home

search

Capítulo 59: Fin de las vacaciones

  De regreso en el campamento, Joseph perfeccionaba sus movimientos con la espada, bajo la sombra ondulante de los grandes árboles. El brillo metálico del acero danzaba con la luz del sol que se filtraba entre las hojas. Dominaba con rapidez los principios del combate, pero no podía evitar mirar con cierta compasión a su compa?ero Dimerian, que yacía exhausto sobre el suelo, jadeando entre espasmos.

  —Acérquense. —ordenó Cáliban, con una voz grave como un trueno lejano —Es hora de comenzar el verdadero entrenamiento.

  Ambos lo siguieron en silencio mientras se internaban hacia el corazón del bosque, donde una inmensa cascada se precipitaba desde la cima de un volcán dormido, cayendo con fuerza sobre un lago de aguas cristalinas que parecía reflejar otro mundo. Dimerian se detuvo, boquiabierto ante la inmensidad del salto de agua.

  —A partir de hoy, dejaremos en pausa la práctica con armas. —anunció Cáliban, sin volverse a mirarlos —Ha pasado medio mes. Nos queda uno entero. Ahora entrenaremos algo más importante:p. El cuerpo... y la mente.

  Dimerian alzó la mano con esfuerzo.

  —?Qué haremos aquí, líder?

  Cáliban se agachó junto al lago, sumergiendo las manos en el agua helada.

  —Antes de responder, díganme… ?Qué harían para partir una roca? ?Qué creen que les permitiría superar ese límite?

  Los dos se miraron, buscando respuestas en el rostro del otro.

  —?Fuerza bruta? —aventuró Dimerian.

  —?El control de la energía? —murmuró Joseph, sin convicción.

  Cáliban se puso de pie. Una única gota de agua descendió desde la punta de su dedo índice.

  —No. La respuesta es esta.

  —?Agua? ?Entonces necesitamos dominar el elemento? —preguntó Dimerian, confundido.

  El maestro negó con calma. Aún no lo comprendían.

  —No es la gota en sí... sino lo que representa.

  Se volvió hacia la cascada y su mirada se volvió oscura.

  —?Conocen el castigo de la gota? —preguntó en voz baja —Es una tortura ancestral. Se deja caer una gota de agua fría, una y otra vez, sobre la frente de un prisionero. Día tras día. Noche tras noche…

  —Eso no suena tan terrible… —murmuró Joseph, con una ceja alzada.

  Cáliban lo miró, y en sus ojos danzó el eco de mil tormentas.

  —En efecto, al principio no parece tan grave… —dijo Cáliban, su voz se mezclaba con el rugido de la cascada —Pero escuchen bien. En una cueva olvidada por el tiempo, una simple gota de agua cae cada día sobre una piedra. No la rompe por su peso… sino por su constancia. Con los a?os, talla un hueco en la roca más dura. Si eso puede hacerle a la roca… imaginen lo que puede hacerle a un cráneo humano.

  Joseph y Dimerian se miraron, consternados. La sangre les corrió fríamente.

  —No nos vas a torturar… ?Verdad? —preguntó Joseph, con una mueca entre risa nerviosa y terror.

  Pero Cáliban no respondió. Se limitó a caminar hacia la base de la cascada, con la mirada clavada en el agua como si conversara con ella.

  —Cuando una gota cae… —comenzó, mientras el agua le mojaba las botas de cuero negro —el impacto depende de la altura desde la que cae… Dimerian, acércate. Extiende tu mano.

  Temblando, Dimerian obedeció. Estiró la mano hacia la cortina de agua. Algunas gotas salpicaron su piel.

  —Ha… no se siente mal. —murmuró, aliviado.

  —Ahora, mete todo el brazo.

  Confiado, Dimerian introdujo el brazo bajo la cascada. Un segundo después, gritó.

  —?AUCH! ?Mierda! ?Eso duele!

  —Exacto. —asintió Cáliban con gravedad —Para templar el cuerpo y la mente, se necesita un estímulo constante. Este será su nuevo templo de disciplina. Cada día, meditarán bajo esta cascada. Aprenderán a resistir. A concentrarse. A superar el dolor.

  Se volvió hacia Dimerian, sus ojos brillaron con una severidad casi sobrenatural.

  —Tú… eres impaciente. Y la impaciencia lleva a la ruina. Estaré vigilándote. No darás un solo paso sin que lo sepa.

  Dimerian tragó saliva. La idea de escapar cruzó fugazmente su mente, pero el peso de los grilletes mágicos en sus tobillos le recordó que no había salida.

  ?Madre… abuelo… pronto me reuniré con ustedes…? —pensó con desesperación.

  Joseph, en cambio, dio un paso al frente. Se plantó bajo la cascada con determinación. El impacto fue brutal. Cada gota era como una piedra golpeando su espalda desnuda. Cerró los ojos, intentó respirar… pero la mente le ardía. El cuerpo temblaba. Y, de fondo, los chillidos de Dimerian no ayudaban.

  Desde la orilla, Cáliban los observaba con la severidad de un juez. En sus manos, había una vara tallada de una rama gruesa. Cada vez que alguno flaqueaba, la vara silbaba en el aire y golpeaba sin piedad. Especialmente a Dimerian, quien pronto tuvo los brazos y la espalda cubiertos de marcas rojizas.

