Mientras se registraban en la mazmorra, Cáliban observaba con atención a los guardias del lugar, recordando una conversación previa con el profesor Yannes.
—Por cierto, profesor… —le había dicho antes de salir —?Los guardias no se opondrán a que nos quedemos tanto tiempo?
El profesor Yannes alzó la mirada desde sus documentos.
—Ah… cierto, eso no lo saben. Escucha, nosotros no determinamos cuánto tiempo pueden quedarse ni cuándo pueden entrar. Los guardias no son empleados nuestros.
Cáliban frunció el ce?o, sorprendido.
—?A qué se refiere?
—Los guardias no son humanos comunes. Provienen de la mazmorra. Mejor dicho, son manifestaciones físicas mediante las cuales la mazmorra se comunica con nosotros. Hasta donde sabemos, comparten una conciencia colectiva. El director también se sorprendió al descubrir que esta mazmorra era consciente. Fue fascinante. Cuando entendió su funcionamiento, se firmó un acuerdo. La academia podría extraer recursos ilimitados de ella, pero la mazmorra controlaría quién entra, quién sale y por cuánto tiempo permanecen dentro. Así que, en realidad, tú puedes quedarte todo el tiempo que la mazmorra quiera… si sus guardianes te lo permiten, claro. Nosotros no tenemos autoridad sobre eso.
Con esa conversación aún fresca en su mente, Cáliban se acercó a los guardias. Aunque su apariencia era humana, había algo inquietante en su forma de actuar. Permanecían inmóviles, sin comer, dormir ni moverse salvo cuando atendían a un miembro de la academia. Sus ojos estaban fijos, parecían vacíos.
El grupo se detuvo ante las enormes puertas negras de la mazmorra.
—Nos gustaría registrar nuestra visita. —dijo Cáliban, levantando la mano para que su marca fuese escaneada.
Uno de los guardias lo observó detenidamente, con una mirada fría, carente de toda emoción.
—?Cuánto tiempo planean quedarse? —preguntó con voz neutra.
—Nuestra intención es permanecer durante todas las vacaciones de verano. Todo el tiempo que sea posible.
El guardia mantuvo su mirada fija durante unos segundos más, como si analizara cada palabra. Luego, en silencio, registró sus marcas. No parecía haber ningún inconveniente.
—Pasen…
Sin más, las puertas se abrieron con un crujido metálico. El grupo se adentró en el interior de la mazmorra. Desde atrás, el guardia los seguía observando en silencio, su expresión era imperturbable. Cáliban podía sentir su mirada clavada en la espalda, pero decidió ignorarla.
—Oye, Cáliban… ?Estás seguro de esto? —le susurró Joseph, algo inquieto.
—?Sobre qué?
Joseph se?aló discretamente a Dimerian, quien caminaba detrás de ellos cargando una enorme mochila y arrastrando con dificultad una espada visiblemente demasiado pesada para él. Su paso era lento, torpe, y estaba claramente retrasando al grupo. Cáliban suspiró al verlo. Con un simple cruce de miradas, le indicó a Joseph que lo ayudara.
—?Necesitas ayuda? —preguntó Joseph con tono desinteresado.
Dimerian alzó la vista.
—No, puedo solo… quiero ayudar… solo…
—Lo siento, Dimerian, pero es mejor así. Si no, nos retrasaremos.
Joseph, sin esperar más respuesta, tomó la espada con ambas manos y la acomodó sobre su hombro. Dimerian bajó la cabeza, visiblemente afectado. Al observar a su compa?ero de casa, no pudo evitar notar las diferencias. Aunque tenían la misma edad, la constitución física de Joseph era notablemente superior. Ese contraste le dolía. Aun así, continuó caminando tras ellos, en silencio.
Al llegar al vestíbulo principal, se encontraron ante un amplio recinto de piedra tallada. Frente a ellos, enormes puertas con adornos únicos marcaban el acceso a los distintos niveles de la mazmorra. Cada vestíbulo se personalizaba según el ADN del primer miembro que lo abría, por lo que era crucial que el líder del grupo iniciara el ingreso.
Dimerian miraba las puertas con asombro.
—Amm… no quiero sonar negativo, pero… ?No han abierto ninguna puerta aún?
Joseph lo miró por encima del hombro y respondió con seriedad.
—No, aún no.
