Hace dos meses, la valkiria Liviana Orsted se encontraba frente a la entrada de la Casa de los Especiales, con una carta sellada en su poder. Había sido enviada personalmente por el padre de su se?ora, como portadora de palabras que no debían viajar por ningún medio inferior al honor.
?Me pregunto cómo le habrá ido a mi se?ora durante todo este tiempo… nunca antes había permanecido tanto en una academia.? —pensó, subiendo con elegancia los escalones.
Sin embargo, al dar el primer paso, una punzada en su espalda la detuvo.
Una presencia peligrosa. Densa e intimidante.
Se giró de inmediato, con el cuerpo en tensión, pero todo lo que encontró fue a un joven estudiante con una bolsa de basura sobre el hombro. Su porte era casual, casi negligente, pero su mirada… era distinta. Demasiado aguda para alguien común.
?Esa presencia… ?Fue mi imaginación?? —se preguntó, escaneando la zona con la mirada. Pero no había nadie más.
El joven se detuvo a unos pasos de ella, observándola sin disimulo.
—?Se puede saber qué asuntos tiene con la Casa de los Especiales?
Liviana frunció el ce?o. No le gustaba su tono. Se giró con altivez, levantando ligeramente el mentón para dejar ver el emblema imperial de su casa incrustado en el pecho de su armadura pulida. Esperaba que la autoridad de su rango bastara para silenciar al muchacho.
Pero no fue así.
—Bonita armadura. Linda espada. —dijo con voz neutra, aunque cargada de firmeza —Ahora responde. ?Qué asuntos tienes aquí?
?Qué insolente…? —pensó mientras tensaba los dedos cerca del pomo de su espada. Estaba a punto de darle una peque?a lección de respeto.
Pero antes de que siquiera la rozara, la voz del joven volvió a sonar, grave y firme:
—Si yo fuera tú, no desenfundaría esa espada.
Liviana contuvo el aliento. Sus ojos se abrieron apenas. No por miedo, sino por una extra?a e incómoda certeza… él lo sabía. Había leído su intención como si la hubiese gritado. Un aura pesada se desplegó un instante. Bastó para que la valkiria, por reflejo, adoptara una postura de cautela.
Pero el momento fue interrumpido.
—?Liv! ?Viniste! —exclamó Astrid, alzando la mano con entusiasmo.
Junto a ella venía Elizabeth, ambas con mochilas llenas de provisiones. Al principio, Astrid se mostraba reacia a convivir con un vampiro, pero a medida que tenia que convivir con Elizabeth, se mostro un poco mas accesible en publico, pero en secreto, aun le guardaba rencor. Al ver a la valkiria, Astrid corrió hacia ella sin dudarlo. Liviana bajó la cabeza y se inclinó, mostrando el respeto que su rango exigía.
—Mi se?ora… —dijo, extendiéndole un sobre sellado con cera real —Le traigo una carta de parte de su padre.
—?Ah! ?Papá me escribió! —respondió Astrid, con una sonrisa radiante —Vamos, entremos. Podemos leerla juntas.
La tomó del brazo, con la naturalidad de una hermana mayor, y comenzaron a caminar hacia la entrada.
Pero mientras pasaban junto al joven, su voz volvió a surgir, como un cuchillo envuelto en terciopelo:
—Entonces… supongo que el anciano oculto entre los árboles debe ser para ti, Elizabeth.
Ambas chicas se detuvieron. Elizabeth giró la cabeza con una expresión de sorpresa.
Y allí, saliendo de entre las sombras que envolvían los robles cercanos, apareció un hombre de avanzada edad, vestido con sobriedad impecable. Su porte era digno y su paso medido.
—?Edmund! —exclamó Elizabeth, entre asombro y alegría —?Creí que llegarías el próximo mes!
El mayordomo bajó la cabeza con respeto, cruzando una mano sobre el pecho.
—Mis disculpas, mi lady. Solo deseaba esperar un poco mientras usted llegaba. No quise interrumpir.
—?Está bien! ?Vayamos a comer algo!
—Como ordene, mi lady. —respondió con voz firme y ceremonial.
Ambas se disponían a marcharse cuando la voz de Cáliban las detuvo desde la entrada.
—?Hey! ?No se les olvida algo?
Las dos se giraron y siguieron su mirada. A sus pies, seguían las bolsas de provisiones que habían dejado antes del encuentro.
Astrid y Elizabeth suspiraron. Tenían tareas que terminar antes de poder relajarse. Sin opción, pospusieron la conversación con sus respectivos guardianes y regresaron a sus quehaceres. Liviana fulminó a Cáliban con la mirada por atreverse a mandar a su se?ora… pero él simplemente la ignoró y se volvió hacia el interior de la casa.