  Cuando caía la noche y el lago se envolvía en neblina azul, Cáliban se retiraba solo al bosque. Pero no para descansar. Sin comer, sin dormir, entrenaba más duro que sus propios compa?eros. Su cuerpo, endurecido por a?os de maltrato, ya no era suficiente. Necesitaba ir más allá, dominar su energía pura, soportar el peso que conllevaría avanzar en la mazmorra.

  Además, el culto… esa sombra creciente que amenazaba con devorarlo todo… no le daba tregua.

  Ocelotl, su nuevo fiel compa?ero, interrumpió en medio de su entrenamiento.

  ?Maestro… ?Hay alguna manera de que yo también pueda entrenar??

  —Sí, Ocelotl… pero no por ahora. —respondió Cáliban, sin detener sus movimientos —Necesito hacer algunos preparativos primero. No puedes entrenar físicamente… porque no tienes un cuerpo físico.

  De hecho, Cáliban ya se había planteado este problema. Era la primera vez que hacía un contrato con un espíritu, más aún, uno del que no se tenía ninguna información en su interminable biblioteca o experiencia. Ocelotl no poseía un cuerpo físico y por alguna extra?a razón, el cuerpo que podía manifestar no era perfecto. Ocelotl le había explicado con anterioridad que, a pesar de poder transformarse en un corcel, la transformación no duraba mucho, incluso apenas podía usar el poder de un unicornio. Ocelotl podía consumir núcleo de otras especies y transformarse en ellas, pero nunca podía absorberlas completamente.

  ?Ya veo… qué lástima… esperaré con paciencia entonces.?

  El espíritu guardó silencio en los pensamientos de su amo, dejando que la concentración volviera a fluir. Así continuó el régimen, estricto e inquebrantable, durante el resto de las vacaciones. No hubo pausas, ni excusas. Cada jornada exigía lo mejor de sus cuerpos y mentes.

  Cuando finalmente llegó el día de partir, los jóvenes dejaron atrás la mazmorra transformados por el dolor… y la disciplina.

  La ma?ana era serena, te?ida por los primeros rayos dorados del sol. Una brisa salina, suave y constante, cruzó el centro comercial de Reidell, haciendo estornudar a una joven de cabellos oscuros.

  —?Achoo!... Ugh… —se quejó Cecilia, frotándose la nariz.

  —Por cierto, ?Qué hacemos aquí? —preguntó Nhun, alzando una ceja.

  Cecilia hojeaba los puestos con atención, buscando entre especias, telas y frutas de temporada.

  —Pensé que podríamos comprar algo para el camino… ?Quieres algo en particular?

  Nhun se llevó una mano al mentón, pensativa.

  —Frutas secas… y agua de coco. Bien fría.

  Tras abastecerse, ambas se apresuraron de regreso a la mansión Thorm. Había alguien a quien querían ver antes de partir. Cecilia, impaciente, se dirigió a los aposentos de lord Xander.

  —?Lord Xander! Le he traído algunos obsequios…

  La puerta se entreabrió, revelando una figura parcialmente oculta en penumbra.

  —Oh, Cecilia, querida… muchas gracias. Pero necesitaré un momento. Acabo de salir del ba?o y aún debo vestirme.

  —?Ah! Lo siento mucho. No quería interrumpirlo…

  Avergonzada, Cecilia se alejó con las mejillas encendidas. Mientras tanto, Xander cerró la puerta con lentitud… y sus ojos se tornaron fríos como el acero. El interior de su habitación era una escena de caos silente. Varios cuerpos, vestidos con túnicas oscuras, yacían regados por el suelo. Ocultistas. Habían intentado infiltrarse incluso durante sus días de descanso.

  Desde que comenzaron las vacaciones, no importaba hacia dónde viajará, siempre podía percibir rastros de energía oscura, como un hedor en el viento. No esperó ataques… los interceptó antes de que pudieran actuar.

  Una hora más tarde, descendió al comedor, donde fue recibido por el se?or Sebastian Thorm, un hombre de presencia imponente, rostro adusto y mirada firme. Su cabello negro como el de su hija brillaba bajo la luz del sol que se filtraba por el comedor.

  —Lord Hilloy, acompá?enos, por favor…

  —Con mucho gusto, se?or Thorm.

  Pese a su expresión severa, el padre de Cecilia era un hombre noble y directo. Entre él y Xander se había forjado una relación de respeto mutuo. No por título, sino por actos.

  —Lord Hilloy. —comenzó el se?or Thorm mientras llenaba una copa —Le agradezco sinceramente por cuidar de mi hija. Sé que no soy un noble de gran linaje, pero si alguna vez necesita algo, cualquier cosa… no dude en pedírmelo.

  Xander observó el vino, girando la copa lentamente.

  Estaba acostumbrado a los halagos vacíos, a los nobles que lo cortejaban solo para presumir su cercanía con un héroe del pasado. Pero Thorm no era de esos. Había sinceridad en sus palabras, y eso era raro.

  —Se lo agradezco, se?or Thorm. Sé que sus intenciones son puras. Puede contar con mi apoyo… siempre que lo necesite.

  Brindaron en silencio. Un gesto sobrio, pero lleno de significado. Xander podía ver más allá del alma común. Su Mirada Celestial, regalo de Cáliban, le revelaba quién era digno de confianza… y quién no.

  Más tarde, mientras subía al carruaje, observó las despedidas desde la ventana.

