El ambiente se congeló como si el tiempo mismo contuviera el aliento. El aire, denso y cargado de tensión, se volvió pesado sobre los hombros de todos los presentes. Ni Joseph ni Dimerian lo podían creer. Ambos combatientes detuvieron su ofensiva por un instante, y hasta los soldados no muertos quedaron inmóviles, como si el eco de aquella inesperada victoria hubiera quebrado la voluntad colectiva del ejército oscuro.
—?Esto te duele? —susurró una voz con un poco de burla, justo detrás de él.
Antes de que pudiera reaccionar, una hoja envuelta en energía carmesí emergió violentamente desde su pecho. El impacto no fue solo físico, sino espiritual, se pudo escuchar el crujido de un cristal. Sus ojos, encendidos por el odio, se abrieron de par en par mientras giraba la cabeza para encontrarse con el rostro de su atacante.
—Uno fuera… —murmuró Cáliban.
—?Tú…! —rugió el Dullahan, su voz era un trueno cargado de furia contenida.
El caballero muerto soltó el cuerpo falso de Cáliban, cuya identidad no era otro que Ocelotl, el cual se transformó en una sombra que volvió a las espaldas de Cáliban.
—Un caballero jamás baja la guardia, Dullahan… y menos ante una sombra como tú. —respondió Cáliban, su voz era firme como el acero.
Joseph y Dimerian contemplaban la escena con una mezcla de satisfacción y determinación. El plan había surtido efecto. Habían guiado al enemigo a una falsa seguridad, el momento perfecto para el golpe letal.
—El siguiente corte irá directo a tu cabeza. —sentenció Cáliban, apuntando su hoja hacia el segundo núcleo del no-muerto.
Pero el Dullahan retrocedió con un salto ágil, su cuerpo vibró con una ira que parecía envolverlo. Un rugido gutural escapó de sus entra?as mientras una aura de fuego fatuo comenzaba a arder a su alrededor, envolviendo su armadura y su espada con llamas espectrales.
—Te subestimé… Pero esta vez será diferente. ?Lo juro sobre las cenizas de mi pueblo!
La temperatura descendió de forma antinatural, y un viento fúnebre barrió el campo de batalla. Pero Cáliban no se dejó intimidar. Respiró profundamente, giró su rostro hacia sus aliados y alzó la voz con autoridad.
—?Usen su energía! ?Ahora! ?Sin reservas!
Joseph fue el primero en responder. Su cuerpo se elevó levemente mientras desataba una tormenta de remolinos, vientos afilados que silbaban con furia celestial.
—?Vamos, Alízea!
—?Sí, se?or!
Dimerian no se quedó atrás. Invocó su espíritu ancestral, y una muralla de agua cristalina lo rodeó, amplificando cada uno de sus ataques. Con cada tajo, un torrente empapaba a los enemigos, ralentizando sus movimientos, haciéndolos vulnerables.
Cáliban volvió a la batalla, su espada brilló con un fulgor carmesí.
—Esta vez, no será tan fácil, cadáver andante…
—?Estás tan seguro?
Del suelo surgió con estruendo una bestia esquelética, un corcel espectral de mirada vacía y mandíbula llameante. El Dullahan lo montó con orgullo renovado. El caballo azotó los cascos delanteros y cargó como un vendaval de oscuridad, envuelto en una bruma incandescente que deshacía todo lo que tocaba.
Pero justo cuando la embestida parecía inevitable, el suelo tembló de nuevo. Desde las profundidades emergió otro corcel, igual de imponente, cubierto de una energía densa. Con un relincho ensordecedor, colisionó brutalmente contra el caballo espectral.
El impacto sacudió el campo entero. El Dullahan fue repelido con fuerza.
—Eres una caja de sorpresas desagradable… —gru?ó el caballero no muerto, con el ce?o fruncido y los ojos ardiendo de frustración. Dos veces había sido superado. Dos veces humillado.
—Ese es tu problema. —replicó Cáliban mientras montaba con elegancia a Ocelotl, su corcel fiel, cuyos ojos brillaban como brasas vivas —Primero se mide la fuerza de tu oponente…
Ambos jinetes se lanzaron en carrera. El retumbar de los cascos sobre el campo seco marcaba el inicio de una danza letal. Espada contra espada, metal contra energía pura. Sus armas chocaban con violencia, y cada embestida arrancaba chispas que iluminaban la penumbra del campo de batalla. Ninguno cedió terreno. Ninguno daba respiro.
Mientras tanto, más allá de la colina, Joseph y Dimerian luchaban con ferocidad para contener a los restos del ejército espectral. Las lanzas caían como lluvia de muerte y las espadas silbaban en el aire, pero el viento obedecía a Joseph, y sus remolinos barrían a los enemigos como hojas secas.
—Con este poder… ?Cómo es que no pudieron derrotar al Lavarrum solos? —preguntó Dimerian, abatiendo enemigos con precisos cortes. Su espada envuelta en un aura líquida, ralentizaba todo lo que tocaba.
—No es que no pudiéramos… —respondió Joseph, esquivando una flecha que pasó silbando a milímetros de su costado —Pero el consumo de energía es brutal. Yo solo puedo mantener esta forma durante cinco minutos. Y en el caso de Cáliban… es aún peor.
En el corazón del combate, Ocelotl hablaba telepáticamente con su jinete, su tono estaba cargado de inquietud.
