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Capítulo 58: Vidas Complejas

  Mientras los días transcurrían, muchos de los miembros de la Casa se permitían un merecido descanso, refugiados en la calma de sus hogares.

  Sin embargo, en un castillo sombrío, oculto bajo el manto perpetuo de una noche espesa, la quietud era distinta… era pesada y melancólica.

  Allí, en las oscuras tierras de Redvein, donde el amanecer era solo un mito y la luna reinaba solitaria sobre un cielo inmutable, Elizabeth pasaba sus horas entre estanterías infinitas. Sentada junto a una ventana de cristal gótico. Su silueta era ba?ada por la luz plateada, proyectando sombras danzantes sobre los tapices antiguos. Sus dedos acariciaban las páginas de un libro, mientras sus ojos, profundos y tristes, absorbían el conocimiento con calma.

  Entonces, la puerta de roble de su habitación se abrió suavemente, dejando entrar un susurro de aire frío. Edmund, su mayordomo, se inclinó con elegancia antes de hablar.

  —Lamento la interrupción, se?orita… la merienda está servida.

  Con un gesto, un sirviente silencioso dejó sobre la mesa un conjunto de frascos oscuros, llenos de sangre fresca, aún templada. Elizabeth tomó uno con delicadeza, lo observó contra la luz de la luna y bebió un sorbo. La sangre le era necesaria para sobrevivir… pero nunca le había gustado.

  Su rostro, hermoso y pálido como una estatua de mármol, no mostraba placer alguno.

  —?Cómo está mi padre? —preguntó sin apartar la vista del cristal.

  —él está… ocupado, se?orita. —respondió Edmund con suavidad.

  Elizabeth cerró los ojos un instante. Su voz salió como un suspiro contenido.

  —Como siempre…

  —Téngale paciencia, mi se?ora. Estoy seguro de que, si pudiera disponer de más tiempo para usted…

  Pero antes de que pudiera continuar con aquella vieja excusa, Elizabeth alzó una mano, interrumpiéndolo sin necesidad de palabras.

  —Lo sé, lo sé… ocupado siendo rey y esas cosas. Puedes retirarte, Edmund.

  El mayordomo vaciló. Ninguna frase, por más cortés o sincera que fuese, podría llenar el vacío que sentía su se?ora. Por eso, se inclinó una vez más y salió en silencio, cerrando la puerta tras de sí.

  A la luz fría de la luna, Elizabeth dejó escapar un suspiro largo y quebrado. Volvió a mirar su libro, pero su mente estaba en otro lugar. Una lágrima, silenciosa y solitaria, rodó por su mejilla y cayó entre las páginas, humedeciendo las letras con un pesar que ni mil hechizos podrían sanar.

  Al otro lado del continente…

  En un reino prominente, donde los cielos sí eran gobernados por el sol, una escena muy diferente se desarrollaba. En un campo de entrenamiento dorado por la luz del amanecer, la figura firme de una joven de cabellos dorados cortaba el aire con precisión.

  Astrid, hija del Santo de la Espada, practicaba su arte con la espada. Sus movimientos eran fluidos, pero casi perfectos. Cada estocada era corregida, cada giro afinado, bajo la atenta mirada de su guardiana.

  A su lado, con los brazos cruzados y expresión severa, Liviana, su fiel valquiria, observaba como una escultura de hielo vigilante.

  —Debes levantar más la punta de la espada. El estoque es hacia el frente, no hacia tu rodilla. —corrigió con voz firme.

  Astrid giró los ojos y jadeó con una sonrisa entre dientes.

  —Olvidaba lo estricta que eras cuando entrenamos, Liv…

  Liviana alzó la mirada, su cabello casta?o ondeó con el viento. Había orgullo en sus ojos, pero también una severidad templada por los a?os.

  —Un entrenamiento débil sólo engendra un guerrero débil. Y tú… no puedes darte ese lujo.

  Astrid se dejó caer sobre el suelo empedrado, exhausta. Su pecho subía y bajaba con rapidez, y una fina capa de sudor cubría su frente. Con la mirada cansada, se secó el rostro con una toalla blanca, cuidando que su máscara no se cayera, mientras su espada descansaba inerte a su lado.

  —?Quién te dijo eso…? —preguntó entre jadeos.

  —La capitana. —respondió Liviana sin titubear.

  Astrid alzó la vista, y en su mente se dibujó la imponente figura de su tía, la comandante de las valquirias. Fría como el hielo, estricta como el deber.

  —Ah… la tía sigue siendo igual de estricta que siempre…

  Liviana, intentando mantener el espíritu en alto, le ofreció una mano para ayudarla a levantarse.

  —?Muy bien, se?ora! ?Hagamos cien repeticiones más!

  Astrid apenas abrió los ojos, y su expresión fue una mezcla de agotamiento y desinterés. Alzó la espada por el mango, no para usarla… sino para arrojarla al suelo con indiferencia.

  —No. Terminemos aquí…

  Se puso de pie sin ayuda y comenzó a caminar hacia el pasillo. Sus guardianas personales se hicieron a un lado, en completo silencio. Nadie se atrevió a interponerse. Nadie podía detenerla. Su figura se perdió entre las columnas del palacio, arrastrando consigo una sombra de desilusión.

  Liviana observó la espada en el suelo, la misma con la que Astrid so?aba liderar ejércitos y proteger reinos. La misma que había sostenido con orgullo… antes de aquel día.

  —Daría mi vida con gusto si pudiera hacerla olvidar… mi se?ora. —murmuró Liviana, sintiendo un vacío en el pecho que ni el acero podría llenar.

  Al mismo tiempo…

  En la cima de una fortaleza tallada en roca pura, donde las monta?as besaban el cielo, el viento soplaba con fuerza indómita. Allí, entre las columnas antiguas y las estatuas de guerreros caídos, un joven león entrenaba en silencio, concentrado en la canalización de su energía.

  Su melena brillante como el fuego bailaba con el viento, y el aura que lo rodeaba crepitaba como un rayo contenido.

  Argos, príncipe de los Felinyan, poseía una fuerza innata, pero su mayor batalla era interna. Su determinación chocaba constantemente con el miedo a no estar a la altura de lo que se esperaba de él.

  Entonces, un guardia apareció entre los pilares, deteniéndose a unos metros con el rostro pálido.

  —?Príncipe! —exclamó con urgencia.

  Argos abrió los ojos. Se puso de pie con un solo movimiento.

  —?Qué sucede?

  —Es su padre… el rey desea verlo.

  El corazón de Argos se encogió. Las palabras fueron como una flecha al centro del pecho. Sin decir nada más, descendió las escaleras de la torre, cruzando los pasillos con pasos firmes, aunque por dentro, sentía cómo su alma temblaba.

