Mientras descendían por las entra?as oscuras de las ruinas, el eco de sus pasos se mezclaba con un silencio abrumador, sólo interrumpido por el distante chasquido de escombros cediendo. Tuvieron que deshacerse de varios partidarios del culto que merodeaban entre las sombras. Por fortuna, la amplitud del terreno evitaba que las patrullas fueran numerosas o bien organizadas. Eso les permitió avanzar en sigilo, como espectros entre las columnas antiguas.
Aquellas columnas, talladas con símbolos arcanos y rostros monstruosos, parecían observarlos. Criaturas de pesadilla se retorcían en la piedra como si aún vivieran, atrapadas entre dimensiones. El aire se sentía más denso, cargado de una energía oscura. Cáliban se detuvo por un instante, recorriendo los grabados con la mirada.
—Tendré que investigar este lugar después… —susurró en voz baja, como si temiera que los muros lo oyeran.
Astrid lo sacó de su ensimismamiento al tirar de su mano con urgencia. Su rostro estaba ba?ado por la tenue luz de algo que titilaba bajo sus pies.
—Mira… veo algo. Justo ahí abajo. —dijo, se?alando una grieta en el suelo desde donde emergía un resplandor débil y enfermizo.
Cáliban frunció el ce?o. Extendió la mano con un gesto casi indetectable, y una onda de energía silenciosa se expandió. El techo cedió con un crujido ahogado, dejando una abertura lo bastante amplia como para que ambos descendieran.
El laboratorio al que entraron parecía detenido en el tiempo, pero el hedor a sangre fresca indicaba que no estaba tan abandonado como aparentaba.
—?Qué es este lugar…? —murmuró Astrid, conteniendo la respiración.
Cáliban la observó con una expresión sombría, como si el peso del conocimiento fuera una carga que no deseaba compartir.
—Créeme, no querrás saberlo.
Ella lo miró con determinación. Tenía esa mirada obstinada, la misma que mostraba siempre que alguien intentaba protegerla del dolor.
—No me importa. Muéstramelo.
Sostuvieron la mirada un largo instante. Finalmente, él cedió, vencido por la terquedad de ella y, quizás, por su propia culpa.
—Muy bien… si eso es lo que deseas. —susurró —Luminis.
Con un leve chasquido de sus dedos, invocó un orbe de luz que flotó sobre sus cabezas, revelando el infierno.
Astrid retrocedió al instante. El laboratorio era un altar al horror. Cuerpos mutilados yacían sobre camillas oxidadas; frascos con órganos aún palpitantes se alineaban en estanterías ennegrecidas; herramientas de tortura descansaban sobre charcos de sangre. En el centro, una mesa de piedra se alzaba como el trono de un dios cruel, rodeada por un círculo perfecto de sangre fresca. Encima, un cuerpo sin extremidades parecía mirarlos con ojos abiertos y vacíos.
Astrid apenas alcanzó a cubrirse la boca antes de doblarse y vomitar. Cáliban apartó la mirada, dándole espacio.
—No hay respuestas en estos lugares. Sólo cicatrices.
Al levantar la vista, notó una puerta oculta tras el altar. Algo lo llamaba desde dentro.
Iba a avanzar cuando sintió de nuevo la mano de Astrid. Ella temblaba, sus ojos estaban vidriosos por el miedo, pero asintió.
—No me dejes… —susurró Astrid con una voz apenas audible, como el suspiro de una llama a punto de extinguirse.
Cáliban se detuvo un instante. Aquella súplica, sencilla pero cargada de desesperación, despertó algo en él. Esas palabras… ya las había oído antes, en otro tiempo, en otra vida. Pero ?Dónde? Su mente intentó aferrarse a la memoria, pero se desvanecía como humo entre los dedos. No había tiempo para recuerdos. Sin soltar su mano, la guió a través de los pasillos sombríos, cubriéndole los ojos con el brazo para protegerla de los horrores que aún se encontraban en las paredes.
Avanzaron por corredores angostos, tapizados de telara?as y polvo que se adherían a las superficies como un sudario. Finalmente, llegaron a una sala distinta. Más limpia, pero no menos perturbadora. El ambiente era antinaturalmente silencioso, como si la propia muerte contuviera el aliento.
Cáliban se acercó a la pared más próxima, junto a un escritorio antiguo y enorme. Sus dedos encontraron un botón oculto entre los relieves. Con un zumbido casi imperceptible, las luces se encendieron lentamente, revelando una visión que congeló la sangre de ambos.
Cientos de cápsulas de cristal, alineadas como soldados en formación, contenían cuerpos de jóvenes en distintos estados de deterioro. Algunos mostraban desnutrición avanzada, apenas piel y hueso; otros, menos afectados, tenían aún una apariencia humana. Pero los del fondo… eran espectros. Cuerpos resecos, ojos hundidos, piel que se aferraba al cráneo como un pergamino arrugado. Cada cápsula mostraba una pantalla mágica con débiles ondas vitales.
Cáliban lo comprendió al instante.
—Una granja…
Astrid sintió cómo un escalofrío la recorría por el cuerpo entero.
—?Granja? ?De qué…? —preguntó, con la voz quebrada por el miedo.
