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Capítulo 53: Vacaciones de verano en una mazmorra

  —?Qué sucedió? —preguntó Reinhard al acercarse con el ce?o fruncido, percibiendo la extra?a atmósfera que rodeaba al grupo. él había decidido acompa?arlos mientras rendían el examen, como apoyo moral.

  Joseph sostenía entre sus brazos al peque?o espíritu, que sollozaba con un lamento suave, casi musical, como el susurro de las hojas al viento.

  —Ah… bueno, le di un nombre, pero… empezó a llorar de la nada… —respondió Joseph, claramente confundido y un poco preocupado.

  —?Qué nombre le diste? —preguntó Cáliban, inclinándose para observar más de cerca al espíritu, cuya forma fluctuaba entre lo etéreo y lo humano.

  Joseph se rascó la nuca, avergonzado.

  —Le puse Alízea. No sé por qué reaccionó así. Apenas lo dije, rompió en llanto.

  De pronto, el espíritu cambió de forma ante todos, tomando nuevamente la figura de una joven mujer de rasgos delicados y ojos brillantes como la bruma matinal. Su voz se alzó, temblorosa pero firme:

  —?Amo! ?No debe darme ese nombre!

  —?Por qué no? Es hermoso. —replicó Joseph con sinceridad en la voz.

  —Eso es… —La sílfide vaciló, mordiéndose el labio inferior mientras bajaba la mirada, visiblemente conmovida.

  —?De dónde lo sacaste? —intervino Cáliban, curioso.

  —En mi tierra, ese nombre significa “viento que da paz”… pensé que le quedaría bien. Es lo que ella representa para mí.

  —?Justamente por eso! —exclamó la sílfide con voz temblorosa —Un nombre así lleva un peso muy grande… no puedo permitir que se me otorgue sin haberlo merecido primero. ?Ese nombre… debe honrarse!

  En realidad, había un motivo más por el cual el espíritu se negaba a aceptarlo. Cuando Joseph era joven, una de las familias que se negaron a traicionar a la suya tenía una hija menor cuya presencia fue una salvación para Joseph.

  Cuando ambos jugaban juntos, los guardias traidores planearon tomar al hijo menor de la familia Locke como rehén. La joven sacrificó su vida para que Joseph pudiera escapar y llegar a su hogar, todo esto marcó el inicio de la traición de aquel tiempo.

  El nombre de la joven que fue su primer amor y mejor amiga era Alízea.

  Joseph sonrió, una expresión cálida y serena que contrastaba con la inquietud de antes.

  —Tú eres ese viento para mí. Desde que llegaste, has traído calma a mi vida. Me gustaría que tuvieras ese nombre. Alízea… me da paz solo decirlo.

  —?Amo! —gritó la sílfide, lanzándose a abrazarlo con fuerza desbordante. El brillo en sus ojos ya no era de tristeza, sino de emoción pura —?Entonces me esforzaré al máximo! ?Seré digna de llamarme así!

  Reinhard sonrió de lado y le dio un leve codazo a Cáliban.

  —?Y tú? ?Ya pensaste cómo llamarás al tuyo?

  Cáliban se cruzó de brazos, pensativo.

  —Tengo una idea… pero no sé si le gustará. Supongo que estoy por averiguarlo.

  El profesor Cunim se acercó con intriga, sus ojos estaban clavados en la sílfide que se aferraba con ternura a Joseph.

  —?Vaya! Parece que tú y tu espíritu tienen un vínculo muy profundo, ?No es así? —dijo, con una sonrisa que ocultaba su sorpresa bajo la barba —Eso es algo muy bueno, joven Sephir. Ahora, si no te molesta... ?Podrías completar el contrato? Me encantaría presenciarlo.

  —Eh… sí, claro. —respondió Joseph, nervioso. Tragó saliva mientras todos los presentes clavaban sus miradas en él.

  Se adelantó unos pasos hasta una zona más despejada del claro. Los demás retrocedieron en silencio, dejando que el joven tuviera su espacio. El ambiente se impregnó de una quietud expectante, como si hasta el viento contuviera el aliento.

  —?Qué debo hacer exactamente? —preguntó Joseph, volviéndose hacia el profesor con ansiedad.

  Cunim se acarició la barba con lentitud, como si saboreara cada palabra antes de dejarla salir.

  —No existe una forma única o correcta de sellar un juramento espiritual. Solo debes hablar desde el corazón. El vínculo es tuyo, y las palabras deben surgir de tu alma. Conecta con tu espíritu. Dale un nombre que represente lo que significa para ti… si ella lo acepta, entonces el contrato estará completo.

  —Entiendo… —murmuró Joseph, bajando la mirada por un instante.

  Permaneció en silencio. Luego, alzó la vista hacia el cielo abierto. Era un día hermoso. El azul profundo se extendía hasta perderse en el horizonte, y las nubes flotaban con pereza, como si no quisieran perturbar la calma del aire. Ese cielo le recordaba a su hogar. A lo que alguna vez fue.

