Era un lugar oscuro y silencioso, envuelto en una quietud antinatural. Las farolas no funcionaban. Las ventanas estaban cerradas. Ni un solo haz de luz de luna conseguía penetrar las densas nubes que cubrían el cielo. Parecía un espacio apartado del mundo.
—?Este es el lugar? —preguntó Reinhard, bajando un poco la voz, casi instintivamente.
—Según el expediente, sí. —respondió Cáliban, revisando los documentos una vez más —Aquí ocurrió la desaparición de Auralk Liepir. Alumno de tercer a?o. Según su grupo, se quedó hasta tarde para terminar los informes administrativos. Salió solo, cerca del toque de queda.
Siguieron caminando, y pronto llegaron al fondo de la calle. Una peque?a construcción de madera y metal oxidado aparecía en la esquina. Una placa colgaba torcida sobre la puerta con el nombre del gremio.
—Aquí debió ser. —Cáliban se?aló el local —Cerró el lugar y salió apresurado. Ya era tarde.
Continuaron caminando por el trayecto que habría seguido Auralk, paso a paso, desde el gremio hasta el final de la calle.
—Es raro… —murmuró Reinhard, observando el entorno —Esta calle no es tan larga. Desde aquí, habría alcanzado la avenida principal en pocos minutos. Si alguien lo atacó en el trayecto, alguien tendría que haberlo visto… o escuchado.
Cáliban se detuvo. Su mirada escaneó todo el callejón, desde los muros hasta el empedrado. Algo no cuadraba.
—?Y si tenía prisa? Tanta que decidió tomar un atajo… —Giró hacia Reinhard. —Ensé?ame el mapa.
Reinhard sacó la hoja y la extendió horizontalmente, manteniéndola firme bajo una tenue luz mágica que Cáliban conjuró.
—Mira. —se?aló Cáliban —Según esto, los callejones que conectan esta calle son cuatro. Ninguno lleva directamente a la avenida. Todos terminan en muros o patios internos. No hay salida útil.
Reinhard arrugó la mirada.
—Tienes razón. Si lo que quería era llegar rápido, no habría tomado ninguno de ellos. Todos son callejones sin salida… ?Entonces?
Cáliban ladeó la cabeza y levantó un dedo.
—Ahora. Olvida el mapa un momento. Míralo con tus propios ojos. ?Cuántos callejones ves desde aquí?
Reinhard alzó la vista. Se adelantó unos pasos y comenzó a contarlos en voz baja, uno por uno. Se?alaba con el dedo cada entrada estrecha entre los edificios.
—Uno… dos… tres… cuatro… —hizo una pausa, desconcertado —cinco.
Se quedó inmóvil. Luego bajó lentamente el brazo, su mirada alternó entre el mapa y la calle.
—No puede ser…
—Sí. —dijo Cáliban con voz grave —El mapa muestra cuatro callejones. Pero desde aquí podemos ver cinco.
Reinhard giró sobre sus talones, repasando otra vez cada entrada.
—?Estamos seguros de que el mapa está actualizado?
—Este fue entregado por la administración hace solo unos días. Está trazado con runas activas para registrar cambios estructurales. Si el callejón estuviera ahí de forma permanente… el mapa lo mostraría.
Ambos observaron el callejón ausente con atención. Era como los otros a simple vista.. estrecho y encajado entre dos edificios. Pero algo en él era distinto. No por lo que mostraba, sino por lo que no.
—No hay número en la pared. Según esto… ese callejón de ahí no debería existir. —murmuró Reinhard, aún mirando con desconfianza la entrada entre los edificios.
A medida que se acercaban, un aroma penetrante comenzó a invadirles la nariz. Era denso, metálico… reconocible.
—?Lo hueles? —preguntó Reinhard, arrugando el ce?o.
—Sí… sangre seca.
El aire se volvió más espeso. Cáliban activó su Mirada Celestial. Sus pupilas carmesí brillaron con intensidad tenue. Lo que se reveló ante él fue un pasaje marcado por manchas oscuras en las paredes, salpicaduras secas que el ojo humano no podría distinguir. Cada gota parecía haber sido arrancada con violencia.
Avanzaron en silencio. La tenue luz que quedaba fue tragada por las sombras del callejón. Las tuberías rezumaban, dejando caer gotas que sonaban como metrónomos macabros. El eco de sus pasos se desvanecía al instante, como si el lugar no quisiera permitir ruidos ajenos.
Entonces, Cáliban se detuvo.
A unos metros de ellos, lo vio con claridad. Una marca grotesca de sangre se extendía por el suelo y trepaba las paredes, como si algo hubiese sido destrozado allí, esparcido con furia inhumana.
Se acercó con cautela, sin emitir un solo sonido.
—Fue aquí… —dijo en voz baja —Aquí fue donde despedazaron a Auralk.
—?Cómo lo sabes? —Reinhard escudri?aba la oscuridad, pero no veía nada —No hay rastros…
Cáliban se agachó entre los escombros. Con los dedos sacó un par de lentes rotos, uno de los cristales todavía estaba manchado de rojo. Eran idénticos a los que Auralk llevaba en la foto del expediente.
—Intuición. —respondió simplemente, guardándolos.
En ese instante, un escalofrío recorrió su cuerpo. Algo... algo se aproximaba. No lo pensó dos veces. Le tapó la boca a Reinhard y susurró una palabra antigua, cargada de poder.
—Aóratos.
Un campo mágico los envolvió en un instante. Invisibilidad perfecta, silencio absoluto. Hasta el aire parecía evitar rozarlos.
Reinhard forcejeó un poco, pero Cáliban lo sujetó con fuerza. La advertencia estaba clara. No debían emitir ni un solo sonido.
Y entonces, lo vieron.
Desde el cielo oscuro, comenzó a descender una masa abominable. Tentáculos viscosos y rojizos colgaban como vísceras animadas. Extremidades babeantes, con ojos ciegos que se abrían y cerraban en su carne. Bocazas repletas de dientes asomaban entre los pliegues de su cuerpo. No tenía forma definida, ni patas, ni cabeza. Solo un amontonamiento orgánico palpitante, como un ser olvidado por la creación.
Reinhard se tensó. Quiso gritar, pero Cáliban apretó más su mandíbula. Si lo hacía… estaban muertos.
Una figura encapuchada emergió de la penumbra. Se acercó lentamente, observando los alrededores.