él no respondió. No podía. En lugar de hablar, se acercó al escritorio. Ahí, entre papeles manchados y notas desordenadas, encontró el horror sistematizado. Informes clínicos, pruebas mágicas, análisis de extracción de energía vital… y nombres.
Cada línea lo llenaba de rabia.
Fue entonces cuando algo lo distrajo. Un leve resplandor rojo en la base de una estatua detrás del escritorio. Con cautela, presionó el peque?o botón oculto. La estatua comenzó a girar con un gemido mecánico y antiguo. Al abrirse, reveló una cápsula mucho más grande que las anteriores. La luz verde iluminó su rostro mientras observaba a la figura flotando dentro de aquel recipiente.
Cáliban se quedó en silencio, contemplando lo que había dentro.
—Así que esto es lo que causó tantas muertes…
Mientras tanto, al otro extremo de las instalaciones, Mithra descendía por una escalera espiral que conducía a una capilla subterránea. Su andar era lento y provocador, y en su rostro se dibujaba una sonrisa impúdica, extasiada por el favor de su amo.
?Ah… ?Cómo me recompensará esta vez mi se?or?? —pensó, mientras deslizaba la mano por su vientre inferior, acariciándose con una lentitud casi obscena.
Al llegar al santuario, la penumbra era interrumpida sólo por la tenue luz de las antorchas verdes. Allí, postrado de rodillas frente a una figura aberrante, el Artífice rezaba en silencio. La estatua representaba a una mujer de formas perfectas, pero cuya cabeza era una mara?a de tentáculos que parecían moverse en la penumbra. Una belleza perversa.
—Mi se?or… —dijo melosa —he vuelto con buenas noticias.
El Artífice no levantó la vista.
—?Capturaste los materiales?
—Sí, mi se?or. Están esperando en su celda.
—Bien. —dijo el Artífice, levantándose con un gesto casi sagrado —Iré al laboratorio. Es hora de iniciar el tratamiento.
Uno de los soldados dio un paso hacia él, la duda temblaba en su voz.
—?Eh? ?No deberíamos informar a la Sacerdotisa primero…?
No hubo respuesta verbal. Sólo un destello, y luego, el silbido frío del metal cortando el aire. El siguiente sonido fue el de una garganta cercenada, y la sangre golpeando el suelo con violencia, dibujando un patrón caótico sobre las baldosas antiguas. El cuerpo cayó como una marioneta sin hilos.
El Artífice, sin expresión alguna, limpió su hoja y se giró hacía Mithra. Sus dedos, inusualmente gentiles, se posaron en su mentón.
—Me alegra contar contigo, Mithra. Ve por los ingredientes. Yo comenzaré con el ritual.
—Sí, mi se?or… —respondió ella, casi jadeando, con una chispa de placer en los ojos.
Pero su anticipado triunfo se deshizo al volver a la celda. Lo que encontró fue el vacío.
—??Qué sucedió aquí?! —gritó, con la furia de una bestia herida —?Den la alarma! ?Busquenlos, ahora!
Corrió por los pasillos, desequilibrada entre la rabia y el miedo. Justo cuando iba a girar por uno de los corredores principales, algo silbó desde el techo. Una lanza descendió con precisión, rozando su mejilla y dejándole un delgado hilo de sangre.
—?Vas a algún lado, líder de equipo?
Mithra se giró con una mirada llena de veneno. Frente a ella, Reinhard y Joseph avanzaban con calma, con sus armas manchadas de sangre. A sus espaldas, los cuerpos de su escuadra yacían inertes.
—?Dónde están nuestros amigos? —preguntó Joseph, gélido y carente de compasión.
Ella sonrió con descaro, lamiéndose la sangre de la mejilla.
—No lo sé… ?Por qué no vienes y lo averiguas? —sus ojos se encendieron como una llama violeta, chispeando con magia.
Pero nada ocurrió.
—Tu peque?o truco no funcionará. —dijo Reinhard, seguro —Venimos preparados.
Antes de que pudieran reaccionar, un rugido de pasos resonó en el corredor. Los refuerzos habían llegado. Decenas de soldados se alineaban tras Mithra, apuntando con lanzas, espadas y varitas mágicas.
—?Mátenlos! —ordenó, desenvainando su propia arma y colocándose en posición de combate.
Mientras tanto, en el santuario del horror, el laboratorio privado del Artífice, Cáliban contemplaba la cápsula central. En su interior, una ni?a fauno descansaba en criogenia. Su rostro era sereno, pero su cuerpo mostraba se?ales de haber sido manipulado.
Cáliban lo entendió todo.
—Ella es el corazón de esta locura…
Comenzó a recorrer el laboratorio, guardando cuidadosamente los libros de investigación, los grimorios, los registros de pruebas, y el diario del Artífice. Todo iba a ese anillo mágico que giraba en su dedo con urgencia. Cada tomo era una condena, cada página, una confesión.
Entonces, una voz surgió de las sombras. Grave, retorcida, como si viniera desde el fondo de un pozo.
—?No les ense?aron que robar es pecado?