El asombro de Dimerian no era precisamente positivo. Con las habilidades que sabía que ambos poseían, le resultaba inconcebible que no hubieran despejado ni siquiera los primeros diez pisos, conocidos por ser los más sencillos. A juzgar por su fuerza y técnica, debían haber avanzado al menos hasta el piso veinte.
Enderezó la espalda, hinchando el pecho con determinación.
?Esta es mi oportunidad. Ya he despejado los primeros veinte pisos con otros grupos. Puedo serles de utilidad.?
—?No se preocupen! —exclamó llevándose la mano al pecho —?Puedo ayudarlos a superar fácilmente los primeros pisos!
Cáliban y Joseph se miraron, conteniendo una sonrisa. Joseph se acercó a él, dándole unas suaves palmadas en la espalda.
—Está bien, está bien, tranquilo… primero vamos a entrar.
El grupo se dirigió a la puerta del primer piso. Frente a ellos, una gigantesca puerta de madera carcomida se alzaba imponente, emanando desde su base una espesa niebla que les envolvía los pies. Sin perder tiempo, Cáliban la abrió. Tras un breve destello, los tres cruzaron al interior, regresando al bosque cubierto de niebla que ya conocían de incursiones anteriores.
—Muy bien, Dimerian, antes de que hagas algo, necesitas saber que-
—?Miren! Vamos hacia el norte. Ahí está la caba?a del jefe goblin. Podemos atraparlo mientras está distraído. —interrumpió Dimerian con entusiasmo, ignorando las palabras de Cáliban y echando a andar apresuradamente.
Emocionado por poder aportar algo útil, avanzó decidido con la intención de ganarse su confianza. Joseph intentó detenerlo.
—Dimerian, no deberías-
Pero Cáliban lo detuvo con un gesto.
—Déjalo… quiero que despierte un poco. —comentó en tono serio mientras observaba a Dimerian perderse entre la niebla.
Joseph suspiró, compadeciéndose de su torpeza. Dimerian, por su parte, murmuraba para sí mismo mientras caminaba.
—Entonces podríamos entrar por detrás de la choza y…
Al cabo de unos minutos, se detuvo en seco al girar sobre sus pasos. No había nadie detrás de él. Miró en todas direcciones, pero sólo veía niebla densa y árboles altos.
—?Chicos? ??Chicos?! ?Dónde están?
Intentó regresar sobre sus pasos, pero la bruma lo desorientó aún más, perdiéndose por completo en el inmenso bosque. Sin embargo, sus gritos no pasaron desapercibidos. Algo más había escuchado.
Un temblor sacudió el suelo. Dimerian se quedó inmóvil. Al rodear un grueso tronco, lo vio. Una enorme bestia de acero comía de los matorrales, un Ferrum, cuya piel metálica resplandecía débilmente entre la neblina.
—Oh, mierda… —murmuró, paralizado por el miedo.
Se apresuró a esconderse tras los restos de un árbol quebrado, esperando que la criatura no lo descubriera. Pero su esperanza se desvaneció al recordar que los Ferrum poseían un olfato extremadamente agudo.
—Oh, mierda… —repitió cuando la bestia giró bruscamente la cabeza hacia su escondite, rugiendo con furia.
El Ferrum embistió con brutal fuerza, derribando el tronco. Dimerian logró esquivarlo por poco, rodando hacia un costado, aunque su cuerpo temblaba del miedo.
Mientras tanto, dos figuras charlaban entre sí. Joseph y Cáliban observaban todo desde lo alto de una copa de árbol cercana, con calma contenida.
—?No lo ayudaremos? —preguntó Joseph, preocupado por Dimerian.
—No. —respondió Cáliban con frialdad.
—?Por qué? ?Acaso piensas reclutarlo?
Cáliban alzó la mirada hacia el cielo brumoso.
—No, no lo reclutaré. Pero tampoco pienso arrastrar un peso muerto al campo de batalla. Tendrá que cumplir con lo mínimo indispensable. De lo contrario, podría terminar muerto… o, peor aún, matarnos a nosotros.
Joseph soltó un largo suspiro, observando a su compa?ero correr en círculos, desesperado. Dimerian intentaba despistar al Ferrum, zigzagueando entre árboles y ocultándose entre la niebla. Pero sus esfuerzos fueron inútiles. La bestia arremetía con furia, destruyendo todo a su paso.
—?Déjame en paz! ?Ayuda! —gritaba mientras huía por su vida.
