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Capítulo 60: Déjame ver tu verdadero rostro

  Cáliban se hallaba inmerso en los silencios densos de la Biblioteca Abisal, un lugar donde el tiempo parecía disolverse entre columnas de piedra y estanterías infinitas. Sus dedos recorrían con precisión los lomos de libros antiguos, buscando cualquier rastro sobre las marcas del Dios Caído. Durante las vacaciones, cuando el entrenamiento le daba tregua, había dedicado horas a transcribir, con la carta de Reinhard como guía, los símbolos descritos por su padre. El proceso fue minucioso, casi obsesivo, pero finalmente, los signos coincidieron.

  De entre las tinieblas de los libros, una sombra surco el aire hasta formar un perro oscuro de torso musculoso y patas firmes. Su mirada seria y su pelaje negro destacaban como un guardián silencios. Del hocico del perro negro surgió una voz ominosa que lleno el aire.

  —Estos son todos los libros que tenemos de Alquimia Celestial, mi se?or…

  Cáliban tomó los libros que Abisal apareció sobre la mesa.

  —Gracias Abisal… me alegra saber que estás despierto. No pudimos hablar la última vez…

  —Descuide… se que está ocupado tratando de retomar su poder. No debe ser sencillo…

  —Y que lo digas…

  Cáliban apreciaba la compa?ía de Abisal, para él, el simple hecho de contar todavía con la presencia de alguien familiar llenaba a su corazón de una tranquilidad de la que no disfrutaba hace mucho.

  —Por cierto, se?or… tengo algo que informar. Le he dado permiso a la se?ora Lidia para poder aprender del conocimiento que resguardo.

  Cáliban, sin dejar de leer las páginas de los libros, respondió.

  —Está bien, Abisal… yo mismo sé que ella no es una mala persona. Confío en tu juicio.

  Abisal quedó en silencio. A pesar de no decir palabra alguna Cáliban podía sentir la incertidumbre en su compa?ero.

  —Si tienes algo que preguntar, dilo…

  —No me atrevo. Es solo que… realmente no pensé que regresarías con vida. Aun recuerdo cuando te despediste. Me dijiste que cuando murieras, destruyera toda esta dimensión vinculada a tu alma para que Karrigan nunca tuviera estos conocimientos. Lo hice en cuanto sentí que tu presencia se desvaneció de la creación, pero…

  —Sigo vivo… entiendo tu punto. Todo se debe a… esto.

  Cáliban se desabrocho los botones de su camisa, dejando ver una luz roja que emanaba de su pecho. Abisal se acercó para observar de cerca, fascinado.

  —Esto es… fascinante. ?Dónde consiguió un artículo así?

  —Es la Ley del Apocalipsis. El maestro lo dejó en un cristal de alma. Cuando se rompió, toda su energía entró en mi ser y ahora tengo un grimorio. ?No sabes algo al respecto?

  —Mi creador nunca me dijo nada nada… para empezar, se la pasaba encerrado en su laboratorio durante cientos de a?os, pero nunca dudo en contarme sobre sus proyectos. Pero este de aquí… no es algo de lo que tenga conocimiento… increíble.

  Abisal contemplaba con sumo asombro el cristal. Lamentablemente no pudo dar muchas respuestas a Cáliban sobre lo sucedido.

  —Lamento no poder serle útil.

  —Está bien… ya me has ayudado con esto. Es más que suficiente. Eventualmente tendremos las respuestas… por el momento, me centraré en lo que puedo hacer por ahora.

  —Lo dejaré en paz entonces.

  La figura de Abisal desapareció de la biblioteca, dejando a Cáliban solo con sus pensamientos y los libros. Luego de un hora de buscar y leer, finalmente logró obtener algo.

  —Aquí está… —murmuró, mientras extraía un tomo cubierto de polvo y encuadernado en cuero ennegrecido por el tiempo.

  Justo en ese momento, el inconfundible eco de pasos resonó en la sala. Lord Xander acababa de llegar de su viaje por Reidell.

  —Me dijeron que ni bien pisaste la academia, volviste al trabajo. —comentó con una sonrisa ladeada, cruzando los brazos mientras observaba a Cáliban.

  —Xander. —respondió él, levantando la vista con una mezcla de sorpresa y alivio —Me alegra verlo, su compa?ía siempre es bienvenida.

  Cáliban extendió el libro sobre una mesa de mármol oscuro. Al abrirlo, comparó sus dibujos con las ilustraciones antiguas del manuscrito.

  —Sí… parece que mis sospechas eran correctas.

  Xander se inclinó para leer el título grabado en la página iluminada.

  —“Sello de Tithus”… suena a magia prohibida. ?Es un tipo de invocación?

  —Algo más oscuro que eso. —respondió Cáliban —Se trata de un nudo arcano usado por entidades divinas o superiores para establecer un vínculo con un huésped. Pero no para comunicarse… sino para poseer. El cuerpo se convierte en un cascarón vacío, sin alma, sin voluntad. Una marioneta, manipulada desde las profundidades del abismo.