Unos pasos resonaron sobre la piedra antigua, pausados, acompa?ados por el golpeteo metálico de un bastón. Desde lo alto de la escalera descendía una figura encorvada por el tiempo, pero no debilitada. Su presencia impregnaba el aire como un veneno invisible. Cáliban dio un paso al frente, colocando a Astrid detrás de él con firmeza. Su mano apretaba la de ella, como una última promesa.
Clavó su mirada en el Artífice con un pesar denso.
—Tantas vidas… todo este infierno… para salvar una que ya se ha ido.
El Artífice se detuvo. Bajó un pelda?o más, con deliberada lentitud, como si sus palabras merecieran su propia procesión.
—Alguien como tú no puede entenderlo…
—?Entender qué? Que planeas absorber la energía vital de cientos de estudiantes. Robarles su espíritu para transferirlo al cadáver de tu hija.
El silencio que siguió fue perturbador.
—Entonces lo entiendes… al menos la parte técnica. —La voz del Artífice no era de justificación, sino de orgullo retorcido.
Reanudó su descenso, y con cada paso, la presión mágica en la sala aumentaba. Astrid retrocedió un poco, temblando.
Cáliban soltó su mano con suavidad. Se inclinó hacia ella y le susurró con urgencia:
—Voy a distraerlo. Necesito que vayas por ayuda. Busca a lord Xander. Solo a él.
—?Y tú… qué vas a hacer?
—No te preocupes por mí. —respondió, sin mirarla directamente —Ya llamé a Reinhard y Joseph… lo más probable es que te los encuentres pronto.
Entonces, una alarma distante rompió el momento. Sus ecos se filtraron hasta el laboratorio, como la campana de una guerra que acababa de comenzar.
—Parece que trajiste compa?ía. —dijo el Artífice con una sonrisa torcida.
—Ya lo oíste. —le dijo Cáliban a Astrid —Encuéntralos. Ellos te sacarán de aquí.
—Pero yo…
—?Hazlo! —rugió con una mezcla de ira y decisión —No te preocupes por mí.
El bastón del Artífice giró en un movimiento casi elegante, y un proyectil de raíces se disparó como una lanza. Cáliban lo interceptó con su espada, la explosión mágica lo empujó varios pasos atrás.
El Artífice carcajeo al ver el orbe brillante en el dedo del joven.
—Oh… un anillo de almacenamiento espacial. Tienes buen gusto para los tesoros.
—Nada que no pueda conseguir alguien con su sueldo… Profesor Cunim.
El Artífice estalló en una carcajada gutural y áspera.
—?Supongo que te subestimé, ni?o!
Lentamente, se llevó las manos al rostro. Primero se retiró la capucha, luego la máscara. La verdad cayó con el mismo peso que un cadáver. Sus cuernos cambiaron de forma, volviendo a su estado natural. Frente a ellos, con el rostro desprovisto de emoción, se revelaba el Profesor Cunim. Astrid jadeó, llena de ira.
—?Por qué…? ?Por qué haría esto… un profesor?
—Ni?a… hay tantas cosas que ignoras. —murmuró el Artífice con voz pesada —Pero no es como si fueran a salir vivos de aquí para…
Cáliban se lanzó con una velocidad brutal sin dejarlo terminar, como un relámpago te?ido de rojo. Su espada surcó el aire con un rugido, obligando al profesor Cunim a retroceder.
—?Corre! —gritó a Astrid sin voltear.
Ella reaccionó al instante, girándose hacia la salida y corriendo con el corazón latiendo al borde del colapso. Cunim intentó conjurar un hechizo, pero una onda de energía carmesí brotó del cuerpo de Cáliban, contrarrestando el ataque. El impacto hizo temblar la sala.
El Artífice sonrió con una mezcla de lujuria mágica y obsesión.
—??Cuántos secretos escondes?! Cuando te mate… te estudiaré con detenimiento.
—?No vas a tener esa opción!
Con un gesto , Cunim invocó a su espíritu guardián. Desde la tierra brotó una figura gigantesca, formada de madera viva y raíces trenzadas. Un Ent, con un rostro humano esculpido en su corteza. El coloso extendió sus ramas hacia Astrid.
Pero antes de que pudiera alcanzarla, un rugido animal sacudió el aire.
Ocelotl embistió con ferocidad, bloqueando el avance de la criatura. Chocaron como dos monta?as en guerra.
—??Ya puedes manifestar tu espíritu por completo?! —se burló Cunim, con una mezcla de sorpresa y excitación —Como profesor… estoy orgulloso.
—?Silencio! —rugió Cáliban —?No eres digno de llamarte maestro!
Cunim disfrutaba cada instante… hasta que Cáliban desató todo su poder.
En un solo movimiento, concentró su energía carmesí, canalizándola en su espada. La hundió con fuerza en el suelo. El laboratorio tembló violentamente. Un anillo de explosión estalló a su alrededor, destruyendo el suelo y precipitándolos hacia el subsuelo, envueltos en polvo y magia quebrada.
Astrid corrió por los pasillos, respirando con dificultad, con las lágrimas mezcladas con sudor. Tras varios minutos de carrera desesperada, se encontró con una escena en completo caos. Sus compa?eros luchaban ferozmente contra una horda de cultistas. El aire estaba cargado de gritos, magia, y olor a sangre.