  Nhun se abrazaba fuertemente a un hombre imponente, de piel negra, mirada amable y barba espesa. El padre de la joven le besó la frente con ternura.

  —Cuídate, Nhunisha… asiste a tus clases y entrena con disciplina. Hay muchos que desearían estar en tu lugar.

  —Lo haré, pa… pero tú tampoco te encierres todo el maldito día en la forja. Come algo de vez en cuando.

  —Ja, ja… lo prometo.

  A unos metros, Cecilia compartía un momento más discreto pero igualmente profundo con su padre. El se?or Thorm se arrodilló con esfuerzo, tomando las manos de su hija entre las suyas, grandes y ásperas por los a?os de trabajo.

  —Hija mía… ?Cómo están tus pulseras? ?Necesitas un reemplazo?

  Cecilia miró sus brazaletes, firmemente atados a sus brazos.

  —Aún están bajo control, padre… no ha habido incidentes.

  él asintió en silencio, con una mezcla de orgullo y preocupación en sus ojos.

  —Me alegro… por favor, cuídate mucho. Recuerda que esta siempre será tu casa. Puedes volver cuando lo necesites…

  —Sí, padre…

  Cecilia lo abrazó con fuerza, como si quisiera retener en su pecho cada segundo de aquel momento. Su padre, un hombre de honor y respeto entre los suyos, sentía que no había mayor tesoro en su vida que la hija que ahora despedía.

  —Es hora de que subas al carruaje… ve con cuidado, hija mía.

  Con una última mirada, los tres subieron al carruaje rumbo a la academia. Desde la ventana del carruaje, Cecilia seguía agitando su mano con entusiasmo, mientras su padre le devolvía el gesto en silencio, su figura se volvía peque?a en la distancia.

  Esa misma ma?ana, Joseph se había levantado temprano, como de costumbre. Dentro de su tienda, mientras se vestía, notó de reojo el calendario colgado de una estaca de madera. Una palabra marcada en rojo llamó su atención: Inicio de clases.

  —Mierda… ya es hoy. Supongo que debo avisar a los demás. —murmuró mientras se abrochaba el cinturón.

  Salió al exterior, el aire fresco le acarició el rostro. Lo primero que hizo fue buscar a Dimerian. Lo encontró donde esperaba… justo bajo la cascada, con el cuerpo expuesto al golpe constante del agua que caía desde el acantilado. Lo extra?o era su rostro. No había dolor, ni mueca de incomodidad… solo quietud. Como si hubiese logrado fundirse con el flujo.

  Hasta que Joseph le dio un golpe en la cabeza.

  —??Ah?! ??Qué demonios te pasa?! —replicó Dimerian, saliendo de su trance.

  —Te quedaste dormido. Otra vez.

  Dimerian miró alrededor. Los pájaros ya trinaban, el sol había trepado el cielo… y era evidente que Joseph tenía razón.

  —Ah… lo siento.

  —?Cómo puedes quedarte dormido en medio de ese torrente?

  Dimerian suspiro, amargado.

  —Cuando el cansancio y el dolor se acumulan tanto… prefiero dormir un poco aunque me duela todo el cuerpo.

  —?Sabes dónde está Cáliban?

  —Sí, está en la forja. Terminando las espadas. Vamos.

  Ambos comenzaron a subir por el sendero de piedra que serpenteaba hasta el borde de la monta?a. Cáliban había instalado la forja lejos del bosque, para evitar que el calor de la lava desatara un desastre. A cada paso, Joseph sentía orgullo. él mismo había esculpido aquellas escaleras durante las vacaciones. Cada pelda?o era fruto de su esfuerzo y del control que su maestro le había ense?ado.

  Recordaba claramente una lección en particular, al comienzo del entrenamiento.

  Era la primera semana de entrenamiento corporal. Cáliban lo había guiado hasta una zona cercana al cráter del volcán, donde el calor ondulaba el aire.

  —Muy bien, Joseph. —dijo, se?alando con un gesto —?Ves ese peque?o saliente allá, en la roca?

  Joseph afinó la vista. A varios metros, un delgado montículo sobresalía peligrosamente sobre el abismo.

  —Ajá…

  —Quiero que construyas unas escaleras hasta ese saliente.

  Joseph frunció el ce?o, confundido por la petición.

  —?Es… una lección?

  —Así es. —respondió Cáliban, con la misma indiferencia firme que lo caracterizaba.

  Joseph alzó la mano, concentrando su energía en los dedos. Intentó moldear la piedra de la ladera para tallar escalones, pero la tarea era mucho más complicada de lo que parecía. Su energía era fuerte, pero dispersa, y los cortes apenas rozaban la forma de una escalera.

  —Ya veo… es una lección de control, ?Verdad?

  —Exactamente. —asintió Cáliban —Tienes un talento natural para manejar la energía, pero usarla y controlarla… no es lo mismo. La precisión es poder. Y el poder sin precisión solo sirve para destruir. Necesitas tallar con intención, no con fuerza.

  Para demostrarlo, Cáliban alzó la mano con calma. La energía se acumuló en su palma como un halo incandescente. Luego, con un simple gesto, extrajo la piedra misma de la pared, y de ella nacieron escalones perfectamente alineados, sólidos como columnas de un templo antiguo.

  —Entrenarás en sesiones. Hasta que puedas replicar esto.

