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Capítulo 62: Demostración feroz

  —?Bueno? —jadeó Astrid, con la respiración entrecortada —?Qué te parece?

  Había puesto todo en esa demostración. Lo mejor de sí. Había usado casi la mitad de la técnica reservada para las élites de las Valkirias, una danza marcial que muchas mujeres matarían por aprender. Era, sin lugar a dudas, un movimiento que estaba prohibido mostrar a otros. Pero Astrid no pertenecía oficialmente a dicha tropa, así que… las reglas no se le aplicaban, ?Verdad?

  Sin embargo, la respuesta que recibió no fue la que esperaba. Cáliban la observaba en silencio. Su rostro era de piedra, inmóvil. Ni Reinhard, ni Joseph, ni siquiera Dimerian dijeron palabra alguna. El silencio pesaba más que cualquier juicio verbal.

  —?Eso es todo? —preguntó Cáliban, finalmente.

  Su tono era seco y sin emoción.

  —?A qué te refieres? —respondió ella, aún jadeando —He mostrado mi mejor técnica…

  —Bueno. —dijo él, encogiéndose de hombros —En todo caso, eso no era lo que quería que me mostraras.

  Astrid se quedó sin palabras.

  ??Qué demonios significa eso?? —pensó, sintiendo cómo la sangre le subía al rostro.

  —Entonces… ?Qué querías que te mostrará?

  Cáliban negó con la cabeza, como si ya hubiera tomado una decisión.

  —No… creo que esto no va a funcionar. —Se giró hacia el resto del grupo. —?Dimerian! —llamó —Sube. Harás un sparring con Astrid. Será más útil.

  Dimerian alzó la cabeza, sorprendido.

  —?Estás seguro? Tal vez sería mejor que entrará Joseph o Reinhard…

  —No me hagas repetirlo.

  —Ya voy… —suspiró con resignación.

  Subió al centro del área de entrenamiento. Una vez frente a Astrid, ambos se miraron. Ella portaba un aire confiado, él, simplemente estaba inmóvil, aunque con un aire nervioso que no abandonaba su ser. Alzó su gran espada de madera, colocándose en posición defensiva. Sus pies se mantuvieron firmes.

  Astrid esbozó una sonrisa. Para ella, esto ya estaba decidido.

  Lo conocía. Lo había visto en acción… o mejor dicho, en su inacción. En su primera salida a la mazmorra, él apenas se atrevía a enfrentar a las criaturas. En la primera noche de caza, ni siquiera participó. Solo corría, esquivaba y evitaba meterse en líos. Para Astrid, Dimerian solo era un cobarde.

  Esto sería fácil.

  —No te preocupes. —dijo con arrogancia —Iré despacio.

  Dimerian no respondió. No apartó la mirada, no hizo ningún gesto de burla. Solo observó. Concentrado y silencioso.

  —Bien… —dijo Astrid —?Aquí voy!

  Y se lanzó hacia él. Astrid cargó con fuerza, lanzando una estocada precisa al torso de Dimerian, confiada en que rompería su defensa con facilidad.

  Pero se equivocó.

  Dimerian no solo resistió, contraatacó. En lugar de retroceder, dio un paso al frente, desvió su hoja y tomó la iniciativa. Astrid, desconcertada, tuvo que retroceder rápidamente, cambiando su ofensiva por evasión.

  Giró sobre sus talones, intentando tomarle la espalda. Pero Dimerian ya estaba en movimiento. Sujetó su gran espada con ambas manos y la alzó, descargándola con violencia hacia el suelo.

  El impacto levantó una nube de polvo. Astrid apenas logró esquivar el ataque, sintiendo cómo la hoja le rozaba la mejilla y dejaba un fino corte sangrante.

  Desde la línea de observación, Cáliban suspiró.

  —Astrid. —dijo con tono grave —Si subestimas a tu oponente, solo encontrarás la muerte.

  Ella se giró hacia él, aún aturdida.

  —Entrené personalmente a Dimerian durante las vacaciones. —continuó —No sé qué fue lo que viste en él antes, pero no cometas el error de pensar que sigue siendo el mismo. Pelea en serio… o te arrepentirás.

  Las palabras del líder le calaron hondo. Trago saliva, nerviosa. La mirada de Dimerian lo confirmaba todo. Sus ojos estaban fijos. No parpadeaba, no temblaba. Astrid empezó a preguntarse:

  ??Entrenamiento personal…? ?Qué clase de entrenamiento pasa alguien para cambiar así en tan poco tiempo??

  La respuesta era simple. Dimerian no fue entrenado. Fue lanzado a sobrevivir.

  Durante las vacaciones, Cáliban lo arrojó a lo más profundo del bosque en la mazmorra, rodeado de bestias salvajes. No enfrentó enemigos… enfrentó la muerte real y aprendió. Aprendió a pelear con instinto, a no apartar la vista del enemigo, a mantener la guardia siempre activa… y sobre todo, a proteger su espalda.