Sin pensarlo, se unió al combate.
—?Astrid! —gritó Reinhard al verla —?Dónde está el líder?
—?Se quedó luchando contra el profesor Cunim! ?Es él el cabecilla de toda esta locura!
—??Cunim?! —rugió Joseph —??En serio?! Maldición… ?Queda algún profesor decente en esta maldita academia?
—?Atáquenlos! ?Pero capturen a la semilla con vida! —vociferó Mithra desde una posición elevada, invocando hechizos desde la distancia con movimientos precisos.
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El grupo combatía con coordinación perfecta, cubriéndose entre ellos. Cada golpe, cada hechizo, era desesperado pero calculado. Joseph usaba su espíritu para generar un escudo que desviaba los ataques a distancia, aunque a costa de su energía.
Astrid se abrió paso con su espada, sus ojos llamearon con determinación. Si Cáliban estaba dispuesto a dar su vida… ella no pensaba quedarse de brazos cruzados.
—No podré resistir mucho tiempo así. —dijo Joseph, jadeando mientras mantenía el escudo activo —?Qué te dijo el líder?
—Que debía buscar a lord Hilloy… tengo que-
—Está bien. —interrumpió Reinhard, arrojando su lanza con furia contra un enemigo que se acercaba por el flanco izquierdo —Ya lo llamamos antes de venir. Dijo que resistiéramos… hasta que llegue.
La batalla era brutal. A cada instante, nuevos enemigos surgían de la penumbra, como si el culto tuviera raíces profundas en cada rincón de la academia. Astrid, Reinhard y Joseph se defendían con una coordinación forjada por el dolor y el entrenamiento, pero el desgaste era inevitable.
Mithra, desde su posición elevada, observaba el combate. A pesar de contar con un ejército, la marea no estaba a su favor. La mayoría de sus aprendices eran de primer rango, no eran diferentes de carne de ca?ón. En cambio, sus enemigos habían alcanzado el tercer nivel de energía, y luchaban como si cada golpe tuviera detrás una razón para vivir.
Era solo cuestión de tiempo para perder de esa manera.
Su respiración se volvió temblorosa. Llevó una mano a su pecho, deslizándola dentro de su túnica. Extrajo un collar al que estaba unido un peque?o vial. Lo sostuvo de frente. El líquido negro que se agitaba dentro parecía tener vida propia. Y ella lo sabía… beberlo sería cruzar una línea sin retorno.
?Mi se?or…?
Los recuerdos la golpearon como una tormenta.
Desde ni?a, Mithra había sido una promesa incumplida. Su talento limitado la condenó desde el principio, incluso entre los de su misma raza. Fue rechazada, ridiculizada y empujada a los márgenes. Cuando recibió la invitación para la academia, pensó que sería su redención… pero las ilusiones se rompen fácilmente.
Allí también fue subestimada. Convertida en la sirvienta del equipo al que pertenecía, cargaba con todo el trabajo mientras los nobles y los dotados se lucían. La humillación era diaria. No había ma?ana que no deseara que el día terminará antes de comenzar.
Hasta que él apareció.
Una tarde, mientras transportaba equipo pesado para su escuadra, tropezó y cayó. Las cajas se desparramaron por el suelo. Nadie acudió en su ayuda… excepto una voz amable.
—?Necesitas ayuda? —preguntó el extra?o, ofreciéndole la mano.
—Ah… sí. Gracias… lo siento. No quería ser un estorbo.
—Al contrario, me agrada ayudar. ?Cuál es tu nombre?
—Me llamo Mithra, como…
—?La diosa de la tierra! Qué bello nombre.
Por primera vez en su vida, alguien la miró con amabilidad. No como una carga, no como un error. Sus ojos se humedecieron. No sabía por qué, pero esa sonrisa le pareció real.
—?Y usted… cómo se llama?
—?Ah, mis modales! Perdona la tardanza. Mi nombre es Alzafar Cunim Yez-udermguir. Pero mis alumnos jamás logran pronunciarlo. —dijo con una sonrisa —Puedes llamarme simplemente… profesor Cunim.
Esa fue la chispa. La primera de muchas.
Con el tiempo, Mithra averiguó donde Cunim trabajaba fuera de clases. Logró obtener un puesto como su asistente personal, sin faltar un solo día. Su obsesión se convirtió en lealtad. Su lealtad, en fe. Por supuesto, esto no le agradó a su escuadra. La consideraban una traidora, una inútil que ya ni siquiera les servía como criada.
Una noche, sin previo aviso, la arrastraron a la mazmorra. Ella gritó, pataleó, lloró. Le tiraban del cabello con violencia, riéndose mientras la golpeaban.
El infierno no había hecho más que comenzar.
—Una sucia salvaje como tú debería saber cuál es su lugar.
—Sí, por tu culpa no he podido entregar mi tarea… inútil.
—Entonces, ?Por qué no la haces tú? —replicó Mithra, tratando de sostener su dignidad.
La respuesta fue un pu?etazo brutal que la lanzó contra el suelo.
—??Cómo te atreves…?!