?Maestro… si continúa usando su energía así, su cuerpo no resistirá mucho más…?
Y tenía razón. La energía del caos fluía como veneno a través del cuerpo de Cáliban. Las venas de sus manos se ennegrecían, avanzando como raíces muertas por sus brazos. Su pulso latía con dificultad.
—Lo sé… —murmuró entre dientes —Pero si me detengo ahora, moriremos. Debo acabar con él… antes de que sea demasiado tarde.
Detuvo su montura por un instante. Sus ojos se cruzaron con los del Dullahan en silencio. Solo había respiraciones agitadas. El caballero espectral desenvainó una lanza colosal, su hoja vibró con un poder ancestral. El corcel espectral del enemigo golpeó el suelo con furia, levantando polvo y fuego a su paso.
Ambos sabían lo que venía.
—?Entrégame tu alma! —bramó el caballero, alzando su arma mientras cargaba como un relámpago infernal.
—?Veamos si te la mereces! —gritó Cáliban, lanzándose también.
Justo antes del impacto, Cáliban tiró de las riendas con maestría y se deslizó por un costado, usando el impulso para lanzarse por debajo de la bestia enemiga. Un destello carmesí se reflejó con un tajo directo de su espada. La hoja atravesó las patas del corcel espectral, haciéndolo caer con un lamento sobrenatural. El Dullahan fue derribado, pero cayó de pie, como una sombra imparable.
—Tendrás que hacerlo mejor que eso para vencerme. —dijo, alzando su cabeza, aún sostenida en su mano.
—Y tú… deberías cuidar tus espaldas.
Dos arco de luz pura rasgó el aire. Dos cortes limpios surcaron directo desde la espalda. El brazo que sostenía su cabeza cayó al suelo. Joseph y Dimerian aparecieron tras él, sus energías combinadas formando un filo que parecía cortar el mismísimo cielo.
—?Qué? ?Cómo es posible? ?Mis soldados…!
El Dullahan miró alrededor. Los cadáveres que antes marchaban a su voluntad ahora yacían inmóviles, como estatuas derrotadas.
—?Eso no es posible! ?Mis soldados son inmortales! —rugió con rabia ciega.
—Tienes razón. —dijo Cáliban, avanzando con paso firme, su mirada fija —Pero… si te detienes a pensar un momento… ?No sientes algo distinto?
—?Distinto…? ?De qué hablas?
Entonces lo comprendió. Como si le hubieran arrancado el alma de golpe, notó el vacío. La conexión había desaparecido. El lazo entre él y sus soldados había sido cortado. El momento exacto le vino a la mente como una daga. El instante en que la hoja de Cáliban atravesó su pecho.
—No puede ser… —murmuró con espanto —Apuntaste a mi segundo núcleo…
—Exactamente. —respondió Cáliban, levantando del suelo la cabeza del caballero —Se que los Dullahan tienen dos núcleos. Uno los conecta con su ejército, el otro les otorga su inmortalidad. Si eliminamos tu cabeza, mueres tú… y todos tus soldados. Pero tu segundo núcleo es más débil. Solo hacía falta eliminarlo… y tu ejército quedó sin control.
El silencio pesó como una lápida. La batalla, al fin, comenzaba a inclinarse.
—También sé que puedes sacrificar tu segundo núcleo para ganar una vida extra si tu cabeza es destruida… —Cáliban sostuvo la cabeza enemiga con firmeza —No quise correr riesgos. No habrá sorpresas.
—Desde el principio… apuntaste a mi segundo núcleo… —murmuró el Dullahan, con voz temblorosa, no de miedo, sino de resignación —Qué estrategia más… extra?a. Pero supongo que… está bien para mí.
A pesar de no tener rasgos humanos, podía sentir su cansancio. Estaba terriblemente cansado, habían sido siglos desde que su alma había sido arrebatada por aquel rey oscuro. Ya no quería seguir siendo un engendro bajo su mando.
El caballero movió su cabeza ligeramente, observando a los cadáveres que lo habían seguido a la batalla, todos eran hermanos, guerreros que cruzaron guerras junto a él. Ahora, todos eran esclavos de la oscuridad.
Como si los soldados hechos de huesos entendieran lo que su se?or quería decir con la mirada vacía de sus ojos espectrales, estos clavaron su arma en el suelo, dándole la confirmación que pesó en su corazón, aun cuando ya no latía.
Clavó su espada en la tierra con solemnidad. El suelo tembló levemente, como si incluso la tierra reconociera el acto de rendición. Ya no había rabia en sus ojos, solo una sombra de melancolía que se extendía como un velo sobre su rostro descompuesto.
—Fue un buen combate… —a?adió —Después de servirle a ese rey maldito durante tantos siglos… estoy listo para desaparecer.
Cáliban no bajó la guardia. Avanzó con pasos firmes y habló con sequedad.
—Aún no. Necesitamos respuestas.
El espíritu, ahora libre de las cadenas que lo ataban a su ejército, no opuso resistencia. Sabía que su final era inevitable. Sin embargo, su alma estaba fragmentada. A cada pregunta, sólo devolvía fragmentos inconexos de memoria.
—?Cómo llegaste aquí?
—No lo sé… —su voz se tornó distante, como si hablara desde un lugar muy lejano —Lo último que recuerdo es… estar con mis hermanos… defendiendo a nuestro verdadero rey… y luego… creo que morí. No lo sé. Todo es tan… confuso. Este lugar… es tan nuevo para mí como lo es para ti.
