Cuando Cáliban salió del hospital al día siguiente, el sol le pareció más punzante que de costumbre. Un dolor constante le recorría el pecho herido, palpitante como un segundo corazón. Las palabras de la doctora Mirne aún resonaban en su cabeza:
—“Cuando el espíritu vinculado sufre da?os, el portador también lo siente. No en igual medida, pero sí lo suficiente como para no olvidarlo.”
Según ella, tendría que convivir con ese eco de sufrimiento durante el proceso de recuperación de ambos. Por suerte, podría acelerarlo con las aguas termales de su palacio.
—?Cáliban! —llamó una voz familiar desde las escaleras.
Joseph y Reinhard bajaban con paso rápido, ambos con semblantes aliviados al verlo de pie.
—?Cómo pasaste la noche en el hospital? —preguntó Reinhard, con la vista fija en el brazo vendado.
—Tuve que soportar los rega?os de la doctora Mirne otra vez. —respondió con una sonrisa ladeada —Pero fuera de eso, bastante tranquilo.
Joseph y Reinhard intercambiaron una mirada. Cáliban lo notó de inmediato. Había algo más. Algo que no estaban diciendo.
—?Sucede algo? —preguntó, frunciendo ligeramente el ce?o.
—Sí… —comenzó Joseph, pero desvió la mirada —Pero creo que es mejor que te lo explique Lord Xander. él tiene más contexto.
—Entiendo… —dijo Cáliban, mientras comenzaba a bajar las escaleras —Entonces, vayamos al gremio cuanto antes.
Poco después, los tres iban a bordo de un carruaje, cruzando la avenida central hacia el cuartel del gremio . El vehículo avanzaba a buen ritmo, y entre conversaciones ligeras y alguna risa suelta, Cáliban sintió un estremecimiento leve, casi imperceptible… pero familiar. Una presencia lo observaba. No desde un rincón visible, sino desde ese punto intangible donde los espíritus aguardan.
Una energía conocida, pero esquiva. Un susurro del vacío.
—Por cierto. —dijo de pronto, como si no pudiera contener su curiosidad —?Tu espíritu dejó de ser tímida?
Joseph parpadeó, sorprendido por la pregunta fuera de contexto.
—Ah… bueno, no lo creo. Aparentemente… todavía le das miedo. Dice que puede sentir tu espíritu desde lejos, y que para ella eres… caótico y extra?o. —respondió, rascándose la mejilla con nerviosismo.
—?En serio? —dijo Cáliban con una sonrisa intrigada —Yo no lo veo así…
Lentamente, extendió la mano al aire con precisión. De entre la nada, atrapó con dos dedos una peque?a silueta translúcida que chilló al instante.
—?Ah! ?Suéltame! ?Yo no fui! ?No estaba espiando, lo juro! —gritó la diminuta Sílfide, forcejeando con patitas de luz.
Cáliban la sostuvo con delicadeza, como quien sujeta a un ave temblorosa. Su mirada carmesí se posó sobre ella con calma.
—Deberías aprender a camuflarte mejor. —murmuró, sin ápice de hostilidad.
—?Eso no es justo! ?Tu energía te delata a kilómetros! ?Ni siquiera intentas esconderla! —refunfu?ó el espíritu, cruzando los brazos mientras flotaba frente a él tras ser liberada.
Joseph suspiró.
—Ya te dije que no te acercaras tanto… ahora mírate.
—?él me atrapó como si yo fuera un insecto!
—Te atrapé porque te portaste como uno. —dijo Cáliban, recostándose con el brazo bueno.
El ambiente dentro del carruaje se tornó más tranquilo. A pesar del dolor físico, el regreso a la normalidad, aunque fuese temporal, traía consigo algo parecido a la paz.
—?Estaba camuflada con magia espiritual! ?No se supone que pudieras verme! ?Contratista, ayúdame! —gritó la peque?a sílfide, agitando los brazos con desesperación mientras forcejeaba entre los dedos de Cáliban.