Las chicas de su escuadrón no tardaron en abalanzarse sobre ella. Entre risas y burlas, la golpeaban con sa?a, disfrutando cada gemido, cada escupida de sangre. Mithra dejó de resistirse, cerró los ojos y esperó el final. En ese instante, le daba igual morir.
Hasta que lo escuchó.
Las hojas crujieron suavemente bajo unas pisadas firmes. Luego, el sonido de un aplauso seco resonó suavemente entre los árboles.
—Vaya, vaya… qué espectáculo tan lamentable. —dijo una voz profunda.
El profesor Cunim apareció de entre las sombras, su mirada tallada en desprecio, se posó sobre ambas. Las agresoras se congelaron.
—?Profesor Cunim! Nosotras solo-
—No queríamos-
—Está bien, chicas. Ma?ana hablaremos de su castigo. —interrumpió él, sin alterar su tono. Pero en su mirada, no había misericordia —Por ahora, llevaré a Mithra a la enfermería.
Hizo una pausa. Luego a?adió, con frialdad:
—Lárguense… ahora.
Ellas huyeron sin mirar atrás. Cunim se acercó y alzó a Mithra en brazos. Ella, entre la sangre y el temblor, apenas pudo murmurar:
—Pro…fe…sor…
Y cayó inconsciente.
Horas más tarde, Mithra abrió los ojos en un cuarto desconocido. Reconoció el aroma a incienso, los libros ordenados, el calor de una manta bien tejida. Estaba en el cuarto privado del profesor. En su cama.
—Me alegra que estés bien. —dijo Cunim, sentado junto a ella, con una sonrisa suave y ensayada.
Mithra, confundida, con la mente aún atrapada en la bruma del dolor, sintió que algo en su interior se rompía y al mismo tiempo se ataba a él. Quería agradecerle, pero las palabras no salían. Sólo sentía la punzada del abandono, el vacío… y aquella presencia que parecía llenarlo todo.
—Tranquila. —a?adió Cunim, acariciándole la mejilla con el dorso de los dedos —Ya estás a salvo. No necesitas decir nada…
El gesto fue lento. Cálido en apariencia, pero cargado de control.
Mithra no supo cómo reaccionar. Entre la necesidad de afecto y la confusión, el agradecimiento se desbordó de forma incontrolada. Se acercó, impulsivamente, y lo besó. Pero apenas lo hizo, se alejó con horror de sí misma.
—?Lo siento! ?No quería…!
Cunim no se mostró sorprendido.
—Tranquila… —susurró, sin dejar de sonreír —Si eso es lo que deseas… no lo negaré.
No hubo amor, ni ternura real. Sólo dependencia y manipulación disfrazada de refugio.
Desde ese día, Mithra se volvió inseparable de él. No por cari?o, sino porque era el único que la veía. O al menos, eso creía. Sus días se llenaron de silencio, secretos y una sombra que la envolvía sin que se diera cuenta.
Tiempo después, una tarde cualquiera, acostada a su lado en la penumbra del cuarto del profesor, Mithra miró su rostro, frío y distante, y se atrevió a preguntar:
—?Sucede algo, profesor? —preguntó Mithra con voz suave, apoyándose entre las sábanas, notando el cambio en su semblante.
El profesor Cunim se levantó de la cama, envolviéndose con una sábana blanca como si fuera una toga. Su rostro, normalmente imperturbable, mostraba una rara mezcla de frustración y pesar contenido.
—Sí… —respondió, sin mirarla —Es algo que me atormenta. Una meta… una deuda que aún no puedo saldar.
Mithra se incorporó de inmediato, con una ansiedad casi infantil.
—?Puedo ayudar? Dígame qué hacer, por favor.
—No. —respondió él, haciendo una pausa teatral —Jamás te pediría algo así. No después de todo lo que…
—?No! —lo interrumpió, tomándole la mano con firmeza y los ojos húmedos —Si puedo ayudarte, lo haré. Lo que sea. No me importa el precio.
Cunim entrecerró los ojos. Por un momento, el silencio se cargó de algo oscuro. Luego, sonrió. Una sonrisa bastante medida.
—En ese caso… ven conmigo. Hay algo que debo mostrarte.
La llevó hasta su laboratorio, un lugar sumido en la penumbra, donde las paredes parecían respirar con los ecos de antiguos experimentos. Durante el trayecto, le habló con voz lenta, envolvente, casi hipnótica. Le reveló su verdadero propósito. Revivir a su hija, su único tesoro perdido. Mithra lo escuchaba como quien oye la historia más sagrada. Lejos de escandalizarse, se sintió privilegiada por ser la única que conocía su dolor.
En su mente, el amor se había fundido con la devoción.
—Llevarás a los estudiantes que yo te indique. Su sacrificio nos permitirá reunirnos con ella… con nuestra peque?a. Seremos una familia al fin. Y cuando todo acabe… dejaremos el culto. Viviremos en paz. Juntos.
Los ojos de Mithra brillaron como los de una ni?a que al fin recibe amor. Un retorcido instinto de pertenencia despertó en su interior, empujando los límites de su conciencia. Algo latente en su raza se activó con fuerza, alimentado por el delirio de protección y consuelo.
