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Capítulo 61: El valor de un verdadero herrero

  Cáliban alzó la gran espada con lentitud. El filo mostraba astillas y grietas superficiales, el precio de su ataque. En cambio, la hoja de Bardrim, a simple vista, permanecía intacta.

  El herrero curvó los labios con una sonrisa victoriosa.

  —Ah… supongo que me equivoqué. —dijo Cáliban, bajando la mirada con aparente resignación.

  La risa de Bardrim estalló en la sala como un trueno. Tosca, ruidosa y arrogante.

  —?Te lo dije! ?Una espada como esa jamás podría dejar una sola muesca en mi obra maestra!

  Astrid observó la escena con una mezcla de desconcierto y decepción. Algo en su interior se desinfló.

  ?Sí… supongo que esperaba demasiado de algo tan simple.? —pensó.

  —Muy bien, muy bien. —dijo Bardrim, aún riendo —Ahora hablemos del método de producción…

  Tomó su espada con ambas manos, dispuesto a devolverla a su vitrina. Pero en cuanto sus dedos rozaron el acero, una punzada helada se coló por su brazo. Un susurro sutil resonó en la sala. Una grieta invisible apareció en la hoja. Y entonces, lo supo.

  —Esto es… —murmuró, sin poder ocultar su rostro de terror absoluto —No puede ser…

  —?Qué sucede, maestro herrero…? —preguntó Cáliban, ahora con voz serena y una chispa de satisfacción en los ojos —Alza tu espada, si estás tan seguro de tu victoria.

  Bardrim tragó saliva, su mano tembló. Pero lo hizo, la levantó… y en cuanto lo hizo, la hoja se partió limpiamente desde el núcleo, cayendo en dos mitades con un tintineo lúgubre.

  Hubo un silencio. La misma espada que defendía con tanto orgullo… estaba rota.

  —No lo entiendo… —murmuró, mirando los fragmentos de metal con una expresión vacía —?Cómo es posible…?

  —La respuesta es sencilla. —dijo Cáliban, acercándose con la espada astillada de Dimerian en mano —Eres un gran herrero, Bardrim. Conoces el acero, la alquimia, los procesos de forja. Sabes cómo crear armas perfectas.

  Se detuvo frente a él, su tono se volvió más suave… casi respetuoso.

  —Pero no sabes qué significa ser un herrero de verdad. Un arma no es perfecta por su forma ni su fuerza. Es perfecta cuando está hecha con el corazón. Un arma solo puede ser tan fuerte como el amor que su forjador le puso.

  Entonces, le extendió el mango de la espada de Dimerian.

  —Míralo por ti mismo. Sé testigo de lo que significa el verdadero amor.

  Bardrim, aún aturdido, no comprendía. ?Amor? ?El valor de un herrero? Esas palabras no tenían lugar en su mundo forjado con reglas y técnica. Pero sus dedos se cerraron en torno al mango con una mezcla de escepticismo y curiosidad.

  ?Una espada tiene corazón o es el portador quien le da uno? muchos maestros han intentado responder aquella pregunta por toda su vida. Algunos sostienen el filo por décadas sin siquiera poder desvelar sus secretos. Otros, nacen con el talento para empu?ar un arma y conectar con ella en cuestión de segundos. Sea cual sea la respuesta, había otra pregunta que atravesó la mente de Bardrim en ese momento. ?Las espadas tienen corazón? por un momento, él mismo contestó la pregunta con un sí. Entonces, de ser así… ?Tendrían recuerdos? ?Una espada podría recordar el momento de su nacimiento o el momento de su creación? De ser la respuesta un sí ?Podría recordar desde el momento en que vio la luz por primera vez o desde que su hoja apenas era templada por el fuego y la fuerza?

  Curiosamente… esa pregunta se respondió sola para el maestro herrero. Aquel que había tocado y hecho cientos de armas a lo largo de su vida, pero nunca se dio tiempo para conectar con alguna.

  En el instante en que sostuvo con firmeza la empu?adura, su visión estalló en un resplandor blanco. El mundo se desvaneció, el tiempo se detuvo y Bardrim fue transportado a otro lugar.

  —?Qué… qué es esto? ?Dónde estoy? —preguntó, pero no hubo respuesta.

  Bardrim se encontraba en un lugar imposible. Un plano infinito, blanco y puro, como si todo lo tangible hubiese desaparecido. El horizonte era solo una línea lejana, sin cielo ni suelo. Solo silencio.

  Entonces, comenzaron a llegar los recuerdos. No eran suyos, sino provenientes de la espada.

  Ante él, como proyecciones de una memoria ajena, apareció un viejo herrero gigantesco, sentado en una mecedora de madera reforzada. Sus brazos, como troncos, sostenían un libro abierto, del que leía con voz grave pero cálida. A su lado, un ni?o de cabellos rojos como brasas, con rizos desordenados y ojos tan limpios como la nieve, escuchaba con atención mientras se acurrucaba entre las largas trenzas blancas del anciano.

  —?Abuelo! ??Qué pasó después?! —gritó el ni?o con entusiasmo puro.

  —Ja, ja… eso es todo, hijo. Se acabó el cuento. —respondió el gigante, cerrando el libro con suavidad.

  —Ah… —el ni?o suspiró, con esa tristeza breve y pura de los que aún no conocen el peso de la vida.

  —Vamos, no pongas esa cara. —dijo el abuelo, levantándose con esfuerzo —Tengo que reparar unas cosas en la herrería. Puedes quedarte aquí a jugar.

