Mientras el carruaje avanzaba por el serpenteante camino de tierra, el crujido de las ruedas se mezclaba con el murmullo del viento entre los árboles. El cielo estaba cubierto por un manto de nubes grisáceas, y la bruma se deslizaba perezosamente entre las ramas, como si el bosque entero contuviera la respiración. Reinhard observaba todo con atención desde la ventana, su mirada era un escudo. Discreta, firme y entrenada. Estaba alerta, como un animal que ha aprendido a desconfiar incluso del silencio.
—?Por qué estás tan tenso, sobrino? —preguntó una voz grave y áspera, como piedra arrastrada por el río.
Reinhard se giró lentamente. A su lado estaba Quint Tyrant, su tío. Un Lacertilian imponente, de escamas rojo carmesí y musculatura labrada por décadas de guerra. Un parche oscuro le cubría el ojo izquierdo, y debajo de este, una cicatriz descendía como un río seco por su mejilla. Sostenía su lanza como una fiel compa?era.
—Lo siento, tío… es solo que… —hizo una pausa, intentando encontrar palabras que no revelaran demasiado —me estoy acostumbrando a tener mi guardia en alto todo el tiempo.
Quint entrecerró su único ojo visible.
—?Por qué? —preguntó con un tono cargado de sospecha —?Acaso alguien te amenaza en la academia?
Reinhard se tensó. Levantó ambas manos, como si intentara detener un caballo desbocado.
—?Está bien, está bien! No es eso… —respiro hondo —es solo que estoy en un régimen estricto de entrenamiento. Como príncipe, no puedo permitirme la debilidad. Ni siquiera un segundo.
Quint asintió lentamente. Su mentón se alzó con la dignidad del linaje Tyrant. Aunque su rostro era severo, en sus ojos brillaba un orgullo contenido.
—Eso es bueno, sobrino… —dijo mientras desataba una calabaza de su cinturón. Destapó la boca del recipiente y bebió un trago de un licor espeso y oscuro que olía a raíces y fuego —Por cierto… ?Cómo te ha ido en la academia? Escuché algunos rumores… exagerados, claro.
—?Rumores? —Reinhard lo miró de reojo, tenso otra vez.
Quint se acomodó en el asiento, apoyando un brazo sobre el respaldo con despreocupación.
—Dicen que te cruzaste con los hijos de los demás imperios. Debió ser un dolor de cabeza lidiar con ellos…
Reinhard bajó la mirada, pensativo. Por un momento, su mente se desvió del presente. La Casa, los hijos de los imperios, Cáliban… A pesar de la tensión inicial, la mansión se había convertido en un lugar de orden gracias a su líder. Un oasis de silencio en medio de un mundo al borde de la guerra constantemente.
—La verdad, no. —respondió con voz serena —La Casa es muy tranquila. No lo noté realmente…
Pero incluso al decirlo, su mente empezó a llenarse con imágenes. La guerra que se avecinaba, el culto escondido entre las sombras, los entrenamientos, las palabras de su padre resonando como ecos de otra era. Su rostro se endureció.
Y entonces, como un susurro entre los recuerdos, surgieron las palabras de su amigo.
?“Si dejas que tu mente te domine, no podrás hacer nada más que preocuparte. Y tarde o temprano, eso podría consumirte. Así que, antes de tomar una decisión… o dejarte arrastrar por las emociones… detente un instante. Respira hondo y mira a tu alrededor. Eso te recordará por qué luchas”?
Reinhard sonrió, como si aquellas palabras resonaran dentro de él con la fuerza de una promesa. Cerró los ojos lentamente, y su tío, al verlo, creyó que meditaba. Una expresión de júbilo se dibujó en el rostro endurecido de Quint. Ver a su sobrino así, tan sereno y firme, le devolvía la esperanza en el futuro del imperio.
Pero la verdad era muy distinta.
Dentro de su mente, Reinhard no encontraba paz, sino una tormenta de conocimiento. No meditaba… leía. Cada línea de la técnica que Cáliban le había legado surgía con una claridad hipnótica. Movimientos complejos, principios de batalla, lógica marcial entretejida con filosofía de guerra. Estaba absorto, devorando cada símbolo y cada paso con avidez. Aquella fascinación le palpitaba en el pecho. No sentía algo así desde la primera vez que su padre le ense?ó su técnica secreta, cuando comprendió por primera vez lo que significaba el legado.
A lo lejos, entre la luz del sol que se disipaba, emergía una muralla colosal de piedra negra. Estandartes carmesí ondeaban orgullosos desde sus almenas, símbolos del poder inquebrantable del Imperio Tyrant.
—No te preocupes, sobrino… —gru?ó su tío con voz áspera —pronto estaremos en casa.
Y bebió otro largo trago de su calabaza, el aroma del licor se mezcló con el viento, como un presagio cálido de hogar.
Mientras tanto, en otro carruaje que avanzaba por una pradera ba?ada por el oro del verano, las flores silvestres formaban un tapiz de colores que danzaban bajo el cielo claro. El canto de los grillos y el zumbido de insectos llenaban el aire con vida. Dentro del vehículo, Lord Xander hablaba con elegancia y cierto aire de melancolía, acompa?ado por dos jóvenes damas que escuchaban con atención cada palabra.
Nhun, siempre directa, rompió la armonía con una pregunta inesperada.
—Se?or… ?Cómo obtuvo su título de Paladín de la Canción de Guerra?
Xander ladeó la cabeza, intrigado. La pregunta era común, pero el tono de la joven era distinto. No buscaba fama ni gloria… sino algo más íntimo. Reflexionó un instante, rozando su barba cuidadosamente recortada con los dedos.
Para él, ese título era una cadena. Una imposición de la nobleza que intentaba etiquetar a quienes no comprendía. él nunca buscó reconocimiento. Solo tenía una causa verdadera y esa era su esposa. Su amor y su razón de vida.
—No lo sé… —respondió al fin, con una seriedad que silenció el ambiente —Nunca me importó ese título. Es vacío. Un adorno sin alma. Pero… hay algo curioso en todo esto.