—?Sí! —exclamó, al borde del llanto.
Cunim sacó un peque?o vial de su túnica. Dentro, un líquido negro se agitaba como una sombra viva.
—Esto es para ti. Si algún día te encuentras en peligro… bébelo. Te dará la fuerza para superar cualquier reto.
Mithra lo tomó con manos temblorosas, como si recibiera una reliquia sagrada.
—Gracias, profesor. Gracias por confiar en mí… ?Con quién debo empezar?
Cunim sonrió, acercándose a su oído. Le susurró los nombres, uno por uno.
Mithra sintió un escalofrío de euforia. Estaba lista. Por fin formaba parte de algo, iba a protegerlo, iban a ser felices.
Esa misma noche, condujo a sus antiguas compa?eras al callejón trasero del distrito antiguo, donde los rumores hablaban de extra?as desapariciones.
—Mithra, ?Segura que por aquí hay una tienda de ropa? —preguntó una con recelo.
—Este lugar me da escalofríos… —a?adió la otra, mirando alrededor con desconfianza.
—Sí. —respondió Mithra con una sonrisa —Solo un poco más adelante.
Mithra esbozó una sonrisa torcida, encendida por la crueldad. Con un simple chasquido de dedos, el cielo pareció rasgarse. Desde las alturas, descendieron tentáculos carmesí, serpenteando como víboras vivas, envolviendo a sus compa?eras con una velocidad demoníaca. Amordazadas y suspendidas en el aire, apenas podían emitir un gemido.
Mithra se acercó despacio, disfrutando cada paso. Sus ojos violetas brillaban con un fuego que no era ordinario.
—Tranquilas… —susurró —Me aseguraré de que la basura como ustedes tenga un buen uso. Un uso grande… doloroso… lento… y glorioso…
Desde aquel día, Mithra se volvió la mano recolectora del profesor. Seleccionaba cuidadosamente a estudiantes con afinidad elevada a los espíritus elementales. Presas perfectas, cuerpos útiles. Herramientas vivientes para los experimentos del hombre al que llamaba salvador.
De vuelta en el presente, acorralada y perdiendo terreno, Mithra llevó el frasco negro hacia sus labios. Estaba lista para invocar el poder prometido. Pero antes de que pudiera beberlo, Joseph se abalanzó sobre ella, arrebatándole el vial con una mueca de asco.
—?Qué planeabas hacer con esto?
Mientras examinaba el líquido espeso y oscuro, una voz suave, casi susurrada, se filtró en sus oídos. Pero no venía de afuera.
—Deberíamos tomarlo… —susurró la figura.
Joseph giró bruscamente. A lo lejos, entre los cadáveres, emergía una silueta infantil. Peque?a y humana. Pero sus ojos… estaban vacíos.
Era la manifestación de su culpa. Una ilusión maldita que lo seguía desde la Cueva de las Revelaciones. El reflejo de sus fracasos. De los que dejó atrás. De los que no pudo salvar.
—?No! —gritó Joseph, apretando los dientes mientras se sujetaba la cabeza —?Déjame en paz!
El frasco cayó de sus manos. Mithra no perdió la oportunidad. De un movimiento brusco, se liberó del agarre, tomó el frasco y lo bebió en un solo trago.
—?No detendrán los planes del se?or Cunim! —exclamó con furia mientras tragaba el líquido.
Pero el efecto… no fue el esperado.
Su cuerpo se arqueó de inmediato, un espasmo la sacudió como si hubiese sido alcanzada por un rayo. Cayó al suelo, retorciéndose de dolor, sujetándose el vientre como si algo dentro estuviera desgarrándola desde dentro. Sus gritos no eran humanos. Eran alaridos de agonía, vibrantes y distorsionados.
Lágrimas negras comenzaron a brotar de sus ojos. Luego… solo hubo silencio. Su cuerpo quedó inmóvil, su pecho no se alzó más.
Reinhard y Astrid se acercaron con cautela.
—?Está… muerta? —preguntó ella en voz baja.
Reinhard observó con atención, sin bajar la lanza.
—Parece que sí… supongo que eso es todo. Avancemos. El líder nos necesita.
Empezaron a alejarse, sin mirar atrás. Pero entonces, un estremecimiento sacudió la tierra.
El cuerpo de Mithra se estremeció violentamente, como una marioneta sacudida por hilos invisibles. De su vientre brotaron tentáculos negros, gruesos, vibrantes, golpeando el suelo con violencia. Sus cuerdas vocales comenzaron a emitir sonidos imposibles, como gru?idos líquidos, guturales, una mezcla de llanto, vómito y susurros antiguos.
Lo que sea que había despertado… ya no era ella.
Mientras avanzaban por las ruinas, Joseph retrocedió unos pasos, sus ojos se clavaron en el horror creciente.
—?Qué es este lugar…? —preguntó, con la voz rota por el miedo, contemplando el vasto corredor que se abría frente a ellos, repleto de estructuras que el tiempo había vencido, columnas rotas y murales erosionados por la corrupción.
Reinhard giró hacia Astrid.
—Astrid, dime… ?Dónde está el líder?
