Astrid se acercó a los barrotes con cautela. La figura encadenada al otro lado le provocó un vuelco en el estómago. En cuanto la reconoció, sus ojos se abrieron con horror.
Sin dudar, desenvainó su espada. Con un corte limpio y cargado de rabia, destruyó la cerradura oxidada y abrió la celda. Reinhard y Joseph se precipitaron junto a ella, sin poder creer lo que veían.
—?Profesora Sill! —exclamó Astrid —?Se encuentra bien?
La hada alzó lentamente la mirada. Su voz, apenas un susurro, salía entrecortada por el dolor.
—?Ustedes… también fueron atrapados? ?Vinieron por mí… o fueron capturados también?
Su cuerpo tenía una visión devastadora. Su ala izquierda colgaba hecha jirones; la derecha, estaba directamente arrancada. Una de sus mangas estaba vacía. El brazo había sido extirpado cruelmente. Su piel, pálida y cubierta de cortes, era un testimonio silencioso de semanas de tortura. Y aun así, su mirada no había perdido el fuego.
—No se preocupe, profesora. Vamos a sacarla de aquí. —aseguró Reinhard con firmeza. —Joseph… —a?adió, girándose hacia él —tú eres el más rápido. Llévalas a un lugar seguro.
Joseph asintió, pero Astrid dio un paso al frente con los brazos cruzados.
—Espera, ?Yo también? ?Qué se supone que haré allá? Yo tengo que ir a apoyar al líder.
—?Y cómo lo vas a apoyar? —replicó Reinhard, cruzado de brazos —?Meneando la espada como una amateur en medio de un duelo?
—?No me importa! Voy a ir y punto. No soy inútil.
Sus miradas chocaron como espadas. Reinhard apretó los dientes, claramente agotado por discutir, pero sabía que no era momento de pelear entre ellos.
—Haz lo que quieras. Pero si te conviertes en una carga, regresarás sin discusión. ?Entendido?
—Hecho. —espetó Astrid, sin apartar los ojos.
Joseph, mientras tanto, se arrodilló junto a la profesora Sill. La levantó con extremo cuidado, sosteniéndola como si fuera de cristal. A pesar del estado en que se encontraba, cuando su cabeza se recostó en su pecho, él quedó por un segundo absorto en su rostro. Portaba la belleza trágica de alguien que había resistido el infierno y aún vivía.
Se sonrojó, bajando la mirada rápidamente.
—Volveré lo antes posible. Cuídense ustedes también.
Un susurro de viento envolvió a Joseph y a la profesora. Su cuerpo se desvaneció en una brisa esmeralda, como si la misma naturaleza los ocultara del peligro.
Reinhard bufó con resignación.
—Vamos. No quiero morir contigo discutiendo a media batalla.
—Te sigo… gru?ón.
En la cripta subterránea, el caos alcanzaba su clímax.
El profesor Cunim alzó su bastón con ambas manos. Un resplandor indescriptible lo envolvió, como una corona de luz retorcida. La criatura elemental que antes lo servía comenzó a retroceder. El poder que emanaba de Cunim no era humano.
—?Bestia miserable! —bramó —?Tú no eres nada comparado con la Gran Madre! ?Ella me guía, me fortalece! ?Me hará eterno!
Los ecos de su voz se fundían con los cánticos profanos que brotaban de las raíces oscuras que lo protegían. La cripta temblaba. Las piedras, los huesos, la sangre… todo respondía a su llamado.
La cripta tembló como si el mismo infierno se agitara bajo sus cimientos. El techo comenzó a resquebrajarse, polvo y fragmentos de piedra llovían desde lo alto. Con un movimiento veloz, el profesor Cunim alzó su mano, invocando un rayo de pura energía arcana que atravesó de lado a lado el cuerpo de la criatura roja. El monstruo lanzó un alarido que sacudió los huesos, un chillido atroz que hacía vibrar las paredes con su desesperación.
Herida y acorralada, la criatura contraatacó, pero sus esfuerzos fueron inútiles. Cada intento era neutralizado con precisión. Los brazos de la bestia, antes formidables, fueron uno a uno desgarrados por la magia de Cunim, desintegrándose en una lluvia de sangre espesa y vapor carmesí.
—?Ja, ja, ja! ?Eso te mereces, bestia! —vociferó, eufórico —??Cómo te atreves a desobedecer a tu amo?!
En ese preciso instante, una punzada mágica le atravesó la nuca. Giró ligeramente, con la mirada alerta.
—Vaya… —dijo con ironía —Tranquilo, joven Cáliban, no me he olvidado de ti.
Con un mínimo gesto, una simple caricia de sus dedos en el aire, desató una onda de fuerza que lanzó a Cáliban contra una de las enormes columnas de la cripta. El impacto retumbó como un trueno. El joven se hundió entre escombros, pero se levantó con esfuerzo, con la sangre marcándole el rostro.
Cunim volvió su atención hacia la criatura que aún agonizaba, arrastrándose. Entonó una plegaria interna a su diosa. Su brazo se elevó como un juez dictando la última sentencia.
El aire se tornó pesado.
—Eres de los tercos, ?Eh? —dijo en voz baja.