—Hmm… qué raro. —La voz era femenina, joven y fría —El artefacto envió una se?al. Alguien debió entrar recientemente.
Giró el rostro hacia la bestia.
—?Búscalo!
La criatura lanzó un chillido gutural, como si su cuerpo respirara por todos sus poros. Comenzó a agitar los tentáculos, rozando paredes, techos y escombros. Uno de ellos, cubierto de peque?as fauces, se deslizó peligrosamente cerca de Cáliban y Reinhard, a apenas centímetros de sus rostros.
El sonido era insoportable. Como huesos partiéndose. Como carne siendo arrastrada por metal.
Cada respiración de Reinhard se volvió una batalla. Sus ojos estaban al borde de las lágrimas. Era demasiado. La criatura no era solo repulsiva, su mera presencia transmitía locura. Una sensación visceral de que el mundo estaba… equivocado.
Y entonces, llegó otro encapuchado. Más bajo de estatura, con una capucha oscura y adornos en forma de dientes en los bordes.
—?Encontraste otro cuerpo? —preguntó la voz grave del encapuchado.
—No… creo que fue un error. —respondió la figura femenina, aunque su mirada aún exploraba la oscuridad con recelo.
—Lo más probable es que haya sido otra ave cruzando por aquí. El Artífice nos llama… debemos acudir.
El encapuchado miró una última vez hacia la boca del callejón. Sus ojos buscaron algo. Una brizna de tela, un fragmento de aura, una respiración contenida… pero no encontró nada.
—Bien. —murmuró —Vámonos.
Mientras caminaban, Cáliban, aún bajo el efecto de su hechizo, pudo ver sus pies reflejados en un charco a pocos metros. Lo que vio fue desconcertante. Bajo la túnica, en lugar de botas o pies humanos, se asomaban enormes pezu?as, cubiertas por un pelaje blanco y áspero. Luego, la silueta se desdibujó entre la niebla. Las figuras desaparecieron junto con la criatura deforme, tragadas por la oscuridad.
Solo entonces, Cáliban liberó la boca de Reinhard. El joven cayó de rodillas, jadeando con fuerza.
—?Qué… qué demonios era esa cosa?
—Luego te lo explico. Si seguimos aquí, será un suicidio. Volvamos al gremio. Ya.
Esa noche no hubo más incidentes.
De vuelta en la torre del gremio. Al llegar, lord Xander ya los esperaba. Estaba despierto, de pie junto a una lámpara de aceite, su expresión era sombría.
—Volvieron… ?Cómo les fue?
—Sobrevivimos. —respondió Cáliban, agitado —Lo cual ya es decir bastante.
Cáliban explicó todo lo que habían visto. El callejón que no debía existir, los rastros de sangre, el ente tentacular, los encapuchados, y la criatura que respondía a sus órdenes.
Lord Xander escuchaba en silencio. Con sus manos cruzadas a la espalda y su rostro inmóvil. Pero cuando escuchó la descripción de la criatura sin forma, algo se quebró en su expresión.
—?Una masa informe de carne con múltiples bocas y tentáculos…? —repitió con voz grave —Eso no fue invocado con magia común. Eso es…
—De otra dimensión. —completó Cáliban —No se puede matar con nuestras armas, sólo puede ser asesinada con energía pura. Está anclada aquí por el conjurador. Si lo eliminamos, la criatura será forzada a regresar o… colapsará en sí misma.
Lord Xander asintió con pesadez.
—Entonces debemos encontrar al conjurador antes de que invoquen algo peor.
Antes de que pudieran continuar, un grito desgarrador interrumpió la conversación.
—?No! ?No podía…! ?No quería…!
Joseph se incorporó bruscamente en la cama, ba?ado en sudor, jadeando con los ojos completamente abiertos. Tenía el rostro desencajado, como si aún estuviera atrapado dentro de la cueva. Su cuerpo temblaba como si una corriente helada lo atravesara.
—Tranquilo, estamos aquí. —dijo Reinhard, acercándose a él.
—Hey, hey, calma… todo está bien. —a?adió Xander.
Pero Joseph no parecía verlos. Sus ojos vagaban por la habitación como si no reconociera el presente. Como si estuviera buscando algo… o a alguien.
Y entonces, su mirada se encontró con la de Cáliban. Una mirada helada e implacable.
Ambos se observaron en silencio. Joseph dejó de respirar por un instante. Un escalofrío recorrió su columna. Había algo en los ojos de Cáliban… algo que no correspondía a ningún joven de su edad.
—Cáliban… yo… yo no…
—Te dije que no entraras. —interrumpió sin levantar la voz —Y lo hiciste de todos modos.
Joseph tragó saliva.
—Pensé que… que podría… que estaba listo…
—Lo sé. —asintió Cáliban, con una calma que cortaba —Sé exactamente lo que pensabas. Y debo admitir… que no te creía tan estúpido. Parece que me equivoqué.
Las palabras le atravesaron el pecho. Joseph agachó la cabeza, incapaz de sostenerle la mirada. No podía discutirlo. No después de lo que había pasado. No después de haber sido reducido a un ni?o tembloroso frente a sus propios demonios.
—Lo siento… aceptaré cualquier castigo que me impongas. —murmuró con la voz apagada.
Cáliban no se inmutó.
—?Castigo? —repitió —No necesito castigarte, Joseph. Ya te lo impusiste tú mismo.
—?Qué…?
—?Crees que con salvarte de la cueva todo termina? —dijo, y su tono, aunque contenido, era como una daga —No. Una vez que has abierto la Puerta… ya no se puede volver a cerrar. Lo que viste allí no desaparecerá. Nadie podrá rescatarte de ti mismo. Ni siquiera yo.
Un silencio denso cayó sobre la habitación. Lord Xander observaba desde un rincón, quieto. Había oído hablar de la Cueva de las Revelaciones. Reinhard le había contado los detalles. Pero tener a Joseph delante, con los ojos vacíos y el alma colapsada, era otra cosa.
Xander se acercó, y sin decir palabra, se sentó a su lado. Colocó una mano firme sobre su hombro.
—?Qué fue lo que viste ahí dentro? —preguntó con suavidad.
Joseph tembló. Se llevó las manos a la cabeza, como si intentara evitar que los recuerdos salieran.