  Recordar esa escena encendió en Joseph una chispa de orgullo. Había tardado días en dominar la técnica, equivocándose una y otra vez. Pero al final, logró levantar las escaleras por sí mismo, claro, no eran rectas ni perfectas, pero servían para caminar. Desde entonces, no dejó de practicar.

  Mientras subían hacia la forja, los pasos resonaban contra la piedra que él mismo había modelado, entonces, Dimerian rompió el silencio.

  —Oye, Joseph…

  Joseph se volvió levemente, notando cierta inquietud en su voz.

  —?Qué sucede, Dimerian?

  —No sé… ?No te parece todo esto un poco raro? —miró el anillo con incrustaciones azules que brillaba en su mano —Me refiero a Cáliban… a toda esa información que parece tener. Cómo creó estos anillos. Esa formación extra?a…

  —Okey, detente ya…

  This tale has been pilfered from Royal Road. If found on Amazon, kindly file a report.

  Joseph desvió la mirada. Cada palabra de Dimerian era un dardo en su conciencia. No le gustaba mentirle. Pero recordaba claramente las palabras de Cáliban:

  —“Arrastrar a inocentes a esta lucha no es una ventaja… es una carga innecesaria.”

  —Sé que todo lo que hace parece fuera de lo común. Pero créeme… si hace algo, tiene un motivo. Puedes confiar en él.

  Dimerian bajó la vista, dudando. Su instinto no le permitía confiar ciegamente. No sin conocer la verdad.

  —?Tú sabes cuál es ese motivo?

  Joseph se detuvo unos segundos. El viento de la monta?a sopló fuerte, arrastrando con él el silencio de un momento tenso. La bruma del amanecer se enredaba entre las piedras, como si el mundo esperara su respuesta.

  Joseph asintió con firmeza.

  —?Y aún así confías en él...? —preguntó Dimerian, con un matiz de incertidumbre.

  Una vez más, Joseph asintió. No a?adió nada más. Pero para Dimerian, esa respuesta fue suficiente. No necesitaba explicaciones complejas; a veces, una sola acción sincera bastaba para calmar la tormenta en el pecho.

  No era raro que se sintiera ansioso. Durante su infancia, muchos intentaron utilizarlo como moneda de cambio para obtener favores políticos o para controlarlo. Sin embargo, al descubrir cómo era tratado en su propio pueblo, la mayoría desistía, como si su valor se desvaneciera al conocer su realidad. Aquello lo volvió cauteloso, desconfiado, y le ense?ó a ocultarse entre las sombras. Solo quería asegurarse de no volver a ser una herramienta en manos ajenas.

  Como si pudiera leer sus pensamientos, Joseph habló con calma:

  —Sé lo que te inquieta, Dimerian. Pero te lo aseguro, Cáliban no es ese tipo de persona.

  Dimerian no se dejó convencer tan fácilmente. La confianza no brotaba en su pecho como un manantial, pero tampoco era de piedra. Después de todo, había luchado codo a codo con Joseph, había sangrado junto a él… y la lealtad nacida del campo de batalla era una de las pocas que realmente respetaba.

  Al llegar a la cima, el ritmo del martillo llenaba el aire. El eco de los golpes contra el metal se alzaba como una música de poder, a veces lento, a veces furioso; un lenguaje de fuego y acero. Cáliban, cubierto por un delantal chamuscado y con el rostro perlado de sudor, los miró con una mueca de satisfacción.

  —Justo a tiempo. —dijo con voz ronca —Acabo de terminar tus armas, Joseph.

  Ambos jóvenes se acercaron. Dimerian abrió los ojos de par en par al ver las piezas.

  —?Eso es...!

  —Woah...

  Joseph sostuvo las espadas con reverencia. Brillaban con un tenue resplandor, como si fueran talladas en cristal, pero su peso era sólido y perfecto. La Espectrita, un mineral raro y volátil, les otorgaba ese efecto translúcido, casi etéreo. Sin embargo, no había duda, eran armas forjadas para la guerra.

  —Estas espadas están hechas para ti. —explicó Cáliban —Canalizarán tu energía con mayor precisión. No solo te permitirán ataques más potentes, sino que lo harán con menos desgaste. úsalas… y siéntelas.

  Joseph obedeció. Desenvainó las hojas y se deslizó en una secuencia de ataques tan fluidos que el viento mismo pareció apartarse para no interrumpir. Su energía recorría las hojas como electricidad viva. Sentía cada vibración, cada fibra de la hoja, como una extensión de su propia voluntad.

  —?Esto es increíble! —exclamó Dimerian, maravillado —?Cómo lograste ese efecto?

  Cáliban cruzó los brazos, sin rastros de arrogancia.

  —Las reconstruí. Simplemente eso. Aprende algo, Dimerian, cuando un herrero crea una obra maestra, sea un arma legendaria o divina, comete un error común… dejarla intacta.

  Dimerian frunció el ce?o, confundido.

  —Pero... ?Por qué? ?Quién querría desmantelar una obra perfecta?

  —Aquellos que realmente desean comprenderla. —respondió Cáliban, con voz serena —Solo al desarmar una maravilla puedes descubrir su alma. Y al conocer su esencia… puedes mejorarla.