Comenzó a cerrar lentamente el pu?o. La criatura se arqueó de dolor. Un líquido negro y denso brotaba de sus heridas abiertas como un veneno espeso. Sus aullidos se extendieron como un coro fúnebre por los pasillos, hasta alcanzar el exterior. Los cultistas que se dirigían hacia el laboratorio cayeron de rodillas, cubriéndose los oídos, algunos vomitaron del impacto sónico.
Cunim giró su mano con lentitud.
—Vamos, rinde tus vísceras a nuestra causa…
El monstruo se retorció una última vez. Cunim apretó el pu?o con fuerza, y con un estallido ensordecedor, la criatura explotó en una nube de entra?as, sangre y vapor pútrido. Fragmentos del horror cayeron por toda la cripta. El silencio que le siguió fue el de un cementerio recién sellado.
—Una lástima… —murmuró el profesor, avanzando hacia Cáliban con pasos pesados —Esa criatura me costó muchas vidas. Muchos gritos…
Cáliban lo esperaba con la espada firme entre sus manos, cubierto de polvo y sangre, pero con la mirada más clara que nunca.
—Y también para controlarla, ?No es así…? ?Cuántos alumnos sacrificaste para tener un juguete así? ?Diez? ?Cien? Bah… probablemente ya perdiste la cuenta.
Cunim se detuvo. Alzó una ceja, totalmente intrigado.
—Vaya… incluso conoces los métodos de enlace. Eso confirma lo que sospechaba.
Sus ojos brillaron con malicia.
—Dime… ?De qué secta eres? ?La Cuna de Plata? ?El Dios Cadáver? ?El Celestial de los Tres Ojos? Oh, ?Ya sé! —chasqueó los dedos, deleitado —?Debes ser de la Diosa de las Cuchillas Gemelas! Siempre he oído que reclutan desde bebés. Eso explicaría tu maestría con la espada.
Cáliban tragó saliva, apretando los dientes.
?Mierda… ?A cuántos dioses más tengo que matar?? —pensó, mientras calculaba cómo ganar tiempo.
—Actuando tan inocente… —dijo con un tono bajo —Pero tú también eres un infiltrado, ?No es así?
Cunim sonrió de lado, acariciando uno de sus cuernos como si recordara un viejo secreto. Entonces, Cáliban habló para ganar más tiempo.
—Podríamos ayudarnos mutuamente… podríamos intercambiar información. Eso nos hará más fácil destruirlos desde dentro, hay más podredumbre en este culto de la que imaginas.
—Bueno… no suena mal. —dijo Cunim, con tono sereno y una sonrisa letal —Pero lastimosamente ya has visto mi rostro. Y eso me impide dejarte con vida. Lo lamento, ni?o…
Alzó el brazo, un orbe de energía comenzó a girar en su palma. Estaba listo para disparar.
Pero entonces, un destello azul cruzó su visión.
Una lanza se incrustó con violencia en el suelo frente a él, desviando su atención por un instante. A sus espaldas, sintió la intención asesina antes de escuchar el paso. Giró en el acto, levantando una barrera mágica justo a tiempo para evitar ser atravesado por Astrid, que embestía con furia.
El escudo no cedió. Pero antes de que pudiera burlarse, un segundo destello azul llenó su campo visual. El profesor esquivó la lanza por poco.
???Una segunda vez?!?
Cunim apartó la mirada. Reinhard aprovechó la oportunidad para arremeter, su lanza volvió a su mano en un segundo. Sostuvo el mango con firmeza, asestando un golpe seco y brutal que le impactó en el abdomen, haciendo que Cunim fuera lanzado por los aires y se estrellara contra los escombros.
Reinhard y Astrid corrieron hacia Cáliban, que aún mantenía la guardia en alto.
—?Líder!
—Reinhard… —jadeó Cáliban —?Qué hace ella aquí?
—?De nada! —replicó Astrid, cruzándose de brazos.
—No quiso escuchar razones. —suspiró Reinhard —Así que la traje antes de que muriera sola por impulsiva.
Entre las rocas derrumbadas, el profesor se levantó, su ropa estaba cubierta de polvo, su expresión se transformó por la ira de haber sido derribado tan fácil.
—Ah… más estorbos. —gru?ó, al ver a Astrid y Reinhard —Realmente me están colmando la paciencia.
Y entonces… el ambiente se rompió.
Una de las paredes del templo se vino abajo con una explosión sorda. Ladrillos y polvo comenzaron a caer lentamente. Desde la negrura, tentáculos negros comenzaron a asomar, retorciéndose como víboras salidas del inframundo.
Mithra emergió.
Ya no era la misma. Su cuerpo se había deformado en una aberración infernal. Serpientes con rostros humanos brotaban de su espalda, llorando en agónica repetición. Sus brazos habían sido sustituidos por garras negras que destilaban un líquido verde ácido. Cada gota que tocaba el suelo lo corroía al instante. Sus ojos, cubiertos por carne podrida, lloraban lágrimas negras que se deslizaban por su torso como veneno líquido.
Se acercó al profesor, y este acarició su mejilla con un afecto monstruoso.
—Ah… así que al final bebiste el regalo. —susurró Cunim, con voz casi dulce —No te preocupes, querida. Mataré a quienes te forzaron a tomar esa decisión. Empezando por ellos.
Alzó su bastón, apuntando directamente al trío.
—?Atrás! —ordenó Cáliban, colocándose frente a Astrid y Reinhard.
En ese momento, sintió algo… una presencia, una energía que reconoció al instante. Cáliban bajó la espada y dio un paso al frente, tranquilo.