Más tarde, cuando el sol estaba ya en lo alto, Astrid y Liviana compartían un desayuno ligero en la terraza de la mansión. Un lugar tranquilo.
Liviana mantenía una postura impecable, como siempre. Sentada con la espalda recta, sostuvo una taza de té entre los dedos enguantados y, sin apartar la mirada del horizonte, preguntó:
—Mi se?ora… ?Quién era el joven con el que me crucé hace un rato?
Astrid, con una taza similar en la mano, bebió un sorbo antes de responder con calma.
—?Hmm? Ah, él es Cáliban. Es el líder de la Casa.
Liviana alzó una ceja, sorprendida.
—?El líder? ?Es de alguna casa noble? ?Descendiente de algún guerrero célebre?
—Hmm… no, creo que no. ?Eso importa?
La pregunta sorprendió a Liviana. Bajó su taza con cierta brusquedad, haciendo que esta resonara sutilmente sobre el platillo.
—?Por supuesto que importa! Ese joven no es normal. Tiene que tener cuidado con él, mi se?ora. Tal vez sea un espía. O algo peor… un asesino encubierto.
Astrid parpadeó, algo alarmada por el tono de su guardiana.
—?Por qué piensas eso?
Liviana apretó los labios un momento, conteniendo el impulso de sonar paranoica. Luego habló con gravedad.
—Su centro de gravedad es casi perfecto, por no decir absoluto. Cada paso que da es calculado. Su guardia está en alto constantemente, aunque lo disimule… como si esperara un ataque en cualquier momento. Y lo más importante… el movimiento de sus manos. Tranquilo, natural… propio de alguien que ha empu?ado una espada durante a?os.
Se inclinó ligeramente hacia ella.
—Esa clase de gestos no se aprenden en una academia. Se forjan en el campo de batalla. En los salones ocultos del entrenamiento o… entre asesinos. —Su voz se volvió un susurro afilado —Mi se?ora… le pido que regrese a casa conmigo. Esto no es seguro. él no lo es.
Astrid bajó la vista. Por un instante, se permitió sentir la duda sembrada en sus palabras. Sin embargo, tomó un intento fallido de hacer que volviera a casa. Liviana ya le había mentido antes con tal de que volviera al castillo.
—No. —dijo Astrid con serenidad, bajando lentamente su taza de té —Ya hemos tenido esta conversación, Liv. No volveré hasta saber lo que me depara este lugar. Pero gracias por preocuparte por mí. Tendré en cuenta tu advertencia.
Liviana guardó silencio. Observó cómo su se?ora bebía con calma, con esa firmeza suave que tan bien conocía. No era una respuesta impulsiva. Era una decisión pensada. Y eso, en lugar de tranquilizarla, le pesaba más.
Mientras tomaba un sorbo de su propia taza, su mente seguía atrapada en la misma imagen. Cáliban, de pie, con la expresión vacía y la energía contenida… pero alerta, como un arma envainada.
Lo que más le inquietaba no era su presencia física, ni su carácter reservado.
?él sintió la presencia del vampiro antes que yo…?
Ese pensamiento la sacudía más que cualquier amenaza concreta.
?Ni siquiera percibí ese rastro, y él lo detectó con naturalidad… sin esfuerzo…?
Apretó la taza con más fuerza de la necesaria, sintiendo una punzada de impotencia en el estómago. Una valkiria de su rango no debería pasar por alto una presencia hostil. Menos aún si su se?ora estaba en riesgo.
Bebió de nuevo, esta vez en un intento por calmarse. Pero el té no lograba endulzar la amarga sensación que se le enredaba en el pecho.
Y para colmo, tenía que soportar los berrinches testarudos de su se?ora… una joven noble que, como siempre, tomaba su propia seguridad con una tranquilidad que le crispaba los nervios.
Frente a ella, Astrid parecía ajena al conflicto interno que Liviana intentaba disimular. O tal vez no. Tal vez lo sabía… y aún así, no iba a cambiar de decisión.
Del otro lado de la mesa, Juliana permanecía en silencio. Aún procesaba la historia que Astrid acababa de contarle. Su ceja alzada era un claro reflejo de lo que pasaba por su cabeza.
—?Y tú te quedaste tan tranquila después de eso? —preguntó finalmente, cruzando los brazos —Lo siento, pero… todo lo que me estás diciendo no hace más que sumar más preguntas.
—Lo sé. —respondió Astrid, bajando ligeramente la mirada —Yo también las tengo.
—Ahora que lo mencionas… creo que sí es raro. —murmuró Juliana, con la mirada perdida en sus pensamientos.
