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Capítulo 67: Colisión de voluntades

  Cáliban deseaba apartar la mano. Anhelaba regresar a su indiferencia imperturbable, sumergirse en el olvido absoluto. Sin embargo, una calidez inesperada brotó desde lo más hondo de su pecho, como una chispa encendida en medio del hielo. Y entonces lo vio, entre la multitud, la silueta de un joven de Mika′el. Era idéntico a él, pero marcado por heridas que el tiempo no había borrado, con un rostro vacío, ajeno a todo. Cáliban lo comprendió de inmediato.

  ?No… ese ya no soy yo.? —pensó con amargura, mientras la náusea de una verdad silenciada le trepaba por la garganta.

  Apartó con decisión la mano de Cecilia, girando sobre sus talones para continuar su marcha. Desde que la conoció, una extra?a paz lo invadía al verla a salvo. Pero lo sabía. Esos sentimientos no le pertenecían. Eran ecos, sombras, vestigios de otro ser. El ni?o que murió en aquella cueva seguía escondido en algún rincón de su alma, como un susurro atrapado entre los pliegues del tiempo. Aquellas emociones, esos latidos revividos, no eran suyos. Le pertenecían a él, al que fue, y no tenía derecho a reclamarlos.

  —Continuemos… —murmuró Cáliban, con una voz que se negaba a dejar escapar emoción alguna.

  —Sí… —respondió Cecilia con un hilo de voz apagado. Sabía que, por más que lo intentara, solo lograba vislumbrar destellos fugaces de humanidad en él. Aun así, siguió caminando a su lado, en silencio.

  El sendero hacia la mansión se extendía bajo un cielo grisáceo, cubierto por nubes densas como pensamientos no dichos. A cada paso, Cecilia debatía consigo misma si debía hablar. Finalmente, con las mejillas ligeramente sonrojadas, se atrevió.

  —?Te sientes mejor? —preguntó en voz baja, casi temerosa de la respuesta.

  —Sí. No necesitas preocuparte. —respondió él sin mirar.

  Ella desvió la vista, dolida por el rostro inexpresivo de Cáliban.

  —Bueno… mientras estés bien… supongo que eso es lo que importa.

  Cáliban se detuvo. Un nudo se apretó en su pecho. No podía seguir guardando la duda que lo carcomía.

  —?Por qué? —preguntó con un susurro cargado de dolor.

  —?Por qué, qué? —dijo Cecilia, confundida.

  —?Por qué me tratas bien? He sido cruel contigo. Te he herido. ?Por qué no me odias? Despréciame. Acúsame. Dime cualquier cosa… menos palabras amables.

  Cecilia lo miró y, por un instante, pareció contener la risa.

  —?Dije algo gracioso? —inquirió Cáliban, desconcertado.

  —No… —dijo ella, y una sonrisa tenue se dibujó en su rostro —Es solo que… por fin entiendo un poco...

  Su risa suave, casi etérea, se deslizó hasta él como una brisa cálida. Y por un segundo, solo por un segundo, el hielo en el corazón de Cáliban pareció resquebrajarse.

  Ella se alzó con decisión, enfrentándolo cara a cara. Quería ver sus ojos cafés, perderse en ese abismo en el que tantas veces había intentado entrar sin éxito. Su mano temblorosa se alzó también, y rozó con delicadeza su mejilla, como si acariciara un recuerdo.

  —No sé por lo que has pasado… —susurró con una voz suave, pero firme —Pero eso ya no importa. Vive el presente. Solo eso.

  Su mirada se estremeció, como si aquellas palabras hubieran golpeado una parte dormida de su alma. Cáliban no podía comprender la serenidad con la que ella hablaba. Entonces, en un instante fugaz, tan leve como un suspiro perdido en el viento, una imagen se cruzó ante sus ojos. La silueta de una mujer de cabello rojizo. Compartía ciertas facciones con Cecilia, pero su rostro le era completamente desconocido. Frunció el ce?o.

  —Tú…

  Pero antes de que pudiera decir algo más, Cecilia lo tomó del brazo con repentina firmeza.

  —Vamos, te están esperando en la mansión. —dijo con una naturalidad que no dejaba espacio a réplicas.

  Cáliban, sorprendido, la observó sin disimulo. Esa no era la tímida jovencita que solía balbucear ante su presencia.

  ??Cuándo creció tanto?? —se preguntó, sintiendo una mezcla de admiración y desconcierto.

  Pero la verdad era otra para ella. Mientras caminaba a su lado, tomada de su brazo, su corazón latía con fuerza descontrolada. Mantenía el rostro bajo, intentando ocultar el rubor que le encendía las mejillas.

  ??Oh, mierda! ?Oh, mierda! ?Funcionó!?

  Recordaba claramente los consejos de Juliana tiempo atrás. Le había dicho que tomará un enfoque distinto, que no perdía nada con intentar algo nuevo. él nunca la miraba de verdad, así que… ?Qué podía salir mal? Y ahora, ahí estaban, caminando como si fueran una pareja, en plena ciudad, compartiendo el mismo paso.

  Mientras avanzaban, Cáliban alzó la vista y notó el cambio drástico en el ambiente. Todo era distinto desde la última vez que estuvo allí. Los distritos se veían tensos, vigilados. Guardias vestidos con trajes blancos patrullaban las calles, observando cada movimiento. Los estudiantes eran escaneados con meticulosidad, y los carruajes, inspeccionados con un rigor que rayaba en la paranoia.

