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Capítulo 63: Ojos violetas

  En cuanto sus ojos se cruzaron, Astrid sintió cómo el miedo le erizaba la piel. Su mente, atrapada entre la sorpresa y el pánico, no tardó en maldecir su terrible suerte. Cáliban, por su parte, observaba la escena con una mezcla de desconcierto y pena. En su mano sostenía la máscara de Astrid, que había descendido desde el aire como una pluma perezosa.

  —?Esto es tuyo? —preguntó con voz grave, levantando una ceja.

  Astrid asintió con nerviosismo, llevando ambas manos a sus labios para contener un grito que amenazaba con escapar. Cáliban alzó la vista hacia el techo parcialmente destruido.

  —Supongo que te caíste desde el segundo piso… ?Estás herida?

  Cuando intentó acercarse, Astrid retrocedió con brusquedad. Su cuerpo temblaba visiblemente, como una hoja en mitad de una tormenta.

  —Bueno… —murmuró Cáliban, evaluándola con la mirada —Imagino que conversar en estas circunstancias no es lo más apropiado.

  Sujetando con firmeza la toalla que le cubría la cintura, dio media vuelta y comenzó a alejarse entre las nubes de vapor. Al caminar, la bruma se apartó sutilmente, revelando su espalda surcada de cicatrices que también alcanzaban su torso.

  —?Espera! —la voz de Astrid, temblorosa pero urgente, lo detuvo.

  Cáliban giró el rostro apenas, mirándola por encima del hombro.

  —?Sí?

  —Tú… ?No vas a violarme? —preguntó con un hilo de voz, cautelosa.

  él frunció el ce?o, confundido por la naturaleza de la pregunta.

  —?Por qué crees que haría algo así?

  —Viste mis ojos… mi rostro. ?Eso no… despierta algún instinto en ti?

  La expresión de Cáliban era un cúmulo de desconcierto y perplejidad.

  —Admito que eres hermosa, pero no hasta ese punto…

  —?Pero viste mi cara! ?No despierta en ti una lujuria salvaje? ?No te dan ganas de atacarme? De abusar de mi cuerpo con todas tus ganas, tomarme entre tus brazos y someterme con fuerza contra la pared, estar dentro de mí, arremetiendo una y otra vez en un intercambio extremo de fluidos, usando cada agujero de mi cuerpo como-

  —?Ya, ya entendí la primera vez! —la interrumpió, alzando la voz —Por favor... mierda… ?Esto es alguna clase de broma? ?O un fetiche extra?o?

  Astrid emergió del agua, con sus ojos fijos en los de él, intensos y expectantes.

  —?De verdad no sientes nada? ?Ni un impulso? ?Ni el más mínimo deseo de besarme hasta quedarte sin aliento?

  —?Eh?

  —Déjame ver debajo de tu toalla… Quítatela.

  —?Qué? ?No! ?Espera!

  Sin previo aviso, Astrid se lanzó hacia él, tratando con desesperación de arrancarle la toalla. Cáliban, atónito, forcejeó para mantenerla en su sitio. El movimiento fue tan abrupto que ambos perdieron el equilibrio y cayeron al agua con un estruendo húmedo.

  —??Qué demonios te pasa?! ?Suéltame! —gritó él, forcejeando para liberarse.

  —?No! ?Solo déjame comprobarlo, por favor!

  —?No vas a comprobar nada! —gru?ó con furia, apartándola de un empujón.

  Empapado y furioso, Cáliban salió del ba?o a toda velocidad y corrió hacia su habitación, con la toalla mal asegurada. Astrid intentó seguirlo, pero al llegar, el sello mágico de la puerta la detuvo, impidiéndole avanzar. Frustrada, se quedó de pie un instante antes de marcharse a su cuarto, con el pecho agitado por la confusión y la vergüenza.

  Así comenzó un día extra?o, cargado de tensión. Cuando el reloj dio las siete, Joseph frunció el ce?o al notar la ausencia de su amigo. Cáliban solía ser el primero en despertar.

  Se acercó a su puerta y tocó con suavidad.

  —?Cáliban! ?Estás ahí?

  Justo entonces, Astrid apareció por el pasillo, ajustando su chaqueta con un aire distraído.

  —?El líder ya se levantó?

  —Oh, Astrid… no lo sé. Es raro, siempre está despierto a esta hora.

  En ese momento, el profesor Yannes subía las escaleras hacia su despacho. Al ver a los dos frente a la puerta de Cáliban, se detuvo.

  —Si están esperando al joven Cáliban, ya ha salido. Se fue al distrito Delion. Creo que salió cerca de las seis.

  Joseph parpadeó, sorprendido.

  —?Tan temprano? ?Por qué se iría sin avisar?

  —No lo sé. Murmuró algo sobre no querer ser acosado otra vez…

  La frase cayó como un cuchillo. Astrid sintió el impacto con un nudo en el estómago. Apretó los labios en silencio.

  Una hora más tarde, Cáliban se encontraba en el aula, sentado con los brazos cruzados sobre el pupitre. La clase de la profesora Sill aún no comenzaba. Rezaba, en silencio, porque sus compa?eros llegaran antes que ella.

  Pero no tuvo suerte.

  La puerta se abrió y, para su desgracia, fue Astrid quien entró. Jadeaba, claramente había corrido desde la entrada. Se tomó unos segundos para recuperar el aliento y luego caminó hasta su lugar, justo al lado de él.

  —Uff… Ah, buenos días… —saludó con una sonrisa nerviosa mientras se acomodaba el cabello, intentando parecer natural, como si nada hubiera pasado.

  —Sí… Buenos días. —respondió, sin mirarla del todo.

  Cáliban estaba increíblemente incómodo con su cercanía. Su cuerpo se tensaba, como si cada centímetro de distancia entre ambos fuese insuficiente.