  Con extrema ternura, lo alzó y lo colocó sobre una gran alfombra, rodeado de juguetes que, curiosamente, estaban a su escala. Pero mientras el anciano se dirigía hacia su espacio de trabajo, escuchó los suaves pasos del ni?o siguiéndolo.

  —Ja, ja… parece que quieres trabajar con el abuelo, ?Eh? Muy bien, ven.

  Lo cargó con una delicadeza inconcebible para su tama?o. Así pasaban sus días. él, forjando frente al horno, y el ni?o aplaudiendo cada vez que una chispa iluminaba el taller.

  Entonces, una voz suave y firme emergió desde la entrada.

  —Padre, ?Has visto a…? —Una hermosa mujer, de cabellos dorados y rostro sereno, se detuvo al ver al peque?o animando cada martillazo con palmas y risas —Ah… aquí estás, mi peque?o. Otra vez, aquí…

  —Vamos, deja al muchacho, Valka. —rió el anciano —?Le estoy ense?ando a martillar! Está dándole ánimos a su viejo.

  —Padre… Dimerian ni siquiera puede sostener alguna de tus herramientas correctamente.

  —?Y qué? —gru?ó divertido —Le haré unas que se ajusten a su tama?o. ?No hay excusas para no empezar joven!

  Y tenía razón. La comparación entre aquel ni?o y su abuelo era tan absurda como poner a un mu?eco junto a un coloso. Aun así, en sus brazos, Dimerian parecía estar en el lugar más seguro del mundo.

  Valka tomó a su hijo en brazos.

  —Vamos, ya es hora de la merienda. Has pasado mucho tiempo con el abuelo hoy.

  Mientras se alejaban, el ni?o miró por encima del hombro y meneó las manos con una sonrisa inocente y sincera. El abuelo respondió con una risa apagada, viéndolos partir.

  Para el peque?o, esos días eran su tesoro. Lo más valioso que conocía. Momentos simples, llenos de amor, calor y metal ardiente.

  Pero el tiempo, siempre impasible, cobra su tributo.

  Una noche, mientras una tormenta desgarraba el cielo con truenos como martillazos divinos, el anciano se levantó en la oscuridad en busca de un vaso de agua. La cocina estaba en silencio. Pero al girar hacia el pasillo, la vio.

  Su hija, Valka.

  Acercándose lentamente, con el rostro pálido y el cuerpo tembloroso. Cada paso era un esfuerzo inconmensurable, cada movimiento era una lucha contra lo inevitable. De pronto, en medio de la oscuridad y los gritos de la tormenta, sus piernas cedieron.

  Ella cayó. El vaso en las manos del herrero se estrelló contra el suelo, deshaciéndose en pedazos, justo cuando la angustia comenzaba a llenar el espacio como un humo espeso.

  —?Hija!

  El anciano herrero corrió hacia ella con el alma en la boca. Al verla en el suelo, su corazón se quebró. El rostro de su hija, su joya más preciada, estaba desfigurado por el dolor. Sus ojos, enrojecidos, temblaban con un brillo febril; de su nariz brotaba un hilo espeso de sangre que descendía hasta la comisura de sus labios. Su piel, antes luminosa, era ahora tan pálida como la ceniza.

  La alzó con fuerza y ternura, como si al sostenerla pudiera evitar que se deshiciera entre sus brazos. La llevó a su lecho con pasos temblorosos, negándose a aceptar lo evidente.

  —Hija… ?Estás bien? ?Quieres que llame al médico?

  Ella sonrió, apenas.

  —Sabes que no hay cura para lo que tengo, padre… no servirá de nada…

  Y tenía razón. Los días que siguieron fueron una lenta agonía. El herrero, que antes vivía junto al fuego, dejó sus herramientas de lado para estar con ella. La forja permaneció apagada, como si también hiciera duelo. Cuidaba de su hija noche y día, sin descanso, con los ojos siempre alertas y el alma desgarrada.

  Dimerian, aún ni?o, no entendía por completo la gravedad de lo que sucedía, pero lo sentía. Lloraba desconsoladamente al ver a su madre debilitada, y aunque ella lo abrazaba con dulzura, diciéndole que todo estaría bien, ambos sabían que mentía.

  Una noche serena, mientras las estrellas velaban desde el cielo silencioso, la mujer llamó a su padre. Estaba recostada, su vista ya se perdía entre la oscuridad de la sala. Sus ojos, completamente blancos, no podían ver, pero su expresión seguía hablando por ella… había tristeza, pero no por sí misma… sino por el peque?o cuerpo dormido sobre su pecho, su hijo, su todo.

  —Padre… no estés triste… —susurró con voz débil, quebrada, pero firme en su amor.

  El viejo se arrodilló a su lado, intentando contener un llanto que ya escapaba entre sus dientes apretados.

  —Padre, ?Podría pedirte un favor?

  —Lo que quieras, hija… lo que quieras… —dijo, aferrándose a su mano, incapaz de detener el temblor.

  —Mi bebé… tengo miedo del camino que le espera. Quiero que crezca feliz. Que elija lo que quiera ser, ya sea herrero, guerrero… o cualquier otra cosa. Prométeme que lo apoyarás, sin importar qué…

  El anciano asintió con fuerza, apretando su mano.

  —Sí… te lo prometo… con todo mi corazón…

  Ella intentó sonreír, aunque ya no tenía fuerzas.

  —También… hay algo más que quisiera decirte. Sobre… el padre de Dimerian…

  El anciano alzó la vista. Aquel tema había sido un muro entre ellos durante a?os. Ella nunca quiso hablar de eso, nunca pronunció su nombre, a pesar de sus súplicas. Y ahora, en su lecho de muerte… al fin lo diría.