  —?Qué ocurrió mientras yo estaba en recuperación? —preguntó Cáliban, con el ce?o fruncido.

  —Bueno… —dijo ella, buscando las palabras —Cuando las noticias comenzaron a circular, la organización que protege a los espíritus envió guardias casi de inmediato. Madame Lothrim fue muy amable…

  —?La conociste? —preguntó él, volviéndose hacia ella con brusquedad.

  —Sí. Nos mandó llamar a Elizabeth, Juliana, Astrid y a mí. Quería investigarnos de cerca. Le intrigaba por qué aún no hemos manifestado nuestros espíritus afines…

  Cáliban asintió lentamente. Algo dentro de él no se tranquilizó al oír eso.

  —Entonces… ?Les dijo algo?

  —Sí… según ella, ya tenemos contratos vigentes. —dijo Cecilia, bajando ligeramente la voz —Pero no se han manifestado porque nuestro nivel de poder aún es demasiado bajo. Esa fue su teoría. Nos explicó que es probable que experimentemos cambios físicos conforme nuestro vínculo con los espíritus se fortalezca…

  Cáliban llevó una mano a la barbilla, pensativo. Era una teoría coherente, pero no explicaba la maldición que pesaba sobre Astrid. Y si eso fuera así, ?No podrían también las demás compartir condiciones similares? Abordar un asunto tan íntimo requería más que simples palabras… y, sin embargo, una idea emergió con claridad en su mente.

  —Cecilia…

  Ella se giró hacia él con rapidez, alerta ante el tono grave en su voz. Por un instante creyó que había cometido algún error.

  —?Sí? —preguntó con cierta inquietud, alzando la mirada.

  —?Te gustaría salir conmigo el domingo?

  Cecilia se quedó paralizada. Su mente se puso en blanco. De todas las cosas que esperaba escuchar de Cáliban, esa era, sin duda, la última. El rubor subió de golpe por su rostro hasta encenderle las orejas. Sus labios se entreabrieron, pero ninguna palabra salió.

  Cáliban mantuvo la seriedad. No había ni rastro de duda en sus ojos.

  —Yo… yo… —balbuceó ella, completamente fuera de sí.

  —Entiendo… si no quieres, está bien, yo solo...

  —?No! ?Sí quiero! ?Quiero salir el domingo! —exclamó de pronto, asintiendo de forma tan brusca que casi pierde el equilibrio.

  Una tenue sonrisa se dibujó en el rostro de Cáliban. Le parecía entra?able la inocencia que aún conservaba su compa?era. La tensión se disipó y la conversación retomó su cauce, fluyendo con ligereza. Cecilia irradiaba felicidad; su alegría era tan evidente que parecía iluminar la calle a su paso. Ambos siguieron charlando durante todo el camino de regreso a casa.

  En la mansión, el sonido del entrenamiento resonaba con intensidad. El aire estaba cargado de adrenalina. Joseph y Juliana se enfrentaban en un duelo físico en medio del patio. él lanzaba ataques rápidos, pero ella, con precisión felina, logró inmovilizarlo con un solo movimiento limpio y certero.

  —?Eres fuerte! —exclamó Juliana, con una risa divertida mientras le aplicaba una llave que lo mantenía contra el suelo —?Pero necesitas más que eso para derrotarme!

  —?Maldita sea! —gru?ó Joseph, forcejeando inútilmente. Sentía que no luchaba contra una persona, sino contra una fiera indomable.

  —?Muy bien! ?Se acabó! —gritó Reinhard, oficiando como réferi.

  Joseph cayó de espaldas, jadeante, su cuerpo estaba ba?ado en sudor y su orgullo ligeramente magullado.

  —La próxima… te ganaré… —murmuró con el aliento entrecortado.

  —?Cuando quieras! —respondió Juliana con una sonrisa desafiante, extendiéndole la mano.

  Mientras tanto, al otro lado del campo de entrenamiento, Argos y Catherine compartían una tranquila merienda bajo la sombra de un árbol. Desde su posición, observaban el combate entre dos elfas de gran habilidad, Nhun y Similia, que ya rozaban lo personal.

  —?Maldita mestiza! —gritó Similia, impregnada de desprecio.

  Con un rápido gesto, invocó una pared de espinas gruesas y entrelazadas, dise?ada para desgarrar a cualquiera que osara atravesarla. Pero Nhun no se detuvo. Saltó con una gracia felina por encima del obstáculo, y desde sus manos surgieron finos hilos de energía que, con un corte certero, partieron el muro vegetal en dos.

  —?No huyas! —vociferó Similia, lanzándose de nuevo al ataque.

  El enfrentamiento se mantenía parejo, un choque de voluntades tan intenso como elegante. Desde las bancas en el extremo opuesto del patio, Dimerian y Astrid contemplaban los combates. Astrid, con la expresión de quien urde una travesura, intentaba arrancarle información a su silencioso compa?ero.

  —Vamos… puedo darte… hmm… —se llevó un dedo a la mejilla, como si pensara profundamente —?Una forja! ?Sí! Te regalaría el set de forja más caro de nuestro reino si me cuentas algo, lo que sea…

  Dimerian negó con la cabeza, impasible.