  —Te juro que lo de esta ma?ana tiene una explicación lógica… —dijo Astrid en voz baja, casi suplicante.

  —?Te refieres al momento en que querías… intercambiar fluidos violentamente contra la pared? —replicó él con sarcasmo.

  Astrid se mantuvo firme, o al menos lo intentó. Se sentó recta, con una calma forzada. De no ser por la máscara, su rostro delataría un sonrojo tan intenso como el de un tomate al sol.

  —No… me malinterpretaste. Yo solo quería-

  —?Que estuviera dentro de ti, arremetiendo una y otra ve-?

  —?No! ?Ya basta! —interrumpió ella con desesperación, llevándose las manos al rostro —Por favor, olvida todo eso…

  Se inclinó sobre el pupitre, enterrando la frente con resignación. La vergüenza le pesaba más que cualquier hechizo.

  —Mira… no tenía malas intenciones…

  —Intentaste quitarme la toalla. —replicó él, tajante.

  —Lo juro, era por una razón científica… bueno, mágica…

  —Ajá… —Cáliban la miró con una mezcla de escepticismo y desprecio.

  Astrid no se atrevía a devolverle la mirada. Sentía un nudo en el estómago.

  ?Tierra, trágame…? —pensó, aplastada contra la madera del pupitre, deseando poder desvanecerse de la faz del mundo.

  La clase comenzó lentamente, con los estudiantes llegando poco a poco. Algunos miraban de reojo a Astrid, extra?ados por su actitud cabizbaja. Pero entre todos, hubo una mirada que no pasó desapercibida, la de Cecilia.

  Desde la última fila, observó con atención cómo Astrid se acomodaba peligrosamente cerca del brazo de Cáliban. Su expresión se volvió opaca y sombría.

  —Nhun… ?Ves eso?

  Nhun, sentada a su lado, siguió la dirección de su mirada. Vio la escena en silencio, tratando de encontrar palabras.

  —Ah… ?Sí? No lo sé… No creo que-

  Cuando se giró para explicarse, se encontró con el rostro de Cecilia. Una sonrisa torcida decoraba sus labios, pero sus ojos no reían. Eran dos cuchillas ocultas.

  Nhun tragó saliva y volvió su vista hacia Cáliban, frunciendo el ce?o. El ambiente cambió. Ahora sus ojos ardían con una rabia muda, dirigidos al muchacho que ni siquiera entendía el origen del odio.

  Cáliban notó la mirada punzante desde el otro lado del aula.

  ??Qué quieres que haga? Esto no es culpa mía…? —pensó, suspirando con frustración.

  Las clases transcurrieron con una normalidad enga?osa. Algo flotaba en el aire, denso y oscuro. Los profesores seguían los horarios, pero era evidente que el ritmo era más lento de lo habitual. Nadie necesitaba ser un genio para entender por qué.

  Desde el fin de las vacaciones, las desapariciones habían aumentado. Lo que antes eran rumores ahora son certezas. Y los profesores, en vez de actuar, guardaban silencio sobre el tema.

  Muchos alumnos abandonaban las aulas apenas podían, buscando refugio en sus hogares, el único sitio donde aún se sentían a salvo. La atmósfera de miedo había infectado todo. Los entrenamientos se cancelaban, las bibliotecas quedaban vacías y los salones se convertían en ecos de conversaciones perdidas.

  Los pasillos se llenaban de susurros venenosos, de rumores sin rostro. Cualquiera podía ser el siguiente. Y cualquiera podía ser el culpable.

  Esa incertidumbre paralizaba a los estudiantes, atrapándolos en un ciclo de sospechas y evasión. Las tareas se acumulaban, los progresos se estancaban, y los profesores, impotentes, ralentizaban sus lecciones, como si quisieran evitar empujar a los alumnos a un abismo inevitable.

  El terror se había vuelto el nuevo maestro.

  Durante varios días, Astrid siguió a Cáliban con insistencia, esperando encontrar respuestas. Sin embargo, él siempre lograba escabullirse apenas tenía oportunidad.

  Una tarde, absorto en los documentos extendidos sobre su escritorio del gremio, Cáliban escuchó el sonido de la campana en la puerta.

  —Puedes pasar…

  La puerta se abrió lentamente. Un par de ojos titubeantes asomaron desde el umbral, llenos de dudas.

  —Puedes pasar, Cecilia…

  —Pero… pareces ocupado. —respondió ella con suavidad, quedándose en el marco.

  —No, ya no. —dijo Cáliban, cerrando los pergaminos con firmeza.

  Cecilia entró con cierto nerviosismo. Caminó con pasos medidos hasta sentarse frente a él, manteniendo la vista baja. Hacía lo posible por no cruzar miradas.

  —?Qué sucede? —preguntó él, cruzando los brazos sobre el escritorio.

  —Respecto a la misión de ayer… —murmuró ella —Quiero pedirte que no las culpes. No fue su responsabilidad. Yo era la líder… y no estuve a la altura. Si alguien falló, fui yo.

  Cáliban alzó las cejas, sorprendido por la honestidad de sus palabras.

  Había aceptado llevar a Nhun, Cecilia y Elizabeth a una misión, como parte de un pacto hecho con Astrid y Juliana. La intención era simple, quería darles una oportunidad real, empujarlas hacia un futuro en el gremio. Pero la misión se había torcido. Una trampa cuidadosamente colocada casi les cuesta la vida. De no ser por su llegada a último momento, ninguna habría regresado.

  Cáliban se recostó en la silla, cruzando las piernas.

  —Está bien, Cecilia. No voy a castigarlas por lo que ocurrió. Fue mala suerte. Nadie tuvo la culpa.