—?Curioso? —repitió Nhun, mientras comía distraídamente frutas secas. La informalidad de su gesto provocó que Cecilia, sentada a su lado, pusiera los ojos en blanco con una mezcla de pena y resignación.
—Nhun, por favor…
—?Qué? Si va a ponerse buena la historia, hay que estar preparadas. —contestó la joven con descaro, llevándose otra fruta a la boca.
Xander soltó una leve risa, contagiado por la sinceridad de la joven. Luego, bajó la mirada, y su voz se volvió más grave.
—En realidad, no obtuve el título por azar… Todo ocurrió durante un acontecimiento en las Llanuras del Silencio. Un lugar donde la muerte y el eco son lo mismo. Nos topamos con un pueblo esclavizado por un contrabandista infame… —sus ojos se endurecieron con el recuerdo —En ese tiempo, yo formaba parte de una expedición de la ciudad de Orión. Gobernaba el viejo rey Astros Van Saint. Yo apenas tenía diecisiete a?os. Me habían enviado a cazar herejes del culto al Dios Caído. Uno de ellos… un comerciante podrido de alma… raptaba campesinos para rituales.
Xander hizo una pausa, la tensión crispaba su mandíbula.
—Cuando lo confrontamos, se transformó en una bestia grotesca. No era humano. No era criatura. Era odio encarnado. Sus seguidores nos rodearon. Fue ahí cuando usé todo mi poder para contrarrestar las hordas, usando mi técnica, “Canción de Guerra”. La cual resonaba con una canción en medio de la batalla. Luchamos hasta el amanecer… y sobrevivimos.
Los ojos de Nhun se abrieron como platos.
—?Y entonces le dieron el título?
—Sí. Al regresar, los miembros del escuadrón informaron a sus superiores. Me colmaron de elogios, me ofrecieron medallas y ese nombre rimbombante… —se encogió de hombros —Pero yo… yo solo quería volver con ella.
Lord Xander contemplaba el paisaje por la ventana. La pradera se extendía como un mar de verde y oro bajo el cielo despejado. A lo lejos, un grupo de aves danzaba en el aire, dibujando espirales invisibles con sus alas. Dentro del carruaje, un silencio reverente se había instalado. Nhun y Cecilia aún estaban impresionadas por el relato de su maestro. Pero algo rondaba la mente de Cecilia, una duda que no podía callar.
—?Una canción? —preguntó con cautela, temblorosa por la inocencia que la guiaba —?Cómo es posible que eso ocurra?
Xander se giró con una sonrisa comprensiva. No había burla en su mirada, solo la paciencia de quien ha caminado mucho y comprende la sorpresa del primer paso.
—Permítanme mostrarles algo.
Alzó el dedo índice con lentitud. Un destello sutil lo recorrió, y la atmósfera cambió. Como si el aire mismo contuviera la respiración, una melodía suave comenzó a surgir de la nada. No había instrumentos. Era una armonía pura, etérea, como si el alma misma del mundo entonara una canción. Las notas eran cálidas, envolventes, y se deslizaban con gracia, provocando una paz inmediata, casi sagrada.
—Qué hermosa canción… —susurró Cecilia, con los ojos brillantes —Es como si… abrazara el corazón…
—?Cómo consiguió esa habilidad? —preguntó Nhun, con la voz cargada de emoción, mientras sus dedos tamborileaban en sus rodillas al ritmo de la melodía.
Xander retiró su mano, y el silencio volvió, pero no con vacío, sino con una especie de eco que perduraba en el pecho.
—La verdad, no lo sé con certeza. —respondió con sinceridad —Muchos eruditos han intentado definir el Aura. Unos la llaman la cristalización del deseo carnal, otros creen que es energía nacida del pensamiento colectivo. Hay incluso quienes aseguran que es un parásito místico, un residuo que se alimenta de nuestras emociones…
Se acomodó en su asiento y miró al cielo por la ventana antes de continuar.
—Pero un amigo mío, alguien sabio más allá de los libros, me dio una explicación distinta. él decía que el Aura es la representación física de nuestros deseos más profundos… no los sue?os que queremos alcanzar en esta vida, sino aquellos por los que estaríamos dispuestos a morir. Los que deseamos que permanezcan, incluso después de nuestra desaparición.
Nhun y Cecilia intercambiaron una mirada silenciosa. No era fácil comprender aquellas palabras. Eran jóvenes aún, con el corazón lleno de preguntas y sin cicatrices suficientes para entender respuestas como esa. Xander lo notó y dejó escapar una risa suave, como si recordara a su yo más joven.
—No se preocupen. —a?adió —Yo tampoco lo habría entendido si no hubiera hablado con él…
Unos días antes del inicio de las vacaciones, en los pasillos silenciosos del castillo, Cáliban estaba en su despacho, en el segundo piso. Revisaba informes. Avances en las reparaciones, evaluaciones de los miembros. El crujido de la pluma sobre el papel llenaba la sala… hasta que un sonido inesperado interrumpió su concentración.
Era música. Una canción suave, incompleta, que parecía flotar desde algún rincón del castillo. No era una melodía común; tenía algo torpe, aún en proceso, como un ni?o aprendiendo a caminar.
Intrigado, Cáliban se levantó, cruzó su despacho y comenzó a seguir el sonido por los pasillos hasta llegar al nivel superior. Allí, donde crecía la semilla del árbol Místico, encontró la fuente.
Lord Xander.
Estaba de pie en el centro de la sala, espada en mano, intentando ejecutar una técnica personal. Sus movimientos eran precisos, pero inestables. El aura fluctuaba a su alrededor, y la melodía surgía débilmente, como si su voluntad no alcanzara a sostenerla del todo.
—Muy bien… ahora giró el filo… y después…
Pero antes de completar el movimiento, un dolor punzante le recorrió el brazo. Fue tan intenso que por un instante dejó caer la espada. Jadeó. Aquel dolor no era físico. Era una reacción interna, una disonancia entre cuerpo, aura y deseo.