En su desesperación, Dimerian divisó un árbol colosal, mucho más grande que el Ferrum. Ideó un plan apresurado. Lo usó como escudo, guiando a la criatura directamente hacia él. En el momento justo, esquivó el embiste. Los cuernos del Ferrum se incrustaron violentamente en el tronco, dejándolo atascado por unos segundos. Dimerian aprovechó para ocultarse otra vez entre los restos y ramas caídas.
Jadeaba con fuerza, sus respiraciones eran rápidas y erráticas. La presión lo hacía hiperventilar. Quería escapar, pero sabía que si huía, el Ferrum lo seguiría… y arrastraría el peligro hacia sus compa?eros. No era tan estúpido como para cometer ese error.
Intentó serenarse cuando un destello atrajo su atención. Era el brillo metálico de una hoja familiar.
??Mi espada? ?Qué hace aquí?... Pensé que Joseph la había tomado…? —pensó, arrastrándose hacia ella.
La sujetó con ambas manos, tratando de alzarla. Pero el arma era demasiado pesada; por más que lo intentaba, no lograba levantarla.
—Mierda… mierda… —susurró con miedo, las lágrimas se asomaban en sus ojos.
Un estruendo retumbó a lo lejos. El Ferrum se había liberado y lo buscaba con renovada furia. Dimerian se ocultó bajo el árbol, abrazándose la cabeza con fuerza mientras su cuerpo temblaba sin control.
—?Qué hago?... ?Qué hago?... yo…
Estaba paralizado. Sentía que su corazón iba a estallar. Ya no sabía qué pensar. No era un guerrero, ni un estudiante destacado. Solo era un cobarde incapaz de dar la cara. Siempre había huido. Pero esta vez no podría escapar tan fácilmente.
Sin más opciones, arrastró la espada hacia adelante, decidido a enfrentar al Ferrum.
Desde lo alto de un árbol cercano, Joseph y Cáliban observaban la escena con atención.
—?Crees que pueda vencerlo? —preguntó Joseph.
—No… —respondió Cáliban, con una mirada severa —Posiblemente termine muy herido…
Dimerian gritó, desafiando a la bestia. El Ferrum se alzó sobre sus cuatro patas, soltando una bocanada de aire por la nariz antes de arremeter con toda su fuerza. Dimerian utilizó la hoja de su espada como escudo. A pesar de lograr bloquear el ataque, el impacto fue brutal. Fue despedido varios metros y chocó violentamente contra un árbol.
—?Agh! —gritó, escupiendo sangre por la boca.
No le quedaban fuerzas. Solo aquel golpe había drenado por completo sus reservas de Aura. Ya ni siquiera podía moverse. Observó con terror al Ferrum, que rasgaba el suelo con su pezu?a, preparándose para cargar de nuevo. Mientras lo veía acercarse, un miedo visceral se apoderó de él… el miedo a morir. Los recuerdos de su corta vida comenzaron a desfilar ante sus ojos. En medio de aquel martirio, solo pudo susurrar con pesar:
—Perdóname… madre… abuelo…
Entonces, una sombra se alzó por encima del Ferrum. Joseph apareció de repente, asestando un potente golpe con sus espadas que hizo retroceder a la criatura. Al reconocer que un enemigo más fuerte había llegado, el Ferrum huyó despavorido. Joseph se arrodilló junto al cuerpo de Dimerian, examinándolo.
—Parece que se desmayó… ?Qué haremos ahora?
La vista de Dimerian se desvanecía lentamente.
—Montaremos campamento por ahora. Ayúdame a traer sus cosas. Busquemos un lugar seguro para pasar la noche.
—Entendido.
Antes de perder el conocimiento, Dimerian alcanzó a ver las siluetas de ambos moviéndose entre la niebla.
Tras su caída, Joseph y Cáliban se dedicaron a encontrar un lugar adecuado para establecer el campamento, mientras discutían estrategias para enfrentarse al jefe de la mazmorra. Eventualmente, la noche cayó. La oscuridad, sumada a la espesa niebla nocturna, volvía el bosque aún más desconcertante.
—?Ah! —gritó Dimerian al incorporarse de golpe —?Dónde estoy? ?Qué pasó?
Se levantó de la cama improvisada donde descansaba. Estaba en una peque?a cueva, excavada entre las raíces de un árbol gigantesco. El espacio era amplio y acogedor. Al observar a su alrededor, reconoció las pertenencias de sus compa?eros, así como las suyas propias.