  —?Entonces… lo que mataron los seis héroes…? —preguntó Xander, aunque ya intuía la respuesta.

  —No fue el Dios Caído. —dijo Cáliban, cerrando el libro con fuerza contenida —Solo su avatar. Un fragmento controlado desde más allá.

  Un escalofrío reptó por la espalda de Xander, y por un instante, las luces mágicas de la biblioteca parecieron titilar con incertidumbre. Recordó las historias, la guerra, el caos, el momento único en que los reinos se unieron para vencer al abismo. Pero ahora… todo se desmoronaba.

  —Maldita sea… —murmuró, con los ojos clavados en la oscuridad entre los estantes —?Podemos detenerlo?

  —Tal vez. —dijo Cáliban, cruzando los brazos —Para manifestarse plenamente, necesitaría una fuente de energía colosal. Aún no sabemos qué tan cerca están de lograrlo. Tras la caída de su avatar, el culto desapareció, se esfumaron como humo… pero no creo que hayan estado inactivos.

  Un tenso silencio se impuso entre ambos.

  —Por cierto. —dijo Cáliban, forzando una sonrisa —?Cómo fue tu viaje a Reidell?

  —Sí… te lo contaré todo. —dijo Lord Xander, con un suspiro que delataba la tensión acumulada.

  Durante su estancia en Reidell, escoltó a sus jóvenes alumnas de regreso a su hogar. El viaje, que parecía ser una simple travesía académica, se convirtió en una trampa mortal. Varios asesinos intentaron interceptar el carruaje, pero Xander, con su dominio absoluto de la esgrima, los eliminó uno a uno, como sombras que desaparecen bajo la luz del amanecer. Ninguno logró siquiera tocar el vehículo.

  Lo verdaderamente inquietante ocurrió al llegar a la mansión Thorm. A pesar de haber eliminado a varios partidarios del culto en el trayecto, el se?or Thorm, padre de Cecilia, actuó con una calma perturbadora. La seguridad de la casa era extrema. Había centinelas en cada torre, hechizos de rastreo en los pasillos, guardianes ocultos entre los arbustos. Sin embargo, al contarle lo sucedido, Thorm apenas reaccionó. Como si ya supiera, como si lo esperara.

  Al oír esto, Cáliban entrecerró los ojos, sumido en un recuerdo que parecía clavarse en su mente.

  —Ahora que lo mencionas… cuando los bandidos atacaron nuestra caravana, ellos solo querían a Cecilia. Ella intentó explicarme por qué, pero... no la dejé hablar. Tenía miedo de lo que pudiera decirme. Creo que esta no fue la primera vez. Su padre está ocultando algo. Algo importante.

  Lord Xander asintió, sombrío.

  —Lo sé. Su casa sufre ataques constantes. Han intentado raptarla, matarla… y, sin embargo, el se?or Thorm lo mantiene todo bajo llave. Intente preguntar, pero sus respuestas son cuidadosamente medidas.

  Guardaron silencio un instante, hasta que Xander sonrió levemente, desviando el tema con deliberada intención.

  —Aunque ya que hablamos de secretos… también me intrigas tú.

  Cáliban lo miró, desconcertado.

  —?Yo? ?Qué quieres decir?

  —Su hija le habló mucho de ti. Del joven sin título que, espada en mano, enfrentó a los bandidos sin vacilar. Me mostró la carta que le envió, con palabras que bien podrían haber salido de una epopeya. Te describía como un héroe de leyenda. —dijo con tono burlón, aunque sus ojos reflejaban respeto.

  —?Ahora te burlas? ?"Paladín de la Canción de Guerra"? —dijo Cáliban con una sonrisa amarga.

  Xander hizo una mueca.

  —Eso fue un golpe bajo…

  La risa entre ambos se desvaneció con una repentina campanada que rompió la quietud. Cáliban alzó la mano y, con un gesto, abrió una pantalla mágica flotante. En ella, la imagen de la entrada de la torre de su gremio apareció nítida. Astrid estaba allí, tocando la puerta.

  —Supongo que debo ver qué sucede. —dijo, mientras se volvía hacia Xander —Por favor, investiga el caso de las desapariciones y mantén protegidas a Cecilia, Juliana y Elizabeth. No podemos permitir que el culto avance más. Debemos conocer sus planes, lo antes posible. Infórmame si ves algo extra?o.

  —Sí, mi se?or. —respondió Xander, inclinando la cabeza.

  Al salir de la sala, una figura se acercó desde las sombras del pasillo. Era su esposa, envuelta en una luz suave que contrastaba con la tensión del momento.

  —Amor mío… justo iba en tu búsqueda.

  Lady Lidia recibió a su esposo con un abrazo cálido y un beso suave, cargado de preocupación contenida.

  —?Crees que… pueda hablar con él? —preguntó en voz baja, sin ocultar la tristeza en su mirada.