Joseph soltó una risa ahogada.
—?Podrías soltarla? Te aseguro que no tenía malas intenciones.
—Lo sé. —respondió Cáliban con una sonrisa sutil —Solo quería asustarla un poco.
Abrió la mano con lentitud, dejando que la diminuta criatura escapara. Esta, sin pensarlo, salió disparada y se ocultó tras la espalda de Joseph, asomando apenas su rostro desde su hombro.
—?Qué cruel! —reclamó con voz aguda, aún temblorosa.
Cáliban no hizo más que inclinar ligeramente la cabeza, observándola con detenimiento.
—Así que, ?Eres un espíritu de alto rango? —preguntó, evitando mirarla directamente para no incomodarla más de lo necesario.
—Así es… —respondió en voz baja, todavía escondida.
—?Entonces? ?Por qué me estabas observando?
La sílfide dudó, pero terminó hablando sin abandonar la protección que le ofrecía Joseph.
—Mi amo me dijo que no eres malo… a pesar del hedor a muerte que exuda tu espíritu.
Cáliban asintió con lentitud.
—Mientras no seas mi enemiga, así es.
—No confío en ti… —dijo la sílfide con una frialdad infantil.
—No necesito que lo hagas. Tampoco necesito agradarte. —respondió Cáliban, sin rastro de molestia en su tono —Solo cuida de Joseph. Ayúdalo a fortalecerse para cuando llegue el verdadero horror. No te exigiré nada más. Ni siquiera tenemos que volver a vernos.
Las palabras golpearon con una extra?a honestidad. La sílfide lo observó con una mezcla de recelo y sorpresa. No estaba acostumbrada a alguien tan directo… o tan resignado.
Joseph, en silencio, recordó entonces la conversación que había tenido con su espíritu poco después de la batalla en el hipódromo. Era justo tras su encuentro con los profesores. Las palabras le habían quedado marcadas:
—"Escucha, me gustaría creer tu historia, en serio... pero hay un motivo por el que simplemente no puedo. En el mundo espiritual, sabemos de los Ascendidos, esos antiguos mortales que conocían los secretos de lo divino y ascendieron a los planos superiores. Pero están extintos. Los Exteriores e incluso otras razas, los destruyeron hace eones porque representaban una amenaza incluso para ellos. Desde entonces, ningún mortal ha vuelto a ascender por métodos convencionales. Es imposible. Y aun si por algún milagro existiera uno... tu amigo no puede serlo. Su energía es caótica. No es divina. Es demencia pura, sin forma, sin control. Es como mirar al vacío mismo. Y sin embargo… actúa como si fuera un humano normal. Eso es lo que no tiene sentido."
—"No hay manera alguna de que tenga esa energía... y no haya sido devorado por ella. Algo no encaja. O hay algo malo con él… o te está mintiendo. Sea cual sea el caso, amo… es mejor no confiar en él."
Joseph volvió al presente. Su espíritu aún se refugiaba detrás de él, mirando a Cáliban con un miedo instintivo que ni su vínculo podía calmar.
Cáliban, en cambio, solo miraba al frente. Como si ya estuviera acostumbrado a ese tipo de miradas. Como si hubiese aprendido a vivir rodeado de sospechas… sin necesitar la validación de nadie.
—La confianza es un lujo, sílfide. —dijo finalmente, sin mirarla —Uno que no espero obtener de ti.
Ella no respondió, solo lo observó en silencio.
Joseph lo miró con cautela. No quería creer que su amigo y maestro era aquello que su espíritu sugería. Pero si lo que había escuchado era cierto, si había siquiera una pizca de verdad en ello… entonces tenía que estar más atento.
A su lado, Reinhard permanecía en silencio, sentado con las piernas cruzadas y los ojos cerrados, claramente inmerso en una profunda concentración. Cáliban notó su postura y no pudo evitar preguntar con genuina curiosidad:
—?Qué haces?