  Aquella lección quedó grabada a fuego en su ser. Ahora, aunque no era perfecto, tenía lo necesario para encargarse de Astrid.

  —?Bien! —gritó ella, forzando una sonrisa —?Me gustan los retos!

  Volvió a la carga, pero esta vez con cautela. Estudió el rango de Dimerian. A mitad del camino de un ataque de la gran espada, se detuvo justo fuera de su alcance, el arma de Dimerian se clavó en el suelo. Girando con agilidad, Astrid lanzó un tajo lateral que apuntaba al brazo del muchacho.

  —?Toma esto!

  Pero Dimerian no se quedó quieto. Con la espada aún clavada en el suelo por el tajo anterior, golpeó el pomo con una fuerza repentina, desatascando la espada. En menos de un segundo, alzó la hoja en un solo impulso vertical que desestabilizó a Astrid.

  Ella perdió el equilibrio por un instante, el cual aprovechó para atacar nuevamente. Con un movimiento limpio, dirigió un tajo diagonal hacia su rostro.

  —?Suficiente! —la voz de Cáliban retumbó con autoridad.

  Dimerian detuvo la hoja a menos de pocos centímetros de la máscara de Astrid. Un silencio tenso llenó la sala.

  —Ya es suficiente. —dijo el líder, sin cambiar el tono —Pueden bajar.

  —??Qué?! —replicó Astrid, aún agitada —Pero aún no he mostrado todo lo que puedo…

  —Dije que es suficiente. Subestimaste a tu oponente, y eso te costó caro. Ya tengo lo que necesitaba ver. Puedo forjar un arma adecuada para ti.

  Astrid apretó los dientes, conteniendo la frustración.

  —Así que baja. —ordenó con calma, pero sin espacio para réplica.

  Astrid obedeció a rega?adientes. El enojo le ardía bajo la piel.

  Su plan había fracasado por completo. No solo no logró impresionar a Cáliban… sino que terminó siendo humillada. Había expuesto una técnica secreta de su formación y, peor aún, revelado una vulnerabilidad que creía enterrada.

  Se acercó a su líder con paso contenido, cuidando sus palabras.

  —Líder… ?Podría mantener en secreto mi técnica? Sé que puede ser tentador intentar aprenderla, pero…

  —Tranquila. —la interrumpió sin mirarla —No me interesa una técnica incompleta.

  La frase la dejó helada. Cualquier réplica se deshizo en su garganta. Sin dejar que su orgullo la traicionara otra vez, simplemente permaneció a su lado, en silencio, observando.

  —Reinhard, Joseph. Al frente, es su turno.

  Ambos respondieron con rapidez, colocándose en posición de combate. Reinhard giraba su lanza entre los dedos, mientras Joseph ajustaba sus grilletes. Reinhard miraba esos grilletes con cierto recelo. Sabía que le pesaban. Que limitaban sus movimientos. Pero también sabía cuánto había mejorado Joseph durante las vacaciones.

  ?Le pediré al líder que me forje unos similares.? —pensó Reinhard con decisión.

  —?Comiencen! —ordenó Cáliban.

  El choque fue inmediato.

  Ambos descargaron toda su fuerza desde el primer segundo. Reinhard atacaba con precisión, buscando los puntos débiles. Su estilo era directo, ofensivo, como si realmente intentara matar. Y Joseph… respondía con la misma intensidad.

  Era un duelo sin contención.

  Aunque el peso de los grilletes ralentizaba a Joseph, no retrocedía. Cada movimiento era una declaración de fuerza. Su voluntad cortaba el aire.

  Astrid observaba, incrédula. No parecía un simple entrenamiento. Parecía una batalla entre enemigos mortales. Ambos luchaban sin margen, sin permitir al otro ni siquiera rozar su defensa.

  —?Vaya! —exclamó Joseph entre jadeos —Pensé que habías pasado las vacaciones durmiendo…

  —?No te preocupes! —gritó Reinhard con una sonrisa feroz —?Haré que te tragues esas palabras!

  Entonces, Reinhard utilizó su cola como un resorte. Se impulsó con un salto tan potente que alcanzó el techo de la caverna. Desde lo alto, agarró la lanza de su bastón y concentró toda su energía en el brazo dominante.

  Joseph lo siguió con la mirada, tensando la postura. La lanza fue lanzada con violencia. Joseph sabía que no podría bloquearla.

  Rodó hacia un lado, evitando el impacto. El filo se clavó en el suelo con un estruendo. Joseph, con una sonrisa triunfal, colocó el pie sobre el asta de la lanza.

  —?Ja! ?Y ahora qué? ?Cómo vas a llamar tu arma?

  Reinhard aterrizó suavemente, sonriendo con unos dientes afilados.

  —?Llamar?

  En un parpadeo… desapareció y apareció justo frente a Joseph. Este no tuvo tiempo de reaccionar.

  Una potente patada en el abdomen lo levantó del suelo y lo lanzó contra una de las paredes. El impacto resonó con fuerza. Joseph cayó al suelo, pero se reincorporó de inmediato, frotándose el abdomen con una risa ahogada.