—Parece que tienes problemas. —dijo Cáliban, apareciendo a su lado con una ligera sonrisa en los labios.
Xander frunció el ce?o.
—Parece que lo disfrutas, mi se?or…
—?Prefieres que me quede viéndote sufrir?
—No… supongo…
Lord Xander se incorporó lentamente. Adoptó la posición con precisión, recordando cada línea del libro, cada palabra de las ense?anzas escritas. Controló su respiración, alineó su cuerpo y canalizó su Aura. La energía fluyó… pero no con la armonía esperada. Algo no encajaba. Al intentar ejecutar el corte, un dolor agudo le atravesó el brazo como un relámpago. El acero tembló en sus manos. La hoja cayó al suelo con un sonido seco que resonó como un eco de frustración.
Se dejó caer sentado, con la frente perlada de sudor y el ce?o fruncido.
—No entiendo qué estoy haciendo mal… —dijo con la voz cargada de impotencia —Estoy siguiendo los pasos al pie de la letra.
Cáliban permanecía sentado sobre el borde del muro, contemplando las luces danzantes en el cielo. Las auroras boreales que iluminaban su castillo con tonos azules y verdes. La noche era clara, el viento frío. Pero en su mirada no había juicio, solo paciencia.
—Mi técnica de espada no fue concebida para mortales. Mucho menos para ser aprendida sin comprender su origen. —dijo finalmente, con calma pero firme —Antes de pensar en dominarla, hay algo que debe entender. Ninguna técnica de combate es posible si no se dominan ciertos fundamentos. El primero de todos… es la energía. Y aunque usted posee el mínimo necesario, no cumple con lo más importante.
—?Qué cosa? —preguntó Xander, confuso.
—La aplicación de su Aura. Su Aura… no es fuerte.
Xander se quedó inmóvil, como si esas palabras hubieran sido un golpe directo a su orgullo. Su respiración se agitó. ?Su Aura no era fuerte? ?Cómo era eso posible?
—?De qué habla? —replicó con calma, la incredulidad se mezclaba con una creciente indignación —Puedo partir objetos con un susurro, destruir estructuras enteras con solo pensarlo, moldear la energía a mi antojo. ?Y dice que mi Aura no es fuerte?
—Cálmese. —dijo Cáliban, sin alterarse —No es débil. Pero eso no significa que sea fuerte en el sentido profundo. Usted aún no ha accedido al verdadero núcleo de su poder.
Xander apretó los pu?os. Las palabras de su maestro chocaban con a?os de entrenamiento, con glorias ganadas en sangre.
—Entonces dígame… ?Qué significa para usted el Aura?
—Es la voluntad de los vivos. El hálito del alma en combate… ?No es así?
Cáliban arqueó una ceja.
—Un maestro de ocho estrellas… ?Y responde con inseguridad?
El silencio cayó como un velo. Xander desvió la mirada. Su orgullo había sido tocado, no por soberbia, sino por la verdad. Sabía que algo le faltaba… y odiaba admitirlo.
—No se sienta mal. —a?adió Cáliban, viendo a través de él —Siempre hay algo nuevo por aprender. Lo importante es estar dispuesto a hacerlo.
Desvió la vista hacia el cielo, donde las luces celestes seguían danzando junto con el roce de los relámpagos dorados que surcaban el firmamento..
—No se equivoca. El Aura es la voluntad. Pero también es más que eso. Es una extensión de nuestras experiencias, de nuestros deseos más íntimos, de todo aquello que hemos amado y odiado. Es cada momento vivido… cada cicatriz… cada instante en que fuimos débiles o fuertes. Es el eco de lo que somos y de aquello por lo que estaríamos dispuestos a morir. Lo que queremos que perdure, incluso después de partir de este mundo.
Xander lo escuchaba con atención. Su mente giraba, intentando asimilar cada palabra. Algunas resonaban con fuerza en su interior. Otras, como “debilidad” o “muerte”, le resultaban difíciles de aceptar.
—?Podrías explicarlo un poco mejor? —pidió, con tono escéptico, pero menos duro —Entiendo lo de las fortalezas… pero, ?Cómo es que nuestras debilidades pueden representar nuestra voluntad? ?Cómo pueden formar parte de algo tan poderoso?
Cáliban lo miró directamente, con esa intensidad que perforaba corazones invisibles.
—Dígame, Lord Xander… —dijo con voz baja pero penetrante —?Por qué estaría dispuesto a morir?
La pregunta cayó como una espada silenciosa en medio del campo de batalla.
Xander no respondió de inmediato. Su mirada se perdió en la nada. Por un instante, las imágenes pasaron frente a sus ojos como visiones. Su esposa dormida junto al fuego, la sangre derramada en las Llanuras del Silencio, los gritos de los inocentes, la voz de su madre, el rostro de un enemigo que había perdonado… o no.
—Por mi esposa. —respondió sin titubeos —Si tuviera que dar mi vida por algo o alguien, sería por ella… sin pensarlo dos veces.
—He ahí la respuesta. —dijo Cáliban, con una sonrisa apenas perceptible.
Xander alzó una ceja, desconcertado por la aparente simplicidad de la afirmación.
—?Realmente te gustan los acertijos, no? —preguntó con una mezcla de frustración y curiosidad.
—Un poco, lo admito. —respondió su maestro, con serenidad —Pero esta vez no es por eso que lo digo…
Hizo una pausa, como si se preparara para revelar algo que no se encuentra en libros ni escrituras.
—Imagina un mundo sin energía… sin poder. Un lugar primitivo, dominado por el caos, donde sólo los más fuertes sobreviven y los débiles son arrastrados por la desesperanza. En ese mundo sin equilibrio… ?Qué crees que desearían los que están abajo?
Xander frunció el ce?o. La respuesta era evidente, y al mismo tiempo, mucho más profunda de lo que parecía.
—Poder. —murmuró.