Reinhard abrió un ojo, sobresaltado por la interrupción. No esperaba ser notado.
—Ah… lo siento. Pensé que podía meditar como tú lo haces. —respondió con una sonrisa algo nerviosa.
Cáliban arqueó una ceja, intrigado.
—?Meditar?
—Sí, eso es lo que haces, ?No? —explicó Reinhard —Cuando estás en las aguas termales o simplemente en silencio… te sientas así. Pensé que estabas meditando.
Una leve sonrisa cruzó el rostro de Cáliban. Desde fuera, podía parecer meditación, lo admitía. Pero la realidad era otra. Cáliban rió suavemente.
—No. No estoy meditando. —corrigió —Lo que hago es expandir mis sentidos. Es una técnica conocida como Polivalencia Sensorial. En ella, separas tus sentidos uno por uno. Vista, tacto, oído, olfato… hasta que dejan de funcionar como un todo. La conciencia se fragmenta, y los sentidos entrenan por separado.
Reinhard lo miró, fascinado.
—?Y qué se logra con eso?
—Cuando vuelves a unirlos, se vuelven más agudos. Más precisos. Por ejemplo, cuando parezco “meditar”, probablemente estoy entrenando mi sentido del tacto o el oído. No es algo superficial. Es… como vivir en silencio dentro de uno mismo.
Reinhard se inclinó hacia adelante, emocionado por lo que acababa de aprender.
—?Eso suena increíble! ?Podrías ense?ármelo?
Pero Cáliban negó con la cabeza, casi de inmediato.
—Me temo que no es así de fácil. Fragmentar tu conciencia y volver a reconstruirla conlleva un precio. Si tu mente no es fuerte, puedes perderte en el proceso. No se trata solo de enfoque… es un combate mental. Tienes que enfrentar todos tus límites, y cruzarlos. Ver tus miedos, tus traumas, tu yo más oscuro. Y vencerlos.
Su mirada se volvió más seria, más distante.
—Bien dicen que el mayor enemigo de un guerrero es su propia mente.
Las palabras dejaron el aire en silencio. Cáliban volvió la vista hacia la ventana del carruaje, cerrando la conversación con el mismo gesto con el que abría las puertas de su memoria.
No era un simple tema para él. Detrás de su dominio de esa técnica se escondía algo más, un poderoso artefacto que podía ayudarlo a aumentar sus sentidos. Cáliban les explicó que había un lugar al que nunca debían acercarse en su hogar.
La Cueva de las Revelaciones.
Un lugar sellado en los vestigios de la dimensión que una vez le perteneció. Una caverna oscura, cubierta por runas antiguas, cada una de ellas tallada con poder espiritual destinado al tormento. Aquella cueva era un artefacto de guerra… dise?ada para arrancar secretos de los enemigos a través de una tortura psíquica devastadora. Había sobrevivido a su castigo allí. Había entrenado su mente en medio del dolor y la locura, emergiendo solo con parte de su cordura intacta.
Y sin embargo… nunca olvidó las palabras de su maestro.
?“No te diré qué hacer. No puedo forjar tu voluntad. Solo tú debes decidir si el dolor vale la pena.”?
Su maestro jamás lo obligó a nada. Le mostró el camino, sí… pero fue Avalon quien eligió recorrerlo, sin ataduras. Sin promesas. Solo con determinación.
Y ahora, él no planeaba arrastrar a otros por ese sendero. Ese abismo le pertenecía. Solo a él. Por eso callaba, por eso reía cuando lo malinterpretaban, y por eso… no ense?aba.
Al mismo tiempo, en la Casa de los Especiales, Astrid se encontraba sentada en una mesa repleta de libros abiertos. Uno en particular, grueso y antiguo, ocupaba toda su atención. Estudiaba con diligencia para los exámenes de la semana siguiente, subrayando líneas con una precisión casi militar.
Fue entonces cuando escuchó pasos descendiendo las escaleras. Al levantar la mirada, reconoció de inmediato a Juliana.