Con cuidado, salió de la cueva, subiendo por unas peque?as escaleras de madera. Al llegar a la cima, encontró a Cáliban y Joseph sentados alrededor de una fogata. Estaban cenando una sopa preparada con ingredientes recolectados dentro de la mazmorra. Dimerian dudó en acercarse. Sabía que había fallado gravemente. No tenía el valor de mirarles a la cara.
—Acércate. —ordenó Cáliban sin apartar la vista de su comida.
—Pero… yo…
Dimerian intentó esconderse dentro de la cueva, pero con una mirada seria, Cáliban reiteró:
—Es una orden.
Al sentir el peso de sus palabras, se acercó lentamente a la fogata. Joseph, al verlo tan cabizbajo, no pudo evitar sentir lástima. Tomó un peque?o cuenco de madera y le sirvió un poco de sopa.
—Toma, come.
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—No, está bien, yo solo...
—No se trata de eso, Dimerian. Tómalo, lo vas a necesitar...
Al escuchar sus palabras, aceptó el cuenco. Al probar la primera cucharada, percibió una fragancia y un sabor únicos.
—?Esto está delicioso! —exclamó —?Cómo es posible? —continuó devorando la sopa como si llevara días sin comer.
Joseph sonrió con sinceridad.
—Me alegra que te guste. Cáliban me ense?ó la receta. Me alegra haberla logrado a la primera.
Dimerian dirigió su mirada hacia Cáliban, quien seguía comiendo en silencio. Bajó el cuenco a un lado y habló:
—Líder... yo-
—?Entiendes lo que hiciste mal? —interrumpió, con una mirada tan aguda como cuchillas.
—Sí... lo sé... no volverá a pasar...
—Oh, te prometo que no volverá a pasar.
La mirada de Dimerian se quebró. Pensó que lo estaban expulsando del grupo.
—Entiendo... sacaré mis cosas en cuanto regresemos al gremio... —dijo con la mirada baja.
—?Por qué? Aún no te estoy sacando...
Dimerian alzó la mirada, confundido.
—Entonces...
—Te daré otra oportunidad.
El rostro de Dimerian se iluminó. Joseph, en cambio, suspiró con más pesar.
?Pobrecito…? —pensó Joseph mientras seguía comiendo de su cuenco.
—?Sí! ?Daré lo mejor de mí para-!
—Te equivocas… —interrumpió Cáliban con una voz sombría. Se levantó y caminó hacia Dimerian. Lo miró directamente a los ojos y continuó —Escúchame bien, Dimerian… Sabes lo que hiciste mal, pero no entiendes lo que hiciste. Eso no me agrada… ni un poco.
Dimerian quedó anonadado ante la frialdad de sus palabras.
—Eres el tipo de persona que más detesto. Eres débil… de voluntad, de mentalidad… todo en ti transmite debilidad. Pero lo que más odio ver es que tienes la opción de cambiar, y aun así prefieres quedarte quieto. Es más fácil sentir lástima por ti mismo que enfrentar la realidad.
Dimerian comenzó a temblar, pero aun así trató de defenderse.
—?Para ti es fácil decirlo! ?Eres fuerte, eres talentoso, eres-!
—?Esto no se trata de talento ni de fuerza, imbécil!
El silencio se apoderó del ambiente.
—?Se trata de hacer algo! He conocido personas sin talento con la espada, y buscaron otra arma. Guerreros que perdieron extremidades y aun así dominaron sus cuerpos. Maestros que nunca fueron los mejores, pero jamás se rindieron. He visto cobardes entregar su vida por quienes aman. He visto a los débiles levantarse de entre los escombros para cambiar su destino. Y a pesar de todo, jamás se dejaron vencer. Así que dime, ?Cuál es tu excusa?
Dimerian quiso responder, pero no hallaba palabras.
—?Crees que no lo he intentado? —rompió el silencio —Lo he hecho todo. Me sometí a un entrenamiento riguroso. Mi padre me arrojó al bosque para que aprendiera a sobrevivir… y tampoco funcionó. Yo no-
—?Ah, sí? ?Entonces ya pasaste por todo eso? —lo interrumpió Cáliban, alzando una ceja —En ese caso, no hay nada que hacer...