  —?Maldito…! —tosió —Eso fue más rápido de lo que esperaba…

  Cáliban cruzó los brazos, observando sin intervenir. Astrid seguía sin poder creer lo que veía.

  ???Teletransportación?!? —pensó Astrid, con los ojos temblorosos al ver el movimiento imposible de Reinhard.

  Era una habilidad innata.

  En el continente, así se denominan los dones únicos con los que algunos individuos nacen. Técnicas imposibles de aprender, imposibles de copiar. Poderes grabados en la esencia del cuerpo. Solo su portador podía usarlos.

  —?Agh! Eso dolió más de lo que esperaba. —se quejó Joseph desde el suelo, reincorporándose con esfuerzo.

  —?Qué pasa? —gru?ó Reinhard —?Aún no hemos terminado!

  Con un rugido de emoción, Reinhard arremetió con una estocada brutal, directa al corazón de su compa?ero. Astrid se tensó al ver la trayectoria del arma.

  ???Planea matarlo?!? —pensó horrorizada, sintiendo el sudor frío recorrerle la espalda.

  Pero algo estaba mal. La lanza impactó, la punta atravesó el pecho de Joseph… y no hubo sangre. Reinhard se congeló. Su arma estaba… dentro de Joseph. Pero era como si atravesara aire. Como si el cuerpo del joven se hubiera vuelto intangible.

  En ese momento, Joseph sonrió con descaro.

  —?Vamos, lagartija! ?Estamos lejos de terminar!

  Con un giro de cadera, lanzó un poderoso golpe directo al rostro de Reinhard, haciéndolo retroceder varios pasos. El impacto resonó con fuerza en la sala.

  Desde su posición, Cáliban observaba con los ojos entrecerrados.

  ?Ese hechizo…? —pensó, reconociéndolo al instante ?Es el mismo que usamos para atravesar el muro de la academia… ?Cuándo demonios aprendió a usarlo de esa manera??

  Reinhard se limpió la sangre del labio con el dorso de la mano. Lejos de estar molesto, sonrió.

  —Veo que así es…

  Pero no todos compartían esa emoción. Cáliban entrecerró los ojos, algo no le cuadraba.

  —Hmm… no. —susurró para sí —Esto está mal.

  Astrid alcanzó a escucharlo.

  ??Finalmente va a detenerlos?? —pensó con alivio.

  Pero estaba muy equivocada.

  —?Ustedes dos! —rugió Cáliban con voz potente —?No se contengan! ?úsenlas!

  La palabra resonó en la sala. “úsenlas”. Joseph y Reinhard se detuvieron. Se miraron el uno al otro. No hizo falta explicar nada, ambos sabían a qué se refería.

  Astrid, en cambio, estaba completamente perdida.

  —?A qué se refiere? —le susurró a Dimerian, que miraba sin parpadear.

  —Creo… que quiere que usen sus mejores técnicas.

  —??Qué?! —gritó Astrid, pero ya no obtuvo respuesta.

  Ambos combatientes se mantenían erguidos, respirando con dificultad, observándose mutuamente con intensidad. Un silencio tenso llenaba el ambiente. El aire… vibraba.

  ?Es obvio que no querrán pelear de verdad…? —pensó Astrid con escepticismo ?Reinhard es un príncipe. ?Qué clase de príncipe revelaría las técnicas secretas de su pueblo frente a un posible enemigo??

  Pero sus pensamientos se rompieron al escuchar la voz de Cáliban resonar con firmeza:

  —?Comiencen!

  Joseph y Reinhard adoptaron su postura de combate al instante. Sus miradas, cargadas de determinación, irradiaban un espíritu de lucha pura. La energía que liberaron hizo vibrar el aire a su alrededor. Reinhard empu?ó su lanza, la cual se cubrió con un aura azul intensa. Joseph, por su parte, concentró su Aura en ambas espadas, envolviéndolas con una energía roja tan pura que parecía resplandecer.

  Con un leve impulso, ambos se lanzaron al frente.

  El suelo tembló.

  Las armas chocaron con tal fuerza que una onda de choque sacudió el entorno, obligando a Astrid y Dimerian a retroceder unos pasos.

  —??Qué mierda es esto?! —exclamó Astrid, cubriéndose el rostro del vendaval de energía.

  Sus ojos trataban de seguir los movimientos, pero solo alcanzaba a ver destellos. Eran demasiado rápidos, demasiado precisos. Reinhard movía su lanza con una técnica tan fluida como devastadora, sus ataques eran relámpagos letales. Pero Joseph… Joseph no solo resistía, igualaba cada ataque. Con ambas espadas en una danza mortal, respondía sin perder terreno, como si se conocieran de toda la vida, como si hubieran nacido para combatir entre sí.

  ???Qué demonios estoy viendo?!? —pensó Astrid, atónita.

  Joseph sonrió con arrogancia.

  —?Soporta esto!

