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Capítulo 66: Ecos del pasado

  Cáliban avanzaba lentamente entre la oscuridad, como un náufrago en un océano sin estrellas. A su alrededor se extendía un lago inmenso de agua negra, tan denso y profundo que absorbía toda luz y esperanza. No importaba hacia dónde dirigiera la mirada, sólo había una negrura absoluta que le calaba los huesos y le despertaba una inquietud sobrenatural, como si la misma nada susurrara a su alma.

  Aun así, siguió caminando, aferrado a una voluntad que ni él mismo comprendía, buscando respuestas en un mundo que parecía haberlas olvidado.

  De pronto, una carcajada malévola rompió el silencio, resonando en el vacío como un trueno que no tenía cielo. Era una risa conocida. Antiguamente temida.

  —?Muéstrate! —rugió Cáliban en aquel vacío.

  La risa se apagó tan rápido como había comenzado, reemplazada por un silencio aún más opresivo. Entonces, la oscuridad comenzó a abrirse, como si los recuerdos mismos desgarraran el velo del tiempo. Frente a él se desplegó una escena. Una guerra brutal, sangrienta, ba?ada en tonos carmesí. Era un recuerdo… uno antiguo, uno doloroso.

  —Esta guerra… —murmuró Cáliban, esforzándose por atar los hilos sueltos de una memoria desdibujada.

  Avanzó entre los combatientes como un espectro intangible. Nadie notaba su presencia. Guerreros de armaduras negras arremetían con furia contra caballeros de reluciente plata. El aire era un coro de alaridos, crujidos de huesos y el siseo letal del acero desgarrando carne. La batalla se extendía más allá de la colina, donde ondeaba una bandera blanca con el símbolo de un dragón de mirada desafiante.

  Cáliban ascendió la colina. Sentía cómo un peso creciente oprimía su pecho, como si cada paso removiera algo dormido en lo profundo de su ser. Allí, en la cima, la batalla había concluido. Un hombre, con la espada rota y las rodillas hundidas en el lodo ensangrentado, permanecía de rodillas frente a un caballero resplandeciente que lo apuntaba con su hoja intacta.

  —Al final… no eres más que un hereje. —espetó una voz femenina detrás del caballero. Llevaba un traje ceremonial blanco, como una sacerdotisa del juicio final. En sus ojos brillaba un desprecio absoluto —Tú y esa bruja maldita… debieron haber desaparecido mucho antes.

  El hombre, derrotado, sostenía entre sus brazos el cuerpo sin vida de una mujer de cabellos negros. El maquillaje corrido por lágrimas marcaba su rostro con líneas de dolor, y aun en la muerte, su belleza evocaba un amor que no pudo salvarse.

  Cáliban no necesitaba más. Sabía exactamente quién era.

  Una figura demoníaca emergió de la oscuridad y se detuvo tras él, su aliento gélido le tocó el cuello mientras reposaba sus garras en sus hombros.

  —Lo recuerdas, ?Verdad? —susurró —Si no me equivoco, esto es Nulice… el mundo donde reencarnaste una vez.

  Karrigan lo observó con una mezcla de burla y compasión.

  —Ah… solo querías vivir en paz con ella. Pero el mundo… —hizo una pausa, cargada de resentimiento —El mundo te obligó a luchar. Incluso cuando ya estabas cansado de todo.

  La mujer de blanco alzó el brazo y su estandarte brilló bajo un sol ausente.

  —?Mátalo! ?Termina con el demonio y trae paz a esta tierra! —ordenó, resonando como una sentencia final.

  El héroe alzó su espada con determinación, dispuesto a ejecutar la sentencia. El filo brilló por un instante bajo una luz que no provenía de ningún sol, y descendió en un tajo mortal hacia el cuello del hombre arrodillado. Karrigan, expectante, esbozó una sonrisa de éxtasis.

  —Aún recuerdo lo que hiciste aquella vez… —susurró, con una mezcla de fascinación y nostalgia perversa.

  Pero la hoja, al tocar la carne del condenado, se detuvo. Un estallido de energía oscura envolvió al hombre, rechazando la muerte. De su cuerpo comenzó a emanar un aura negra, voraz y primitiva, que devoraba el entorno sin tregua. Era su verdadero poder, el que había jurado jamás liberar mientras conservara su humanidad.

  Su rostro se transformó… ya no había dolor, ni tristeza, sólo una ira ancestral, un rencor que ardía con siglos de sufrimiento. El poder de Avalon se desató como un cataclismo. El cielo se agrietó como cristal bajo una tormenta. Los mares rugieron, furiosos, alzándose como bestias indomables. La tierra tembló hasta quebrarse, abriéndose como una herida sin fin. Soldados de ambos bandos cayeron de rodillas, ahogados por el miedo.

  El mundo… fue consumido.

  Avalon se convirtió en polvo estelar. El planeta dejó de existir, disperso entre las estrellas como un eco de lo que alguna vez fue.

  Karrigan observaba la escena sin parpadear, como un testigo del fin.