Cáliban frunció el ce?o.
—?Quién es tu rey?
El Dullahan se llevó la mano al pecho, con un gesto reverente.
—Mi rey es… su nombre… —frunció el ce?o internamente, como si escarbara desesperadamente entre las cenizas de su mente —?Cuál era su nombre?… no importa cuánto intente… no lo recuerdo. Pero sé que lo amaba. Le era leal más allá de la muerte.
—?Qué es lo último que recuerdas?
—El vacío. Solo… oscuridad. Dormía… o algo peor. No podía ver, no podía oír… hasta que escuché tu voz, entre la nada. Eso me despertó. Lo único que sabía era que debía proteger este lugar… con mi vida. Nada más.
Cáliban bajó la mirada. Sabía que no obtendría nada más. El alma del caballero había sido mutilada por el tiempo, por la corrupción, por siglos de servidumbre a un poder que ya no comprendía. Sin decir una palabra más, levantó su espada.
El caballero extendió su propia cabeza, como si suplicara por el descanso final. De un solo movimiento limpio, separó la cabeza del Dullahan en dos. No hubo gritos, no hubo dolor. Solo un suspiro, como el de una vela extinguiéndose con la brisa.
La mitad del rostro cayó al suelo, entre las hojas secas. Y, antes de desvanecerse por completo, los ojos del caballero contemplaron algo que jamás olvidaría. Los tres guerreros caminaron juntos, alejándose, mientras uno de ellos caía al suelo, vencido por el agotamiento.
—?Cáliban! —gritó Dimerian, corriendo a su lado con pasos torpes y angustiados —?No! ?No hagas esto! ?No mueras!
Joseph se acercó rápidamente, lo sujetó del brazo y habló con voz firme.
—Está vivo, solo… exhausto. Ayúdame a levantarlo. Rápido.
Entre los dos lo sostuvieron, uno por cada brazo. Avanzaron con dificultad hacia el campamento, con la tenue luz de la victoria titilando entre las sombras de los árboles.
Y mientras los cuerpos se alejaban, y el alma del Dullahan comenzaba a disiparse, una corriente suave de viento negro barrió el bosque. El espíritu sintió algo. Algo que no sentía desde hacía siglos.
Memoria.
Comenzó a recordar una taberna. El murmullo de las copas, risas, compa?eros y una voz. La voz de su rey.
—“Talos, deja de ser tan liberal. Deberías tomarte esto más en serio.”
Talos, el nombre que apenas recordaba… Talos rió con fuerza, agitando una jarra de hidromiel.
—“Mi rey… tú deberías ser un poco menos serio. Vamos, tómate algo conmigo. ?No es eso lo que dice el abuelo Merlín? Deja de ser tan aburrido y búscate una esposa de una vez…”
Frente a él, un hombre al que no podía ver el rostro lo observaba en silencio, con una sonrisa oculta en las sombras. Talos alzó su copa una última vez.
—“Ese no es tu problema.” —replicó la voz de su rey en la oscuridad.
A rega?adientes, su rey aceptó la bebida de Talos, el cual tenía a una hermosa mujer a su lado.
—“Tranquilo mi rey, le presentaré una hermosa mujer esta noche…”
—“Por favor, no…”
Los momentos cálidos junto a su rey abrumaron su mente en los segundos finales. Las risas compartidas, los juramentos sellados en tabernas olvidadas, los combates cuerpo a cuerpo, codo a codo, todo regresó como una marea de nostalgia que invadía su alma desgastada.
Mientras su cuerpo se deshacía lentamente en cenizas arrastradas por los vientos, sus ojos, ya casi sin forma, se posaron en Cáliban. Pero no vio al joven guerrero cargado por sus camaradas. En su lugar, como una visión sacada del tiempo y la lealtad, lo que se proyectó ante él fue la silueta de un hombre alto, cubierto por una armadura negra ornamentada, tan imponente como familiar.
—?Mi… mi rey?... Así que aquí estabas… finalmente has vuelto… —susurró con un hilo de voz, siendo más alma que sonido.
Aunque había dicho que partiría sin arrepentimientos, una parte de él deseaba que aquel reencuentro hubiese sido real. Pero no había marcha atrás. El eco de su conciencia se disolvió con el viento, y su existencia descansó finalmente en el vacío.
En el campamento, la lona se abrió con prisa mientras colocaban el cuerpo de Cáliban sobre su cama improvisada. La respiración del líder era débil, pero constante. Sus brazos colgaban a los costados, manchados por venas negras que latían con una energía extra?a.
Dimerian miraba con inquietud.
—?Estará bien?... —preguntó, con su voz más baja de lo habitual.
—Sí. —respondió Joseph sin mirarlo, mientras ajustaba una venda —Solo necesita descansar un poco.
Dimerian frunció el ce?o. No le gustaba esa respuesta, y menos aún el tono con el que fue pronunciada. Sabía que Joseph ocultaba algo. Pero también sabía que insistir demasiado solo lo llevaría a un castigo. Y el entrenamiento infernal de Cáliban ya era bastante cruel sin provocarlo.
—Necesito que me ayudes a volver. —dijo Joseph de repente, rompiendo el silencio.
—?Volver ahí? —preguntó Dimerian, sin disimular su sorpresa.
—?Quieres dejar atrás esas preciosas armaduras y artefactos que ganamos al matar a esa cosa…? —a?adió Joseph, esbozando una leve sonrisa.
