Dimerian abrió los ojos de golpe. Una sensación de calma lo envolvía, pero su mente aún navegaba en el caos. Miró a su alrededor, parpadeando con desconcierto. Estaba nuevamente en la cueva, esa vieja cavidad en el árbol que tantas veces había sido refugio… y cárcel durante este tiempo.
??Qué demonios...? ?Cómo regresé aquí?... ?Dónde está el Ferrum?...?
Incorporándose con esfuerzo, movió brazos y piernas con cautela, esperando sentir el ardor de alguna herida, el latido sordo del dolor. Pero no… no sintió nada. Su cuerpo estaba intacto, limpio. Ni un solo rasgu?o. Su ce?o se frunció, perplejo. La curiosidad se convirtió rápidamente en ansiedad.
De un salto, impulsado más por la urgencia que por la lógica, corrió hacia la entrada de la cueva. La luz del amanecer se filtraba entre los árboles, y allí, bajo los últimos rayos, los vio. Joseph y Cáliban, sentados alrededor de una improvisada mesa de madera hecha con un tronco partido. Reían y comían. Como si nada hubiese pasado.
—?Qué te parece? —preguntó Joseph mientras removía la sopa con una cuchara de madera ennegrecida —Creo que me pasé con la pimienta... o tal vez le falta sal.
—Está bien así. Tiene sabor… —respondió Cáliban, llevándose un trozo de carne a la boca —No me quejo.
Dimerian se quedó inmóvil unos segundos. Los observaba como quien ve un recuerdo que creía perdido. De pronto, una sonrisa se dibujó en su rostro y corrió hacia ellos.
—?Chicos! ?Están vivos! ?Están bien! —gritó, cargado de una gran emoción.
Joseph soltó una carcajada breve, levantando una ceja.
—?Por qué no lo estaríamos?
—?El Ferrum! ?Era enorme! ?El campamento fue destruido, yo lo vi...! —Las palabras se le trabaron en la boca. Su mirada recorría el lugar con desesperación creciente.
El campamento… no tenía un solo rastro de batalla. No había árboles quemados, ni cenizas, ni sangre. Todo estaba en su sitio. Perfecto. Como si el ataque jamás hubiera ocurrido.
Con la voz quebrada por la confusión, se volvió hacia Cáliban.
—?Qué fue lo que pasó…?
Cáliban dejó con cuidado el cuenco sobre la mesa. Se levantó con calma y caminó hacia un tocón donde reposaba la espada de Dimerian. La tomó con lentitud, como si pesara más de lo normal.
—Cuando te uniste al gremio…m—dijo, sin mirarlo todavía —te advertí que una de las condiciones era someterte a un entrenamiento riguroso. ?Lo recuerdas?
—Sí… —respondió Dimerian, apenas en un murmullo.
Cáliban regresó junto a él, mirándolo a los ojos mientras le ofrecía la espada.
—El entrenamiento no es solo físico. También es mental. A veces, para enfrentarte al verdadero enemigo, primero debes enfrentarte a ti mismo.
Dimerian sostuvo la espada. Por un instante, sintió que pesaba más que nunca.
—Entonces… ?Todo fue una prueba?
—Una prueba… o una visión. Tal vez ambas. Pero dime… —Cáliban se inclinó hacia él, con mirada penetrante.
Con un movimiento ágil y seguro, Cáliban tomó la gran espada y, sin previo aviso, la arrojó hacia Dimerian. El metal giró en el aire, brillando con la luz del sol, y Dimerian la atrapó con ambas manos, aunque aún tambaleante. Cáliban asintió con una leve sonrisa.
—?Qué sientes al sostenerla? —preguntó con voz firme, pero no autoritaria.
Dimerian bajó la mirada hacia la hoja. Hace apenas una semana, ese mismo acero le pesaba como una monta?a. No podía levantarlo sin usar todo su cuerpo, y aun así, le temblaban los brazos. Ahora, aunque todavía requería esfuerzo, podía empu?arla con ambas manos. Pero no era solo la fuerza… algo había cambiado dentro de él.
Una calidez comenzó a brotar desde su pecho, lenta pero firme, como el amanecer que desplaza la noche. Era un sentimiento nuevo, vibrante, casi imposible de poner en palabras. Y entonces, lo supo.
—Me siento… feliz… realizado. —Por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa sincera cruzó su rostro, suave, humilde y verdadera.
Cáliban asintió con solemnidad y regresó a su lugar en la mesa.
—Ese sentimiento es tuyo, Dimerian. No te fue dado. Lo forjaste tú mismo, con tu sudor, tu sangre, tu dolor y voluntad. Bien hecho.
La mirada de Dimerian se nubló por un instante. Observó su reflejo en la hoja pulida de la espada. Sus propios ojos lo miraban de vuelta, pero más firmes, más vivos. Y entonces, como una grieta que se abre en el muro de la memoria, un pensamiento lo atravesó.
?Cuándo fue la última vez que alguien creyó en él?
La voz de su padre regresó como un eco distante, cruel:
?“Si tuvieras, aunque sea una chispa del talento de tu hermana… tal vez serías digno de llevar una sola letra de nuestra casa.”?
El acero pareció pesar un poco más en sus manos. Durante a?os, había vivido a la sombra de esa frase. Nadie creyó en él. Nadie, salvo su madre y su abuelo. Su abuelo, que fue su verdadero padre. Le ense?ó a ser noble, a ser generoso. Le ense?ó a no temer al fracaso, a tener fe. Pero con el tiempo, todo eso se había desvanecido bajo el peso del desprecio, el abandono y la humillación.
Su padre biológico lo obligó a entrenar con decenas de instructores, pero ninguno se quedó. Nadie vio valor en él. Nadie apostó por su futuro. Era "el hermano de la prodigiosa", “El hijo del Rey de los Gigantes” y en todos lados, gremios, escuelas, grupos de amigos, esa sombra lo devoraba.
Pero ahora, por primera vez, ese muro se agrietaba. Había logrado algo con sus propias manos. Las lágrimas le brotaron sin permiso, silenciosas y peque?as, corriendo por sus mejillas como un deshielo necesario.