  —?Por qué no? ?No te estoy pidiendo que lo cuentes todo! Solo dime qué te pasó, te prometo que no se lo diré a nadie…

  Pero nuevamente, Dimerian respondió con un rotundo silencio. Astrid bufó, cruzando los brazos, frustrada hasta los huesos.

  En el segundo piso, Elizabeth leía en silencio. Sus largos cabellos oscuros se deslizaban sobre las páginas con suavidad, como si el viento mismo los acariciara. Desde la ventana, observaba la rutina del día a día… hasta que algo alteró su calma. A lo lejos, un grupo de personas con uniformes blancos se acercaba con paso decidido a la mansión. Intrigada, cerró el libro de golpe y descendió las escaleras con prisa contenida.

  —?Bien! ?Sigues tú, gatito! —gritó Juliana, con una sonrisa feroz.

  Argos frunció el ce?o, levantándose.

  —?Perfecto! ?Nuestro duelo inconcluso merece una revancha!

  Pero justo cuando se disponía a encarar a Juliana, un escuadrón de guardias cruzó el portón principal. Sus pasos resonaban con firmeza. Al frente del grupo marchaba un joven elfo, de porte erguido y cabellos caoba que le caían como una cascada ordenada sobre los hombros. Alzó la voz con autoridad.

  —?Hemos venido en busca de un estudiante llamado Mika’el Cáliban! ?Solicitamos su presencia de inmediato!

  Todos se quedaron en silencio. La confusión fue general. Nadie había recibido aún noticias sobre el despertar de Cáliban. Astrid miró de reojo a Dimerian, que permanecía inmóvil.

  —?Ya se levantó el líder? —susurró, entre asombro y expectativa.

  Dimerian negó rotundamente con la cabeza. Hasta donde él sabía, Mika’el aún reposaba en cama, atrapado en su letargo. Nada de lo que ocurría tenía sentido. Reinhard y Joseph intercambiaron una mirada cargada de incertidumbre. Antes de que alguien pudiera hablar, Nhun se adelantó, decidida a aclarar la situación.

  —Lo siento, pero el líder no está aquí. Nosotros no hemos reci-

  —No te hablaba a ti, sucia escoria. —la interrumpió el elfo con un tono frío y venenoso.

  El insulto fue como un látigo. Nhun se estremeció, la ira se le subió como fuego por la garganta.

  —?Hijo de...!

  Pero antes de que pudiera terminar la frase, un leve movimiento de la mano del elfo bastó. Una ráfaga invisible la lanzó al aire con brutalidad. Su cuerpo voló varios metros antes de caer violentamente. Joseph corrió y la atrapó en el último instante, amortiguando su caída.

  —??Cómo te atreves?! —rugió, sosteniéndola con firmeza entre sus brazos.

  Con los ojos encendidos de furia, dejó a Nhun en el suelo con cuidado, y sin pensarlo dos veces, cargó contra el elfo agresor. Pero su ataque fue inútil, con un simple ademán, el desconocido lo rechazó como si fuera un insecto. Joseph cayó pesadamente sobre las piedras, aturdido.

  Desde la azotea de la mansión, el profesor Yannes observaba con los labios apretados. A su lado, la imperturbable madame Lothrim seguía la escena con atención.

  —Espero que esto sea parte de su plan, madame Lothrim. —murmuró Yannes, sin apartar la mirada.

  Ella asintió con calma.

  —Todo ha sido aprobado por el director. Pido disculpas por las molestias, profesor. Le aseguro que pagaré con creces por cada problema que cause mi estrategia… aunque me preocupa que no pueda cumplir con su parte de la apuesta.

  Yannes frunció el ce?o. Las manos atadas por una orden superior le impedían actuar. Solo podía esperar que sus estudiantes demostraran estar a la altura de los ideales que representaban.

  Abajo, el elfo de uniforme blanco apretaba los dientes. Las venas en su cuello se marcaban con claridad por la irritación pura que destilaba de su cuerpo.

  —Todos ustedes no son más que ni?os jugando a la guerra. —escupió con desprecio —Aquí no hay futuros reyes, ni líderes dignos. Solo idiotas pretendiendo ser héroes.

  El comentario encendió la furia colectiva. Desde la explanada, Juliana alzó la voz con un rugido de indignación.

  —??Con qué autoridad vienes aquí a insultarnos?!

  El elfo la miró con arrogancia y escupió al suelo.

  —Vaya… si no es la princesa del Imperio Amazónico. He oído mucho sobre ti. Veo que haces honor a los rumores… solo eres una salvaje…

  Los ojos de Juliana ardieron de rabia. Mostró sus colmillos y, con velocidad felina, lanzó un pu?etazo directo a su rostro. Pero no lo alcanzó. Un sonido seco le cruzó el rostro. El golpe vino de él. Juliana cayó de espaldas con violencia, con el mundo dándole vueltas.

  El ambiente se volvió sofocante. Argos se puso de pie como una explosión.

  —?Mi padre se enterará de esto! —gritó, temblando de furia contenida.

  El elfo soltó una carcajada grave y resonante, cargada de desprecio.

  —Un príncipe cuyo único valor es su apellido... qué predecible. —murmuró, como quien contempla una obra mediocre.

  La furia estalló en Argos. Sus ojos se encendieron con la ira de su linaje y activó su modo berserker. Con un grito gutural, se lanzó contra el grupo invasor, dispuesto a arremeter sin medir consecuencias.