  —Solo querías vivir en paz… tener una familia, sentir el pulso de la vida correr por tus venas mortales… saber que algún día todo terminaría… —su voz, por primera vez, contenía una nota de melancolía —Y al final… tampoco pudiste huir de lo que eres. Dime, hermano… ?Qué te hace pensar que esta vez será diferente?

  Cáliban flotaba inmóvil en el vacío del cosmos, entre astillas de roca y restos de un mundo desaparecido. Sus ojos, tan negros que devoraban la luz, reflejaban únicamente la nada. Sin emoción, sin esperanza. Parpadeó una sola vez. Luego, giró lentamente la mirada hacia Karrigan.

  —No sé qué respuesta esperas al torturarme con mis propios recuerdos. —dijo con voz grave —Pero tienes razón… no puedo cambiar lo que soy. Tampoco lo intento. Ya no anhelo una vida mortal, ni busco redención. Mi único propósito ahora…

  Se acercó hasta quedar frente a él, tan cerca que el aliento de uno rozaba el rostro del otro. Sus ojos brillaron con una luz oscura y profunda.

  —…es destruirte para siempre.

  Karrigan, sin embargo, sonrió. Conocía demasiado bien a su hermano. Sabía que esas palabras eran una máscara. él caería de nuevo, atrapado en el ciclo eterno de culpa, redención y caída.

  —Ya lo veremos… hermano.

  Las palabras de Karrigan resonaban aún en su mente cuando Cáliban despertó. Como era habitual tras una visión, yacía en su alcoba, en la torre más alta de su castillo. A su lado, Lord Xander dormitaba en un sillón, firme como un centinela incluso en el sue?o.

  Al sentir la fluctuación energética de su se?or, Xander abrió los ojos, bostezando antes de levantarse.

  —Vaya… realmente te has tardado esta vez.

  Pero su instinto no fallaba. Algo iba mal. Muy mal.

  —Cáliban… tu cuerpo… tú… —murmuró, activando la Mirada Celestial.

  Lo que vio lo dejó helado. Vio como heridas profundas, tanto físicas como espirituales, recorrían el cuerpo y el alma de su se?or. Cáliban suspiró. Esperaba haberlo disimulado mejor.

  —Parece que cometí un error de cálculo… Bueno, no tiene sentido ocultarlo. Así es… estoy muriendo.

  La voz de Cáliban sonó como un eco apagado en la penumbra de la habitación. Lord Xander, que estaba recostado en un sillón de terciopelo, alzó lentamente la mirada. Sus ojos temblaron, como si las palabras hubieran penetrado hasta su médula.

  Esperaba consecuencias graves por el uso excesivo del poder… pero no algo tan inmediato e irreversible.

  —?De qué estás hablando? ?Cómo que estás muriendo? —preguntó con incredulidad, incorporándose lentamente.

  Cáliban se levantó de la cama sin prisa. Su andar era pesado, arrastrando los pies. Se acercó a un biombo de madera tallada y comenzó a cambiarse de ropa con movimientos cuidadosos para evitar el dolor, como si cada prenda pesara toneladas.

  —Cuando uno accede al poder, éste no flota libremente. —empezó, con tono didáctico, pero apagado —El Maná se aloja en el corazón, resonando con la mente. El Aura recorre las venas, vibrando con el cuerpo. El ánima descansa en el vientre, conectada con el espíritu. Pero más allá… en los planos superiores, eso deja de tener sentido. Hay seres sin órganos, sin forma… donde la energía primordial se guarda directamente en el ser. A eso le dan muchos nombres. Alma. Esencia. Núcleo eterno. Llámalo como quieras.

  Lord Xander frunció el ce?o, intrigado, mientras llevaba una copa de vino a sus labios. El líquido rojo osciló ligeramente por el temblor de su mano.

  —?Y qué ocurre cuando una de esas entidades muere? —preguntó, casi susurrando.

  —No mueren del todo. —respondió Cáliban, ya vestido, con la mirada perdida entre los pliegues de la tela —Al morir, se pierde solo una fracción del poder. Harían falta miles de muertes para desaparecer por completo. En mi caso… al implosionar mi propio espíritu, debí haber desaparecido. Y sin embargo, aquí estoy. Fragmentado y fa?ado. Estimo que conservo entre el quince y el veinticinco por ciento de lo que fui.

  Lord Xander se hundió más en el sillón, meditando en silencio. Finalmente murmuró:

  —Entonces… no deberías preocuparte. Con ese poder puedes aniquilar al Culto sin problemas. ?Por qué te estás deteriorando?

  Cáliban esbozó una sonrisa amarga.

  —Ahí está el problema. Este cuerpo… no fue hecho para albergar esa cantidad de energía. Me destruye lentamente desde adentro. Cada célula grita en agonía.

  Xander dejó la copa en la mesa, más atento que nunca.

  —?Y tus técnicas? Dijiste que eran costosas… ?A eso te referías?

  —Si… creo que sacrifiqué entre quince y veinte a?os de vida con solo usarlas esta vez. —dijo Cáliban sin titubeos.

  Xander escupió el vino, horrorizado.

  —??Quince a?os de vida?! ?Eso es… demencial! No sabía que existían técnicas que devoraran la fuerza vital así…

  El biombo crujió cuando Cáliban lo plegó con lentitud. Surgió detrás de él, vestido con una túnica oscura que acentuaba las sombras bajo sus ojos.