  Cuando llegó a la cámara real, el silencio era sepulcral. Dos centinelas lo dejaron pasar con una reverencia silenciosa. Dentro, la penumbra envolvía cada rincón. Las antorchas de llama azul apenas iluminaban la imponente figura que yacía en la cama real.

  Allí, rodeado por tapices antiguos y trofeos de guerra, estaba su padre, el gran rey Felinyan, postrado, cubierto de vendas, y con el rostro pálido por la enfermedad. Aun así, cuando lo vio entrar, una débil sonrisa se dibujó en sus labios.

  —Padre… —susurró Argos, corriendo hacia él —Padre, ?Qué sucede?

  Se arrodilló junto al lecho y tomó su mano con fuerza. La piel del rey estaba fría, pero aún conservaba aquella dureza propia de los guerreros que nunca se rinden.

  —Ja… ja… tranquilo… —dijo entrecortadamente, interrumpido por una tos áspera que llenó la habitación —Todavía estoy fuerte… pronto me levantaré… y acabaremos con esos perros malnacidos… solo…

  La tos se agravó. Argos lo sostuvo con ambas manos, y en su mirada ya no había solo preocupación, sino miedo.

  —No hables, por favor… no te esfuerces.

  El rey respiró con dificultad, pero apretó la mano de su hijo.

  —Tranquilo, tranquilo… se necesita algo más que esto para acabar con un héroe como yo… cof cof…

  La voz del rey sonaba entrecortada, rasposa, como si el aire mismo se resistiera a permanecer en sus pulmones. Su pelaje, anta?o brillante como el oro al amanecer, ahora colgaba en mechones apagados, deslizándose de su cuerpo como hojas muertas. La exuberante melena que en otro tiempo había ondeado con orgullo en cada batalla, era ya solo un recuerdo en las memorias de sus súbditos.

  Aun así, el viejo león no cedía ante su decadencia. Se aferraba a su dignidad como a su espada, y aunque cada palabra le costaba, no dejaría que su hijo viera el miedo en sus ojos. Pero en lo más profundo de su conciencia, sabía la verdad… el final se acercaba. Si no elegía pronto a su heredero, los sue?os y legados de generaciones enteras quedarían expuestos al olvido o, peor aún, a la corrupción.

  No quería cargar a Argos con ese peso, al menos no todavía. Quería disfrutar de este momento.

  —?Cómo te fue en la academia? ?Lograste algo?

  Argos titubeó. Sus garras se crisparon levemente contra la sábana. Dudaba si mentir, si proteger a su padre del vacío de sus propias inseguridades. Pero entonces, respiró hondo y respondió:

  —Eh… sí. Yo… ?Derroté a todos los miembros de la Casa de los Especiales! Por mi increíble fuerza y liderazgo, me escogieron como líder. —dijo, golpeándose el pecho con orgullo, intentando sonreír.

  El rey soltó una débil carcajada que terminó en una tos seca.

  —Ya veo… ja, ja… sabía que lo harías. Eres mi hijo, después de todo…

  Su voz se fue apagando poco a poco. La conversación se diluyó en susurros hasta que finalmente cayó en un sue?o profundo. Argos lo arropó con cuidado, acomodando las mantas como si el más leve descuido pudiera quebrarlo. Luego, lo abrazó con fuerza, con el corazón encogido.

  —Mi padre está cansado. —dijo al salir —Asegúrense de que nadie lo moleste.

  —?Sí, se?or! —respondieron los guardias al unísono, firmes como estatuas.

  Mientras bajaba las escaleras de mármol rumbo a los campos de entrenamiento, una sombra crecía en su interior. El remordimiento lo perseguía como un fantasma que nunca descansaba.

  ?No te preocupes, padre… buscaré la cura. No importa lo que cueste. Haré que te recuperes…?

  Argos decidió aliviar sus preocupaciones mirando el reino de su padre desde lo alto del castillo. Observó las monta?as, los ríos y los árboles, así como su gente que vivía en la parte baja de la monta?a. Luego, como si sintiera el peligro inminente, dirigió su mirada hacia la distancia. Más allá de las monta?as se encontraba un gigantesco árbol sagrado, tan grande que podía verlo perfectamente desde su hogar. Sus pensamientos lo llevaron a su querida amiga, Similia.

  ?Me pregunto qué estará haciendo…?

  La luz suave de la tarde caía sobre un extenso jardín élfico, donde las plantas florecían en tonos imposibles y los arbustos murmuraban melodías que solo los de oído puro podían comprender. El aire tenía un aroma a vida, y los árboles centenarios parecían susurrar secretos en su lengua antigua.

  Allí, en medio del esplendor natural, una joven doncella regaba las flores con delicadeza. Cada gota de agua caía con la precisión de una bendición. Su mirada era serena, pero en sus gestos se escondía una tristeza profunda.

  Similia, princesa de la orden sagrada de los Altos-elfos, vestía un simple vestido de lino blanco mientras se agachaba junto a un rosal azul, que sólo florecía bajo el canto de los pájaros sagrados. Su tiara plateada descansaba sobre su cabeza con un brillo opaco, reflejo de un título que ya no parecía traerle orgullo.

  Entonces, un guardia de armadura plateada se aproximó con paso firme, portando una peque?a caja entre las manos.

  —Princesa, he traído lo que me solicitó. —dijo, inclinando la cabeza con respeto, su mano se posó sobre el pecho.

  Similia se giró con gracia contenida y aceptó la caja, sin mirar al soldado a los ojos.

  —?Está todo?

  —Sí, mi lady. Exactamente como lo pidió.

  —Gracias… puedes irte.

  El guardia asintió y se retiró sin una palabra más. Similia sostuvo la caja con ambas manos, como si contuviera algo frágil, y caminó con paso pausado hacia el interior del palacio.

  Ya en su dormitorio, cerró la puerta con suavidad. Sus dedos deshicieron los nudos del paquete, revelando varios objetos. Luego se cambió por un atuendo más formal, un vestido perlado con joyas de la alta corona, un traje que no le producía ningún sentimiento alegre.

  —Madre… —susurró para sí misma.

  Similia caminaba por los pasillos del castillo ancestral, un lugar donde la arquitectura no era solo estructura, sino arte sagrado. El edificio se encontraba dentro del árbol sagrado, adorado por todo su pueblo. Las paredes, adornadas con finísimos relieves de plata y jade, parecían una pieza de porcelana tallada por dioses. La cristalería, impecable y de corte élfico, lanzaba destellos a pesar de la tenue luz que iluminaba el interior.

  Con pasos serenos y ceremoniales, atravesó corredores interminables hasta llegar al gran puente colgante que conectaba con el corazón del castillo. La Torre de los Suspiros. Dos guardias reales, al verla, se arrodillaron de inmediato.

  —?Princesa! —entonaron al unísono, bajando la mirada con respeto absoluto.

  Similia no les respondió. Su mente y su alma estaban en otro sitio. Sostenía entre sus manos la caja adornada con filigranas lunares, caminando en silencio hacia la torre principal.

