluso conmovedor. Un acto de reconciliación. Pero, para su creciente incomodidad, no provocó el efecto deseado. Cáliban no mostró gratitud, ni asombro, ni siquiera cortesía. Solo frialdad.

  —No lo quiero. —respondió seco, sin titubear.

  El silencio se adue?ó del lugar. Bocanadas de asombro surgieron entre los presentes. El profesor Yannes se atragantó con su propia exclamación. Solo los miembros del grupo de Cáliban se mantuvieron imperturbables; ellos sabían bien que su líder no aceptaba nada que viniera contaminado de intereses ajenos.

  Madame Lothrim parpadeó, incrédula y visiblemente contrariada.

  —Espera… esta técnica se llama Paso Brumoso, estoy segura de que-

  —?No! —interrumpió Cáliban, con un tono aún más severo —Ya dije que no. Le ruego que abandone este lugar. Mis compa?eros me necesitan. Tampoco quiero nada que venga de usted… ni siquiera su disculpa.

  Su voz no era agresiva, pero tenía el peso del desprecio. No había espacio para interpretaciones.

  Cáliban nunca se había dejado seducir por riquezas, fama ni poder. Para él, la ventaja táctica nunca debía comprarse con el alma. Prefería luchar con las manos desnudas antes que deberle algo a quien despreciaba. Ese era su código.

  Alec apretó los dientes hasta que su mandíbula crujió. La furia le desbordaba las venas. En un solo movimiento, se impulsó con la intención de romperle la cara a Cáliban contra el suelo, de borrarle ese aire arrogante a base de golpes. Pero justo cuando se lanzó, Cáliban le respondió con una leve e irritante sonrisa.

  —?Estás seguro de que quieres continuar? Pensé que eras un líder... Aunque claro, parece que prefieres seguir jugando aquí en lugar de cuidar a tus subordinados.

  —Ellos se retiraron hace rato, no me vengas con- —Alec se detuvo de golpe. Un pensamiento lo atravesó como un rayo. Esos gritos... esos lamentos de hace unos minutos… ?Lendar!

  Su sangre se heló.

  Sin perder un segundo, salió disparado hacia la entrada principal. Su abuela solo suspiró al verlo partir como un ni?o enloquecido.

  ?Ah, hijo mío… qué fácil eres de provocar.?

  Todos lo siguieron en silencio. La escena que encontraron fue dantesca.

  Los miembros del batallón de Alec yacían por doquier. Heridos, inconscientes, algunos aún respirando con dificultad. Pero fue Lendar quien se llevó el horror principal. Sus extremidades estaban rotas en ángulos imposibles, sus manos colgaban como ramas desgajadas, y su rostro era un poema de dolor puro.

  Alec cayó de rodillas.

  —?Maldito! —gritó, perdiendo completamente el control —???Voy a matarte!!!

  Una onda de energía luminosa brotó de su cuerpo, partiendo el aire como un rayo. En un pesta?eo, estuvo frente a Cáliban, el pu?o dirigido a su rostro contenía la rabia que lo consumió por completo.

  Pero justo cuando su ataque estaba por impactar, un chasquido sutil rompió el mundo. Un aura densa, como un abismo invisible, lo detuvo en el aire.

  —??Gran Abuela?! ??Qué haces?! —bramó Alec, suspendido como un mu?eco en medio del aire.

  Sin responder, madame Lothrim lo aplastó contra el suelo con un gesto seco. El golpe resonó como un trueno. Su mirada, hasta entonces serena, se tornó gélida.

  —Has traído suficiente vergüenza a nuestra casa. Es suficiente.

  El eco de su voz fue un dictamen ancestral.

  El cuerpo de Alec temblaba, no solo por el golpe, sino por la humillación.

  —?No es posible! ?Por qué solo me castigas a mí? —espetó Alec, temblando entre indignación y humillación.

  Madame Lothrim se llevó lentamente la mano al rostro y se frotó las sienes con una clara muestra de exasperación.