  —Pero… —insistió ella, culpándose aún.

  Antes de que continuara, él levantó una mano. Con un sutil movimiento de dedo, activó la marca de la casa. Un suave resplandor iluminó la habitación. En el aire, flotaron números dorados, indicando una transferencia directa al banco personal de Cecilia.

  La joven lo observó con asombro.

  —Esa es la recompensa por la misión. Puedes repartirla cuando estés lista, no hay prisa… por cierto, ?Cómo te ha ido con el arma que te di? ?Se ajusta a ti?

  Cecilia, aún sorprendida, sacó de su cinturón el bastón que había recibido un día antes. Presionó el botón oculto en el mango, haciendo que el arma se extendiera elegantemente.

  —Te lo agradezco mucho. Es fácil de manejar… ligera y cómoda. Ideal para mí.

  —Me alegra saberlo. —asintió Cáliban.

  El silencio se instaló entre ambos. No era solo incomodidad. Había algo más. Algo que no se había dicho desde aquella noche en la que Cáliban, en un arrebato de sinceridad brutal, había pronunciado palabras que hirieron a Cecilia más de lo que él imaginaba.

  Desde entonces, no habían vuelto a hablar de forma directa. La tensión era casi palpable. El aire entre ellos pesaba. Cecilia apretó los labios, como si luchara con pensamientos que no se atrevían a convertirse en palabras.

  —Bueno… líder, lo dejaré para que continúe con sus asuntos. Le agradezco la ayuda…

  Cecilia se puso de pie y caminó hacia la puerta con pasos suaves. Sin embargo, antes de alcanzarla, la voz de Cáliban la detuvo en seco.

  —Por favor… quédate.

  Cecilia sintió un escalofrío. Había algo extra?o en el tono de Cáliban, algo que nunca había escuchado antes… vulnerabilidad.

  —?Sí? —preguntó, girándose lentamente.

  —Quiero que entres a mi gremio.

  Sus palabras la dejaron desconcertada.

  —?Qué? Pero… yo creí que no querías que volviera a hablarte… yo…

  —Lo lamento. Todo lo que te dije aquella vez… realmente lo siento. Pensé que si te alejaba de mí, podría protegerte. —Hizo una pausa, bajando la mirada —Donde sea que vaya, termino haciendo enemigos. Ya lo viste con Argos y su banda de idiotas. No quería que ustedes terminaran envueltas en eso… pero resultó inútil.

  Se llevó una mano a la frente, como si intentara aligerar el peso de sus propias decisiones.

  —Después de pensarlo, entendí que… la mejor forma de protegerlas es mantenerlas cerca. Si están a mi lado, puedo evitar que eso vuelva a pasar.

  Cecilia volvió lentamente al escritorio, intrigada por el giro inesperado. Su confusión se mezclaba con una curiosa sensación de expectativa.

  —?Por qué pensabas que tenías que protegerme?

  Cáliban dudó. Buscó una excusa rápida, cualquier argumento lógico que justificara su reacción. Pero las palabras no salían. Se quedó en silencio. Cecilia, atenta, notó su nerviosismo. Por primera vez, veía al serio y calculador Cáliban… humano.

  ?Bueno… supongo que no me queda de otra.? —pensó él.

  —Porque me gustas… —dijo al fin, en voz baja —Eres la primera chica que realmente me atrae, y no sabía cómo manejarlo. No quería que te lastimaran. No quería que terminaras odiándome… Lo siento.

  La mirada de Cecilia tembló. Sintió una sacudida en el pecho, una oleada de calor que subió desde su corazón hasta sus mejillas. Se llevó una mano a los labios, sin saber qué decir.

  —Ya… ya veo… je, je…

  Una sonrisa nerviosa intentaba esconderse, pero brillaba en sus ojos, en sus mejillas encendidas. En su interior, una alegría desbordante pedía salir.

  —Entonces… ?Te unirás a mi gremio?

  —?Sí! ?Iré por Nhun para que firmemos juntas! ?Ya regreso!

  Cecilia salió corriendo del despacho, casi flotando de entusiasmo, con una sonrisa tan amplia que apenas podía contenerla.

  Cáliban suspiró profundamente. El gesto tenía algo de irritación… pero también de alivio.

  —Me alegro por usted, se?or… —dijo Ocelotl, materializándose en una forma oscura, una amalgama que emergió del suelo como una sombra viva.

  —Solo lo dije para que se quedara. Así podré vigilarla de cerca… —refutó Cáliban, aunque incluso él dudaba de sus palabras.

  —Si usted lo dice… —replicó el espíritu con un tono burlón.

  —No tengo tiempo para esto. Necesito terminar estos informes y tú me estás distrayendo.

  Ocelotl soltó una carcajada baja, que se desvaneció lentamente mientras su cuerpo regresaba, dejando el aire ligeramente más frío tras su partida.

  Cáliban volvió a centrar la vista en los documentos sobre su escritorio. Sumergido de nuevo en sus informes, su pluma se deslizaba con precisión… pero algo era distinto.

  Su respiración era más tranquila. Su corazón, más ligero. Una sonrisa sutil apareció en su rostro. Apenas visible, pero genuina.

  Al día siguiente, después de terminar las clases, la biblioteca estaba sumida en un silencio denso. Entre los pasillos colmados de estanterías, tres figuras ocupaban una mesa alejada, eran Cáliban, Astrid y Reinhard. La atmósfera era tensa, cargada de una incomodidad que no necesitaba palabras para sentirse.

  Durante toda la semana, Astrid no se había separado ni un instante de Cáliban. Donde él iba, ella lo seguía. Aunque eso le permitía vigilarla, también significaba que no podía liberarse de su mirada constante. Siempre lo observaba, siempre lo estudiaba. Siempre… demasiado cerca.