—?Lo ves? —respondió Dimerian, bajando la cabeza —Solo déjame ser el mochilero entonces...
—Sí, con un entrenamiento tan blando, es normal que seas débil. No se puede hacer nada contigo…
—?Eh?
Dimerian se quedó en blanco al escuchar esas palabras. Joseph ni siquiera osó intervenir, solo miró hacia otro lado, rezando internamente por su alma.
—Tu padre fue muy blando contigo. —continuó Cáliban con una expresión helada —Pero no te preocupes... no cometeré el mismo error...
Los ojos de Cáliban se iluminaron, y Dimerian sintió un miedo profundo, como si emergiera desde lo más hondo de su alma.
?Estoy jodido…? —pensó, dejando escapar la poca esperanza que le quedaba.
La noche trajo consigo sentimientos inesperados. Dimerian fue a la cama improvisada que logró construir, era un cúmulo de grandes hojas del mismo árbol, sorprendentemente, era bastante cómodo. A la ma?ana siguiente, Dimerian dormía plácidamente, al menos hasta que fue despertado de forma abrupta… una oleada de agua helada le golpeó el rostro.
—?Ah! ??Qué?! ??Qué sucede?! —gritó, sobresaltado al levantarse de su cama improvisada. Frente a él estaba Cáliban con una cubeta entre las manos.
—Es hora de empezar el entrenamiento. —contestó, imperturbable.
—Escucha, no me uní al gremio para ser un guerrero, yo solo quiero-
Antes de que pudiera terminar la frase, Cáliban le tomó el brazo, lo torció con fuerza contra el suelo y le aplastó la espalda con el pie.
—?Agh! ??Qué haces?!
—Escúchame bien. No me importa lo que quieras, ni lo que puedas hacer. Harás lo que yo diga. No pienso llevar un peso muerto al campo de batalla. No me importa si no quieres ser un guerrero... vas a pelear. Al menos mientras estés en mi gremio. Así que muévete… o tendré que volver a despertarte a mi manera.
Cáliban lo soltó y se alejó hacia la entrada. Dimerian se quedó en el suelo, deseando marcharse, pero sabía que no podría escapar de allí con facilidad. A rega?adientes, salió de la cueva.
Joseph se internó en el bosque para cumplir con su tarea asignada. Mientras tanto, Cáliban dio las instrucciones a Dimerian.
—A partir de ahora entrenarás aquí. Empezarás con 100 sentadillas.
—??Cien?! ?No es mucho? ?Qué tal si empezamos con veinte…?
Cáliban sonrió. Dimerian también lo hizo, creyendo que había sido razonable. Un grave error.
Momentos más tarde, Dimerian se encontraba haciendo sentadillas bajo una estructura con piedras calientes. Si bajaba demasiado, el calor lo quemaba, obligándolo a subir de nuevo. Además, tenía bolsas llenas de piedras amarradas a sus brazos, cuyo peso lo forzaba a volver a bajar.
—?Por favor! ?Ya basta! ?Siento que voy a morir! —suplicaba Dimerian.
Pero a Cáliban no le importaban sus gritos. Permanecía observando, evaluándolo en silencio. Horas más tarde, tras terminar la serie, Dimerian yacía tirado sobre el suelo, cubierto de sudor y mugre, respirando con dificultad.
—Lo… lo… gre… —musitó entre jadeos. Pero su momento de triunfo fue efímero.
—Tardaste demasiado. Tendrás que reducir el tiempo si quieres hacer los demás ejercicios. No dormirás hasta haberlos completado todos.
—Eres un monstruo… —susurró cansado desde el suelo.
Cáliban le respondió con una sonrisa, una que a Dimerian le dio muy mala espina.
—Ahora harás cien lagartijas. De la misma manera…
—?Por “misma manera” te refieres a…?
—Sobre las piedras ardientes. Ahora.
Durante la ma?ana, Dimerian fue sometido a un entrenamiento brutal sobre rocas incandescentes. Por la tarde, corría sin descanso alrededor del bosque. Cáliban utilizó un perfume elaborado con restos de animales y saborizantes que atraían al Ferrum, lo que provocaba que la bestia lo persiguiera durante horas, obligándolo a correr hasta el agotamiento.
—?Ah! ?Ayudaaa! —gritaba Dimerian mientras era perseguido por el Ferrum.
Desde la copa de los árboles, Joseph y Cáliban observaban la escena.