La chispa en los ojos de Dimerian fue inmediata. La posibilidad de forjar armaduras a partir de material espectral era un sue?o para cualquier artesano guerrero. Así que asintió sin dudar.
Durante horas, bajo el sol abrasador, ambos transportaron equipo del campo de batalla. Restos de metal encantado, tejidos oscuros imbuidos con magia de ultratumba, y corazas aún vibrando con energía maldita fueron almacenados cuidadosamente.
La noche envolvió el campamento en un silencio sagrado. A la distancia, se oía el repiquetear de acero. Joseph y Dimerian entrenaban juntos, impulsados por el deseo de fortalecerse tras la brutal contienda. Sus cuerpos sudaban, pero sus ojos estaban llenos de determinación.
Dentro de su tienda, Cáliban abrió lentamente los ojos.
El interior era oscuro, pero familiar. La respiración le costaba. Se sentía como una muralla agrietada a punto de colapsar. Se incorporó con esfuerzo, apoyando un codo tembloroso.
—Sucedió otra vez… —susurró, mirando sus propias manos con expresión sombría.
Las venas negras seguían ahí. Sus dedos temblaban. La energía carmesí que usaba para derrotar a seres inmortales era tan poderosa como destructiva para su cuerpo. Cada vez que la invocaba, lo acercaba un paso más a un punto de no retorno. Si no hallaba una solución pronto, su cuerpo simplemente colapsaría bajo su propia fuerza.
Salió de la tienda.
A pocos metros, Joseph y Dimerian clasificaban las piezas de equipo.
—Supongo que no escatiman en recursos… —dijo, sin poder evitar el tono sarcástico.
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Ambos giraron al instante.
—?Líder! —gritó Dimerian, casi dejando caer un casco ornamentado.
—?Cáliban! ?Estás bien?
—?Qué están haciendo ustedes dos? —preguntó con voz grave.
—Ah… —Dimerian titubeó —Juntamos todas las armaduras. Pensamos que podríamos venderlas o… forjar algo nuevo. Yo…
—No vas a tocar una forja hasta que aprendas a hacerlo correctamente. —le interrumpió en seco pero sin dureza.
Dimerian bajó la cabeza con un suspiro de resignación. Joseph se acercó y le dijo en voz baja:
—Déjanos. Hablaré con él. Termina de ordenar las armaduras.
Dimerian asintió en silencio y continuó con su tarea.
Ya dentro de la tienda, Joseph sacó una bolsa de piel y la colocó sobre la mesa. Con cuidado, extrajo tres objetos.
—Esto fue lo que pudimos recuperar. La incursión dejó algunos… recuerdos importantes.
Sobre la mesa descansaban una espada rota, ennegrecida por el tiempo, aún vibrante con restos de poder. Un núcleo espectral, pulsando lentamente como si tuviera vida propia y una carta. Su sello era una calavera con huesos cruzados, antigua, sellada con magia negra.
Cáliban los observó en silencio. Su expresión se endureció. Algo en aquella carta… le resultaba inquietantemente familiar.
—?Una carta de invocación? —murmuró Cáliban al ver el sello. Su voz se ti?ó de sorpresa, pero también de una inquietante familiaridad. Lo había visto antes, muchas veces, en batallas donde la oscuridad era una moneda corriente.
—?Sabes qué es eso? —preguntó Joseph, aunque ya lo sospechaba por el tono de su líder.
—Sí… —respondió, tomando la carta con cuidado, como si pesara más de lo que aparentaba —Es una carta de invocación… aunque no es exactamente lo que su nombre indica. No invoca criaturas del éter como los grimorios comunes. Este tipo de carta almacena el alma de una persona. Puedes llamarla cuando la necesites, como si la trajeras del más allá… y lo más interesante es que permite al espíritu usar su propia energía, no la del invocador.
—útil para un mago oscuro, ?No?
—Extremadamente. Con esto puedes tener un asesino, un guerrero, un nigromante… lo que sea, sin gastar una gota de tu propio maná. Muchos pagarían fortunas por una carta así.
Joseph alzó una ceja.
—Oh… ?Cuánto crees que vale?
—Cientos… tal vez miles…
Joseph abrió los ojos con sorpresa.
—?Miles de Oloruns?
—Oloruns, no… almas. —respondió con seriedad.
El silencio llenó la carpa por unos segundos. Joseph no mostró expresión, pero la atmósfera se volvió más densa. No necesitaban más explicaciones. Sabían el tipo de poder que habían tocado.
Entonces, Joseph se?aló la bolsa de cuero de donde habían sacado la carta.
—También tenemos este objeto raro. Esta bolsa… tiene una propiedad inusual.
—?Raro? ?Por qué lo dices?
—Porque no almacena por espacio, sino por cantidad. —explicó Joseph mientras giraba la bolsa entre sus dedos —La probamos hace un rato con Dimerian. Metimos una carpa entera dentro, sin problema. Pero al intentar meter más objetos, descubrimos algo. Solo permite diez objetos en total. No importa el tama?o.
Cáliban enmudeció un instante. En su mente, ideas comenzaron a agitarse. Las posibilidades tácticas que ofrecía una bolsa así eran enormes. Una tienda, una lanza gigante, una roca encantada… mientras no se pasara del límite, todo cabía. Y esa carta podría ocupar un espacio.
—Esto… podría ser más útil de lo que imaginé. —murmuró.