  Deslizó su pie hacia el frente, girando su cuerpo con potencia. Tomó con firmeza ambas empu?aduras y comenzó a girar como un torbellino cortante. Una lluvia de cuchillas se precipitó sobre Reinhard.

  El príncipe respondió clavando su lanza en el suelo, resistiendo la ráfaga como una roca frente al mar. El aire vibraba con cada colisión de acero y aura.

  —?Mi turno!

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  Sin perder el ritmo, Reinhard jaló su lanza de la tierra, lanzando una poderosa estocada frontal. Joseph la bloqueó sin mucho esfuerzo.

  —??Eso es todo?! —provocó.

  Pero Reinhard sonrió. La lanza comenzó a moverse. Rápido, muy rápido. Una estocada se convirtió en dos, dos en cuatro, cuatro en ocho. Y así, surgió una ráfaga de golpes que Joseph apenas podía contener. Varios lo alcanzaron, cortándole el brazo y el costado.

  Retrocedió, jadeando.

  La tensión subió al máximo. Ambos se quedaron quietos, respirando con dificultad. La sala estaba en silencio, expectante.

  —?Terminemos con esto, Joseph! —bramó Reinhard, con fuego en los ojos.

  —?Bien! —gritó Joseph, con una sonrisa feroz.

  Sus cuerpos se tensaron.

  Ambos concentraron toda su energía en sus brazos. Las venas se marcaron con fuerza, irradiando luz. El aura a su alrededor se intensificó, cubriéndolos como un fuego indomable.

  Reinhard alzó su lanza tan alto como pudo, el arma vibraba con la energía acumulada. Frente a él, Joseph bajó sus espadas hasta que las puntas rozaron el suelo, flexionando las rodillas en una posición baja y tensa.

  El silencio se hizo absoluto. Nadie se movía, nadie respiraba.

  Ambos se observaban como depredadores al acecho. El aire estaba cargado, como si el mundo mismo contuviera el aliento, esperando el impacto. Y entonces…

  Ploc.

  Una gota de sudor cayó de la frente de Dimerian y tocó el suelo. Ese fue el detonante. Ambos se lanzaron con todo.

  —?Mierda! —exclamó Astrid, instintivamente dando un paso atrás —Si esto sigue así, van a matarse…

  Giró hacia Cáliban, buscando una orden, algo que detuviera esta locura. Pero él… seguía tan sereno como antes, observando en silencio con los brazos cruzados.

  La energía en el centro de la arena se condensaba. Las ondas mágicas se repelían entre sí como dos mares enfrentados. Las armas se aproximaban, lentas, inevitables, arrastrando tras de sí una tensión que desgarraba el aire.

  Justo cuando las puntas estaban por encontrarse…

  —?Se acabó! —gritó Cáliban con voz cortante.

  En un solo instante, ambos detuvieron sus ataques. Las armas se congelaron a centímetros del impacto. Reinhard y Joseph jadeaban, exhaustos. Gotas de sudor escurrieron por el rostro de Joseph. Pero aun así sonreían, lo habían dado todo.

  —Ambos lo hicieron bien. —declaró Cáliban con tono firme —Ya tengo lo que necesitaba. Dejen las armas donde estaban y volvamos arriba.

  Sin una palabra más, los dos bajaron sus armas y se miraron. No con hostilidad… sino con respeto. Joseph rió entre dientes mientras caminaban hacia el elevador.

  —Rayos… supongo que es tu victoria. No creo que me hubiera levantado de ese último ataque.

  —?Bromeas? —respondió Reinhard, apoyando un brazo sobre su hombro —Ni siquiera logré que te quitaras los grilletes.

  Ambos rieron mientras caminaban. El aire ahora era más ligero. Al menos, para ellos. Astrid, en cambio, caminaba en silencio. Su orgullo seguía herido. Se acercó a Reinhard, con una sonrisa ensayada.

  —Vaya… impresionante, príncipe Tyrant. Maneja la técnica secreta de su pueblo con admirable facilidad.

  Reinhard torció su hocico escamoso con fastidio.

  —No me llames príncipe. —gru?ó sin agresividad —Solo llámame Reinhard.

  —Oh, no me malinterpretes. —continuó Astrid, sin perder la compostura —Luchaste valientemente. Estoy segura de que tu padre estaría orgulloso.

  Reinhard no respondió de inmediato. Miraba al frente, pero algo en su expresión se endureció la amargura.

  Astrid observó con atención. Durante la batalla, tanto él como Joseph habían mostrado técnicas de un nivel completamente distinto. Técnicas que ella nunca había visto… que apenas podía seguir con la vista. Y sin embargo, no dudaba. Estaba convencida de que, si hubiera mostrado todo lo que había aprendido de Liviana, los habría impresionado también.

  —?Técnica secreta? —repitió Reinhard, por fin —No… no lo es.

  Astrid lo miró, confundida.

  —?Eh? ?No es la técnica heredada de tu padre?

  él negó lentamente.