  La sala a la que accedió estaba envuelta en penumbra. Las ventanas de cristal negro, opacas como el luto, no dejaban pasar ni una sola hebra de luz. Todo era silencio y sombra.

  En el centro de la sala, resguardado por un domo de cristal encantado, yacía un lecho de belleza etérea. La cama, tallada con motivos florales y sellos de protección, albergaba el cuerpo inerte de una mujer de sobrecogedora hermosura.

  Era la reina caída.

  El cabello verde de la mujer se extendía como una enredadera sobre la almohada. Una tiara perlada coronaba su frente, engastada con diamantes y sellos arcanos. Dormía en un sue?o eterno que solo la magia más oscura había logrado imponer.

  Similia se detuvo frente al sarcófago. Sus ojos se empa?aron de inmediato.

  —Hola, madre… he venido a visitarte otra vez.

  Su voz se quebró, pero logró contener las lágrimas. Depositó la caja a sus pies, arrodillándose con gracia. Comenzó a sacar cada uno de los objetos que había preparado con tanto esmero.

  —Esta vez vine preparada… he traído regalos para ti.

  Primero, extrajo un peque?o cilindro de jade. Lo encendió, y un humo dulce, delicado y fresco comenzó a flotar por la sala.

  —Te traje incienso de jade… siempre decías que su aroma te calmaba… que te ayudaba a pensar con claridad…

  A continuación, sacó un pa?uelo bordado con hilos dorados. Lo colocó con cuidado sobre el cristal. Luego, un velo blanco que se colocó sobre el cabello, cubriéndose parcialmente el rostro, como en los antiguos rituales de luto. Después, un collar de perlas celestes, que besó antes de dejarlo sobre el altar.

  Finalmente, extrajo un peque?o violín de madera sagrada.

  Similia lo sostuvo entre sus manos un instante. Su reflejo sobre el cristal del sarcófago mostraba un rostro joven, bello… pero marchito por dentro. Se posicionó frente a su madre, respiró hondo y apoyó el instrumento sobre su hombro.

  —?Recuerdas esta canción, madre? Cuando era peque?a, tú la tocabas todos los días, justo antes del anochecer…

  Cerró los ojos… y comenzó a tocar.

  Una melodía suave, melancólica, llena de ternura y nostalgia, llenó la sala como un río de luz flotando entre sombras. El sonido era tan puro que parecía detener el tiempo. Afuera, en el pasillo, los guardias dejaron de moverse. La música los alcanzó como un susurro de primavera, y por un instante, sus corazones se ablandaron.

  Hasta que una voz rasgó la escena como un cuchillo.

  —Vaya, vaya… parece que se están divirtiendo, ?Eh?

  Los dos guardias se enderezaron como resortes. El color se les fue del rostro. Se arrodillaron al instante, con una mezcla de miedo y reverencia.

  —?No, se?ora! Nosotros solo…

  —?Está bien! —interrumpió la mujer con una sonrisa juguetona. Aunque sus ojos no reían en absoluto —No es como si en mi reino estuviera prohibido escuchar música… ?Ahora, podrían hacerse a un lado?

  Los guardias obedecieron sin rechistar. Las puertas de la torre se abrieron de par en par, y por ellas entró la reina, madrastra de Similia.

  Sus ropajes eran majestuosos, una mezcla de sombra y esplendor. Vestía una capa de terciopelo oscuro, con bordes de amatista y un cinturón de ónix. Su cabello plateado caía sobre sus hombros, recogido con elegancia. Observó a Similia con una mezcla de lástima y escrutinio.

  La melodía aún flotaba en el aire cuando la reina comenzó a aplaudir suavemente.

  Clap… clap… clap.

  Similia se sobresaltó y giró sobre sus talones. En cuanto reconoció a la figura en la entrada, se inclinó con rapidez.

  —?Lo siento, madre! No sabía que estabas aquí…

  —Oh, vamos… —respondió la reina con una sonrisa dulce, pero hueca —Está bien. Estoy segura de que a mi hermana le hubiera encantado tu canción. Realmente… fue hermosa.

  Similia se obligó a contener la rabia que hervía bajo su piel. Aquellas palabras, aunque disfrazadas de elogio, rezumaban burla.

  —No soy digna de tales elogios… —susurró, manteniendo los ojos bajos.

  —Vamos… hace tiempo que te adopté. —continuó la reina, paseando lentamente alrededor del sarcófago —Ya es hora de que empieces a dirigirte a mí con un poco de cari?o… ?No lo crees?

  Similia permaneció inmóvil, con los pu?os cerrados. El miedo empezó a apretar su pecho. Conocía ese tono. No era una petición, era una orden envuelta en terciopelo.

  —Lo siento… yo…

  No pudo terminar. La reina se giró bruscamente y tomó su rostro entre las manos, apretando sus mejillas con fuerza. Sus u?as, largas y decoradas, le hundían la piel. Similia sintió el temblor de su cuerpo, no de dolor… sino de impotencia.

  —No olvides que soy tu reina… —dijo la mujer, con voz venenosa —Lo que yo diga, es ley. ?Entendido?

  —S-sí… mamá… —contestó Similia con una mezcla de amargura y obediencia forzada.

  —?Espléndido! No fue tan difícil, ?O sí? —dijo soltándola al fin —Ahora, cuando termines con tus lágrimas, acompa?a a tus hermanas a sus deberes reales. Recuerda ordenar mis cosas y dejar mi cama perfectamente limpia. Ya sabes lo que pasa si algo no está como me gusta…

  Similia asintió con una reverencia. Su cuerpo temblaba mientras la reina salía del salón, dejando tras de sí una fragancia fría, como la de una flor venenosa. Podía sentir aún su mirada clavada en su espalda, como una lanza invisible.

  Cuando el eco de sus pasos se perdió en el pasillo, Similia se derrumbó sobre el sarcófago de su madre. Abrazó el cristal como si al hacerlo pudiera calentarlo, revivirlo.

  —Te extra?o tanto… —susurró con la voz quebrada.

  Las lágrimas caían una tras otra, rodando por el cristal hasta perderse entre las grietas del suelo negro. En ese instante, el mundo se redujo a ese lamento, a ese deseo imposible.

  Simultáneamente, muy lejos de allí, pasando por ríos, monta?as y mares, en la cima de una monta?a cubierta por niebla y humedad, una joven amazona observaba la inmensidad de la jungla. Su postura era firme, su cuerpo estaba cubierto con ropas ligeras de caza reforzadas con placas de hueso y cuero. Su mirada, aguda como la de un halcón, escudri?aba entre el follaje.

  —Tch… ?Dónde se metió esa sabandija?

  Con un gru?ido frustrado, bajó la mirada hacia el valle. A lo lejos, escuchó un ruido. El sonido acelerado de pezu?as rompiendo el suelo y salpicando barro. Una estampida.