—?Crees que deberíamos preguntarle? —preguntó Astrid, de pronto, algo animada por la idea.
—Si tienen algo que decir, solo háganlo. —dijo una voz desde la escalera.
Ambas se sobresaltaron. Cáliban descendía con calma, cruzando la baranda con esa expresión neutra que parecía leer pensamientos sin proponérselo.
—Ya acomodé todo arriba. Pueden subir.
Siguieron al líder hasta el segundo piso. La sala era sencilla pero funcional. Un despacho peque?o, con un escritorio de madera, algunos documentos esparcidos y un par de sillones largos para los invitados. Las ventanas dejaban entrar la luz exacta para mantener la atmósfera sobria.
Cáliban tomó asiento tras el escritorio y se?aló los sillones con la cabeza.
—Pueden sentarse. Lamento no poder ofrecerles nada de beber. Como verán, esto apenas empieza… —Suspiro con cansancio —Pero bueno, ?Qué las trae por aquí hoy? ?Ya están mejor de sus heridas?
—Eso deberíamos preguntártelo a ti. —comentó Juliana mientras echaba una mirada al brazo de Cáliban, aún cubierto por la chaqueta —Tu brazo estaba hecho mierda.
—?Cómo se encuentra su brazo, líder? —a?adió Astrid, visiblemente preocupada.
Cáliban desvió la mirada y se ajustó la chaqueta, ocultando mejor su brazo.
—Ya está mejor. —respondió con evasiva calma —La doctora dijo que sanará en unos días, así que no me preocupa. Pero olvidemos eso. ?Querían preguntarme algo?
Ambas se miraron. Notaron su intento por evitar el tema, pero decidieron respetarlo. No todos sanaban igual.
—Bueno… —comenzó Juliana —queríamos agradecerte por habernos salvado. Aunque yo tengo otros asuntos que discutir contigo… pero mejor habla primero con ella. Puedo esperar.
Cáliban asintió y dirigió la mirada hacia Astrid, expectante.
—?Entonces?
Astrid apretó los dedos sobre su falda, nerviosa. Era la primera vez que tenía una conversación tan directa con él. O con cualquier hombre en mucho tiempo.
—Ah… bueno… yo… —titubeó, respiró hondo y bajó la cabeza con una reverencia leve —Solo quería agradecerte… por salvarme. Fuiste muy valiente. Gracias.
El leve movimiento de su antifaz reflejaba la luz, y por un instante, Cáliban pensó en preguntar por él. Pero no era su lugar.
—No es necesario que agradezcas. —dijo, recostándose con tranquilidad en su silla.
Juliana, en cambio, tenía la mente aún en la escena del hipódromo.
—Por cierto, líder… —preguntó con tono burlón —?Disfrutaste tu pelea con el caballo loco? ?Por qué nos ayudaste?
La pregunta lo tomó por sorpresa. ?La había disfrutado?
Cerró los ojos un momento. Volvió a aquel instante… el choque de energía, el rugido del espíritu, la mirada desafiante del corcel. Sí, la había disfrutado. Pero no por la violencia… sino por lo que sintió.
Normalmente, evitaba conflictos innecesarios. No le gustaba imponer fuerza por capricho. Y aun así, en cuanto cruzó miradas con el espíritu, comprendió que no había maldad. Había anhelo. Una voluntad tan fuerte que ardía con el deseo de ser reconocido, de ser desafiado. De encontrar algún sentido para seguir existiendo.
Y sin pensarlo, su cuerpo reaccionó.
Cáliban sonrió apenas.
—La verdad… sí. Fue memorable. Realmente lo disfruté. Y sobre por qué las ayudé… no lo sé. Las vi en peligro… y mi cuerpo saltó por sí solo.
No era un héroe. No buscaba reconocimiento. Pero tampoco podía ignorar cuando alguien necesitaba ayuda. Aun si eso le costaba la vida. Aun si no ganaba nada a cambio. Era el camino que su maestro le ense?ó. Defender, no dominar. Proteger, no presumir.
Juliana y Astrid se miraron… y no pudieron evitar reír.
—?Qué? —preguntó Cáliban, algo desconcertado por sus reacciones.
—Nada. —dijo Juliana entre risas —Es solo que… no sé si eres increíblemente sincero… o increíblemente malo mintiendo.
—Las dos cosas pueden ser ciertas, puede que Cecilia tuviera razón… —a?adió Astrid, conteniendo la risa. Entendiendo las palabras que dijo Cecilia cuando mencionó que conocía a alguien con las descripciones que habían dado ese día.
Cáliban frunció el ce?o, levemente curioso.