—Con solo recordar el día en que nos cambiaste la rutina de entrenamiento, mis piernas y brazos todavía tiemblan del trauma… —comentó Joseph.
—La tuviste fácil. Ya estabas acostumbrado a todos los entrenamientos anteriores.
—Si no lo hacía, habría muerto… Bueno, “lo que no te mata, te hace más fuerte”, supongo…
Cáliban soltó una leve carcajada. Joseph entonces le preguntó por su siguiente tarea.
—Por cierto, ?Qué debo hacer ahora? He estado tratando de aprender las técnicas del libro, pero tengo algunas dudas…
—Lo veremos ma?ana. Hoy debemos asegurarnos de corregir los errores de Dimerian.
—Bien…
Ambos dirigieron la mirada hacia Dimerian, quien seguía gritando y corriendo como si su vida dependiera de ello. Joseph dio un largo suspiro. Era difícil no sentir compasión por él. Al caer la tarde, Dimerian se encontraba en medio de un río, luchando por nadar contra la corriente. Joseph lo vigilaba desde la orilla, sujetando una cuerda atada a su cintura para evitar que se lo llevara el río… o que escapara.
—Dos minutos más y terminas, Dimerian…
Dimerian trataba de bracear, pero apenas avanzaba. La corriente era demasiado fuerte, el agua le golpeaba el rostro sin cesar, impidiéndole siquiera responder.
Pasados los dos minutos, Joseph tiró de la cuerda y lo arrastró hasta la orilla.
—Bien, descansa un momento. Luego vuelve al campamento. Aún queda una última tarea por hacer…
—Si quieres matarme, solo hazlo… —contestó desde el suelo, derrotado.
—Si quisiera matarte, ya lo habría hecho. Solo aprovecha este tiempo.
—Maldito… casi muero hoy… —susurró Dimerian.
—No deberías hablar así. Cáliban puede escucharte, incluso aunque susurres.
De entre la niebla, Cáliban hizo su aparición, cargando le?a para el campamento mientras iba de regreso, provocando un gran susto en Dimerian.
—?Ah! Yo… yo no dije nada… no sé de qué me hablas.
Joseph soltó una leve risa.
—Tranquilo, entiendo por lo que estás pasando. Yo también lo viví…
Le extendió la mano, ayudándolo a incorporarse. Dimerian ya no tenía fuerzas ni siquiera para mantenerse de pie. Joseph decidió acompa?arlo mientras se recuperaba.
—Esto es una locura… —dijo Dimerian —Este entrenamiento infernal… es posible que muera antes siquiera de llegar al jefe de la mazmorra.
Joseph soltó una ligera carcajada.
—Tranquilo, el entrenamiento te hará más fuerte. Te lo aseguro.
—No quiero ser un guerrero. —replicó Dimerian, ocultando su mirada debajo de su largo cabello rizado —Quiero ser un maestro herrero.
—Bueno, estoy seguro de que Cáliban lo sabe. Solo sigue el entrenamiento.
—Para ti es fácil decirlo, no lo estás haciendo…
—Es cierto, pero yo también lo hice…
Dimerian frunció el ce?o bajo su cabello.
—Entonces ?Por qué no te veo haciéndolo? Soy el único que está pasando por esta tragedia…
—Eso es porque ya pasé el examen de Cáliban. Ahora entreno de otra manera…
—?Examen?
Joseph levantó a Dimerian sobre su espalda.
—Cuando llevas un tiempo entrenando tu cuerpo, Cáliban empieza a formarte de otra manera. Pero primero debe asegurarse de que estás en forma, al menos para no ser una carga. Tranquilo, esto no será para siempre.
Mientras más lo pensaba, más extra?o le parecía todo a Dimerian, sobre todo la mazmorra.
—Por cierto… ?Qué ocurre con este piso? ?Por qué hay un monstruo de tercer rango en una mazmorra de primer rango?
Joseph guardó silencio, reflexionando sobre la mejor manera de responder.
—?Tan raro es? —preguntó.
—Por supuesto que sí. ?No recuerdas lo que nos contó la profesora Zabilyx?
Dimerian tenía razón. No era normal el estado de esa mazmorra, en absoluto. Usualmente, las mazmorras se dividían en calabozos, cada uno representando un nivel. Tras superar nueve niveles, el décimo correspondía a una batalla contra el jefe del piso. Los enemigos no subían de rango hasta completar dicha cadena, por lo que encontrar monstruos del piso treinta en el primero resultaba completamente desconcertante para ambos.