—?Juliana! —exclamó, cerrando el libro de golpe y poniéndose de pie con una prisa inusual.
La aludida giró la cabeza, algo sorprendida por la repentina energía en la voz de Astrid.
—?Hmm? Oh, Astrid… ?Qué sucede?
—?Vas al gremio del líder?
—Sí. Quiero agradecerle por lo de ayer. Además, aprovecharé para preguntarle si puedo unirme… —respondió mientras ajustaba su ropa —?Por qué?
Astrid dudó apenas un segundo.
—?Sabes dónde queda?
—Claro, le pregunté a Nhun. —contestó Juliana con naturalidad.
—?Puedo acompa?arte? También me gustaría… agradecerle.
Juliana la miró con sorpresa. No era común que Astrid se mostrara tan abierta, siempre mantenía una sonrisa tranquila, pero que no dejaba de ser inquietante. Por lo general, mantenía su distancia y hablaba lo justo. Si acaso, compartían unas pocas conversaciones cuando la ayudaba a estudiar.
—Bueno… ?Pero tú pagas el carruaje!
—Eh… ?Está bien?... —murmuró Astrid, frunciendo el ce?o mientras la seguía, resignada.
Mientras tanto, en el gremio, Joseph discutía acaloradamente con Cáliban frente a la gran puerta principal. La tensión se notaba en la postura de ambos… uno, ansioso y frustrado; el otro, severo y firme como una roca.
—Ya te dije que no, Joseph. —repitió Cáliban, abriendo la puerta con fuerza —Seguirás entrenando como te ense?é. A tu ritmo.
—?Pero no he logrado avanzar! —insistió Joseph, dando un paso tras él —Si usamos la cueva, podríamos empujar los límites. ?Qué sentido tiene seguir lento cuando el tiempo juega en nuestra contra?
Después de explicarles que no debían acercarse a aquel lugar, Joseph se entusiasmó mucho. Quería usar la cueva para entrenar su mente, pensaba que podía soportar el dolor que esto conllevaba. Cosa que hizo enojar a Cáliban con creces. Se giró con violencia, su mirada ardía.
—?El camino fácil no siempre es la solución, imbécil! —lo rega?o, se?alándolo con el dedo —?Crees que por avanzar un poco ya estás listo para todo? No seas ingenuo. Esa arrogancia es lo que rompe a los hombres antes de que puedan siquiera descubrir su verdadero potencial.
Joseph apretó los pu?os.
—??Entonces para qué entrenamos?! —gritó —?Para ser más fuertes dentro de mil a?os? ?Tal vez para ti sea fácil decirlo! Pero algunos no tenemos el lujo de aguantar esperando. Si no enfrentamos nuestros miedos ahora… ?Cómo seremos capaces de combatir lo que viene?
Su voz se quebró un instante, temblando no de rabia, sino de algo más profundo.
—Desde que vi aquella cosa en el bosque… no he tenido una sola noche en paz. Pesadillas, visiones, sombras… no quiero ser un estorbo. No quiero seguir sintiéndome como un inútil. No otra vez…
El silencio se apoderó del recibidor. Reinhard, que estaba más atrás, bajó la mirada, algo incómodo.
Cáliban, en cambio, lo observaba con seriedad. Sus palabras habían sido impulsivas, pero no vacías. Desde su perspectiva, Joseph tenía razón. Desde la herida, hablaba con verdad.
Finalmente, la voz de Cáliban se suavizó, aunque no perdió firmeza.
—No eres inútil. Pero tampoco estás listo. —dijo con calma, acercándose un paso —La Cueva no es un reto común. No es una sala de entrenamiento… es una prisión de tu mente. Una herida abierta que solo tú puedes curar. Si entras allí sin preparación, no saldrás entero.
—?Entonces qué hago? ?Sigo esperando?
—No. Sigues entrenando. Pero no bajo presión, ni por miedo. Sino por convicción.