  —Ah… —Lord Xander apoyó las manos con suavidad en sus hombros —No creo que sea el momento adecuado, amor… pero tranquila. La ocasión llegará, y cuando lo haga, será la correcta.

  Mientras tanto, fuera de la torre, los dedos de Astrid tocaban el timbre del gremio con una cadencia elegante pero insistente. La puerta se abrió con un leve chirrido, revelando a Cáliban, cuya expresión parecía arrastrar aún la sombra de las conversaciones anteriores.

  —Hola… ?Sucede algo? —preguntó con un matiz de impaciencia mal disimulada.

  —Líder… ?Interrumpo algo importante?

  —No, no. —respondió, negando con la cabeza —Solo estaba poniéndome al día con algunos asuntos. ?Qué necesitas?

  —Si no le molesta… me gustaría hablar con usted en privado.

  Cáliban asintió y le hizo una se?a para que entrara. Se aseguró de que la puerta estuviera bien cerrada tras ellos antes de conducirla a su despacho. Astrid tomó asiento frente a su escritorio. El lugar, silencioso y oscuro, seguía resultándole extra?o. A pesar de su frialdad, Cáliban pasaba allí incontables horas, como si encontrara consuelo entre las sombras. Ella, sin embargo, se mantenía alerta. Siempre.

  —Entonces… ?En qué puedo ayudarte?

  Astrid esbozó una sonrisa, una máscara perfectamente colocada.

  —Nos prometió armas nuevas, líder. ?Acaso ya lo ha olvidado?

  No era su cargo lo que le molestaba, ni su linaje. Lo que realmente le disgustaba de Cáliban era su actitud. Para ella, esa cortesía imperturbable, ese aire distante y serio, no era más que un disfraz. Estaba convencida de que tras esa fachada se escondía alguien muy distinto. Aunque ella jamás lo culpó por lo ocurrido con Argos, ni le reprochó su reacción, pero ella no lo perdonaba por ser como era. Le repugnaban las personas que aparentaban bondad mientras tejían sus propios beneficios en silencio.

  ?Algún día todos verán tu verdadero rostro…? —pensó, mientras una sonrisa sutil y oscura se dibujaba en sus labios.

  —Oh, tienes razón. —dijo Cáliban, pasando una mano por su cabello con un suspiro —Supongo que he estado tan ocupado que lo olvidé. Pero no hay problema. Podemos encargarnos de eso ahora mismo. Así me lo quito de encima de una buena vez.

  Se levantó con calma y se dirigió a la salida del despacho. Luego, se volvió hacia ella.

  —?Qué haces ahí sentada? Vamos.

  —?Disculpe? —preguntó, desconcertada por su repentino cambio de tono.

  —Tú misma dijiste que querías un arma, ?No? Pues vamos a buscarla.

  Sin darle espacio para vacilar, Cáliban atravesó la puerta principal con paso firme, seguido de cerca por Astrid, que apenas lograba igualar su ritmo. Su semblante era serio, y no se volvió ni una vez para comprobar si ella lo seguía.

  Mientras tanto, en el Emporio Negro, Reinhard, Joseph y Dimerian ya recorrían los pasillos, rodeados de estanterías llenas de armas forjadas con maestría. Reinhard, con la mirada clavada en una vitrina, examinaba espadas como si buscara a un viejo amigo perdido. Su antigua arma había sucumbido durante uno de los entrenamientos más intensos.

  —?Y bien? ?Cómo les fue en la mazmorra? —preguntó sin apartar la vista del cristal empa?ado.

  —Fue una tortura. —respondió Dimerian, con un suspiro largo que hablaba por sí solo.

  Joseph, más animado, decidió dar un informe detallado:

  —Logramos vencer al Lavarrum. Gracias a eso, una de las paredes del volcán colapsó y abrió un nuevo camino hacia otra zona. Encontramos un área segura y montamos un peque?o campamento. Hicimos entrenamientos de postura, mente y cuerpo. Nos enfrentamos a un Dullahan, y exploramos un poco de esa nueva sección...

  La mirada de Reinhard se volvió opaca ante tal aluvión de información. Estaba completamente abrumado.

  —Vaya… eso suena… divertido.

  En el fondo, hervía de envidia. Se había perdido una aventura que claramente se convertiría en leyenda. Joseph, notando su incomodidad, colocó una mano comprensiva sobre su hombro.

  —No te preocupes, seguro la próxima será aún mejor, y estarás con nosotros desde el inicio.

  Mientras tanto, Dimerian se dirigió hacia el mostrador para solicitar el uso de la forja. Había quedado fascinado con los métodos que Cáliban usaba al trabajar el metal y deseaba replicarlos.

  Detrás del mostrador, el Maestro Herrero Bardrim disfrutaba de una cerveza espesa y amarga. Su rutina se había vuelto tediosa, pocos desafíos, menos clientes interesantes. Sus días pasaban sin sobresaltos.

  —Disculpe, maestro herrero… —dijo Dimerian con cortesía.