  —Ya veo… Entonces viniste aquí no a buscar justicia, sino a interrogar al joven Cáliban. —dijo con voz fría y pausada —Dime, Alec… ?Qué pruebas tienes?

  Alec se irguió con cierta dignidad, sacudiéndose el polvo de la ropa como si intentará recomponer el honor aplastado por el suelo. Afortunadamente, no presentaba heridas graves, solo el peso de su fracaso.

  —Tengo un testigo que afirma haber visto a Cáliban y a Mithra conversando de manera sospechosamente afectuosa el día de los sucesos.

  La mirada de madame se afiló.

  —?Es así? —preguntó, volviéndose hacia Cáliban.

  Pero antes de que él pudiera hablar, Astrid dio un paso al frente, su voz firme como el acero, hizo eco junto a su expresión resuelta.

  —?Yo también fui testigo!

  —Explícate, querida. —dijo madame con un aire sereno, aunque sus ojos no perdían la severidad.

  —Ese día estábamos Cáliban y yo caminando por el distrito. Fue entonces cuando nos cruzamos con Mithra. Justo antes de que intentara secuestrarnos, Cáliban fingió interés para ganar tiempo y analizar la situación. Al darse cuenta del enga?o, reaccionó, pero ya era tarde. Ambos fuimos capturados…

  Alec sonrió con soberbia, como si aquella intervención fuera un punto a su favor.

  —?Un testigo de su propia casa? No me impresiona. Además, nosotros ya realizamos la prueba de la verdad con nuestro testigo. Es un partidario imparcial.

  Cáliban ladeó la cabeza, cruzándose de brazos.

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  —?Y quién es ese testigo tan “imparcial”?

  —Erick Stein.

  El nombre cayó como una piedra en un estanque silencioso. Cáliban arqueó una ceja con desdén, mientras una ola de molestia recorría a sus compa?eros. Varios fruncieron el ce?o, Catherine resopló, y Joseph negó con la cabeza.

  Erick Stein… el mismo que nunca había ocultado su desprecio hacia Cáliban, el mismo que lo miraba como si fuera una mancha en el uniforme de la academia.

  —?Estás completamente seguro de que su "verdad" no estuvo viciada por su odio personal?

  Alec no respondió. La pregunta no buscaba aclaración. Era una sentencia disfrazada de duda. Madame cerró los ojos un instante y luego habló, su tono se tornó más grave, más denso.

  —Entonces... —comenzó, sin disimular el desprecio —viniste aquí con una versión incompleta de los hechos. Acusaste a un estudiante sin haber escuchado todas las partes, sin contrastar pruebas, sin realizar una investigación de campo. Y lo peor… decidiste irrumpir en su hogar con fuerza bruta, lastimando a estudiantes inocentes.

  Abrió los ojos. En ellos ardía una llama silenciosa de desaprobación.

  —Dime, Alec… —su voz se volvió tan cortante como una hoja recién forjada —?Es así como te ense?é a actuar?

  Alec bajó la mirada. Por primera vez en toda la ma?ana, no tuvo palabras.

  La presencia de Madame Lothrim se impuso como una monta?a sobre él. No era solo una mujer poderosa; era el juicio vivo de una generación entera. Y ese juicio, en ese instante, pesaba sobre su nieto como una losa inquebrantable.

  Un escalofrío le recorrió la espalda como un latigazo helado. Alec sintió el peso invisible de su linaje aplastándole el pecho.

  —Abuela… yo…

  —?Silencio! —tronó la voz de madame Lothrim como un rayo divino —?Ya has hecho suficiente! ?Regresa y atiende a tus miembros!

  Alec se encogió por dentro, pero no retrocedió. Giró lentamente la cabeza. Sus ojos se posaron sobre los cuerpos heridos de sus camaradas, esparcidos por el suelo como mu?ecos rotos. El dolor se apoderó de su rostro. Lendar, su más leal compa?ero, yacía aún inconsciente, desfigurado por el sufrimiento.