  Cansado de esa presión invisible, Cáliban decidió tomar la iniciativa.

  —Reinhard, ?Podrías hacerme un favor? Necesito que busques un libro en la sección B-15. —dijo, sin apartar los ojos de Astrid.

  Reinhard lo miró con suspicacia. No era tonto. Entendió de inmediato que lo querían fuera. Aun así, se levantó sin oponer resistencia.

  —Claro, ya vuelvo. —respondió con naturalidad, desapareciendo entre los pasillos.

  Cáliban se volvió hacia Astrid con gesto serio. Había soportado más de lo razonable.

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  —Muy bien. —dijo en voz baja pero firme —Ya fue suficiente con este jueguito de toda la semana. Ahora me vas a decir qué demonios te pasa.

  Astrid se quedó inmóvil. El tono directo de Cáliban la desarmó. Sabía que no podía seguir evadiendo. Durante días había intentado encontrar las palabras… y siempre se quedaban atoradas en su garganta.

  —Bueno… yo… —tragó saliva, como si pronunciar la verdad le costara el alma —Estoy maldita…

  Cáliban entrecerró los ojos. Aquella palabra confirmó lo que había comenzado a sospechar desde su encuentro en los ba?os. Se recostó ligeramente en la silla, invitándola a continuar.

  —Cuando cumplí doce a?os, mi rostro empezó a cambiar… no solo físicamente, sino también mágicamente. Las personas que me miraban… eran afectadas. Despertaban una lujuria incontrolable. Una necesidad enfermiza… —su voz se quebró, y bajó la mirada, incapaz de sostenerla —Lo peor es que siempre, siempre soy el objetivo. Sin excepción.

  Hubo un silencio espeso. Por primera vez, Cáliban sintió una punzada de culpa. Aquella no era una historia que él hubiese buscado… y sin embargo, ahora la llevaba consigo.

  —Está bien. —dijo al fin, con un tono más suave —No hace falta que lo cuentes todo. Entiendo mejor ahora… Imagino que esa máscara sirve para contener ese poder.

  Astrid alzó el rostro, apenas, y asintió con timidez.

  —Sí. Fue forjada por un herrero de mi reino, discípulo del maestro Bardrim y los mejores alquimistas. Gracias a su trabajo, la máscara impide que los demás vean completamente mi rostro. No solo con la vista, sino con cualquier sentido que traten de usar conmigo. Así puedo… protegerme. Y proteger a los demás también.

  Cáliban frunció el ce?o, pensativo. Llevó una mano a la barbilla, reflexionando en silencio. Su mirada ya no era de desprecio, sino de alguien que intentaba comprender un mundo ajeno al suyo.

  —Ya veo… —murmuró, como si la información encajara lentamente en su cabeza.

  ??Por qué el culto está tan obsesionado con Astrid? ?Será que las demás también están malditas? ?Y qué demonios son las semillas??

  Las preguntas daban vueltas sin cesar en la mente de Cáliban. Era como caminar a oscuras en un laberinto sin salida. La información que poseía era mínima, y para empeorar las cosas, el culto había disminuido drásticamente sus ataques directos. Ahora priorizaban la captura de estudiantes en otras regiones, sólo para desvanecerse sin dejar rastro.

  Astrid lo observó en silencio. Su expresión estaba sumida en pensamientos profundos, y aquella distancia emocional le generó ansiedad.

  —?Quieres que me vaya del gremio? —preguntó con voz apagada.

  Cáliban levantó una ceja, sacudido de su reflexión.

  —?Hmm? Ah… no. Bueno, eso a mí no me afecta, pero si tú quieres…

  —?No! Estoy bien aquí… —interrumpió, con urgencia, casi como una súplica.

  —Ya veo. Me alegra. —respondió con neutralidad —Pero eso no explica por qué te pusiste así ayer…

  El rubor de Astrid fue inmediato, cubriéndose la boca con las manos mientras sus dedos temblaban. Sus ojos buscaban un punto en la mesa para anclarse.

  —Yo… no quería… —murmuró, atropellando las palabras —Es solo que… —hizo una pausa, respirando hondo —Me sorprendió. Nadie de mi edad… hasta ahora, nadie había resistido los efectos de mi maldición. Nadie… salvo mi padre, mis tíos y Liv. Por eso reaccioné así cuando vi que tú… no te afectaste. ?Sabes por qué?

  Cáliban se quedó en silencio, procesando. Ahora que lo pensaba, ninguna maldición parecía afectarle del todo. Quizá se debía a su férrea voluntad, o tal vez al cristal alojado en su alma, o al grimorio que dormía bajo su sangre. Había resistido hechizos mentales más complejos que aquel… y aun sin esas protecciones, tal vez su mente estaba más allá del alcance de tales encantos.

  —?Y sabes por qué no les afecta a tu padre, a tus tíos o a tu guardiana? —preguntó, curioso.

  —Según la adivina de nuestra corte, la maldición no surte efecto en personas con una voluntad excepcionalmente fuerte… o con cero interés sexual.

  ?Mierda… eso podría significar cualquier cosa.? —pensó Cáliban, frustrado por la falta de respuestas claras.

  —Bueno, eso aclara algo… pero aún no entiendo cómo terminaste cayendo del techo.

  —?Ah! Eso… bueno, no fue totalmente mi culpa. —rió, algo avergonzada —La máscara es muy liviana por los encantamientos, a veces me la quito porque me molesta. Ese día lo hice… y justo en ese momento, el viento sopló fuerte. Traté de atraparla, tropecé, el techo cedió… y ya sabes lo demás.

  Cáliban no pudo evitar llevarse una mano al rostro. La escena tenía sentido… y a la vez, era tan absurda como todo lo que rodeaba a Astrid.