—Yo… lo siento, no quería… —murmuró, limpiándose los ojos rápidamente. No quería mostrarse débil. No ahora.
Joseph se inclinó hacia él con una sonrisa cálida, casi fraternal.
—Está bien, Dimerian. No hay vergüenza en llorar cuando uno se levanta por primera vez. —le dijo con suavidad mientras le ofrecía un cuenco de sopa humeante —Toma. Te hará bien.
—Gracias… —susurró, tomando el cuenco —Pero eso… no explica la pesadilla que tuve. Todo fue tan real…
Cáliban, que seguía comiendo con calma, respondió sin levantar la vista:
—Fue una prueba. Una ilusión. Pero no era una trampa… era necesaria. Para saber si estabas preparado.
Dimerian tragó saliva.
—?Preparado… para qué?
—Para lo que se avecina. —dijo Cáliban, ahora mirándolo con una seriedad profunda —Este no es un calabozo ordinario. Aquí no hay niveles. Toda la región está infestada de criaturas de todo tipo y poder. Por eso aún no hemos logrado abrir la puerta principal.
Hizo una pausa, dejó la cuchara sobre el cuenco, y concluyó:
—Pero volviendo al tema… tenías razón. Nada de eso fue real. Fue una prueba. Una que yo te impuse.
—?Una prueba? —repitió Dimerian, incrédulo —Pero se sintió tan real… las heridas, el combate… todo.
—Lo fue, en cierto sentido. —respondió Cáliban, dejando su cuenco a un lado —Utilicé una técnica mental contigo. Al canalizar una peque?a porción de mi energía, pude inducirte en un sue?o profundo, una ilusión tan vívida que tu mente no pudo distinguirla de la realidad. Todo lo que viste, lo viviste en ese mundo.
Dimerian abrió los ojos con asombro, la sangre se le heló por un momento.
—?Qué...? ?Puedes manipular la mente?
—No exactamente. —dijo con calma —Puedo proyectar escenarios dentro de la conciencia de otros… y en tu caso, fue especialmente sencillo. Tu defensa mental es... la de un ni?o. —a?adió con dureza.
El silencio cayó como una losa. Dimerian sintió que algo se quebraba por dentro. No podía negar nada. Cáliban no lo decía con crueldad gratuita, sino con la frialdad de quien ha vivido lo suficiente para aborrecer las mentiras piadosas. Sin embargo, una pregunta golpeaba cada rincón de su mente con más fuerza.
—?Por qué? —pregunto, apenas audiblemente.
—?Por qué? —repitió Cáliban, bajando lentamente la mirada mientras removía la cuchara con lentitud —Porque este lugar no perdona. Este no es un campo de entrenamiento. Es un campo de batalla. Aquí habitan bestias que ni los libros se atreven a describir. La muerte acecha detrás de cada árbol, cada sombra del bosque guarda una amenaza, y eso sin hablar del resto del terreno. En este infierno, solo podemos confiar en quienes están a nuestro lado… y no pienso cargar con un peso muerto. No voy a confiarle mi espalda a alguien que no puede defenderse ni a sí mismo y tampoco tiene la voluntad para hacer algo.
Dimerian lo escuchó sin moverse. Cáliban alzó los ojos, su mirada era dura e implacable.
—Te lo dije cuando llegaste. Eres el tipo de persona que más desprecio. No odio a los débiles, porque algunos nacen sin talento, sin recursos o sin oportunidades. A esos los entiendo. Pero detesto a los que se rinden antes de empezar, los que se excusan en su debilidad para no intentar nada. Los que bajan la cabeza porque les aterra mirar hacia arriba.
Se hizo un silencio denso. El crepitar del fuego parecía resonar con más fuerza.
—Al final, no se trata de eso… nunca lo ha sido. —continuó Cáliban —Se trata de hacer algo, aunque no sepas a dónde vas. Se trata de seguir, aunque te falte un brazo. Aunque no tengas el talento, ni el coraje, ni la fiereza. Se trata de avanzar…
Dimerian sintió que aquellas palabras le abrían viejas cicatrices. Pensó en la ilusión, en el miedo que sintió, sí… pero también en la determinación que había brotado en él cuando vio a sus compa?eros en peligro. No había huido. Luchó, aun sabiendo que no ganaría. Porque por primera vez, alguien había creído en él. Porque ya no quería decepcionar a nadie, ni siquiera a él mismo.
—Entiendo… —dijo finalmente —Pero… ?Era necesaria una prueba tan dura?
Cáliban cerró los ojos por un instante, luego bebió un sorbo de agua y habló con calma.
—“Quién teme a la oscuridad, encuentra paz en las noches más negras… solo después de haber sobrevivido a la furia del mar en plena tormenta.”
Joseph frunció el ce?o. Dimerian lo miró sin entender del todo, pero ambos captaron el fondo de la metáfora. Cáliban no intentaba torturarlo. Intentaba forjarlo.
—Escucha, Dimerian. —a?adió Cáliban, su tono más directo ahora —Hay tres defectos que debemos extirpar de ti si realmente quieres alcanzar todo tu potencial. El primero… es tu falta de acción. No me refiero a tener miedo. Todos lo tenemos. Hablo de ese hábito tuyo de quedarte quieto. De no atreverte a dar un paso por temor a fallar. Durante tu enfrentamiento con el Ferrum, lo notaste, ?Verdad? Cuando tomaste la espada… algo dentro de ti cambió.
Dimerian asintió, lentamente.
—Sí… antes, habría corrido. Sin dudarlo.
Dimerian bajó la vista, contemplando su reflejo distorsionado en el cuenco de sopa humeante. El vapor ascendía lentamente, como si el recuerdo de la batalla se levantara con él. Su voz emergió serena, cargada de sinceridad.
—Sí… quería correr. Todo en mí gritaba que lo hiciera. Pero… había algo que me aterraba mucho más.
Cáliban lo miró con la misma expresión que un maestro dedica a un alumno que por fin ha comprendido una lección.
—El miedo al dolor del arrepentimiento… —dijo con tono grave.
Dimerian asintió, y una sombra de melancolía le cruzó el rostro.