  —No. La técnica de mi padre está hecha solo para él. Es poderosa… pero no se siente bien en mis manos. Intenté aprenderla, pero… no me convenció. Así que decidí crear la mía.

  —?La creaste tú?

  Reinhard asintió.

  —Al final… me siento más fuerte siendo yo mismo, que intentando convertirme en él.

  Las palabras resonaron en Astrid más de lo que quiso admitir. No solo por su contenido, sino por lo que implicaban. Tal vez… mostrar algo incompleto, solo para impresionar, no era tan valiente como pensaba.

  Reinhard, en silencio, comenzó a recordar las palabras que su amigo le dijo el día que le entregó aquel libro, justo antes de separarse, cuando iniciaron las vacaciones.

  —“Lo que te estoy dando es una guía, no un reglamento. No lo sigas al pie de la letra. Ajústalo a lo que necesites, hazlo tuyo. Toma las libertades creativas que quieras. Fallar solo hará que tu técnica se fortalezca. Lo importante es que puedas desarrollarla a tu manera. Así, el único límite será tu capacidad… no la técnica en sí.”

  Reinhard cerró los ojos por un momento. Aquellas palabras no solo le ayudaron a construir su estilo, lo liberaron.

  —Sí. —susurró para sí mismo —Creo que así estoy mucho más cómodo.

  Astrid, aún frustrada, notó el silencio y decidió girar su atención hacia Joseph, buscando respuestas. Pero él simplemente desvió la mirada, sin intención de compartir nada.

  —Es realmente imp-

  —No tengo nada que decir, la verdad. —interrumpió Joseph, con un tono seco pero sin dureza.

  Astrid guardó silencio. La desmoralización comenzaba a asentarse en su pecho. Uno tras otro, todos le cerraban la puerta. Ni siquiera Dimerian quiso hablar. Aunque en su caso, era evidente que tampoco sabía demasiado. Para él, era suficiente pensar que habían desarrollado esas habilidades durante el brutal entrenamiento bajo la atenta mirada de Cáliban. Y quizá… tenía razón.

  De regreso en la forja, Bardrim seguía completamente absorto en la lectura del libro.

  —Ya veo… ya veo… así es como se… hmm… curioso… luego… ?Ah! interesante… —murmuraba entre balbuceos, con los ojos brillando.

  —?Bardrim! —llamó Cáliban con voz firme.

  —?Eh? ?Qué? ?Ah! ?Ya terminaron?

  —Sí. Necesito que prepares los materiales de esta lista. Estaré ocupado todo el día.

  Sacó una hoja y comenzó a escribir, línea tras línea, especificando cantidades exactas, tipos de minerales, tratamientos mágicos y núcleos de energía. Por fortuna, el Emporio Negro tenía todos los materiales necesarios en stock. Bardrim no perdió tiempo.

  Mientras tanto, Cáliban se quitó los guantes y se acercó al centro del taller.

  —Por cierto, quítense los grilletes. —ordenó —Voy a hacerles algunas modificaciones.

  Astrid alzó una ceja.

  Durante su combate con Dimerian, había notado los grilletes que él llevaba. Pensó que era un capricho… o peor aún, algún fetiche extra?o de Cáliban. Aquella idea solo reforzaba su imagen negativa del líder.

  Pero cuando Joseph y Dimerian se los quitaron para entregarlos a Cáliban, algo inesperado ocurrió.

  Dimerian dejó caer uno de los grilletes por accidente. El impacto fue inmediato.

  CRACK.

  El suelo de madera se quebró en el punto de caída. Una fractura nítida y profunda. El grillete ni siquiera rodó, se incrustó en el suelo como una roca de plomo.

  Todos en la sala guardaron silencio.

  Los ojos de Astrid se agrandaron. Bardrim bajó lentamente el libro. Incluso Cáliban se detuvo a mirar. El grillete seguía allí, hundido en el piso, como si pesara toneladas.

  —?Qué… qué demonios es eso? —preguntó Astrid, acercándose con cautela.

  —?Eso? —respondió Cáliban, tomando el objeto con esfuerzo aparente —Solo un peque?o entrenamiento de resistencia.

  —?Eso es peque?o? ?Podrías haberle roto el pie a alguien!

  —No lo hizo. —respondió Dimerian con una sonrisa —Me acostumbré a ellos.

  Astrid se quedó sin palabras.

  Bardrim, aún con el ce?o fruncido, observó con detenimiento el grillete en manos de Cáliban. Su superficie tenía marcas de reforzado arcano, y el interior parecía haber sido alterado mediante alquimia de peso.

  —?Qué tipo de material usaste para esto? —preguntó el maestro herrero con genuina curiosidad.

  —Una aleación especial. —respondió Cáliban, sin detenerse —Forjada con esencia de bismoria y polvo de núcleo fractal. Adaptada con un anillo de gravedad interna. Aumenta el peso según el avance físico del usuario.

  El maestro herrero se acercó, intrigado por el artefacto que había roto su más preciado suelo de roble encantado.