  Entonces ella, como tanteando algo, se levantó ligeramente la máscara, dejando entrever un fragmento de su rostro. La luz de la biblioteca se reflejó con suavidad en su piel. Sus ojos lo observaron, expectantes.

  —?Qué haces? —preguntó Cáliban, con el ce?o fruncido.

  Astrid sonrió con cierta picardía, como si estuviera probando un límite.

  —?Nada! Solo corroboro, je, je… —dijo Astrid, mostrando una sonrisa aparentemente inocente.

  ?La adivina tenía razón… puede que aquí encuentre mi destino…? —pensó mientras se llevaba la mano al pecho, donde latía una esperanza tímida.

  Pero los problemas no habían hecho más que empezar.

  En las profundidades de una antigua cripta, perdida entre raíces y piedra milenaria, una figura de largos cuernos grises y una capucha raída observaba con atención una cápsula de cristal gigante. Dentro, varios cuerpos de estudiantes flotaban sumergidos en una sustancia verdosa. Estaban conectados a tubos que serpenteaban como víboras y, a pesar de estar vivos, sus cuerpos presentaban signos evidentes de desnutrición extrema. Como la piel pegada al hueso junto a sus vidas apagándose.

  —?Maldita sea! ??Por qué no funciona?! —rugió el hombre, golpeando su escritorio con violencia.

  Desde la entrada de su laboratorio, una figura encapuchada se adelantó entre las sombras. Su voz era femenina, respetuosa pero tensa.

  —Mi se?or…

  —?Qué sucede ahora? —respondió él con tono áspero, sin molestarse en girar.

  —Hemos recibido un informe. Una de las semillas está con uno de los posibles recipientes. Están fuera del rango de vigilancia de Lord Hilloy.

  El hombre alzó la mirada, sus ojos se encendieron con suspicacia.

  —?Están seguros de que no es una trampa suya?

  —Sí. Según nuestros vigías, llevan una semana juntos. Al parecer, no hay intervención externa. ?Deberíamos alertar a la sacerdotisa?

  El silencio se estiró por unos segundos. Luego, una sonrisa torcida se dibujó en su rostro.

  —No… No, claro que no debemos alertar a la sacerdotisa. Esto es… una excelente oportunidad.

  Se irguió con determinación, como si una pieza clave acabara de caer en su sitio.

  —?Avisa a los demás! ?Quiero una escuadra movilizada de inmediato! Captúrenlos. Y esta vez… ni un solo error.

  —Por supuesto, mi se?or. —respondió la encapuchada, inclinando la cabeza con sumisión.

  Una vez sola, la figura masculina se acercó a otra cápsula, mucho más grande que las anteriores. Dentro, flotaba el cuerpo de una ni?a. Su piel era pálida, casi translúcida, y dos peque?os cuernos adornaban su frente. Dormía con un aire inquietante de paz.

  El hombre posó su mano sobre el cristal con una ternura desconcertante, contrastando con su ira anterior.

  —No te preocupes, mi peque?a… pronto caminarás entre nosotros de nuevo. —susurró.

  Afuera del laboratorio, la encapuchada reunía a los miembros de su escuadra. Su semblante era sombrío, y aunque obedecía órdenes, su descontento con la situación era evidente.

  Uno de los miembros del grupo, un joven nervioso, se atrevió a hablar en voz baja:

  —Líder… ?No cree que deberíamos informar a la sacerdotisa? Digo… podríamos-

  El resto nunca escuchó el final.

  En un abrir y cerrar de ojos, la cabeza del joven rodó por el suelo, dejando tras de sí un cuerpo desplomado, sin vida, como un mu?eco roto.

  El silencio fue absoluto. Los demás soldados se quedaron congelados. El aire se volvió denso. La líder limpiaba su hoja aún goteando sin perder la compostura.

  Sus ojos, brillando entre la penumbra de la capucha, se alzaron hacia el resto.

  —?Alguna otra objeción?

  Nadie se atrevió a responder. Nadie siquiera respiró de más.

  —No toleraré ninguna falta contra el Artífice… sin importar quién sea. Quien dude, morirá. —Su voz era fría como el acero inquebrantable —Ahora, comenzaremos con el plan de captura. Yo me moveré primero. Los demás sigan según lo previsto. Iniciamos en cuanto el vigía nos de la se?al. Tengan todo listo.

  La escuadra se dispersó en silencio, con el eco de la amenaza aún retumbando en sus pechos.

  Dos horas después, en las calles del distrito Zenobia, Cáliban y Astrid caminaban bajo un cielo opaco, como si el día se negara a brillar del todo. El aire olía a incienso y piedra húmeda por la lluvia que acaba de pasar.

  —Es una lástima que Reinhard no pudiera acompa?arnos. —comentó Astrid, mirando las vitrinas con fingido interés.

  —No hay nada que hacer.

  Mientras caminaban, Astrid notó que algo estaba fuera de lugar. Las calles, por lo general animadas por estudiantes y comerciantes, estaban vacías. No se oía ni un murmullo, ni un paso, ni un grito lejano. Ese silencio era antinatural e inquietante.

  Un escalofrío recorrió su espalda.

  —?Qué pasa? —preguntó Cáliban, notando cómo su cuerpo temblaba con suavidad.

  —?Nada! Es solo que… —miró a su alrededor, nerviosa —?Has escuchado los rumores?

  —Sí. Las desapariciones. —respondió en seco.

  Al cruzar una calzada adoquinada, Astrid, distraída por el entorno, chocó con una figura. Ambas cayeron al suelo, el impacto fue suave pero sorpresivo.

  —?Lo siento! ?No quería empujarte! —exclamó Astrid al instante.