—Entiendo lo que dices, aunque no sepamos el motivo… solo te diré que, para nosotros, esto no funciona igual. Este piso equivale a los primeros treinta calabozos. Por eso no hemos podido superar la puerta… Imagino que el siguiente piso será aún más problemático.
—Entonces, ?Los jefes de los pisos diez y veinte no están aquí?
—Sí, pero ya los derrotamos. Son los jefes de rango cuarto y quinto los que nos complican, sin mencionar el de sexto rango , con el que no podemos lidiar…
—??Sexto rango?! Ese debería estar en el piso sesenta… ?Cómo podríamos vencerlo?
—?Es imposible?
—Si fuéramos de rango cuarto o quinto, no sería difícil. Pero ninguno de nosotros supera el tercer rango, y como puedes ver, yo ni siquiera soy un guerrero real… ?Cuál es el plan del líder? ?Por qué seguimos aquí?
—Cáliban tiene unos preparativos que hacer antes de enfrentarnos al jefe de cuarto rango… además de instruirte. Así que estaremos aquí al menos una semana, o eso me dijo.
—Una semana de infierno… ya veo…
—Tranquilo, no creo que te mate… —comentó Joseph, soltando una carcajada que resonó por todo el bosque.
Durante esa semana, Dimerian repitió un extenuante entrenamiento que lo agotó física y mentalmente. Cada vez completaba los ejercicios en menos tiempo, pero Cáliban le sumaba nuevas tareas en cada momento libre. A pesar de vomitar sangre, tener los pies ensangrentados, extremidades adoloridas o cualquier otro malestar, no recibía descanso. Debía estar siempre alerta. Intentó escapar en varias ocasiones, pero Cáliban frustró cada intento.
Justo al séptimo día, Dimerian regresaba del entrenamiento matutino.
—?Ya está! —gritó con ira —?No lo soporto! ?Esto no es entrenamiento, es tortura! Me largo.
Dimerian tomó sus cosas y comenzó a caminar hacia la salida.
—?Estás seguro de que quieres irte? —le preguntó Cáliban.
—?Sí! No soporto estar aquí ni un día más. —dijo sin detener su marcha, aun cuando sus músculos temblaban violentamente.
Joseph intentó levantarse para detenerlo, pero Cáliban lo detuvo. No impidió que Dimerian los abandonara.
Dimerian caminó durante una hora hasta llegar a la puerta de salida. Se detuvo frente a ella, contemplándola en silencio. La conciencia le pesaba. Durante toda su vida había buscado un lugar donde encajar, pero nadie le daba la oportunidad de demostrar de lo que era capaz. Ahora que finalmente había encontrado amigos que lo apoyaban para dejar de ser su peor versión, decidió abandonarlos por pura cobardía.
Puede que su cuerpo estuviera al límite, pero le ofrecieron buena comida, sin discriminación; no lo juzgaron ni lo maltrataron. El entrenamiento era infernal, sí, pero no lo abandonaron cuando vieron que era débil. Intentaron ayudarlo, aunque fuera a rega?adientes. Con todo eso en mente, Dimerian tomó sus cosas y decidió volver con ellos.
—Maldita sea… tendré que pensar en una forma de disculparme…
Mientras pensaba qué palabras usar, una escena impactante lo paralizó al llegar al campamento. Cáliban yacía en el suelo, con una gran herida en el pecho, mientras Joseph luchaba contra un enorme Ferrum, tres veces más grande que uno normal. Era comparable a un árbol de treinta metros de altura. La bestia mandó a volar a Joseph con un solo golpe, arrojándolo junto a Cáliban. Ambos estaban gravemente heridos.
—?No! ?Chicos!
Dimerian corrió a socorrerlos, sin pensarlo, tratando de distraer a la bestia con rocas del suelo.
—?Ven aquí, bestia! ?Déjalos en paz!
El enorme Ferrum lo miró. Sus ojos exudaban un odio tan intenso que hizo temblar a Dimerian. Tenía miedo, quería correr, pero si lo hacía, sus compa?eros podrían morir. En ese instante, nuevamente un destello captó su atención. La hoja de su espada reflejaba la luz hacia su ojo izquierdo.