  Respiró hondo. La voz que emergió de sus labios no fue fuerte, pero cada palabra llevaba el peso de su historia.

  —Siempre he sido torpe… indeciso… y cobarde…

  Los murmullos entre los espectadores comenzaron a crecer, perplejos ante aquel inicio tan poco heroico. Pero Reinhard y Cáliban no dijeron nada. Ellos sabían.

  En la mente de Joseph, cada palabra abría una herida ya cicatrizada. Vio con claridad la noche en que lo perdió todo… la sangre, la lluvia, los gritos. Recordó la última sonrisa de su hermano, la despedida sin palabras de su padre, el calor del abrazo de su madre que jamás volvió a sentir.

  Revivió los a?os de miseria, de hambre, de sed, de noches sin techo. Las fiestas ajenas, vistas a través de ventanas iluminadas, donde familias reían mientras él se acurrucaba en la oscuridad de los callejones, tiritando, deseando ser parte de algo.

  Un viento suave acarició su mejilla, como si su espíritu respondiera a esa melancolía silenciosa.

  —Pero quiero cambiar… —la voz de Joseph temblaba, aunque no por miedo —Quiero ser mejor. Cada momento de vida es un regalo. Cada instante, cada suspiro, cada roce del viento que te recuerda que estás vivo… todo eso es un regalo. Igual que tú.

  La sílfide apretaba los labios, temblorosa, luchando por contener el llanto. Sus ojos brillaban como el rocío a la luz del día.

  —No sé lo que me depara el destino, no puedo prometer certezas… —prosiguió Joseph, con la mirada al cielo —Pero sí puedo prometerte esto. Cada día intentaré ser mejor. Porque sé que estarás a mi lado. Y con la mano en el pecho, con todo lo que soy… te hago este juramento.

  Sus dedos temblaban al colocarse sobre el corazón.

  —Pase lo que pase, lo superaremos juntos. Y como prueba de ello… yo te nombro Alízea.

  En ese instante, el viento se levantó con un ímpetu salvaje y puro. Alízea, la sílfide, cerró los ojos y aceptó. Su cuerpo brilló con una luz esmeralda, y los vientos danzaron alrededor de ambos, como si la tierra misma reconociera el pacto sellado. Un torbellino se alzó en espiral, elevándose al cielo como una columna sagrada.

  El contrato había sido sellado.

  —?Felicidades, joven Sephir! —exclamó el profesor Cunim con orgullo genuino —Ha formado su primer contrato espiritual. Ha pasado el examen… y con excelente nota, debo a?adir.

  Joseph jadeó suavemente, pero no de cansancio. Sentía algo distinto, algo vibrante recorriéndole cada fibra del cuerpo. No era dolor… era vida.

  —Profesor… ?Qué es esto que siento?

  El anciano sonrió con calma, como aquel que contempla el florecer de una nueva era.

  —Es ánima. Es la energía que nace de la unión entre contratista y espíritu. Es una corriente única… una fusión de dos almas que se complementan. ?Cómo te sientes?

  —Me siento… repleto. Como si pudiera hacerlo todo… como si por fin, algo dentro de mí tuviera sentido.

  —Recuerda bien esa sensación, muchacho. —respondió Cunim, alejándose para supervisar a los demás —Porque cuando regresen de las vacaciones, les espera un camino difícil. Que no se te suba a la cabeza…

  Mientras Joseph era rodeado por la brisa suave de su nueva compa?era, Cáliban observaba en silencio, cruzado de brazos. Su turno se acercaba. Se preparaba para hacer su juramento, pero algo lo distrajo. Una voz surgió en su mente, clara como el sonido de una gota en el silencio.

  ?Maestro… ?Ya ha elegido mi nombre??

  Cáliban cerró los ojos. La conexión mental entre ellos era tan nítida que sentía cada vibración del espíritu.

  —Creo que sí… ?Te gustaría que te llamara Ocelotl?

  ??Ocelotl…?? —repitió la criatura en su mente. ?Ese nombre… lo he oído en uno de sus recuerdos…?

  —Sí. Observa…

  Cáliban permitió que sus recuerdos fluyeran hacia su espíritu. El espíritu recorrió esas memorias lentamente, absorbiéndolas como si fueran ecos olvidados de un origen lejano.

  ?Me sentiría honrado de tomar ese nombre.?

  —Bien… —dijo Cáliban, al tiempo que comenzaba a canalizar su energía a través de los brazos, que brillaban tenuemente.

  —Por cierto… —a?adió, entrecerrando los ojos —?Cuál es tu verdadera forma?

  Hubo un leve silencio. Entonces, la voz del espíritu respondió, algo sorprendida.

  ?No se le escapa nada, maestro. Lo cierto es… que no lo recuerdo bien. Mi primer recuerdo es una estrella. Yo viajaba en ella. Atravesábamos el espacio a una velocidad que no puedo describir. Hasta que… caí en este mundo.?