  Dimerian guardó silencio. Nunca había considerado esa posibilidad. Para la mayoría de los herreros, una obra maestra era sagrada, intocable, el pináculo de su habilidad. Pero Cáliban… él la desarmaba y la volvía a forjar, una y otra vez, hasta alcanzar lo que consideraba una verdadera perfección funcional.

  —Por cierto, ?Dónde está tu espada? —preguntó con curiosidad.

  —?Hmm? Ah, aquí… —respondió Cáliban mientras extendía la mano hacia su anillo.

  Con un destello tenue, la espada apareció. Dimerian frunció el ce?o al verla. No tenía adornos, ni runas, ni la empu?adura ornamentada que uno esperaría de un guerrero de su nivel. Era sobria, casi austera.

  —?Estás seguro…? —preguntó, sorprendido.

  —Sí. —respondió con naturalidad —No me interesa que sea hermosa. Es un arma, no una decoración.

  Dimerian prefirió no insistir. No quería discutir con alguien que veía al combate como algo esencial y puro. En lugar de eso, se volvió hacia Joseph con una palmada en la frente.

  —?Ah, cierto! ?El curso comienza hoy! Bueno… técnicamente, las clases inician ma?ana, pero ?No es hora de salir de este lugar ya?

  Cáliban parpadeó. Había estado tan inmerso en la forja y el entrenamiento que olvidó por completo el calendario. También tenía pendientes en la mansión y asuntos que atender en la academia.

  —Tienes razón. Recojan sus cosas. Es momento de regresar a casa.

  Joseph y Dimerian obedecieron de inmediato. Guardaron sus armas y pertenencias en los anillos de almacenamiento, y con una última mirada a la cascada y la forja, abandonaron la mazmorra.

  Los caminos hacia la academia estaban llenos de vida. Carruajes llegaban y partían, dejando a su paso grupos de estudiantes con baúles, pergaminos y miradas so?olientas. Las torres de piedra de la academia relucían bajo la luz del mediodía desde la distancia, y el bullicio de voces crecía a cada paso que daban.

  Frente a la Casa de los Especiales, dos figuras esperaban con expectación. El profesor Yannes, siempre serio, y la profesora Rain, cuya sonrisa iluminaba la entrada.

  —?Vaya! ?Ustedes son los terceros en llegar! —exclamó Rain, aplaudiendo con alegría —?Bienvenidos de vuelta!

  —Joven Cáliban… —a?adió Yannes, cruzando los brazos con sobriedad —Espero que su estadía en la mazmorra haya sido… placentera.

  Cáliban asintió con cortesía, sin agregar detalles.

  Yannes entrecerró los ojos, intentando percibir algún cambio en su energía. Pero fue inútil. No podía leer nada en él. Ni un incremento de poder, ni una variación en su aura. Como si nada hubiese cambiado. O peor aún… como si lo ocultara todo con maestría.

  ??Realmente fue con intención de entrenar?? —se preguntó, sintiéndose confundido.

  No esperaba un salto abismal de poder, pero sí algún rastro de evolución. Conociendo el carácter de Cáliban, estaba seguro de que no habría desperdiciado su tiempo. Tal vez, pensó, lo estaba subestimando.

  Fue entonces cuando dirigió la mirada a Joseph y Dimerian… y su expresión cambió.

  ?Esto es…?

  En Joseph, el profesor Yannes percibió algo inusual… había rastros de energía pura. Frunció el ce?o, activando una percepción más aguda. Lo que encontró lo dejó pasmado. Joseph ya había alcanzado el segundo nivel, un logro sorprendente por sí solo… pero aún más extraordinario considerando que las tres energías que portaba estaban perfectamente equilibradas. Normalmente, cuando un alumno posee múltiples tipos de energía, una de ellas domina mientras que las otras quedan rezagadas. La mayoría se enfoca en lo que controla mejor. Pero Joseph… parecía haberlas cultivado a la par. Con control.

  Desvió su atención hacia Dimerian, esperando un progreso más modesto. Sin embargo, lo que vio lo dejó sin palabras.

  Su aura era sólida, como una muralla pulida por tormentas. Ya no era errática ni vacilante. Su voluntad de vivir era tan palpable que parecía irradiar desde sus huesos. Sus ojos, antes esferas apagadas que evitaban cualquier mirada. Ahora, lo enfrentaban todo de frente, con una gran convicción. Donde antes había brazos flacos que temblaban al sostener una espada, ahora había fuerza, postura, resistencia. Su cuerpo hablaba del infierno por el que había pasado, y de que había regresado más fuerte.

  Y su aura… fina como el agua, densa como el océano profundo. Había serenidad en ella. Un eco del entrenamiento recibido bajo la tutela de Cáliban.

  ?Parece que estuvieron ocupados…? —pensó Yannes, con una mezcla de admiración y recelo.

  —?Podemos pasar? —interrumpió Cáliban, con tono neutro.

  Yannes parpadeó, dándose cuenta de que su observación se había prolongado demasiado. No quería levantar sospechas.

  —Sí, claro, lo siento. Deben estar cansados. Las habitaciones ya están abiertas, pueden acomodarse.

  Los tres ingresaron. Mientras cruzaban el umbral de la Casa de los Especiales, se escucharon voces exaltadas y sonidos secos. Gru?idos, gritos, algo parecido a una pelea en curso.

  Cáliban soltó un suspiro.

  —Joseph, ve a ver qué está pasando. Yo iré a dejar mis cosas.