  —Eso no es normal. Pero este cuerpo… el que una vez perteneció a Mika’el… fue débil desde su nacimiento. —Calló un instante, como si lamentara haber dicho ese nombre —Tengo que repararlo. Cueste lo que cueste.

  Lord Xander alzó una ceja, desconcertado. Había escuchado a Cáliban referirse a sí mismo en tercera persona antes, pero esta vez fue distinto. Sonaba… ajeno. Como si hablase de alguien que ya no habitaba ese cuerpo. Como si estuviera partiéndose en dos.

  —?Qué clase de dolencia padece tu cuerpo? —preguntó con cautela.

  Cáliban se dirigió a un antiguo cajón de madera oscura, lo abrió con una lentitud que hablaba de dolor. Dentro, extrajo un rollo de vendas nuevas. Mientras reemplazaba con destreza las que cubrían sus brazos marcados por cicatrices, respondió sin mirar a Xander:

  —Según lo que logré investigar… aquí lo llaman “Mal de los Meridianos Rotos”.

  El silencio se espesó de inmediato. El vino en la copa de Lord Xander pareció tornarse más oscuro. Esa enfermedad no era una simple dolencia. Era una condena.

  Sabía lo que implicaba. En el cuerpo humano, y en algunos otros más allá del humano, existía una red delicada, casi invisible, de canales sutiles que conectaban cada célula, órgano y nervio, estos eran los Meridianos. Estos culminaban en puntos energéticos llamados Núcleos, y definían la capacidad del cuerpo para procesar y resistir distintos tipos de energía.

  Unos meridianos fuertes eran se?al de talento innato, una bendición para cualquier discípulo del arte arcano o marcial. Pero los débiles… eran sentencia de mediocridad. Y si estaban rotos desde el nacimiento… ni la más refinada alquimia ni la más avanzada medicina tecnológica podían hacer algo. La magia moderna había logrado curar heridas internas y reparar algunos meridianos da?ados. Pero no los rotos de nacimiento.

  —Eso no tiene sentido. —murmuró Lord Xander, sacudido por la revelación —Con esa condición… no deberías ser capaz de sostener ni una chispa de energía. ?Cómo es que logras…?

  —No lo sé. —interrumpió Cáliban, enrollando la última venda con movimientos lentos —Yo tampoco lo entiendo. Sólo recuerdo que, tras obtener el grimorio… algo cambió. Un día desperté… y el flujo de energía corría por mis venas como si siempre hubiese estado ahí. Pero esa memoria… ese día exacto… está borroso. Como si alguien hubiera arrancado esa página de mi mente.

  Lord Xander lo observó con atención. Aquella laguna, ese vacío en su recuerdo… no era natural.

  Ambos salieron de la habitación sin decir más. La mansión estaba sumida en un silencio reverente, roto solo por sus pasos. Recorrieron un largo pasillo de piedra adornado con tapices viejos que narraban antiguas batallas. De pronto, se detuvieron frente a un muro de apariencia común. Nada lo distinguía, excepto la sensación extra?a que desprendía, como una calma contenida.

  Cáliban chasqueó los dedos.

  Un leve zumbido recorrió las paredes. El suelo vibró como si una bestia dormida se agitara bajo sus pies. El muro comenzó a distorsionarse, como si el aire a su alrededor se replegara. Poco a poco, una puerta se materializó ante ellos. Tras ella, se oía movimiento. Madera crujiendo, piedras encajando, muebles desplazándose por voluntad invisible.

  —Esto será suficiente… —susurró Cáliban, con una chispa de satisfacción en su voz.

  Al abrir la puerta, una sala completamente renovada se desplegó ante ellos. Iluminada por la luz dorada del atardecer que entraba por los balcones abiertos, la estancia irradiaba poder y nobleza. En el centro, la mesa que una vez presidió la antigua sala del trono había sido restaurada con maestría. Las sillas ornamentadas, tapizadas en terciopelo rojo oscuro, rodeaban el corazón de aquella cámara con dignidad renovada.

  —Bueno… toma asiento. Tenemos muchas cosas que discutir.

  La estancia, iluminada por la luz dorada que entraba desde los balcones, se volvió silenciosa como un santuario. Lord Xander asintió y se sentó a su lado. Cáliban respiró hondo, preparándose.

  —?Cuánto tiempo estuve inconsciente?

  —Diez días. —respondió Xander con tono mesurado —Me las arreglé para quedarme con la custodia de tu cuidado. No fue difícil, considerando que eres…

  Se detuvo, dudando de si debía decir las palabras. La frase se le quedó a medio camino.

  —Dilo. —ordenó Cáliban, sin apartar la vista.

  —Bueno… gracias a que eres huérfano, pude hacerme legalmente responsable de ti. También de Joseph. Así que, oficialmente, soy su tutor.

  —Perfecto. —asintió Cáliban —Cuantas menos manos metidas en nuestros asuntos, mejor. ?Algo más?

  Xander asintió y sacó de su abrigo una serie de papeles doblados y envejecidos por el uso.