—Yo… no… no puedo… —balbuceó —Está ahí… todo está ahí… y no se va…
Su cuerpo se sacudía con peque?os espasmos involuntarios. Reinhard también se acercó, sentándose al otro lado de la cama, con una expresión sincera de preocupación.
—No tienes que decirlo si no quieres. Pero si lo haces… puede ayudar. Poco a poco. Aquí no tienes que cargar con eso solo.
—Sí… estamos contigo, hijo. —a?adió Lord Xander —Pase lo que pase.
Joseph respiró hondo. Una, dos, hasta tres veces. No podía creer que estuviera por decirlo en voz alta. Pero… si no lo hacía, se ahogaría en ello.
—Bueno… hay algo que… nunca les conté. —comenzó, con la voz temblorosa —Sólo Cáliban lo sabía. Hasta ahora.
Ambos lo miraron en silencio. No lo apuraban. Le ofrecían el espacio.
—?Oye! —llamó Reinhard —Todos tenemos historias de las que no nos sentimos orgullosos… No eres el único. Si crees que hay cosas que no debemos saber, está bien guardarlas en silencio. Eso no te hace un cobarde ni un mentiroso. Es tu vida, y tú decides qué parte de ella quieres compartir.
—?Exacto! Aquí nadie va a juzgarte. Habla si así lo deseas, o espera hasta que tu corazón esté en paz… No hay prisa.
Joseph dirigió la mirada a Cáliban, buscando alguna se?al. Pero este permaneció en silencio. Como ya habían dicho los demás, la decisión de hablar era suya y solo suya. Cáliban no intervendría.
—Bueno… es algo difícil…
Joseph giró la vista hacia la ventana, contemplando el mar brillante que se perdía en el horizonte vacío.
—Mi verdadero nombre es Joseph Der Loke. Vengo de una familia noble… al otro lado del mar.
Reinhard y Lord Xander se quedaron en completo silencio, procesando lo que acababan de oír.
—?Otro continente? ?Cómo es eso posible?
—?Vienes de más allá del mar? Creí que no existían tierras más allá de las nuestras…
Joseph soltó una leve sonrisa amarga.
—Sí… vengo de muy lejos. Cuando era ni?o, mi familia fue traicionada por el propio rey de nuestra nación. Mi padre… y mi hermano mayor fueron ejecutados por alta traición. Pero mi familia valoraba el honor por encima de todo. Eran hombres rectos y valientes… pueden creerme.
Sus manos temblaban, y apretó la manta de la cama con fuerza mientras los recuerdos regresaban como cuchillas.
—Cuando mi padre cayó en combate, mi hermano mayor asumió el liderazgo de la familia para protegernos. Pero al estar en clara desventaja, organizó una huida por mar. Aquella noche… fue emboscado por uno de los generales más fieles a mi padre… o eso creíamos. Solo yo logré subir al barco. Lo demás es fácil de imaginar… naufragué en estas tierras… y he hecho lo posible por sobrevivir desde entonces.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por su rostro. No quería seguir, no quería hablar… pero si no lo hacía, sentía que iba a ahogarse en su propio silencio. Reunió todo el valor que le quedaba y continuó:
—Días antes de la caída de mi hermano, los traidores de la guardia de mi padre decidieron purgar nuestra casa para cobrar la recompensa por nuestras cabezas. Aquella noche asesinaron a todos los sirvientes y guardias. Fue una masacre. Yo estaba con mi madre. Escuchábamos los gritos, los pasos, el acero golpeando carne viva…
Su voz se quebró.
—Ella me tomó en brazos, me ocultó dentro de un armario y me rogó que no hiciera ruido, pasara lo que pasara. Me besó la frente y dijo que volvería… pero antes de que pudiera ir por mi hermana, los soldados llegaron a la puerta. Yo…
Joseph comenzó a respirar con violencia; el solo hecho de recordar lo sucedido aquella noche le generaba un terror profundo. No quería seguir contando aquella historia.
—Está bien, no tienes por qué continuar. —le respondió lord Xander con suavidad.
Pero, a pesar de su amabilidad, Joseph sacó fuerzas de donde no había para seguir hablando.
—Los desgraciados tenían a mi hermana… su cabeza rodó por el suelo como si no fuera nada… luego, acorralaron a mi madre y… y…
Joseph mantuvo la boca entreabierta; solo mencionar lo que ocurrió le provocaba un dolor indescriptible.
—Comenzaron a abusar de ella… de mi madre … los gritos de dolor, de desesperación… Yo lo vi todo desde el hueco del armario… quería llorar, quería ayudar… pero me acobardé…—la voz de Joseph estalló en una rabia ciega que ahogaba su pecho —?Esos malditos la torturaron, la destrozaron! ?Y cuando se aburrieron… la descuartizaron! ?Juro por todo que voy a matarlos! ?A cada uno de ellos! ?Les haré sentir el peor infierno posible!
Joseph rompió en llanto. Las imágenes de aquella noche lo perseguían desde entonces. Con el tiempo, había aprendido a encerrar el dolor, pero ese acto lo convirtió en la puerta que ahora, con su relato, se había atrevido a abrir. Comenzó a maldecir con rabia, con desesperación, mientras lord Xander lo abrazaba con fuerza, intentando calmarlo. Joseph lloró hasta la última lágrima.
—?Mi hermanita sólo tenía cinco a?os! ??Qué clase de monstruo puede hacerle algo así a una ni?a de cinco a?os?!
Temblaba de furia mientras el llanto lo desgarraba.
—Shhh… tranquilo… no fue tu culpa. —murmuró lord Xander.
—?Me quedé sin hacer nada! ?Solo la vi sufrir… y no hice nada! Soy un cobarde…
—No, Joseph… no eres un cobarde. Solo eras un ni?o. No había nada que pudieras hacer…
Cáliban, que lo observaba en silencio, se acercó y colocó suavemente dos dedos sobre su frente. En un instante, Joseph quedó profundamente dormido.
—?Qué hiciste? —preguntó Reinhard, sorprendido.
—Le he dado algo de paz… al menos por esta noche. —respondió Cáliban.
—?No lo ayudarás? —inquirió Xander, mientras sostenía con cuidado a Joseph en sus brazos.