  —Un ni?o que no conoce su verdadero valor. —sentenció el elfo, alzando el brazo con calma letal.

  A su alrededor, el aire se tornó afilado. Una corriente invisible, cortante como cuchillas de cristal, emergió con brutalidad. Golpeó a Argos con violencia, dejando marcas profundas en su piel reforzada. Cortes sangrantes se dibujaron por todo su cuerpo.

  —Esto… no… es… posible… —susurró el príncipe antes de desplomarse, vencido por el dolor.

  El silencio que siguió fue tan denso como el humo de una batalla. El elfo se adelantó un paso, con la mirada fría y la voz implacable.

  —Ahora que hemos dejado claro nuestro punto… ?Serían tan amables de decirnos dónde está su líder?

  —??Por qué están haciendo esto?! ?Cómo te atreves a ir en contra de tu princesa! —exclamó Similia, con el rostro descompuesto por la confusión y la impotencia.

  —Su líder es sospechoso de colaborar con el Culto. Será interrogado. Además… ?Mi princesa? ?Ja! para mi no eres nada… —respondió el elfo con tono mecánico, como si diera un porte militar.

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  —?Eso es mentira! ?Jamás pertenecería a esa basura! —rugió Astrid, apretando los pu?os.

  El elfo alzó la vista, exhalando. Su paciencia se había agotado.

  —Entiendo. Si no será por las buenas… —volteó hacia sus subordinados vestidos con impecables uniformes blancos —?Protocolo de contención! ?Todos los miembros de esta casa quedan bajo custodia por presuntos delitos y sospechas de corrupción espiritual! ?Procedan!

  La orden cayó como un trueno.

  Los soldados no esperaron. Con violencia metódica, se abalanzaron sobre los estudiantes. No hubo distinción ni piedad. Cada uno fue reducido con fuerza desproporcionada, atados y arrojados al suelo como criminales sin juicio. Gritos, forcejeos, impactos sordos. No se trataba de una inspección, sino de una humillación pública.

  Una vez capturados, el elfo les ordenó que resguardaran la entrada mientras interrogaba a los estudiantes.

  Yannes miró hacia la mujer que se encontraba a su lado, en espera de que en algún momento decidiera detenerse. Pero seguía con la misma mirada calculadora de siempre.

  —Lo preguntaré una vez más. ?Dónde está su líder?

  —?Alto! —gritó una voz desde la mansión.

  Era Elizabeth, descendiendo con la gracia de una tormenta contenida.

  —?No tienen ningún derecho a hacer esto! ?Esta casa está protegida por tratados y estatutos firmados por la academia! ?Ustedes no tienen autoridad aquí!

  El elfo la miró como si observara un insecto. Su expresión se torció con asco.

  —Ah… ya sentía ese olor. Con razón. Si una vampira habita entre ustedes, la corrupción espiritual es aún más evidente. Otra prueba más.

  Las palabras impactaron como cuchillas. Desde la azotea, el profesor Yannes apretó los pu?os. Madame Lothrim le hizo una se?a, tranquila, como si ya todo estuviera previsto. Pero él sabía que esto ya había cruzado una línea que no se debía traspasar.

  —Bueno. —dijo ella, con una sonrisa victoriosa en los labios —Parece que gané la apuesta, ?No le parece, profesor?

  El profesor Yannes cambió su expresión por una sonrisa serena, casi divertida.

  —Yo no diría eso, madame… —respondió con calma medida —Después de todo, la apuesta era por “todos los miembros de la casa”. Y, hasta donde yo sé… aún faltan dos más por aparecer.

  Madame Lothrim entrecerró los ojos, intentando descifrar las verdaderas intenciones detrás de aquella sonrisa. Pero no tuvo tiempo para interrogarlo. En el campo, el elfo agresor se deslizaba como una sombra por detrás de Elizabeth, dispuesto a atacar por la espalda.

  Pero ella no era una presa fácil.

  Sus reflejos innatos como vampira se activaron de inmediato. Giró con elegancia y lanzó un hechizo corrosivo directo al atacante. Un escudo se materializó justo a tiempo para contenerlo.

  —Tch… —masculló el elfo —Parece que no podré tomarte con la guardia baja.

  Elizabeth, pese a no poseer un espíritu afín, tenía un don para la magia. Su fuerza residía en la precisión y en la crueldad de sus hechizos. Desde sus dedos, proyectiles de ácido y fuego comenzaron a llover como una tormenta de castigo.

  —?Acidum ignem! —exclamó, y los hechizos volaron con furia, obligando al elfo a moverse con agilidad sobrenatural.

  Mientras tanto, Dimerian, Joseph y Reinhard se miraron brevemente. Una decisión silenciosa pasó entre ellos. Ya no podían quedarse de brazos cruzados. Sin dudarlo, desactivaron sus brazaletes de entrenamiento. Una oleada de energía bruta estalló en el campo, rompiendo sus ataduras y sacudiendo el suelo a sus pies.

  —?Deténganlos! —vociferó el elfo, con rabia y desesperación.

  El caos estalló. La batalla fue dura y desigual, pero los miembros de la casa estaban bien entrenados. Uno a uno, fueron reduciendo al escuadrón invasor, hasta que el campo de batalla fue suyo otra vez. Se unieron a Elizabeth en el combate, formando una defensa feroz.