  Un grupo de jabalíes irrumpía en la ribera del río, perseguidos por una silueta negra. No era cualquier depredador. Era una pantera, enorme, de pelaje oscuro como la obsidiana y ojos que brillaban con fuego salvaje.

  —?Ah! ?Ahí estás! —exclamó con una sonrisa feroz.

  La amazona se lanzó desde el risco sin dudarlo. Con un rápido movimiento, desenrolló su gancho de agarre, lanzándolo hacia la copa de un árbol. El mecanismo se activó con un chasquido metálico y la impulsó como una flecha entre las ramas, deslizándose de árbol en árbol con agilidad prodigiosa.

  La pantera estaba a punto de abalanzarse sobre una cría de jabalí. Sus músculos se tensaron, sus garras se abrieron listas… pero antes de que pudiera saltar, una figura descendió sobre ella con la velocidad de un rayo.

  —?Yaaaah! —gritó la amazona, cayendo justo sobre el lomo del animal.

  El forcejeo fue brutal. U?as contra cuchillas, colmillos contra reflejos. La selva se sacudió con el estruendo del combate. Durante varios segundos, parecían una sola masa de furia y garras.

  Entonces, la joven de cabellos rizados y sonrisa salvaje sacó una lanza de su bolsa de caza. Sus ojos brillaban con una mezcla de emoción y locura.

  —?Sí, por fin! —gritó, lanzándose hacia su enemigo con una risa contagiosa.

  La pantera negra rugió y se abalanzó, sus colmillos buscaron desgarrar el cuello de la doncella, pero ella se movía con una fluidez casi animal. Bailaba entre los ataques, acercándose para asestar estocadas cortas y esquivando en el instante exacto, como si conociera los movimientos de su presa de antemano.

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  —?Vamos! ?Muévete mejor que eso! —chilló entre carcajadas —?Demuéstrame que vales algo!

  La batalla era su juego. Había pasado demasiado tiempo entre entrenamientos, sin una presa digna. Ahora, por fin, tenía ante ella un desafío real.

  —?Sí! ?Sigue luchando! ?Diviérteme!

  La pantera, desconcertada por su estilo errático pero eficaz, lanzó un zarpazo desesperado, pero la lanza giró en el aire con precisión, desviando el ataque con una fuerza sorprendente.

  —?Te estudié durante cinco días! —vociferó la guerrera mientras rodeaba al animal —?Cada paso, cada zancada, cada intento de huida! ?No me vas a enga?ar ahora!

  La pantera lo entendió, estaba en desventaja. Su instinto de supervivencia la obligó a retroceder. Con un rugido ahogado, giró para escapar entre la maleza, pero la joven fue más rápida.

  De su bolsa, sacó un arco y una cuerda trenzada con runas de captura. En un movimiento relámpago, tensó la cuerda con una flecha y disparó. El proyectil silbó en el aire y se clavó en el muslo trasero de la bestia.

  La pantera rugió de dolor, tambaleándose, mientras la cuerda se desplegaba y comenzaba a enredarse en su cuerpo. La joven tiró con fuerza.

  —No… te… me… escaparás.

  La tensión en la cuerda era extrema. Sus músculos ardían por el esfuerzo, pero ella no cedía… hasta que finalmente, el material cedió. Un chasquido seco anunció la rotura. La pantera se liberó con un zarpazo, dejando tras de sí un rastro de sangre.

  La joven se arrodilló en el charco carmesí que goteaba entre la hierba. Sumergió sus dedos y los llevó a su nariz.

  —Sangre fresca… —murmuró, con una sonrisa —Ya no puedes esconderte.

  Minutos después, en una cueva no muy lejana, la pantera se arrastraba entre las sombras, jadeando, con el pelaje pegajoso por la herida. Pensaba que, por fin, se había librado de su cazadora. Cerró los ojos, buscando descansar…

  —?Hola, bonito! ?Vamos a jugar!

  La voz resonó como un trueno. La pantera apenas levantó la cabeza cuando la figura de la joven apareció en la entrada, iluminada por la luz del sol que se filtraba entre las hojas. Su silueta era una mezcla de caos y elegancia, de salvajismo y alegría.

  La batalla se reanudó.

  Los gritos y rugidos sacudieron la selva. Desde lo alto de un risco, se escuchaban ecos feroces. La tierra vibraba bajo los golpes, y los pájaros salían volando en todas direcciones.

  Cerca de allí, otra guerrera se mantenía en pie, observando la escena con los brazos cruzados. Su cabello anaranjado caía en una melena danzante al viento, y su postura exudaba autoridad. Su armadura era más pesada, adornada con colmillos y escamas reforzadas.

  Randa, general de las amazonas, suspiro con cansancio.

  —Otra vez se metió en líos… —murmuró, cerrando los ojos con resignación.

  Una joven amazona apareció corriendo por el sendero, jadeante, con los ojos muy abiertos.

  —?Se?ora Randa! ?Localizó a la princesa?

  —Sí. —dijo la veterana, sin apartar la vista de la cueva —Está… despachando su cena.

  La joven guerrera se asomó entre las ramas, viendo cómo la cueva entera vibraba con la pelea que ocurría dentro. Los rugidos de la pantera y los gritos de la princesa llenaban el aire.

  —?No deberíamos ayudarla? —preguntó, preocupada.

  —No.

  —Pero, se?ora, la reina dijo que no debía salir sola y que no podía arriesgarse otra vez-

  El mango de la lanza de Randa cayó suavemente sobre la cabeza de la joven.

  —Déjalo ya. —ordenó, seria.

  —P-pero…

  —Si la ayudas, se pondrá de ro?osa. Y créeme… no tengo ganas de escucharla gritar sobre su "independencia", su "derecho a cazar sola" y su "sangre salvaje" otra vez. No hoy.

  La joven asintió con timidez, retrocediendo un paso.

  —S-sí, se?ora…

  Randa suspiró. De repente, un rugido especialmente violento salió disparado de la cueva, acompa?ado por un grito de pura euforia:

  —?Mira, Randa! ?Este era enorme! ?Luchó hasta el final!

  Randa, de pie a unos metros, apenas arqueó una ceja. Su rostro, endurecido por a?os de servicio, mostraba la mezcla habitual de cansancio, resignación… y la eterna paciencia que solo una ni?era amazona podía poseer.

  —Sí, sí… qué emocionante. Ahora vámonos. Recuerda que tiene asuntos que atender.

  Juliana se detuvo en seco. Su sonrisa desapareció como si le hubieran arrojado un balde de agua fría.

  —?Asuntos? —repitió, arrugando la nariz.

  —Sí. —dijo Randa con tono mecánico, recitando una lista interminable —Clases de escritura, clases de baile, asuntos políticos, etiqueta en la corte, geografía real, repaso histórico de tratados amazónicos-

  —?Aaaaah, no! —Juliana dejó caer el cadáver con un golpe sordo —?No quiero! ?Quiero ir a cazar más!