  —Sí. Después del incidente… la academia no pudo ignorar lo que pasó. Han estado investigando a fondo. Mira esto.

  Desplegó varios periódicos sobre la mesa. Cáliban los tomó con calma, observando cada titular, cada imagen, cada palabra con una concentración férrea.

  Las primeras planas estaban dominadas por el escándalo: “El caso Cunim sacude los cimientos de la academia”, “Estudiantes secuestrados y sometidos a horrores inenarrables”, “El Artífice de la Muerte”. Todo giraba en torno a los crímenes del profesor Cunim. Las crónicas hablaban de experimentos crueles, de cuerpos alterados, de mentes rotas.

  Testimonios de estudiantes rescatados describían con espeluznante precisión los procedimientos a los que fueron sometidos. Algunos recordaban cada corte, cada inyección, cada alucinación forzada. Pero no todos tuvieron esa “suerte”. Aquellos que pasaron más tiempo en las garras del profesor, fallecieron de camino al hospital o durante las intervenciones.

  El hospital no daba abasto. Los pasillos estaban llenos de camillas, de gritos, de oraciones susurradas por familiares desesperados. El caos había tomado forma concreta.

  Y claro, con semejante escándalo, la OCPD no tardó en intervenir. La presión sobre el director de la academia creció de forma implacable. La negligencia institucional ya no podía ocultarse. Sin embargo, gracias a las declaraciones de los estudiantes y la documentación recuperada, el enfoque cambió. Ya no se trataba solo de un profesor enloquecido, sino que se especulaba de una red más amplia y oscura.

  Aunque el grueso de la población seguía escéptico, el miedo comenzaba a aflorar. Para muchos, el culto era cosa del pasado, una sombra olvidada. Para otros, un cuento exagerado. Pero el terror había regresado. Y con él, los toques de queda, los escáneres mágicos en las entradas de los distritos, la vigilancia reforzada. Los profesores, incluso los inocentes, cargaban ahora con una monta?a de obligaciones y controles.

  —Esto es un desastre… —murmuró Cáliban, horrorizado, sobre todo al leer los relatos de los estudiantes que lograron sobrevivir.

  En la última hoja del periódico, algo llamó su atención. No era solo texto. Había una imagen borrosa, un dibujo hecho fielmente. Una silueta colosal emergiendo entre las ruinas de un cementerio.

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  “Espada divina cae de los cielos” decía el titular. “La criatura que despertó la ira de Dios”, subtitulaba otra sección.

  Cáliban arrugó el ce?o.

  —?Qué es esto…?

  —Eso fue culpa mía. —confesó Lord Xander, con el ce?o fruncido —Cuando recibí el llamado de auxilio de Joseph, supe que no sería suficiente con ir solo. Necesitábamos refuerzos. Fui en busca de los profesores Yannes y Aasmir, también asistió la profesora Rain. Todos ellos sintieron la presencia de la ni?a. Su intención asesina se extendió por todo el distrito como una onda de choque.

  Cáliban asintió en silencio, con los ojos fijos en un punto invisible.

  —Claro, no conocen toda la verdad. Yo tampoco la comprendía del todo en ese momento. Por eso fue relativamente sencillo evitar preguntas comprometedoras… aunque no del todo. —Xander suspiró —Fueron insistentes. Conmigo y con Joseph. Los interrogatorios duraron horas.

  Hizo una pausa y sacó un periódico más reciente, arrugado por haber sido leído demasiadas veces. Lo deslizó por la mesa hacia Cáliban.

  —Y eso no fue todo lo que surgió de esto. Lee esta parte.

  Cáliban tomó el periódico y lo examinó. Un nuevo artículo, escrito con un tono entusiasta pero contenido, hablaba sobre las antiguas ruinas descubiertas por el equipo de excavación. Se detallaba cómo, tras el ataque, el cementerio del distrito fue rápidamente reubicado para permitir un análisis más profundo de las estructuras subterráneas. Sin embargo, las zonas directamente conectadas con el laboratorio maldito seguían siendo inaccesibles.

  —?Quién está a cargo de la investigación? —preguntó sin apartar la vista del texto.

  —El Centro de Investigación Arcana. —respondió Xander, con cierta tensión en la voz.

  Al pronunciar esas palabras, una sombra cruzó su rostro. Cáliban no lo pasó por alto.

  —?Sucede algo con ellos?

  Xander frunció el ce?o, como si se debatiera entre hablar o callar.

  —No es algo concreto, pero… el centro está siendo dirigido por Felicia Wallace.

  Cáliban levantó lentamente la mirada del periódico, con expresión seria.

  —?Otra familia fundadora?

  —Sí. Y una de las más… peculiares. Esa mujer no se despega de su laboratorio por nada. Ni siquiera reaccionó cuando comenzaron las desapariciones en su propio distrito. Fue solo con la aparición de las ruinas que finalmente intervino. Nadie la ve. Nadie sabe en qué trabaja. Pero cuando aparece, todos se apartan.

  Hizo una pausa, incómodo.

  —Aunque… yo tampoco soy quién para juzgar.