  —Okey… —respondió Joseph, alejándose por el pasillo.

  Pero a mitad del camino, una punzada le atravesó la mente. Una presencia oscura… un eco maldito se filtró por su percepción. Detuvo el paso en seco.

  —?Sucede algo, líder? —preguntó Dimerian, que lo seguía de cerca.

  —No es nada… —respondió con la mirada fija en el pasillo —Hazme un favor, lleva mi mochila arriba. Déjala junto a mi puerta. Tengo que… ocuparme de algo.

  Dimerian asintió sin decir más. Cáliban le entregó la mochila y se giró, caminando hacia el ala este del edificio. El dormitorio de las chicas.

  A cada paso, la sensación se volvía más intensa. Pasó frente a las habitaciones de varias compa?eras, pero la energía no reaccionó… hasta llegar a una puerta en particular. La de Catherine.

  Se detuvo. La energía maldita se había reunido ahí. Era densa, invisible a los ojos comunes, pero él podía sentirla como si le rozara la piel.

  Tocó suavemente la puerta.

  —Catherine, ?Puedo pasar?

  No hubo respuesta al principio. Luego, tras unos segundos, una voz áspera, quebrada por la rabia y el dolor, rugió desde el interior:

  —?NO!

  Cáliban cerró los ojos y suspiró.

  —…?Te duele?

  Catherine guardó silencio durante varios segundos más. Entonces, sin previo aviso, la puerta se abrió con un chirrido apagado.

  —Pasa… —dijo con voz apagada y sin emoción.

  Cáliban entró sin prisa. La habitación estaba en penumbra, iluminada apenas por la luz grisácea que entraba por la ventana. Catherine estaba sentada junto a ella, mirando al patio con una manta que le cubría por completo el rostro. Su postura era encogida, casi infantil, como si quisiera desaparecer en su propia sombra.

  —?Qué quieres? —replicó, sin volverse.

  —Voltéate. —pidió Cáliban con voz serena.

  Pero ella no respondió. Se acurrucó aún más, como si sus huesos pudieran fundirse con el marco de la ventana. Cáliban alzó dos dedos, canalizando una peque?a corriente de energía. La manta se deslizó suavemente hacia atrás.

  —Mírame… —insistió.

  Catherine permaneció inmóvil. Sus ojos seguían clavados en el patio, vacíos. Cáliban se acercó con lentitud y se sentó a su lado. Extendió una mano y la apoyó con suavidad en su mejilla, girando su rostro hacia él.

  Lo que vio lo hizo fruncir el ce?o.

  La mitad del rostro de Catherine estaba cubierta por un hielo oscuro, como obsidiana viva. En su superficie pulsaba una energía maldita, irregular, como si la esencia misma del dolor estuviera atrapada dentro.

  —?Quién te hizo esto?

  —No es asunto tuyo… —susurró, evitando mirarlo a los ojos.

  —Todo lo que les pase a ustedes es asunto mío. Es mi responsabilidad. Así que dime, Catherine… ?Quién de la casa te hizo esto?

  Ella bajó la mirada. Sus labios temblaron levemente, pero no respondió. Cáliban suspiró. No iba a forzarla. El silencio también podía ser una forma de defensa.

  —?Se lo dijiste al profesor?

  —No… aunque dudo que no lo sepan ya. Si tú lo detectaste, ellos probablemente también lo hicieron…

  Cáliban reflexionó. Tal vez tenían una vaga noción. Pero si lo hubieran notado con claridad, habría visto acción inmediata. No, él lo supo porque buscaba estas marcas. Porque reconocía los síntomas de una maldición viva. Y porque no iba a ignorarlos.

  Sin decir más, colocó su mano con delicadeza sobre la zona congelada del rostro. Una luz cálida, profunda, fluyó desde sus dedos. Como agua derritiendo la escarcha, la energía maldita comenzó a disolverse lentamente. Catherine cerró los ojos, y por primera vez en días, dejó de sentir dolor. Una oleada de calor suave recorrió su rostro, como una caricia de hogar.

  —?Cómo lo…?

  —No importa. —interrumpió él suavemente —Lo único importante es que ahora estás bien.

  Cáliban se levantó sin más, como si la escena hubiera terminado para él. Pero antes de que cruzara la puerta, la voz de Catherine se elevó, temblorosa.

  —Fue después de irme…

  Cáliban se detuvo.

  —Quería ir a casa. Ver a mis hermanas… a mi madre. Pero la que me recibió fue mi hermana mayor, en Tirr Nha Lia. Apenas me vio me dijo: “Madre se ha enterado de tu fracaso en tomar el puesto de líder.” Y entonces…

  Tragó saliva.

  —Me dijo que, como castigo, tenía prohibido volver a casa… hasta que hiciera algo digno. Algo que restaurara el honor de la casa.

  Sus palabras se quebraron al final, como ramas bajo el peso de la nieve. Cáliban no dijo nada. Pero en sus ojos, por un instante, se reflejó una ira silenciosa.

  —Pero tu hermana… no se detuvo ahí…

  Catherine cerró los ojos con impotencia. Su voz, usualmente firme, comenzó a quebrarse aún más.

  —No… —susurró —Me tomó del cabello… y me arrojó al suelo, sobre la nieve helada. Puso su mano sobre mi rostro… y comenzó a recitar un maleficio.

  Cáliban la escuchaba en silencio, con el rostro inmóvil, pero los dedos tensos.