  —Acércate. —susurró.

  él se inclinó, acercando su oído a los labios quebradizos de su hija.

  —Su padre es…

  Pero después de revelar su secreto, su voz se desvaneció. Su último aliento se escapó como un suspiro invisible, y su cuerpo se relajó en los brazos de su padre.

  —Hija… ?Hija!

  Su grito rompió la noche como una espada quebrada. El viejo herrero sostuvo a su hija sin soltarla, llorando con una fuerza que el acero jamás había podido arrancarle. Lloró como nunca antes, lloró hasta que no quedó nada en su pecho más que vacío y ceniza.

  Al día siguiente, bajo el cielo gris, él y su nieto lloraron juntos. Frente a la pira funeraria, vieron cómo el cuerpo de la mujer que más amaron se convertía en cenizas y memoria.

  Y en medio del dolor… algo renació.

  El viejo herrero sintió un destello en su interior. Aún estaba herido, aún sangraba por dentro, pero algo en Dimerian lo mantenía de pie.

  Su nieto lo necesitaba.

  Así que volvió a la forja. Tomó el martillo con las manos aún húmedas por las lágrimas… y comenzó a forjar su mayor obra.

  —Dimerian será el mejor guerrero y herrero del mundo… superará tanto a su padre como a mí, de eso estoy seguro. Y por eso… mi deber es forjarle la mejor arma posible. No importa cuánto me tome… ni lo que me cueste.

  Así lo juró el viejo herrero, de pie frente al yunque, con el corazón encendido por la promesa hecha a su hija moribunda. Día tras día, sin descanso, martillaba el acero con precisión inhumana. Cada golpe era una palabra de amor. Cada chispa, una plegaria. No se permitió errores, no se permitió dudas. Solo tenía un objetivo… terminar la obra que cargaría con los sue?os de su hija y el futuro de su nieto.

  Pero el tiempo no se detuvo. Ni la enfermedad. Aquella misma sombra que había apagado la vida de su hija comenzó a colarse por sus venas. El cuerpo ya no le respondía como antes. Sostener el martillo se convirtió en una agonía. Temblaba, tosía sangre. Las fuerzas lo abandonaban, día tras día.

  Y aun así, se negaba a soltarlo.

  Hasta que un día, simplemente ya no pudo.

  Creyó que era hora de detenerse. Que quizás lo mejor era dedicar sus últimos días a cuidar de Dimerian, quien cada vez llegaba de la escuela con nuevos moretones. Golpes, burlas, e insultos eran su pan de cada día. Mientras él se encerraba en la forja, su nieto enfrentaba el mundo… solo.

  Una ma?ana cualquiera, salió al patio a cortar le?a. El sol apenas asomaba entre las nubes. Entonces lo vio.

  Dimerian, de pie, con lágrimas en los ojos. Sujetaba la espada de práctica con ambas manos, su peque?o cuerpo vibró por el esfuerzo. Alzaba el arma, la descendía y volvía a empezar.

  Una y otra vez hasta que sus manos sangraban.

  —?Mamá… te prometo que voy a mejorar… Aun si no tengo talento, te prometo que lo haré…! —gritó con la voz quebrada, y los ojos envueltos en lágrimas, fijos en el cielo —?Voy a hacerlo! ?Así que por favor! ?Mírame desde el cielo! ?No voy a dejar que tus esfuerzos se desperdicien en mí!

  El viejo herrero no pudo contenerse. Las lágrimas brotaron de sus ojos con violencia.

  Ese ni?o, su nieto, estaba soportando la pérdida de su madre, el rechazo de su gente, el peso de un linaje que ni siquiera comprendía… y aun así, no se rendía. Sin talento, sin apoyo. Solo con su voluntad y su promesa.

  —Maldita sea… —susurró el anciano, mordiéndose los labios —?Debería darme vergüenza!

  Y en ese instante… volvió. La pasión desbordaba. El fuego aún ardía.

  Encendió la forja con sus propias manos temblorosas, y con una determinación que trascendía su propio cuerpo, comenzó a martillar. No se detuvo ni un solo instante. Aunque sus ojos se nublaran y sangraran, aunque su piel se desgarrara, aunque sus piernas flaquearan. Su cuerpo era débil, pero su alma… ardía como nunca.

  Bardrim lo sentía todo. Aunque solo fuera un recuerdo alojado en la hoja de una espada, cada imagen, cada emoción lo atravesaba como acero al rojo vivo.

  Sentía el amor en cada impacto. Sentía la gallardía fundida en el metal. Sentía la esperanza forjada en el dise?o del mango. Sentía la voluntad vibrando en la hoja. Y por encima de todo… sentía un amor tan grande, tan puro, que le erizó la piel.

  —Este es… el verdadero valor de un herrero… —murmuró Bardrim, inmensamente maravillado.

  Al fin, comprendía. No era sólo técnica. No era solo fuerza o precisión. Era el alma del herrero la que daba vida al arma.

  Y el recuerdo aún no terminaba.

  Justo antes de perder la vista por completo, el viejo herrero escribió una carta. En ella volcó toda su rabia, su tristeza, su impotencia… pero también su esperanza. Palabras dedicadas al hombre que alguna vez amó a su hija. El padre de Dimerian. Un nombre nunca revelado, pero finalmente pronunciado en la soledad de la despedida.

  En ese momento, la puerta se abrió suavemente.

  —Abuelo… —llamó Dimerian con voz suave.

  —?Qué sucede, hijo? —respondió el anciano, sin apartar la pluma del papel.