  Cáliban lo observó detenidamente. Había algo más. Algo que Lord Xander quería decir, pero se resistía. Lo notaba en la tensión de sus hombros, en el leve tamborileo de sus dedos contra la mesa.

  —Entonces… ?Pudieron recuperar algo del laboratorio? —preguntó, cambiando de tema con aparente indiferencia.

  Xander bajó la mirada, incómodo.

  —Ah… me temo que no. Intenté colarme. Incluso soborné a un par de técnicos. Pero la seguridad ha sido intensificada. Hechizos de rastreo, guardianes autómatas, sensores vitales… además de…

  Vaciló. Su voz perdió firmeza al pronunciar.

  —Ella…

  —?Ella? —repitió Cáliban, arqueando una ceja, al captar el repentino cambio en su tono.

  Lord Xander soltó un suspiro, resignado.

  —Está bien… de todos modos, tarde o temprano lo sabrás. Después de todo, ella quiere verte. Lo solicitó de forma directa.

  Cáliban se quedó en silencio. No solo por la sorpresa, sino por la repentina sensación de algo de incomodidad.

  —?A mí? ?Quién? —preguntó Cáliban, frunciendo el ce?o.

  Lord Xander lo miró por un momento en silencio, y luego comenzó a relatar, con voz grave, lo sucedido unas cuantas noches atrás.

  La cálida luz de la chimenea te?ía las paredes de la mansión de tonos dorados y anaranjados ese día. La habitación olía a papel antiguo y a madera quemada. Lord Xander estaba sentado en su sillón favorito, leyendo el periódico del día con sus lentes de lectura, mientras su esposa dormía apaciblemente a su lado, envuelta en una manta bordada. Todo estaba en calma.

  Hasta que llamaron a la puerta.

  Una serie de golpes rápidos, insistentes. No hostiles, pero sí con urgencia. Lord Xander frunció el ce?o y se quitó los lentes con un gesto irritado.

  —?Qué sucede? —preguntó con tono seco al sirviente que asomó la cabeza con una reverencia nerviosa.

  —Lamento interrumpir, se?or… pero alguien ha venido a verlo. Solicita su presencia inmediata.

  Xander apretó los labios, molesto.

  —Dile que se marche. Es muy tarde para recibir visitas.

  El sirviente tragó saliva. Su voz tembló.

  —Me temo… que no es alguien a quien pueda hablarle de esa forma, se?or…

  Las palabras hicieron que Xander se incorporara lentamente. El tono del sirviente era claro, no se trataba de una visita común. Y si había descolocado a su personal, era mejor comprobarlo por sí mismo.

  —Hazlo pasar a mi oficina. Iré enseguida.

  Subió a cambiarse rápidamente. No porque quisiera lucir presentable, sino porque necesitaba estar preparado. Había algo en la forma en que el aire pesaba aquella noche, una presión silenciosa en las paredes de su hogar. A cada paso por el pasillo, su malestar crecía. Y cuando estuvo a punto de abrir la puerta de su oficina, lo sintió.

  Una presencia. Enorme y abrumadora.

  Era como si una criatura dormida se hubiese despertado justo del otro lado de la madera. Un poder que quemaba el aire, que le recordaba al del mismísimo director de la academia. Y en toda su vida… solo una persona más lo había hecho sentir así.

  —Oh… mierda… no… —susurró con los labios secos —Ella no…

  Las puertas se abrieron solas antes de que pudiera tocar la perilla.

  Dentro, de espaldas a él, sentada frente al escritorio como si fuera la due?a del lugar, estaba una mujer de cabellos blancos.

  —Toma asiento, Xander. —ordenó, sin siquiera girarse.

  El tono de su voz era como hielo rompiéndose lentamente. Inflexible e Imposible de ignorar. Un escalofrío recorrió la espalda de Lord Xander mientras cerraba la puerta detrás de sí con cuidado y caminaba hacia su asiento.

  Allí, frente a él, la figura femenina se reveló por completo. Era una mujer de mediana edad, piel blanca y peque?as arrugas que comenzaban a mostrar el paso del tiempo. Su cabello blanco era recogido en un mo?o sobrio. Sus ojos verdes brillaban como esmeraldas ba?adas en fuego frío. Su presencia lo paralizaba, como si el tiempo se comprimiera a su alrededor. Cada uno de sus gestos estaba cargado de una autoridad incuestionable.

  —Vaya… —murmuró ella, con una expresión indescifrable —Parece que tu estado físico ha cambiado desde la última vez que nos vimos.

  Lord Xander exhaló lentamente, derrotado por el peso de la situación.

  ?De todas las personas… tenía que ser ella.? —pensó, mientras trataba de mantener la compostura.

  —Tiene razón. Gracias por sus observaciones, madame Lothrim…

  La mujer esbozó una sonrisa sin alma. Sus ojos, fríos como el acero templado, no reflejaban simpatía alguna. Estaba profundamente disgustada, y lo dejaba sentir.

  —Por favor… llámame Valeria. No necesitas ser tan formal. Después de todo, nos veremos más seguido a partir de ahora.

  —?Ah, sí? —preguntó Lord Xander con fingida indiferencia, mientras tomaba un sorbo de agua para calmar la tensión en su garganta.