—Exactamente. Poder para proteger. Para resistir. Para alzarse sobre aquellos que los aplastan. Pero el simple deseo no hace que el poder nazca. No es la intención individual lo que moldea el mundo… sino el deseo colectivo. Es la acumulación silenciosa de millones de vidas anhelando lo mismo. Un padre dispuesto a morir por su hijo. Una madre deseando levantar una roca con tal de salvarlo. Un campesino que sue?a con volar para huir de la guerra. Esos deseos… aunque nunca se digan en voz alta, persisten, y cuando perduran más allá de una generación, se manifiestan. Así nació la primera energía.
Lord Xander lo escuchaba fascinado. Jamás nadie le había explicado así el origen del poder.
—Con el tiempo, esa energía primigenia se refinó, adoptando formas… símbolos… rituales. Así nacieron las arcanas antiguas. Y el poder que nació de los necesitados, el eco del deseo colectivo… fue llamado…
—…Magia —susurró Xander, completando la frase, como si una verdad olvidada se abriera paso en su interior.
—Correcto. Pero la historia no terminó ahí. Con el tiempo, los magos se alzaron sobre el mundo. Se convirtieron en la nueva cumbre. Y como ocurre en todo ciclo, los poderosos olvidaron de dónde venían. Volvieron a pisotear a los débiles. Y entonces… otra vez, el anhelo de justicia volvió a latir en el corazón del pueblo. Aquellos que no podían usar magia buscaron otra vía. Entrenaron sus cuerpos, agudizaron sus mentes, afilaron su voluntad… y así surgió una nueva energía… el Aura.
Xander cerró los ojos un instante, dejando que la revelación se asentara. Todo tenía sentido. Si la energía nacía del subconsciente colectivo, entonces también contenía los temores, sue?os, traumas y esperanzas de todos los seres vivos. Su esencia era emocional… casi espiritual.
—?Y cómo estás tan seguro de esta teoría? —preguntó finalmente, más intrigado que escéptico.
Cáliban se puso de pie. La brisa agitada del castillo alzaba ligeramente su chaqueta, y las luces del norte seguían bailando detrás de él, como si respondieran a su presencia.
—Porque en los planos superiores, el concepto de energía no es único. Hay muchas formas más allá de la Magia, el Aura o la Energía Espiritual. Algunas ni siquiera tienen nombre. Sin embargo, todas comparten el mismo origen… los deseos profundos de los seres conscientes. Todas son distintas… y todas son una.
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Guardó silencio por un instante, dejando que las palabras hicieran eco en la mente de su discípulo.
Xander respiró hondo. Comprendía. No todo, pero lo suficiente para saber que debía cambiar su enfoque. Ya no se trataba solo de repetir los pasos. Era una cuestión de convicción.
Se levantó del suelo con una nueva determinación. Tomó su espada, sintiendo su peso. No era solo metal; ahora parecía contener también el eco de su propia historia.
Adoptó la postura. Esta vez, sin tensarse. Sin forzar su cuerpo.
Una estocada suave. Luego, una serie de movimientos armoniosos. El filo danzaba, no como un arma, sino como una pluma guiada por la voluntad. Sus trazos dibujaban líneas invisibles en el aire, como si dividieran el cielo en fragmentos ordenados.
??Qué es lo que quiero preservar?? —pensó, mientras su energía fluía como nunca antes.
Cada corte tenía sentido. No buscaba da?ar, sino proteger. No pretendía vencer, sino defender lo amado. Y en ese instante, la melodía de su “Canción de Guerra” comenzó a sonar de nuevo… más clara… más viva.
?Por qué vivir? ?Por qué seguir luchando? Eran preguntas que cada guerrero, tarde o temprano, debía enfrentar. Algunos lo hacían entre el estruendo de espadas. Otros, en la quietud de la noche, cuando el silencio les arrancaba respuestas que no sabían que llevaban dentro.
Muchos tomaban el camino de la guerra por distintos motivos. Los que vivían por honor deseaban que su nombre fuera recordado más allá de la carne y los huesos, como ecos eternos entre los salones de los reyes. Los que vivían por la guerra misma eran distintos; hallaban sentido en el filo del caos, en esa chispa de vida que solo el borde de la muerte podía revelar.
Pero… ?Y los que luchaban por amor?
Por sus familias. Por sus parejas. Por aquellos aún por nacer. Los reyes erigían imperios para sus hijos. Los nobles conservaban linajes como si fueran joyas. Pero los que no tenían nada… los olvidados… solo aspiraban a una cosa… prosperidad. Que los suyos vivieran un poco mejor que ellos. Nada más, nada menos.
Cualquiera que fuese el motivo, si era lo suficientemente fuerte, podía cobrar forma. Podía volverse real. Como el Aura, que no fue otorgada por dioses ni hallada en grimorios antiguos, sino forjada por generaciones que deseaban defender lo que amaban.
Y Lord Xander lo entendía. Porque había estado cerca… peligrosamente cerca… de perder aquello que daba sentido a su vida.
Se aferró a ese sentimiento. A ese fuego. Y lo dejó consumirlo.
—?Esto es…! —exclamó.
Cerró los ojos, y entonces lo vio.
Un paisaje de pesadilla se extendía ante él. Un océano de oscuridad sin principio ni fin. Cientos… no… miles, millones de figuras alargadas, delgadas como sombras, vagaban en pena por la nada. Sus rostros eran máscaras sin emoción, sus cuencas vacías y profundas como pozos sin fondo. De ellas emergían susurros rotos, fragmentos de pensamientos, restos de oraciones nunca terminadas.
La visión lo paralizó.
Sentía cómo esas voces, como un coro de lamentos antiguos, penetraban en su alma. Cada palabra era una duda. Cada eco, una grieta en su convicción. Y sin importar hacia dónde mirara, solo encontraba más oscuridad. Más dolor. Más deseos rotos.
Y sin embargo… no sentía miedo.
Una palmada fuerte y seca lo arrancó de aquel abismo.
Xander gritó al abrir los ojos, su cuerpo estaba cubierto de un sudor frío, su alma aún colgaba entre mundos. Miró alrededor, aturdido, y se encontró de nuevo con la figura serena de su se?or.
—?Cómo te fue? —preguntó Cáliban, tomando asiento con calma, como si el tiempo no tuviera prisa en su presencia.