  Cáliban guardó silencio, atento.

  ?Lo primero que sentí fue hambre… una necesidad brutal. Al poco tiempo, encontré un cadáver… un corcel grande, con un cuerno en la frente. Creo que lo llamaban unicornio. Al devorarlo, tomé su núcleo, lo que me permitió transformarse en él. Y desde entonces… es la única que he conocido.?

  —Esa estrella… —Cáliban frunció el ce?o, intrigado —?Los que te llevaron hasta ella… lograron encontrarla de nuevo?

  ?No lo creo.? —respondió la voz en su mente, con un eco de duda. ?Aunque tampoco descartaría la posibilidad. Después de todo… eso fue hace mucho tiempo.?

  —Bueno, aunque lo hayan hecho, dudo que puedan usarla. —dijo Cáliban con un suspiro —Tendrían que esperar a que se enfríe… y eso podría tomar décadas.

  ??Usted… desea la estrella??

  —Sería una herramienta formidable. —admitió, con una leve sonrisa —Podría forjar algo útil… tal vez incluso un equipo decente.

  ?Entiendo. Cuando salgamos al mundo exterior, lo guiaré hacia ella. Está enterrada… pero su corazón sigue latiendo.?

  —Gracias.

  Cáliban levantó los brazos, su mirada era firme, y comenzó a canalizar su energía. Un aura carmesí brotó de su cuerpo como una marea viva, oscilando en torno a él como fuego líquido. Todos los presentes se detuvieron, cautivados por el fulgor hipnótico.

  El profesor Cunim, que supervisaba desde la distancia, entornó los ojos y pensó para sí mismo.

  ?Desde que ese espíritu fue transferido a la academia… nada. No importa cuántos textos antiguos revisé, ni los rituales que intenté. No había ninguna respuesta. Ninguna forma de comunicación. Solo había silencio absoluto. ?Podrás domarla, joven Cáliban…??

  Su sonrisa se ladeó con una sombra de ambición apenas disimulada. Pero, como suele suceder con las expectativas… se derrumbaron en un instante. Cáliban habló con voz clara, firme y sin ceremonia.

  —Yo te nombro, Ocelotl.

  Un estallido de energía se manifestó en forma de chispas que rodearon su brazo, dibujando líneas arcanas que se apagaron lentamente en el aire. El ritual estaba completo. Sin fuegos artificiales, sin tormentas. Solo aceptación.

  Joseph y Reinhard se acercaron enseguida, con los ojos muy abiertos.

  —?Eso es todo? —preguntó Joseph, desconcertado.

  —?A qué te refieres?

  —Bueno… no es que quiera juzgarte… —intervino Reinhard, cruzándose de brazos —pero fue bastante… ?Simple? Se supone que el juramento espiritual es un momento sagrado, una conexión emocional profunda… y tú solo le diste un nombre.

  —?Y al final no aceptó el contrato? —replicó Cáliban con calma —Eso es lo que importa.

  Los demás callaron, sin poder contradecirlo. La lógica era irrefutable. El profesor Cunim se acercó entonces, cargado de curiosidad.

  —Joven Cáliban… ?Sucedió algo inesperado? Vi su ritual y… bueno, fue bastante directo.

  —No hay nada de qué preocuparse, profesor. El vínculo se estableció. Todo salió como debía salir.

  Cunim alzó una ceja, con evidente incredulidad.

  —?De verdad? Entonces no le molestaría darme una peque?a prueba… ?Verdad?

  El aire se tensó. Joseph y Reinhard miraron a Cáliban, que permanecía inmóvil por un instante. Una peque?a sonrisa asomó en el rostro del joven.

  —?Qué clase de prueba, profesor?

  —Algo sencillo. —replicó Cunim, aunque su tono traicionaba la expectativa que ardía bajo la superficie —Una muestra de poder. Algo que confirme lo que hemos presenciado. Por simple protocolo, claro…

  El silencio se hizo más denso, como una bruma invisible que envolvía a los presentes. Cáliban entrecerró los ojos.

  —Por supuesto… —respondió con serenidad, aunque su voz ocultaba el esfuerzo de mantener el control.

  Alzó el brazo, concentrando lentamente su energía. A pesar de que sus heridas exteriores ya estaban curadas, sabía que sus arterias internas seguían frágiles, y un exceso de poder podría abrirlas nuevamente. Con extremo cuidado, colocó su mano en el suelo. La tierra vibró sutilmente… y entonces emergió con violencia una enorme pared de piedra roja, firme como un muro ancestral.

  El profesor Cunim entrecerró los ojos, observando el material y su reacción al entorno.

  —Elemento tierra… —murmuró con interés —Así que su espíritu es del elemento tierra… curioso. Muy curioso.

  Su mirada se desvió brevemente hacia Ocelotl, que permanecía en silencio, vigilante.

  —Bueno, todo parece en orden. —a?adió con una sonrisa apenas disimulada —Buen trabajo.