—No servirá de nada si me matan por ser débil en la siguiente batalla… —replicó en voz baja.
Cáliban observó a Joseph con una mezcla de compasión y resolución. Sabía que podía parecer cruel… pero a veces, un acto duro prevenía una caída aún más dolorosa. Y si debía romper esa curiosidad desbordada antes de que se volviera letal, mejor hacerlo ahora.
—?Eso crees? —dijo con tono grave, sin levantar la voz —Bien… sígueme.
Sin esperar respuesta, giró sobre sus pasos y se internó en el bosque.
Joseph y Reinhard lo siguieron desde atrás, sus pasos resonaron entre las hojas secas mientras hablaban en susurros tras él.
—?No crees que te excediste un poco? —preguntó Reinhard, con un poco de preocupación.
—No lo creo. —respondió Joseph con firmeza —Si no nos entrena con lo mejor que tiene, ?Cómo se supone que vamos a luchar contra el culto? ?Cómo se supone que te ayudaremos en la guerra?
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—Yo no tengo prisa por lanzarme a la guerra…
—?Ves? Ese es tu problema. —cortó Joseph —Mientras tú dudas, más gente muere. Más aldeas son borradas del mapa. ?No te gustaría acabar con esto de una vez? ?Salvar a tu familia? ?A tu pueblo?
Las palabras calaron hondo. Reinhard guardó silencio. Parte de él quería creer que su enfoque era el correcto, que seguir el ritmo del entrenamiento, paso a paso, era lo mejor. Pero otra parte… la que había visto los ojos vacíos de los refugiados, la que recordaba las casas en llamas… esa parte sabía que Joseph no estaba del todo equivocado.
Cerró los ojos un instante, y en la oscuridad de su mente escuchó una voz que había jurado nunca olvidar:
?“Hijo mío, avanza a tu ritmo. No vaciles, pero no te apresures. Escoge tu camino con cuidado. El fácil siempre está iluminado… pero es igual de fácil perderse en él.”?
Eran palabras de su padre. Sabias, siempre presentes. Palabras que, incluso ahora, servían como ancla.
—Hemos llegado. —dijo Cáliban de pronto, rompiendo el silencio.
Ante ellos, como surgida del suelo mismo, se alzaba una peque?a monta?a de piedra negra, perforada por múltiples aberturas naturales. Parecía más un cadáver erosionado por el tiempo que una formación viva. Al fondo, el horizonte se quebraba… era el límite mismo de la dimensión.
Cáliban los guió hasta una de las entradas más profundas. Un hueco amplio, circular, como la boca de una bestia dormida. La entrada estaba sellada por dos puertas de piedra gigantescas, tan antiguas que sus bordes estaban cubiertos de musgo oscuro y grietas mal cerradas. Pero lo más inquietante no eran las puertas en sí, sino lo que las cubría.
Cientos de runas. Escrituras que se torcían como si estuvieran vivas. Curvas imposibles. Trazos sin principio ni final. Cada símbolo parecía observarlos.
Joseph se acercó, dominado por la fascinación… hasta que el hedor le golpeó el rostro como una bofetada.
Retrocedió un paso. Y fue entonces cuando lo vio.
Las paredes cercanas a la puerta estaban cubiertas de cicatrices. No por el tiempo… sino de algún ser.
Ara?azos profundos. Golpes secos. Surcos donde u?as se habían quebrado, aún incrustadas en la piedra. Manchas oscuras, secas… sangre vieja. Y no solo eso, había fragmentos de tela, trozos de carne olvidada, y un silencio denso que no pertenecía al mundo exterior.
Joseph palideció.
—?Qué… es esto?
Cáliban colocó la palma de su mano sobre una de las puertas. Su expresión, por primera vez, parecía perder toda emoción.
—Esta es la Cueva de las Revelaciones. —susurró —Aquí vine cuando lo había perdido todo. Cuando ya no tenía más que mi cuerpo… y mi rabia. Aquí entrené mi mente. Aquí morí. Y volví a la vida.