Xander respiraba con dificultad.
—Fue… no lo sé. No encuentro las palabras. A pesar de la oscuridad… no sentía miedo. Sentía…
—Lástima… —completó Cáliban, sin mirarlo siquiera —?No es así?
El silencio que siguió fue la confirmación más clara. Xander asintió, casi sin darse cuenta.
—?Qué era ese lugar?
—Ese lugar es el pozo de los deseos no cumplidos. En los planos superiores, se le conoce como El Contritium. Es donde se reúnen los restos de todos los anhelos que jamás se realizaron. Las esperanzas que no llegaron a brotar, los sue?os que murieron sin nacer… es un lugar de lamento silencioso. Pero también de revelación.
Xander se estremeció.
—?Cuánto tiempo estuve ahí?
—Una hora.
—??Una hora?! —su sorpresa fue genuina —No sentí que fuera más de un minuto.
—Así es. El tiempo fluye de forma distinta en dimensiones paralelas, a veces más lento, a veces más rápido... Especialmente en planos vinculados al alma. Hoy tuviste mala suerte y tomaste más tiempo del necesario. El Contritium está ligado a este continente… por eso viste solo los deseos que habitan aquí. Pero hay muchos más. Tantos pozos como mundos existen… y créeme… mil a?os no bastarían para contarlos todos.
Xander tomó su espada una vez más. La hoja seguía siendo la misma, pero su mirada ya no lo era.
Cáliban continuó con voz grave:
—La razón por la que yo puedo usar mi técnica es porque fue creada con mi energía del Caos. Solo mi tipo de Aura puede liberar todo su poder. Incluso así… ni yo la domino por completo. Pero tú… tú debes aprender a controlarla primero. Y no podrás hacerlo… hasta que hayas despertado por completo el potencial de tu Aura.
Se puso de pie, lo miró a los ojos y concluyó:
—Debes adentrarte en el Contritium una y otra vez… hasta que encuentres la respuesta que buscas.
Lord Xander soltó un suspiro.
—?No podrías darme la respuesta...? —preguntó Xander con amargura en la voz, suplicando al borde del agotamiento.
Cáliban lo miró con serenidad, sin rastro de juicio, solo comprensión.
—Podría… —respondió con calma —pero eso solo te entorpecería. Mi deseo no es el tuyo. Por tanto, mi respuesta jamás podría ser la tuya.
Se levantó con lentitud, sacudiendo ligeramente su ropa antes de girar en dirección a su despacho. A cada paso, sus palabras resonaban más hondo en el corazón de Xander.
—Solo sigue caminando, Xander... Aférrate a tus convicciones. Y, por sobre todo, no dejes que la oscuridad te consuma. Si logras mantener viva esa llama… eventualmente, la respuesta llegará por sí sola.
Lord Xander observó a su maestro perderse en el interior del castillo, mientras en su interior una pregunta silenciosa ardía: ?Por dónde empiezo?
No obtuvo respuesta. Solo el eco del viento entre las torres.
—Bueno… como sea. —murmuró, alzando su espada —Es mejor actuar que quedarse pensando.
Y con un leve suspiro, volvió a concentrarse, listo para tratar de sumergirse una vez más en el pozo de los deseos no cumplidos.
A menudo pensaba en ese día. Las palabras de Cáliban no lo abandonaban, pero su entrenamiento había tenido que esperar. Una misión prioritaria lo alejaba del castillom proteger a Cecilia y Nhun durante sus vacaciones. Cáliban sospechaba que el culto podría ir tras ellas, y no estaba dispuesto a arriesgarlo todo sin precaución.
Viajaban por una ruta costera, el cielo estaba despejado y el aire impregnado con el aroma salino del mar. Las ruedas del carruaje crujían sobre la tierra húmeda mientras una suave melodía flotaba en el ambiente. Lord Xander la tarareaba con calma, sin darse cuenta.
—?Ah! Lord Hilloy… —dijo de pronto Cecilia, interrumpiendo el momento —?Por qué esa canción en particular?
Xander la miró, algo sorprendido por la pregunta.
—?Disculpa?
—Esa canción que canta… ?La compuso usted o se la ense?ó alguien?
Un leve rubor cruzó su rostro. Su expresión se suavizó, y su mirada se desvió hacia la ventana del carruaje.
—Ah… bueno… —respondió con una sonrisa algo tímida —digamos que… es por culpa de mi esposa.
Soltó una risa ligera, como si reviviera un recuerdo que le arrugaba el alma y le acariciaba el pecho al mismo tiempo.
—Cuando éramos jóvenes, antes de comprometernos, yo entrenaba sin descanso. Día y noche, intentando estar a la altura de las expectativas de mi padre. Ella… Lidia… solía quedarse cerca, tocando sus instrumentos mientras yo practicaba. Era su manera de acompa?arme. Con el tiempo… esa música se volvió parte de mí. Incluso cuando ella no estaba, la escuchaba en mi mente cada vez que empu?aba mi espada.
Se detuvo un segundo, suspirando con un poco de vergüenza.
—Y creo que por eso, mi técnica resuena como una canción. Una Canción de Batalla… compuesta por amor.
—?Qué romántico! —exclamó Cecilia, con las manos juntas y el rostro iluminado por la emoción.
—?Y dónde está su esposa? —preguntó Nhun con la boca medio llena, masticando una fruta seca, más interesada de lo que quería parecer.
Xander bajó la mirada por un instante.
—Está… enferma. —Su tono cambió, tornándose más contenido —Se está recuperando en cama… pero pronto podrán verla. De eso estoy seguro.
Un silencio respetuoso se apoderó del carruaje.
En ese momento, Cecilia se?aló por la ventana, rompiendo la melancolía.
—?Oh! Miren… ya casi llegamos.
A lo lejos, su ciudad natal se alzaba en el horizonte. Los techos anaranjados relucían bajo el sol poniente, y el sonido de los barcos chocando contra el muelle llegaba como un canto de bienvenida. La brisa marina soplaba suave, trayendo consigo el olor a sal y madera húmeda.