??Razón? ?De qué tenía razón Cecilia?? —pensó, aunque no lo preguntó en voz alta.
—Bueno, dejando eso de lado… —interrumpió Cáliban, retomando la conversación —?Qué era lo que querías hablar conmigo?
—?Ah! ?Es cierto! —exclamó Juliana, como si de pronto recordara a que había venido —Ten…
Sacó un papel doblado de su bolsillo y se lo entregó. Cáliban lo desenrolló, leyó la solicitud en silencio, con el ce?o ligeramente fruncido.
—?Quieres unirte al gremio? —preguntó, levantando la vista con sorpresa —?Por qué?
Juliana se encogió de hombros, cruzando una pierna sobre la otra con naturalidad.
—Bueno… no he tenido mucha suerte con otros gremios. Pensé que aquí sería diferente… tal vez.
Cáliban bajó la mirada de nuevo al documento. Mientras lo analizaba, una idea tomó forma lentamente en su mente.
?Esto podría funcionar. Si se une… podremos vigilarla más de cerca. El problema será hacer que las demás también se unan…?
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Pero antes de que pudiera emitir su respuesta, Astrid sacó también un papel doblado de entre sus cosas y lo colocó sobre el escritorio.
—?Tú también? —preguntó Cáliban, alzando ambas cejas con moderada sorpresa —Pensé que ya estabas en un club.
—Sí, bueno… —Astrid desvió la mirada, algo incómoda —Resultó no ser lo que esperaba, así que lo dejé. ?Puedo probar suerte aquí también?
Hizo un gesto suplicante, juntando las palmas como si ofreciera una plegaria silenciosa.
Cáliban miró ambos documentos, luego las miró a ellas.
?Perfecto… si ambas están aquí, no necesitaré mover más recursos. Puedo protegerlas sin levantar sospechas.?
Cerró los ojos un momento, como si midiera las palabras con precisión.
—Está bien. Las aceptaré.
Juliana sonrió ampliamente, a punto de celebrarlo, cuando él levantó la mano.
—Pero con una condición.
Ambas se enderezaron en sus asientos.
—Necesito que hagan un favor. Quiero que acompa?en a Cecilia y a Elizabeth en sus trayectos... no han podido avanzar con las tareas semanales de la casa. Están atrasadas en la escuela. Las ayudarán en la mazmorra o con lo que necesiten.
Astrid parpadeó, algo confundida, la sola idea de ayudar a Elizabeth no le agrado. Juliana, en cambio, sonrió con malicia. Aprovechando aquella solicitud, se levantó del sillón, se ajustó el cinturón y se acercó al escritorio con expresión burlona.
—Entiendo tu situación, líder. Pero no esperarás que hagamos todo eso gratis, ?Verdad?
Cáliban se reclinó levemente hacia atrás, entrelazando los dedos sobre su abdomen. Sabía perfectamente a dónde iba Juliana con ese tono.
Astrid se quedó mirando a Juliana como si no la reconociera por un momento.
—Hmm… ?Qué es lo que realmente quieres? —preguntó con cautela, bajando la taza con lentitud.
Juliana aprovechó la atención como si hubiera estado esperando el momento exacto.
—?Queremos el 100% de las ganancias de nuestras misiones! Nada de comisiones, ni tasas absurdas. También queremos participar en tus combates en la mazmorra. Y… —miró su arma con desdén —unas armas nuevas estarían bien. Esta hacha está en sus últimos suspiros… ?Ah! Y sparrings. Me encantaría enfrentarte algún día, líder.
—Juliana… —susurró Astrid, reprobando cada palabra.
La petición le sabía a burla. Después de que Cáliban las había protegido sin pedir nada a cambio, exigirle condiciones era, para ella, como escupirle en el rostro.
Pero para su desconcierto, Cáliban no pareció molesto.
—Si eso es lo que quieren, está bien por mí.
Juliana parpadeó. Se quedó en blanco por un momento, como si no entendiera lo que acababa de oír.
—?Ah? Espera… lo decía en broma. No es que lo exija en serio…
—No me afecta. —interrumpió Cáliban con tranquilidad —Si eso las motiva, entonces lo vale. Me encargaré de forjar nuevas armas para ambas. Solo cumplan su parte, y del resto me encargaré yo.
Astrid no pudo evitar hablar.
—?Está seguro, líder?
Cáliban asintió con seriedad.
—Sí. Si no fuera beneficioso para mí también, no lo aceptaría. Puedes estar tranquila.
Juliana, tras unos segundos en silencio, soltó una carcajada sonora y se dejó caer de nuevo en el sillón.
—?Me agradas, líder! —dijo entre risas bien fingidas —Dime, ?También nos ense?arás a pelear como tú?