  —Sí. —repitió ella, manteniéndose gélida —A partir de hoy, asumiré la dirección del Centro de Investigación Elemental.

  Xander se atragantó de inmediato. La noticia lo golpeó como un pu?etazo en el estómago.

  —Eso… coff, coff… eso es… —tosía violentamente, luchando por no ahogarse.

  Valeria ladeó ligeramente la cabeza, con la misma calma.

  —?Qué ocurre? ?Acaso no te agrada la idea?

  —?No! No, para nada… —respondió Xander, agitando la mano como si eso disipara el aire denso que lo rodeaba —Es solo que… no pensé que tomarías una decisión tan directa, eso es todo…

  Por primera vez, la expresión de Valeria cambió. Su sonrisa desapareció lentamente, sustituida por una sombra en sus ojos. Bajó ligeramente la mirada. Su voz, cuando habló de nuevo, tenía una inflexión más vulnerable.

  —Durante a?os… le proporcioné recursos al profesor Cunim. Le abrí todas las puertas, convencida de que sus investigaciones ayudarían a forjar el futuro de los espiritistas.

  Guardó silencio un instante. Las llamas de la chimenea se reflejaban en sus ojos verdes, dándoles un brillo doloroso.

  —Cuando recibí la noticia… —continuó, y su voz se quebró apenas —?Cuántos inocentes murieron por mi culpa? ?Cuántos espíritus jóvenes, cuántos estudiantes?... Mientras más leo los testimonios de las víctimas, más me odio por no haberlo visto antes.

  Xander sintió un nudo en el estómago. La culpa que arrastraba Valeria era como un veneno silencioso. Tenía razón, durante a?os había sido una de las principales benefactoras de Cunim, sin saber que sus fondos no financiaban descubrimientos, sino atrocidades.

  —Lady Valeria… —empezó con voz suave.

  Pero ella alzó la mano con firmeza.

  —No. —dijo —No vine aquí para hablar de mis pesares. El dolor no se disipa con palabras bonitas ni disculpas formales. Sé que me tomará a?os recuperar la confianza de los estudiantes… y probablemente jamás logre perdonarme a mí misma. Pero es una carga que me corresponde enfrentar.

  Xander asintió lentamente. Había una fuerza en su voz que lo obligaba a respetarla.

  —Entonces… ?A qué se debe su visita? —preguntó, ya con un tono más formal y atento.

  —Revisé los registros de tu interrogatorio… y el de tu ahijado. Ambos mencionaron figuras clave, como el príncipe de Tyrant, la princesa de Orión… pero también nombraron a otro individuo en particular.

  Xander dejó la copa de agua sobre la mesa. La tensión regresó a su rostro. Ahora entendía a dónde quería llegar.

  La mirada de Lady Lothrim cambió. Ya no era fría ni melancólica, era inquisitiva. Dos ojos verdes que penetraban hasta el fondo del alma se posaron sobre él. Xander la observó con la misma intensidad. Su duda se había desvanecido. Ahora, sus pupilas eran como cuchillas en cruz, apuntando directo al corazón del tema.

  —?Podrías contarme sobre cierto estudiante tuyo…? Creo que su nombre era Mika’el… ?Mika’el…? —preguntó Lady Lothrim, fingiendo ignorancia, aunque sus ojos revelaban otra cosa.

  —Cáliban. —corrigió Lord Xander, con voz seca —Así es.

  —Eso es. Me gustaría hablar con él. Por favor… permíteme tener una reunión.

  Xander se aclaró la garganta con disimulo, usando el gesto para ganar tiempo.

  —Bueno… eso será complicado. Después del incidente, su estado físico y mental quedó bastante delicado. En cuanto despierte, le haré llegar su mensaje. —respondió con una sonrisa vacía.

  —?Oh! —exclamó ella, con un gesto fingidamente preocupado —Lo siento, querido, no lo sabía. Pero si es un problema… puedo ayudar. Déjame examinar su cuerpo, tal vez podría-

  —No. —interrumpió Xander con una frialdad cortante.

  —?Eh?

  Madame Lothrim parpadeó, desconcertada. La habitual actitud cortés de Xander se había desvanecido. Lo que quedaba era una figura oscura, contenida y firme. No permitiría que nadie, ni siquiera uno de los Tres Sabios, se acercara a Cáliban.

  —Querido… estoy segura de que podría aportar algo. Además, ?Y si empeora? ?No deberías velar por el bienestar de tu ahijado?

  Lord Xander respiró profundamente, conteniendo la rabia que empezaba a hervirle bajo la piel.

  —Eso hago. —afirmó, inquebrantable —No sé si ha leído con atención los informes, madame, pero la academia está infestada. Hay partidarios del culto infiltrados entre nosotros. —Su mirada se tornó dura como el granito —?Cómo puedo estar seguro… de que usted no es uno de ellos?

  La pregunta cayó como una daga en la sala. Por un segundo, el fuego de la chimenea pareció temblar.