Joseph lo miró sin saber qué decir.
—Tú quieres fuerza. —continuó Cáliban —Pero no sabes lo que pides. Aquí no hay entrenamientos. Aquí… hay tortura. Aquí escuchas voces que nunca se callan. Revives lo que más odias. Te enfrentas al tú que más temes.
Se giró hacia él.
—?Quieres entrar? Hazlo. Pero si lo haces, asegúrate de estar dispuesto a no volver a ser el mismo.
Joseph tragó saliva. Por primera vez, su deseo de volverse fuerte tembló.
Porque frente a esa puerta, entendió que el verdadero poder… se paga con pedazos del alma.
—La Cueva de las Revelaciones es un lugar de tormento y dolor eterno. Estas runas están imbuidas en un poder arcano incomparable, cuando la puerta se cierra, la mente del individuo es arrastrado a la “Puerta que no quiere ser abierta” —explicó Cáliban mientras recorría las paredes con sus dedos.
—?"La puerta que no quiere ser abierta"? —preguntó Reinhard, con el rostro pálido mientras observaba la entrada de la cueva.
Cáliban suspiró, con la mirada fija en la piedra antigua, como si viera algo que los demás no podían.
—En nuestra mente… muy en lo profundo, donde incluso la luz teme entrar… existe una puerta. Está enraizada en el núcleo mismo del alma. Es una entrada a lo que no queremos ver. El inconsciente culpable, el reflejo que negamos. Ahí habitan los miedos que arrastramos desde ni?os, nuestras culpas más pesadas, nuestras debilidades más crudas. Todo lo que evitamos enfrentar… vive detrás de esa puerta.
Se giró lentamente hacia ellos.
—Y esta cueva… te obliga a abrirla. A la fuerza.
Su voz se volvió más baja, como si temiera que las propias paredes lo escucharan.
—En una de las misiones que me encomendó mi maestro, me hice con esta cosa. Originalmente la usaban como herramienta de tortura. No física, sino mental. Prisioneros encerrados aquí gritaban durante días… hasta que dejaban de hacerlo. No importaba cuánto rogaran, cuánto suplicaran por salir… no podían. Porque no era la cueva lo que los mantenía encerrados. Era su propia mente.
Joseph tragó saliva.
—?Y no había forma de ayudarlos?
—No… —respondió Cáliban con voz firme —Una vez que alguien perdía la compostura dentro, ya no había regreso. Algunos… —hizo una pausa breve —tuvieron la “maravillosa” idea de usarla como entrenamiento mental. Algunos salían de ella… convertidos en guerreros con una fuerza de voluntad indomable. Otros… no salían. Y algunos… salían distintos. Algo vacíos.
Cáliban se detuvo abruptamente. Dio media vuelta y se acercó a Joseph, mirándolo con una intensidad que lo dejó sin aliento.
—Es fácil decir que puedes con el desafío. Cualquiera puede hacerlo. Lo difícil… —su voz bajó, grave, como una sentencia —es vivir con la decisión de haberlo hecho.
Con esa última frase, se giró y comenzó a caminar hacia la entrada de la cueva, no para entrar, sino para sellarla y volver al bosque.
Joseph no pudo contener su inquietud.
—Entonces… ?Por qué la trajiste aquí? —preguntó —Si es tan peligrosa… ?Por qué conservarla en tu mundo? ?De qué sirve algo que solo destruye?
Cáliban se detuvo. Sus pies se clavaron en la tierra, y su voz, cuando habló, fue apenas un susurro… pero cargado con un peso inquebrantable.
—Porque aquí… torturé a mis enemigos.
Dicho eso, siguió caminando, como si nada más necesitara ser explicado.
Reinhard y Joseph se quedaron inmóviles. No dijeron palabra. El silencio que los envolvía era más denso que la oscuridad de la cueva.
Pero, aunque Cáliban decía la verdad… era una verdad incompleta.