—?Disculpa? —preguntó Cáliban, extra?ado.
Astrid intervino rápidamente, notando el tono algo imprudente de su compa?era.
—Perdón… puede que nos escuchara antes, cuando nos preguntábamos de dónde había aprendido a pelear así. No queríamos ser irrespetuosas. Lamento si lo molestamos con nuestros comentarios.
Cáliban la observó con calma antes de responder. Luego dejó escapar un leve suspiro.
—No me molesta. De hecho… tienen razón. No vengo de ninguna casa noble, ni de un linaje de guerreros como ustedes. Todo lo que sé lo aprendí de una sola persona… mi maestro.
Ambas lo miraron con atención. Su voz tenía un matiz distinto ahora. Más suave. Más humano.
—Cuando perdí a mi familia… él me encontró. Me crió, me entrenó. Me ense?ó a combatir, pero también a pensar, a escuchar, a actuar incluso cuando nadie más lo haría. Me ense?ó a no darle la espalda a una pelea justa, y a no abandonar nunca a alguien que no pueda protegerse a sí mismo.
Cáliban bajó la mirada un momento.
—Era un buen hombre.
—Oh, ?No podrías invitarlo a visitarnos? —preguntó Juliana, estirando los brazos por detrás de la nuca, con una sonrisa despreocupada —Tal vez pueda darnos algunas lecciones como a ti…
Cáliban bajó la mirada un instante. Su respuesta fue serena, pero cargada de un peso que se sintió en el aire.
—Eso sería bueno… pero murió hace tiempo. Me temo que eso será imposible. Lo siento.
Juliana dejó de sonreír. Astrid, sin decir palabra, se acomodó en su asiento con más suavidad.
—?Qué le pasó? —preguntó Juliana, esta vez con un tono respetuoso.
Cáliban tardó unos segundos en responder.
—Murió… como vivió. Peleando por algo que no le daría nada a cambio, pero que creía justo. Nunca lo vi dudar.
Astrid apretó los dedos contra sus rodillas, conmovida por la honestidad de sus palabras.
—Debió ser fuerte… —dijo en voz baja.
—Lo era. —afirmó Cáliban, con una peque?a sonrisa nostálgica —No por sus músculos, ni por su espada. Era fuerte porque no necesitaba que nadie lo reconociera para seguir haciendo lo correcto.
Juliana lo miró, más seria de lo habitual.
—Tranquila. —interrumpió Cáliban sin amargura —No hiciste nada malo. Todo está bien.
Se puso de pie, acomodando la chaqueta sobre su hombro.
—Con eso dicho, me gustaría que regresaran a la casa para cumplir con lo suyo. Yo debo ir a registrar el gremio al Palacio. Nos vemos en casa.
Las acompa?ó hasta la puerta. Ambas chicas salieron sin más, cruzando el umbral de la torre con la luz del mediodía colándose entre las hojas de los árboles.
Juliana estiró los brazos con gusto.
—Bueno… eso salió bien, supongo.
Astrid, en cambio, fruncía el ce?o.
—?No se te hace raro que nos haya dado tantas libertades? Fue… demasiado fácil.
—?Y qué? —respondió Juliana con despreocupación —Solo aprovéchalo. Vamos con Cecilia y Elizabeth. ?Quiero recibir mi arma lo antes posible!
Astrid suspiró con resignación. Sabía que intentar hacer entrar en razón a Juliana era una batalla perdida. Ambas se alejaron por el sendero, mientras el viento movía suavemente las hojas a su paso.
Mientras tanto, Cáliban subía de nuevo al segundo piso, esta vez en dirección a la habitación donde Reinhard y lord Xander vigilaban a Joseph. Al entrar, su mirada se dirigió directamente hacia la cama.
—?Cómo está? —preguntó con preocupación contenida.
Lord Xander respondió con un tono calmado.
—Aún no despierta, pero su condición ya está estable. No debería tardar demasiado en recobrar la conciencia.
Cáliban asintió, aliviado.
—Bien… se lo advertí. Le dije que no entrara en esa maldita cueva.
Lord Xander guardó silencio unos segundos. Luego, su expresión se tornó más grave.
—A propósito, Cáliban… hay algo que necesito discutir contigo.
Solo con ver su rostro supo que no se trataba de algo menor.
—Vamos abajo. —dijo sin titubeos —Reinhard, cuida de él mientras hablo con Xander.
Reinhard asintió en silencio y se sentó junto a la cama, observando a Joseph con atención mientras respiraba de forma regular, aún sumido en un sue?o profundo.
En la planta baja, Xander abrió una carpeta de cuero reforzado y le entregó una serie de documentos a Cáliban. Este los recibió y comenzó a hojearlos lentamente.