  —Alguien te busca…

  Por la entrada principal apareció un hombre de porte imponente, con armadura de color cobre. Su mirada era firme. Su presencia, irrefutable.

  —Ah, sí… —dijo el herrero, guardando la carta —Lo estaba esperando.

  Se volvió hacia Dimerian con una sonrisa melancólica.

  —?Podrías dejarnos solos un momento, hijo?

  El joven asintió con respeto y salió de la habitación, volviendo al patio donde lo esperaban la madera, el acero y su incansable entrenamiento.

  Dentro, el anciano herrero respiró con dificultad, observando al hombre frente a él. Aquel soldado de porte firme y mirada severa no era un visitante casual.

  —Vaya… realmente estás en un estado deplorable. —comentó el general, cruzando los brazos, sin sarcasmo, solo constatando la realidad.

  —Eso no importa… —contestó el herrero, esforzándose por mantenerse erguido —Necesito que me hagas un favor. Ten esto…

  Extendió con manos temblorosas una carta cuidadosamente sellada.

  —?Puedo leerlo?

  —Adelante.

  El general rompió el sello y comenzó a leer con seriedad. A medida que avanzaba, su ce?o se fruncía, su mandíbula se tensaba. Al terminar, guardó silencio por unos segundos, como si necesitara digerir el peso de lo leído.

  —?Estás… seguro de esto?

  —Completamente. Ya realizamos un ritual de parentesco. El resultado fue positivo.

  El general abrió el pliego adjunto y leyó con atención los símbolos mágicos que certificaban la autenticidad del vínculo. Era irrefutable.

  No tenía elección.

  El herrero, haciendo un gran esfuerzo, se levantó con pasos inestables. Se acercó a una peque?a caja de madera rústica, gastada por los a?os, casi insignificante. Pero en su interior… estaba el mayor trabajo de su vida.

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  —Mi tiempo se acaba. —dijo con voz apagada —Prométeme que cuando mi nieto cumpla quince a?os… si su destino aún no se ha definido… le entregarás esto.

  De pronto, un ataque de tos feroz lo azotó. Se desplomó al suelo, jadeando.

  —??Estás bien?! —exclamó el general, arrodillándose para sostenerlo.

  —Sí… sí… no importa. Solo prométemelo. Por favor.

  Eltir lo miró a los ojos. En ellos no quedaba fuerza, pero aún ardía una llama.

  —Lo juro. —dijo con solemnidad —Por mi honor, cumpliré tu voluntad.

  El mundo se desvaneció.

  Una nueva imagen apareció. El entorno había cambiado por completo.

  La habitación era amplia, majestuosa. Candelabros colgaban del techo abovedado. El suelo estaba cubierto con alfombras de seda, y las paredes ostentaban estandartes dorados. Era una cámara noble, ubicada en el corazón del reino de Ironside.

  Sobre la enorme cama de sábanas bordadas, Dimerian se encontraba acostado, con los ojos perdidos en el techo. La angustia nublaba su mente.

  Se sentía débil, inútil. Un impostor en un mundo de gigantes. Pensó, por un instante, en escapar. Huir lejos, desaparecer. Entonces, tres golpes suaves resonaron en la puerta.

  —Adelante… —dijo con voz vacilante.

  La puerta se abrió con suavidad. Un hombre vestido con una armadura ornamentada de cobre dio un paso al interior. Aquel rostro, marcado por cicatrices antiguas y un porte de veteranía, le resultó familiar. El casco fue retirado, revelando una melena verde imponente y una barba espesa como las ramas de un viejo roble.

  —?Usted…? —preguntó Dimerian, incorporándose —Lo recuerdo… usted vino el día que… que mi abuelo…

  —Eltir Bastian. Séptimo General del Alto Ejército de Ironside. —dijo el hombre, con una leve reverencia.

  El general se acercó a Dimerian con solemnidad. Se arrodilló frente a él y, con ambas manos, le ofreció una caja de madera pulida que, en los brazos del joven, parecía más grande de lo que era en realidad.

  —Feliz cumplea?os, príncipe… —dijo con voz grave, pero suave —Su abuelo me pidió que le entregara esto cuando cumpliera quince a?os. Espero… que le guste.

  Sin más palabras, se puso de pie y abandonó la habitación, cerrando la puerta tras de sí en un silencio respetuoso.

  Dimerian, confundido y desconcertado, observó la caja como si fuera un espejismo. No tenía idea de que su abuelo le había dejado algo. Y menos aún… algo así. Con manos temblorosas, retiró la tapa.

  Lo que vio adentro le robó el aliento.

  Era una espada. No adornada, no majestuosa… pero hermosa. Perfecta en su simplicidad. Forjada con una elegancia sincera, sin excesos, como si cada curva, cada línea, hubiera sido hecha con devoción.

  A su lado, una carta cuidadosamente doblada reposaba sobre un peque?o lazo de tela. Con el corazón palpitando, Dimerian la tomó y comenzó a leer.

  “Hijo mío,

  Mi tiempo en este mundo fue breve, pero estuvo lleno de amor y esperanza. Tu madre y tú fueron lo más importante de mi vida, y no cambiaría ni un solo instante de ello.

  Tal vez ahora te encuentres perdido, sin dirección, sin fuerzas para continuar. Solo quiero que sepas que, sin importar el camino que elijas, tu madre y yo estaremos contigo. Siempre.

  Desde los cielos te observamos y te cuidaremos.

  No dejes que otros te aplasten. No permitas que nadie cuestione tu valor. Serás odiado. Te llamarán ‘el ni?o maldito’. Te rechazarán. Pero recuerda siempre que vienes de un linaje de grandes guerreros… y de grandes herreros.