  Si se marchaba en silencio, sin luchar por ellos, les estaría fallando. A todos.

  Apretó los dientes, se giró hacia Cáliban, y con un movimiento firme se acomodó el cabello. El temblor en sus manos desapareció. Había recuperado su compostura.

  —Tiene razón. —dijo con tono solemne —Me precipité. Actué con arrogancia y negligencia. No voy a negarlo. Pero no puedo retirarme así… sin intentar limpiar lo que ensucié. Quiero enmendarlo como corresponde.

  Metió la mano en su bolsillo. Todos se tensaron. De él sacó un guante blanco inmaculado.

  —Alec, no. —susurró madame, entre advertencia y súplica.

  Pero él no la escuchó. Con decisión, arrojó el guante al suelo frente a Cáliban. El golpe seco del cuero al caer fue como un trueno.

  —?Yo, Alec Lothrim, líder del décimo batallón de Caballeros Espirituales, te reto a un duelo, Cáliban!

  Cáliban abrió los ojos, desconcertado.

  —?Disculpa?

  —Lo has oído. Esta batalla no puede terminar aquí. El honor de mis hombres fue manchado. Como su líder, es mi deber defenderlos. Te desafío, no por odio… sino por justicia.

  Pero la respuesta de Cáliban fue inmediata y cortante.

  —No.

  El golpe fue peor que una negativa violenta. Fue el rechazo absoluto. Alec sintió que algo en su pecho se quebraba.

  —?Por qué? ?Acaso tienes miedo?

  Cáliban lo miró fijamente.

  —No. Tus heridas deberían ser prueba suficiente de que no te temo. —respondió con calma —Pero no tengo necesidad de aceptar tu duelo. No cuando tengo demasiadas cosas pendientes por tu culpa.

  El silencio volvió a reinar, tenso como una cuerda a punto de romperse. Alec bajó la vista un segundo, digiriendo la negativa. Luego alzó la cabeza con resolución.

  —En ese caso… propongo una apuesta.

  Cáliban frunció el ce?o, intrigado.

  —Si tú pierdes… —continuó Alec —cuando acabes la academia… deberás unirte a mi batallón.

  Un suspiro colectivo se oyó entre los presentes. Madame Lothrim arqueó las cejas, sorprendida. El profesor Yannes murmuró algo que nadie logró entender. Catherine se giró hacia Cáliban, confundida. Incluso los estudiantes que minutos antes se habían enfrentado a muerte, quedaron perplejos.

  ?Unirse a su batallón? ?Después de todo eso?

  Pero Cáliban lo entendió de inmediato. Su mirada se aguzó. No necesitaba pensar demasiado.

  ?Lo más probable es que quiera arrastrarme como su esclavo con correa. Usarme como un adorno para salvar su imagen ante el alto consejo. Qué jugada más típica de noble arrinconado…?

  —Ajá… ?Y si gano? —preguntó Cáliban, con una media sonrisa y los brazos aún cruzados.

  —Puedes pedir lo que quieras. —respondió Alec con convicción.

  Cáliban guardó silencio por varios segundos. En su mente, desfilaban escenarios, pero no lograba pensar en algo que verdaderamente necesitara de ellos… hasta que una imagen se le impuso, la estrella. Ese objeto celeste del que había oído hablar a Ocelotl, tan celosamente custodiado.

  —Entonces… quiero la estrella que ustedes tienen en su poder.

  El impacto fue inmediato. Madame Lothrim dio un paso adelante, su expresión aún era estoica, pero con una tensión clara en la mandíbula. Su voz, aunque controlada, dejó entrever un poco de alarma.

  —Me temo que eso no es posible. La apuesta no es justa. Tú solo ganarías, sin importar el resultado. Además… —agregó rápidamente —incluso si aceptara, ese material es inestable. El maestro Bardrim mismo no ha podido manipularlo. No es algo que puedas-

  —?Alguien mencionó mi nombre?