—?Líder… qué estás haciendo? —dijo Reinhard, confundido.
—No me sigan. —respondió Cáliban sin volverse. Su voz no mostraba ni temor ni duda. Solo decisión.
Cunim entrecerró los ojos.
—Vaya… aún tienes algo más por mostrarme. Mithra, querida… mátalo. Pero deja su cuerpo intacto. Será un experimento invaluable.
Mithra rugió. Una boca con dientes como sierras emergió de su vientre, y cargó contra Cáliban, dispuesta a devorarlo. Justo cuando parecía que impactaría.
Un estruendo sacudió el techo.
Un rayo de luz roja descendió con violencia, partiendo la bóveda en pedazos. El golpe fue tan certero que Mithra salió disparada, gimiendo con voz de cien gargantas, su cuerpo monstruoso se retorció por la herida abierta.
Cunim giró bruscamente. Dos destellos de luz lo impactaron directamente. Levantó una barrera justo a tiempo, pero el impacto fue tan potente que el suelo bajo él se agrietó.
Una figura descendió entre la nube de polvo, el suelo temblaba a su paso. Con un solo movimiento de su brazo, barrió el polvo como si el viento le obedeciera.
Allí, de pie, con la espada aún envainada y la mirada cortante como acero templado… estaba lord Xander.
—Disculpen la tardanza. —dijo solemne —Parece que me perdí bastante.
—?Lord Hilloy! —gru?ó Cunim, frunciendo el ce?o con una mezcla de ira y desprecio.
El recién llegado apenas lo observó por encima del hombro. Lo que veía ante él no era un colega, ni un enemigo digno… sino un cadáver que aún no lo sabía. Un hombre consumido por la fe equivocada.
—Tch... Supongo que hablar no tendrá sentido. —murmuró Xander, alzando su espada con solemnidad. Su mirada se endureció, dirigida directamente al corazón del mago corrompido.
—Encárgate de él. —ordenó Cáliban, retrocediendo unos pasos —Reinhard y yo nos encargaremos de Mithra.
Xander asintió con firmeza. Sin una palabra más, se lanzó hacia Cunim como un rayo, iniciando una colisión de poder que sacudió la cripta.
Mientras tanto, la monstruosa figura de Mithra se deslizaba entre ruinas como una alima?a rabiosa. Sus tentáculos golpeaban muros, escombros, columnas, cada movimiento era una explosión de fuerza caótica. Su boca serrada vomitaba un rugido de cien voces.
Cáliban y Reinhard alzaron sus armas, esquivando sus embestidas, atacando en los espacios entre sus movimientos erráticos.
Astrid, paralizada unos segundos por el miedo, dio un paso adelante. Sabía que su fuerza no estaba al nivel de sus compa?eros… pero su voluntad lo estaba.
—?Astrid, aléjate! —gritó Reinhard, preocupado.
—?No! —respondió con determinación.
Con una agilidad sorprendente, esquivó dos tentáculos y se deslizó por debajo del cuerpo de Mithra. Su espada encontró carne. La apu?aló en la espalda, pero fue un error. La herida se cerró al instante, exhalando un charco de sangre negra que salpicó su brazo.
—?Mierda…! —jadeó Astrid, mirando la quemadura en su piel, donde la gota corrosiva la había alcanzado —Duele...
Cáliban, sin perder tiempo, cargó con velocidad. Una, dos, tres veces cortó los brazos deformes de Mithra, pero cada extremidad volvía a crecer, como si la criatura se burlara de su esfuerzo.
—?Líder! —gritó Reinhard, agitado —??Qué hacemos?! ?Esto no parece tener fin!
Entonces Cáliban cerró los ojos por un segundo. Activó su Mirada Celestial.
Su visión se hundió más allá de la carne, más allá de la malformación. Dentro del torso de Mithra, oculto entre vísceras y energía corrupta, vio el núcleo. Un corazón negro, pulsante, un nido de regeneración constante.
—?El núcleo! —gritó —?Está incrustado en su cuerpo! ?Debemos destruirlo o seguirá regenerándose sin fin!
Astrid escuchó y de inmediato dio un paso al frente. Sus ojos se entrecerraron. Su respiración se calmó. Desde ni?a había tenido ese extra?o don… una percepción táctil que rozaba lo sobrenatural. No necesitaba ver para encontrar algo, porque podía sentirlo.
—?Líder! —gritó —?Puedo destruirlo! Solo necesito que la distraigan.
Cáliban vaciló. No quería arriesgarla… pero sabía que tenía que confiar. Cunim aún esperaba, y él no podía gastar toda su fuerza en esta pelea.
—?Bien! —asintió al fin —Reinhard, ?Distraela conmigo!
Reinhard asintió sin una palabra. Su lanza comenzó a brillar con un aura cortante, vibrante, como si respondiera al fervor de su voluntad. Cargó con fuerza, cortando todo tentáculo o apéndice que intentara interponerse, mientras Cáliban luchaba cuerpo a cuerpo contra las serpientes con rostro humano que emergían de la espalda de Mithra.
Entre la confusión, Astrid se deslizó con determinación. Saltó entre las extremidades de la criatura, esquivando como una danza letal los zarpazos de garras y colmillos. En ese momento cerró los ojos, el mundo exterior se desvaneció.
Solo necesitaba sentirlo.