  —Dijo, “El fracaso es inaceptable.” —continuó ella, temblando —Y… y me marcó la cara con hielo maldito.

  El recuerdo la atravesó como una lanza. Los gritos que dejó escapar ese día todavía resonaban en su memoria, aunque su rostro soliera no mostrar emociones. Esta vez no pudo contenerse. Las lágrimas corrieron silenciosas por sus mejillas, arrastrando el hielo invisible que había envuelto su alma desde entonces.

  —Me prohibió volver en el carruaje. —a?adió —Me ordenó que caminara… descalza… todo el camino… hasta Grand Delion.

  Cáliban bajó la mirada hacia sus pies. Los observó con atención. Las plantas estaban agrietadas, cubiertas de sangre seca y piel desgarrada. Una caminata de dos semanas entre Tirr Nha Lia y Grand Delion, sin protección, en invierno… era una forma lenta de tortura. Nadie debería haber soportado eso. Mucho menos una ni?a.

  Catherine no había pedido ayuda. No por orgullo, sino por la marca que cargaba, la marca de alguien a quien su propia sangre había considerado indigno. Aun cuando tuvo que cazar sola, cuando se perdió entre los bosques helados, cuando intentaron asaltarla… no pudo pedir ayuda.

  Cáliban no dijo nada. Solo extendió una mano y, con un leve gesto, invocó una peque?a botella de cristal que contenía un líquido translúcido y luminoso.

  —Ten…

  Catherine la miró con recelo.

  —?Qué es eso?

  —No quieres que nadie lo sepa, ?Verdad? —dijo sin dureza —Esta es agua medicinal concentrada. Viértela en un balde con agua caliente… y sumerge tus pies. Te ayudará a cerrar las heridas.

  Dejó la botella sobre la cama, como si el acto de ayudar no mereciera explicaciones, ni reconocimiento. Luego se giró para marcharse.

  —Tranquila. —dijo sin volver la vista atrás —No le diré a nadie. Y lamento lo que te sucedió.

  Cuando llegó a la puerta, la voz de Catherine lo detuvo.

  —Líder…

  Cáliban se volvió ligeramente.

  —?Sí?

  Catherine tenía los ojos enrojecidos, pero brillaban con algo distinto, con una vulnerabilidad sincera.

  —Gracias. Y… lo siento. Por lo que les hice a tus amigos. Sé que no puedes perdonarme, pero-

  —Te perdono. —la interrumpió sin vacilar —No es necesario que te castigues más por eso. Si necesitas más tratamiento… puedes venir a verme.

  Sin decir nada más, se marchó. Catherine se quedó sola con el silencio… y con la peque?a botella que reposaba sobre su cama, reflejando la tenue luz que entraba por la ventana.

  Por un instante, su corazón se sintió menos frío. Durante las vacaciones había soportado noches enteras con el rostro ardiendo en hielo maldito, caminatas que abrían su carne a cada paso, y el abandono cruel de una madre que la consideraba un estorbo. Pero ahora… esa botella en la cama representaba algo distinto. Una muestra de amabilidad. De empatía silenciosa.

  Era como un faro de luz… en el mar más oscuro.

  Justo afuera del edificio, Joseph se dirigió al campo de entrenamiento, guiado por los gritos y golpes que sacudían la quietud matinal. Al llegar, encontró a Juliana y Argos en medio de un combate uno a uno, intercambiando golpes con una intensidad que no se esperaba a esa hora.

  Joseph suspiró con cansancio.

  —?Se puede saber qué demonios están haciendo tan temprano? —llamo Joseph, cruzándose de brazos.

  Ambos detuvieron sus movimientos de inmediato al escuchar su voz. Sudaban, respiraban con dificultad, pero sus miradas ardían con determinación.

  —Ah, Sephir… si tú estás aquí, ?Eso significa que el líder ya regresó? —preguntó Juliana, limpiándose la frente.

  —?Tú! —gritó Argos, apuntándolo con el dedo —Dile a Cáliban que venga. Después de acabar con esta amazona, voy a retarlo por el puesto de líder.

  —?Ja! —rio Juliana con burla —Primero tendrás que pasar por mí, gatito. Cuando termine de dejarte inconsciente, entonces yo misma desafiaré al líder.

  Sin más palabras, ambos reanudaron la pelea. Golpes precisos, fintas veloces y un duelo de pura resistencia a mano limpia se llevó a cabo. La arena del campo se alzaba con cada impacto.

  Dimerian llegó, atraído por el alboroto.

  —?Qué está pasando, Joseph?

  —Ah… estos dos están viendo quién es el más fuerte para retar a Cáliban por el liderazgo. Otra ma?ana normal, al parecer…

  —Uff… eso no suena bien. —murmuró Dimerian, sacudiendo la cabeza.

  Mientras los pu?os seguían cruzándose, los demás miembros de la Casa comenzaron a llegar, uno tras otro, atraídos por la conmoción.

  —?Hola! —saludó Nhun con energía.

  —?Qué hay? —a?adió Cecilia, sonriendo mientras se acomodaba el bolso al hombro.

  Joseph y Dimerian les devolvieron el saludo y comenzaron a conversar sobre sus vacaciones. Mientras tanto, el combate seguía, atrayendo más espectadores. Similia y Astrid llegaron poco después.