  —Ah, eres tú, pelirrojo llorón. ?Qué quieres ahora? —gru?ó Bardrim con su habitual tono hosco.

  —Me gustaría rentar la forja por un par de horas, si no es molestia.

  —Coloca tu mano en esa placa de ahí. —indicó con un ademán vago, sin apartar la jarra de sus labios.

  Dimerian obedeció. Al tocar la peque?a placa metálica, el dispositivo comenzó a brillar suavemente. Era un artefacto de cobro automático, usado para evitar cualquier tipo de transacción directa. Bardrim continuó bebiendo sin interés, hasta que un destello captó su atención. Al enfocar la vista, sus ojos se clavaron en el dedo de Dimerian… y entonces lo vio.

  El brillo del anillo.

  Con un escupitajo explosivo, Bardrim arrojó su cerveza por todo el mostrador, atrayendo la mirada de todos en el Emporio. Se limpió la boca con la manga, atónito.

  —?Mocoso! ?Acércate ahora mismo! —rugió con una mezcla de incredulidad y urgencia.

  Dimerian dio un paso al frente, desconcertado.

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  —?Maestro Bardrim? ?He hecho algo mal?

  Pero el viejo herrero no escuchaba. Sus ojos ardían de emoción, su cuerpo temblaba ligeramente. No podía apartar la vista del anillo. Su voz, aunque áspera, apenas contenía la euforia.

  —Ese anillo… ?Dónde lo conseguiste?

  Dimerian ladeo la cabeza, como si no hubiera escuchado la primera vez.

  —?Si! ?Dónde conseguiste ese anillo? ?Quién te lo dio? ?Te explicó cómo lo forjaron? —Bardrim bombardeó a Dimerian con preguntas, sin darle un segundo para responder.

  El joven retrocedió instintivamente, desconcertado. Su mente buscaba una salida, pero no hallaba palabras. Reinhard y Joseph, sorprendidos por la escena, intercambiaron una mirada rápida antes de acercarse al mostrador.

  —?Ocurre algo, maestro Bardrim? —preguntó Reinhard, frunciendo el ce?o.

  El herrero no contestó de inmediato. Sus ojos, desorbitados, se posaron en la mano de Joseph… y entonces lo vio. Otro anillo idéntico al de Dimerian.

  —??Dos?! ??Son dos?! —exclamó, casi jadeando de la impresión.

  Los clientes del Emporio comenzaron a mirar con curiosidad, algunos con cautela. Bardrim, sin perder tiempo, se transformó en un torbellino de autoridad. Empezó a echar a todos fuera del local, gritando con una furia que nadie se atrevió a cuestionar. Incluso ordenó a sus aprendices que se retiraran a la parte trasera del taller.

  En cuestión de segundos, el lugar quedó desierto.

  —?Muy bien, mocosos! ?Hablen de una vez! ??Quién demonios forjó esos anillos?!

  Joseph y Dimerian se miraron con nerviosismo. El sudor les perlaba la frente. Sabían que no podían decir la verdad sin enfrentar la ira de Cáliban. Reinhard, ajeno a los detalles, trató de entender lo que ocurría.

  —?Se refiere a estos anillos? —preguntó, se?alando el de Dimerian.

  —?No te hagas el idiota conmigo, muchacho! —espetó Bardrim, se?alando con un dedo tembloroso.

  Joseph intentó intervenir.

  —Ah, bueno… los encontramos en la mazmorra. Fue una recompensa por vencer a un jefe. —dijo, esforzándose por sonar convincente.

  Bardrim bufó con desprecio.

  —?Crees que soy un imbécil? ?Crees que tengo este título por adorno? ?He trabajado el acero más de lo que ustedes llevan de vida! Esos anillos no fueron "encontrados", fueron forjados. Y no por manos comunes. Están hechos con un nivel de precisión que no veo desde hace décadas. Así que les repito la pregunta… ?Quién los forjó?

  El silencio cayó como una losa. Joseph y Dimerian intercambiaron miradas, buscando una respuesta que no los comprometiera. Pero no la había.

  —Maestro Bardrim… —comenzó Joseph, buscando tiempo —Permítanos hablar un momento en privado.

  Tomó a sus compa?eros del brazo y los arrastró hacia un rincón del local. Allí comenzaron a discutir en voz baja, lanzando susurros rápidos y tensos.

  —?Qué hacemos? Si decimos algo sin consultarlo con Cáliban, lo pagaremos caro. —dijo Dimerian, preocupado.

  —No es que nos haya prohibido hablar de esto… —murmuró Joseph —Solo dijo que debíamos avisarle antes de soltar la lengua.

  —?Y tú crees que eso es suficiente para no enfurecerlo? —intervino Reinhard.

  —Por cierto, Reinhard… Cáliban me pidió que te entregara uno, pero, supongo que te lo daré después… no quiero llamar mas la atencion. —Dijo Joseph.