Ese dolor, ese peso invisible que tantos cargan y tan pocos logran nombrar. El de desear con cada fibra de su ser volver al pasado y cambiar una sola decisión. Haber dicho lo que callaste. Haber amado sin reservas. Haber peleado con todo tu ser. Haber tenido el valor de arriesgarlo todo por un sue?o.
?Cuántas madres no darían su propia vida por salvar a sus hijos? ?Cuántos hombres cambiarían todas sus riquezas por un solo minuto con la madre que ya no está, solo para decirle cuánto la amaban y nunca pudieron? ?Cuántos soldados, a punto de morir en el campo de batalla, darían cualquier cosa por ver a su familia una vez más? ?Cuántos de nosotros vivimos atrapados en el anhelo de una vida que nunca fue, de decisiones que no tomamos, quebrándonos cada noche bajo el peso de los “y si…”?
Dimerian lo sabía. Lo había vivido en silencio. Sabía que si no hacía nada por sus compa?eros, si los dejaba morir sin intentarlo siquiera, se arrepentiría cada día de su existencia. él, que siempre fue una sombra más entre las sombras, marginado e ignorado, reducido a un susurro en un hogar que prefería al hijo que nunca fue él. Si tuviera otra oportunidad… habría hecho tantas cosas. Habría hablado cuando lo silenciaron. Habría gritado con fuerza: “?Estoy aquí!”. Pero la inferioridad lo paralizaba. Siempre lo hizo.
Cáliban lo observó, captando la marea de pensamientos que cruzaban su rostro. Su expresión se suavizó por un instante, y asintió con un poco de orgullo.
—Es así… —murmuró —Solo cuando enfrentas un miedo mayor, comprendes cuán insignificantes eran los monstruos que creías invencibles. Por eso te impuse esa prueba. Y debo decirlo, los resultados superaron mis expectativas. Lo hiciste muy bien, Dimerian. Muy bien.
Por un instante, el mundo se detuvo, aquellas palabras hicieron eco en su mente y corazón. Dimerian sintió que el calor que brotaba en su pecho lo envolvía por completo. Lágrimas silenciosas surcaron su rostro, pero esta vez no eran de tristeza ni de impotencia. Eran de gratitud. Era la primera vez en su vida que alguien lo elogiaba sin interés ni burla. Y lo mejor de todo, no lo habían felicitado por suerte, sino por mérito propio. Por fin… algo suyo tenía valor.
—Gracias… —respondió apenas, tratando de contener el llanto.
Cáliban se levantó lentamente de la mesa, estirando la espalda como si soltara un peso invisible.
—Pero no te emociones demasiado. —advirtió con una leve sonrisa —Aún queda mucho por pulir. Lo bueno es que ya diste el primer paso, y ahora sabes que puedes avanzar. Solo asegúrate de no detenerte… y si vas a mirar hacia atrás, que sea para ver todo lo que has recorrido, no para lamentarte de lo que no hiciste. Esta noche, duerme en paz. Ma?ana nos levantaremos tarde. Disfruta tu cena.
Dimerian se limpió las lágrimas de los ojos y respondió con energía renovada.
—?Sí, líder! .
Cáliban se alejó y desapareció en la penumbra de la cueva, mientras Joseph y Dimerian compartían una cena tranquila, repleta de risas y recuerdos, hablando de los momentos más absurdos y tensos de la batalla. Por primera vez, Dimerian sintió que pertenecía a un lugar. Que formaba parte de algo real.
Aquella noche, aunque su cuerpo estaba agotado y su mente aún dolía, durmió como un ni?o. Sin pesadillas, sin cargas. Solo con la certeza de haber dado un paso hacia adelante.
Al amanecer, a pesar de las órdenes de Cáliban de descansar hasta tarde, Dimerian despertó antes que el sol saliera por completo. Su cuerpo se movió por inercia, como si algo dentro de él ya se hubiera activado.
Al salir de la cueva, se encontró con Joseph y Cáliban, sentados alrededor de una mesa improvisada hecha con troncos y raíces. Un mapa estaba desplegado frente a ellos, cubierto de anotaciones, marcas rojas y símbolos.
Cáliban escuchaba con atención mientras Joseph explicaba, se?alando una zona en el papel con el dedo índice.
—En esta zona… —se?aló Joseph un punto concreto del mapa con el índice, sus ojos estaban fijos en las marcas trazadas con precisión —podríamos colocar trampas. Si lo hacemos bien, podríamos desviar a la criatura hacia el río. La corriente jugará a nuestro favor.
Cáliban asintió lentamente, pero en ese instante ambos alzaron la vista. Dimerian se acercaba, desperezándose tras el sue?o reparador.
—Buenos días. —saludó mientras se frotaba los ojos —?Qué hacen?
—Planeando la estrategia para el jefe. —respondió Joseph sin apartar la mirada del mapa.
—Sí, pero antes… hay algo más que debemos hacer. —interrumpió Cáliban, clavando una mirada firme y directa en Dimerian.
Este se tensó de inmediato. La intensidad del líder le ponía los nervios de punta.
Sin perder tiempo, recogieron provisiones y comenzaron a caminar en dirección norte, atravesando un sendero cubierto por ramas caídas y hojas húmedas. El aire era espeso, cargado de silencio, como si la misma naturaleza supiera a dónde se dirigían.
Después de casi media hora de marcha, llegaron a su destino. Una monta?a colosal se alzaba ante ellos, su cima estaba cubierta de neblina y sus faldas horadadas por raíces que sobresalían como garras.
—Hemos llegado. —dijo Joseph, entrecerrando los ojos mientras miraba hacia lo alto —No será fácil.
—Preparen las cuerdas y los guantes. —ordenó Cáliban sin vacilar —Tenemos que llegar hasta la cima.
El ascenso comenzó. Las piedras húmedas y el viento racheado hacían que cada paso fuera una batalla cuesta arriba. De vez en cuando, un temblor sordo recorría las paredes rocosas, vibrando a través de sus guantes y haciéndoles perder el equilibrio. La monta?a misma parecía respirar.
A pesar de las dificultades, alcanzaron la cima sin mayores percances. El paisaje que se desplegó ante ellos dejó a Dimerian sin palabras.