  La voz interrumpió la escena. Desde la reja destrozada de la mansión apareció una figura peque?a y ancha, de barba espesa como una raíz vieja y ojos como carbones encendidos. Bardrim, el herrero enano más temido y respetado de toda la región.

  —Ah, vieja bruja… —gru?ó al ver a madame —?Qué haces aquí? ?Buscando cómo complicar la vida de los jóvenes otra vez?

  Madame arqueó una ceja y replicó con una sonrisa venenosa:

  —?A quién llamas bruja, anciano decrépito? ?Por qué no te ahogas en vino en lugar de inmiscuirte en lo que no entiendes?

  —Bah, lo que digas. —Bardrim agitó una mano sin interés y comenzó a abrirse paso entre los cuerpos inconscientes del batallón con total desinterés —Supongo que tuviste un día largo, chiquillo. —dijo dirigiéndose a Cáliban —Xander me avisó que te habías recuperado. Necesito hablar contigo… ahora.

  Madame se quedó rígida. Ver a Bardrim dirigirse así a un estudiante… era inusual. Y más aún verlo tan dócil. Alec, aún dolido, se acercó al enano con una reverencia respetuosa.

  —Disculpe, maestro Bardrim, pero en este momento estamos-

  El chasquido seco de los dedos de Bardrim cerró sus labios mágicamente. Literalmente.

  —?Quién…? Ah, ya veo… también trajiste a tu nieto, Valeria. —masculló, girando hacia madame —Escúchame bien, mocoso, estoy hablando con él…—se?aló a Cáliban —no me interrumpas.

  Los ojos de Alec se abrieron al sentir la mirada helada del herrero perforándolo como una lanza. Había sentido respeto hacia Bardrim antes… pero nunca temor.

  ??Qué pasa…? ?Por qué está actuando así… con él??

  —Ya suéltalo, Bardrim… —dijo madame, cruzándose de brazos.

  El enano resopló y chasqueó los dedos de nuevo. Alec recuperó el control de su boca y tragó saliva con dificultad.

  —?De qué habla este imbécil ahora? —bufó Bardrim, se?alando el tema con desdén —?La estrella? ?Eso es lo que apuestas, crío?

  Cáliban le explicó todo a Bardrim en voz baja. Cuando mencionó la palabra “estrella”, los ojos del viejo enano se abrieron con avidez. Un hilo de baba asomó por la comisura de su boca. Si cualquier otro le hubiera contado esa historia, la habría descartado con un bufido… pero tratándose de ese cliente en particular, no podía ignorar lo que escuchaba. Sabía muy bien el tipo de conocimientos que Cáliban guardaba celosamente, y su instinto de herrero no pudo evitar empujarlo a intervenir.

  —Entonces… ?Tu maestra te ense?ó un método para manipular ese material? —le susurró, con voz cargada de codicia intelectual.

  Cáliban asintió con serenidad, dejando clara su comprensión de lo que eso implicaba. Los ojos de Bardrim se iluminaron como carbones encendidos. Dio un paso al frente y, con el pecho henchido, alzó la voz.

  —?En ese caso… yo también me uno a la apuesta! —dijo con tono triunfal —Veo que no estás dispuesta a desprenderte de la estrella tan fácilmente, Valeria. Por eso, y en representación de mi cliente, yo pondré sobre la mesa el Diario de Doreim. ?Te parece ahora más justa la apuesta?

  El impacto fue instantáneo.

  Madame Lothrim perdió el aliento por un instante. No esperaba que Bardrim jugará esa carta. No él. No ese diario.

  Doreim… La única mujer enana de la historia que había sellado un contrato con el mismísimo Rey de los Espíritus de Tierra. Su diario era una joya inalcanzable para cualquier investigador de lo arcano. Una guía mística que contenía los rituales, símbolos y principios fundamentales para establecer contacto con aquella deidad elemental.

  Madame lo había codiciado durante a?os. Intentó todo para obtenerlo, influencias, favores, recursos, incluso chantajes diplomáticos. Pero Bardrim jamás cedió. Hasta ahora.