  Estaba por entrar en uno de sus ya famosos berrinches con los pies golpeando el suelo y los pu?os al aire. Sin embargo, Randa no era cualquier soldado. Era una maestra del arte diplomático de hacer entrar en razón a cabezas duras con una sola técnica infalible.

  —?Pero yo no quiero-!

  ?CLONK!

  En un abrir y cerrar de ojos, Juliana recibió un certero golpe en la cabeza. Ni siquiera alcanzó a terminar su frase antes de que su cuerpo quedara semi-enterrado en la tierra, con una expresión congelada de sorpresa absoluta.

  Randa, como si nada hubiera pasado, acomodó el mango de su lanza, recogió el cuerpo inconsciente de la princesa sobre su hombro y echó a andar de regreso.

  —Vamos, Sirth. —dijo con voz firme.

  —?S-sí se?ora! —respondió la joven aprendiz, aún boquiabierta.

  El resto del camino transcurrió en un silencio incómodo. Sirth no se atrevió a decir ni una palabra más. Si algo había aprendido ese día, era que contrariar a Randa no era una idea brillante.

  Al cabo de una hora de viaje, el trío llegó al castillo real, una fortaleza en perfecta armonía con la selva que la rodeaba. Las raíces de los árboles abrazaban sus muros, y enredaderas florecidas caían como cortinas desde las torres. Era un testimonio viviente del ingenio arquitectónico de las amazonas. Fuerte, elegante y salvaje.

  En la entrada principal, las guerreras que custodiaban las puertas saludaron con respeto. Pero Randa no se detuvo. Se dirigió directamente a la sala del trono.

  —Estoy de regreso, mi reina. —anunció al entrar, inclinando levemente la cabeza.

  Sentada sobre un trono tallado en piedra volcánica, la reina descendía lentamente los escalones con majestuosidad. Su piel morena brillaba bajo la luz de las antorchas, y su cabello rizado, negro como la noche, caía como una cascada sobre sus hombros anchos. Su cuerpo, cubierto de cicatrices, hablaba de gloria, de guerras ganadas y sangre derramada. Cada paso que daba imponía respeto. Era una reina forjada en batalla.

  —Lo siento, Randa… debió ser un dolor de cabeza. —dijo, cruzándose de brazos.

  —No se preocupe, mi reina. Es mi trabajo.

  Sin ceremonia, Randa colocó el cuerpo aún aturdido de Juliana frente al trono.

  —Aquí tiene a su nieta. Lista para su “educación”.

  La reina no pudo evitar reír. Una risa ronca, cálida, como el trueno entre las monta?as.

  Durante el resto del día, Juliana fue arrastrada de clase en clase. Escritura, danza, diplomacia. Asistió a todas con una cara de piedra y los brazos cruzados, lanzando miradas asesinas a Randa desde cada rincón de la sala.

  Randa ni se inmutaba. Solo le respondía con una leve sonrisa y un asentimiento tranquilo.

  Finalmente, cayó la noche.

  Juliana regresó a su habitación en silencio. Cerró la puerta con cuidado y se quedó inmóvil un momento. Luego, con la velocidad de una ladrona profesional, se deshizo del vestido blanco ceremonial y lo lanzó sobre la cama.

  Debajo, su verdadero uniforme la esperaba. Era de cuero flexible, tela de camuflaje y un peque?o cinturón con herramientas de caza. El atuendo de una amazona salvaje.

  Abrió la ventana de su habitación con movimientos suaves. Asomó la cabeza, mirando de un lado a otro. Ninguna guardia estaba a la vista.

  —Perfecto. —susurró con una sonrisa. —Bueno… ?Qué debería cazar ahora? —susurró Juliana para sí misma, con una sonrisa traviesa.

  Pero justo cuando se impulsó hacia adelante, lista para lanzarse al vacío desde su ventana, un chasquido seco resonó en la habitación. Un par de dedos, firmes y poderosos, rompieron el silencio.

  Al instante, una energía rojiza y densa envolvió su cuerpo, deteniéndola en el aire como si el mismo viento se negara a obedecerla. Juliana frunció el ce?o.

  —Pensé que estarías en la sala de guerra, abuela… —gru?ó con amargura.

  La puerta de su cuarto se abrió con lentitud. La reina de Tenefras, matriarca del linaje amazona, cruzó el umbral con paso sereno. Sus ojos, sabios y severos, no mostraban sorpresa alguna. Su presencia llenaba la habitación como un trueno contenido.

  —Terminas tus clases y ?Ya estás intentando huir? —dijo con calma.

  —?Suéltame! ?Quiero ir a cazar! —gritó Juliana, forcejeando en el aire como una fiera atrapada.

  —?No! —respondió la reina con firmeza —Ya es hora de que duermas.

  Con un leve movimiento de un solo dedo, giró el cuerpo de Juliana y la arrojó hacia su cama. La joven rebotó entre las mantas como un gato malhumorado, quedando enredada entre sábanas y rabia.

  La reina soltó un suspiro y se sentó al borde de la cama, aprovechando el único momento de quietud que su nieta le ofrecía.

  —?Cómo te ha ido en la academia? —preguntó, intentando iniciar una conversación.

  Juliana se giró hacia el otro lado, dándole la espalda.

  —?Ahora quieres saber?

  Las palabras cayeron como un cuchillo. La reina bajó la mirada. Sabía que la relación con su nieta estaba rota. Fragmentada por a?os de decisiones, por silencios, por deberes que le robaron el tiempo para ser solo una "abuela".

  —July, yo…

  —Ya me dio sue?o. Quiero dormir. —interrumpió Juliana, con frialdad.

  La reina comprendió. No había espacio para reconciliaciones esa noche. Se levantó con lentitud y abandonó la habitación sin decir más. Cuando cerró la puerta, solo el silencio quedó entre las paredes.

  Juliana se cubrió con las sábanas, apretando los ojos con fuerza.

  ?Ojalá estas vacaciones se acabaran ya. Quiero regresar a la academia… ahí al menos me dejan ser quien soy.?

  En el distante reino de Tyrant, la guerra no era un recuerdo ni una amenaza futura. Era el presente. Las calles estaban tomadas por patrullas de guerreros escamados, conocidos como los Vigilantes Escama de Fuego, que recorrían cada rincón de la ciudad con sus lanzas en alto.

  A la luz pálida de la luna, el campo de entrenamiento ardía con ecos metálicos.

  Un solitario joven Lacertilian giraba su lanza con una gracia feroz. Cada movimiento era una danza de precisión. El arma cortaba el aire, generando ráfagas de viento a su alrededor.

  —Luego de eso… sigue esto. —susurró, concentrado.

  Con una poderosa estocada, el suelo tembló a su alrededor. El impacto fue tan certero que levantó una ola de polvo.