  Entonces, al ver el cabello blanco, voluminoso como algodón, y las peque?as pezu?as negras que asomaban bajo la túnica, la reconoció al instante.

  —?Mithra! ?Qué haces aquí?

  La peque?a híbrida, que recogía con prisa los panecillos caídos de su bolsa, levantó la mirada con una expresión resignada.

  —Ah… el profesor me va a rega?ar otra vez…

  Astrid se inclinó con rapidez, ayudándole a recoger los panecillos que se desparramaron por el suelo.

  —?Lo siento mucho! No era mi intención. Te pagaré los da?os… ?Dónde los compraste?

  Mithra se puso en pie y sacudió el polvo de su túnica, dejando escapar un suspiro.

  —Bueno… los compré en una tienda cercana.

  Cáliban frunció el ce?o y dio un paso al frente.

  —?Tiendas de pan en Zenobia? No recordaba que hubiera ninguna.

  —Bueno… los estudiantes tienen que comer algo cerca, ?No? —respondió Mithra, encogiéndose de hombros.

  La mirada de Cáliban se estrechó. Había algo en la escena que no terminaba de encajar. El olor del pan era reciente, y sin embargo, el papel envoltorio tenía una etiqueta del distrito Hilloy, no de Zenobia. Y si bien Mithra era conocida por moverse entre distritos, su presencia allí, ese día, en ese momento exacto, lo inquietaba.

  Astrid, en cambio, no percibió la tensión inmediatamente. Seguía recogiendo las piezas restantes con torpeza.

  —Gracias otra vez… y perdón, de verdad. —dijo, devolviendo el último panecillo a la bolsa de Mithra.

  Mithra asintió con una sonrisa tímida… pero sus ojos evitaron los de Cáliban. él los siguió, fríos, como si tratara de leer algo que aún no se revelaba.

  ?Demasiado coincidencia…?

  —?Está bien! ?Qué tal si nos llevas a la tienda?, yo pagaré por todo. Además, estoy segura de que al líder también le gustaría un poco de pan recién horneado, ?Verdad?

  Cáliban soltó un leve suspiro, resignado, pero asintió con discreción ante la insistencia de Astrid.

  —Entonces está decidido. ?Vamos, Mithra!

  Los tres comenzaron a avanzar hacia la avenida, atravesando callejones de piedra resquebrajada. Mientras caminaban, Astrid y Mithra charlaban con ligereza, intercambiando comentarios sobre la academia, las materias más difíciles, los rumores ridículos que corrían entre pasillos. Parecían, por un instante, solo tres estudiantes en una salida trivial.

  —Es aquí. —dijo Mithra, se?alando con un dedo delgado una abertura entre dos edificios.

  Cáliban se detuvo en seco.

  El callejón frente a él no era cualquier lugar. Lo reconoció al instante, era el mismo en el que, semanas atrás, se reportaron varias desapariciones. El que había investigado junto a Reinhard. Un nudo le tensó la espalda. Su mirada se clavó en Mithra, ahora más aguda y más peligrosa.

  ?Así que eras tú…?

  Disimuló su tensión y alzó los brazos, cambiando su actitud por completo.

  —?Y para qué deberíamos ir? Recuerda que tenemos otras cosas que hacer, Astrid… esto me da una pereza enorme. —dijo, con una voz cargada de apatía fingida.

  Astrid lo miró, confundida.

  —?Cáliban? ?Qué te pasa?

  —Ah, pero mi pan… —intervino Mithra, con un tono ligeramente triste —El profesor me va a rega?ar si no llevo nada…

  Cáliban se acercó lentamente a ella. Le levantó el mentón con dos dedos, obligándola a mirarlo a los ojos.

  —Ya sé… si me prometes una cita, iré contigo. ?Qué me dices?

  Astrid se quedó sin aliento. Sus ojos se agrandaron al presenciar la escena.

  ???El líder está… coqueteando?!?

  Pero fue Mithra quien reaccionó con más intensidad. Sus ojos se cruzaron con los de Cáliban, y de inmediato se encendieron con un brillo violeta profundo, bastante embriagador.

  —Por supuesto, bebé… seré toda tuya si me acompa?as. —susurró, con una sonrisa retorcida.

  En ese instante, algo cambió en Cáliban.

  Su expresión se relajó de forma extra?a, sus párpados se volvieron pesados, su postura se volvió torpe. Comenzó a tambalearse, como si cada fibra de su voluntad estuviera siendo arrastrada por una fuerza invisible.

  Mithra lo miraba con satisfacción.

  Pertenecía a una especie rara, una de las pocas en el continente capaces de liberar feromonas encantadoras. En su caso, afrodisíacas. Un arma biológica natural contra cualquier varón con una mente débil o distraída.

  Mithra aprovechó.

  Con una fuerza inesperada, alzó la mano y le propinó una bofetada brutal, el sonido seco del golpe resonó por todo el callejón. Cáliban cayó de lado, desmayándose en el acto.

  —?Puaj! Solo el Se?or tiene derecho a tocarme… escoria inmunda. —respondió con una mirada de desprecio que helaba la sangre.

  Astrid dio un paso atrás, paralizada por la repentina agresión y trató de despertar a Cáliban.

  —?Cáliban, oye! ?Qué le hiciste? —gritó Astrid, mirando con desesperación su cuerpo derrumbado.

  —Nada que debas saber… —respondió Mithra con una sonrisa torcida —?Atrápenlos!

  El callejón se cerró a su alrededor. Sombras descendieron desde los tejados, figuras encapuchadas que rodearon el área sin dejar una sola salida. En segundos, Cáliban y Astrid fueron acorralados.

  —?Llévenselos a las catacumbas! —ordenó Mithra, alzando la voz por encima del murmullo.