  Madame observó con calma la situación.

  —Espero que no se lo tome a pecho, madame…

  La mujer plegó su abanico nuevamente.

  —Realmente no… aunque ya pasaron la prueba, este equipo no ha sido entrenado por mí todavía. Son relativamente nuevos. Aun así, aunque no han pasado por el entrenamiento estricto de los caballeros espirituales, no son jóvenes débiles…

  —Entonces… si no han pasado por el entrenamiento… ?Qué hacen aquí?

  —Fue culpa de mi nieto… él formó el equipo a base de sus amigos. Pensé que sería buena idea si se desarrolla en un ambiente familiar, así que se lo permití… pero no esperaba que vinieran el día de hoy. Esperaba al equipo de Loana…

  Un estallido resonó en el área, haciendo retroceder al elfo.

  —?Maldita sea! ?Malditos parásitos! —bramó el elfo, ciego de furia.

  En un intento desesperado, alzó ambas manos al cielo y conjuró un remolino de viento creciente. La presión del aire se volvió insoportable; era un hechizo de destrucción masiva que podría arrasar con toda la mansión.

  Pero Joseph no se detuvo.

  —?Yo lo detendré! ?Vayan! —gritó, plantándose con firmeza mientras alzaba los brazos.

  El viento respondió a su voluntad. Su energía elemental, del mismo tipo que la de su enemigo, colisionó con la tormenta creciente. Se formó un vórtice en el aire, y Joseph se convirtió en su ancla.

  Reinhard no dudó. Empu?ó su lanza y, con fuerza sobrehumana, perforó el costado del elfo con un solo golpe certero. El enemigo rugió, retrocediendo tambaleante, intentando huir. Pero en su escape, una serie de proyectiles mágicos impactaron su espalda. Elizabeth, con los colmillos al descubierto, lo miraba como una bestia decidida a morder hasta el final.

  —?No me vencerán! —escupió el elfo, invocando con rabia a su familiar.

  Una majestuosa águila gris apareció entre las nubes, era un Roc. Con un solo batir de sus alas, envió a volar a los tres combatientes más cercanos. Elizabeth, sin dudar, aprovechó el momento. Se acercó a toda velocidad y mordió su brazo, inyectando un veneno antiguo, letal y paralizante.

  El elfo gritó de ira, tambaleándose.

  —??Cómo te atreves?! ?Asqueroso murciélago! —gritó, sacudiéndose como un animal herido.

  Elizabeth no dijo nada. Solo lo observó con la mirada encendida de quien ya no teme a la muerte… ni a la justicia.

  Dimerian, atento a cada segundo del combate, aprovechó el caos para liberar al resto de sus compa?eros. Uno por uno, los integrantes de la casa se levantaron. Con fuerza renovada, se unieron a la batalla, sus ataques estaban perfectamente sincronizados, como si una sola voluntad los guiará.

  Los hilos de Nhun surcaron el aire y se clavaron en la espalda del elfo como cuchillas invisibles. Catherine conjuró témpanos afilados que se incrustaron a su alrededor, congelando sus movimientos. Similia atrapó sus pies con raíces invocadas, limitando cada paso. Y entonces, Astrid y Juliana, con una furia inquebrantable, se abalanzaron como depredadoras sobre su pecho, lanzando ataques implacables, sin dar respiro.

  No importaba cuánta energía contuviera el enemigo, ni su rango, ni su linaje. En ese momento, luchaba contra algo que no podía superar. Un grupo unido por un lazo de odio forjado en el fuego por las circunstancias.

  Aun así, el elfo resistía. Su cuerpo herido escupía energía con cada respiro. Cada centímetro de piel se quemaba por dentro, pero seguía luchando. Hasta que, en el instante en que el combate parecía decidido, una nueva presencia emergió…

  Una oleada de energía abrumadora recorrió el campo. En un abrir y cerrar de ojos, todos los miembros de la casa quedaron paralizados. Como si una monta?a invisible hubiera caído sobre sus espaldas, sus cuerpos se negaban a moverse.

  —??Qué es esto?! —exclamó Reinhard, con los dientes apretados.

  —?No puedo moverme! —rugió Joseph, mirando a su alrededor con desesperación.

  Los demás no pudieron pronunciar palabra alguna. Solo el sonido de sus corazones golpeando con violencia podía oírse entre ellos. Las piernas temblaban, los brazos cedían.

  ?No puedo… no puedo moverme…? —pensó Elizabeth, con el rostro empapado de sudor. Su mirada se alzó con esfuerzo, buscando el origen de aquella presión insoportable.

  Y entonces lo vio.

  Una figura caminaba con paso elegante entre los restos del combate. El elfo vencido cayó de rodillas apenas percibió su presencia.

  —L-lo lamento… Capitán. —balbuceó.

  Frente a ellos se alzaba un joven de porte impecable. Su atractivo era refinado, casi antinatural. El cabello negro ondeaba sutilmente como si respirara la energía que lo rodeaba. Portaba lentes finos, y de su cuerpo emanaba un fulgor multicolor que ondeaba como fuego sagrado. Pero nada de eso era tan intenso como la mirada que proyectaba… un desprecio contenido que helaba la sangre.

  —Te dije que lo hicieras rápido, Lend… ?De verdad fuiste humillado por unos simples ni?os? —dijo con frialdad.