En el centro de la monta?a, un cráter descomunal se abría como una herida ancestral. En su fondo, dormía una criatura monumental. Un jabalí colosal, de piel oscura con vetas incandescentes que se asemejaban al magma. Cada ronquido que emitía hacía temblar la tierra, como si so?ara con volcanes.
Dimerian se agachó, asombrado.
—Es un Lavarrum… un monstruo de cuarto rango. —murmuró —Supongo que no debería sorprenderme…
—Sí… equivale a un jefe de puerta de nivel cuarenta. —a?adió Joseph, bajando la voz por instinto.
—Síguenos, Dimerian. Y ten mucho cuidado de no hacer ruido. —advirtió Cáliban en voz baja con un gesto.
Avanzaron con sigilo por la orilla del cráter, bordeando la monta?a hasta posicionarse justo detrás de la criatura. Desde allí, se vislumbraba una grieta enorme entre las paredes rocosas. Una abertura que descendía hacia las entra?as del terreno, justo detrás del Lavarrum.
Cáliban se agachó y bajó la mochila. Con movimientos meticulosos, extrajo varios frascos peque?os de vidrio grueso, llenos de un líquido naranja intenso.
Dimerian los reconoció al instante.
?Esos son los frascos que me pidió comprar aquel día…? —recordó mientras observaba el contenido vibrar con cada ronquido del monstruo.
—?Sabes qué es esto? —preguntó Cáliban, sosteniendo uno de los frascos entre los dedos.
—Sí… polvo de Vellugart disuelto en aceite. —respondió Dimerian en voz baja —Tiene propiedades corrosivas… quema incluso el acero. ?Planeas usarlo contra el Lavarrum?
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Cáliban alzó la mirada con una sonrisa casi imperceptible.
—Sí y no .—respondió con tono enigmático —Este ingrediente por sí solo no genera un gran efecto… pero si lo combinas con esto otro…
Se agachó y, con toda la calma del mundo, sacó dos nuevos objetos de su mochila. Una cubeta de metal y un frasco de cristal verdoso, con un líquido espeso que desprendía un hedor penetrante y dulzón.
—Esto es sangre del Rey Goblin.
Dimerian frunció el ce?o. Había oído hablar de ella, pero jamás la había visto en persona. El líquido parecía burbujear suavemente, como si hirviera a fuego invisible.
Cáliban comenzó a verter los ingredientes en la cubeta, con una precisión casi alquímica. El aceite de Vellugart y la sangre verdosa se mezclaban con facilidad, creando una sustancia que chispeaba levemente con un tenue fulgor rojizo.
—La sangre tiene propiedades explosivas. —explicó mientras mezclaba —Pero a diferencia de la pólvora o cualquier otro compuesto, descubrimos por las malas que no detona con el calor… sino con el impacto.
Tomó un poco del líquido con el me?ique, y con un movimiento ágil lo arrojó al suelo. Al tocar la roca, una chispa surgió y una peque?a explosión retumbó como un estallido de aire comprimido. Dimerian retrocedió por reflejo.
—No… ?No explota al fuego? —preguntó, aún atónito.
—Exacto. —afirmó Joseph, acercándose a la grieta —Durante la semana que estuviste entrenando, estuve vertiendo esta mezcla poco a poco en esta hendidura. Justo donde converge con el fondo del cráter, se ha acumulado. La idea es simple, provocaremos que el Lavarrum cargue contra esa grieta… y se coma toda la explosión.
Dimerian observó el cráter una vez más. El monstruo dormía profundamente, sus ronquidos aún hacían vibrar las piedras a su alrededor. Sus ojos se iluminaron al comprender el plan.
—?Claro! Su armadura de magma protege todo su cuerpo, especialmente la cabeza… pero si conseguimos romperle esa coraza, podríamos asestarle un golpe letal en el rostro.
—Eso es. —dijo Cáliban mientras colocaba más frascos junto a la cubeta —Así que ponte manos a la obra. Tenemos que terminar hoy.
Los tres comenzaron a verter cuidadosamente la mezcla por la grieta. El líquido resbalaba por las paredes rocosas, descendiendo hasta lo más profundo. Pasaron más de una hora en ello, hasta que toda la hendidura estuvo saturada con la sustancia volátil.
Cuando terminaron, descendieron por la monta?a por el camino contrario, adentrándose por una enorme grieta que servía como entrada natural al cráter. Una vez dentro, el Lavarrum se encontraba directamente frente a ellos.
El coloso agitó su hocico con fuerza y, al captar su aroma, se irguió bruscamente. Sus ojos ardían como brasas, y sus colmillos humeaban. Un gru?ido ensordecedor llenó la monta?a, haciendo temblar el suelo bajo sus pies.
—?Aquí vamos! —exclamó Joseph, desenfundando ambas espadas al instante.
—?Recuerden el plan! ?Dimerian, muévete! —rugió Cáliban.
El Lavarrum embistió sin esperar provocación. Cáliban y Joseph se lanzaron al combate, sus armas chocaron contra la armadura de piedra con una lluvia de chispas. Sin embargo, los golpes rebotaban sin causar da?o aparente.
—?Mierda! ?Mis espadas se están calentando! —gritó Joseph, retrocediendo.
—?Resiste! ?Tenemos que ganar tiempo hasta que Dimerian esté listo! —bramó Cáliban mientras bloqueaba un ataque con su hacha, rechinando los dientes por el esfuerzo.
Dimerian, mientras tanto, corría por la ladera hasta posicionarse justo frente a la grieta. Respiró hondo, sintiendo cómo su corazón latía al ritmo de los temblores. Concentró toda su energía en su espada, la cual comenzó a brillar con una luz roja. Sabía que debía canalizar el elemento agua, el único capaz de penetrar esa armadura ardiente.
Luego de haber usado la manifestación anoche, se dio cuenta al despertar de que ya no podía usarla y había vuelto al nivel básico de comprensión. Cáliban le explicó que, al ser una ilusión, el poder era limitado a la voluntad e imaginación del afectado, por lo que era normal despertar poderes inesperados. A pesar de perder la emoción, pensando que podía desplegar el poder de su espíritu, usó toda su fuerza para canalizar su poder en la hoja.