—No puedo. Nadie puede. La Puerta… son los demonios internos de cada uno de nosotros. Solo nosotros mismos podemos enfrentarlos… y vencerlos. Solo así podremos liberarnos del peso del dolor. Pero eso es algo que debe aprender por sí solo. Si intervenimos, si intentamos librarlo de esa carga antes de tiempo, podríamos destruirlo aún más. Lo único que podemos hacer ahora… es apoyarlo sinceramente, con el corazón, hasta que encuentre su propio camino.
Cáliban suspiro con impotencia.
—Volvamos a casa… —dijo finalmente.
Lord Xander los acompa?ó de regreso a la Casa de los Especiales. Había sido un día largo y devastador. Después de escuchar esa historia, solo querían una cosa… que su amigo pudiera, aunque fuera por una noche, dormir en paz.
Enjoying this book? Seek out the original to ensure the author gets credit.
A la ma?ana siguiente…
Joseph se levantó de golpe, terriblemente sofocado. Respiraba con dificultad, jadeando por momentos, hasta que, poco a poco, su respiración comenzó a calmarse. Al mirar a su alrededor, se dio cuenta de que estaba en su habitación dentro de la mansión. Su cabeza le dolía intensamente, y al incorporarse, sintió como si un gran peso lo aplastara. Se tambaleó ligeramente al ponerse de pie.
Salió de la habitación y bajó las escaleras, encontrándose en la sala con el profesor Yannes.
—Vaya… ya despertaste. ?Te sientes mejor?
Joseph se llevó una mano a la nuca, frotándosela con incomodidad.
—Sí, bueno… más o menos. Todavía me duele un poco la cabeza. ?Dónde están los chicos?
El profesor, que estaba sentado en un sillón con un café en una mano y el periódico en la otra, le respondió sin apartar mucho la vista de la lectura.
—En clase. Cáliban me dijo que ayer te golpeaste la cabeza mientras limpiaban un piso… pidió permiso para que te quedaras a descansar. Si el dolor persiste, deberías ir al hospital.
—Entiendo…
?Supongo que tendré que esperar por hoy…? —pensó mientras soltaba un largo suspiro.
Por otro lado, Cáliban y Reinhard estudiaban en silencio los distintos tipos de hechizos. La profesora Sill les había dado clase libre, permitiéndoles preparar el examen que tendrían la próxima semana.
—?Cuál es la diferencia entre un conjuro y un hechizo? Maldición, no lo sé… ?Tú lo sabes? —susurró Reinhard, mirando de reojo a su compa?ero.
—Un conjuro requiere preparativos para llevarse a cabo. Como materiales, condiciones específicas, elementos… mientras que un hechizo solo necesita un cántico y el maná del hechicero. —respondió Cáliban sin apartar la vista de su libro.
—?Conjuro? Pensé que eran las palabras que se usaban al combinar runas en un objeto…
—Eso es un encantamiento…
—Ah… todo esto es muy confuso. Y es aún más difícil cuando la profesora no está aquí…
—Supongo…
Cáliban levantó la vista por encima del libro. En el escritorio de la profesora Sill, flotaba una mariposa espectral que los vigilaba. Desde hacía varios meses, la profesora había dejado de asistir presencialmente a sus clases, enviando en su lugar aquella mariposa que portaba instrucciones grabadas para los alumnos.
La curiosidad lo invadía, ?Qué clase de heridas podía tener una profesora tan poderosa como para ausentarse durante cuatro meses? Esa pregunta rondaba su cabeza cada vez que asistía a su clase.
De pronto, el reloj marcó la hora en toda la sala. La mariposa brilló ligeramente y anunció con una voz muy parecida a la de la profesora:
—?Bueno, eso es todo! Mucha suerte a todos en el examen. No olviden llevar puntuales. —dijo la mariposa antes de desvanecerse en un peque?o destello azul.
Mientras caminaban por los pasillos en dirección a su siguiente clase, Reinhard rompió el silencio, interrumpiendo los pensamientos que ocupaban la mente de Cáliban, quien iba reflexionando sobre las múltiples tareas que aún les quedaban por realizar en la mansión.
—Cáliban…
Este reaccionó al escuchar su nombre, parpadeando para salir de su ensimismamiento.
—Lo siento, no te escuché… ?Qué decías?
—?Estás bien? —preguntó Reinhard con tono amable.
—Sí, solo estaba pensando en el siguiente paso…
Ese comentario despertó la atención de Reinhard.
—?Paso? ?Te refieres a…?
—Exacto, el siguiente paso. No podemos seguir perdiendo tiempo sin avanzar en los pisos de las mazmorras. Aunque nos enfrentemos a una criatura de quinto o sexto grado, tendremos que eliminarla cueste lo que cueste. Hasta ahora, hemos tenido suerte de que el culto se ha limitado a observarnos, pero si decidieran actuar… no podríamos hacer nada. Debemos prepararnos.
En ese momento, recordó algo importante. Dirigió su mirada con seriedad hacia su compa?ero.
—Por cierto, ?Cómo va tu entrenamiento?
Ante la pregunta, Reinhard bajó la mirada, visiblemente apesadumbrado.
—No he logrado ningún avance… mi entrenamiento físico va bien, pero no he podido aumentar ni mi Maná ni mi Aura…
Al ver la expresión de desánimo en el rostro de su amigo, Cáliban le dio unas palmadas firmes en la espalda.
—No te preocupes tanto. Hasta donde sé, tener el nivel que tienes a tu edad ya te convierte en uno de los mayores genios de esta generación.
Reinhard alzó la vista, con una expresión seria en los ojos.
—Escuchar eso de ti… no se siente del todo bien.
Cáliban esbozó una leve sonrisa, entendiendo a la perfección el trasfondo de sus palabras.
—Eso es solo experiencia. Claro que es importante, pero si tuvieras mi edad y las mismas oportunidades de aprendizaje que yo he tenido, estoy seguro de que serías mucho más fuerte.
Sus palabras despertaron en Reinhard una profunda curiosidad sobre el pasado de Cáliban y el entorno en el que había crecido.
—?A qué edad aprendiste a usar la energía? —preguntó mientras ambos subían en el elevador hacia su salón de clases.
—Tenía unos veinte a?os cuando llegué con ávalos. Tomó otros cinco lograr que mi cuerpo aceptara cualquier tipo de poder enérgico…
Reinhard abrió la puerta del aula y, con evidente interés, continuó preguntando mientras dejaba que su compa?ero pasará primero.
—?En tu mundo no te ense?aban a usarla?