  Una voz se alzó entre las sombras.

  —Parece que dormir es demasiado pedir para nuestro joven príncipe.

  Reinhard se detuvo. Su mirada se dirigió hacia la silueta que emergía entre los árboles del campo.

  —Tío… —murmuró, bajando su lanza.

  El hombre que se acercaba tenía la piel cubierta de escamas rojas y marcas de batalla por todo el cuerpo. Su porte era imponente, pero su mirada era cálida.

  —Me preocupé cuando no te vi en tu habitación. —dijo mientras se acercaba —Luego recordé lo dedicado que eres. Supuse que estarías aquí. Me alegra no haberme equivocado.

  Reinhard bajó la vista, un poco avergonzado.

  —Tío… lo siento, es solo que no podía dormir. Pensé que entrenar me daría sue?o, pero…

  Quint se acercó con una expresión suave y comprensiva. Apoyó una mano firme sobre el hombro del joven príncipe, con el peso exacto entre afecto y autoridad.

  —Reinhard, sé perfectamente qué es lo que te quita el sue?o… —dijo con calma —Pero escúchame bien, esos problemas no son tuyos. Aún no. Tu deber ahora es estudiar, crecer, hacerte fuerte. Deja que tu padre se encargue del pueblo.

  Reinhard bajó la mirada, apretando con fuerza el asta de su lanza.

  —Pero… si tuviera la fuerza…

  —?Entonces qué? —interrumpió Quint, alzando la voz de pronto —?Matarías a todos? ?Matarías al rey de Osiris tú solo? ?Aniquilarías incluso a los aldeanos que no eligieron esta guerra?

  Reinhard abrió la boca, pero no salió ninguna palabra. El peso de aquellas preguntas cayó sobre él como una piedra.

  No tenía respuestas.

  Quint suspiró, se sentó junto a él y bajó el tono.

  —Escucha, Reinhard… ser rey no se trata solo de fuerza o de tener una energía impresionante. Eso es parte del papel… pero no es lo que define a un verdadero rey.

  El silencio del campo se volvió más profundo. Solo el canto de los grillos y el susurro del viento acompa?aban sus palabras.

  —Un verdadero rey necesita sabiduría, equilibrio… y una mente capaz de ver más allá de la sangre. Cualquiera puede terminar una guerra con violencia. Pero solo un verdadero líder busca justicia. No solo para su pueblo, sino también para su enemigo. Porque nadie nace con enemigos, sobrino. Hoy luchamos contra ellos… pero eso no significa que ma?ana no podamos compartir la paz.

  Reinhard lo escuchaba, inmóvil. Pero por dentro, aquellas palabras se aferraban a su corazón con fuerza.

  —Tu padre lucha por ese ma?ana. —continuó Quint —Cree en él… y mientras tanto, aprende. No dejes que la ansiedad te robe lo que tienes que construir con paciencia.

  Quint tomó la lanza de Reinhard, girándola entre sus manos con admiración.

  —Debo decir, me dejaste sin palabras hace un rato. Tu técnica con la lanza… la precisión, el control, la fluidez… Es mejor que lo que tu padre o yo lográbamos a tu edad. ?Te la ense?aron en la academia?

  El rostro de Reinhard se tensó por un instante. No podía revelar la verdad. Aquella técnica no venía de sus instructores… venía de alguien más.

  —Ah, bueno… en realidad… —titubeó, rascándose la nuca —Es una técnica incompleta… que yo mismo estoy entrenando. ?Sí! Todavía la estoy puliendo. Estoy aprendiendo poco a poco…

  El ojo de Quint se abrió con asombro.

  —?La has inventado tú? ?Vaya, Reinhard! Me dejas sin palabras… ?Cómo se te ocurrió un patrón de movimientos tan sofisticado?

  —No lo sé… —respondió con una sonrisa fingida —Supongo que fue practicar y probar hasta que algo salió bien…

  Quint lo observó unos segundos más. Su instinto le decía que el muchacho ocultaba algo. Pero en lugar de presionarlo, simplemente asintió.

  —Tal vez no seas tan peque?o como pienso. —dijo con orgullo.

  Desde su llegada a Tyrant, Reinhard no había dejado un solo día sin esfuerzo. Por las ma?anas, asistía al consejo de guerra. No se le permitía hablar, pero eso no le importaba. Absorbía cada palabra, cada estrategia, cada discusión entre los eruditos como si fueran piedras preciosas que algún día necesitaría pulir.

  Por las tardes, se dedicaba a servir. Transportaba heridos desde el frente, entregaba provisiones, y se ofrecía como puente entre soldados y comandantes, demostrando que su título no lo colocaba por encima de nadie.

  Y por las noches… entrenaba. Con furia, con fuego en las venas, con una determinación que nacía de algo más que el deber. Cada noche repasaba los movimientos aprendidos del libro que le había regalado Cáliban, una técnica antigua, que él estaba reinventando a su modo.

  Quint veía todo. No decía nada… pero lo veía.

  Para él, Reinhard no era solo su sobrino. Era el hijo que nunca tuvo. Uno del que se sentía profundamente orgulloso.

  Aun así… sabía que su hermano, el rey, no deseaba ese destino para él.

  —Está bien, príncipe… —dijo Quint, con voz serena mientras se alejaba —Solo no olvides disfrutar de tu vida. Vive. Experimenta el mundo allá afuera. No te conviertas en un esclavo de las expectativas de los demás…

  Reinhard observó cómo la figura de su tío se desvanecía entre sombras y bruma. Lentamente, volvió a ponerse de pie, aferrándose a su lanza como si en ella se escondiera su futuro.

  Las palabras resonaban en su mente como un eco suave, pero persistente. Tenía razón. Tenía que conocer el mundo… pero nadie le había ense?ado cómo hacerlo.

  —Tío… si supieras lo que he visto… se te caería el parche. —murmuró con una sonrisa ladeada.

  Sin más, giró la lanza entre sus dedos y retomó su entrenamiento bajo el manto de la noche, dejando que el movimiento disipara las sombras de su corazón.

  Pero no todos vivían una vida glamurosa en los castillos ni pertenecían a la realeza.

  Aunque rodeada por paredes tapizadas en seda y objetos únicos traídos de tierras lejanas, lady Lidia no sentía que su mundo fuera de lujo. Caminaba lentamente por los pasillos, sus pasos resonaban con eco suave entre columnas y vitrales.

  ?Este lugar… sí que es enorme…? —pensó, acariciando con la yema de los dedos una barandilla esculpida. ?El se?or había dicho que este castillo era apenas una peque?a parte del anterior… ?Cuán inmenso sería el original??

  Deseando agradecer a su anfitrión por haberla acogido mientras sanaba, Lidia tomó la iniciativa de limpiar un poco el castillo. Por el momento, no podía abandonarlo, aún estaba en recuperación. Las aguas termales habían acelerado su mejoría, pero su cuerpo aún no estaba listo para partir.