  —Viejo decrépito… —masculló con la voz rasgada por la incredulidad —Te he ofrecido todo lo que estaba en mi poder a lo largo de los a?os por ese diario, y jamás hiciste el menor caso. ?Qué cambió ahora?

  Bardrim sonrió con esa mirada que a ella siempre le resultó insoportable. Una mezcla de insolencia, orgullo y satisfacción.

  —Tienes razón, anciana. Nada de lo que ofreciste era digno de ese diario. Pero ahora… —alzando la ceja con provocación —tengo frente a mí la oportunidad de trabajar con alguien que tiene el conocimiento para manipular la estrella. ?Sabes cuánto tiempo llevo esperando esto?

  Madame entrecerró los ojos. La situación, por muy favorable que pareciera, le provocaba un nudo en el estómago.

  —Y aún así me pregunto… ?Por qué estás tan dispuesto a tomar partido por el joven Cáliban?

  Bardrim soltó una carcajada ronca.

  —?Porque él es mi cliente! —proclamó con fuerza —No cualquier cliente. ?Miembro del rango más alto de acceso VIP! ?Contenta? ??Vas a apostar o no?!

  Madame frunció los labios. Todo era sospechosamente perfecto. Demasiado. Pero sabía que no podía negarse sin perder credibilidad.

  Bardrim lo notó.

  —Vamos, Valeria. Planeémoslo entre adultos. Los ni?os ya han tenido suficiente sangre por hoy…

  Ambos se acercaron, sus voces se perdieron en susurros. Alec y Cáliban se mantuvieron en silencio, siendo testigos atentos pero sin permiso para intervenir.

  Los minutos pasaron entre discusiones medidas, argumentos y miradas afiladas. Finalmente, se despidieron. El acuerdo estaba hecho. Madame, comprendiendo que no lograría hablar con Cáliban después de todo lo sucedido, decidió retirarse. Antes de marcharse, Bardrim se volvió hacia Cáliban.

  —Pásate por el taller ma?ana. Hay algo importante que debo mostrarte. Por hoy, será mejor que descanses.

  Con eso, ambos abandonaron el lugar. Las dos figuras más imponentes de aquel día se desvanecieron entre las calles.

  Los miembros de la casa soltaron un suspiro de alivio. El ambiente volvió a respirar.

  Fue entonces que el profesor Yannes se acercó, cabizbajo. Sus pasos eran lentos, cargados de culpa. En su rostro se dibujaba la vergüenza, como una sombra que se niega a marcharse.

  —Me alegra que estés bien… —dijo el profesor Yannes, con voz baja.

  Cáliban giró lentamente la cabeza. Su mirada sombría, cargada de decepción, se clavó en él como una daga silenciosa.

  —?Valió la pena, profesor? —preguntó con frialdad —?Ver sufrir a sus alumnos por una simple apuesta… valió realmente la pena?

  Las palabras calaron hondo. El profesor no supo qué responder. Su garganta se cerró. La vergüenza lo paralizó. Permaneció en silencio, con los ojos fijos en el suelo. Cáliban no esperó respuesta. Se giró y caminó con decisión hacia las escaleras interiores.

  —Vengan. Tenemos cosas que discutir. —ordenó a su grupo.

  Los miembros de la Casa lo siguieron sin dudar, subiendo con él hasta el último piso. La profesora Rain, que se había mantenido cerca de Yannes, le tomó la mano suavemente. Su gesto fue silencioso, como un puente entre el consuelo y el dolor.

  —Supongo que… no estoy hecho para ser profesor. —susurró él, con los hombros encorvados.

  —Está bien. —respondió ella con una voz serena —No había nada que pudieras hacer. Estoy segura de que el joven Cáliban también lo entiende…

  Mientras tanto, en el tercer piso, una vista panorámica de la academia se desplegaba ante ellos. El cielo comenzaba a oscurecerse, ti?endo los techos con tonos dorados y púrpura. Cáliban dio una se?al con la mano a Joseph y Reinhard.