—Hay algo más. —a?adió Joseph, cruzando la tela de la carpa hacia la salida —Acompá?ame afuera.
Intrigado, Cáliban lo siguió.
En cuanto abandonaron la tienda, el aire cambió. Una corriente extra?a fluía alrededor del campamento, como si una fuerza no vista aún rondará entre los restos del combate. Y entonces, lo vio. Activando su Mirada Celestial, los ojos de Cáliban brillaron con un resplandor tenue.
Las armaduras apiladas de los soldados caídos no eran simples piezas metálicas. Una densa bruma grisácea se elevaba sobre ellas, serpenteando como humo contenido. Era energía oscura, residual, aún impregnada de la voluntad rota del Dullahan.
—Esto no es energía común. —dijo en voz baja.
—No. Y por eso deberíamos actuar antes de que se disipe. —respondió Joseph, ya sabiendo lo que venía.
—Junten todas las armaduras en el centro de la explanada. Ahora.
Dimerian, aunque confundido, obedeció sin rechistar. Sus manos trabajaban rápido, amontonando cada pieza.
Mientras tanto, Cáliban se arrodilló en el suelo y comenzó a dibujar con tiza mágica un círculo arcano con precisión. Cada línea estaba cargada de intención, cada runa vibraba levemente mientras la dibujaba. A su alrededor, el viento se volvió más denso.
Joseph, por su parte, colocaba objetos adicionales más alejados. Eran antenas, necesarias para canalizar y estabilizar la energía que se liberaría. Ya lo había visto hacer una vez, y ahora sabía exactamente qué parte debía preparar.
—?Qué es eso? —preguntó Dimerian, sorprendido ante el patrón en el suelo.
—Es una formación de alquimia. —respondió Joseph sin mirarlo —Luego te lo explico. Cáliban va a realizar un ritual muy importante… así que no lo distraigas.
Se alejó unos pasos y, antes de que Dimerian pudiera decir nada más, a?adió con tono serio:
—Y te recomiendo que no hables de esto con nadie. Si lo haces… puede que Cáliban te saque del gremio.
Con esto en mente, Dimerian simplemente se quedó observando desde la distancia. No comprendía del todo lo que estaba sucediendo, pero era evidente el mensaje implícito de Cáliban. Ai quería respuestas, si realmente deseaba aprender, tendría que ganarse su lugar. Ya no bastaba con ser obediente; debía ser útil. Así que, apretando los dientes, comenzó a apilar las armaduras con una rapidez renovada, empapado de polvo y sudor.
Joseph, por su parte, trabajaba con precisión, clavando las antenas mágicas en los puntos justos donde la energía del círculo se entrecruzaba. La tierra misma parecía vibrar bajo sus pies.
En el centro de la formación, Cáliban cerró los ojos y comenzó a recitar cánticos arcanos. Su voz era profunda, gutural, pronunciando palabras en lenguas antiguas que parecían desgarrar el aire. El núcleo espectral, colocado con sumo cuidado, comenzó a brillar con una intensidad que hizo palidecer el fuego del horno. De pronto, las armaduras empezaron a girar, arrastradas hacia el núcleo como por un imán invisible. Un tornado de metal y energía oscura emergió del círculo, aspirando el aire con una fuerza devastadora.
—?Joseph! ?Arroja la bolsa justo en medio! —gritó Cáliban.
Sin perder un segundo, Joseph obedeció. Tomó la bolsa de cuero encantada y la lanzó con toda su fuerza. Esta fue engullida por el torbellino, desapareciendo en el remolino como si nunca hubiese existido.
—??Qué está haciendo?! —gritó Dimerian, aferrado con fuerza a una roca para evitar ser succionado por el vendaval.
—?Cáliban está realizando un ritual de alquimia! ?No lo interrumpas! —le respondió Joseph, elevando la voz para superar el estruendo.
Los vientos rugían como bestias salvajes. Rayos blancos comenzaron a quebrar el cielo, impactando la tierra con violencia. Las armaduras se fundían, se quebraban y finalmente se entrelazaban como si obedecieran una voluntad ancestral. Las nubes se tornaron negras como tinta, y la tierra misma lanzó un gemido sordo, una vibración de dolor. Pero Cáliban no titubeó.
—?Cae! —gritó con un rugido final.
En ese instante, un rayo completamente negro descendió del cielo con furia divina, impactando justo en el centro de la formación. El sonido fue tan abrumador que incluso Joseph se cubrió los oídos. Dimerian cayó de rodillas, y el mundo pareció apagarse por un segundo.
Cuando el humo se disipó, un cráter humeante marcaba el lugar del impacto. El suelo estaba chamuscado y hundido, pero en el centro de aquel caos… se encontraba el fruto de su trabajo.
Cáliban se acercó al centro con pasos medidos. Con ayuda de un trozo de cuero reforzado, recogió los objetos recién nacidos del ritual y se dirigió hacia sus compa?eros. A pesar del cansancio en su rostro, había una chispa de satisfacción en su mirada.
—?Hubo éxito? —preguntó Joseph, al verlo regresar con las manos llenas.
Dimerian se incorporó de inmediato, acercándose con la emoción de un ni?o que espera ver un truco de magia.
—Sí. —afirmó Cáliban, abriendo el trozo de cuero ante sus ojos —Fue un éxito.
Lo que reveló dejó a ambos sin aliento.