El Lavarrum soltó un rugido colérico y agitó su cuerpo con violencia. Giró hacia Joseph, lanzando un zarpazo demoledor. Aunque logró bloquear con sus espadas cruzadas, el impacto lo hizo volar varios metros hasta chocar contra una roca.
—?Joseph! —gritó Dimerian con los ojos abiertos en par.
—?Agh! ?Maldición! ?Maldito jabalí! ?Eso dolió!
Cáliban apuntó con su espada hacia el rostro de la criatura, tratando de abrir aunque fuera unas cuantas grietas. Mientras esquivaba sus ataques, el objetivo era provocar su furia para forzarlo a entrar en su segunda fase, pero era extremadamente difícil acertar un golpe, especialmente por los cuernos del Lavarrum, que cubrían un amplio rango.
La bestia rugió, exudando un aura caliente a su alrededor. El gran jabalí embistió envuelto en una llamarada que lo hacía parecer una bola de fuego andante.
Cáliban esquivo el ataque, pero la distancia era lo suficiente para sentir el ardor del fuego en su piel.
?Maldita sea… si seguimos así, el calor nos hará mucho da?o… para colmo, nuestros ataques no le están haciendo efecto.?
Entonces, en medio de los choques y embestidas del furioso animal, Dimerian alzó la voz:
—?Chicos, estoy listo!
Ante la se?al, ambos guerreros corrieron hacia la grieta. El monstruo comenzó a perseguirlos con furia descontrolada. Justo antes de llegar, Cáliban sacó de su bolsillo un peque?o frasco con limo y lo arrojó al rostro del Lavarrum. El limo se fundió de inmediato por el calor que emanaba su cuerpo, cegándolo por completo.
—?Ahora, Dimerian!
—?Sí!
Dimerian empu?ó su espada con ambas manos y la clavó con fuerza en el suelo. Una línea de agua surgió violentamente en dirección recta. Cáliban y Joseph se separaron para evitar el impacto. Cegado y fuera de control, la criatura resbaló con el agua. Dimerian se alejó de la grieta al instante. El Lavarrum se precipitó limpiamente hacia la grieta, estrellándose de rostro contra la monta?a. Una gran explosión sacudió la zona, destrozando la armadura de su cara. El rugido que soltó al cielo confirmó que había comenzado su segunda fase. Su cuerpo entero vibró, cubriéndose de llamas frenéticas que oscilaban con furia.
—?Ahora! —gritó Cáliban, alzando su espada.
Sin perder tiempo, los tres se lanzaron hacia el rostro del Lavarrum, concentrando su energía en sus armas. Las hundieron en los ojos de la bestia, aprovechando que su defensa se había ido en esta segunda fase. El calor era insoportable, y la proximidad al fuego comenzaba a quemarles la piel.
—?Agh, esto quema!
—?Resistan! ?Claven más profundo hasta que se detenga!
El dolor era extremo. Cuanto más penetraban sus armas, más cerca estaban del núcleo ardiente. La bestia se movía violentamente, chocando y gritando con dolor contra las paredes. Las filosas hojas perforaron sus ojos con precisión, haciendo que perdiera la vista. La desesperación se adue?ó de la criatura hasta que, finalmente, con un último chillido, exhaló su último aliento. Su cuerpo comenzó a apagarse lentamente, quedando completamente inmóvil.
Joseph y Dimerian cayeron de rodillas, agotados por la brutal batalla.
—Uff… eso fue… intenso… —comentó Joseph, dejándose caer sentado.
Dimerian, jadeante, no podía contener su emoción. Era la primera vez que participaba activamente en la derrota de un jefe. Se sentía como un héroe legendario.
—?Sí! ?Ganamos! —exclamó con júbilo, alzando los brazos desde el suelo.
Cáliban, en cambio, mantenía la mirada fija en el cadáver del Lavarrum. Algo brillaba en su costado. Rasgó la piel con su hoja y extrajo un peque?o orbe de color rojo que pulsaba con energía interna.
—Un núcleo de fuego… esto podría ser útil.
Los núcleos elementales eran una de las mejores recompensas, aunque no garantizadas, y eran extremadamente codiciadas por los mercaderes. Esferas capaces de generar esencia casi ilimitada.
Joseph y Dimerian, ya recuperados, se acercaron a observar el cadáver.
—?Qué harás con el cuerpo? —preguntó Joseph.
Mientras tanto, Dimerian intentaba retirar su espada incrustada en el rostro del Lavarrum. De pronto, una oleada de energía recorrió la hoja, cuando Dimerian retiró la espada con todas sus fuerza, la hoja se transformó en una cabeza gigante de dientes metálicos, muy similar a un tiburón hambriento, que devoró el cuerpo sin vida. Al terminar, la espada volvió a su estado original, vibrando con felicidad, como si estuviera satisfecho por el festín.
Cáliban se quedó atónito. Se acercó a la hoja de la espada y observó cómo ésta absorbía los restos mientras su tama?o aumentaba levemente.
—?Lo siento! ?Lo siento! ?No sabía que eso iba a pasar! —exclamó Dimerian, alarmado.
—?Qué demonios acaba de pasar? —preguntó Joseph, sorprendido.
Cáliban alzó la espada, observándola con su Mirada Celestial. Su expresión se volvió seria.
—Dimerian… ?De dónde sacaste esta espada?
—?Eh? Pues…
No hubo tiempo para respuestas. Un estruendo profundo, como el rugido de un titán dormido, sacudió la monta?a. El suelo vibraba bajo sus pies y las rocas comenzaron a desprenderse de las paredes. Luego, la vieja grieta, antes discreta y apenas visible, estalló con violencia. La piedra se desmoronó en una lluvia de polvo y escombros, revelando tras de sí una colosal entrada tallada por la naturaleza misma o por manos antiguas ya olvidadas.
Los tres se acercaron con cautela, cubriéndose el rostro del polvo que aún flotaba en el aire. Frente a ellos, un pasadizo oscuro y profundo se abría, como la garganta de una bestia esperando ser cruzada.