Esa monta?a no la había recuperado de alguna civilización olvidada. La robo cuando aún era “joven”, al menos, en el sentido de los inmortales. Cuando era Impaciente, y conocido bajo su antiguo nombre… Avalon.
En su búsqueda desesperada por hacerse fuerte, convencido de que el sufrimiento era el camino más rápido al poder, encontró un mapa prohibido, uno que lo llevó hacia la cueva. Usó esos ritos para moldear la cueva con sus propias manos y su esencia, trayendola a su dimensión.
Y luego… entró.
Por voluntad propia, entrenó durante a?os. Sus hermanos dejaron de verlo. Hasta que un día, Triana lo encontró, malherido, delirante, sin saber si estaba dormido o atrapado aún en su mente. Lo sacó de ahí. Lo llevó ante su maestro, Avalos.
Avalos, aunque impresionado por su resistencia, lo castigó severamente. No por debilidad, sino por impaciencia. Porque si no lo corregía, esa ansiedad de poder lo mataría antes de tiempo.
Con los a?os, Avalon entendió.
Y nunca más usó la cueva para sí mismo. Solo cuando su ira lo sobrepasaba… la abría para sus enemigos.
?Bueno, eso fue hace mucho tiempo…? —pensó mientras el bosque lo envolvía.
Pero sus pensamientos fueron interrumpidos por una voz a la distancia.
—?Cáliban! —gritó Reinhard, corriendo con apremio por el sendero.
—?Reinhard! —exclamó Cáliban con el ce?o fruncido —?Qué sucede?
—?Es Joseph! ?Se metió a la cueva! —gritó sin aliento, su rostro estaba descompuesto por la preocupación.
—??Qué?! —Cáliban sintió una punzada en el estómago. No esperó una palabra más y salió disparado entre los árboles.
Ambos corrieron lo más rápido posible, el paisaje oscuro parecía engullirlos mientras el eco de los gritos resonaba cada vez más fuerte.
Desde el interior de la monta?a, los alaridos eran desgarradores. Joseph gritaba como si su alma estuviera siendo triturada. La puerta vibraba con energía oscura, y de las rendijas se filtraba una presión psíquica tan densa que dolía solo estar cerca.
—?Dioses… sus ojos… sus oídos! —dijo Reinhard, horrorizado al ver el fluido rojo que comenzaba a brotar por las grietas en la puerta. El cuerpo de Joseph sufría desde adentro, más allá de lo físico —?Qué hacemos? ?Tenemos que sacarlo de ahí!
Cáliban tragó saliva con rabia. No había forma de forzar esa entrada con fuerza bruta, no sin consecuencias. Pero no podía dejarlo dentro.
—Mierda… —murmuró —Tendré que usar eso…
—?Usar qué? —preguntó Reinhard, intentando empujar la puerta, sin éxito alguno.
Cáliban no respondió. En cambio, dio un paso atrás, alzó su pu?o y comenzó a canalizar energía. Sus venas brillaron en carmesí, y el aire alrededor de su brazo vibró con distorsión mágica.
En su conciencia, una voz familiar resonó de inmediato:
?Amo… si canaliza esa energía ahora, su brazo quedará en un estado peor que antes… podría no volver a usarlo.?
—Lo sé. —murmuró entre dientes —Pero no hay otra forma… no ahora.
Dentro de la mente de Joseph, el silencio era absoluto. Se encontraba de pie sobre un lago blanco como la porcelana. La superficie no tenía profundidad, pero sí reflejo. No había cielo, ni viento, ni sombras. Solo él… y la nada.
—?Esta es la tortura mental? —murmuró, confundido —No está tan mal…
—?Eso crees? —respondió una voz que se desató en ecos desde todos los ángulos.
Joseph se giró. Una figura lo observaba desde la distancia, y al acercarse, sintió cómo el aire se volvía más pesado.