Cuatro piedras preciosas brillaban con fuerza propia. Eran peque?os rubíes, cada uno con un color distinto. Habia uno negro, otro blanco, azul claro y rojo. En su interior, peque?as partículas flotaban como si encerraran un cielo estrellado. Eran tan hermosas como misteriosas.
Junto a ellas, se encontraban tres lingotes de un mineral transparente, con destellos internos casi líquidos. Su superficie parecía cristalina, pero su peso denotaba una densidad mágica. Dimerian se inclinó sobre ellos, fascinado.
—Líder… ?Qué mineral es este? Jamás he visto algo así…
—Se llama Espectrita. —respondió Cáliban con solemnidad —Es extremadamente rara… y sus propiedades son únicas. Absorbe energía espectral, la canaliza y puede incluso transformar la estructura espiritual de un objeto al que se adhiera. Ahora… dame tu arma.
Dimerian, aún atónito, entregó su espada sin protestar. Cáliban colocó el arma sobre una superficie encantada y colocó un fragmento de Espectrita en la ranura central del filo. Con un breve encantamiento, el metal fue absorbido por la hoja. La espada soltó un eructo, como si hubiese sido satisfecha. Un brillo espectral recorrió el arma de extremo a extremo.
—Inténtalo ahora. —indicó.
Dimerian alzó su espada, aún desconfiado por el aumento de peso. Lanzó un tajo al aire… y su arma se volvió transparente por un instante, atravesando la roca frente a él sin dejar marca aparente. Un segundo después, la piedra se partió en dos, lentamente, como si hubiera sido cortada por una cuchilla invisible.
—??La atraviesa…?! —balbuceó.
—Cuando golpees, durante una fracción de segundo, el arma se volverá intangible, esto ocurrira aleatoriamente. Así evitará defensas materiales. Pero cuidado… debes tener en cuenta que solo atraviesa cosas materiales. —advirtió Cáliban mientras observaba el arma recién imbuida —Si luchas contra alguien que controle bien su energía, no servirá de nada… así que no te confíes.
Acto seguido, se volvió hacia un terreno despejado. Con una serie de gestos fluidos, invocó el poder de la tierra de Ocelotl. El suelo tembló levemente y, como si respondiera a un mandato, emergió un pozo de piedra roja, perfectamente tallado. Con un delicado movimiento de sus dedos, talló un canal descendente a partir del borde, destinado a guiar cualquier líquido que él deseara.
En la cima del pozo, colocó el núcleo de lava pura. Al instante, el calor ascendió, y un flujo incandescente comenzó a recorrer el canal. Las rocas circundantes se tornaron naranjas, como si ardieran desde dentro. Poco a poco, el conjunto tomó forma, creciendo con cada gesto, hasta convertirse en un horno monumental, digno de una ciudadela enana.
—?Es una forja! —exclamó Dimerian, con el rostro iluminado por el reflejo del fuego.
Joseph se acercó con paso firme.
—Entiendo que forjarás armas con la Espectrita… —dijo, cruzándose de brazos —Pero ?Qué harás con las piedras preciosas?
—No te preocupes por eso. Yo me haré cargo. —respondió Cáliban sin desviar la mirada del fuego.
Así comenzó una labor incansable que se prolongó día y noche. El sonido del martillo contra el metal se volvió parte del ambiente. Cáliban, sin descansar, moldeaba con precisión cada espada, cada hoja, cada filamento de magia. Usando la empu?adura del caballero no muerto como base, forjó una nueva arma de tono grisáceo, elegante pero brutal.
Durante ese tiempo, Dimerian fue su ayudante, aunque no lo hizo con entusiasmo.
—Pero yo quiero aprender a forjar… —protestó una noche, mientras limpiaba herramientas.
—Y lo harás. —dijo Cáliban, ajustando un molde al rojo vivo —Pero no ahora. Primero debes aprender a ser un buen ayudante.
—?Pero ya lo soy!
—?De verdad? —replicó sin mirarlo —No sabes pesar metales. No conoces los puntos de fusión ni el uso correcto de cada herramienta. Para ser un maestro… primero hay que aprender a ser un estudiante.
Dimerian apretó los labios. No dijo nada más, pero desde entonces se dedicó a observar todo con más atención. Pese a su frustración, no pudo evitar quedar fascinado al ver cómo Cáliban trabajaba. Medía las sales con exactitud, combinaba los lingotes con precisión mágica, y cada espada que forjaba parecía tener un alma.
Pero, lo que realmente captó su atención no fueron las armas, sino lo que vino después.
—?Qué harás ahora? —preguntó, colocando una caja sobre la mesa de piedra.
—Anillos. Brazaletes. Cosas que necesitaremos más adelante… —respondió Cáliban mientras, con aguja de plata, comenzaba a trazar símbolos arcanos en un anillo sin piedra.
Los trazos eran finos, complejos, hechos con la precisión de un escriba celestial. Runas de transferencia, círculos de canalización, matrices de protección… todo era parte de una arquitectura mágica invisible a ojos inexpertos.
—Bien. Ahora tráeme los cristales, Dimerian.
Sin decir palabra, el joven corrió hacia el cofre donde guardaban los materiales más valiosos. Con sumo cuidado, trajo los tres cristales obtenidos durante la alquimia celestial. Cada uno tenía un color y una energía distinta. Uno dorado, uno violeta, otro azul y el último completamente blanco. Brillaban con una luz tenue, como si respiraran.
Dimerian pensó que simplemente los incrustarían en los anillos. Parecía lógico y sencillo.