—Se?or Hilloy… —dijo Cecilia con una sonrisa dulce —si acepta, puede quedarse en mi casa como muestra de agradecimiento por el viaje. Sería un honor para mí atenderlo.
Xander entrecerró los ojos un instante, reflexionando.
Aquello no solo le ofrecía un refugio cómodo… también una ventaja táctica. Estar cerca de las chicas le permitiría protegerlas mejor si el culto decidía actuar durante las vacaciones.
—Acepto. —dijo con firmeza, inclinando ligeramente la cabeza —Agradezco la hospitalidad.
Mientras el carruaje se aproximaba a la ciudad, Xander volvió a mirar el cielo. Por ahora, no quedaba más que esperar. Esperar a que las vacaciones terminaran… y al fin pudiera regresar a su hogar.
Mientras tanto, los jóvenes héroes descansaban en la quietud relativa del amanecer. Cada uno en su carpa, cubiertos por el tenue murmullo del viento que rozaba las telas, se preparaban para un nuevo día de exploración en aquella mazmorra viviente.
Dimerian fue el primero en levantarse. Como era costumbre, se dirigió a un claro cercano para iniciar su infernal rutina de entrenamiento. La disciplina marcial ahora era su credo. Al llegar, notó una figura moviéndose con fluidez entre sombras y luz. Joseph ya estaba allí, practicando con sus dos espadas. Sus movimientos eran precisos, casi coreografiados, como una danza letal. El sudor caía de su frente, pero su concentración era inquebrantable.
Dimerian no quiso interrumpir. Se mantuvo en silencio, observando con respeto.
Poco después, desde la línea de árboles cercanos, emergió Cáliban. Su caminar era tranquilo. En su mano portaba un pergamino enrollado con cintas oscuras. Se acercó a los dos sin perder el ritmo.
—Muy bien, ustedes dos. —llamó con voz firme —Acérquense.
Ambos se aproximaron. Cáliban desenrolló el pergamino sobre un viejo tronco caído que usaban como mesa improvisada. Dimerian arqueó una ceja al ver el contenido. No era un simple documento, sino un mapa detallado de la zona.
—Presten atención… —dijo mientras se?alaba el centro del mapa, donde un ícono con forma de quiosco marcaba su ubicación actual —Estamos aquí, en la zona segura.
El mapa era increíblemente extenso. Se notaban las marcas topográficas, detalles naturales, estructuras, y lo más inquietante… anotaciones escritas a mano con tinta roja. La zona segura, donde habían instalado las carpas, estaba justo al centro. Desde allí, cinco regiones principales se desplegaban como pétalos de una flor oscura.
—Al norte… —indicó Cáliban, moviendo el dedo —hay una monta?a oculta entre bruma. Pero no es una niebla común. Es espesa, densa, y absorbe la luz. Ni siquiera el sol logra atravesarla.
Antes de llegar a esa monta?a, debía cruzarse una pradera extra?a. Según la nota en rojo, decía… “No importa cuánto grites… aquí no hay sonido”. Un lugar donde el silencio era absoluto, incluso sobre la propia voluntad.
—Al sureste… —continuó —está el bosque marchito. Sus árboles permanecen en un estado de muerte eterna. No responden al agua, ni a la luz. Al fondo de ese bosque… hay ruinas. Restos de un antiguo mago. No hay información, ni nombres, ni leyendas. Solo piedra y sombra.
Dimerian se pasó la mano por el cuello, bebiendo agua mientras observaba cada detalle.
—?Ruinas dentro de una mazmorra? ?Qué clase de lugar es este? Primero el bosque de niebla… luego la monta?a gigante y ahora todo este paisaje… ?Qué pasa con esta mazmorra?
—No. —respondió Cáliban con el ce?o fruncido —Este calabozo no es normal. Ni siquiera encaja con los registros antiguos que revisé en la biblioteca. Jamás hubo mención de una mazmorra que contuviera tantos biomas distintos… ni de una estructura tan vasta. Este mapa… está incompleto. Me inquieta lo que aún no vemos.
Luego se?aló al oeste.
—El desierto… —murmuró.
Una vasta extensión de arena, bordeada por un bosque sombrío y un mar embravecido. La única anotación allí era aún más críptica: “Sin guía, nunca saldrás”. Esas palabras estaban subrayadas con fuerza. Como si el autor hubiera querido advertir… o suplicar.
—Al sur, por donde entramos… —dijo finalmente —está el Volcán de Piedra Negra. A su alrededor se extiende el Bosque Neblinoso, la primera zona que cruzamos para llegar aquí. Pero el mapa revela que solo vimos una peque?a fracción. Es mucho más grande de lo que pensamos.
Dimerian asintió, reflexivo.
—Y si este es solo el inicio… ?Qué tan profunda es esta mazmorra?
Joseph, que había estado analizando el pergamino con creciente interés, levantó la mirada.
—?Dónde encontraste esto? —preguntó.
Cáliban respiró hondo antes de responder.
—Por aquí… síganme. —ordenó Cáliban, enrollando el mapa.
Sin perder tiempo, Dimerian tomó su gran espada, sujetándola con fuerza, mientras Joseph alistaba su mochila, asegurándose de llevar cada una de sus armas en posición estratégica. Los tres emprendieron la marcha hacia el este, rumbo al Bosque Marchito, uno de los puntos más inquietantes marcados en el mapa.
Durante el largo trayecto, que duró dos horas, una oleada de pensamientos pesados inundó la mente de Cáliban. Recuerdos vagos, presagios velados, sensaciones que no lograba comprender del todo, pero que lo apretaban por dentro como un pu?o invisible. Al llegar a la entrada del bosque, esa presión silenciosa se materializó, compartida de inmediato por sus compa?eros.
El Bosque Marchito tenía una visión infernal.