—?Qué es esto? —preguntó sin levantar la mirada.
—Archivos sobre desapariciones. Estudiantes que han sido reportados como ausentes a lo largo de los últimos dos a?os… —Xander hizo una pausa —La mayoría desaparecieron en una misma zona… la calle Altagusano.
Cáliban alzó los ojos. Frunció el ce?o al leer una de las páginas.
—La calle Altagusano… —murmuró.
—?Sabes dónde está? —preguntó Xander, tomando asiento frente a él.
—Sí. —Cáliban no apartó los ojos de los documentos —Es donde están los clubes de costura, ?No? Compré el hilo especial para el anillo de Nhun ahí. Algunas alumnas que trabajan en Rouche tienen clubes cerca… o al menos solían tenerlos.
Xander asintió con lentitud.
—Durante mucho tiempo han ocurrido desapariciones en esa zona. Siempre de forma aislada, espaciada. Unos cuatro o cinco casos por a?o. La primera desaparición registrada fue hace treinta y siete a?os. Todos los informes están ahí.
Cáliban hojeó cada documento con más atención. Había patrones, fechas, ubicaciones y nombres. Todo parecía desordenado a primera vista, pero mientras sus dedos pasaban las páginas, sus ojos comenzaron a conectar puntos invisibles.
—Las desapariciones siguen un ciclo. —dijo al fin, en voz baja —Una cada dos meses, siempre el día dieciocho. Febrero… abril… junio… agosto… octubre. Luego vuelve a empezar. —Cerró lentamente la carpeta. —Siempre en el mismo día, como un calendario marcado a sangre.
—?Crees que tenga relación con el Culto? —preguntó Xander.
—Podría. Hay rituales que requieren condiciones específicas como fases lunares, eclipses, equinoccios… —Cáliban se detuvo a pensar —Pero estas fechas no tienen correlación con ningún evento astronómico importante que yo conozca.
—El director me encomendó esta investigación… desconozco el motivo. —explicó Xander, cruzando las manos sobre las piernas —Este mes ya han ocurrido más de cinco desapariciones. Todas en días distintos. Ya no siguen el patrón. Sea lo que sea que están haciendo… están acelerando el proceso.
Cáliban hojeó la última ficha. Su expresión se endureció.
—Este… es muy reciente.
—Anoche. —confirmó Xander, bajando la voz —Justo en la misma zona.
El silencio se instaló entre ambos durante unos segundos. Cáliban mantenía la mirada fija en el expediente, su mente estaba procesando cada posibilidad, cada implicación.
Luego cerró la carpeta con decisión.
—Lo investigaré. Iré directamente a la zona de las desapariciones.
Xander se incorporó un poco, con evidente incomodidad.
—?No quieres que te acompa?e?
—No. —respondió con firmeza, sin dudar —Eso no sería beneficioso. Recuerda que te tienen vigilado. Si te ven cerca, es probable que no se expongan. Pero si voy solo… y sabiendo que soy su objetivo, quizás se muevan.
Xander apretó los labios. No le gustaba el plan. No le gustaba dejarlo solo. Pero sabía que tenía razón.
—Por cierto, lord Xander… —dijo Cáliban mientras terminaba de guardar los documentos en la bolsa de cuero —Quisiera pedirte un favor.
—Lo que necesites. —respondió Xander con firmeza, sin dudar.
—Convencí a Juliana y Astrid de que entrenaran junto a Cecilia y Elizabeth. Estarán en contacto constante. Eso nos da la ventaja de tenerlas cerca… y juntas. Quiero que las vigiles. Protégelas, al menos mientras yo no pueda hacerlo. Si caen en manos del culto…
Hizo una pausa. No necesitaba terminar la frase. Xander asintió con gravedad.
—Entiendo. Lo haré.
Cáliban le dirigió una última mirada antes de levantarse de su silla.
—?Irás ahora?
—No… —negó con la cabeza —Tomaré un ba?o primero. Necesito relajar el cuerpo, sanar la herida. Esta noche saldré con Reinhard.
Xander lo observó alejarse.
—Ten cuidado.
—Tú también… —respondió sin girarse, mientras se perdía por el pasillo.
Las aguas termales estaban en silencio. Solo el sonido tenue del agua y el leve vapor acariciando las paredes de roca rompía la quietud.
Cáliban se sumergió con lentitud, hasta que el calor cubrió cada fibra de su cuerpo. Cerró los ojos y se dejó arrastrar por la serenidad. Su respiración se hizo profunda. El dolor en su brazo se diluía con el vapor, como si se deshiciera en cada exhalación.