Pero lo que sucedió a continuación le voló la mente.
Cáliban tomó el primero con guantes, lo colocó sobre el yunque de plata, y sin mediar palabra, le dio un golpe seco con el martillo.
?CRACK!
El cristal se rompió en decenas de peque?os fragmentos relucientes que salieron volando en todas direcciones. Dimerian retrocedió con el rostro lleno de horror.
—?Ah! ??Qué has hecho?! —gritó con el rostro enrojecido, entre la euforia y el enojo —??Estás loco?! ?Ese cristal era un material único!
—Lo sé, yo lo hice… ahora, cálmate. —dijo Cáliban, recogiendo con calma algunos fragmentos flotantes —Solo lo liberé.
—?Liberarlo? ?Lo destrozaste!
—No. Lo purifiqué.
Extendió la mano, y los trozos rotos comenzaron a elevarse lentamente, flotando sobre el anillo que tenía frente a él. Peque?os destellos de luz recorrían los fragmentos, que vibraban al compás de las runas dibujadas en el metal. Uno a uno, los fragmentos se reorganizaban, encajando dentro de las inscripciones como si siempre hubieran sido parte del dise?o.
—Los cristales contienen energía viva, pero sellada. Al romperlos y refinarlos… los conviertes en verdaderos conductos mágicos. El cristal no es un adorno… es un catalizador.
Dimerian, aún en shock, solo pudo murmurar:
—Eso… no lo ense?an en ningún libro.
—Porque no lo encontrarás en libros…
El joven ayudante tragó saliva. Sintió el peso real del camino que había elegido. Estaba aprendiendo más de lo que jamás imaginó… y lo que venía, solo sería más profundo.
Las partículas internas de los cristales, ahora liberadas, comenzaron a tintinear con elegancia. Al contacto, las líneas grabadas se encendieron con los colores correspondientes: negro, blanco, rojo y azul celeste. Era como si el metal respirara energía pura. Los anillos estaban completos.
—Dile a Joseph que venga. —ordenó Cáliban sin apartar la vista de su obra.
Minutos después, con los tres reunidos alrededor de la mesa de piedra, Cáliban sostuvo uno de los anillos entre sus dedos.
—Les daré a cada uno de estos. —comenzó —Son anillos de almacenamiento. Funcionan bajo el mismo principio que la bolsa de piel que encontramos. Sin límite de tama?o, pero sí de cantidad. Solo diez objetos por anillo.
Dimerian y Joseph lo observaron con atención mientras él se colocaba el anillo con inscripciones negras. Apuntó con dos dedos hacia su carpa, y en un segundo, la tienda completa fue absorbida en el anillo en un destello tenue, como si hubiera sido tragada por una dimensión paralela.
—Interesante… —murmuró Joseph, cruzado de brazos, midiendo el potencial.
—?Cómo lograste que los cristales se adhirieran a una superficie tan peque?a? —susurró Dimerian, aún absorto.
Cáliban sonrió apenas.
—Compresión alquímica… y mucha paciencia.
Luego se volvió hacia la mesa y sacó un peque?o paquete envuelto en tela. Al desplegarlo, reveló varios grilletes metálicos de aspecto rústico, pero con inscripciones grabadas en su interior.
—También les hice esto. —dijo —Los usarán durante el entrenamiento que realizaremos en los días que quedan de estas vacaciones. Así que tomen sus cosas. Volvemos al bosque.
Caminaron en dirección suroeste, dejando atrás el calor del Volcán Piedra Negra. El sendero se volvió más húmedo, el aire más denso. Eventualmente, llegaron a una cascada majestuosa que descendía desde lo alto del Bosque Neblinoso. El agua caía con fuerza, golpeando las rocas y creando una bruma constante. El murmullo del río envolvía el ambiente en una sinfonía natural de paz… y desafío.
—Este lugar es perfecto. —dijo Cáliban, deteniéndose frente a la cascada —Acomoden sus cosas.
Gracias a los anillos, solo necesitaban peque?as mochilas para lo esencial. Joseph retiró una vara, Dimerian una manta y un cuchillo de cocina, y Cáliban deshizo su anillo para desplegar la carpa completa en cuestión de segundos. El lugar quedó listo en minutos.
—Ahora. —continuó Cáliban, sacando los grilletes —Aquí entrenaremos cuerpo, resistencia y constitución.
Les colocó los grilletes en mu?ecas y tobillos. Al principio, los demás no comprendían su propósito… pero tampoco cuestionaron.
Entonces, alzó dos dedos, apuntando a cada uno de ellos.
—Actívense.
Un zumbido sordo resonó. Al instante, el peso de los grilletes se duplicó. Joseph se tensó; sus brazos bajaron por la presión. Pero Dimerian casi se cayó de rodillas.
—??Qué es esto?! —gritó el joven, respirando con dificultad.
—Así que… para esto eran. —comentó Joseph con un tono más analítico, mientras examinaba los símbolos activados en sus propios grilletes.
—Cada uno está calibrado a su nivel actual. —explicó Cáliban con voz firme —Con el tiempo, se adaptarán al crecimiento de su energía, aumentando su peso de forma progresiva. El objetivo es simple, hacer que sus cuerpos aprendan a canalizar su energía incluso bajo condiciones extremas.
Dimerian apenas podía sostenerse en pie. Le temblaban las piernas. Intentó levantar los brazos, pero solo consiguió moverlos unos centímetros.