  Reinhard estaba emocionado por recibir un anillo, pero intentó disimularlo para que Bardrim no lo viera.

  —Iré a buscar al líder… sólo él puede ayudarnos en esta situación.

  En ese momento, Bardrim, impaciente, vio cómo Reinhard se escabullía discretamente por la puerta. Joseph, entonces, se acercó al maestro herrero.

  —Le pedimos un poco de paciencia. No es que queramos ocultarle la verdad, pero hay una persona clave que debe estar presente para hablar de esto. Reinhard ha ido a buscarlo. Solo le pedimos… tiempo.

  Bardrim lo miró con una mezcla de frustración y expectación.

  —Bien… —gru?ó el maestro Bardrim, a rega?adientes, mientras cruzaba los brazos con impaciencia.

  A unas calles del Emporio, Astrid caminaba justo detrás de Cáliban, observando su espalda con atención enfermiza. Su mirada era calculadora, como la de una cazadora que sigue a su presa, esperando el momento justo para revelar lo que, en su mente, era la verdad que todos debían ver.

  Fue entonces cuando vio a Reinhard aproximarse a toda velocidad, jadeando por el esfuerzo.

  —?Ah! ?Líder! ?Qué bueno que lo encontré!

  Cáliban detuvo su andar, frunciendo el ce?o con leve preocupación.

  —Reinhard… ?Qué ocurre?

  —Hay algo que necesito discutir con usted… ?Podríamos hablar a solas?

  Astrid arqueó una ceja, pero respondió con una sonrisa diplomática.

  —Por supuesto.

  Se apartó unos pasos, aunque mantuvo la mirada fija en ellos. Observó cómo Reinhard se acercaba a Cáliban, susurrándole algo al oído. El rostro del líder cambió lentamente, primero hubo extra?eza, luego molestia. Se llevó una mano al mentón, pensativo, procesando lo que acababa de oír. Finalmente, sin decir nada, reanudó la marcha y le hizo una se?a a Astrid para que los siguiera. Su curiosidad crecía con cada paso.

  En la herrería, la tensión se volvía insoportable. Bardrim tamborileaba los dedos sobre el mostrador con frustración. Odiaba esperar. La paciencia nunca había sido uno de sus talentos.

  De pronto, la puerta del Emporio se abrió. Reinhard entró acompa?ado de Cáliban y Astrid.

  —?Trajiste a tus amiguitos? Pensé que ibas a traerme al forjador de los anillos. ?No estoy para juegos!

  Cáliban avanzó con paso firme hasta el centro del local, con una expresión tan severa que hizo que el aire pareciera enfriarse.

  —Maestro Bardrim. —dijo con voz baja, pero cargada de tensión —Me dijeron que quiere saber sobre los anillos…

  —?Así es! ?Exijo-!

  —Usted… —interrumpió Cáliban con una frialdad cortante —no está en posición de exigir absolutamente nada.

  El silencio cayó como una losa. Joseph, Dimerian y Reinhard se mantuvieron quietos. Hasta Astrid sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

  —Si va a mantener esa actitud infantil y estúpida… —continuó Cáliban, clavándole la mirada —entonces no tenemos nada que hablar. Vámonos.

  Sin esperar más, se dio media vuelta y sus compa?eros lo siguieron. Pero justo antes de que cruzaran la puerta, Bardrim reaccionó. El pánico se apoderó de él, sabía que si dejaba ir esta oportunidad, no volvería a tener otra igual.

  —?Espera! ?Espera! —gritó, alzando las manos —?Entiendo, entiendo…!

  Se rascó la barba con fuerza, como si quisiera arrancarse el orgullo.

  —Lamento mi comportamiento. Solo… solo quería respuestas. ?Podemos hablar?

  Cáliban no volvió. Sus ojos se desviaron a un viejo pergamino enrollado sobre uno de los estantes. Su voz fue firme, sin emoción.

  —No.

  —??Qué?! ?Por qué no? —protestó el herrero, incrédulo.

  Cáliban tomó el pergamino y lo desenrolló lentamente, con aparente indiferencia.

  —Recuerde cómo funciona el intercambio de información. —dijo Cáliban con una calma que ocultaba una advertencia —No queremos malos entendidos… ?Verdad?

  Bardrim parpadeó, incrédulo por la osadía de aquel joven. Nunca imaginó que un simple estudiante le hablaría con tal seguridad.

  —Tsk… Realmente sabes cómo tocarme las pelotas, mocoso. —gru?ó.

  Cáliban esbozó una sonrisa helada, cargada de sutil desprecio.

  —?Le dices “mocoso” a un cliente? Quizás debería buscar otro establecimiento donde se me trate con más cortesía… Maestro herrero. —remarcó las palabras mientras sus ojos se clavaban en los de Bardrim como cuchillas.

  —Ah… lo siento, estimado cliente. —dijo Bardrim, forzando cada palabra como si masticara piedra —Vengan por aquí. Hablemos en privado.