  —Ah, estúpido Argos… otra vez haciendo de las suyas. —murmuró Similia, cruzándose de brazos con fastidio.

  —Vaya, esta vez parece que van en serio. —dijo Astrid, observando la velocidad de los intercambios —Me sorprende que sigan de pie.

  Pocos segundos más tarde, Reinhard y Elizabeth se unieron al grupo. Reinhard saludó con un fuerte abrazo, cálido y efusivo.

  —?Reinhard! ?Cómo te fue en tu entrenamiento? —preguntó Joseph, dándole una palmada en la espalda.

  —Bueno… estuve ocupado. Apenas pude terminar el primer capítulo del libro. De hecho… quería hablar con el líder. Tengo muchas dudas que resolver. ?Ya llegó?

  —Sí, llegó hace poco. Debe estar acomodando sus cosas en su cuarto. —respondió Joseph.

  Dimerian, aún algo incómodo al hablar en grupos grandes, alzó la mano en un intento tímido por unirse a la conversación.

  —Hola…

  —?Qué le pasa? —preguntó Reinhard, extra?ado por el tono apagado de Dimerian.

  —Se unió al gremio. —respondió Joseph —Cáliban lo llevó a entrenar en la mazmorra.

  Apenas escuchó esas palabras, Reinhard comprendió sin necesidad de detalles. Sus ojos se suavizaron, y colocó una mano firme sobre el hombro de Dimerian.

  —Lo siento. Tuviste que haber sufrido mucho.

  —Sí… —respondió Dimerian con una voz densa, cargada de amargura que no pudo disimular.

  —?Oigan! Están levantando demasiado polvo, ?Por qué están peleando? —intervino Elizabeth, mientras se cubría el rostro con la manga de su túnica.

  —Ambos quieren retar al líder. —explicó Nhun, sentada sobre una piedra y masticando con entusiasmo una bolsa de frutos rojos secos —Están peleando para ver quién lo reta primero.

  —?Y dónde está el líder? —preguntó Astrid, intrigada.

  —Aquí… —respondió una voz grave desde las escaleras.

  Cáliban descendía con pasos tranquilos, con las manos aún en los bolsillos, mirando el campo con expresión neutra. Al verlo, Juliana y Argos se lanzaron como rayos.

  —?Líder! ?Pelea conmigo!

  —?Te desafío por el puesto de líder!

  Ambos cargaron con todo su poder. Argos desató sus u?as afiladas, brillando con una energía oscura, mientras Juliana embistió con un pu?o lleno de energía roja ardiente. Ella apuntó a la nuca; él, al abdomen.

  Pero la escena cambió en un instante.

  Cáliban se movió apenas unos centímetros. Un leve giro de cintura, un desplazamiento mínimo de su centro de gravedad… y antes de que sus ataques siquiera rozaran su piel, levantó sus manos, ninguno de los dos pudo ver nada. Ambos fueron impulsados por la fuerza como mu?ecos de trapo. Volaron en direcciones opuestas y se estrellaron contra el suelo, con una marca de pu?o marcada con brutal precisión en sus rostros.

  —Es demasiado temprano para sus estupideces. —dijo Cáliban, sin alterarse.

  Juliana escupió sangre y se limpió los labios, sonriendo con locura.

  —Sí… eso es, líder… vamos, no te contengas.

  Argos gru?ó, mostrando los colmillos.

  —No me detendré… hasta que aceptes mi duelo.

  Cáliban suspiró. No había forma de razonar con ellos. Con resignación, se dirigió al centro de la explanada, sin sacar siquiera las manos de los bolsillos.

  —Bien… ataquen. Terminemos con esto. Tengo cosas que hacer.

  Juliana invocó su energía. Una marea de aura roja la envolvió como un torrente. Argos, en cambio, cubrió su cuerpo con una mezcla de aura y sombra, como una capa oscura que absorbía la luz.

  Ambos cargaron juntos, lanzando todo su poder en busca de un punto débil. Cáliban, sin embargo, seguía inmóvil, despreocupado. Esperó a que estuvieran lo suficientemente cerca, y cuando los pu?os de ambos estaban a punto de rozar su rostro…

  Un estruendo resonó por todo el campo, como un trueno seco.

  Juliana y Argos fueron lanzados de nuevo, esta vez con violencia aún mayor. Rodaron por la tierra hasta quedar inconscientes. Sus compa?eros corrieron a asistirlos, encontrando en sus rostros la misma marca. Un golpe preciso, brutal y directo.

  Algunos quedaron en shock. Nadie había visto el movimiento.

  Nadie… salvo tres personas.

  Joseph, Reinhard y el profesor Yannes, que observaba desde el techo de la Casa, con los brazos cruzados y el rostro ensombrecido por la sombra del tejado.

  —Parece que tuvo un buen avance… —murmuró para sí mismo.

  Cáliban comenzó a alejarse sin mirar atrás.

  —Déjenlos en la sala. —ordenó sin emoción —Cuando despierten, díganles que les tocará limpiar los ba?os… por una semana.

  —?A dónde vas? —preguntó Reinhard, aún procesando lo que acababa de ver.

  Cáliban respondió sin detenerse.

  —Iré al gremio. Hay algo que debo hacer antes…

  Y sin decir más, desapareció por el sendero, dejando atrás a su grupo entre asombro, preocupación… y una admiración silenciosa.

Recommended Popular Novels