  Ambos asintieron y dejaron cuidadosamente los cuerpos inconscientes de Argos y Elizabeth sobre los asientos. Luego, se dirigieron a la zona de cocina que habían instalado días antes.

  —Preparen algo de comer. Usen los otros ingredientes. —ordenó Cáliban.

  Joseph y Reinhard se pusieron manos a la obra, encendiendo la peque?a parrilla, sacando cuchillos y ollas, moviéndose con rapidez pero en silencio. Mientras tanto, Astrid se acercó a su líder, aún con el ce?o fruncido.

  —?Estás seguro de que este es el momento para comer? Necesitamos-

  —No ahora, Astrid… —la interrumpió con voz firme pero tranquila —Solo toma asiento. Me encargaré de todo.

  Ella dudó un instante, pero finalmente obedeció. Se sentó junto al resto del grupo en la mesa improvisada, aún sin entender del todo el propósito.

  Cáliban se agachó junto a los cuerpos de Argos y Elizabeth. Examinó sus signos vitales, evaluó sus heridas con precisión. Cuando ambos comenzaron a recuperar la conciencia, los ayudó a incorporarse.

  —?Qué… qué pasó? —Argos murmuró, sujetándose la cabeza con una mueca de dolor.

  —Eso dolió… —Elizabeth se apoyó con dificultad, su voz era débil —Líder… ?Por qué? —alcanzó a decir, sin comprender del todo la situación.

  Cáliban alzó una mano, silenciándolos.

  —Sé que esto puede parecer inapropiado. —dijo con serenidad —Pero por el momento solo descansen… los chicos están preparando la cena.

  Ahí se empezó el festival de sabores. Joseph sacó cada ingrediente especial que tenía en su anillo para hacer una rica sopa. A Cáliban le gustaba sazonar la comida con ingredientes alquímicos, era una vieja costumbre de su hermano mayor, por lo que la mantuvo hasta el día de hoy.

  Durante su entrenamiento en la mazmorra, Joseph le pidió a su maestro que le ense?ara a cocinar. Pues no entendía como la comida que hacía tenía diferentes efectos, tantos, que era casi milagroso que una simple sopa pudiera curar heridas.

  Cuando por fin terminaron la comida, la mesa fue servida, lista para que todos disfrutarán. Cecilia se acercó con interés, maravillada por los aromas de la comida.

  —Huele delicioso… ?Quién te ense?ó a cocinar?

  —Fue Cáliban… me ense?ó a mezclar pociones y soluciones alquímicas de manera precisa para que tengan un impacto positivo… un solo error y podría servir veneno en lugar de comida…

  Cecilia dudó por un momento de probar la sopa. No solo por sus palabras, sino también por su cuerpo. Joseph tenía ojeras largas y un rostro pálido.

  —Oye… ?Estás bien?

  —?Eh? Ah… si, no te preocupes… es solo que estoy algo resfriado y no he podido dormir bien últimamente… pero dijo la doctora que pronto se pasara, asi que esta bien…

  —Esta… bien…

  Cecilia dudo de sus palabras, pero no podía obligarlo a hablar de aquello que no quería. Así que dejo el tema así.

  Joseph, Reinhard y Cecilia terminaron de servir la comida. Los platos eran simples, un poco de arroz, una sopa clara, pan y algo de fruta. Nada lujoso, pero cálido.

  Catherine se llevó una cucharada de sopa a los labios, esperando un sabor común. Pero en cuanto el líquido tocó su lengua, una fragancia suave la envolvió. Un leve resplandor acarició su piel desde dentro. Sus ojos se abrieron sorprendidos.

  —?Qué es esto…? —susurró.

  La sopa, aunque sencilla, estaba impregnada de una esencia curativa. No era solo sabor, era magia delicadamente cocinada. Su cuerpo se estremeció. Las peque?as heridas en sus brazos comenzaron a sanar. Un calor reconfortante reemplazó la tensión de sus músculos.

  —?Esto es delicioso! ?Mis heridas se están curando! —exclamó Catherine, asombrada, mirando sus brazos con incredulidad.