El aire estaba cargado de un hedor fétido, denso, casi tangible. No era solo olor a muerte, era algo más profundo, más antiguo, como si el lugar mismo exhalara sufrimiento. Los árboles, altos y deformes, carecían por completo de hojas vivas. Sus ramas retorcidas parecían extenderse hacia el cielo como manos clamando por ayuda. Lo más perturbador no era su aspecto… sino la sensación que provocaban al mirarlos. Una especie de advertencia silenciosa. Un instinto primitivo que gritaba: "No entres."
Pero fue el terreno frente a la entrada lo que los dejó sin aliento.
Un campo de batalla olvidado se extendía como un cementerio abierto. Cientos de cadáveres esqueléticos cubrían el suelo. Guerreros caídos, con armaduras desgastadas, ahora oxidadas y cubiertas de musgo. Sus ropajes, anta?o blancos, brillantes, ahora eran grises, rotos, ennegrecidos por la podredumbre y el tiempo.
—?Qué mierda ocurrió aquí...? —murmuró Dimerian, cubriéndose la boca con el antebrazo. El olor lo golpeó como un muro. Sus entra?as se removieron. El vómito luchaba por salir mientras intentaba mantener la compostura.
Joseph se mantuvo en silencio, sus ojos escanearon el terreno con una expresión tensa. El hedor era insoportable, pero había algo más… algo que lo inquietaba profundamente.
Y entonces lo notó.
No era solo el olor de los cadáveres.
—Parece que te diste cuenta… ?Verdad? —preguntó Cáliban, con su voz grave.
Joseph asintió, sin apartar la vista de los árboles.
—Sí… es horrible…
—?Qué? ?Sobre qué hablan? —preguntó Dimerian, aún intentando no colapsar por completo.
—El olor… —respondió Joseph —no solo viene de los cuerpos… también de los árboles.
—?De los árboles…?
—Obsérvalos con atención, Dimerian.
Intrigado, Dimerian se acercó a uno de los troncos deformes. Al principio, sólo vio la corteza resquebrajada. Pero al inclinarse… noto algo más.
Justo encima de las raíces, rostros humanos emergían del tronco. Congelados en expresiones de dolor, con bocas abiertas en gritos eternos, ojos vacíos que parecían suplicar ayuda o liberación. Estaban fusionados con la madera, como si hubieran sido absorbidos por los árboles.
Dimerian retrocedió de un salto, sin palabras.
Pero lo peor aún no llegaba.
Desde lo alto de una rama, una hoja cayó lentamente. Al llegar al suelo, Dimerian la observó con horror. No era una hoja común. Era una membrana translúcida de piel humana, tan fina que se veían los capilares latiendo débilmente a través de sus venas. Su superficie palpitaba como si tuviera vida propia.
Un escalofrío lo recorrió. No pudo más.
—?Agh! —vomitó violentamente, cayendo de rodillas mientras su espada golpeaba el suelo —?Qué es este maldito bosque?... —dijo, jadeando, mientras se limpiaba la boca con la manga.
Cáliban no respondió de inmediato. En lugar de eso, se?aló a un cadáver en particular.
Un guerrero enorme, aún imponente a pesar de estar reducido a huesos. Su armadura, aunque corroída, aún mostraba condecoraciones que indicaban un rango elevado. Sostenía una espada refinada, y en su mano derecha, como una escultura grotesca… sostenía su propia cabeza.
—El mapa… lo encontré en él.
La escena hablaba por sí sola. Aquel hombre no había sido cualquiera. Probablemente un general. O incluso algo más. Y sin embargo, había terminado así. Un símbolo de poder reducido a una imagen de desesperación.
Cáliban apretó los dientes, pensativo.
??Qué clase de amenaza puede destruir a un ejército tan bien armado??
Su pensamiento fue interrumpido por un sonido metálico. Su cuerpo se tensó de inmediato.
El sonido provenía de la derecha. Joseph también lo notó y desenvainó una de sus espadas con una velocidad precisa. Pero solo era Dimerian, aún débil, intentaba mover el casco de uno de los cadáveres.
—Dimerian… —lo llamó Joseph, con tono serio y expresión de asombro.
Dimerian, ignorando la tensión, sostenía un casco entre sus manos, admirando la artesanía corroída por el tiempo.
—Lo siento… pero estas armaduras están muy bien hechas. —comentó mientras giraba el casco entre los dedos —Si las recogemos todas, podríamos venderlas o fundirlas para crear nuevo equipamiento. ?No creen?
Joseph asintió con la mirada, la idea tenía lógica. Sin embargo, Cáliban no compartía el mismo entusiasmo. Había algo en el ambiente… algo que no dejaba de inquietarlo.
Entonces, un segundo sonido metálico rompió el silencio. Joseph giró de inmediato hacia Dimerian con el ce?o fruncido.
—?Qué fue eso?
Dimerian alzó ambas manos en se?al de inocencia.
—?Ese no fui yo! —su voz tembló.
Una luz espectral emergió repentinamente desde las cuencas vacías de la cabeza cercenada del general caído. El cráneo comenzó a agitarse violentamente, como si intentara liberarse de su condena.
Cáliban dio un paso atrás, su mirada se volvió glacial.
—?Posición de batalla! ?Ahora!
Dimerian dejó caer el casco. Joseph desenvainó ambas espadas en un parpadeo. Las hojas brillaron al contacto con la energía del ambiente. Las sombras a su alrededor parecían más densas.
El cadáver del general se incorporó lentamente, tomando su propia cabeza con solemnidad. La sostuvo contra su costado, mientras una garganta putrefacta dejaba escapar un grito espectral que rasgó el aire como un cuchillo.
Los árboles sangraron desde sus copas. Una lluvia roja comenzó a descender sobre el campo de batalla. De entre los cadáveres esparcidos, uno a uno comenzaron a levantarse. Los esqueletos y cuerpos medio podridos alzaban sus espadas oxidadas, envueltos en un fuego espectral que ardía sin consumirse.
—Maldita sea… —susurró Cáliban —Es un Dullahan.
—?Un espectro de quinto rango? —respondió Joseph con tensión, alzando sus armas —Mierda…
—?Cómo lo mataremos? Aún no hemos estudiado a fondo ese tipo de monstruos…
Cáliban no respondió de inmediato. Su mirada estaba fija en la cabeza del Dullahan.