  Estás destinado a la grandeza, lo sé con el alma.

  Mi deber fue asegurarme de que tuvieras un arma digna de tu potencial. Nunca dejes de avanzar, incluso si el camino se llena de espinas.

  Sigue adelante.

  Y nunca olvides… nuestro amor infinito.

  Con todo mi cari?o, tu abuelo.”

  Dimerian no pudo contenerse. Las lágrimas comenzaron a caer, pesadas y silenciosas, manchando el suelo con cada gota. En cada trazo de tinta temblorosa podía sentir el aliento débil de su abuelo, el esfuerzo final de un hombre que, incluso en la muerte, se negó a dejarlo solo.

  Junto a la espada, encontró una peque?a bolsa de cuero. Al abrirla, sus ojos se abrieron con asombro. Había monedas de oro, ahorros cuidadosamente guardados… por su madre y su abuelo. Toda una vida de sacrificios, puestos en sus manos.

  Corrió hacia la puerta. Quería agradecer al general, decirle que lo había recibido, que lo llevaría con honor. Pero al abrir la puerta, ya no estaba. Solo un periódico descansaba en el suelo. Lo recogió, curioso, y se encontró con un titular en la primera plana:

  “Vacantes abiertas para el examen de admisión de Grand Delion”

  Dimerian alzó la mirada.

  Por primera vez en su vida, la duda se disipó.

  No dejaría que su miedo apagara las llamas de aquellos que lo amaron. No huiría, no hoy. Tomó la bolsa con fuerza, apretando los dientes, y salió al pasillo. Estaba decidido, salió a comprar su pase para tomar el examen de admisión.

  En la sala del gremio, Bardrim soltó la empu?adura de la espada. Su visión regresó lentamente al presente, envuelto en un destello blanco que lo devolvió de aquella travesía de memorias.

  No podía hablar.

  Las lágrimas corrían por su rostro, deslizándose por su frondosa barba sin que hiciera el menor intento de ocultarlas. Los estudiantes lo miraban en silencio, atónitos. Nadie esperaba ver así al gran herrero.

  Extendió la espada hacia Dimerian con ambas manos, como si ofreciera un trofeo sagrado.

  —Cuida muy bien de esto, muchacho… —susurró, con voz quebrada —Lo que tienes aquí es un tesoro que no puede ser medido ni por su fuerza ni por su rareza. Es… un legado. Ni mil espadas que yo pudiera forjar se acercarían a esta.

  Dimerian la recibió con reverencia, sus ojos brillaron de emoción.

  —Sin duda… —continuó Bardrim —fue forjada por un verdadero maestro herrero.

  —Gracias por sus palabras, maestro. —dijo Dimerian con voz baja, aún emocionado.

  Bardrim, con el rostro ya más sereno, limpió sus lágrimas con la manga de su túnica. Luego, alzó la mirada y la dirigió hacia Cáliban, que lo observaba en silencio.

  —?Tú también lo viste…?

  El maestro herrero bajó la cabeza. En su mente, el eco de los martillazos aún retumbaba. Cada golpe, cada chispa, cada latido del anciano que no se rindió ni siquiera ante la muerte. La imagen del herrero gigante no lo abandonaba. Ni su amor, ni su voluntad.

  —He sido testigo de un martillo indomable… —susurró con solemnidad —Uno que transmite el alma en cada forja, el amor en cada curva de acero. Y yo… yo me perdí en mi orgullo, en el licor y la comodidad de mi nombre. Me siento… tan peque?o.

  Hizo una ligera reverencia hacia Cáliban.

  —Gracias por dejarme ver esa obra. Y… perdón. Por mi arrogancia, por haberlos tratado tan mal.

  Los presentes se quedaron mudos. Reinhard, Joseph y Dimerian sabían de la fama del herrero. El maestro herrero nunca inclinaba la cabeza ante nadie. Ni con directores, ni con líderes, ni con nobles. Nadie.

  —Oigan, miren eso… —murmuró Reinhard, se?alando discretamente hacia un rincón de la sala.

  Ahí estaba Astrid con la boca abierta. Literalmente.

  Sus ojos estaban tan abiertos que parecía que estaban a punto de salirse de sus órbitas. La mandíbula caía ligeramente. Estaba completamente paralizada.

  ???Qué mierda acabo de ver?!? —pensó, tragando en seco mientras su mente intentaba procesar lo imposible.

  A?os atrás, el herrero enano había visitado su reino. Su padre, el mismísimo rey, era llamado por el maestro herrero como “mocoso imperial”, una burla amistosa que solo la vieja confianza entre ellos justificaba. Pero ni siquiera entonces Bardrim había mostrado un ápice de respeto hacia nadie más. Jamás se había disculpado. Jamás había bajado la cabeza. Y ahora lo hacía… ante Cáliban.

  —Disculpas aceptadas, maestro Bardrim. —respondió Cáliban con tranquilidad —Pero creo que debemos retirarnos. Vinimos con un propósito, después de todo.

  —No. —interrumpió Bardrim, alzando una mano —Aposté… y perdí. Pero no soy un mal perdedor. Así que dime, mocoso, ?Qué es lo que deseas?

  Cáliban reflexionó unos segundos. Sus ojos se desviaron hacia sus compa?eros.

  —Bueno… vinimos en busca de nuevas armas.

  —Ah, ?Así que quieren buen armamento? Bien, tengo unas piezas guardadas que tal vez-

  —No. —lo interrumpió Cáliban con serenidad —No vine por tus armas.

  Bardrim arqueó una ceja.