  —Ya veo… —murmuró, levantando uno de los grilletes con esfuerzo —Son pesas… lograste imbuir el mineral con partículas mágicas de densidad variable. ?Acaso intentabas fabricar pesas gravitatorias?

  Cáliban alzó una ceja.

  —?Son tan comunes?

  —Más de lo que crees. —respondió Bardrim —Muchos guerreros que entrenan para el cuerpo a cuerpo recurren a estos artefactos. La presión constante desarrolla la estructura muscular interna. Recibo pedidos casi todos los días de los monjes del monte Secundos. Les encanta torturarse.

  Se acarició la barba un momento, pensativo.

  —Bueno… ya que tengo las manos libres, forjaré algunas versiones nuevas para ustedes. Mientras tú forjas sus armas, yo trabajaré en las pesas.

  Cáliban asintió. No dijo más, activó la forja y volvió al trabajo.

  El proceso fue largo y meticuloso. Las horas se sucedieron una tras otra. El calor del metal fundido, el brillo de las runas activadas, los martillazos constantes… todo llenó la cámara. Bardrim también trabajaba en su propia mesa, con el mismo fervor.

  La noche cayó sin que nadie se diera cuenta. Faltaba poco para el toque de queda.

  Finalmente, Cáliban limpió el sudor de su frente, guardó el último conjunto de herramientas y se giró hacia el grupo.

  —Muy bien. Ya están listos.

  —?Listos? —preguntó Reinhard, acercándose con curiosidad.

  —Astrid, Reinhard. Vengan.

  Ambos se aproximaron con pasos contenidos. Sobre la mesa, las armas descansaban envueltas en finas sábanas. Cáliban comenzó con Reinhard.

  —Para ti, forjé esto.

  Retiró la tela con suavidad, revelando una lanza larga y estilizada. Su base era de titanio pulido, y el mango estaba recubierto con cuero negro. El filo brillaba con un leve tono grisáceo, más opaco que el cuerpo, pero más amenazante.

  —La base está hecha con titanio del más alto grado que el maestro Bardrim me permitió usar. Es fuerte, resistente, ideal para tu estilo ofensivo. El filo, en cambio, lo recubrí con hierro reforzado. Es más filoso que el titanio, aunque menos duradero, por lo que deberás afilarlo con cierta regularidad. Pero con tu nivel de precisión, no creo que se desgaste demasiado rápido.

  Reinhard sostuvo la lanza en sus manos, con reverencia.

  —Es más ligera que las anteriores… pero el filo tiene peso. Se siente viva. —dijo con los ojos brillando —?Gracias, líder!

  —úsala bien.

  Cáliban se volvió hacia Astrid.

  Ella se acercó con cautela. Su rostro era una máscara de cortesía, pero por dentro hervía. Aún dolida por su derrota ante Dimerian, su orgullo estaba lejos de recuperarse. Y aunque aceptaba el arma, lo hacía sin perder de vista su objetivo… descubrir a Cáliban, no volverse su aliada.

  —Debido a que solo me mostraste una técnica incompleta… —dijo Cáliban, sin expresión —decidí darte algo versátil y de uso cotidiano.

  Retiró la sábana.

  La espada revelada tenía un brillo celeste elegante. Su hoja era recta, ligera, con una curvatura sutil al final. La empu?adura tenía forma de gemas blancas que relucían bajo la luz de la noche.

  —La base es de titanio también. Ligera, flexible, lo suficiente para adaptarse a tus movimientos. Incrusté cristales de energía con afinidad blanca. No elegí un foco elemental específico, ya que aún no conozco los detalles de tu espíritu… y sospecho que tú tampoco.

  Astrid frunció levemente el ce?o.

  —Eso quiere decir que…

  —Significa… —la interrumpió con calma —que necesitarás compensar tu inestabilidad energética con técnica. Esta espada te permitirá desarrollar tus habilidades sin depender exclusivamente de tu flujo de energía. Es una herramienta. Cómo la uses… depende de ti.

  Astrid tomó el arma en silencio. Su peso era perfecto. Su equilibrio, impecable. Era… bella. Aún contemplaba la espada con asombro. No solo por su equilibrio perfecto o el brillo sutil de la hoja… sino por los detalles. Reposó sus dedos sobre la empu?adura y notó, tallada con delicadeza, una rosa esculpida con minucioso arte. Las líneas eran finas, casi vivas. Era imposible no ver el tiempo y el esfuerzo invertido en la pieza.

  Por primera vez en el día, las palabras le salieron con sinceridad.

  —Gracias, líder…

  Cáliban asintió con neutralidad, pero no tardó en a?adir:

  —También necesito un favor.

  Sacó una peque?a caja donde reposaban otras armas envueltas en pa?os individuales.

  —Quiero que entregues estas armas a Juliana, Elizabeth, Cecilia. Por ciertas circunstancias… no podré hacerlo yo mismo.

  Astrid recibió la caja con cuidado. Su mandíbula se tensó al instante. Sus cejas se fruncieron.