??Ahí está!?
Una esfera, peque?a, veloz y vibrante, se movía erráticamente dentro del cuerpo de Mithra. Astrid enfocó su mente, calculando su trayectoria con precisión. No habría segunda oportunidad.
Respiro profundo.
—?Baile de la Doncella Alada! —gritó con todo su aliento —?Séptimo movimiento! ?Lamento final!
Un par de alas translúcidas emergieron de su espalda, impulsándola hacia el núcleo. Con un giro elegante, su espada trazó una línea perfecta en el aire… y el orbe fue partido en dos.
Mithra lanzó un alarido desgarrador que hizo vibrar las paredes de la cripta.
—?Ahora, Reinhard!
—?Sí!
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Ambos se alinearon. Cáliban y Reinhard alzaron sus armas con fuerza conjunta. Como si el trueno respondiera a su llamado, ambos descendieron sobre el cuerpo de Mithra con cortes veloces y certeros, descuartizando la masa corrupta.
Mithra gritó… una última vez.
Luego, cayó al suelo con un golpe seco. Su cuerpo, ahora debilitado, comenzaba a perder su forma monstruosa. Su rostro tocó la piedra fría de la cripta. Moribunda, sus ojos se desviaron hacia la figura de Cunim, aún luchando a muerte contra los embates implacables de lord Xander, quien lo hostigaba con movimientos veloces, sin dar tregua.
Con un esfuerzo sobrehumano, Mithra intentó alzar el brazo hacia él. Pero nada respondía.
Su mirada se desvió entonces hacia quienes la habían derrotado.
—Ustedes… —su voz era un murmullo lleno de odio —Todos los nobles… son iguales… siempre abusando de aquellos que no tenemos poder…
Tomó aire con dificultad, y con su último aliento, escupió su condena.
—Yo… los maldigo… con todo… mi ser…
Cáliban no apartó la mirada. Sus ojos eran fríos, pero no crueles. Escuchó sus palabras, su respuesta fue clara y sin odio.
—Tu dolor no te da derecho a condenar al mundo. Si piensas que se corrigen las injusticias con matanzas injustificadas, entonces no eres distinta de aquellos a quienes acusas. ?Sientes remordimiento… por todas las vidas que has tomado?
Mithra no respondió. Sus labios temblaron, pero no salieron palabras. Su silencio no era aceptación… era negación. En su mente, el mundo sólo podía redimirse a través del sufrimiento. Uno igualitario, donde todos pagaran… con dolor.
Pero ya no podía defender su visión. Porque en el sendero de la justicia sin límites… uno termina tomando el camino que juró no seguir.
Cáliban la contempló por última vez. Alzó su espada. Mithra alzó la cabeza, con la poca fuerza que le quedaba. Sus ojos podridos brillaron con orgullo.
—Este mundo… está mal… todo en él. Por eso… ?Qué hay de malo en usar a los otros? Ellos lo hicieron conmigo… así que yo…
La frase murió antes de concluir. Un destello rojo cruzó el aire como un juicio final. La hoja cortó limpiamente la cabeza de Mithra. Su voz se apagó antes de terminar su frase. Lo último que percibió fue su propia cabeza rodando por el suelo y su cuerpo cayendo sin fuerza junto al resto de sus monstruosidades.
?Ah… ?Por qué? Dios… ?Por qué nunca puedo tomar una decisión correcta…??
Ese pensamiento fue su último suspiro interior.
Su mirada, ya sin forma, se dirigió al profesor Cunim una vez más. Lágrimas auténticas brotaron de sus ojos desfigurados. Lágrimas que no pedían perdón… solo respuestas. Pero la oscuridad la alcanzó antes de obtenerlas.
Cáliban bajó su espada con calma y la enfundó. Dio media vuelta sin mirar atrás. El cuerpo corrompido de Mithra yacía entre charcos de ácido y sangre.
Astrid, a unos pasos, observaba la escena en silencio. En sus ojos había algo más que temor… había confusión. Había visto la crueldad, había visto corrupción. Pero también había visto, por un segundo, humanidad en los ojos de Mithra. Y eso la desconcertaba.
?En nombre de los nobles… te pido disculpas, Mithra…?
Sabía demasiado bien lo que era vivir bajo las reglas de un mundo injusto. Lo sabía por experiencia.
En el centro de la cripta, Lord Xander finalizaba su duelo.
Con un tajo perfecto, atravesó el escudo mágico de Cunim, desgarrando su defensa. El profesor cayó de rodillas, jadeante, con la túnica empapada en sangre. Un corte profundo en el pecho derramaba sin cesar un río rojo que se acumulaba a sus pies.
?Maldita sea… sacrifique a Nahrak para acelerar el proceso de asimilación de mi hija… pero eso me debilitó. No esperaba que lord Xander viniera en persona…?
—Esperaba más de ti, Lord Xander… —susurró Cunim, escupiendo sangre —Pensé que tú lo entenderías… lo que es querer volver a ver a la persona que más has amado…
Xander lo observó en silencio. Lentamente, enfundó su espada.
—Entiendo el porqué, profesor Cunim. Pero eso no justifica el cómo. Y no por entender tu dolor… puedo perdonar tus crímenes.
Cunim rió, un sonido ahogado y rasgado.