  Tomó un plumero y comenzó con lo básico. Ventanas, paredes, marcos de cuadros. La actividad le calmaba el alma.

  Fue entonces cuando, entre los corredores silenciosos, encontró una puerta vieja y olvidada. La madera, marchita y agrietada, parecía haber sido ignorada durante a?os.

  Movida por una punzada de curiosidad, Lidia empujó la puerta. Esta se abrió con un gemido grave. La habitación del otro lado estaba sumida en sombras, cubierta de sábanas polvorientas y telara?as.

  —Vaya… esto sí que es un desastre. —Suspiró, con una leve sonrisa —Muy bien… comencemos por esta habitación.

  Con paciencia, retiró las sábanas de los muebles, ordenó cada objeto y limpió el polvo acumulado. Abrió las ventanas, dejando que la luz del mediodía llenara el lugar. Poco a poco, el espacio comenzó a transformarse en una sala más cálida y acogedora.

  Notó que a lo largo de las paredes había varios pedestales vacíos. Aunque de gran calidad, no parecían tener ninguna función especial… En una esquina, oculta tras una capa densa de polvo y olvido, encontró un cuadro cubierto por una tela. Con cuidado, lo despojó del velo.

  Era un retrato.

  Una mujer de belleza sobrecogedora posaba en él. Su cabello, azul profundo como el océano, caía con suavidad por sus hombros. Sus ojos, delicados, brillaban con una serenidad única; eran blancos, sin pupilas, pero transmitían una calma casi divina.

  —?Quién será…? Es tan bella… —susurró Lidia.

  Al levantar el cuadro con intención de colgarlo, una carta cayó desde su parte trasera. Cuando Lidia volteo el cuadro, vio una inscripción y, escrita con tinta antigua en la parte inferior del marco, leyó:

  “Felicidades por tu ascensión, hermana… Que la fortuna te sonría y nunca te rindas en el camino por delante. Con cari?o, Avalon.”

  Lidia podía sentir el cari?o que emanaba de las palabras grabadas en el marco. Las inscripciones brillaban con una tenue luz dorada que pulsaban con vida propia. No era solo un adorno, estaban encantadas. Aquellas frases habían sido imbuidas con un hechizo antiguo, creado para transmitir paz y amor a todo aquel que las leyera, además de ser legible sin importar el idioma que se hable.

  Conmovida por una magia tan pura, Lidia llevó una mano al corazón. Jamás había presenciado algo tan delicadamente poderoso. Era un consuelo tejido en letras.

  Entonces, recordó la carta caída. La recogió con cuidado.

  Sabía que leer la correspondencia de otros estaba mal… pero su inocente curiosidad nubló su juicio. Sus dedos temblaban levemente mientras desplegaba el pergamino.

  La caligrafía era hermosa, trazada con tinta plateada, pero el idioma era completamente desconocido. Sin embargo, las palabras no necesitaban traducción. Como si fueran susurradas directamente a su mente, el mensaje se reveló:

  “Espero que el castillo sea de tu agrado… investigué tu hogar y supe que esto era lo correcto. Por favor, no vivas solo. Construí estas paredes para que puedas llenar tu vida de recuerdos cálidos, y no te ahogues entre los muros con las tragedias del pasado.

  Sé que no puedo borrar tu dolor, tal como tú lo hiciste conmigo… y ese hecho me tortura cada día. Pero, por favor… nunca olvides que aún hay personas que te aman. Espero que puedas visitarme pronto.

  Con cari?o, tu amada hermana, Nimue.”

  Las letras centellearon. Una oleada de magia envolvió la habitación, tan palpable como un abrazo. Lidia sintió el calor de aquellas palabras, y lágrimas suaves amenazaron con brotar de sus ojos.

  —Aun si el se?or trata de negarlo… realmente fue amado. —murmuró, conmovida.

  Entonces notó algo más. Justo debajo del sitio donde había estado el cuadro, se encontraba una peque?a caja ornamentada. Al abrirla, descubrió un conjunto de canicas brillantes, cada una irradiando una tonalidad distinta.

  Tomó una entre sus dedos. Inmediatamente, una avalancha de emociones la atravesó… ira, dolor, felicidad, ternura, angustia… Eran como fragmentos de almas, cápsulas vivas de recuerdos.

  Instintivamente, comprendió su valor. Con sumo cuidado, fue colocando cada esfera en los pedestales vacíos, como si estuviera restaurando un santuario olvidado. Cuando terminó, la sala entera parecía respirar con un nuevo propósito. Una calidez reconfortante llenaba el aire.

  Lidia sonrió con satisfacción mientras salía de la habitación.

  —Espero que al se?or le guste…

  Pero apenas dio unos pasos por el pasillo, algo insólito sucedió. Una puerta colosal emergió ante ella. No estaba allí antes. Se expandía como metal líquido, creciendo hasta acomodarse en el muro con una perfección imposible.

  Sin aliento, Lidia se detuvo. Las puertas se abrieron en par, como si hubiesen estado esperando su llegada. Dudó… pero sólo por un instante.

  Y entonces, entró.

  Del otro lado, la esperaba una biblioteca inmensa, de proporciones imposibles, cuyos estantes se extendían más allá de la vista.

  —?Una biblioteca…? ?Qué es este lugar...? —murmuró Lidia, mientras sus pasos resonaban suavemente sobre el mármol silencioso.

  Estanterías colosales se extendían en todas direcciones, como un bosque infinito de madera y sabiduría. Cada anaquel parecía vivo, y los libros… palpitaban. Literalmente. Como si sus corazones latieran al ritmo de algo ancestral.

  Entonces, como si una voz susurrara desde algún rincón oculto, escuchó su nombre… o creyó hacerlo.

  Intrigada, caminó entre las hileras de estantes hasta que una sección en particular atrajo su atención. Los lomos de los libros allí estaban escritos en un idioma incomprensible, pero cada uno irradiaba un magnetismo extra?o. Era como si sus dedos quisieran tocar aquellos textos sin permiso alguno de su mente.

  Estiró la mano y tomó uno de los libros. Su cubierta era suave, tibia… como si fuera piel. Lo abrió con cuidado, pero las páginas estaban en blanco.

  —Ese no es para ti… —susurró una voz espectral, muy cerca de su oído.

  Lidia giró de inmediato, con el corazón acelerado, pero no vio a nadie. Miró a su alrededor, escudri?ando entre sombras y estanterías, pero estaba sola. O al menos, eso parecía.

  Cuando intentó devolver el libro a su lugar, una figura ennegrecida emergió desde el interior del estante. Su forma era difusa, casi líquida, como una sombra viva que se resistía a tomar forma. Entonces, dos ojos se encendieron en la oscuridad.