Al llegar al final del túnel, la luz cegó sus ojos con un deslumbrante calor que emanaba tranquilidad, fue ahí cuando lo vieron.
Desde el borde del acantilado donde se encontraban, el mundo se desplegaba ante ellos como una pintura viva y ancestral. A lo lejos, un vasto desierto de arena dorada centelleaba bajo la luz de dos lunas, sus dunas ondulantes eran recorridas por vientos que silbaban con voces antiguas. A un lado, un bosque de árboles colosales se alzaba hacia el cielo como pilares de un templo olvidado; sus copas formaban una cúpula verde que apenas dejaba pasar la luz. Más allá, una monta?a envuelta en niebla parecía flotar sobre la tierra, su cima se perdía entre nubes oscuras que giraban en espiral.
Más cerca de ellos, una pradera infinita ondeaba con el viento como un mar esmeralda, salpicada de flores brillantes que destellaban con cada paso del sol. A lo lejos, un océano inmenso chocaba suavemente contra una playa de arena blanca. Y al pie de la pradera infinita, en la frontera del bosque, se erguía un quiosco solitario, cubierto de enredaderas y misterio.
—Woah… qué hermoso lugar… —susurró Joseph.
—Y peligroso… —respondió Cáliban con tono grave —Bajaremos con cuidado. Pero primero regresemos por nuestras cosas. Busquemos dónde acampar esta noche.
Comenzaron a descender poco a poco por la empinada pared de la monta?a. El trayecto era largo, fatigoso y peligrosamente angosto. El viento aullaba entre las rocas como un espíritu antiguo, azotando sus ropas y desestabilizando cada paso. A pesar del vértigo, Joseph no podía evitar detenerse de vez en cuando para contemplar el paisaje que se extendía bajo ellos. Un mosaico de biomas fantásticos que parecía extraído de un sue?o de los dioses.
Pero no todos disfrutaban de la vista. El cabello de Dimerian volaba salvajemente, azotándole el rostro. Sus manos temblaban de miedo al aferrarse a cada piedra.
?No mires abajo, no mires abajo, no mires abajo…? —se repetía constantemente.
Bajaba con extrema lentitud, respirando con dificultad, luchando contra su propio instinto de retroceder. Era el último del grupo, y aunque sus piernas flaqueaban, seguía adelante.
Finalmente, después de un descenso agotador, alcanzaron tierra firme. El cambio fue casi mágico, el suelo rocoso dio paso a una arboleda peque?a pero encantadora. Troncos cubiertos de musgo, ramas entrelazadas como dedos protectores y una fragancia terrosa los envolvieron. Tras caminar alrededor de una hora entre árboles y claros ocultos, el follaje se abrió para revelar la pradera. Ante ellos, la tierra se extendía amplia, verde y llena de posibilidades.
—?Miren! Ahí está el quiosco. —se?aló Dimerian —?Deberíamos ir?
—Bien, pero mantengan los ojos bien abiertos. —ordenó Cáliban.
Al acercarse, notaron que el quiosco tenía una puerta idéntica a la que los había llevado al bosque. Desde los alrededores, una voz andrógina resonó en la distancia.
[Felicidades. Han llegado a una zona segura…]
Desconcertados, los tres comenzaron a mirar a su alrededor en busca de la voz ominosa que anunció su llegada.
—?Quién eres? —preguntó Cáliban.
[No teman. No les haré da?o. Solo quería informarles que están a salvo. Ningún monstruo podrá alcanzarlos aquí. Pueden descansar cuanto gusten…]
La voz no volvió a pronunciarse. A la orilla del quiosco, un río discurría plácidamente hacia el mar.
—?Qué hacemos, Cáliban? —preguntó Dimerian.
Cáliban solo pudo suspirar ante la situación. Podía hacer una conjetura sobre la voz, pero sin respuestas, no podría llegar a nada.
—Por ahora no tenemos muchas opciones. Revisaremos la zona. Hagamos caso a la voz.
Frente a la puerta había una peque?a mesa con tres frascos rojos. Cáliban los inspeccionó con su Mirada Celestial. Eran pociones de sanación. Tomó una y entregó las otras dos a sus compa?eros.
Al beberlas, un aura verde rodeo al equipo, curando todas sus heridas en menos de pocos segundos.
—Mis heridas se han ido. —dijo Dimerian.
—Las quemaduras desaparecieron… aunque sigo agotado. —agregó Joseph.
—Acamparemos aquí esta noche. Instalen todo con cuidado. Yo buscaré algo para la cena. Joseph, consigue madera para la fogata. Dimerian, trae agua del río.
—?Sí! —respondieron al unísono.
Esa noche, con el campamento montado junto al quiosco, compartían una cálida cena junto al fuego. Hablaban sobre la academia, riendo de historias pasadas. De pronto, Cáliban se dirigió a Dimerian.
—?Dónde conseguiste esa espada?
Dimerian mordió un trozo de pescado antes de responder.
—Mi abuelo, Taldian Hollgir, fue un herrero maestro… me crió junto a mi madre. —miró las llamas con seriedad, reflejando los movimientos danzantes de estas en sus ojos. Una clara tristeza se apoderó de Dimerian —Mi madre murió cuando tenía cinco a?os. Desde entonces, viví solo con mi abuelo en las afueras de Ironside. Me ense?ó todo sobre la herrería. Por él, amó tanto este oficio… pero un día… él también murió. Yo tenía diez a?os.
El rostro de Dimerian se ensombreció. El peso de la pérdida era visible. No pasaba un solo día sin que los extra?ara.
—El día del funeral, un general vino a casa. —comenzó Dimerian, con una voz apagada —“?Eres Dimerian?”, me preguntó. Le respondí que sí. Me enteré tiempo después de que, un día antes de fallecer, mi abuelo escribió una carta al rey de Ironside. Al principio no entendía por qué… hasta que llegó ese día.
Dimerian suspiro, cansado por la aventura recién, o por lo que estaría a punto de contar.