  Lendar bajó la cabeza, derrotado.

  —L-lo lamento, Capitán… Yo…

  —Basta. Yo me haré cargo ahora. Retírate junto con el escuadrón. Que te atienda un médico. Yo me encargaré del interrogatorio.

  Lendar asintió con pesar, desapareciendo hacia los suyos.

  Desde la azotea, madame Lothrim observaba la escena con cierta tristeza en la voz.

  —Vaya… no creí que se involucraría. Supongo que… hasta aquí llegó la apuesta, profesor.

  Yannes apretó los labios, molesto. Lothrim tenía razón. El recién llegado no era un oponente común. Era una tormenta contenida. Podía sentirlo… su energía lo envolvía todo. Era sofocante, abrasadora y absoluta.

  Era de Sexto Orden, pero casi pisaba el Séptimo.

  Los niveles eran comprensibles en sus primeras etapas, del primero al sexto. Aquel que entrenara lo suficiente podía ascender… pero a partir del séptimo, cada paso requería un salto colosal. Era un umbral que muy pocos cruzaban.

  ?Está en etapa Ascendente… está a un solo paso de romper el límite. ?Quién es este joven? Su poder… es comparable al de un profesor de la academia del área Blanca…?

  Yannes sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. La situación, que ya era crítica, acababa de tomar un nuevo rumbo.

  El joven avanzó hacia Elizabeth con pasos medidos, pero cada uno de ellos pesaba como una amenaza. Su rostro, sereno y severo, irradiaba una autoridad abrumadora. No necesitaba levantar la voz para imponerse, su presencia bastaba. Elizabeth, aunque orgullosa y fiera, sintió cómo sus instintos gritaban al unísono. Era como si su depredador natural estuviese delante de ella.

  —?Q-qué quieres? ?Quién eres? —logró articular, con una mezcla de temor y desdén.

  El joven desvió brevemente la mirada hacia su amigo, que se retiraba herido y humillado. La frustración contenida se filtraba en cada músculo de su rostro. Luego volvió a enfocar sus ojos en Elizabeth, con una furia pasiva que ardía tras sus pupilas como brasas.

  —Mi nombre es Alec Lothrim. Capitán del Décimo Batallón de los Caballeros Espirituales.

  El nombre cayó como un rayo. Todos los que reconocieron el apellido contuvieron el aliento. Elizabeth sintió cómo el miedo subía como una marea negra, inundándole el pecho.

  Desde lo alto, el profesor Yannes giró lentamente la cabeza hacia su acompa?ante, con el ce?o fruncido.

  —?Su nieto…?

  Madame Lothrim suspiró con cierto fastidio.

  —Sí. Se suponía que estaba en una expedición al norte… pero verlo aquí, sin haberme buscado siquiera… —hizo una pausa, llevándose una mano a la mejilla —Me pregunto qué fue lo que lo trajo.

  —?Qué edad tiene? —preguntó Yannes, conteniendo el impacto de lo que estaba presenciando.

  —Acaba de cumplir dieciocho el mes pasado. Y ni siquiera vino a verme… —a?adió con un poco de decepción en su voz.

  ??Dieciocho a?os y ya está a punto de alcanzar el séptimo nivel…?? —pensó Yannes, alarmado ??Cómo se supone que mis estudiantes enfrentarán esto…??

  Alec volvió a acercarse a Elizabeth. Alzó una mano y, con una lentitud casi afectuosa, le acarició la mejilla. Pero no había ternura en su gesto, sólo desprecio.

  —Una escuela que acepta cualquier basura… inevitablemente termina mostrando se?ales de corrupción. Qué vergüenza…

  Su mano se elevó, y desde sus dedos emergió una luz intensa. Pero esa pureza era falsa. La energía ardía, abrasadora, incluso sin tocarla. Elizabeth gritó de dolor mientras su piel comenzaba a quemarse bajo la sola proximidad de la luz. Yannes apretó la mano, queriendo intervenir.

  —No lo repetiré otra vez. —dijo Alec con frialdad, sin levantar la voz —?Dónde está su líder?

  Elizabeth lo miró con odio. Pese al dolor y al ardor que le consumía el rostro, una sonrisa desafiante apareció en sus labios. No parpadeó, tampoco retrocedió.

  —Púdrete.

  El joven se acomodó los lentes con un gesto meticuloso.

  —Una lástima.

  La luz de su mano se intensificó. Dio un paso más, acercándose, esperando que Elizabeth finalmente quebrara, que el miedo se apoderara de sus ojos. Pero lo que encontró fue lo contrario. Elizabeth mantenía la mirada firme. No se acobardó. No le dio el gusto de verla temblar.

  —?Ayuda! ?Por favor! ?Te lo suplico! ?Ya no más! ?Lo siento! ?Lo siento! ?Perdóname!

  Los gritos desgarradores rompieron la quietud de los árboles cercanos. Las aves alzaron vuelo en pánico desde las copas. Alec alzó la mirada con una leve contracción en el rostro, reconocía esa voz. Era Lendar… su primer oficial.

  Joseph y Reinhard intercambiaron una sonrisa satisfecha. Incluso el profesor Yannes, que hasta ahora mantenía una expresión grave, no pudo evitar que una tenue sonrisa se asomara en sus labios.

  —él está aquí… —susurró, como si ese nombre pesara más que cualquier otro.