Cáliban dio un paso al frente para ingresar, y Reinhard cerró la puerta detrás de ellos.
—No existía. En el mundo donde nací, la tecnología había avanzado tanto que destruyó gran parte de los patrimonios energéticos. árboles sobrenaturales, especies mágicas, criaturas de leyenda… todo fue desapareciendo con el tiempo, hasta quedar en el olvido. Tal vez, en algún punto del pasado, llegamos a dominarla, pero con el paso de los siglos, el surgimiento y caída de imperios, religiones, y los hábitos destructivos de los humanos… todo eso se extinguió. Nunca tuve la oportunidad de aprenderlo en mi época.
Ambos tomaron asiento en el suelo, esperando a que la clase comenzará.
—Qué lástima… —comentó Reinhard, reflexionando sobre la pérdida de todo ese conocimiento ancestral.
En ese momento, el profesor Aasmir irrumpió en la sala, abriendo las puertas de par en par con gran energía. Su expresión radiante era poco usual.
—?Prepárense! ?Ha llegado la hora de un examen sorpresa!
El anuncio causó un gran alboroto. Los alumnos, tomados por sorpresa, comenzaron a protestar. Algunos gritaron indignados, otros bufaron de fastidio.
—?Silencio, idiotas! —gritó el profesor, generando una poderosa ráfaga de viento que recorrió todo el salón —?Yo decido cuándo hay exámenes! Y deberían darme las gracias. Si lo hacen hoy, estarán menos estresados la próxima semana. ?Sean agradecidos!
?Bueno, ya es sábado de todas formas… así podré librarme de otro fastidio cuanto antes.? —pensó Cáliban, resignado.
Con dos ágiles movimientos de los dedos, el profesor dibujó dos marcas en el suelo, una más alejada que la otra. Ambas comenzaron a exudar humo por el impacto ardiente que las había generado. Aasmir se colocó al frente a ambas se?ales.
—?El examen es simple! Yo me situaré aquí, liberando una cantidad moderada de Aura. Cada marca representa una recompensa. Si logran pasar la primera, habrán aprobado. Si alguien desea rendirse, solo tiene que alzar la mano y lo enviaré fuera del aula. Pero si logran pasar la segunda línea, la más cercana a mí, recibirán esto…
De su traje, el profesor sacó a relucir un elegante libro rojo. Su cubierta, adornada con marcas plateadas, irradiaba un aura de poder. Entre los estudiantes, un joven Lacertilian exclamó con emoción:
—?Un libro de meditación de tercer nivel!
De inmediato, todos comenzaron a tomarse en serio la posibilidad de cruzar la segunda línea. Los libros con técnicas eran materiales sumamente valorados en el continente. Muy pocas personas tenían acceso a ellos, especialmente si se trataba de ejemplares de alto nivel.
Dentro de las clasificaciones, los libros se ordenaban del nivel 1 al 7, en función de su utilidad y el poder que otorgaban. Estos eran de acceso público, cualquier persona con los recursos y el talento necesarios podía adquirirlos. Por encima de ellos estaban los niveles 8 al 12, donde el nivel 12 era considerado la cúspide. Estos ejemplares estaban reservados casi exclusivamente para las familias de la alta nobleza.
Sin embargo, existía una categoría aún más especial. De tanto en tanto, en excavaciones arqueológicas o tumbas ocultas dentro de mazmorras, se descubrían libros únicos, cuyo contenido trascendía cualquier otra técnica o conocimiento. Estos libros eran llamados “únicos”, y eran los más codiciados de todo el mundo. Una sola página podía costar millones de Oloruns.
—?Así es! —gritó el profesor, agitando el libro con entusiasmo —Aquellos que logren cruzar la segunda línea y llegar hasta mí, recibirán una copia de este libro.
Cáliban miró a Reinhard con curiosidad, claramente intrigado.
—?Cuánto valdría un libro como ese?
Reinhard cruzó los brazos, respondiendo con seguridad.
—Un libro de tercer nivel suele costar entre 15,000 y 20,000 Oloruns. Puede conseguirse por menos en los mercados negros… o eso he oído.
Cáliban se llevó una mano al mentón, pensativo.
?Si escribiera un libro… ?Cuánto valdría??
—?Lo quieres? —preguntó Reinhard, intrigado por su expresión.
—No es de mi interés… pero se me está ocurriendo una idea.
En ese momento, el profesor Aasmir liberó su energía. Un torrente de aura roja emergió de su cuerpo, formando un domo que cubría ambas líneas en el suelo. Su presencia era tan intensa que muchos estudiantes dieron un paso atrás.
—?Muy bien! Pueden comenzar. —dijo, sacando una pluma y un cuaderno para anotar los resultados.
Una de las alumnas alzó la mano entre la multitud.
—Profesor, ?Qué pasa si fallamos la prueba?
Aasmir alzó la mirada, con una sonrisa apenas contenida.
—Tienen tres oportunidades para tomar la prueba. Si fallan hoy, deberán presentarse la próxima semana. Y si fallan todas… tendrán clases durante las vacaciones. Dicho esto, ?Comiencen! —declaró con firmeza.
Uno a uno, los estudiantes comenzaron a ingresar en el domo. La presión que emanaba del aura era abrumadora, los aplastaba con tal intensidad que muchos no lograban dar un solo paso. Algunos retrocedieron, jadeando, solo para volver a intentarlo una y otra vez, decididos a avanzar aunque fuera unos centímetros.
Entre los que se enfrentaban al desafío estaba Erick Stein, quien luchaba con todas sus fuerzas para avanzar hacia la segunda línea.
?Debo lograrlo… tengo que lograrlo… necesito ser mejor…? —se repetía mientras la presión lo oprimía desde cada ángulo. Cada paso era una tortura, como si su cuerpo se desmoronara con cada intento, pero él seguía adelante.
Antes de abandonar su ciudad, su padre le había dado una "charla" que jamás olvidaría.
—??Cómo pudiste perder contra un simple plebeyo?! —bramó Carlos, mientras lo abofeteaba con brutalidad —?Nos hiciste quedar en ridículo!
Erick cayó al suelo, aturdido por el golpe.
—Lo siento, padre… puedo intentar hacerlo mejor… lo prometo… —murmuró con temor, sujetándose la mejilla enrojecida.
Carlos se agachó, quedando a la altura de su hijo. En su mirada hervía una ira contenida, bastante gélida.