  —Líder… yo…

  Astrid se sentía algo reacia a convivir con Elizabeth. Caliba noto eso.

  —Teníamos un trato. Debes asegurarte de que lo reciban.

  —Pero… —intentó refutar.

  —Astrid… no juzgues a alguien tan fácilmente… entiendo que puede llegar a ser difícil. Solo date una oportunidad para conocer a las personas…

  —Entiendo… —respondió con solemnidad. Pero entonces recordó algo —Por cierto, líder… hay algo que me gustaría discutir contigo. En privado.

  Cáliban alzó una ceja, curioso.

  —?Es importante?

  —Bueno… no tanto.

  —Entonces, lo hablaremos ma?ana. Ya es tarde. Necesito descansar… y ustedes también. Ma?ana regresamos a clases.

  Astrid asintió. Guardó su espada con sumo cuidado, casi como si fuera un objeto sagrado. Tal vez… por primera vez, no sentía desconfianza. O tal vez solo era respeto.

  En ese momento, Bardrim reapareció desde el fondo del taller con una caja en brazos.

  —He terminado. —anunció con tono orgulloso —Espero que les gusten.

  Cáliban destapó la caja.

  En su interior, brazaletes de apariencia simple reposaban perfectamente alineados. Sin adornos, sin ostentación. Solo metal pulido con algunas runas ocultas en su reverso.

  Uno por uno, los miembros del grupo comenzaron a colocárselos.

  —Wow… se ajustan perfectamente. —comentó Dimerian, moviendo los brazos.

  —Sí, ya no parecen grilletes, y son más cómodos. —a?adió Joseph, girando las mu?ecas.

  —Pero no pesan tanto, maestro Bardrim. —dijo Reinhard con tono decepcionado, moviéndose sin esfuerzo.

  Cáliban ajustó los suyos con precisión. No respondió de inmediato. En su mente, analizaba las runas invertidas.

  ?Ya veo… son ajustables. Bastante inteligente. Servirán bien mientras consigo los materiales para forjar los definitivos…?

  Bardrim soltó una risita.

  —No te preocupes, muchacho… solo hace falta un poco de… magia.

  Alzó la mano y trazó un gesto en el aire. Una runa latente en cada brazalete brilló brevemente. Y entonces… ?PUM! Joseph, Dimerian y Reinhard cayeron al suelo como sacos de piedra.

  —?Agh! ??Qué fue eso?! —gritó Joseph desde el suelo, sin poder moverse.

  —?No puedo… levantar… los brazos! —se quejó Dimerian, jadeando.

  Reinhard solo soltó un quejido seco desde el suelo, completamente inmovilizado. Bardrim se cruzó de brazos, satisfecho.

  —Modo entrenamiento activado.

  Cáliban los miró desde arriba con expresión inalterable.

  —Parece que todavía les falta…

  El maestro herrero rió entre dientes.

  —Bah, son blandos. En mis tiempos, entrenábamos con pesas que venían con un hechizo explosivo si reducías la intensidad…

  Astrid alzó una ceja.

  —?Qué clase de entrenamiento es ese?

  —El que funciona. —respondió Cáliban.

  —Los brazaletes tienen un límite de peso de un cuarto de tonelada. —explicó Bardrim mientras ajustaba uno de ellos —Así que no podrán superar ese rango. Activando la runa interior, pueden modificar el peso como quieran, siempre que se mantenga dentro del límite.

  Luego giró la mirada hacia Astrid, que permanecía en silencio.

  —?También querrás algunos, se?orita?

  Astrid vaciló. Pero antes de que pudiera responder, Cáliban lo hizo por ella, sin mirarla siquiera:

  —No. Ella no entrenará con nosotros, así que no hay necesidad de que los use.

  Las palabras fueron directas. Y sin embargo, Astrid sintió cómo algo le pesaba en el pecho, como si le hubieran arrojado una piedra invisible.

  —?Es así? —repitió Bardrim con un encogimiento de hombros —Bueno… una lástima.

  Sin más, Cáliban cerró la caja, agradeció al herrero y despidió al grupo. El carruaje los aguardaba afuera, cubierto por la tenue luz de los faroles. El cansancio pesaba en todos. Incluso en él.

  El reflejo en la ventana del carruaje le devolvió su propia imagen. Pálida, cansada, con los ojos apagados. Había algo en su interior que no lograba calmar. Y lo peor era saber que no podía detenerse.

  Dormir era difícil. Siempre lo había sido para él.

  Por suerte, podía redirigir su energía interna para suplir las horas de descanso. Aunque sabía que a largo plazo aquello solo deterioraría su cuerpo.

  Pero… ?Qué alternativa tenía? Ninguna. Lo único que podía hacer era seguir. Empujar más allá. Romper los límites humanos, hasta dejar de depender de cosas tan frágiles como el sue?o.

  Al llegar a la mansión, se despidió brevemente.