—No voy a sobrevivir esto…
—Vas a hacerlo. —interrumpió Cáliban, colocándose sus propios grilletes… y dos adicionales en los brazos —Y no porque yo lo diga, sino porque ya decidiste seguir este camino.
—?Tú también entrenarás con nosotros? —preguntó Joseph, algo sorprendido.
—No hay otra forma. —afirmó, ajustándose el último grillete.
El ambiente cambió. Ya no eran solo tres aventureros en un descanso. Eran guerreros preparándose para un futuro incierto, y ese entrenamiento no era por orgullo… era por supervivencia.
—A partir de ahora, cada cosa que hagan deberá hacerse con estos grilletes puestos. —ordenó Cáliban con voz firme, su tono no dejaba lugar a discusión —No se los quitarán hasta que yo lo ordene. Entrenaremos el resto de las vacaciones aquí…
Dimerian intentó alzar el brazo, pero el grillete lo mantuvo pegado al suelo como si estuviera hecho de plomo. Bufó con frustración.
—?Cómo se supone que haremos algo con este peso…?
—Tendrás que poner tu máximo esfuerzo… —respondió Cáliban, sin compasión.
El joven suspiró, resignado, viendo cómo los días por venir se estirarían como una eternidad. Pero no protestó más. Sabía que, aunque brutal, ese método era necesario.
Al mismo tiempo.
Lejos de allí, en un lugar donde la oscuridad era más densa que la noche misma, una sala del trono se alzaba en ruinas, junto a vestigios de una gloria perdida. Banderas desgarradas colgaban de paredes ennegrecidas. Lo que una vez fue un símbolo de prosperidad, ahora era apenas un eco marchito del pasado.
En medio de aquel silencio sepulcral, una luz blanca, peque?a pero intensa, flotaba errante, buscando escapar de su prisión.
—No puedes huir de mí… —dijo una voz. O mejor dicho, muchas voces a la vez, entrelazadas en un único susurro espectral.
Desde lo más profundo de las sombras, una mano cubierta de una armadura negra se extendió, y la luz fue arrastrada hacia su origen por una fuerza invisible.
—Así que finalmente has fallado… —continuó con desdén —Qué vergonzosa ineptitud para un caballero de tu calibre, Talos…
La peque?a luz vibró, y una voz emergió desde su interior, con rabia ardiente.
—?No seré tu esclavo otra vez! ?Rey de Camelot! ?Mátame de una vez!
El ser que gobernaba desde el trono, el Rey Oscuro, sonrió. Su cuerpo era una amalgama grotesca de carne marchita, cabello plateado arrastrándose por el suelo, y ojos fríos como si estuvieran hechos de hielo eterno. Su risa retumbó en las paredes del trono como un eco maldito.
—?Matarte? Como si tú tuvieras la autoridad de decidir cuándo termina tu existencia. Solo yo tengo ese derecho. Solo yo dicto el final. Un perro que muestra sus colmillos a su amo… debe ser castigado.
Apretó el pu?o, y la peque?a luz chilló de dolor, un grito agudo que perforó el silencio de la sala. Pero, contra todo pronóstico, entre los quejidos… emergió una risa.
Descontrolada, casi eufórica.
El Rey Oscuro detuvo su mano, extra?ado.
—?El dolor te provoca risa? ?O es que, después de tantos siglos, finalmente has perdido la razón? —preguntó, ahora con un matiz de curiosidad.
—Estoy emocionado, Rey Oscuro… —respondió Talos desde la luz, su voz aún era firme pese al tormento —Durante todos estos a?os… atrapado en este infierno… nos privaste de nuestra libertad, nos torturaste y nos doblegaste con tu voluntad.
Hubo un silencio breve e intenso.
—Pero hoy… he ganado un solo momento de lucidez. El mayor regalo que se me ha concedido. Y con él, puedo decirte esto… tu reinado terminará pronto.
El Rey Oscuro entrecerró los ojos.
—?Ah, sí?
—Sí… mi verdadero rey… el Se?or del Eclipse… ha vuelto. él terminará lo que empezó. Y yo… estaré ahí para verlo. Aunque no quede nada de mí. Disfruta de tus últimos momentos, Arturo…
El Rey Oscuro, por un instante, no respondió. Su rostro decrépito permaneció impasible.
Luego, sin una palabra, hizo un gesto con la mano, y la luz fue encerrada en una vasija negra, sellada con símbolos rúnicos prohibidos. El alma de Talos quedó atrapada. El salón volvió a sumirse en el silencio.
Pero la risa… esa risa seguía resonando en su mente. Débil, pero persistente.
Arturo se puso en pie lentamente. A pesar del estado de su cuerpo, la energía que emergía de él era descomunal. Se llevó una mano al pecho, y allí, bajo sus ropajes putrefactos, una cicatriz brillaba con un tenue fulgor rojizo. Una herida que nunca sanó. Un recuerdo imborrable de una batalla que ocurrió hace mucho tiempo.
—Mordred… —susurró con amargura.
Sus dedos rozaron la cicatriz con delicadeza, casi con cari?o, aunque sus ojos ardían con ira antigua.
—Esta vez… no te daré la oportunidad de levantar tu espada contra mí. Te buscaré… y cuando te halle, tomaré tu alma para esclavizarla por toda la eternidad.
Sus ojos se encendieron con un fuego espectral que resaltan con frialdad.