  Los guió a través de un pasillo angosto y adornado con armas antiguas. Astrid los seguía en silencio, procesando lo que acababa de presenciar. Aquel hombre era el legendario maestro herrero Bardrim, cuyas obras eran codiciadas en todo el continente. Su padre, un rey, solía hablar de él con respeto reverencial. A pesar de su rango, incluso él tuvo que ganarse su confianza tras a?os de negociaciones, apoyado por el discípulo directo del herrero, quien aún mantenía las armas de la guardia real.

  Y ahora… lo veía casi servil, obedeciendo las indicaciones de Cáliban sin rechistar.

  ??Qué es lo que posee él… que incluso un hombre como Bardrim se traga el orgullo?? —pensó Astrid, sin apartar la mirada de su líder.

  Bardrim abrió la pesada puerta de su estudio e indicó con un gesto que tomaran asiento. Una vez acomodado en su butaca de cuero curtido, intentó tomar las riendas de la conversación.

  —Bien, vayamos al grano…

  Pero Cáliban alzó la mano, interrumpiéndolo con una elegancia glacial.

  —Maestro Bardrim… no es así como se inician los negocios. ?O acaso es su primera vez participando en un intercambio de información formal?

  El rostro del herrero se contrajo, pero no replicó. Con un leve chasquido de sus dedos, hizo aparecer un pergamino encantado que flotó frente a ellos, emitiendo un tenue resplandor dorado. Bardrim comenzó a escribir con precisión cada cláusula, cada término, cada límite. Nada quedaba al azar.

  Cuando terminó, extendió el contrato hacia Cáliban. Este lo tomó y lo leyó con detalle, línea por línea, sin saltarse una sola palabra.

  —Bien… parece aceptable. —Luego lo entregó a sus compa?eros —Fírmenlo todos.

  Reinhard, Joseph y Dimerian firmaron sin pensarlo. La tinta mágica brilló brevemente en cuanto sus nombres quedaron sellados. Astrid observó todo con atención, sin dejar de analizar cada gesto.

  —?Te parece bien si me doy un momento para leerlo? —preguntó, sin levantar la vista del pergamino.

  Cáliban asintió con naturalidad. Astrid, al examinar el pergamino, descubrió que no se trataba de una simple autorización. Era un contrato cadena, un artefacto legal y mágico que imponía cláusulas de confidencialidad absolutas. Todo lo conversado quedaría sellado por la magia del documento, ningún firmante tendría derecho a divulgar ni una palabra sin el consentimiento explícito de los titulares.

  Intrigada por el nivel de precaución, y deseosa de comprender el origen de tanto secretismo, firmó sin dudarlo.

  —Bien. —dijo Bardrim, con un tono más controlado mientras sacaba dos brazaletes de metal grueso y oscuro, adornados con peque?as runas centelleantes —Estos brazaletes analizan las ondas mentales del portador. Si alguno miente, las runas brillarán en rojo. Mientras digas la verdad, permanecerán verdes. ?Comenzamos? ?O necesitas preparar algo más?

  —No. —respondió Cáliban con indiferencia —Adelante cuando gustes.

  Bardrim asintió, se colocó uno de los brazaletes y le entregó el otro a Cáliban, quien lo sujetó sin emoción aparente.

  —Bien. Primera pregunta… ?Quién forjó los anillos?

  —Fui yo. —respondió Cáliban, seco como el filo de una hoja.

  El silencio que siguió fue abrumador. La mirada de Bardrim titubeó, esperando ver el brillo rojo de las runas... pero éstas permanecieron verdes. Su rostro, brevemente desencajado, recuperó la compostura.

  —?Quién te ense?ó-?

  —No, no… —interrumpió Cáliban, cruzándose de brazos —Recuerde cómo funciona esto. Respete los turnos.

  Bardrim soltó un suspiro frustrado y se reclinó en su silla, resignado.

  —Muy bien… adelante.

  —?Por qué son tan importantes estos anillos para ti? ?Acaso no hay otros similares en Aurúm?

  Bardrim bufó con incredulidad y se llevó una mano al rostro, como si esa pregunta fuera una afrenta.

  —?Los forjaste… sin saber lo que tenías entre manos? Por todos los cielos… —sacudió la cabeza antes de continuar —Escucha. Sí, existen otros anillos parecidos. Incluso mejores en rendimiento. Pero el valor no está en el objeto final… sino en su método de creación. Nadie, ni yo, ni ningún otro maestro herrero del continente, ha logrado replicar ese proceso. Eso es lo que los hace únicos.

  Astrid observaba sin parpadear. La conversación había tomado un rumbo inesperado. Bardrim, el hombre que había rechazado comisiones de reyes y nobles, hablaba con una mezcla de admiración y frustración contenida. ?Qué clase de técnica podría superar incluso al conocimiento ancestral de los grandes herreros?

  Alzó la mano, dudosa.

  —Perdón… creo que estoy un poco perdida. ?De qué anillos están hablando?