Entró en un estado de meditación profunda, no sólo para sanar su cuerpo, sino también su mente, cargada por el peso de días tensos.
Fue entonces cuando una voz, suave y tenue, emergió en su mente.
?Maestro… puedo sentir que mis heridas sanan mejor aquí…?
—Sí… —respondió en voz baja, sin abrir los ojos —Este lugar fue hecho para eso. Aquí, el cuerpo y el espíritu se reconstruyen juntos.
?Maestro… ?Puedo hacerle una pregunta??
—Por supuesto. —respondió con calma, ya habituado al tono curioso de su espíritu.
?Me tomé el atrevimiento de… ver algunas de sus memorias. O tal vez… usted me dejó hacerlo…?
Cáliban sonrió levemente, sin sorpresa. No habían tenido tiempo para hablar desde que se realizó el contrato, de hecho, Cáliban ya había sentido que el espíritu podía observar sus recuerdos. Extra?amente, no le puso muros, al menos no a todos los recuerdos, después de todo, una imagen habla más que mil palabras.
—No tengo nada que ocultar. Pero sí hay cosas… de las que no me agrada hablar. Espero que tu pregunta no toque esas heridas.
?Lo intentaré…? —dijo la voz con respeto ?Usted… es un ser muy antiguo, ?Verdad??
—No me considero así. —Abrió los ojos lentamente y alzó la vista al techo de roca encantado, que mostraba un cielo estrellado, vivo, como si el firmamento respirara con él —He conocido seres que me duplican en edad. Algunos que existían antes de que la palabra “tiempo” tuviera sentido. Comparado con ellos… solo soy viejo. Muy viejo. Nada más.
Hubo un instante de silencio.
Luego, la voz volvió a flotar en su mente, esta vez con un tono distinto. Más introspectivo.
??Cómo puede soportar el peso de tantos a?os… sin enloquecer??
Cáliban mantuvo la mirada en las estrellas ilusorias, que danzaban con lentitud sobre su cabeza. Como si cada luz fuera una historia que había olvidado.
—Esa es la pregunta que más me han hecho. Y la que menos sé cómo responder.
El vapor subió en espirales, envolviéndolo.
—Con el tiempo… pierdes cosas. Primero, los nombres. Luego los rostros. Después, las voces. Al final, los colores, los olores, incluso el calor de los recuerdos se vuelve distante. Y sin embargo, algo de ti los conserva. Como una cicatriz invisible.
Guardó silencio unos segundos. Luego continuó:
—No se trata de soportar los a?os. Nadie puede hacer eso. Lo que haces es sobrevivirlos. Día tras día. Algunos con sentido, otros vacíos. La mayoría de nosotros no se vuelve loco porque esté solo… sino porque un día despierta y se da cuenta de que no recuerda por qué sigue peleando.
??Y usted aún lo recuerda??
—…A veces. —Cáliban cerró los ojos de nuevo —A veces olvido. A veces solo actúo por costumbre. Pero en los momentos de mayor silencio… recuerdo a mi maestro. Y recuerdo por qué acepté este camino.
??él lo salvó??
—No. —Abrió los ojos con lentitud —él me dio la oportunidad de salvarme solo. Eso es mucho más valioso.
El espíritu guardó silencio por un breve instante. Y Cáliban, por primera vez en semanas, se permitió sentirse ligero. Aunque solo fuera por unos minutos.
—Es irónico… —murmuró Cáliban, con la mirada aún perdida en las estrellas ilusorias del techo encantado —Nunca lo había pensado en detalle, pero es cierto. Al principio, me pesaban los días… los a?os… los siglos. Sentía el paso del tiempo como un yugo.
Hizo una pausa, dejando que el vapor envolviera su cuerpo como un suspiro antiguo.
—Pero cuando vives lo suficiente, te das cuenta de que no son los a?os lo que realmente pesa. No es la edad… ni el transcurrir de las eras. Lo que realmente carga tu alma son los momentos. Los instantes que compartes con alguien especial. Porque los a?os… pasan. Pero esos momentos vividos… esos que compartes con los que amas… son los que se quedan contigo. Para siempre. Y cuando ya no están… el vacío que dejan es más pesado que cualquier eternidad.
Se sumió en silencio un segundo más, antes de hablar con voz más baja.
—Mi maestro solía decir que ese dolor… esa nostalgia… esa calidez perdida… es lo que nos diferencia de los Exteriores. Ellos no extra?an, no lloran, no recuerdan. Pero nosotros sí. Y aunque a veces duela, vale la pena. Porque te recuerda por qué luchas.
La voz del espíritu resonó suave, más cercana que nunca.
?Yo no puedo recordar nada…?