  —?No?

  —Voy a forjarlas yo mismo. —dijo sin dudar —Solo necesito dos cosas de usted… materiales… y acceso a una de sus forjas.

  El silencio volvió a instalarse por unos segundos. Bardrim, aún sorprendido, lo estudió con atención. No por desconfianza… sino con una chispa de interés auténtico.

  —?También eres herrero?

  —En efecto. —respondió Cáliban con firmeza —?Supondría un problema brindarnos su apoyo?

  Bardrim se cruzó de brazos, pensativo. Luego soltó un resoplido.

  —No… no lo es. Si ese es el caso, acompá?enme.

  Los miembros del gremio comenzaron a salir de la sala. Astrid, aún en shock, tardó algunos segundos en reaccionar. Aún no podía asimilar lo que había presenciado. El gran Bardrim, no solo derrotado, sino agradecido y… dispuesto a colaborar. Finalmente, sacudió la cabeza y los siguió.

  —Si lo que deseas es forjar armas con las mejores herramientas y materiales de primera calidad, aquí encontrarás todo lo que necesitas. —dijo Bardrim, y empujó con ambas manos un par de grandes puertas dobles.

  Las puertas de acero se abrieron revelando una sala impresionante.

  —?Espera! ?Esta es…! —exclamó Dimerian, con ojos brillantes.

  —Así es. —confirmó Bardrim con una sonrisa orgullosa —Esta es la sala VIP. Usada únicamente por nuestros miembros con membresía especial. Aquí encontrarás materiales y herramientas que no dejamos tocar a los clientes comunes.

  El espacio era magnífico. Las paredes estaban repletas de herramientas mágicas colgadas con orden milimétrico. Un yunque de titanio ocupaba el centro del taller, reluciente. La forja brillaba con un calor constante, controlado por runas incrustadas en las paredes. Martillos y pinzas ornamentadas reposaban como si esperaran al artesano adecuado.

  Cáliban caminó en silencio, deslizando la mano sobre el yunque.

  —?No cree que esto es… demasiado? —preguntó, sin sarcasmo, sino con genuina consideración.

  Bardrim lo meditó por un instante, luego negó con la cabeza.

  —No, no lo creo. Una apuesta es una apuesta. Y perdí… de la forma más humillante posible. Una de mis espadas épicas fue rota por una hoja sin reputación, pero con el alma de tres generaciones. Y lo más irónico… —rió con amargura —solo quedó astillada. Eso fue un golpe directo a mi orgullo.

  Cáliban asintió, aceptando el gesto.

  —De ser así… aceptaré su generosidad.

  Bardrim juntó los dedos con cierta vergüenza.

  —Y… sobre el método de producción… del anillo.

  —Demuéstrame que eres capaz de volver a encender la llama que una vez ardió en ti. —respondió Cáliban, clavándole la mirada —Hazlo… y te lo daré como regalo.

  La respuesta encendió algo en los ojos del herrero.

  —?Ja! ?Entonces prepárate! ?Forjaré un arma que materialice lo mejor que hay en un guerrero! ?Una que supere incluso a mis obras pasadas!

  Y por primera vez en a?os, sus palabras no estaban impulsadas por ego, sino por determinación pura. La confianza que había tratado de ahogar en la bebida… comenzaba a regresar.

  —Muy bien. —dijo Cáliban, volviéndose hacia sus compa?eros —Supongo que es hora de empezar.

  Se detuvo frente a Dimerian y Joseph.

  —Entréguenme sus armas.

  Joseph desenfundó su hoja desgastada y la tendió con respeto. Dimerian, en cambio, lo hizo con cierto recelo, aún sintiendo el peso emocional de su arma. Reinhard se aproximó sin decir palabra, entregando también su arma.

  Bardrim los observaba en silencio, de pie a un lado de la sala VIP, con los brazos cruzados, y una expresión que mezclaba escepticismo con esperanza. Bardrim no prestó atención a los murmullos de sus clientes. Mientras hablaban a sus espaldas, él caminó hacia un peque?o dispositivo incrustado en la pared. Presionó un botón oculto en la parte inferior y habló con un tono directo.

  —Jim, tramita un módulo de credencial VIP… sí, para el gremio… No, con mica personalizada. Servicio cinco estrellas. Sí, ya te dije que sí. No, usa plantilla de diamante. ?Sí, de diamante, hazlo!

  Cerró la línea sin esperar respuesta, como si sus palabras fueran ley. Luego se giró, retomando la conversación con sus invitados.

  —Bueno, volviendo al tema, ?Qué clase de materiales nece-?

  Se detuvo al ver lo que Reinhard sostenía. Eran las espadas de Joseph. Su expresión se transformó por completo.

  —Vaya… son buenas espadas. ?Dónde…?

  Sus palabras se cortaron en seco. Se acercó con los ojos muy abiertos, inspeccionando cada centímetro de la hoja con la avidez de un arqueólogo ante un descubrimiento milenario.

  —??De dónde mierda sacaste esto?! —exclamó, eufórico —?Qué clase de mineral es este? ??Cómo la forjaste?! Nunca había visto nada parecido.

  Cáliban, que preparaba la forja mientras alineaba las herramientas sobre el yunque, frunció el ce?o. Algo en su interior se crispó.

  —?Oye, ni?o! ?Oye! ?Respóndeme! —insistió Bardrim, cegado por la emoción.

  Los ojos de Cáliban brillaron, encendidos con un fulgor carmesí.

  —?Ni?o? —repitió con voz gélida —?Así es como tratas a un cliente?

  El silencio fue instantáneo. Bardrim retrocedió medio paso, recordando de golpe con quién hablaba.