—Me escoltaron hasta el asentamiento principal. El rey estaba sentado en su trono… era imponente, majestuoso, irradiaba poder. Aún recuerdo claramente sus palabras. “Dimerian… yo soy tu padre. Eso te convierte en el Príncipe de los Gigantes. Eres un Centurian…” En ese instante me sentí emocionado, pensé que mi vida cambiaría para bien… pero con el tiempo comprendí lo ingenuo que fui. Durante cinco a?os asistí a diversas academias, entrené con maestros expertos, intenté dominar múltiples armas… nada funcionaba en mí. A diferencia de mi hermana mayor, yo no tengo talento natural.
Dimerian se quedó en silencio unos segundos, mirando las llamas con nostalgia antes de suspirar con pesadumbre y continuar:
—Un día, el mismo general que me visitó tras la muerte de mi abuelo volvió a presentarse, esta vez con una carta, un cofre y una llave. —Dimerian imitó la voz de un guerrero viejo —“Tu abuelo me pidió que te entregara esto al cumplir quince a?os”, me dijo. Leí la carta, luego abrí el cofre que me había dejado. Dentro estaba esta espada. Al principio pensé que se había equivocado; el arma era más grande que yo… ?Cómo se suponía que debía empu?arla? Pero las palabras de la carta me llenaron de determinación. Decidí perseguir mi sue?o de convertirme en un herrero que superara a mi abuelo. Supe de la academia Grand Delion, así que tomé el examen de ingreso. Mi padre no se opuso mucho; en el fondo, le bastaba con que no manchara el honor de su apellido.
—?Tu abuelo… llegó a forjar algo digno de ser llamado obra maestra? —preguntó Cáliban con seriedad.
—Cáliban… —intervino Joseph, incómodo ante la pregunta en ese momento.
—Está bien… —respondió Dimerian, sin molestarse —Hasta donde sé, cuando presentó el examen para ser reconocido como maestro herrero, fracasó. Según él, fue traicionado por su pupilo, quien sí obtuvo el título. Pero decía que ese título le pertenecía. Así que, aunque la agencia no lo reconocía, él se hacía llamar Gran Maestro. Sin embargo, en el tiempo que viví con él, nunca lo vi forjar un arma de alto nivel. Solo reparaba armamento militar… nada más.
—Es realmente decepcionante… —comentó Cáliban.
El comentario le caló hondo a Dimerian, pero no replicó. Bajó la mirada hacia el suelo.
—Sí… supongo que al final, mintió… —susurró con tristeza.
—Sí, es decepcionante… que el mundo se haya quedado sin un herrero legendario como él.
Dimerian alzó la mirada, sorprendido por lo que creyó percibir como un elogio.
—?Qué quieres decir?
—?No lo sabes? —replicó Cáliban —El arma que llevas contigo… vale más que una espada divina.
Joseph y Dimerian lo miraron con incredulidad.
—Cáliban… no tienes que decir eso solo para animarme… yo…
—No seas idiota. —interrumpió Cáliban —No lo digo para consolarte… tu arma es de tipo Crecimiento.
Dimerian no comprendía a qué se refería. Cáliban suspiró con paciencia. Entonces, para probarlo, realiza una pregunta que tomaría por sorpresa a Dimerian.
—?Cuál es el arma de mayor rango en el mundo?
Dimerian dudó por un momento, luego respondió con duda.
—?Las de rango Divino?
—No…
Dimerian frunció el ce?o, perplejo. ?Qué podía ser más poderoso que un arma divina?
—?Entonces?...
—Imagina un arma capaz de absorber materiales o seres para volverse más poderosa… con un potencial ilimitado solo delimitado por su portador, capaz de devorar otras armas sin importar su nivel… cuyas características superan por mucho a las de cualquier arma convencional. ?Qué nombre crees que recibe ese tipo de arma?
Dimerian se quedó boquiabierto, observando su espada con incredulidad.
—No estarás diciendo que…
—Tu espada es un arma de crecimiento. El cadáver del Lavarrum no desapareció, fue consumido por el arma para fortalecerse. Dimerian… tu abuelo forjó algo que ni los dioses podrían crear fácilmente.
Los ojos de Dimerian temblaron mientras lágrimas comenzaban a deslizarse por sus mejillas sin poder creerlo. Dimerian miró su espada con asombro, sujetó el mango de la espada con ambas manos.
—Abuelo… realmente eres increíble… —murmuró con la voz quebrada.
Cáliban y Joseph sonrieron al ver la emoción de su compa?ero. Aquella noche transcurrió con calma, celebrando un breve momento de alegría y reconocimiento antes de volver a arriesgar sus vidas al día siguiente. El fuego fue extinguiéndose lentamente, y uno a uno, los tres se retiraron a dormir. Había sido un día muy largo.
Esa misma noche, en algún rincón olvidado por el tiempo y oculto bajo el manto de la oscuridad, una figura femenina avanzaba entre las ruinas de antiguos edificios devorados por la vegetación y el abandono. Las piedras desgastadas hablaban de una civilización extinta, sus columnas derruidas aún sostenían fragmentos de techos desmoronados, y las sombras parecían moverse a voluntad.
La mujer se internó sin vacilar en uno de los edificios más antiguos, con muros ennegrecidos por el hollín y el paso de los siglos. Sus pasos resonaban sordamente sobre suelos cubiertos de polvo, fragmentos de metal oxidado y los ecos de lo que alguna vez fue conocimiento prohibido.
Al final del pasillo, se detuvo frente a una gran puerta metálica, robusta, reforzada con múltiples sellos arcanos. Tocó una vez con los nudillos. El sonido metálico se prolongó como un susurro fúnebre.
—Mi se?or… —dijo respetuosamente —He traído lo que me ha pedido.
Del otro lado, una voz masculina respondió, calmada y casi afectuosa.
—Ah… excelente. Espera un momento, querida. Ya casi termino…
Dentro del laboratorio, iluminado por antorchas flotantes y cristales brillantes que zumbaban con energía oscura, un hombre trabajaba con precisión quirúrgica. Sus grandes cuernos se curvaban como espinas negras sobre su cabeza, y su rostro permanecía oculto bajo una máscara ornamentada que parecía sonreír perpetuamente.