  Antes de que Alec pudiera dar un paso en dirección a los gritos, una figura femenina apareció corriendo desde el horizonte. Era Cecilia, furiosa, con los ojos encendidos por la indignación.

  Se plantó frente a él, sin miedo.

  —Tú… ?Quién eres? —preguntó Alec, midiendo cada palabra.

  —Soy Cecilia. Miembro de la casa a la que invadiste sin permiso.

  Alec se acomodó los lentes con su habitual aire de superioridad.

  —Ya veo… Entonces, como parte de esta… “casa”, tal vez tú me lo digas. ?Dónde está su líder?

  Cecilia no respondió. Se cruzó de brazos y lo miró directamente. Con el ce?o fruncido, sin pesta?ear. Alec suspiró con fastidio.

  —Ah… ?Por qué nadie quiere hacer esto sencillo?

  Alzó la mano, dispuesto a desatar su poder una vez más. Pero algo lo detuvo. Una sensación repentina y helada, recorrió su espalda como una advertencia. Giró rápidamente. Sus ojos se abrieron con desconcierto.

  Allí estaba.

  Un joven de piel morena y cabello casta?o sostenía con delicadeza a Elizabeth entre sus brazos. No había emitido sonido, ni energía perceptible. Simplemente… apareció.

  ??Cómo? ?En qué momento llegó? ?No sentí nada!?

  El asombro lo golpeó como un muro. Frente a él, estaba alguien que no debía pasar inadvertido… y sin embargo, lo había hecho.

  Cáliban lo sostenía con una calma serena. Sus pasos eran suaves, su presencia, firme como una monta?a. El profesor Yannes giró lentamente la cabeza hacia madame Lothrim. Esta se quedó sin aliento al ver la silueta que avanzaba con determinación. Dejó caer su abanico lentamente, incrédula.

  —No es posible… Cristina… —susurró con voz entrecortada.

  El profesor Yannes se sintió extra?ado al observar su comportamiento.

  Alec lo observó con desprecio, pero también con una creciente incomodidad. Su arrogancia comenzaba a ceder.

  En los brazos de Cáliban, Elizabeth abrió ligeramente los ojos. Su visión era borrosa, pero reconoció la silueta que la sostenía.

  —Líder… ya… despertó…

  —Shh… tranquila. —susurró él, con una sonrisa serena —Los sanaré en un momento. Guarda tu energía. Lo hiciste bien, Elizabeth…

  Elizabeth se desmayó, por fin en paz. Alec escuchó cada palabra. El reconocimiento fue inmediato.

  —Así que tú eres el líder de esta casa… Perfecto. Necesito que vengas conmigo pa-

  —No. —interrumpió Cáliban con voz firme, sin mirarlo siquiera.

  Alec frunció el ce?o. Una vena se marcó en su sien.

  —Bien… no me dejas opción, entonces…

  Dio un paso hacia adelante. El aire comenzó a temblar.

  Alec alzó su brazo sin titubear. De sus dedos emergió un rayo cegador, un estallido de pura energía concentrada, más veloz que la vista, más feroz que el trueno. Para quienes observaban desde lejos, no fue más que un destello fugaz… un parpadeo blanco que cruzó el aire. Sin embargo, ese destello se desvaneció en cuanto rozó el cuerpo de Cáliban.

  Alec quedó inmóvil, su rostro se descompuso por la incredulidad.

  —?Qué…? ?Mi rayo… no lo golpeó? —susurró, incapaz de comprender lo que acababa de ocurrir.

  Cáliban ni siquiera lo miró. Con voz serena, dirigió unas palabras a Reinhard.

  —Cuídala, por favor.

  Reinhard asintió en silencio, recibiendo a Elizabeth con sumo cuidado. El ambiente se volvió pesado, cargado de algo que no se podía explicar con palabras. Cáliban, con la mirada oculta bajo un velo de sombra, caminó lentamente hacia Alec, mientras desactivaba una a una las runas en sus brazaletes y tobilleras. Un brillo carmesí comenzó a encenderse en sus ojos.

  —Te escuché desde lejos. —dijo con tono sombrío —Familia de la Sabia Lothrim, capitán del décimo batallón de idiotas, un talento sin igual… y bla, bla, bla…

  Alec apretó los dientes. La furia le nubló el juicio. Su instinto asesino se desató como una tormenta invisible. Una presión asfixiante cubrió todo el campo. Cecilia, Juliana, Catherine y Similia cayeron de rodillas; no podían respirar. Era como si el aire se hubiera solidificado en torno a ellas. No estaban ante un ser humano… estaban ante una bestia.

  Alec se acomodo los lentes con un gesto brusco, revelando unos ojos intensos, llenos de juicio.

  —?Debo contar esto como resistencia?

  Pero entonces, algo cambió.

  Cáliban rió.

  Una carcajada suave, como un susurro que perforaba el silencio, brotó de sus labios. Una risa que heló la sangre. No era una burla ni una provocación. Era una advertencia.

  Y de pronto, la risa se detuvo.

  Un escalofrío recorrió la espalda de Alec. Algo no estaba bien. Sin entender por qué, su cuerpo reaccionó antes que su mente. Un pulso invisible, como un latido, golpeó sus sentidos. Fue entonces cuando lo vio.

  Una oleada de sed de sangre tan densa que era visible a los ojos espirituales se desplegó ante él.