  —Eh… digo, estimado cliente. ?Podría… decirme de dónde obtuvo esa espada? —su tono se volvió de repente educado, casi servil.

  Astrid sintió náuseas. Ver al mismísimo Bardrim transformarse en un adulador le resultaba tan grotesco como fascinante. Cáliban soltó un leve suspiro mientras encendía la forja.

  —Las forjé yo.

  —?Cómo dijiste…?

  —Con un método secreto.

  —?Qué mineral es este?

  —Espectrita.

  La palabra cayó como una losa. Bardrim parpadeó, incrédulo.

  —?Espectrita…? Eso es… eso es imposible. Ese mineral solo existe en teoría. Su pureza debería ser inestable. No puede mantenerse forjado…

  —Lo hice. —interrumpió Cáliban —Fusioné otros materiales con alquimia hasta lograrlo.

  El enano casi se atraganta con aquella oración.

  —?También eres alquimista?

  —Sí.

  La sala VIP del emporio quedó en silencio, llena de herramientas imposibles y secretos guardados, no había sido testigo de algo así en a?os. Bardrim se llevó una mano a la frente, caminó en círculos y finalmente soltó una carcajada extra?a. Una mezcla de nervios, incredulidad y asombro.

  —?Ja… ja… madre de los cielos! ??Pero quién demonios eres tú, mocoso?!

  Cáliban, sin apartar la vista del fuego que comenzaba a rugir, respondió con una calma cortante:

  —Soy herrero. Y hoy… vengo a trabajar.

  La sesión de preguntas duró media hora más. En un momento, Bardrim simplemente dejó de hablar. Ya no preguntaba, solo observaba.

  Sus ojos, entrenados por décadas de experiencia, seguían cada movimiento de Cáliban como si fuesen parte de un examen divino. Con cada martillazo, con cada manipulación de la hoja incandescente, entendía más. No solo la técnica, sino la intención.

  —?Por qué usas diferentes niveles de energía al martillar? —preguntó finalmente, rompiendo el silencio.

  —Porque hay partes en la hoja que reaccionan de forma distinta a la energía. —respondió Cáliban sin dejar de trabajar —Depende de la concentración y la distribución del mineral. Si uso la misma cantidad en toda la hoja, perdería su potencial. Primero debo nivelarlas, reforzarlas hasta solidificarlas por completo.

  —Ah… —Bardrim asintió, pensativo.

  —Es como una pared de ladrillos, ?No? —intervino Dimerian, que había estado siguiendo la explicación —Cuando construyes una casa, los colocas de forma alternada para darle fuerza a la estructura. Si todos los ladrillos están alineados en una sola columna, se cae con facilidad.

  —Exacto. —asintió Cáliban con una leve sonrisa.

  —Hmm… interesante… —murmuró Bardrim, acercándose más, con los ojos entrecerrados por la concentración. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que volvía a aprender.

  Minutos después, un joven enano entró a la sala, de piel gris y cabello corto, con un andar ágil y formal.

  —Maestro, he traído lo que me pidió.

  —?Ah, por fin! —exclamó Bardrim, aliviado, y tomó la bandeja de plata que traía consigo.

  Se acercó a Cáliban y le entregó una reluciente placa azul celeste. Su superficie ornamentada brillaba con vetas de oro y runas encantadas que centelleaban como fuego líquido.

  —?Y esto? —preguntó Cáliban, levantando una ceja mientras la examinaba.

  —Es una placa de servicio VIP. Está vinculada directamente a tu gremio. En cuanto la firmes, todos los miembros quedarán registrados automáticamente como miembros Diamante del Emporio Martillo Negro.

  —?Qué implica eso?

  —Servicio exclusivo. Acceso completo a nuestras forjas VIP. Venta directa de materiales raros. Prioridad de entrega. Y, por supuesto, los mejores precios. Incluso tus propias creaciones tendrán prioridad de venta y visibilidad.

  Cáliban giró la placa en sus manos. En el reverso, leyó las inscripciones doradas talladas mágicamente.

  —“El Emporio Martillo Negro le da la bienvenida a la organización gremial conocida como…” —La frase quedó inconclusa. Sus ojos se detuvieron en el nombre que aparecía al final. Y su expresión… cambió.

  Lentamente, giró la cabeza hacia Reinhard y Joseph. La mirada de ira contenida hablaba más que mil palabras. Reinhard, nervioso, soltó una risa forzada y le susurró a su compa?ero:

  —Te dije que se iba a enojar…

  —?él dijo que podíamos ponerle el nombre que quisiéramos! —replicó Joseph entre dientes.

  —?Espero que tengamos una relación muy fructífera, Gremio ávalon! —exclamó Bardrim con entusiasmo, levantando los brazos.

  El nombre retumbó por toda la sala. Cáliban cerró los ojos por un momento. Respiró hondo, pero no dijo nada. Pero el temblor en su ceja izquierda bastaba para confirmar que, en efecto, estaba muy molesto.

  Cáliban observó la placa aún con el ce?o fruncido, sabiendo que el nombre del gremio ya había sido registrado oficialmente. No podía cambiarlo, y lo sabía. Así que tragó su molestia y centró su atención en el maestro herrero.

  —Me sentiría mal aceptando todo esto sin ofrecer nada a cambio… —dijo con voz calmada.

  Con un ligero chasquido de sus dedos, un libro encuadernado en cuero oscuro apareció flotando ante él. Lo sostuvo por el lomo y se lo tendió a Bardrim.

  —Tome esto, por ahora.