  Así, con la última prueba concluida, el examen finalizó por completo. Sin más que hacer, los tres compa?eros abandonaron el recinto y se dirigieron sin demora hacia el gremio. Mientras caminaban por el sendero arbolado, Joseph rompió el silencio, picado por la curiosidad que lo carcomía desde antes.

  —Oye, Cáliban… —dijo, con el tono bajo pero claro —?Quién era Ocelotl? ?Fue alguien importante para ti?

  —Era mi perro. —respondió él sin detenerse, en tono seco y sin emoción aparente.

  Joseph y Reinhard intercambiaron una mirada silenciosa. Una mascota… era importante, sí, pero… ?Digno de nombrar así a un espíritu ancestral? No pudieron evitar preguntarse si había algo más detrás de esa elección. Sin embargo, Cáliban continuó en silencio, caminando con la mirada fija en el suelo, como si sus pasos lo guiarán a través de recuerdos más pesados que el tiempo.

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  ?Por qué un perro?, se preguntaron. Más aún… ?Por qué el espíritu aceptó sin dudar ese nombre, con tanta solemnidad?

  Lo cierto era que Ocelotl había sido mucho más que un simple animal. Era un pastor alemán de noble corazón. Su lealtad fue absoluta durante la Guerra Santa, en esa era postapocalíptica en la que Cáliban conoció el hambre, la traición y el horror de un mundo colapsado. Ocelotl no solo lo acompa?ó… lo salvó en más de una ocasión. Veló por él mientras dormía, cazó cuando no había comida, y permaneció a su lado incluso cuando los humanos ya no lo hicieron.

  Pero su historia terminó como terminan las de los grandes héroes… con sacrificio.

  Durante una emboscada en su primera vida, Cáliban fue atacado por un demonio débil, pero poderoso para un humano normal. En ese entonces, las balas no podían herirlo. Al ver el peligro, intentaron huir, pero la criatura era demasiado rápida. Entonces, Ocelotl, sin dudar, se detuvo y enfrentó al demonio para darle a su amo la oportunidad de escapar.

  Cáliban corrió sin mirar atrás. Pero el eco de la batalla quedó grabado en su memoria. Los gru?idos, los rugidos, los gritos… días después, cuando regresó, encontró el cuerpo destrozado de su compa?ero. Lloró durante horas, sosteniendo el cuerpo inerte de aquel que fue su única familia. Luego cavó con sus propias manos una tumba. No había cruz, ni flores, pero sí amor, respeto y una promesa jamás dicha.

  Ahora, el espíritu que llevaba su nombre conocía esa historia. La había visto en sus recuerdos. Sabía lo que ese nombre significaba. Por eso no necesitó un juramento. Solo lo aceptó. Porque lo comprendía.

  Mientras bajaban en el elevador hacia la ciudad baja, Cáliban sacó una hoja doblada de su bolsillo y se la entregó a Joseph.

  —?Podrían hacerme un favor? —dijo sin mirarlos —Quiero que lleven esto al Palacio Gremial antes de irnos. Yo iré a la mansión a buscar algunas cosas.

  Joseph desdobló el papel. Era una solicitud de registro de gremio. Cáliban extendió la mano, tocó la de Reinhard, y al instante, una transferencia de fondos fue enviada a su cuenta mediante la marca vinculada. Los números brillaron por un instante en su piel antes de desaparecer.

  Pero al revisar el documento, Joseph notó algo.

  —Cáliban, aquí no has puesto el nombre del gremio… ?Ya decidiste cómo se llamará?

  El joven se detuvo por un momento. El viento acarició su abrigo mientras hablaba sin mirar atrás.

  —No lo sé. Honestamente… no me importa. Pónganle el que gusten.

  Y sin a?adir palabra, se alejó, perdiéndose entre la multitud que comenzaba a llenar las calles al atardecer.

  Joseph y Reinhard intercambiaron una mirada larga, cargada de incertidumbre. El silencio que dejó Cáliban parecía envolverlos como una bruma espesa. ?Qué nombre ponerle a algo tan importante? Ambos sabían que no podían tomarlo a la ligera… pero tampoco podían quedarse sin hacer nada.

  —?Cómo le pondremos entonces?... —murmuró Joseph, con una ceja arqueada.

  Reinhard se encogió de hombros.

  —Tú eres el de las ideas creativas.

  Joseph sonrió, como si ya hubiese pensado en algo. Chasqueó los dedos.

  —?Vamos al Palacio Gremial! Ya se me ocurrirá algo en el camino.

  Ambos salieron corriendo por la avenida, cruzando entre comerciantes, estudiantes y aventureros, riendo como si hubieran recuperado la infancia.

  Mientras tanto, en la Casa de los Especiales, la profesora Rain se encontraba en medio del vestíbulo, rodeada de jóvenes que escuchaban atentos sus últimas indicaciones. La atmósfera estaba impregnada de entusiasmo. Algunas mochilas ya estaban listas, los hechizos de transporte chispeaban en los portales y la ilusión del descanso comenzaba a colarse en el aire.