—No, no lo intentarás… lo vas a hacer mejor. No tienes opción. Irás a esa academia y les demostrarás a todos, a ese plebeyo y a la familia principal, que estamos por encima de ellos. Que somos superiores. No me decepcionarás… —Su mano se posó suavemente sobre la mejilla de Erick —?O sí?
Tembloroso, Erick asintió en silencio, tragándose el miedo y conteniendo las lágrimas. No podía mostrar debilidad.
?Tengo que demostrarlo… tengo que demostrarles a todos que puedo ser mejor…?
Desde el otro extremo del domo, el profesor Aasmir lo observaba con atención. La intensidad en los ojos de Erick lo intrigó. Lo siguió con la mirada hasta que, contra todo pronóstico, el joven cruzó la segunda línea. Aasmir sonrió, impresionado, y tomó nota.
—Felicidades, joven Stein. Puede descansar ahora.
Con un leve gesto, usó su energía para sacar a Erick del domo. El joven cayó de rodillas al suelo, exhausto, respirando con dificultad. Su cuerpo estaba al límite… pero lo había logrado.
—Sí… lo logré… —dijo con el aliento agitado y el sudor cubriendo su frente.
Una compa?era de su clase se acercó con una botella de agua en las manos.
—Se?or Erick, ?Le gustaría un poco de agua?
Era una joven humana de piel clara. Su cabello negro, algo desordenado, recogido en dos coletas, le daba un aspecto peculiar. Sus grandes lentes le cubrían casi la mitad del rostro.
—Ah, gracias, Betty. —dijo mientras tomaba la botella —?Viste eso? Soy genial.
Betty le ofreció una cálida sonrisa.
—Sí, se?or, sabía que usted lo lograría.
Erick se sintió halagado por las palabras de Betty.
—Por cierto, ?Tú pasaste la prueba? —preguntó mientras bebía de la botella, sudando.
Betty bajó la mirada con timidez.
—Sí… aunque solo crucé la primera línea.
—Eso está muy bien, al menos pasaste. ?Buen trabajo!
Las palabras de aliento de Erick hicieron que el corazón de Betty comenzara a latir con fuerza. Ser felicitada por él, su persona favorita, era un sue?o hecho realidad.
—Gracias… se?or Erick —respondió con un leve rubor en las mejillas.
Erick desvió la vista hacia el centro del domo, donde dos figuras se preparaban para comenzar la prueba. Al identificar al dúo, una chispa de satisfacción se encendió en sus ojos. Su mirada se cruzó brevemente con la de Cáliban. Erick sonrió, convencido de haber tomado la delantera frente a su rival. Cáliban, sin embargo, simplemente apartó la vista.
?Veamos cómo te va, plebeyo…? —pensó, deleitándose en su momentánea victoria.
A su lado, Reinhard notó la interacción.
—?No vas a decirle nada? —susurró.
—?Para qué? No vale la pena… Déjalo. Algún día se cansará. —respondió Cáliban mientras dirigía su atención al centro del domo —Como esos dos… eso espero.
Frente al profesor Aasmir, Juliana y Argos avanzaban con dificultad. Ambos luchaban por llegar a él, compitiendo por ver quién lograba tocarlo primero, cada uno extendiendo un brazo, apenas capaces de levantar los pies.
?Estos dos están completamente locos…? —pensó el profesor al ver su obstinación. Apenas podían moverse, mucho menos alzar los brazos, pero ni Juliana ni Argos cedían un solo paso.
Luego, su mirada se dirigió a dos amigas que avanzaban tomadas de la mano, a punto de alcanzar la segunda línea. Nhun y Cecilia luchaban con todas sus fuerzas por avanzar juntas.
—?Vamos, Ceci, ya casi llegamos…! —exclamó Nhun mientras tiraba del brazo de Cecilia para impulsarla.
—Sigue sin mí… ya casi no me quedan fuerzas… —murmuró Cecilia con dificultad, claramente al límite de su resistencia.
—Vamos… solo… un… poco… más… —dijo Nhun, ya en la segunda línea, pero negándose a cruzar sin su amiga.
Con el último esfuerzo que le quedaba, Cecilia logró impulsarse y alcanzó la segunda línea junto a Nhun. Ambas levantaron la mano, solicitando la intervención del profesor.
?Podría haber llegado antes, pero decidió traer consigo a su compa?era… interesante, aunque ridículo.? —pensó el profesor Aasmir mientras levantaba un dedo para sacarlas del campo de fuerza. Para él, ayudar a otro solo implicaba una carga innecesaria y fomentaba la dependencia, pero no pensaba entablar una discusión filosófica con sus alumnos.
Una vez a salvo, Cecilia se dejó caer de rodillas, jadeando agotada. Nhun, rebosante de emoción, la abrazó con fuerza.
—?Lo logramos, Cecilia! ?Tendremos el libro!
—Lo sé… pero no me abraces tan fuerte… creo que me voy a desmayar…
El profesor las observó en silencio, soltando un leve suspiro al ver el tipo de estudiantes que tenía. Entonces, su atención se desvió hacia otro alumno. Dimerian, quien apenas había llegado a la mitad del recorrido hacia la primera línea.
?Maldición… tengo que llegar… ya no puedo más… duele…? —pensaba Dimerian, mientras el peso del aura lo aplastaba sin piedad.
Sentía el cuerpo completamente entumecido; cada músculo, cada articulación, le dolía. Ni siquiera había alcanzado la primera línea. Finalmente, vencido por la presión, alzó la mano. El profesor, con un simple gesto, lo sacó del domo.
El resto de los estudiantes lo miraban con lástima. Aunque no era el único que había fallado, su linaje como hijo de un noble del Imperio de los Gigantes lo ponía bajo una lupa constante. Algunos evitaban mirarlo, otros lo observaban con desdén. Pero lo que más le dolía eran las comparaciones. Entre los murmullos, escuchó una frase que lo atormentaba desde siempre:
—No se parece en nada a la se?orita Gilla.
Sintió una presión amarga en el pecho. Gilla Centurian, su hermana mayor, era el modelo con el que todos lo comparaban. En casa o en cualquier lugar, su nombre siempre iba acompa?ado de la sombra de ella. Incluso su padre lo hacía.
Reinhard se acercó para ofrecerle la mano, pero Dimerian la apartó con brusquedad y se retiró apresuradamente por la puerta principal.