  El silencio se hizo un segundo. Cáliban giró ligeramente la cabeza hacia ella, sin cambiar de expresión. Por su lado, Bardrim soltó un largo suspiro que pareció arrastrar a?os de frustración.

  —Anillos de almacenamiento espacial…

  Astrid parpadeó, sorprendida. Esa revelación le golpeó con fuerza. Estaba familiarizada con aquellos objetos. Su padre poseía uno dorado, con incrustaciones de gemas relucientes, un tesoro que cuidaba como si fuera parte de su alma.

  Sabía lo que implicaban.

  Los anillos de almacenamiento espacial no eran una fantasía ni una rareza desconocida. Existían. Pero su origen era siempre el mismo… las profundidades de una mazmorra. Reliquias invaluables, imposibles de reproducir. Ningún herrero, ni siquiera los más antiguos, había logrado replicar su fabricación. Alternativas como las bolsas espaciales existían, pero eran toscas y limitadas. Espacio, peso y volumen entrelazados por reglas estrictas. Un barril podía llenar casi por completo una bolsa con solo ser colocado en su interior. Pero los anillos eran diferentes.

  Un anillo con siete espacios podía almacenar siete barriles sin inmutarse. El peso no se distribuía, cada compartimento tenía su propio límite aislado. El equilibrio perfecto entre forma y función. Una verdadera obra de magia avanzada y arte olvidado.

  —Líder… —murmuró Astrid, sin poder ocultar su incredulidad —?En serio forjaste un anillo de almacenamiento espacial?

  —Por supuesto que no. —respondió Cáliban con una calma que parecía burlarse de la tensión.

  —Ah… —ella suspiró, aliviada, permitiéndose una sonrisa arrogante —Lo imaginaba. No hay forma de que-

  —Forjé tres. —la interrumpió, seco y sin rastros de humor.

  La sonrisa de Astrid se desvaneció como un vaso roto. Un silencio denso cayó en la habitación. Bardrim, por su parte, se quedó sin palabras. Su expresión era la de un hombre que acababa de presenciar lo imposible.

  —?Quién fue tu maestro? —preguntó finalmente, en voz baja, como si temiera romper algo sagrado.

  —Maestra. —corrigió Cáliban sin titubear —Y no, no puedo decírtelo.

  —Pero… —Bardrim insistió, con una mezcla de súplica y ansiedad en la voz.

  —No es alguien con mucha fama en el continente. Y se fue hace mucho tiempo... no podrás conocerla.

  Mientras hablaba, los ojos de Cáliban brillaron con un destello carmesí. Una advertencia sutil pero imposible de ignorar. Una línea había sido trazada, y el herrero lo entendió al instante.

  Bardrim bajó la mirada. Ya no había más preguntas que hacer.

  —Entiendo… Es una verdadera lástima.

  —?Por qué es tan importante para ti? —Volvió a preguntar Cáliban con tono neutro, sin mostrar emoción.

  Bardrim guardó silencio por unos segundos. Luego, su mirada, antes orgullosa, se tornó opaca.

  —Escucha… todos me llaman “Maestro”, ?Sabes? Maestro por aquí, maestro por allá… pero la verdad es otra. Hace mucho que no forjó nada que valga la pena. Nada que me haga sentir vivo. Todo son encargos repetitivos, técnicas recicladas, perfección sin alma.

  Cáliban no respondió, solo lo observó. Todos en la sala quedaron en silencio al escuchar las palabras de Bardrim.

  —A?o tras a?o… observando el fuego de la forja sin que mi alma se encienda con él. A?o tras a?o tratando con aduladores que me abandonarían al primer signo de debilidad. A?o tras a?o atendiendo un Emporio que se desmorona ante mis ojos… —Bardrim contempló sus manos endurecidas, surcadas de cicatrices y quemaduras, como si no fueran ya suyas. En su rostro se dibujó una mueca amarga, una mezcla de rabia y derrota —Es un infierno… odiar aquello que una vez fue todo para mí.

  Dimerian lo observaba en silencio. No podía evitar recordar a su abuelo, ese hombre que, aun postrado por la enfermedad, jamás soltó su martillo. Cada golpe era una promesa, cada chispa de la forja, un legado. Aun cuando su cuerpo le fallaba, continuó… por él.

  Cáliban, con los brazos cruzados, miró al herrero sin burla, pero con una frialdad implacable.

  —No me sorprende que no puedas forjar nada…

  Bardrim levantó la vista, sus ojos se tornaron llameantes. Si había algo que odiaba con toda su alma era la lástima. Esa mirada. Esa maldita expresión que le recordaba a un viejo sin gloria ni propósito.

  —??Qué dijiste, maldito mocoso?! ?Puede que esté viejo, pero aún tengo fuerza suficiente para callar esa boca insolente!

  Cáliban sonrió apenas. Un gesto ligero y provocador.