  —Bueno, jóvenes, me alegra saber que todos han superado sus exámenes con éxito. —dijo la profesora con una sonrisa amplia —Si ya no tienen ninguna otra tarea en la academia, las puertas de teletransporte hacia los pueblos más cercanos están activas desde hoy. Pueden retirarse cuando lo deseen. ?Les deseo unas felices vacaciones! Los esperamos dentro de un mes y medio…

  Un murmullo general se elevó entre los estudiantes. Algunos aplaudieron, otros simplemente suspiraron aliviados. Cáliban, sin embargo, permanecía ajeno al bullicio, su mirada fría, estaba centrada en un solo propósito. Se acercó con paso firme a la profesora.

  —Profesora Rain, ?Se encuentra el profesor Yannes?

  Ella lo miró con curiosidad.

  —Oh, sí, está en su estudio, como siempre. ?Todo bien?

  —Gracias. —respondió sin más, y se despidió con una leve inclinación de cabeza.

  Subió las escaleras con un ritmo constante, ignorando el bullicio y las despedidas. Frente al despacho del profesor Yannes, se detuvo justo antes de tocar. Desde el otro lado, una voz grave y serena lo anticipó.

  —Puedes pasar, joven Cáliban.

  Abrió la puerta. El despacho olía a cuero viejo, tinta y magia. Montones de pergaminos y libros flotaban alrededor del escritorio, acomodándose solos a medida que eran consultados. El profesor Yannes, con su mirada aguda tras unos lentes delgados, no se sorprendió de verlo.

  —Toma asiento. —dijo sin levantar la vista.

  Cáliban obedeció y, tras un breve silencio, habló.

  —Me gustaría hacerle una solicitud.

  —Adelante. —el profesor dejó la pluma y se quitó los lentes, posándolos con cuidado sobre el escritorio —?En qué puedo ayudarte, joven Cáliban?

  —Quiero pedir permiso para quedarme en el gremio durante las vacaciones.

  Yannes frunció ligeramente el ce?o.

  —?No te apetece quedarte en la mansión? Es cómoda, segura… incluso puedes entrenar allí si lo deseas.

  Cáliban negó con la cabeza, su expresión era imperturbable.

  —No me quedaré en el gremio como tal. Planeo descender a la mazmorra… y pasar todas las vacaciones ahí abajo.

  El profesor lo miró fijamente. Sus ojos, cargados de experiencia, buscaron alguna se?al de duda en el rostro del joven. Pero no encontró ninguna.

  —?Quedarte en la mazmorra… todas las vacaciones? —repitió con tono grave —?Estás completamente seguro?

  —Sí. —respondió con firmeza, sin titubeos —Es necesario.

  Un silencio tenso llenó la sala, interrumpido solo por el crujido de una página que se deslizaba en el aire.

  —?Acaso está prohibido? —preguntó con tono neutro.

  —No es que esté prohibido… —respondió el profesor Yannes, llevándose una mano a la barbilla —De hecho, hay estudiantes que se quedan semanas, a veces incluso un mes, solo para despejar un piso. Pero, por lo general, eso ocurre en a?os superiores… No pensaba que tú entrarías tan pronto.

  Hubo un silencio breve. El profesor lo observó detenidamente, calibrando la determinación que podía leer en sus ojos. Finalmente, suspiró.

  ?Bueno, son solo los primeros niveles… no creo que tenga mayores problemas? —pensó.

  —Está bien. —asintió —Puedes quedarte ahí, solo ten cuidado. —Abrió ligeramente un cajón del escritorio y sacó una piedra cuadrada, pulida, con tenues runas verdes que brillaban levemente —Esta es una piedra de escape. Si te encuentras en una situación peligrosa, rómpela. Te teletransportará fuera de la mazmorra al instante. No olvides lo que te ense?aron en la clase de Calabozos y Mazmorras.

  Cáliban tomó la piedra con cuidado, asintió en silencio y realizó una leve reverencia como muestra de agradecimiento. Sin decir más, salió del despacho y se dirigió a su habitación para preparar sus maletas.

  El profesor lo observó mientras se alejaba, entrecerrando los ojos con cierta inquietud.

  ?Espero que no suceda nada malo…?

  Mientras caminaba por el pasillo, Cáliban detectó una presencia familiar. No se volteó, pero supo que era Dimerian quien lo seguía a la distancia. Eligió no decir nada, prefiriendo esperar a que se acercara por su cuenta.

  Al llegar a su cuarto, abrió la puerta, sacó las maletas que ya tenía preparadas con antelación y comenzó a guardar su ropa con eficiencia. Estaba doblando una camisa cuando escuchó que alguien tocaba la puerta.

  Al abrirla, se encontró con el propio Dimerian, de pie, algo encorvado y claramente nervioso.

  —Dimerian… ?Qué sucede?

  El joven juntó las manos frente a sí, con indecisión. Se notaba que estaba reuniendo el valor para hablar.