El Ferrum también notó su intención y embistió para evitar que la tomara. Sin embargo, Dimerian fue más rápido, se lanzó hacia la espada y, con un salto, esquivó por poco el brutal ataque, logrando tomar el mango del arma.
Desde lo alto, dos figuras espectrales observaban la escena. Joseph y Cáliban.
—?Estás seguro de esto? Se ve que la está pasando mal… —comentó Joseph.
Cáliban miraba con atención la batalla de Dimerian.
—Dimerian no es un guerrero, tampoco es un herrero, ni siquiera un aprendiz. No es nada, porque no aspira a nada. Quiere avanzar sin sufrir, alcanzar resultados sin pasar por el dolor… pero eso no existe. Si quieres algo, tienes que luchar por ello.
Guardó silencio unos segundos antes de continuar.
—?Pero cómo? ?Cómo puede luchar alguien que ha perdido la fe y la esperanza en sí mismo? La respuesta es sencilla. Alguien que teme a la muerte solo arriesga su vida… cuando descubre que existen cosas peores que morir.
Dimerian sostenía la gran espada entre sus manos; su rostro se reflejaba en la hoja. Se dio cuenta de algo importante. Laespada ya no le parecía tan pesada. ?O acaso él se había hecho más fuerte? Fuera cual fuese la razón, rápidamente centró su atención en el campo de batalla. No había tiempo para distracciones.
—?Ven aquí, maldito jabalí!
La batalla fue intensa. Dimerian esquivaba los ataques que alcanzaba a ver, asestando golpes fuertes, pero no lograba causar ningún da?o. Cada golpe rebotaba como si impactara contra un metal indestructible. El Ferrum aprovechó el retroceso de su arma para contraatacar con sorpresa, golpeándolo con sus enormes cuernos y abriéndole una profunda herida en el abdomen.
—?Agh! —gritó, Dimerian escupió sangre por la boca.
El impacto lo lanzó varios metros, cayendo cerca de los cuerpos inconscientes de sus compa?eros. Dimerian no sabía qué hacer. Su cuerpo le dolía intensamente; ni siquiera había logrado rasgu?ar al Ferrum. No había esperanza de vencer. Entonces, miró a sus compa?eros, tirados en el suelo, indefensos. En su mente, sabía que todo esto era culpa suya. Decidió remediarlo, aunque tuviera que dar su vida por ello.
Alzó su espada al cielo y, usando toda la fuerza de sus pulmones, gritó:
—?Thálissa!
Una figura brillante de agua surgió a su espalda al oír el llamado… era su espíritu. Su aspecto era el de una peque?a ni?a, quien se dirigió a su amo. Joseph se quedó sin aliento al ver tal escena.
—?Manifestación? ?Es posible?
—Es una ilusión… si Dimerian tiene la suficiente fuerza mental, podría invocar un dios si así lo quisiera…
Joseph, asombrado, dirigió su mirada hacia el espíritu reluciente de Dimerian.
—Entonces… ?él podrá ganar…?
Pero Cáliban solo observo en silencio como respuesta, dejando que la voluntad de Dimerian lo decidiera.
?Contratista… si usa mi poder en el estado actual de su cuerpo… me temo que no podrá resistirlo…?
—?Está bien! —respondió con firmeza, pero con un temblor en la mano que no podía ocultar —Mi plan no es salir con vida, pero… asegúrate de que ellos sí lo hagan.
El peque?o espíritu guardó silencio unos segundos. Sabía que no lograría convencer a Dimerian de lo contrario, así que aceptó su última voluntad.
?Si eso es lo que desea, lo haré.?
Una energía azul comenzó a concentrarse en su espada. Con valentía, Dimerian cargó hacia el Ferrum, gritando con todas sus fuerzas. El monstruo también arremetió, gru?endo con furia. Ambos colisionaron con brutalidad.
Como era de esperarse, Dimerian fue despedido y gravemente herido. Cayó al suelo, sin poder levantarse, observando cómo el Ferrum se acercaba a sus compa?eros. Intentó mover las piernas, pero estas no respondían. Se arrastró como pudo por el suelo, aunque sabía que era demasiado tarde. Su conciencia empezaba a desvanecerse.
—Chicos… lo siento… —susurró, estirando un brazo, desesperado por avanzar un poco más.
Finalmente, sus ojos se cerraron por completo. Dimerian se desmayó, envuelto en la oscuridad.