—Bueno, sigamos por aquí, tenemos que-
Astrid se detuvo en seco. Algo interrumpió su voz. Un sonido… apenas un murmullo distante. Gemidos de dolor, arrastrados por el eco, procedentes de un edificio semiderruido. Se miraron entre sí, y sin decir nada, corrieron hacia el origen.
El lugar era una prisión olvidada por los dioses. Las celdas eran fosas de oscuridad, sus barrotes eran corroídos por la humedad y el abandono. Cuando alcanzaron una de las últimas, los tres se quedaron paralizados. Dentro, encadenada al muro, había una figura humana. Retorcida y destrozada, apenas consciente.
La visión les heló el alma.
Mientras tanto, bajo cientos de escombros, el infierno cobraba forma.
El laboratorio privado estaba en ruinas. Fragmentos de piedra y metal llovían desde el techo colapsado. Un rugido áspero emergió de las sombras. Era el profesor Cunim, tambaleante pero aún en pie, emergía de entre los restos.
—Maldita sea… eso no me lo esperaba. —escupió, sacudiéndose el polvo.
Sus ojos se posaron de inmediato sobre la cápsula caída. Su expresión cambió del dolor a la desesperación en un segundo.
—?No! No, no, no, no… querida, tranquila… papi está aquí…
Corrió hacia la cápsula como un padre desesperado, como un animal herido protegiendo a su cría. Pero era más que amor. Era una locura absoluta, viva, vibrante en cada célula de su cuerpo.
Entonces, su mirada se volvió hacia Cáliban.
—Tú… —escupió, en un hilo de rabia —osas tocar a mi hija…
Cáliban emergía también de los escombros, con la espada en mano, jadeando por el esfuerzo. Su mirada era firme, sin rastro de miedo.
—?Hija? —dijo con frialdad —Ella dejó de ser tu hija hace mucho. Lo que estás protegiendo… es solo un recuerdo. Un fantasma que debería haber descansado.
—?NO! —bramó Cunim, golpeando su bastón en el suelo con un crujido sobrenatural —?Mi investigación ha avanzado! ?Ya casi lo logro! ?Sólo necesito una semilla… y tú me lo has arruinado todo!
Desde su bastón surgieron cientos de proyectiles de piedra, disparados con una precisión letal. Cáliban se lanzó en una danza evasiva, rodando, deslizándose, corriendo sobre muros derruidos. Cada movimiento era un esfuerzo supremo para evadir.
—?Sé lo que intentas! —gritó —?Pero no funcionará! ?Ella ya no está aquí!
—?SILENCIO! —rugió Cunim. Del suelo y las paredes brotaron raíces negras que intentaban atraparlo.
Las raíces se movían como si pensaran, cortándole los caminos, asfixiando el aire. Era como combatir dentro de una bestia viva. Cáliban sabía que no podría resistir mucho más. Su energía flaqueaba. Su cuerpo, agotado por el uso excesivo del poder carmesí, comenzaba a temblar.
Pero sus ojos no temblaban.
—Muy bien… sólo un poco más… —susurró, esquivando por instinto más que por reflejo.
—??Es todo lo que sabes hacer?! ??Esquivar?! —rugió el Artífice, desbordado por la cólera.
Cáliban no respondió. En su interior, algo se apagó… para que otra cosa se encendiera. Apostó todo en un solo instante. Reunió lo que le quedaba de energía y la canalizó en su espada. La hoja comenzó a brillar, vibrando con una luz carmesí tan intensa que iluminó las ruinas como una luna sangrienta.
El mundo alrededor se ralentizó.
Su respiración se volvió profunda. Los latidos de su corazón eran tambores de guerra. Y en ese segundo eterno, supo que era todo o nada.
Con un movimiento sutil, perfecto, sublime… desató su golpe final.
?Danza del Caos… Sexto Movimiento…?
El profesor Cunim sintió un escalofrío recorrerle la espalda. El filo carmesí de la espada de Cáliban brillaba con una intensidad que perforaba la oscuridad como una lanza divina. Supo, en ese instante, que debía actuar rápido.
—?Scut-!
—?Perforación! —gritó Cáliban, adelantándose.
El destello fue inmediato. Un impacto limpio, certero, atravesó el brazo del profesor con violencia brutal. La extremidad voló, y Cunim cayó de rodillas, jadeando por el dolor repentino. El suelo tembló por el retroceso. Antes de que pudiera recuperarse, la punta de la espada de Cáliban ya estaba posada en su mentón.
—Ahora… —dijo con voz baja pero cortante —vamos a tener una larga charla.
Por un instante, el silencio pesó como una losa. Luego, lentamente, una sonrisa torcida se dibujó en el rostro ensangrentado del profesor. Sus labios comenzaron a murmurar algo… un cántico.
Cáliban abrió los ojos con alarma, pero ya era tarde.
Desde el techo derrumbado, una horda de tentáculos carmesí descendió como látigos infernales. Se enrollaron alrededor de sus extremidades, inmovilizándolo por completo antes de que pudiera reaccionar.