  —Yo… ?Tienes un momento?

  —Sí, claro. Pasa.

  Cáliban volvió a empacar mientras Dimerian se sentaba en silencio al borde de la cama, frotándose las manos. El ambiente se volvió tenso, incómodo. Finalmente, Cáliban lo miró de reojo.

  —Y bien… ?Qué necesitas?

  Dimerian, con un leve temblor en las manos, sacó una hoja doblada de su bolsillo y se la entregó. Cáliban la tomó con cautela y comenzó a leer.

  Era una solicitud de ingreso al gremio. Levantó la vista, sorprendido.

  —?Entrar? ?Por qué quieres entrar a mi gremio? Sabes que no somos un club de herrería, ?No?

  Dimerian bajó la mirada, apretando los labios.

  —Lo sé… pero… no es por la herrería.

  Cáliban alzó una ceja, esperando que continuara.

  —Bueno… no lo sé… solo quería probar suerte, ?Tal vez? Pensé que podría hacer algo bueno, al menos si gano un poco… Ah, no es que quiera menospreciarlos, ?Puedo reparar sus armas o ayudarte en la forja! Lo que sea… me aseguraré de hacerlo bien…

  Cáliban lo miró con curiosidad.

  —?Y por qué esperaste hasta ahora?

  Dimerian bajó la mirada, claramente avergonzado.

  —No tenía confianza… pero necesito dinero, así que… —suspiró suavemente —Entenderé si no quieres aceptarme…

  Cáliban se llevó la mano al mentón, pensativo.

  —?Has intentado la cacería? Los materiales suelen venderse bien…

  —No… la lucha se me da mal… terriblemente mal…

  Cáliban alzó una ceja, intrigado.

  —De hecho… no era mi intención, pero escuché tu conversación con el profesor Yannes. Te quedarás en la mazmorra todas las vacaciones, ?No es así? Yo también me quedaré. Podría ir contigo y ser tu mochilero, si gustas…

  —?No irás a casa?

  —No… no lo creo… no quiero ir…

  Dimerian hablaba con un tono apagado, como si le costara admitirlo. Había algo en su mirada… no era tristeza exactamente, sino una mezcla de apatía e indiferencia que revelaba mucho más que sus palabras. No parecía tener un lugar al que realmente deseara regresar.

  Cáliban lo notó y asintió en silencio.

  —Entiendo… De ser así, puedo aceptarte. Pero tendrás que cumplir con algo primero…

  Los ojos de Dimerian se iluminaron por un momento.

  —?Lo que sea!

  —Tendrás que entrenar. Con un régimen muy estricto…

  En menos de un segundo, la chispa en su rostro se apagó otra vez.

  —Pero, yo…

  —Sin peros. O lo haces o no lo haces. No hay puntos medios. Este mundo no es amable, Dimerian… si no tomas decisiones firmes, no lograrás nada…

  El peso de sus palabras pareció clavarse en el pecho de Dimerian, dejándolo sin aire. Se quedó callado unos segundos, procesando lo que acababa de escuchar. Luego, con un esfuerzo casi visible, alzó la vista y asintió.

  —Bien… daré lo mejor de mí… aunque… no esperes mucho de mí…

  Cáliban sonrió ante su respuesta. Segundos después, Cecilia se asomó por la entrada; él notó que intentaba ocultarse tras la pared.

  —Perfecto, ve a hacer tu maleta entonces. Nos iremos dentro de poco, tengo otro asunto que atender…

  —Ah, sí… entiendo. Nos vemos en un rato…

  Dimerian abandonó la habitación, dejando paso a Cecilia.

  —?Puedo ayudarte en algo? —preguntó Cáliban con seriedad.

  —?No irás a casa?... —preguntó ella con un poco de desánimo.

  —Sabes que yo no tengo un hogar, Cecilia…

  Su mirada se perdió en la nada.

  —Lo siento, no quería…

  —Está bien, no necesitas disculparte…

  Cecilia comenzó a alejarse por el pasillo. Antes de irse, se volvió hacia él.

  —Nos vemos… que tengas unas buenas vacaciones…

  —Tú también. —respondió él, mirándola a los ojos.

  Mientras caminaba por el pasillo, Cecilia se encontró con Nhun.

  —?Hablaron?

  —Sí…

  —?Le dijiste?

  Pero Cecilia ignoró la pregunta, apretó el paso y se dirigió en silencio a su habitación.

  —Vámonos… tenemos maletas que hacer…

  Nhun suspiró largamente. Sabía que Cecilia quería hablar con Cáliban sobre la situación con el gremio, pero no había tenido el valor. En su interior, se recriminaba por su timidez, por no atreverse a decir lo que sentía.

  Una vez que Cáliban terminó de empacar, se dirigió hacia la puerta principal para despedirse de todos. Astrid se le acercó.

  —?Usted también irá a casa, líder?