  —?No! ?Déjenlo en paz! —gritó Astrid, tratando de correr hacia Cáliban.

  Un golpe seco impactó contra su sien. Todo se volvió negro. Antes de que la conciencia la abandonara por completo, alcanzó a ver tentáculos rojizos saliendo de la pared, enroscándose alrededor del cuerpo inconsciente de Cáliban y elevándolo como un mu?eco.

  Horas más tarde, un dolor pulsante en la cabeza le advirtió que seguía viva. Astrid abrió los ojos con lentitud. Estaba en una sala húmeda, las paredes de piedra estaban cubiertas de musgo, el ambiente era impregnado de encierro y podredumbre. Estaba atada de pies y manos, con una mordaza en la boca. Intentó forcejear, pero las sogas no cedían.

  —Si fuera tú, no malgastaría energías. —dijo una voz familiar desde la penumbra.

  Mithra apareció vestida con la túnica oscura de los partidarios. Su expresión ya no era infantil ni nerviosa. Era la de alguien que sabía exactamente lo que hacía.

  —Esa cuerda está encantada con antimagia. No importa cuánto te esfuerces, no se romperá ni con fuerza, ni con hechizos.

  Astrid no dejó de resistirse, aunque cada intento era inútil. Finalmente, los arrastraron como sacos hasta una celda húmeda y oscura. Al llegar, fueron lanzados dentro con brutalidad. Las puertas de hierro se cerraron con un chirrido oxidado.

  Mithra se dirigió a tres encapuchados de su grupo.

  —Ustedes vigílenlos. Voy a informar al Artífice. No quiero errores esta vez.

  —?Sí, se?ora! —respondieron al unísono, firmes.

  Apenas Mithra se retiró, la disciplina se evaporó. Los tres guardias comenzaron a murmurar entre sí. Astrid, aún atada, se arrastró como pudo hacia un rincón, su respiración era agitada. Las sogas seguían intactas.

  —Oye… ?Tú crees que es cierto? —susurró uno de los vigilantes, mirando hacia la celda con ojos curiosos.

  —?El qué?

  —Dicen que la princesa de Orión es tan hermosa que nobles y príncipes se pelean por casarse con ella…

  El tercero soltó una risa seca mientras se dirigía hacia la salida.

  —Hablen lo que quieran, yo voy al ba?o. Estar aquí es un aburrimiento.

  Su figura se desvaneció entre las sombras del pasillo. Los otros dos se quedaron de pie frente a la celda, en silencio durante un instante. Astrid contuvo el aliento.

  —Y… ?Si lo comprobamos? —preguntó el más bajo, en voz baja pero con una intención clara.

  El otro lo miró, titubeante, luego asintió lentamente.

  —Bueno, la líder dijo que tenía que estar viva… así que no creo que se enoje si la tocamos un poco.

  Astrid comenzó a temblar. Sus ojos buscaron desesperadamente alguna salida, alguna grieta, algún milagro. Pero todo lo que había… era oscuridad.

  Los guardias abrieron la puerta de la celda, entrando lentamente, sus pasos resonaban en el suelo de piedra con un eco viscoso. Se acomodaban la entrepierna con lujuria apenas contenida, sus risas eran susurros repugnantes.

  —Nunca he besado a una princesa… —murmuró uno, relamiéndose los labios.

  —Yo tampoco. Me pregunto qué tan redondo será su trasero… —dijo el otro, acercándose con una sonrisa torcida —Y su cabello… puedo olerlo desde aquí.

  Inclinó el rostro y olfateó la cabellera de Astrid, la cual se estremeció con asco. Sus ojos, llenos de rabia, se clavaron en él como cuchillas.

  —Huele bien… muy bien…

  —Bueno, ?Quién va primero?

  —Déjame a mí. Prometo tratarla bien… —dijo el primero, mientras se arrodillaba a su lado.

  Sus manos se acercaron a su rostro.

  Astrid apretó los dientes. Quería gritar, quería romperles la cara, quería que murieran. Entonces, un destello veloz cruzó el aire. Apenas perceptible. Un hilo plateado, como el susurro de una hoja al viento.

  Y luego… silencio.

  Las cabezas de ambos guardias cayeron al suelo con un golpe sordo, rodando como canicas.

  Astrid alzó la mirada, jadeando, aún inmóvil.

  En la oscuridad más allá de la celda, dos ojos carmesíes la observaban. Brillaban como brasas en una noche sin luna. Pero no sintió miedo. Ya había visto esos ojos antes.

  Cuando el tercer guardia regresó del ba?o, se detuvo al ver los cuerpos sin vida de sus compa?eros. El terror se dibujó en su rostro. Dio media vuelta para correr… pero fue demasiado tarde.

  Dos brazos emergieron de su espalda. Le torcieron el cuello con una precisión cruel, y cayó sin un solo sonido al suelo. Cáliban estaba allí.

  —Tranquila. —dijo en voz baja —Ya estás a salvo.

  Aún rodeado de energía carmesí, se acercó a ella. Extendió la mano y con un leve gesto, las sogas encantadas que la ataban se deshicieron en el aire, como si nunca hubieran existido.

  Astrid lo miró sin comprender.

  Entonces, lo primero que hizo fue levantar la mano… y abofetearlo con toda la fuerza que le quedaba. El golpe resonó con fuerza en la celda.

  —?Por qué? —preguntó él, sin defenderse, pero sorprendido.

  —Me usaste de cebo…

  —Oh… mis disculpas.

  Cáliban le ofreció la mano para ayudarla a levantarse. Astrid la tomó con fuerza, sin dejar de mirarlo a los ojos. La amenaza aún no había pasado, pues seguían dentro del corazón de la base enemiga. Antes de salir de la celda, Cáliban le se?aló una espada, abandonada por uno de los guardias.