—Sí… supongo que nunca lo harías… je, je…
—?Basta de juegos! —Rugió Xander. —?Responde! ??Quién es el culpable por el envenenamiento de mi esposa?!
En medio de su locura, Cunim tuvo un momento de lucidez.
—Oh… esa es una pregunta buena… ?Para qué quitarte el privilegio de la sorpresa? Ella tiene grandes planes para ti… si te dijera quién es ?Dónde estaría lo divertido?
Xander frunció el ce?o, una palabra resonó en su mente.
—?Ella? ?Quién es ella?
Había algo extra?o. A pesar de estar al borde de la muerte, Cunim no mostraba signos de derrota. No había desesperación… ni rendición. Había algo más. Algo latente.
Cáliban se acercó con cautela.
—Profesor Cunim… aún tiene que responder por-
Pero se detuvo en seco.
Una sensación helada acarició su mejilla. Un roce delicado e inconfundible. Sus ojos se abrieron con un sobresalto. Esa sensación… la conocía bien. Demasiado bien. Reinhard y Xander intercambiaron miradas. Algo no andaba bien.
—?Cáliban...? —preguntó Reinhard, acercándose.
Pero Cáliban apenas alzó la vista, y con voz grave, sin mirar atrás, pronunció una sola palabra:
—Corran…
Al mismo tiempo, en los corredores cercanos a la salida, Joseph cortaba con desesperación a cada sectario que se interponía. En sus brazos, la profesora Sill permanecía inconsciente, apenas respiraba. Su cabello manchado de polvo y sangre aún conservaba una belleza etérea.
—?Mierda… esto no termina…! —murmuró Joseph, agitado.
Su espada se movía con velocidad y rabia, pero su respiración comenzaba a flaquear. La fatiga le mordía los músculos.
Desde su interior, la voz de Alízea le habló con urgencia.
—Si sigues a este ritmo… tu cuerpo colapsará. Tu energía está al límite…
Joseph apretó los dientes. No podía detenerse ahora. No mientras ella siguiera viva. No mientras sus amigos estuvieran dentro de ese infierno.
—Lo sé. —respondió Joseph entre jadeos —Pero ya casi llegamos a la salida… no pienso abandonar a la profesora.
Y entonces, la luz del exterior se extendió por el umbral mientras cruzaba la salida.
Pero su alivio fue breve.
Afuera, una multitud aguardaba. Un grupo de sectarios los rodeaban en formación cerrada. Joseph se detuvo en seco, apretando los dientes. En el centro, una figura emergió entre la multitud. Altiva y soberbia. Era el supuesto líder del escuadrón.
—Entrégame al hada. —dijo con frialdad —Y te mataremos… sin dolor.
Joseph sostuvo más fuerte a la profesora en sus brazos.
—?Por qué mejor no te vas a la mierda… junto a tu dios?
El silencio cayó como una sentencia. El líder dio un paso al frente, desenfundando su espada.
—Ya veo… si eso es lo que quie-
Un sonido sordo y un temblor rasgaron el aire. Una fuerza invisible aplastó al líder contra el suelo con tal brutalidad que su cráneo se partió al instante. Joseph sintió una presión poderosa alrededor suyo y, en un parpadeo, fue elevado en el aire y dejado suavemente en lo alto de una plataforma segura.
Una mano firme aún le tocaba el hombro.
Giró la cabeza y vio una melena oscura ondear al viento. Una figura imponente lo recibió.
—?Qué haces tú aquí? —murmuró el hombre, sorprendido.
—Profesor Aasmir… —susurró, sin poder ocultar su alivio. —Fui capturado por el culto… logré escapar. Traje a la profesora conmigo. —a?adió con rapidez.
Sin perder tiempo, la profesora Rain pasó junto a Aasmir y comenzó a aplicar primeros auxilios a Sill. El profesor Yannes, con su usual porte sereno, también se acercó.
—Joseph Sephir… ?Cómo te capturaron?
Antes de que Joseph pudiera responder, Aasmir lo interrumpió.
—No hay tiempo, Yannes. Debemos seguir a lord Hilloy, estoy seguro de que-
Entonces sucedió. Todos se detuvieron.
Una oleada de terror puro invadió el ambiente, como si el mismo universo contuviera la respiración. Sus cuerpos se paralizaron. Una presión invisible, densa y sofocante, surgió desde el interior de la cripta como una marea de muerte.
Todos volvieron sus miradas hacia la entrada del santuario… y lo sintieron.
Una presencia antigua, maldita y viva.
El rostro del profesor Aasmir se endureció. Su respiración se volvió superficial. Su cuerpo, por instinto, se negaba a obedecerlo. Los vellos de su piel se erizaron. Era terror verdadero.
?Esta sensación… esto es más allá de todo lo que he enfrentado…? —pensó.
Yannes palideció aún más, temblando pese a su rigidez arcana. Rain retrocedió con los ojos muy abiertos. De su cuerpo surgieron agallas y aletas involuntarias, un reflejo de su linaje acuático ancestral… una reacción de pura alarma biológica.
Incluso los sectarios, que habían aguardado en formación, comenzaron a tambalearse. Joseph sintió cómo sus rodillas fallaban. Su respiración se volvió pesada… y cayó de rodillas, inconsciente.
La profesora Sill, aún inconsciente, tembló… y luego cayó en un letargo profundo. Uno por uno, todos se desmayaron. Todos menos Aasmir, Rain, y Yannes, que temblaban… pero se mantenían en pie, con esfuerzo. Solo quedaron ellos.