—Ahí está. —dijo finalmente —Ese es su núcleo, su conciencia. Si la destruimos… los no muertos caerán con él.
Como si entendiera sus palabras, el Dullahan alzó su espada larga y oxidada, se?alando directamente al grupo. El aire se estremeció. Un rugido seco emergió del bosque cuando las hordas de espectros comenzaron a moverse. Un ejército de armaduras vacías, impulsadas por un odio antiguo y un fuego azul que ardía en sus ojos huecos.
—?En formación! —gritó Joseph, girando para cubrir el flanco de Dimerian.
Los dos guerreros comenzaron a retroceder ordenadamente, bloqueando los primeros ataques. Lanzas desgastadas, espadas partidas y hachas rotas golpeaban con una fuerza aterradora, como si la muerte misma buscará romper sus defensas.
—??Cuál es el plan, líder?! —bramó Dimerian, bloqueando una estocada con su enorme espada antes de girar y aplastar el casco de un no muerto con un poderoso tajo.
Cáliban avanzó con decisión entre las sombras del combate.
—?Yo me haré cargo del general! ?Su cabeza es la clave! ?Si la destruyo, todos caerán! ?Conténganlos hasta que lo logre!
Joseph y Dimerian asintieron, formando una línea defensiva para abrir paso a su líder. Avanzaban lentamente, cortando y esquivando, cuidándose mutuamente las espaldas. Mientras tanto, el Dullahan se mantenía inmóvil, firme como una estatua antigua, esperando… observando.
Cáliban lo encaró.
Sus ojos se cruzaron con los de aquel espectro maldito. El Dullahan levantó su cabeza a la altura del pecho y murmuró con voz hueca, grave, cargada de dolor.
—Tú… ?Eres su general?
Cáliban se detuvo en seco.
—Así es… estoy aquí para derrotarte. —declaró Cáliban con firmeza, su espada se?aló el corazón maldito del espectro.
—Ya veo… —respondió el Dullahan con voz hueca, cargada de pesar antiguo —Supongo que otro cadáver más se unirá a sus filas…
Lentamente, alzó su espada hacia el cielo, aceptando el duelo como si de un ritual se tratara.
—?No te daré la oportunidad! —gru?ó Cáliban, lanzándose con furia.
El choque de las espadas estremeció el bosque, liberando un eco metálico que rasgó el silencio de la muerte. El intercambio fue brutal. El Dullahan, sin apenas esfuerzo, bloqueaba cada ataque. Pero Cáliban, con su experiencia, leía los movimientos con precisión, esquivando por instinto, buscando una apertura que jamás llegaba.
—Eres hábil con la espada… —dijo el espectro —Pero necesitarás más que eso para vencerme.
Con un rugido cavernoso, el Dullahan clavó su hoja en la tierra. Al instante, una onda expansiva de energía espectral barrió el terreno, lanzando a Cáliban por los aires. Cayó rodando, con el cuerpo sacudido por la violencia del impacto, pero logró incorporarse justo a tiempo para ver la siguiente amenaza.
El Dullahan, con un solo trazo en el aire, dibujó una línea espectral que se transformó en una cuchilla de energía. Se dirigía hacia él como un relámpago.
—?Tch…!
Cáliban saltó, esquivándola por poco. Pero aquello era lo que el espectro esperaba.
Antes de que sus pies tocaran el suelo, el Dullahan desapareció y reapareció tras él, movido por una velocidad antinatural. Su espada silbó en el aire y cortó la espalda de Cáliban con precisión. La sangre brotó en un arco doloroso mientras el guerrero caía de rodillas.
—Curioso… —murmuró el Dullahan, sus ojos ardientes se fijaron en él con un brillo de interés —Eres el primero en resistir tanto en siglos. Fue breve… pero nuestro juego quedará en mi memoria.
Extendió su brazo con lentitud. Una luz gris emergió de su palma y envolvió a Cáliban, inmovilizándolo. Su cuerpo fue levantado en el aire como una marioneta atrapada en un hilo de maldición.
El Dullahan lo atrajo hacia sí, rostro contra rostro, tan cerca que el frío de la muerte parecía escurrirse de su armadura.
—Tranquilo… —susurró con extra?a ternura —Te prometo que no sufrirás.
Mientras tanto, Dimerian y Joseph luchaban desesperadamente contra las hordas de espectros. El campo de batalla era un caos de acero, fuego azul y huesos. El cansancio comenzaba a notarse en sus movimientos, pero la desesperación les daba fuerzas.
—?Rápido, Dimerian! ?Tenemos que ayudarlo! —gritó Joseph, atravesando con ambas espadas a un no muerto que se abalanzaba sobre él.
—?Eso intento! —jadeó Dimerian entre tajos y esquives —?Maldita sea, estos con escudos no caen!
Los espectros se organizaban. Eran lentos, pero cada vez que uno caía, otro tomaba su lugar. El avance era imposible.
Y entonces, todo se detuvo.
El Dullahan alzaba su espada. Sostenía el cuerpo de Cáliban suspendido frente a él. Con una estocada firme, atravesó su pecho. La hoja lo traspasó como si fuera agua. Cáliban soltó un gemido ahogado. Su mirada perdió la luz.
—Ahora… podrás servirle a él… —murmuró el Dullahan.
Joseph gritó con el alma desgarrada, sus ojos se abrieron de par en par ante la visión de su amigo siendo atravesado.
Cáliban apenas podía ver. Su visión se tornaba borrosa, el mundo se desvanecía en sombras. Cada respiración era más débil. Sentía el calor abandonar su cuerpo. El Dullahan acercó sus labios podridos al oído de Cáliban.
—Serás un gran soldado.
Con un movimiento brutal, alzó el cuerpo ensartado sobre su espada, como una bandera de victoria. La sangre goteaba lentamente desde la hoja, cayendo al suelo maldito del bosque.
El grito de los árboles pareció intensificarse. El Bosque Marchito celebraba la caída del intruso.