Sobre la mesa de operaciones, yacía el cuerpo inerte de Auralk Liepir. Su piel verdosa contrastaba con los instrumentos empapados en sangre que lo rodeaban. El encapuchado trazó una incisión en el rostro del cadáver, y uno a uno comenzó a extraerle los órganos, con frialdad metódica. Los ojos, los dientes, la lengua… cada parte era depositada en frascos marcados con runas que brillaban tenuemente.
A un costado del laboratorio, en una cápsula de cristal alimentada por una máquina ruidosa, flotaba un peque?o espíritu de fuego. Chillaba con desesperación, sus lamentos llenaban la sala, viendo impotente cómo profanaban el cuerpo de su amo.
El hombre se detuvo un momento, y sonrió ante aquella muestra de devoción desgarradora.
—Tranquilo… tú también tienes un propósito.
Sin más palabras, se acercó a la máquina. Activó una serie de palancas con movimientos precisos. Las turbinas cobraron vida con un rugido metálico, y comenzaron a absorber la esencia del espíritu. La criatura gritó con tal fuerza que las paredes vibraron, su luz se debilitaba con cada segundo, mientras era succionado sin piedad.
Ni un atisbo de compasión se asomó en el rostro del hombre.
Unos minutos después, apagó el aparato. Caminó hasta la puerta y la abrió con una sonrisa en el rostro, como si nada hubiese ocurrido.
—Muy bien, cari?o. —dijo mientras se limpiaba las manos ensangrentadas con una toalla negra —?Trajiste los documentos?
La mujer asintió. Levantó una carpeta de cuero gruesa y se la entregó. En su interior, nombres escritos con tinta negra. Todo sobre Cecilia, Astrid, Juliana y Elizabeth. El hombre hojeó con interés, murmurando entre dientes.
—Fascinante… realmente fascinante…
—?Desea que las capture cuanto antes? —preguntó la mujer.
—No. A pesar de su valor para el culto, sus poderes aún no han despertado. Sería inútil forzarlas… Por ahora, esperaremos.
Chasqueó los dedos. Un resplandor verde emergió de su palma, atrayendo otras carpetas desde una repisa cercana. Las hojas volaron por el aire y se posaron en su mano con obediencia.
—Pero estos dos… —abrió los documentos —Si los atrapamos, podríamos cambiar el curso de todo.
La mujer miró las fotografías, eran de Cáliban y Joseph. Su próximo objetivo.
—Los traeré, mi se?or. —dijo con firmeza.
Sin más, se giró y se perdió entre las sombras del pasadizo, como un susurro que se esfuma con el viento.
De repente, un sonido sutil como el tintineo de campanas de cristal resonó desde el interior de la gabardina del artífice. Metió la mano en uno de los bolsillos ocultos y extrajo una perla enorme, tallada con inscripciones arcanas. La superficie se iluminó con un resplandor azulado, proyectando una imagen suspendida en el aire.
La figura proyectada era la de una mujer cubierta por un velo de seda negra, traslúcido y ceremonial. Su silueta, aunque apenas visible, emanaba una autoridad casi divina. Era la sacerdotisa del Padre Sin Forma, y su presencia infundía respeto incluso a los más oscuros servidores del culto.
—Mi se?ora… —saludó el artífice, inclinando ligeramente la cabeza —?Qué desea de este humilde servidor?
La voz que surgió de la perla era etérea y suave, pero cargada de dominio.
—Artífice, ?Cómo va la caza de las semillas?
—Lamentablemente, mi se?ora, no hemos tenido éxito alguno. —respondió él, con un poco de frustración —Atraerlas mediante magia ha resultado imposible. Parecen inmunes a toda forma de manipulación mental. Hemos enviado varios partidarios para capturarlas… pero ninguno ha regresado con vida. Todo indica que están bajo protección de un individuo poderoso.
La voz de la sacerdotisa se tornó más grave.
—?Crees que hemos sido descubiertos por el director?
El artífice negó lentamente con la cabeza, su máscara brilló a la luz de las esferas flotantes del laboratorio.
—Lo dudo, mi se?ora. Permítame mostrarle algo.
Se levantó y caminó hacia una habitación contigua, apenas separada del laboratorio por una pesada cortina carmesí. En su interior, el ambiente era más frío, y el aire olía a sangre seca y ceniza. Varios cuerpos, envueltos en capas oscuras, yacían alineados sobre mesas de piedra.
—Estos soldados… —continuó mientras acercaba la perla a uno de los cadáveres —No murieron por magia ni maldición. Observe las heridas. Son cortes limpios y precisos. Fue una técnica de espada… firme, meticulosa y experimentada. Esto no es obra del director. él no utiliza ese estilo.
Hubo un silencio incómodo. La imagen proyectada no respondió de inmediato, pero el artífice notó un ligero cambio en su postura. Aun sin ver su rostro, supo que la sacerdotisa había reconocido esa técnica.
Finalmente, su voz se alzó con aparente calma, aunque cargada de tensión.
—Ordena que nadie más se acerque a las semillas. De momento, solo obsérvenlas. Debemos descubrir quién las protege… y eliminarlo. Manténme informada.
—Por supuesto, mi se?ora.
El canal se cerró con un bip seco. El artífice se quedó en silencio, acariciando su barbilla bajo la máscara con un gesto pensativo. Algo en aquella reacción no encajaba. La sacerdotisa sabía más de lo que admitía.
Al mismo tiempo, en un rincón lejano de la academia, la sacerdotisa se encontraba en su despacho personal. Una habitación silenciosa y pulcra, adornada con tapices de hilos dorados, incienso flotando en el aire, y un espejo ornamentado con símbolos que latían débilmente con luz púrpura.
Frente a aquel espejo, la mujer se peinaba su largo cabello violeta lentamente. Cada movimiento era medido, cada mechón era colocado con precisión.
Entonces, como si respondiera a un pensamiento que cruzó su mente, susurró suavemente:
—Xander…
Una sonrisa, lenta y venenosa, se dibujó bajo el velo.
—Ahora que has recuperado tu vigor de guerrero… dime, ?Cómo debería quitártelo esta vez?
El espejo no respondió. Pero la promesa en su voz quedó suspendida en el aire como un pu?al invisible.