—Por eso odio a los malditos prodigios… —dijo Cunim, levantándose con esfuerzo y caminando hacia su brazo cercenado —Lo que a otros nos cuesta décadas de dedicación, ustedes lo obtienen en cuestión de días. Pero debo decirlo… eres impresionante, joven Cáliban.
Se inclinó con calma y recogió su propio brazo ensangrentado, como si se tratara de una herramienta caída al suelo. Con un simple gesto, colocó la extremidad en su lugar. Un halo de luz violeta emergió desde su palma.
Los músculos, tendones y huesos se entrelazaron de nuevo con precisión quirúrgica. En cuestión de segundos, no quedaba rastro de la herida. Su cuerpo volvió a estar completo.
Cáliban lo observaba, sereno. Su mirada seguía siendo de acero.
—?En serio? —murmuró —Pensé que me entregarías a tu Sacerdotisa.
Cunim se echó a reír. Una risa seca, casi histérica.
—?Incluso sabes eso? ?Qué fascinante! Realmente quiero saber qué tanto sabes, jovencito…
—?Crees que hablaré, mago oscuro?
—No te preocupes… —respondió Cunim, acariciando una de las raíces vivas —Hay maneras de hacer hablar incluso a los más testarudos. Pero no, no voy a entregarte a ella. Esa mujer no tiene la menor idea de cómo aprovechar un cuerpo como el tuyo. Su visión es limitada e inmadura.
—Oh… suena como si tuvieras tus propios planes. ?Tenemos a un traidor entre los fanáticos?
Cunim se detuvo, contemplándolo con atención. Luego asintió, despacio.
—Traidor… ?Es eso lo que soy? No. Yo nunca estuve de acuerdo con la visión del culto. Ellos quieren regresar a un Padre sin Forma que nos promete obediencia ciega, orden absoluto… ?Y a qué costo? A la destrucción de la voluntad.
Se acercó más, sus ojos se encendieron con un fuego inhumano.
—Pero yo… —susurró —Yo sirvo a la Diosa de la Mirada Triste. Ella me mostró lo que otros no quisieron ver. Ella entiende el dolor. Ella… me devolverá a mi hija.
Sus palabras eran una mezcla de fe y locura, un abismo del que ya no podía salir.
La mirada de Cáliban tembló un instante. No por miedo, sino por la repulsión que las palabras de Cunim despertaban en él. Los dioses exteriores… susurros más viejos que el mundo, entidades que se alimentaban del dolor, del caos, del alma de los vivos. No había misericordia en ellos. No había amor.
??Una diosa bondadosa? ?Una que "cuida a los desamparados"? ?Y una mierda!? —rugió dentro de sí. Su rostro permanecía impasible, pero su alma hervía.
Con determinación, Cáliban comenzó a recitar en voz baja una letanía olvidada. Palabras que desgarraban la realidad misma, ecos de lenguajes ancestrales que dormían en lo profundo de la historia.
El profesor detuvo su visión demente, torciendo el rostro en un gesto de dolor repentino.
—?Agh! ?Mierda! ?Mi conexión con la criatura!
Sus ojos buscaron con desesperación a Cáliban, intentando comprender cómo podía estar perdiendo el control.
—?Tú…! ??Cómo demonios conoces los recitales ancestrales?!
La criatura que había estado sujetando a Cáliban comenzó a estremecerse violentamente, su forma retorcida luchó contra el conjuro que la encadenaba. Algo despertaba en su interior… ira. Una cólera abismal hacia el hechicero que se atrevió a someterla.
Aprovechando la distracción y la ruptura en el vínculo, Cáliban liberó una descarga de energía carmesí, lo justo para romper los tentáculos que lo sujetaban. Cayó al suelo con un gemido ahogado, rodando hacia una de las paredes semiderruidas, ocultándose entre los restos para recuperar el aliento.
?Eso lo mantendrá ocupado unos segundos…? —pensó, bebiendo con rapidez una poción de curación. El sabor metálico le quemaba la garganta, pero sentía sus músculos recomponerse.
Al otro lado de la sala, el Artífice sabía que la situación se le escapaba de las manos. Apuntó su bastón al suelo, y un destello recorrió su cuerpo.
De la tierra brotaron raíces gruesas, entrelazándose en torno a él como una armadura viva, oscura y fibrosa. Un escudo desesperado. Pero entonces, en medio de ese silencio roto por la furia de la criatura, una voz dulce, maternal, se deslizó en su oído.
Una voz que sólo él podía oír.
?Hijo mío… no te preocupes. Madre siempre observa… siempre cuida. Te daré el poder para destruir a la criatura…? —susurró una voz femenina, amorosa y quebradiza ?No dejes que ellos se interpongan… en nuestros planes…?
Los ojos del profesor se dilataron.
—?Sí, madre! ?Tu fiel hijo hará lo necesario para hacerte feliz! —gritó, extasiado.
Una oleada de energía lo recorrió. Era como una llama envolvente, pero sin quemar. Una calidez aterradora lleno su cuerpo. La tierra tembló levemente. Sus ojos se tornaron de un fulgor violeta que se iluminó con intensidad.
Y él… sonrió. Con los labios manchados de sangre, con el alma deshecha… pero con el poder para hacerlo todo, sonrió con júbilo.