—?Qué es eso…? —murmuró Yannes —Esta sensación…
En el centro de la cripta, el epicentro del mal.
Cáliban se mantenía firme, sólo por voluntad. Todo su ser le pedía huir, gritar, arrodillarse. Desde la cápsula donde yacía el cuerpo de la hija de Cunim… algo se agitaba. Algo comenzaba a respirar… y no era humano.
—?Xander! —gritó con fuerza —?Protege a Reinhard y Astrid!
El veterano no necesitó una segunda orden. En un instante, envolvió a ambos jóvenes en un escudo defensivo hecho de aura pura, alejándolos de la fuente de la presión.
Cáliban dio un paso al frente. La cápsula vibraba. Y en su mente… una voz susurró desde dentro. Una voz… que no debería existir.
—??Qué pasa?! ??Por qué se ponen así?! ??Qué sucede?! —gritó Astrid, quebrada por el miedo, mirando en todas direcciones, incapaz de entender el horror que comenzaba a florecer a su alrededor.
Lord Xander se giró lentamente, tenía los ojos atentos, buscando la fuente de la amenaza. Pero lo que vio no fue un enemigo común. Fueron las paredes. Se retorcían, susurraban un murmullo que no era sonido, sino presencia.
El cuerpo destrozado de Mithra se movía con espasmos involuntarios. La criatura esclava del Artífice, reducida a pedazos, vibraba con energía residual. Incluso la sangre de Cunim, aún fresca sobre las piedras, comenzó a elevarse en hilos rojos que reptaban hacia la cápsula de cristal.
Todo era absorbido. Todo era ofrecido.
Cunim, ensangrentado y aún de rodillas, alzó la mirada. Y entonces la vio.
Una ni?a.
Flotaba desde la cápsula, rodeada por un aura violeta que se ondulaba como niebla sagrada. Con un simple gesto de su dedo, la tapa estalló en silencio y flotó por el aire hasta llegar a Cunim.
—?Nisha! —sollozó Cunim, quebrándose en pura devoción —Nisha, mi ni?a… mi bebé… por fin estás aquí…
Y corrió hacia ella. La abrazó como si el mundo hubiera dejado de doler.
—Gracias… gracias, Madre… —dijo entre lágrimas —Por fin… la tengo de vuelta…
Lord Xander, aún con la mirada en la ni?a, se inclinó hacia Cáliban, preocupado por el temblor que percibía en él. Nunca lo había visto así.
—Cáliban… ?Qué es esto?
—No bajes la guardia. —respondió en voz baja —Y no escuches lo que diga. Protege a Reinhard y Astrid.
El simple hecho de ver a Cáliban temblar bastaba para que Xander entendiera. Estaban al borde del abismo.
La ni?a acarició la cabeza de su padre. Por un instante, su rostro fue dulce, infantil. Cunim estaba contento.
—Nisha… yo-
Crack.
Con un simple giro de mu?eca, la cabeza del profesor Cunim giró sobre su eje, quebrándose por completo. Su cuerpo cayó como un saco sin alma. Nadie reaccionó. El aire estaba muerto.
Cáliban dio un paso adelante. A sus espaldas, alzó una mano en se?al de retirada.
—Supongo que ya no lo necesitas, ?Verdad? —dijo con calma glacial —Diosa de la Mirada Triste…
La ni?a alzó la mirada y sonrió. Con un chasquido, la tierra tembló. Una cúpula negra se alzó desde el suelo como un velo funerario, encerrándolos en un mundo sin luz, sin salida.
Y entonces, alzó la voz.
—Un mero e insignificante mortal… se atreve a dirigirme la palabra.
No tenía la voz de una ni?a. Su voz se asemejaba a una estrella moribunda, de un abismo milenario. Hablaba con el peso de civilizaciones extintas.
Lord Xander se tambaleó. Su nariz sangraba. A pesar de su poder, no pudo resistir el eco mental que retumbaba en cada fibra de su ser. Solo su escudo salvaba a Astrid y Reinhard del colapso.
Pero Cáliban… Cáliban sangraba por la nariz, por los oídos. Y aun así… no se arrodilló. No cedió.
—Oh… —dijo la entidad, con interés —Eres diferente. ?No te gustaría ser mi heraldo?
Cáliban dejó escapar una risa áspera.
—Vaya oferta… —respondió —Viendo que acabas de asesinar al que llamabas tu siervo fiel…
La diosa miró el cadáver de Cunim. Sus ojos, antiguos, se moldearon por un segundo con algo que parecía lástima.
—Fue útil… pero su amor era más hacia su hija que hacía mi… era natural… —Volvió a mirar a Cáliban. —Tú, en cambio… podrías ver panoramas más amplios, conocimiento antiguo… poder ilimitado…
—Nunca. —contestó Cáliban, sin espacio para dudar.
—Ya veo… es una lastima…
La ni?a alzó la mano con una serenidad inquietante. Cáliban apenas tuvo tiempo de reaccionar. Esquivó un ataque devastador, una ráfaga de energía que, de haberlo alcanzado, lo habría reducido a polvo. Un instante, un solo error, podría significar la muerte.
Nisha observó su mano con extra?eza. La piel comenzó a marchitarse, a secarse como una flor bajo un sol implacable.