  —Lidia Montgard… —susurró la voz —Te conozco.

  El tono era etéreo, resonante, como un eco atrapado entre los muros.

  —?Me… conoces? ?Quién eres? —preguntó Lidia, con una mezcla de temor y fascinación.

  Hubo unos segundos de silencio. La criatura parecía debatirse entre hablar o no.

  —Mi creador me nombró Abisal. Soy el guardián de este castillo… y protector de los secretos sellados en esta biblioteca. Me encargo de impedir que los intrusos roben lo que no les pertenece.

  Lidia sintió un escalofrío recorrerle la espalda… pero también una chispa de curiosidad más intensa que nunca.

  —?Cáliban es tu maestro?

  El ser se agitó levemente entre las sombras, como si estuviera sorprendido.

  —?Cáliban…? No conozco a nadie con ese nombre.

  Un nudo se formó en el pecho de Lidia. ?Había cruzado un umbral prohibido?

  —?Dices que no es tu maestro? él afirmó que esta dimensión le pertenecía… que este castillo y todo lo que contiene es suyo…

  Abisal guardó silencio otra vez. Esta vez más largo, más pesado.

  —He estado dormido… durante mucho tiempo. Y desperté hace poco… Dime, mujer humana… ?Conoces otro nombre por el que se refiera a ese tal Cáliban?

  Lidia cerró los ojos un momento. Recordó una conversación con su esposo… una historia que él le había contado, entre susurros, una noche en que el fuego apenas iluminaba sus rostros.

  —Sí… creo recordar que su otro nombre es Avalon.

  Al mencionar aquel nombre, las sombras que conformaban a Abisal se estremecieron. El aire cambió. Como si las estanterías mismas contuvieran la respiración. La biblioteca entera vibró al escuchar aquel nombre. El eco de "Avalon" resonó por los estantes, como un antiguo conjuro despertando algo dormido en lo más profundo de sus raíces mágicas.

  —Avalon… —repitió la sombra —Sigue con vida…

  Por un momento hubo un denso silencio que provino de Abisal.

  —En efecto… él es mi maestro. —pronunció con solemnidad —Mi creador me puso bajo su mando para custodiar sus secretos. Secretos que solo su discípulo más devoto heredaría. Anta?o fui una gran estructura, un templo de sabiduría sin fin. Pero desde la Ruptura, gran parte de mi poder se desvaneció. Ahora… existo como esta fracción de lo que fui, encarnado en este peque?o castillo.

  El guardián hizo una pausa, su forma oscura se asentó con lentitud, como si tomara asiento entre las sombras.

  —Por favor, Lidia Montgard… ?Serías tan amable de ponerme al tanto de la situación actual?

  Lidia, aún impactada por la revelación, asintió. No sabía todos los detalles, pero compartió lo que sabía. Los enfrentamientos con el culto, el retorno de Cáliban, su nuevo aspecto, su lucha por proteger a los suyos… y su aparente soledad frente a una amenaza creciente.

  Abisal permaneció en silencio, meditando.

  —Así que logró regresar… en otro cuerpo. Curioso…

  —?Crees que podrías ayudarnos a detener al culto? —preguntó Lidia con una chispa de esperanza.

  El susurro de un suspiro resonó entre los libros.

  —Me temo que mi maestro está solo en esto. Mi poder, como ya te he dicho, está anclado a esta dimensión. No puedo abandonar el castillo, ni alzar mis manos contra el mundo exterior. Sin embargo…

  Una estantería cercana brilló, y de entre los libros uno se elevó por sí solo. Flotó con gracia hasta caer suavemente entre las manos de Lidia.

  Ella lo sostuvo con cuidado. Al abrirlo, sus ojos se abrieron con asombro. Las páginas estaban escritas en su idioma, como si siempre hubieran estado destinadas a ella.

  —?Qué es esto?

  —Puedo sentir tus emociones… —respondió Abisal con una dulzura inusual —Estás afligida por no poder ayudar. Lo entiendo. Por eso, con mi autoridad como guardián, deseo concederte acceso. Para que aprendas. Para que seas más. Permíteme instruirte… en aquello que muchos han buscado con codicia y ninguno ha merecido.

  El corazón de Lidia palpitó con fuerza. Sus dedos se crisparon sobre el lomo del libro, y por un momento, sus ojos se llenaron de luz. Pero entonces… cerró el tomo con firmeza.

  —Entiendo tu intención, y te lo agradezco… pero no puedo aceptar esto sin el permiso del maestro. él me salvó la vida. Me ofreció un nuevo comienzo. No voy a codiciar su poder. Si hay algo que deba aprender, será de su propia mano. Y si no me lo permite… entonces no soy digna.

  El silencio se hizo profundo. Entonces, el libro se abrió por sí solo. Una luz suave emergió de su interior, iluminando el rostro de Lidia con un resplandor cálido.

  —Es por eso que te lo permito, Lidia Montgard. —dijo Abisal, con una voz más serena, más humana —Puedo sentir tu corazón… la pureza que irradia tu alma. Créeme… el maestro no estará en desacuerdo conmigo. él me dio total libertad para decidir quién puede o no leer mis páginas y tú… tú eres digna.

  Las paredes comenzaron a moverse suavemente, como si la biblioteca misma reconociera la elección de Lidia y respondiera con gratitud. Las estanterías retrocedieron, deslizándose sin un solo sonido, formando un espacio, oculto entre columnas de sabiduría ancestral.

  Del suelo emergió lentamente una mesa de piedra pulida, con runas talladas a lo largo de su superficie. Alrededor de ella, candelabros flotantes se encendieron uno por uno, danzando con una llama tenue pero constante, ba?ando la estancia con una luz cálida y serena.

  Todo parecía preparado con reverencia.

  Lidia permaneció de pie unos segundos, asombrada por la atmósfera que la envolvía. Todo estaba hecho para que pudiera leer en paz, sin prisa ni temor. Dudó un momento… no por miedo, sino por respeto.

  Pero su corazón ya había tomado una decisión.

  ?Si este conocimiento puede ayudarme a proteger a los míos… a él… ?Cómo podría desaprovecharlo??

  —En ese caso… aceptaré tu propuesta. —dijo con voz firme y decidida.

  Se acercó a la mesa con la gracia de una noble y la determinación de una guerrera. Con un movimiento suave, abrió el libro donde lo había dejado y se sentó con elegancia en el banco de piedra que había aparecido frente a ella.

  Las páginas comenzaron a brillar a medida que las tocaba. Palabras que jamás había pronunciado antes se grababan solas en su mente. Conceptos complejos, símbolos antiguos, nombres olvidados… y sin embargo, todo le resultaba natural.

  Y allí, en la soledad de aquel santuario oculto, Lidia Montgard se convirtió en estudiante, una guardiana en formación.

  Extasiada, sus ojos se deslizaban línea tras línea, deseando aprender genuinamente.

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