—Es una pena… —comentó Reinhard con pesar.
—?Por qué? ?No deberías estar feliz? él es el futuro del imperio enemigo. Deberías alegrarte de verlo en ese estado. —dijo Elizabeth, que estaba a sus espaldas.
Reinhard frunció el ce?o ante sus palabras.
—?Eso es lo que piensas?
—?No es así? Me resulta curioso lo cordiales que aparentan ser los imperios mientras se apu?alan por la espalda…
Aquellas palabras encendieron la molestia de Reinhard.
—Jamás haría eso…
—?Qué tan seguro estás? Por lo que he escuchado, tu padre ya traicionó a un viejo amigo, sin importarle provocar una guerra en el proceso.
Reinhard se encendió de ira.
—?Maldita saband-!
Pero antes de que pudiera insultarla, sintió el peso de una mano firme sobre su hombro. Era Cáliban.
—Tranquilo, Reinhard… ya es suficiente. Vamos a hacer la prueba.
—Sí… está bien, vamos. —respondió Reinhard, exhalando hondo para calmarse.
Sin decir más, Reinhard se dirigió al domo para iniciar la prueba, dejando solos a los otros dos. Cáliban miró con desdén a Elizabeth.
—?Qué pasa? ?También vas a enojarte conmigo? —dijo Elizabeth con tono provocador —Si tanto te molestó lo que le dije a tu amiguito, entonces…
Pero antes de que pudiera terminar la frase, Cáliban alzó la mano para interrumpirla. La miró con profunda lástima y, sin pronunciar palabra, se dio la vuelta para seguir a Reinhard. Elizabeth apretó los dientes, furiosa.
—?Dime algo! ?No te vayas así nada más! ?Defiéndete! ?Los rumores son ciertos! ?Tengo razón, ?Verdad?!
Al escuchar la confrontación, algunos estudiantes comenzaron a observar a Reinhard con recelo. La reputación de su padre manchaba también la percepción que los demás tenían de él. Reinhard estaba furioso por dentro.
—?Por qué me detuviste? —le preguntó a Cáliban, entre dientes.
—No vale la pena…
—?No vale la pena? ?El honor de mi padre está en juego!
—?Tu nombre es Drim Tyrant? —lo interrumpió Cáliban, mirándolo directo a los ojos. Reinhard guardó silencio, intimidado por su tono.
—Escúchame, Reinhard. Nadie en este mundo tiene derecho a juzgarte, pero eso también implica que tú no puedes juzgar a los demás. Si permites que lo que dicen de ti te afecte, entonces lo que era falso comenzará a volverse cierto… incluso si tú sabes que no lo es. Debes mantenerte firme. Es tu verdad contra la de ellos.
Hizo una pausa, bajando ligeramente la voz.
—Créeme, es una batalla inútil. Solo sigue siendo tú. Las acciones pesan más que las palabras. No dejes que la opinión de otros te moldee. No juzgues a nadie y no les des razones para juzgarte a ti.
—Entiendo… —murmuró Reinhard, con la mirada baja. Aunque agradecía las palabras, su enojo seguía latente.
Cáliban desvió su atención hacia Elizabeth, que los observaba desde la distancia. Cuando sus miradas se cruzaron, ella desvió la vista rápidamente. Desde su última discusión, no había tenido el valor de enfrentar su mirada.
Finalizada su prueba, Elizabeth abandonó el salón para deambular por los pasillos. La oscuridad envolvía su rostro como un velo denso. De pronto, un suave destello de luz apareció ante ella. Intrigada, extendió la mano hacia el resplandor, pero no proyectó sombra ni alteró el brillo. La luz simplemente la atravesó.
Al mirar su mano vacía, una expresión amarga se dibujó en su rostro. Los recuerdos del pasado comenzaron a invadir su mente.
Hace dos meses, el mismo día en que Astrid recibió la visita de su guardiana, Edmund se presentó de forma similar ante Elizabeth. Ambos se encontraban disfrutando una taza de café en el restaurante de mamá Urr.
—Se?orita, espero no haberla incomodado…
—Está bien, Edmund. Pero, ?Por qué te ocultabas?
—Es cierto, usted aún es muy joven para comprenderlo… no tiene importancia. —respondió Edmund, llevándose la taza a los labios.
La casa Orsted y la casa Nosferatu mantenían una enemistad ancestral. Durante generaciones, las familias imperiales de Orión se habían especializado en distintas disciplinas… herrería, combate, diplomacia, estrategia, entre muchas otras. Sin embargo, la casa Orsted destacaba por algo muy particular, la caza de vampiros. Se rumoreaba que la esposa del antiguo soberano, miembro de la casa Nosferatu, había sido asesinada por un patriarca de los Orsted, alimentando una rivalidad que perduró hasta el presente.
De pronto, Edmund recordó la verdadera razón de su visita, olvidada momentáneamente por la calidez de aquel encuentro. Introdujo la mano en su bolsillo y sacó una carta sellada.
—Esta es una carta de su padre. Espero que pueda leerla con calma.
—?Oh! Qué raro… casi nunca me escribe. Déjame verla.
Elizabeth rompió el sello y desplegó el pergamino. Edmund, en silencio, observaba cada gesto de su rostro. Primero fue alegría, luego confusión, hasta que una visible desesperación se apoderó de ella. Edmund bajó la mirada y dio un sorbo a su café; le dolía verla así.
—Se?or Edmund… ?Esto es cierto?
Edmund cerró los ojos con resignación. Ya conocía el contenido de la carta, así que no pudo más que responder:
—Así es… es una orden directa de su se?or padre.
Elizabeth dejó su taza con suavidad sobre la mesa. La sonrisa que antes iluminaba su rostro dio paso a una expresión fría y contenida.
—Entiendo. —respondió en tono seco.
A partir de ese momento, la reunión, que había iniciado como un grato encuentro, se tornó densa e incómoda. Sin más palabras, Edmund se levantó para marcharse. Mientras se alejaba, un pensamiento lo asaltaba una y otra vez. No podía quitarse de la mente al joven que lo había descubierto tan fácilmente. Su rostro le era familiar; pudo recordar su nombre gracias a las precisas descripciones que figuraban en el informe que recibió el día en que Elizabeth ingresó a la academia.
?Mika’el Cáliban… debo investigar más sobre él…? —pensó mientras se perdía a lo lejos, a bordo del carruaje que lo alejaba de la academia.