Cáliban bajó lentamente la mirada.
?No tengo memoria de un padre… ni una madre o algún amigo, como otros espíritus. Nunca conocí la calidez de alguien cercano. He estado solo desde que tengo conciencia. Intenté convivir con otros… intenté hacer amigos. Pero siempre huían. No encajaba con ningún grupo. Todos me temían…?
El silencio volvió a cubrir la estancia como un manto húmedo. Cáliban cerró los ojos, dejando que el eco de su voz calara profundo.
—?Cómo llegaste a la academia?
La respuesta no tardó.
?Es curioso… un día conocí a una mujer. Ya era bastante mayor, humana, pero amable… muy amable. Me dijo que no tenía por qué estar solo. Que podía tener un hogar. Hicimos una apuesta. Si lograba vencerme en combate, iría con ella. Pensé que bromeaba. Así que acepté… y perdí.?
Cáliban sonrió, apenas.
?No tenía a dónde ir… así que cumplí mi promesa. La acompa?é. Fueron cinco a?os que estuve con ella. Creo que al final se rindió conmigo. Me dijo que no podía ayudarme como esperaba, pero que aquí… tal vez, solo tal vez… podría conectar con alguien.?
—Supongo que al final… tenía razón. —dijo Cáliban, con una sonrisa genuina.
?Así es…?
El vapor se volvió más espeso, como si la calma hubiera empapado también el aire. Cáliban sintió una leve paz. La compa?ía de alguien que entendía el peso del tiempo.
?Maestro… en sus viajes por el cosmos… ?Ha conocido a alguien como yo? ?De mi especie??
Cáliban cerró los ojos. Buscó en su memoria, entre las constelaciones de batallas, descubrimientos y ruinas. Pero por más que exploró mentalmente cada planeta, cada bestia, cada voz escuchada en los confines del vacío… no halló nada.
—Me temo que no. Eres el primero. El único que he visto… en toda mi vida.
El espíritu guardó silencio.
?Ya veo…?
—No te preocupes. —La voz de Cáliban fue firme, sin titubeos —Te prometo que encontraremos a otros como tú. Así tenga que recorrer todos los planos y dimensiones para lograrlo. Aunque me cueste el resto de mi vida.
?Estoy seguro de que cumplirá su promesa…? —respondió con una calidez que rara vez mostraba.
Un instante después, como si hubiera recordado algo importante, a?adió:
?Oh… por cierto, aún no hemos completado el contrato.?
Cáliban frunció el ce?o, intrigado.
—?No? ?Hay algún paso adicional?
?Sí. Lo que hicimos fue un acuerdo de combate. Un reconocimiento mutuo. Pero para formar el lazo verdadero… debe entregarme algo más que sangre.?
—?Y qué es lo que debo darte?
?Un nombre…?
Cáliban alzó la vista hacia el cielo ilusorio sobre su cabeza, donde las estrellas titilaban como si aguardaran una decisión.
—Un nombre… —repitió en voz baja.
?Algo insignificante, sí… usted tiene que darme un nombre. Cuando lo haga, el contrato estará completo.?
—No creo que eso sea insignificante… —respondió Cáliban con voz suave.
?Para mí lo es… No me importa cómo me llame. No cambiará lo que soy.?
Cáliban cerró los ojos, sumido en la reflexión.
—Entiendo… pero aun así, te prometo que pensaré en un gran nombre. Uno que sea digno.
El espíritu no dijo nada más. Comprendió que no debía perturbar la calma de su amo. Cáliban continuó en silencio, sumido en la meditación, hasta que el vapor y el calor curativo de las aguas termales hicieron su efecto.
Más tarde, cuando caía la noche, mientras se secaba el cabello con una toalla, se topó con Reinhard en el pasillo.
—Lord Xander me relevó para cuidar a Joseph. —dijo el joven, algo apagado —Me dijo que me buscabas.
—Prepárate, Reinhard. Salimos en unos minutos. Tenemos una investigación pendiente.
—De acuerdo…
Pero algo no estaba bien. Cáliban lo notó de inmediato. Reinhard no lo miraba a los ojos. Sus hombros estaban caídos y su expresión distante revelaban una batalla interna.
Cáliban le puso una mano en el hombro, firme pero fraternal.
—No es tu culpa, amigo mío. Cada quien es due?o de sus propias decisiones. No te cargues con un peso que no es tuyo.
Reinhard forzó una sonrisa, débil.
—Lo intentaré…
Ambos se equiparon rápidamente y salieron del gremio. La noche era espesa. Las calles estaban sumidas en un silencio que parecía tragarse el sonido de sus pasos. Finalmente, llegaron a su destino, la Calle Altagusano.