  Valeria Lothrim no se movió. Pero su pose se tensó, como la cuerda de un arco antes de soltar la flecha. Se inclinó ligeramente hacia adelante, con una elegancia que solo hacía más siniestra la oscuridad en sus ojos. La ira se acumulaba en ellos, y una intensa sed de sangre emanó de su cuerpo como una ola invisible, llenando la mansión.

  Los sirvientes que se encontraban en los pisos inferiores cayeron de rodillas por el puro peso de la intención asesina que envolvía el ambiente. El aire se volvió espeso, opresivo. Una presión invisible se clavaba en el pecho como una mano cerrada.

  Pero Lord Xander no se inmutó.

  Había caminado entre cadáveres sin alma, había visto rituales que quebraban la cordura, y había sobrevivido a cosas que ningún hombre debería conocer. Aquello, por más aterrador que fuera, no era suficiente para quebrarlo.

  —?Entiendes que esto es una falta de respeto, Xander? —preguntó Madame Lothrim, con voz baja y venenosa. Sus ojos verdes ardían con fuego contenido.

  —Lo entiendo, mi se?ora. Aun así… no pienso acceder a su petición. Incluso si me amenaza. Así que le pediré que abandone mi propiedad ahora.

  Un silencio helado se apoderó de la estancia.

  —?Y si me niego? —replicó ella con frialdad, sin apartar la vista de él.

  —Entonces… —Xander se levantó con calma, sus ojos se posaron tan filosos como cuchillas —tendré que defender lo que es importante para mí.

  Sus miradas se cruzaron, como dos espadas desenvainadas listas para el choque final. La tensión era insoportable, casi tangible. Pero ninguno cedió.

  Finalmente, fue Valeria Lothrim quien bajó la guardia. No porque se sintiera vencida… sino porque entendió que, en ese momento, no ganaría nada cruzando esa línea.

  Con un gesto seco, se puso de pie.

  —Lo lamento… parece que hoy dejé que mis emociones tomaran el control. —dijo madame Lothrim con una voz más serena, mientras se incorporaba con elegancia del sillón y se dirigía hacia la puerta con pasos lentos y calculados —Te pido disculpas por lo ocurrido. Dile a tu ahijado que tiene una invitación formal para visitar el Centro de Investigación. Solo quiero discutir algunos temas con él. Te prometo que no tengo malas intenciones.

  Abandonó la oficina con una sonrisa en los labios. Pero sus facciones… frías e inmutables… eran tan inexpresivas que resultaba imposible distinguir si hablaba desde la sinceridad o desde la manipulación. Esa ambigüedad era precisamente lo que la hacía peligrosa.

  Era una de los Tres Sabios. Una existencia que no se podía rechazar con ligereza.

  Lord Xander observó la puerta cerrarse tras ella. Mientras madame caminaba por aquella mansión que parecía embellecerse cada día, un pensamiento la invadió.

  —Cáliban… no puede ser sólo una coincidencia... —susurró.

  Al terminar de contar la historia, se volvió hacia Cáliban, que había permanecido en silencio, absorto en el periódico.

  —?Conoces a madame Lothrim? —preguntó Xander, sin ocultar la sospecha que le roía por dentro.

  —Fuera de lo que me han contado, no. —respondió Cáliban sin levantar la vista —Nunca he tenido interacción directa con ella. Honestamente, me cuesta imaginar qué puede querer de mí…

  Xander asintió despacio, como si ese desconocimiento no hiciera más que alimentar su preocupación.

  —Bueno, lamento tener que dejar esto así, pero debo ir a completar algunos informes pendientes y notificar oficialmente tu recuperación. Creo que deberías ver a tus compa?eros… La última vez que fui en tu nombre, bueno… no fue una experiencia grata.

  Cáliban levantó la mirada, algo intrigado. Aunque no lo decía abiertamente, le picaba la curiosidad saber cómo lo habían tomado los demás. Se puso de pie también, alistándose para salir por la puerta principal, pero Xander lo detuvo con un ademán despreocupado.

  —Oh, lo olvidaba. No salgas por la entrada del gremio. Según los informes oficiales, todavía estás siendo tratado en mi mansión. Usa el espejo. No queremos levantar sospechas…

  —Entendido. —respondió con firmeza.

  Cáliban se dirigió entonces a la habitación personal de Lord Xander. En el interior, justo frente a una pared adornada con símbolos antiguos, se encontraba el gran espejo arcano. Un portal forjado en comunión, exclusivo y sellado con la firma mágica de ambos. Bastaba una intención clara para atravesarlo.

  Mientras tanto, afuera, frente a la imponente mansión en remodelación, una joven de cabellos negros y ojos brillantes observaba el edificio con una mezcla de nerviosismo y determinación.

  —Muy bien… ya estoy aquí. —susurró Cecilia para sí misma, ajustándose el bolso al hombro.

  Desde la distancia, avistó a uno de los mayordomos cruzando el jardín y no dudó en levantar la voz:

  —?Disculpe! ?Ah, disculpe!

  El mayordomo, tras reconocerla, cambió el paso y se acercó con una reverencia educada.

  —Buenos días, se?orita. Es un placer verla otra vez.