—Parece que este cuerpo no soporta el peso de mi poder… qué desperdicio. —susurró con un poco de melancolía —Aun así, será suficiente para borrarlos del mapa. Mi existencia no debe trascender al mundo exterior… aún no.
Cáliban apretó su costado herido, con su sangre escurriendo entre los dedos. Sintió el tiempo desmoronarse a su alrededor. Nisha comenzó a liberar una energía tan colosal que incluso Lord Xander se vio obligado a retroceder.
?Mierda… si no hago algo, todos morirán bajo esa carga espiritual… pero si uso eso, podría no salir con vida… ?Qué hago? ?Qué carajos hago?? —el pensamiento lo golpeaba como un tambor, rápido, violento. El pánico le oprimía el pecho, hasta que una voz surgió desde lo profundo de su ser.
?Maestro… puedo ayudarlo…?
—?Ocelotl? ?Qué estás diciendo?
?No estoy seguro… pero esta energía… hay algo en ella que me resulta familiar. Puedo sentir una resonancia. Creo que puedo contener parte del impacto por usted. Pero… no sé cuándo podré recuperarme.?
Cáliban vaciló. No había tiempo. Ni margen para la duda. Respiró hondo, aferrándose al único hilo de fe que le quedaba.
—Entonces lo haremos juntos.
Abandonó el miedo. Si no actuaba ahora, sus compa?eros morirían sin remedio. Concentró todo su ser en un único punto. Las tres energías en su interior, cada una un torrente violento y vivo, comenzaron a fundirse. Una aura carmesí brotó de su cuerpo, repeliendo el poder creciente de Nisha.
—?Energía maldita…? No… esto… esto ya lo he sentido…
Llevando su cuerpo más allá del límite, Cáliban logró convocar un fragmento de su antiguo poder. Pero hacerlo no sólo atraería la atención de los dioses exteriores… también dejaría su cuerpo devastado.
—Espera… —Nisha retrocedió. Su voz, antes firme, tembló. Un recuerdo la golpeó como un relámpago, recordo la figura de un antiguo caballero negro que la envió al abismo —No… no puede ser… él dijo que te había asesinado. ?Tú! ?Maldito asesino!
Astrid la miró, perpleja. ?Miedo? ?En Nisha? Esa criatura desbordante de poder, ahora temblaba.
??Asesino?? —pensó Astrid, mirando cómo Nisha vacilaba.
—?Aléjate de mí!
Cáliban abrió los ojos. Su mirada, antes carmesí, ahora se había vuelto negra como la noche. Su energía envolvió a sus aliados, creando un escudo etéreo. Xander, al fin pudo respirar.
—Xander… —habló Cáliban. Su voz ya no era solo una. Era un eco antiguo, una vibración que parecía resonar en todos los rincones del plano.
—Sí, mi se?or… —respondió Lord Xander con solemnidad.
Se arrodilló sin dudar, bajando la cabeza en se?al de absoluta reverencia. Incluso Reinhard bajó la mirada. Astrid, sin comprender del todo, sentía un escalofrío que recorría su espalda.
—Al liberar esta forma, mi cuerpo no soportará la carga por mucho tiempo… Deberé descansar en la Fuente hasta que recupere mis fuerzas. No permitas que nadie se acerque a mí durante ese tiempo, ni siquiera tú, Xander.
—Como órdenes. —contestó sin una sola sombra de vacilación.
Entonces Cáliban dirigió su mirada a Nisha. Ya no era el guerrero al borde del agotamientom era un ser distinto, lleno de una calma aterradora.
—Tú… regresa al pozo oscuro y putrefacto del que saliste. Y adviérteles a los demás como tú… que iré por ellos. Uno por uno.
La entidad soltó una risa seca, distorsionada por la furia. Con un grito gutural invocó a cientos de cuerpos amorfos, masas de odio y desesperación que se lanzaron contra Cáliban. Pero él, sereno, alzó su espada.
Su danza comenzó.
Cada movimiento era arte. Círculos perfectos, cortes limpios, cada tajo era devastador. Las sombras eran despedazadas antes siquiera de tocarlo. Incluso la cápsula impenetrable que los contenía fue rasgada como papel por el filo de su arma.
Astrid, atrapada entre el miedo y el asombro, sintió cómo algo se removía en su interior. Esa técnica… esa belleza… Solo una vez en su vida había sentido algo similar. Cuando su padre partió una monta?a en dos con un solo tajo. Y sin embargo, esto era aún más sublime.
Entonces, Nisha lo vio. Una figura gigantesca emergió detrás de Cáliban. Alas demoníacas, cuernos que atravesaban los cielos, ojos rojos como brasas vivas. Era una presencia que encarnaba el juicio, la furia y la condena.
—?No! ?Aléjate! ?Eres un maldito monstruo!
Intentó huir, impulsándose con toda su energía. Cáliban alzó dos dedos hacia el firmamento.
—Danza del Caos… tercer movimiento…
Y con un gesto solemne, descendió su mano como un juez implacable.
—?Advenimiento!
Xander buscó desesperadamente alguna se?al del ataque. Pero lo que vio lo dejó sin palabras. Astrid y Reinhard también. No era magia común, ni una técnica.
Era un juicio divino.
—Ja… ja… ja… —Nisha sonrió, jadeando —?Todo eso para na… da…?
Su burla se acabó en cuanto miro hacia arriba.