  —No. Me quedaré en el gremio a entrenar durante las vacaciones…

  En ese momento, Juliana se unió a la conversación.

  —Qué triste… ?No quieres ir a mi isla? Podrías pasarlo bien durante las vacaciones…

  Cáliban esbozó una sonrisa amarga.

  —No, gracias. Creo que descansaré mejor sabiendo que ninguna amazona intentará empalarme mientras duermo…

  Ambas rieron levemente.

  —Bien, tú te lo pierdes… por cierto, conforme a lo que pediste… intentamos ayudar a Cecilia y Elizabeth pero…

  Juliana miró de reojo a Astrid, quien permaneció tranquila hasta el momento.

  —Líder, no creo que sea bueno involucrarnos con ciertas personas. —dijo Astrid, mirando de reojo a Elizabeth, quien se adentraba en su carruaje —Espero que pueda recapacitar… podríamos hacer otra cosa para compensarlo…

  Cáliban se puso más serio que de costumbre.

  —No… si quieren las ventajas del gremio, yo no tengo problemas, pero tienen que poner de su parte. Cuando las vacaciones terminen, vuelvan a intentarlo…

  Astrid asintió a rega?adientes, sin mostrar sus verdaderos sentimientos. Juliana asintió de igual forma, se dio media vuelta y se dirigió a su carruaje, donde la esperaba Randa. También Edmund y Liviana aguardaban en sus respectivos vehículos, atentos al embarque de sus se?oras. No fue difícil notar que observaban a Cáliban con cierta cautela.

  —?Qué les pasa a sus mayordomos? No dejan de mirarme así…

  Elizabeth y Astrid intercambiaron una mirada silenciosa, sin responder.

  —Bueno, supongo que debo irme ahora. Que tengan unas buenas vacaciones.

  —Sí, yo también debería marcharme. Nos vemos, líder.

  Ambas se despidieron con amabilidad. A su vez, Argos, Catherine y Similia intercambiaron palabras de despedida y partieron en sus respectivos carruajes. Al pasar junto a Cáliban, Argos le dedicó una sonrisa cínica, claramente jactándose de su fortuna, pero Cáliban lo ignoró sin inmutarse.

  A lo lejos, Nhun y Cecilia también se despedían mientras subían a su carruaje. Aunque Cecilia aún parecía desanimada, al menos estaba a salvo, y eso era suficiente para él. Al subir al vehículo, se llevaron una inesperada sorpresa. En su interior ya se encontraba lord Xander, quien les ofreció una cálida bienvenida.

  —?Lord Hilloy! No sabíamos que este carruaje ya estaba apartado, lo sentimos. —dijo Cecilia con cortesía.

  —Oh, no se preocupen. Tengo asuntos que atender en villa Reidell. Espero que no les moleste mi presencia…

  Nhun sonrió con entusiasmo.

  —?Está bien! ?Nos contaría historias de sus viajes? Siempre he querido oír alguna…

  —Por supuesto… pregunten lo que quieran…

  El carruaje partió suavemente por el camino, y mientras tanto, Cáliban llegó al gremio con sus maletas. Dejó sus pertenencias entre los sillones justo cuando Reinhard y Joseph hicieron su aparición, portando buenas noticias.

  —?Cáliban, ya hemos registrado el gremio!

  —Ya veo. Me alegra que todo esté en orden.

  En ese instante, Dimerian se acercó con sus maletas, listo para asistir a la mazmorra.

  —Ya vine…

  Reinhard y Joseph lo miraron con desconcierto al ver el equipaje. Cáliban se acercó para asignarle una tarea.

  —Bien, puedes dejar las maletas adentro. Necesito hablar con ellos antes de irnos. Por favor, toma esta lista. —Cáliban sacó una hoja de su bolsillo y le transfirió algo de dinero mediante la marca —Compra todo lo que está ahí, vamos a necesitarlo más adelante.

  Dimerian asintió, visiblemente entusiasmado con su primera orden. Se alejó por la calle en dirección al mercado de Hilloy.

  Mientras tanto, Cáliban guió a Reinhard y Joseph hacia su castillo.

  —?Por qué Dimerian lleva sus maletas al gremio? —preguntó Joseph, aún confundido.

  —He decidido aceptarlo también. No es una mala persona, pero su escasa voluntad y su obsesión con la herrería lo vuelven insoportable para la mayoría de los clubes y gremios. Me pidió el favor de dejarlo entrar…

  —De ser así, ?Por qué lo aceptaste? —intervino Reinhard.

  Cáliban guardó silencio unos segundos, meditando sobre el motivo por el cual aceptó a Dimerian. Tal vez trataba de ayudar a alguien que le recordaba a su antiguo yo… mucho antes de ser lo que ahora es. Tal vez sería una gran idea tener un ayudante más. Tal vez sintió lástima por el desprecio y los insultos a los que era sometido por no ser juzgado como digno de pertenecer a un lugar. Dimerian era un joven que no dudaba en apartarse de los demás, siempre ocultando su mirada tímida y miedosa bajo su largo cabello rizado. Fuera cual fuera el caso, poco importaba ahora que lo había aceptado.