  Su voz animó a los demás. Similia, que hasta entonces dudaba, tomó su tenedor con decisión. A pesar de que su ensalada parecía sencilla, al primer bocado su expresión cambió por completo.

  —Sublime… —susurró, mientras sentía el cosquilleo cálido recorrer su cuerpo. Los peque?os cortes que tenía comenzaron a cerrarse lentamente.

  Una a una, las voces de asombro y agradecimiento llenaron el comedor improvisado. Risas suaves, gestos de alivio y un raro sentimiento de paz compartida se apoderaron del ambiente. Incluso Argos y Elizabeth, ya recuperados, compartían la mesa con discreta gratitud.

  Elizabeth, en particular, observaba su plato con ojos distintos. Sus chuletas tenían un aroma inusual. Sabía, con certeza, que estaban ba?adas con una esencia de sangre de Cáliban, preparada con sumo cuidado. No dijo una palabra. Decidió conservar el secreto como un regalo silencioso, imposible de pagar.

  Cuando todos terminaron de comer, Cáliban se levantó.

  El crepúsculo se extendía por los ventanales, ba?ando el comedor en tonos dorados. La voz de su líder rompió el silencio con firmeza.

  —Espero que sus heridas estén selladas. —dijo con tono claro —Porque a partir de ahora, necesito que me escuchen atentamente.

  Todos dejaron sus utensilios y alzaron la vista.

  Cáliban comenzó a explicar lo pactado.

  Cuando Bardrim y madame Lothrim se reunieron para discutir los términos del duelo, se decidió que el enfrentamiento se llevaría a cabo durante el Festival de Oto?o, una semana entera de celebraciones tras los exámenes de fin de a?o, a finales de noviembre. Durante ese evento, los clubes y gremios exhiben sus actividades al resto de la academia.

  El punto culminante es el gran torneo del Coliseo de Hilloy, donde los gremios más prominentes luchan por el reconocimiento y el premio máximo. En este contexto, el enfrentamiento final fue reservado para ellos. El décimo batallón de Alec Lothrim contra el gremio de Cáliban, en un duelo oficial dividido en doce fases, cada una representando un combate individual o en equipo.

  —??Qué?! ?Espera, espera…! —exclamó Similia, al borde de la histeria —No creerás que tenemos oportunidad de vencer, ?Verdad?

  —?Por qué lo dices? —preguntó Cáliban con serenidad.

  —?Por qué? ?Te preguntas por qué? ?Ellos son nuestros superiores! Guerreros de élite, soldados entrenados con experiencia en guerras, duelos reales, enfrentamientos en zonas de muerte… ?A nosotros nos costó vencer al elfo arrogante, y eso que solo era uno de ellos!

  Su voz retumbó con desesperación. Los demás bajaron la mirada. Tenía razón, pero nadie se atrevía a decirlo. Nadie, excepto ella. Cáliban la observó en silencio. No parpadeó. No dijo nada. Solo la miró. Similia notó las miradas de sus compa?eros. Sintió que había dicho demasiado. Bajó la cabeza, arrepentida.

  —Yo no… —intentó enmendar sus palabras.

  Cáliban se levantó con calma.

  —Escucha, Similia… esta es una batalla que no podremos rechazar. Osaron meterse con nuestra casa… con nuestro hogar.

  Caminó despacio alrededor de la mesa, sus pasos resonaron en el silencio. Su voz se elevó, profunda, dejando cada palabra suspendida.

  —Han sido pisoteados… degradados… su valor y su honor han sido despreciados. Les arrebataron su voluntad, como si no fueran más que sombras de sus propios parientes.

  Ninguno respondió. Sus miradas se clavaron en la mesa, en sus platos vacíos, en sus heridas aún frescas. Las palabras de Cáliban no eran sólo ciertas. Eran punzantes.

  —Durante demasiado tiempo… —continuó —han sido víctimas del desprecio de quienes creen que no valen nada. ?A tal punto que se atreven a irrumpir aquí, en nuestra casa, para pisotearnos y marcharse sin consecuencias!