  —Buenas noches a todos…

  Sus palabras se apagaron mientras cada uno tomaba rumbo a su habitación. Cáliban entró a la suya en silencio. Se tumbó sobre el colchón. Intentó acomodarse de lado. Luego boca arriba. Luego se sentó, se frotó los ojos y se volvió a acostar.

  Nada. El sue?o no llegaba. No cuando su mente seguía activa. Planes, cálculos, estrategias, hipótesis, errores, riesgos.

  Su verdadera batalla comenzaba cada noche.

  Finalmente, tras varios minutos de lucha inútil, se sentó con amargura, deslizando las piernas hacia el suelo. Sus ojos estaban pesados, pero su mente seguía ardiendo.

  ?Maestro, ?Se encuentra bien??

  La voz llegó suave a través del vínculo, era Ocelotl. El vínculo espiritual que los unía le permitía al guardián sentir parte de su carga emocional.

  —Sí… —respondió con voz seca —Solo necesito un ba?o.

  Cáliban se levantó, frotándose la nuca con fastidio. Su cuerpo aún protestaba por la postura incómoda que había mantenido en la cama. Atravesó el pasillo en penumbra. Las luces mágicas del techo estaban apagadas. Todo estaba en silencio, salvo por el leve tic-tac del reloj principal.

  Al pasar junto a él, alzó la vista. Eran las 4:35 a. m.

  —Bueno… supongo que al menos dormí un poco.

  Abrió la puerta trasera y salió hacia los ba?os exteriores. Había construido ese sector como réplica modesta de las aguas termales de su castillo. Aunque no tenían propiedades regenerativas, al menos servían para relajar el cuerpo. Y para estar solo.

  El vapor se elevaba lentamente por encima de las piedras. Comenzó a desvestirse, prenda por prenda, hasta quedar desnudo frente al rocío tenue de la madrugada. Y bajo el agua caliente de la regadera… solo entonces… pudo cerrar los ojos, aunque fuera por un instante.

  Al mismo tiempo, cierta doncella se removía inquieta en su cama. Tenía la garganta seca y el pecho tenso.

  Astrid se sentó lentamente, mirando en silencio el arma que descansaba junto a su cama. La espada que había recibido de Cáliban. Aún no estaba segura de qué le provocaba más incomodidad, su bellezano el hecho de que, al empu?arla, se sentía legítimamente digna de ella.

  Sus pensamientos se enredaban. Desde peque?a, como princesa del Imperio, todos esperaban algo de ella. Su padre, sus maestros, el escuadrón de élite de las Valkirias… Todos la veían como una promesa. Una futura líder. Una fuerza inquebrantable.

  Pero entonces… ocurrió.

  Su cabeza comenzó a doler. Un recuerdo quería aflorar en su mente, pero se negaba a recordar.

  —Agh… —susurró, masajeándose las sienes —Deja de pensar estupideces, Astrid…

  Sacudió la cabeza y se puso de pie. Salió al pasillo en busca de aire fresco. Abrió una de las ventanas que daban al sector de los ba?os. El aroma del vapor, mezclado con piedra caliente, la relajó.

  Respiró hondo. Tanto, que por primera vez, decidió quitarse la máscara.

  —Ah… esta cosa es una tortura todo el día…

  Su rostro, ahora expuesto, era de una belleza casi irreal. Cada rasgo parecía esculpido por manos divinas. La nariz recta, los labios definidos, los pómulos altos. Pero sus ojos… eran distintos. Dorados, como la luz del amanecer.

  Mientras cerraba los párpados, disfrutando del viento, una ráfaga más fuerte de lo habitual le arrebató la máscara de las manos.

  —?No, no, no… mierda! ?Vuelve aquí! —jadeó mientras la seguía.

  La máscara, liviana como una hoja, flotaba sobre el tejado con ligereza burlona, hasta que descendió lentamente en dirección al patio de los ba?os.

  —?Tsk! —Astrid abrió más la ventana, se impulsó con agilidad y pisó el borde del techo, deslizándose con cuidado hacia la máscara —Solo un poco más…

  La alcanzó justo antes de que cayera al agua.

  —?Aquí estás! Uff… sin un rasgu?o.

  Pero en ese momento, olvidó un detalle importante. La mansión aún tenía sectores en restauración. Y justo donde se encontraba… el techo era uno de ellos.

  CRACK.

  El suelo cedió. Astrid cayó de lleno en las aguas termales masculinas. El agua caliente la envolvió de pies a cabeza. Se quedó congelada un segundo, empapada y respirando hondo.

  —Maldita sea… tendré que cambiarme… Bueno, menos mal que no hay nadie-

  Pero entonces, levantó la vista.

  Frente a ella, de pie bajo la regadera, estaba un joven de complexión atlética, con un cuerpo esculpido por el entrenamiento y la disciplina. Su piel, de un tono marrón claro, brillaba bajo la luz tenue y el vapor. El cabello casta?o caía en mechones húmedos sobre su frente.

  Ambos se miraron. El silencio fue absoluto. Al menos hasta que él habló, confundido, aún con gotas resbalando por sus mejillas.

  —?Astrid?

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