  Finalmente, respondió con un tono apagado.

  —No lo sé… tal vez sea mi autoindulgencia o algo por el estilo. Pero lo hecho, hecho está…

  Reinhard asintió con comprensión.

  —Entiendo. Pero ?Por qué llevarlo al gremio? ?No debería quedarse en la mansión?

  —Ah, eso es porque no nos quedaremos en la mansión. Nos iremos a la mazmorra. Pasaremos ahí todas las vacaciones…

  —??Qué? ?En la mazmorra?! —exclamó Reinhard, incrédulo.

  Cáliban solo los miró con una sonrisa serena. Mientras caminaban por los pasillos del castillo, los condujo hasta una sala en el segundo piso. Una enorme puerta con un sello rojo se alzaba ante ellos. Con un leve movimiento de dedo, Cáliban disipó el sello y empujó la puerta.

  Al entrar, se encontraron con un cuarto vasto. Era una biblioteca repleta de libros que desprendían diversas energías y adoptaban múltiples formas. Desde cualquier ángulo parecía no tener fin, con estanterías que se extendían en espiral hacia lo alto, perdiéndose en el cielo. Escalones flotantes y corredores interminables se entrelazaban en el aire.

  Reinhard y Joseph quedaron anonadados.

  —?Qué es este lugar? —preguntó Joseph, asombrado al observar todo a su alrededor.

  —Es la Biblioteca Abisal. Aquí guardo toda clase de libros ancestrales, algunos tan peligrosos que, con tan solo abrir una página, podrían destruir este planeta…

  El asombro de ambos se transformó en un temor palpable tras oír esas palabras.

  —?Y qué hacemos aquí entonces? Si es tan peligrosa, no deberías dejar que cualquiera entre…

  Cáliban sonrió con calma.

  —Tienes razón. No dejó entrar a cualquiera…

  —Espera… ?Quieres decir que podremos leer todo esto? —preguntó Joseph, con una mezcla de emoción y confusión.

  —No… no es tan simple. En este lugar hay libros que pueden llevarte a la más profunda locura y desesperación si no estás preparado. Así que no, no podrán leer todo, al menos no hasta que entrenen su mente. He revisado mi índice y seleccionado los textos más débiles. Creo que estos estarán bien para ustedes…

  Cáliban chasqueó los dedos, y un suave aleteo resonó por toda la sala. Desde el primer nivel, varios libros comenzaron a volar hacia ellos.

  —Durante meses han soportado un entrenamiento infernal. Han vomitado, llorado, orinado y sudado para esto. Ahora, sus cuerpos cumplen con el requisito básico para aprender artes de nivel cero… Primero, para Reinhard, el libro de Técnicas de Lanza Básicas. —el libro voló directamente hacia sus manos —Y para Joseph, Dualidad de las Espadas para Principiantes. Aunque parezcan simples, les aseguro que valen la pena…

  A pesar de sus nombres modestos, con tan solo leer la primera página ambos notaron el nivel de complejidad de las técnicas. Reinhard, más experimentado con este tipo de manuales, pensó:

  ?Este libro debe ser, como mínimo, de nivel cinco u seis… ?Y esto es uno básico??

  —Asegúrate de estudiarlo con diligencia en tu hogar, Reinhard.

  —?En mi hogar? ?De qué hablas? ?No los acompa?aré a la mazmorra?

  Cáliban negó con la cabeza.

  —Contrario a Joseph y a mí, tú tienes un hogar al que regresar, personas que te esperan y un pueblo que necesita tu ayuda. Ve con ellos.

  Reinhard sintió una punzada de tristeza al comprender que no lo acompa?aría, pero sabía que tenía responsabilidades que no podía ignorar. Así que asintió en silencio.

  —Por cierto… ?Cómo podré explicarle esto a mi padre? Si me ve practicando con un libro de este nivel…

  —No hay problema con eso. Ven aquí.

  Reinhard se acercó con el libro en mano. Cáliban tocó el libro con dos dedos y luego formó una marca en la frente de Reinhard. Al activarla, una pantalla repleta de caracteres flotó frente a él.

  —?Esto es…!

  —Así podrás consultar su contenido sin miedo a que alguien más lo vea.

  —Qué interesante…

  Cáliban repitió el mismo proceso con Joseph. Luego, ambos se retiraron a la mansión para empacar sus pertenencias. Más tarde, Reinhard abordaría su carruaje para dirigirse al portal más cercano, mientras Joseph regresaría al gremio con su equipaje, listo para partir a la mazmorra.

  Pasadas unas horas, Dimerian llegó con todo lo que Cáliban le había encargado. Equipo, ropa, herramientas, armas y toda clase de suministros necesarios para sobrevivir durante el mes y medio que durarían las vacaciones.

  Sin más que preparar, los tres se encaminaron hacia la entrada de la mazmorra.

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