  —Con esa actitud de mierda… ?Qué vas a forjar? Nada. Solo derrota y resentimiento. Acepta lo que eres… un anciano amargado, gru?ón y acabado. Deberías cerrar este local, buscar un heredero… o un discípulo que termine lo que tú ya no puedes.

  Un susurro de tensión recorrió la sala. Reinhard intentó dar un paso hacia su líder, pero Joseph lo detuvo con firmeza, negando con la cabeza. Era un terreno demasiado delicado para intervenir.

  Astrid, en cambio, lo disfrutaba. Sentía que por fin estaba viendo la verdadera cara de Cáliban.

  ?Eso es… deja caer esa máscara. Ensé?ame quién eres realmente…? —pensó, mientras una sonrisa serpenteaba en sus labios.

  —Solo eres un viejo patético. —continuó Cáliban, sin titubeos —Tu único mérito es construir tu propia lápida y cavar tu tumba con las manos. Has mancillado el título de maestro herrero con cada día que finges seguir siendo uno.

  Bardrim temblaba. Sus dientes se apretaron al igual que sus pu?os. La rabia hervía en su pecho como metal fundido.

  —??Y tú qué demonios sabes?! ?No tienes idea! —rugió con una furia que sacudió las paredes del despacho —??Sabes lo que significa ser un herrero de verdad?! ?Fuerza, talento, experiencia! ?Eso es lo que se necesita! ?Nada más! ?Si quisiera, podría forjar una pieza épica aquí mismo!

  Cáliban lo miró fijamente, su expresión se volvió aguda como una hoja bien templada. Luego, sonrió. No con desprecio ni con burla.

  —Bien… tráela. Trae esa arma y te demostraré cuán patético eres comparado con un verdadero herrero…

  —?Perfecto! ?Será mejor que no te retractes, mocoso! —bramó Bardrim, con los ojos encendidos de furia.

  El herrero se levantó de golpe, caminando con pasos pesados hacia un estante reforzado. De allí extrajo una larga caja cubierta con inscripciones antiguas. Sus manos temblaban no de duda, sino de expectación, de orgullo. Mientras desenvolvía el arma, Cáliban permanecía en silencio, aunque por dentro hervía. Las venas de su sien se marcaron, latentes como una advertencia.

  Recordó a Oblivion.

  La espada negra que había segado millones de almas. Un regalo de su hermana mayor. Su maestra y guía. Cada vez que la sostenía, sentía el eco de su amor palpitando en el metal. Ella ya no existía… pero su fuego seguía ardiendo en aquella hoja. El simple recuerdo de su silueta forjando, concentrada, sonriente, bastaba para romper cualquier escudo de orgullo o calma.

  —?Aquí está, mocoso! ?Vamos, ensé?ame de qué estás hecho! —exclamó Bardrim, colocando su arma sobre la mesa con fuerza.

  Era una espada ornamentada, de punta roma, cubierta con delicados trazos de oro y runas brillantes. Era el resultado de a?os de experiencia… pero no de pasión.

  —Dimerian. —dijo Cáliban, sin apartar la mirada del herrero, extendiendo la mano con firmeza.

  Dimerian obedeció. Tocó su anillo con el dedo, y de él emergió lentamente una gran espada, pesada y simple, sin decoraciones, ni ornamentos. Solo acero puro, nacido del alma de su abuelo.

  Astrid, al ver la espada aparecer desde el anillo, sintió que su respiración se detenía un instante.

  ?Así que… sí eran anillos de almacenamiento.? —pensó, asombrada.

  —?Eso es todo? —soltó Bardrim con desdén —?Una espada sin gracia? ?Crees que solo por su tama?o podrá romper la mía? Qué ingenuo eres…

  —Entonces, hagamos una apuesta. —propuso Cáliban, mostrando una sonrisa apenas perceptible —Si logró romperla, escucharás mi petición. Si no, te daré el método de producción de los anillos sin nada a cambio.

  Bardrim dudó un momento, sorprendido por la propuesta directa, pero su orgullo no le permitió retroceder.

  —?Hecho! Si quieres perder tan rápido, adelante, mocoso.

  Estaba seguro de su victoria. La hoja del otro parecía común, sin aura, sin majestuosidad. Astrid se acercó, murmurando con inquietud:

  —Líder… ?Está seguro de esto?

  —Sin ninguna duda.

  Cáliban alzó la espada. La sostuvo en alto por un largo segundo, como si el tiempo se hubiera detenido. Cerró los ojos. No canalizó su energía carmesí, ni su maná, ni su ánima. No hacía falta.

  Un arma no se moldea con poder… sino con voluntad.

  El corazón del portador es lo que da filo a la hoja. Dejó ir sus dilemas, sus miedos, su rabia, su dolor. Y en ese instante, la espada no era solo acero… fue convicción pura.

  De un solo movimiento, descargó un tajo descendente. El aire tembló. El impacto sacudió las paredes. Un sonido seco, agudo y final se propagó por la sala. El chasquido del metal chocando resonó junto con la respuesta de aquella apuesta.

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