Esa misma noche, Elizabeth se encontraba tallando una runa bajo la puerta de Astrid, concentrada por completo. Fue entonces cuando escuchó una voz emergiendo desde la oscuridad.
—Bien hecho… esa runa replica el poder de las espinas de Similia. Buen plan…
Elizabeth giró la cabeza hacia las sombras. Había sido descubierta desde el primer día. Suspiro al escuchar aquellas palabras.
—Supongo que no soy buena para esto…
Cáliban emergió de entre las penumbras, observando la marca con una mezcla de decepción y desinterés.
—Está mal escrita…
Elizabeth frunció el ce?o.
—?Acabas de verme cometiendo chantaje y eso es lo único que dirás?
—Sí, eso es exactamente lo que diré…
Ella quedó perpleja, sin saber cómo reaccionar.
—Ah, ya entiendo… vas a chantajearme. Dime, ?Qué quieres? ?Oro? ?Materiales raros?
Cáliban esbozó una leve sonrisa.
—No quiero nada. Simplemente vuelve a tu habitación. Ma?ana tenemos clase temprano. —dijo mientras comenzaba a alejarse.
—?Por qué? —preguntó Elizabeth, aún más confundida.
Cáliban se detuvo. Con solo observar la runa, había deducido su intención… provocar un enfrentamiento entre Similia y Astrid, sembrar discordia entre sus imperios, y prolongar un conflicto que muchos buscaban olvidar. El plan no era complejo, pero eso no era lo relevante. Lo que de verdad intrigaba a Elizabeth era el por qué no la había delatado.
La respuesta era simple. Cáliban podía ver el corazón de Elizabeth. Su Mirada Celestial tenía algunas habilidades ocultas, entre ellas, era ver la intención. Alrededor de Elizabeth podía ver un aura verde que se combinaba con otro blanco. Lo que significaba inocencia.
—Tengo fe en ti, Elizabeth…
Sus palabras provocaron un leve estremecimiento en la joven.
—?Por qué? —preguntó, casi en un susurro —?Por qué confiarías en un monstruo?
Cáliban se acercó lentamente, cuidando de no hacer ruido. Elizabeth retrocedía, pero sus piernas no respondían; temía despertar a los demás.
—La runa estaba mal escrita. Te he visto practicar muchas veces. Eres precisa y meticulosa… pero curiosamente, esta tiene errores evidentes.
—Yo… ah… no puedo ver bien en la oscuridad… —respondió con nerviosismo.
Cáliban dejó escapar una risa leve y sincera.
—?Un vampiro que no puede ver bien en la oscuridad? ?Qué sigue? ?Una sirena que no sabe nadar?
Elizabeth se sonrojó, avergonzada.
—La escribiste mal porque querías que te atraparan, porque preferías ser expulsada antes que causar da?o a los demás… Elizabeth, tú no eres un monstruo. Me alegra que estés en la casa… finge todo lo que quieras ser una mala persona, pero no voy a creerte…
Elizabeth apretó los pu?os, arrugando el vestido con impotencia.
—Tú no me conoces… —dijo con amargura.
—Tal vez… tal vez no. Pero eso está bien para mí. Tú sigue con tus planes, y yo los detendré con gusto…
Durante los dos meses siguientes, Elizabeth ideó distintos métodos para sembrar discordia entre los miembros de la casa, pero en cada uno de ellos, Cáliban aparecía para frustrarlos. A pesar de la constante derrota, al recordar esos momentos mientras observaba su mano blanca, sin una sola traza de luz que la tocara, una bella sonrisa se dibujó en su rostro. Era curioso… sus planes fueron arruinados, pero aún así, se sentía feliz.
Cáliban y Reinhard lograron superar la prueba, aunque solo llegaron a la primera línea. A ninguno de los dos le importaba el libro. Durante la semana siguiente, los estudiantes enfrentaron una serie de exámenes sorpresa. Agunos sencillos, como pruebas escritas; otros más exigentes, como desafíos físicos. Joseph, a pesar de su frágil estado, consiguió aprobar todas las pruebas. Cada noche era torturado por pesadillas sobre sus errores pasados, y al despertar, los dolores de cabeza le recordaban que las heridas seguían abiertas. Para él, cada examen fue una tortura.
El día del último examen, Joseph se encontraba junto a sus amigos, atentos a las instrucciones del profesor Cunim.
—?Buenos días, estudiantes! Espero que estén listos para la última prueba.
Uno de los estudiantes alzó la mano, y el profesor le cedió la palabra con un gesto de su bastón.
—?Cómo será el examen, profesor?
—Ah, muy sencillo. Ya que algunos apenas lograron establecer el vínculo con su espíritu familiar, el examen será sobre la “Unión”.
La unión consistía en un proceso espiritual en el que el espiritista y su elemental unían sus energías para dar forma al ánima, una proyección física de su poder espiritual.
—Sé que muchos lo han pasado mal, así que esta vez será fácil. Solo deben manifestar un poco de su poder, sin importar cuán leve sea. Con eso bastará para aprobar. ?Adelante, comiencen!
Uno a uno, los estudiantes comenzaron la asimilación. El profesor los observaba con atención.
—?Recuerden! Una vez que hayan sellado su contrato, deben darle a su espíritu un nombre digno, uno que tenga significado para ustedes. Ese nombre estrechará su vínculo.
Joseph miraba a su espíritu familiar, pensativo. La criatura flotaba a su lado, con expresión tímida. Algunos espíritus tienen la capacidad de ver los recuerdos de su contratista. Mientras más profundo era su vínculo, más fácil se volvía el proceso. El espíritu tenía total conocimiento de la vida de Joseph, aun cuando sólo logró ver un peque?os fragmentos, lo que hizo que lo quisiera aún más.
—No te preocupes… no es tu culpa. —susurró Joseph.
—Aun así, me siento tan inútil… —respondió el espíritu, cabizbaja.
—Ya somos dos. —replicó con un lleno de amargura.
—Amo… ?Qué nombre me dará?
Joseph guardó silencio unos segundos.
—Tengo el nombre perfecto… espero que te guste. Tu nombre será…
Apenas escuchó el nombre, el peque?o espíritu comenzó a llorar con ternura. Cáliban y Reinhard, curiosos por la reacción, se acercaron lentamente, intrigados por lo que acababan de presenciar.