  Nhun alzó la mano con timidez.

  —Pero al final… tú les diste una lección. Se podría decir que estamos a mano, ?No?

  —Tienes razón. —asintió Cáliban —Pero ese fui yo, no ustedes. Te pregunto, Nhun… ?Estás contenta con eso? ?Contenta con ser arrastrada por el suelo hasta que alguien venga a rescatarte? ?Eso es suficiente para ti?

  El silencio de Nhun fue su respuesta. Bajó la cabeza, avergonzada.

  —Ellos volverán. Estoy seguro de que usarán esta derrota como combustible para hacerse más fuertes. Pero mi problema no es con ellos. —agregó, endureciendo la voz —Es con ustedes. ?Van a seguir permitiendo que los pisen?

  Uno a uno, sus compa?eros guardaron silencio, con el peso de sus pensamientos aplastando sus voluntades.

  Argos sintió la punzada de los cortes aún frescos en su memoria. El dolor era tan agudo como cuando lo arrastraron por el suelo.

  Cecilia se recordó inmóvil, incapaz de moverse mientras lastimaban a quienes apreciaba. Sintió asco de su debilidad.

  Nhun maldecía la inutilidad de su conocimiento. Herramientas, estrategias, nada fue suficiente.

  Elizabeth aún sentía el ardor de las quemaduras, esa luz divina que alguna vez había venerado… ahora la hacía temblar.

  Catherine recordó la mirada de Alec. Esa mirada que se parecía a la de su hermana mayor. Y recordó también su castigo… uno que había prometido no volver a revivir.

  Astrid y Juliana estaban mudas. Sabían que sus técnicas no bastaban. Que sus armas no eran más que adornos inútiles frente al poder de un verdadero guerrero. Fingían ser fuertes… pero solo se enga?aban a sí mismas.

  Cecilia miró a Nhun. Recordó su cuerpo arrastrándose herido, y se sintió inútil. Otra más que sólo había mirado sin actuar.

  Joseph suspiró, frustrado. Sus compa?eros se rendían. Permitían que el miedo ahogara cualquier posibilidad de lucha.

  Reinhard compartía esa impotencia. Aunque entendía que tenían que pelear, también comprendía el miedo. Sabía que Cáliban era distinto. Que él, solo él, podía compararse con alguien como Alec Lothrim. A sus ojos, era como pedirle a simples estudiantes que lucharan contra dioses.

  Uno a uno, comenzaron a retirarse. Argos caminaba con una leve cojera y la mirada vacía.

  ?Padre… lo siento. No soy digno de ti.?

  Nhun no podía sostener la vista de nadie.

  ?No pude hacer nada.?

  Catherine apretó los labios con fuerza, sintiendo su insignificancia.

  ?No tengo el talento ni el linaje de mis hermanas. ?Quién soy yo??

  Elizabeth tragó saliva, recordando la luz que la consumía.

  ?Pensé que era hermosa… hasta que casi me mata.?

  Juliana temblaba, frustrada.

  ??Maldita sea… deja de temblar! ?Muévete, idiota!?

  Astrid se maldecía en silencio.

  ?No soy más que un cascarón vacío… Ni con la espada, ni con las técnicas. No soy nada.?

  Similia fue la primera en levantarse. Sus piernas le pesaban.

  ?No podemos ganar… no con este miedo.?

  Uno a uno se acercaron a la puerta, agradeciendo a Cáliban por la cena, por la ayuda, por las palabras… aunque sabían que no podían seguirlo. Y justo entonces, cuando las sombras del desánimo parecían haber apagado toda llama en aquel lugar…

  Una voz se alzó.

  —Yo…

  Todos se giraron. Atentos a aquella voz temblorosa que se levantó en la mesa.

  Era Dimerian. Siempre callado, siempre observando con miedo. El único que no había dicho nada desde que comenzó la cena. Y ahora… se había puesto de pie.

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