  —Este instinto asesino… no… esto es…

  Alec comenzó a temblar.

  Pese a que Cáliban era más bajo, más delgado, no podía verlo como alguien inferior. Su vista, involuntariamente, se alzó… y detrás de la figura del joven, vio lo imposible.

  Un ser gigantesco, envuelto en sombras, de ojos carmesíes como brasas encendidas, lo observaba desde más allá del velo de la realidad. Una presencia que lo envolvía todo.

  Era la Manifestación del odio.

  Desde lo alto, madame Lothrim cubrió sus labios con la mano, sin poder hablar. El profesor Yannes lo comprendió de inmediato.

  —Depredación… —susurró, con reverencia y alarma.

  La Depredación. Una etapa superior del aura, evolución del instinto asesino. Era el aliento del combate, la voluntad pura que se proyectaba más allá del cuerpo, capaz de doblar la voluntad de quienes la contemplaran.

  Un recuerdo cruzó la mente del profesor. El aura del profesor Aasmir usaba durante los exámenes previos a las vacaciones. Pero esto… esto lo superaba.

  Alec, aún en su asombro, sentía cómo su propia voluntad temblaba. Como si su esencia estuviera siendo desgajada lentamente.

  ??Mi voluntad… está perdiendo contra la suya??

  Era inconcebible.

  ?Cómo podía un ni?o de quince a?os, frágil y silencioso, poseer una voluntad más fuerte que la suya? ?Cómo?

  La respuesta era simple.

  La voluntad es la esencia del ser. No se trata solo de poder espiritual, sino de la profundidad del alma. Experiencias, sufrimiento, convicciones, pérdidas, cicatrices. Todo eso construye una voluntad.

  Y Cáliban… tenía un entendimiento más profundo que nadie. Ambos mantenían la presión. Ninguno retrocedía. Y sin embargo, era claro quién había ganado.

  —Solo eres una rana en el pozo. —dijo Cáliban, mirándolo directo a los ojos.

  Las palabras, simples pero demoledoras, perforaron la compostura de Alec. Por primera vez en a?os, su mirada tembló. Observó cómo Cáliban se acercaba con una tranquilidad desarmante, como si tuviera el control absoluto del campo, del cielo… del mundo mismo.

  Una alarma ancestral le retumbó en lo profundo de sus entra?as. Su instinto le gritaba que, si no actuaba ya, podía terminar en el suelo… o peor.

  Sin esperar, Alec arremetió con velocidad. Su brazo se rodeó de hilos de luz pura que estallaron en un aura brillante e inmensa. Su intención era simple y efectiva. Noquearlo de un solo golpe, antes de que pudiera defenderse, y llevárselo por la fuerza.

  Pero cuando su pu?o descendió como un martillo de juicio…

  ?CRACK!

  Un estallido sacudió el aire.

  El golpe no tocó su objetivo.

  Cáliban, sin perder un ápice de serenidad, lo había detenido con el antebrazo, envuelto en líneas carmesíes que brillaban con una intensidad abrasadora. Una espiral de energía roja se enroscaba en su brazo como fuego sólido. La sorpresa congeló los músculos de Alec por una fracción de segundo… pero fue suficiente.

  Cáliban usó su mano libre y, con un movimiento seco, le asestó un pu?etazo directo al rostro.

  El impacto fue demoledor.

  Los lentes de Alec estallaron en pedazos. Su cuerpo fue arrojado por los aires como un mu?eco, rebotando contra la pared del patio con un estruendo que hizo vibrar la tierra.

  Alec se reincorporó, sangrando por la nariz y con la respiración agitada.

  —Ah… supongo que me confié.

  Se quitó la gabardina blanca con violencia y se remangó la camisa, revelando sus brazos marcados por a?os de entrenamiento. Las venas se le marcaron en el cuello y el rostro, pulsando como cuerdas tensas. Estaba más allá de la ira. Estaba herido en su orgullo.

  —Te llevaré conmigo… cueste lo que cueste.

  Sus ojos comenzaron a iluminarse con un fulgor sobrenatural. Destellos de todos los colores se entrelazaban, formando un arcoíris vivo en sus pupilas.

  —Inténtalo, imbécil. —respondió Cáliban, con la voz cargada de una ira contenida. Sus ojos se encendieron como brasas. Un rojo profundo e hirviente, dominaba su mirada.

  Desde la espalda de Alec, un aura cegadora emergió como una llamarada. La luz se elevó, comenzando a torcer el espacio a su alrededor. Al mismo tiempo, detrás de Cáliban, una oscuridad densa y pulsante empezó a materializarse, como si el mundo mismo le tuviera miedo.

  Ambos invocaban.

  Desde sus espaldas, comenzaron a tomar forma las siluetas de sus espíritus familiares. La atmósfera se distorsionó, como si el tejido de la realidad no pudiera contener la magnitud de las energías enfrentadas. La luz y la oscuridad se repelían con violencia, cada una empujando contra la otra, negándose a ceder.

  Los presentes quedaron en silencio absoluto. Ni un suspiro, ni un murmullo. Nadie osaba moverse. Todos sabían que estaban a punto de presenciar el choque de dos titanes. Dos genios que habían alcanzado en su juventud lo que otros no lograrían en una vida entera.

  Y ahí estaban. Frente a frente. El campo temblaba. Los cielos enmudecían y la batalla… estaba por comenzar.

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