Una colosal espada de energía pura descendía del cielo, como un cometa vengador. Su filo titilaba con los colores del fin, y su tama?o era tal que podía verse desde todos los distritos. Nisha palideció. Su risa se quebró y entonces gritó.
Un rugido desgarrador de alma rota.
La espada cayó sobre ella con una explosión ensordecedora. La cúpula negra fue destrozada. Todo el campo se volvió blanco por un instante cegador. Luego, un hongo de humo se alzó como una torre, estremeciendo el distrito entero. Desde los dormitorios, hasta los clubes y comercios, todos sintieron el temblor. Nadie supo lo que había pasado… pero todos lo sintieron.
A la ma?ana siguiente, los periódicos estallaron como una plaga de tinta negra. Titulares en negritas anunciaban la tragedia: Explosión en el Distrito Zenobia, Profesor implicado en torturas y secuestros, Experimentos retorcidos con estudiantes, Estado crítico de la profesora Sill. La ciudad entera despertó entre susurros de miedo, indignación y confusión.
Aquel día, en el despacho del director, reinaba el silencio. Kasus observaba el diario con gesto grave, sentado tras su imponente escritorio. Las letras parecían gritarle. A su frente, de pie con la espalda recta, Lord Xander aguardaba.
—Entonces… ?Eso es todo? —preguntó el director sin levantar la vista.
—Así es, Kasus. Es todo lo que tengo que informar. —respondió Xander con firmeza.
A su izquierda, Joseph Sephir permanecía en silencio. El director giró lentamente la mirada hacia él.
—?Seguro que es todo, joven Sephir? ?No ha omitido nada…?
—No, se?or… eso es todo. —afirmó Joseph.
Ambos llevaban en la mu?eca los brazaletes de la verdad, artefactos arcanos que brillaban en verde si sus portadores decían la verdad. Kasus, tras comprobar la luminosidad constante en ambas piezas, exhaló con resignación.
—Muy bien… pueden retirarse. Tengo un desastre que manejar.
Ambos se inclinaron con respeto y salieron de la oficina. De la nada, una figura apareció frente al director.
—Mi se?or… ?Cómo deberíamos abordar esto?
—Vigila a los implicados en el desastre y no permitas que se filtre información de esto… haz que todo se reduzca al profesor Cunim. Será más fácil explicar un profesor loco a una secta endemoniada…
—Como ordene.
La figura desapareció y Kasus observó en silencio a la nada. Analizando el panorama general. En su mente, la imagen de la espada quedó incrustada en su conciencia.
—?Se habrá infiltrado otro más? —susurró al viento sin esperar una respuesta.
En el pasillo, Joseph rompió el silencio.
—?Cuándo cree que se despierte…?
Xander dirigió su mirada hacia la ventana, contemplando el cielo grisáceo que cubría el distrito.
—No lo sé… Solo espero que se recupere pronto.
Al mismo tiempo, muy lejos de allí, en una cámara subterránea tallada en roca negra, una figura femenina permanecía postrada en el suelo. Su frente tocaba la piedra helada. Frente a ella, un trono de obsidiana se alzaba como una amenaza. En él, una silueta encapuchada y delgada, con dedos largos y arrugados, observaba en silencio.
Uno de sus dedos se alzó. Con un simple gesto, la sacerdotisa flotó en el aire, suspendida por una fuerza invisible.
—No solo fracasaste estrepitosamente… —la voz del anciano era como vidrio molido —también uno de tus Artífices resultó ser un infiltrado de una secta enemiga… y lo peor… hemos sido expuestos.
El anciano cerró el pu?o. La presión invisible apretó el cuello de la sacerdotisa, quien comenzó a retorcerse.
—?Mi Lord…! Por favor… solo otra oportunidad… cumpliré la misión, lo juro… —suplicó entre arcadas.
Con desdén, el anciano la soltó. Cayó al suelo como un trapo viejo. Sus ojos negros, ocultos tras la sombra de la capucha, brillaban con un desprecio helado.
—Tendrás una última oportunidad. Una sola. Si fallas… desearás que te hubiera asesinado hoy. ?Ha quedado claro?
—S-sí, mi se?or… —murmuró, temblando.
—Bien. No quiero más errores. Puedes retirarte.
La sacerdotisa se arrastró hasta poder ponerse de pie. Se marchó del salón con una mezcla de miedo e ira consumiéndola por dentro.
??Maldita sea! ?Pudranse todos los de este maldito culto! ?Pronto llegará el día en que la Gran Madre lo devore todo y me deleitare verlos postrados a mis pies! sobre todo a ti… Xander…?
Sus pasos resonaban con fuerza en los pasillos de piedra, mientras su mente trazaba nuevas estrategias para acabar con Lord Xander de una vez por todas.
De regreso en el distrito, Xander y Joseph se dirigieron al gremio para verificar el estado de Cáliban. Pero al llegar, no encontraron tranquilidad. Frente a la torre, Reinhard custodiaba la entrada, con su lanza cruzada frente a la puerta. Su rostro era una muralla.
Frente a él, Astrid lo encaraba con furia. Tenía su espada desenvainada, apuntándole directamente.
—?No me hagas repetirlo! ?Déjame pasar! —gritó con rabia contenida.
Lord Xander y Joseph intercambiaron miradas serias, ambos suspiraron con cansancio.