  —Toma eso. Te hará falta.

  Astrid recogió el arma con rapidez.

  —Pensé que el embrujo de Mithra te había afectado. —dijo, mientras evaluaba el filo de la hoja.

  —No fue un embrujo. —replicó Cáliban, mientras su mirada volvía a te?irse de rojo —Y no. Eso no me afectaría. Solo buscaba la oportunidad perfecta para encontrarlos.

  —?Encontrarlos? ?A quiénes? ?Los conoces? ?Quiénes son estas personas?

  Cáliban caminó hacia la puerta, su sombra se proyectó contra las paredes como una criatura viva.

  —Después te explico. Pero te aseguro algo… esto no termina aquí.

  —Cáliban… —dijo ella, aún temblorosa —?Quién eres tú?

  él no respondió. Ignoro la pregunta de Astrid y llamó al vacío.

  —Ocelotl, deshazte de los cuerpos…

  ?Si, maestro.?

  Caminó en silencio, seguido por la amalgama oscura de Ocelotl que devoraba los restos de los enemigos caídos para evitar dejar pistas.

  Mientras caminaban en la oscuridad, Astrid trataba encarecidamente de obtener respuestas. Sin embargo, cuando sintió varias presencias provenientes de enfrente, Cáliban colocó suavemente un dedo sobre los labios de Astrid.

  —Shh… observa…

  Se?aló hacia un grupo de partidarios que hacían guardia en la salida de la prisión. Sus siluetas estaban tensas, vigilantes, sin saber que ya eran presa.

  —?Puedes pelear? —preguntó él, sin apartar la mirada del enemigo.

  —Ahora sí… —respondió Astrid mientras se sacudía el polvo de la ropa y afirmaba la espada en su mano.

  —Bien. Sígueme.

  Ambos se deslizaron entre las sombras, serpenteando como espectros por los pasillos. Esperaron en completo silencio, conteniendo la respiración. Entonces, a la se?al de Cáliban, atacaron al unísono.

  Fue rápido.

  Astrid se abalanzó sobre uno de los guardias, le cubrió la boca con fuerza y con un corte limpio le abrió el cuello. La sangre salpicó la piedra, empapando el suelo bajo sus pies. Ninguno de los enemigos tuvo oportunidad de reaccionar, siendo cortados por la espada de Cáliban con velocidad y precisión.

  Con el área despejada, lo que vieron al avanzar los dejó momentáneamente sin palabras.

  Frente a ellos se desplegaba un paisaje subterráneo olvidado por el tiempo. Ruinas de una civilización extinta, casas derruidas, torres inclinadas, muros decorados con runas de origen desconocido. Todo estaba cubierto por una oscuridad antigua, y sin embargo, algo en esas piedras parecía latir con energía residual.

  —Hmm… —murmuró Cáliban, observando los grabados —Supongo que algo más vivió aquí hace milenios. No debería sorprenderme… teniendo en cuenta el castillo flotante del distrito Delion…

  Astrid se acercó sin decir nada. De repente, tomó su mano sin una pizca de vergüenza. Cáliban sintió su calor inmediato, su palma se entrelazaba con la suya.

  —?Pasa algo? —preguntó él, desconcertado por el gesto inesperado.

  —Es solo que… está muy oscuro. No sé cómo puedes ver aquí. Pensé que si íbamos tomados de la mano… no me perdería.

  —Ah… cierto.

  Lo había olvidado. Gracias a su Mirada Celestial, su vista atravesaba las tinieblas sin esfuerzo. No necesitaba antorchas ni luz mágica.

  Entonces, cuando miró el rostro de Astrid, notó algo que no había visto antes. Peque?os destellos dorados titilaban en sus pupilas, como diminutas estrellas encendidas y apagadas en un ritmo lento y sereno.

  No era el momento de preguntar, pero decidió recordarlo.

  —Bien… sigamos así por ahora. —dijo, estrechando suavemente su mano para darle seguridad.

  Caminaron en silencio. Cáliban avanzaba sin perder el foco, pero sentía el ligero temblor en los dedos de Astrid. Aun así, ella no lo soltó.

  Mientras tanto, en las afueras del cementerio donde se encontraban las criptas, Reinhard y Joseph examinaban un edificio viejo y corroído por el tiempo. Una antigua capilla, medio enterrada en la piedra del distrito Zenobia.

  —?Por qué una escuela necesitaría un cementerio? —murmuró Joseph, cruzado de brazos.

  —Con la cantidad de estudiantes que mueren cada a?o, me sorprendería que no hubiera uno en cada distrito… —replicó Reinhard con tono seco.

  —Bueno, ?Qué hacemos? Recibimos la se?al de apoyo de Cáliban gracias a la Marca del Juramento. Su energía proviene de aquí, así que debe estar dentro. El problema es que… seguramente el culto activó defensas. Si entramos sin un plan, podríamos alertar a todos los guardias.

  Reinhard observó el edificio con atención. No había presencia visible de centinelas, ni magia activa. Pero algo no cuadraba. El silencio era demasiado perfecto. Como si todo fuera parte de una ilusión.

  Estaban en una encrucijada. Joseph, sin embargo, entrecerró los ojos y chasqueó los dedos.

  —Oye… se me acaba de ocurrir algo.

  —?Qué?

  —Es un viejo truco. Cáliban me lo ense?ó. Permite atravesar estructuras, como si fuera una sombra. Lo he practicado. Solo puedo usarlo una vez por semana, pero si lo hago ahora… podría funcionar bastante bien.

  Reinhard lo miró, intrigado.

  —?Y qué necesitas para activarlo?

  Joseph sonrió, sacando un peque?o cristal de maná del bolsillo interior de su chaqueta.

  —Solo confianza y correr muy rápido.

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