  —Sí, lo siento mucho. —dijo ella con una sonrisa tímida —No quería molestar al se?or Hilloy… solo quería saber si…

  El mayordomo la interrumpió con amabilidad, repitiendo la mismas palabras que había usado durante días.

  —Lo lamento, se?orita, pero como le he mencionado anteriormente, el amo Hilloy notificará en cuanto el joven maestro Cáliban despierte. Hasta entonces…

  —…no puedo verlo. —completó ella en voz baja, con una peque?a mueca. Ya conocía esas palabras de memoria.

  De repente, una mano joven se posó con suavidad sobre el hombro del mayordomo, provocándole un sobresalto. No había sentido su presencia. Al girarse y ver el rostro de Cáliban, bajó la cabeza con una reverencia apresurada.

  —?Joven maestro! Mil disculpas… no lo percibí en absoluto.

  —Está bien, Luke. Gracias por tu servicio. Voy a salir con ella. Lord Xander ya fue notificado.

  —Por supuesto.

  Luke abrió las pesadas puertas. Al otro lado, Cecilia esperaba. El mayordomo la saludó con una inclinación cortés, pero indiferente. Cáliban y ella caminaron en silencio por las calles adoquinadas de la academia, con el cielo cubierto por nubes densas que parecían pesar sobre sus hombros. No cruzaron palabras al principio.

  Cecilia sufría en silencio. Había reunido el valor para buscarlo día tras día, enfrentándose a guardias, puertas cerradas y silencios. Pero ahora que lo tenía cerca… no estaba lista para lo que sentía. Su voz tembló al intentar hablar.

  —Y-yo… me alegro… de que estés… bien… —dijo con torpeza, luchando por no dejar escapar su ansiedad.

  —?Hay algo que necesites de mí? —preguntó él con frialdad, ignorando su preocupación.

  —No, yo solo quería…

  —Entiendo. Entonces, está bien.

  La conversación murió allí, como una chispa ahogada en la lluvia. Cecilia bajó la mirada y caminó detrás de él. Cada paso pesaba más que el anterior.

  Cáliban lo sentía todo. Sentía las palabras no dichas, las emociones no expresadas. Sentía el nudo en su garganta, la punzada en el pecho. Quería arrancárselo. Sabía perfectamente por qué Cecilia lo había buscado todos esos días. Incluso cuando le negaban la entrada, no se rindió. Su persistencia había sido un faro en medio del caos.

  Y aun así… deseaba arrancarse el corazón con sus propias manos.

  ?Malditos sentimientos humanos…? —pensó, irritado.

  A lo largo de todas sus vidas, ninguna herida había dolido tanto como el desprecio con el que trataba a Cecilia. Se odiaba por ello. Se sentía merecedor del más profundo círculo del infierno. Cerró los ojos, intentando calmarse. Pero fue inutil, los sentimientos no lo soltaban.

  —Por cierto… —rompió el silencio con una voz más suave —?Cómo te ha ido en la mazmorra?

  Cecilia bajó la mirada hacia el peque?o bastón colgado de su cinturón, asegurado con un broche de plata. Lo acarició con delicadeza.

  —Sí… no soy fuerte, lo sé… pero gracias al arma que me diste, puedo defenderme. Al menos un poco.

  Su gratitud era genuina. Tocó el bastón como si acariciara un recuerdo sagrado. Eso sólo profundizó la culpa que carcomía a Cáliban.

  —Ya veo… si alguna vez necesitas algo, solo dímelo.

  —Gracias…

  Cecilia sintió un leve calor florecer en su pecho. Recordó sus conversaciones con Nhun, donde siempre dudaba de lo que Cáliban sentía por ella. Era un tema constante, y doloroso.

  ?"Es un imbécil, un idiota. Honestamente, no entiendo cómo te enamoraste de alguien tan roto y grosero como él. Es como un cadáver con la mirada vacía. No hay nada que me explique por qué lo amas con tanta locura… pero te diré algo. Aunque sea frío y estúpido, todo lo que hace, lo hace por ti. Me cuesta admitirlo, pero… él te aprecia. Mucho. Tanto, que no sabe cómo demostrarlo. Eso es lo que me dice Joseph… aunque no le crea del todo, no imagino otra razón para que rechace a alguien como tú."?

  Con esas palabras aún resonando en su mente, Cecilia respiró hondo y dio un peque?o salto hacia adelante. Con firmeza, tomó la mano de Cáliban. él se detuvo, sorprendido. Por un instante, sus corazones se conectaron en un mismo latido.

  Sus miradas se encontraron. En sus manos entrelazadas, Cecilia sintió un calor olvidado. Era una sensación extra?a, intensa, casi sagrada. Y en su rostro… Cáliban vio algo más.

  La silueta de un antiguo amor. Aquella mujer que había amado a lo largo de innumerables vidas. Su esencia, inmutable, se reflejaba en los ojos de Cecilia. Entonces, un recuerdo lo atravesó. La última vez que la sostuvo, con lágrimas negras marcando su piel, cuando su voz se quebró en un susurro durante la guerra en Nulice. Aquel mundo que destruyó con sus propias manos.

  —"Mykolas…"

  Su mirada tembló por los ecos del pasado.

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