  El herrero lo recibió con manos temblorosas. Al abrir la primera página y leer los primeros trazos, sus ojos se iluminaron.

  —?Esto es…! —exclamó con euforia contenida.

  —El método de producción de los anillos. Al menos, la primera parte. Si demuestras que puedes manejar este conocimiento… te daré la segunda como obsequio.

  Bardrim dio peque?os saltos de alegría, con una sonrisa tan amplia que le borraba media barba. El libro explicaba un método alternativo para forjar anillos de almacenamiento sin requerir habilidades avanzadas de alquimia. Era más laborioso, sí… pero también más accesible.

  —?Ja! Esto vale más que cualquier mineral que haya tocado en mi vida…

  Mientras el enano devoraba las páginas con la vista, Cáliban volvió a enfocarse en lo suyo. Era hora de trabajar. Se giró hacia uno de los bancos de trabajo, preparando materiales, herramientas y matrices de runas. Entonces, sin girarse, alzó la voz:

  —Astrid, ven un momento, por favor.

  La joven se sobresaltó al oír su nombre. Dudó unos segundos antes de acercarse con paso cauteloso.

  —?Sí?

  —Necesito que me hables de tu técnica de combate. —dijo sin rodeos —?Usas algún estilo particular? ?Tienes afinidad elemental?

  Ella guardó silencio unos instantes. Su mirada se endureció.

  —?Es necesario?

  —Si quieres un arma forjada para ti, sí. —respondió él sin mirarla —Pero si prefieres no decir nada… te haré una espada genérica. Servirá, pero no estará optimizada para ti.

  —Está bien. —respondió con frialdad —Me conformaré con una espada normal.

  —Como desees.

  Cáliban volvió al yunque sin insistir. Pero justo cuando sus pasos lo alejaban, Astrid levantó la cabeza. Una idea había germinado en su mente. Una oportunidad.

  él era fuerte, sí. Un líder nato, hábil con el combate cuerpo a cuerpo, hábil con la forja… pero, ?Qué tan hábil era con la espada? ?Era realmente un maestro… o solo un artesano con suerte?

  Y más importante aún… ?Sería capaz de resistirse a la codicia de un conocimiento prohibido?

  ?Liviana me ense?ó la técnica secreta de las Valkirias…? —pensó con una media sonrisa ?Ningún hombre ha visto su forma completa. Ni siquiera el maestro Bardrim ha podido replicarla. Si le muestro una parte, aunque sea un fragmento, podría tentar su curiosidad… Tal vez hasta revele su verdadera naturaleza.?

  Con la mente decidida, alzó la voz con una dulzura ensayada:

  —Ah… disculpe, líder…

  Cáliban se detuvo y giró lentamente, curioso.

  —?Sí?

  Astrid lo miró a los ojos, ensayando la expresión perfecta. Humilde, pero segura. Una trampa disfrazada de sinceridad.

  —La verdad… me gustaría una buena espada. —dijo Astrid finalmente —Pero no puedo mostrar mis técnicas en un lugar público.

  Cáliban asintió con comprensión. No la presionó.

  —Maestro Bardrim. —llamó, sin levantar la voz —?Tiene algún lugar privado donde podamos entrenar?

  —Al fondo del pasillo hay un ascensor. —respondió el enano sin levantar la vista del libro —Conecta con una cámara subterránea. Reforzada con más de diez capas de fibra de titanio. A menos que tengan poder de décimo rango o más, no lograrán da?arla. Pueden desatarse sin miedo.

  —Perfecto. Vamos todos. —ordenó Cáliban.

  El grupo descendió por el ascensor a través de un largo y silencioso trayecto. Al llegar al fondo, se encontraron con una sala cavernosa de gran tama?o, con cavidades rectangulares talladas en la roca. A pesar de ser subterránea, la iluminación mágica era cálida, y el aire, sorprendentemente fresco. Una zona de entrenamiento, hecha para la intensidad.

  —Muy bien. —dijo Cáliban, cruzándose de brazos —Ya que fue tu idea, puedes empezar tú, Astrid.

  —Okey… —respondió, tragando saliva.

  Caminó hasta el centro de la arena y escogió una espada del expositor. Sus manos estaban frías, no por miedo… sino por presión. Nunca antes había mostrado su técnica ante compa?eros de su edad. Siempre había entrenado en privado, bajo la tutela de Liviana. Pero ahora era distinto.

  No podía fallar. Se colocó en posición. Cerró los ojos y respiró. Cuando los abrió, ya no estaba dudando.

  Con movimientos suaves, elevó la espada. El filo trazó líneas luminosas en el aire, como pinceladas sagradas. Cada paso era una danza. Su juego de pies, liviano y preciso, la hacía parecer flotando por la arena, como una doncella alada descendiendo del cielo.

  Sus cortes eran limpios, sin fisuras. Elegantes, pero letales. No golpeaba… fluía.

  Y entonces, culminó.

  Con una poderosa estocada final al aire, el impacto levantó una ráfaga de polvo y una onda leve de presión. Luego, hubo silencio. Astrid jadeaba. Había dado todo. Cada músculo, cada gota de energía, se volcó en aquella demostración. Se giró hacia Cáliban, aún con el pecho agitado.

  —?Líder! ?Qué le pareció?

  Pero entonces, se congeló. La mirada de Cáliban la dejó sin aliento. Sus ojos no brillaban, no sonreía. No parecía siquiera impresionado.

  Astrid sintió que su pecho se apretaba.

  Sus pupilas se agrandaron, esperando algo. Una reacción, una palabra, lo que fuera. Pero la cara de Cáliban era fría e inquebrantable.

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