Era un ni?o. Uno que le resultaba perturbadoramente familiar. Tenía su rostro… pero más joven. Más peque?o y herido.
Estaba lleno de cicatrices. Algunas abiertas, otras aún sangrando.
—?Quién… eres tú?
—Ah… ?No me reconoces? —dijo la criatura con una sonrisa rota —Soy tú.
—Eso no es cierto. Yo estoy aquí.
—Sí… y yo también. Soy lo que enterraste. Lo que nunca quisiste volver a ver. Soy tu subconsciente más profundo. Soy la voz a la que le cerraste la puerta. Soy la herida que nunca dejaste sanar.
—?Basta! —gritó Joseph, retrocediendo un paso —Puede que tenga miedo, ?Pero no soy tan cobarde como para no enfrentarte!
Tomó postura de combate. Su cuerpo temblaba, pero su mirada era firme.
La criatura soltó una risita suave. Una risa quebrada y hueca. Como si hubiese escuchado el mismo discurso mil veces antes… y supiera el final.
—?De verdad crees que puedes pelear conmigo? ?Golpear tus traumas hasta desaparecerlos? Ja, ja… ?En serio? —rió la figura, su voz retumbaba en la nada, cargada de sarcasmo —No te equivoques, Joseph. Esta no es una pelea que puedas ganar…
Chasqueó los dedos.
El mundo alrededor se quebró como un espejo de vidrio delgado. La luz blanca fue devorada por una marea de sombras, hasta que la escena se reconstruyó en un entorno diferente… una habitación elegante, decorada con cortinas pesadas y muebles tallados a mano. Desde la ventana, la luna llena se alzaba roja como la sangre, derramando un resplandor siniestro sobre las paredes de aquel cuarto.
Joseph retrocedió instintivamente. Las piernas le temblaban, los ojos se le nublaban por el miedo.
—No… no, aquí no… —susurró con un temblor.
—Oh… —respondió la criatura con una sonrisa deformada —Así que aún lo recuerdas ligeramente. Excelente. Observa, Joseph. Mira bien lo que no quieres ver…
Y entonces lo sintió.
El mismo escalofrío de aquella noche maldita. El mismo olor. El mismo silencio previo al grito. Joseph no estaba so?ando… estaba ahí otra vez.
La habitación no era un simple recuerdo. Era su trauma, era su cicatriz más profunda.
En el centro del escenario, su madre aparecía, guiando a un peque?o Joseph de ocho a?os con manos temblorosas. Lo llevó hasta un armario alto y lo arrodilló con cuidado dentro.
—Tranquilo, mi bebé… —le dijo, intentando sonreír pese a la angustia —Iré por tu hermanita, y después nos iremos de aquí… ?De acuerdo?
El peque?o asintió, tratando de contener las lágrimas en los ojos. Desde la rendija del armario, podía ver todo. Y también lo hacía el Joseph actual, atrapado en su propia mente, obligado a revivir el instante que lo había roto.
La puerta se abrió de golpe.
Los traidores entraron.
—?Mira lo que tenemos aquí! —rió un hombre alto, con una cicatriz cruzándole el rostro —Parece que la encontramos…
El soldado de armadura plateada y espada en mano surgió junto a sus hombres desde la penumbra con una sonrisa burlona.
—?Tu…! ?Cómo te atreves a mostrarte aquí!
El hombre hizo una reverencia fingida.
—Discúlpeme, se?ora Der Locke… pero tengo órdenes que cumplir… ninguno de ustedes abandonara la casa con vida…
Antes de que su madre pudiera escupir alguna palabra. El hombre, con total indiferencia, sujeto una bolsa que cargaba en su cinturón y la arrojó a sus pies. La madre de Joseph gritó de horror cuando vio los ojos que se asomaban entre la tela. Era la cabeza de su amada hija.
—?Monstruos! —gritó la mujer, envuelta en furia y lágrimas —?Cuando mi esposo se entere, los desmembrará a todos ustedes y les dará de comer sus restos a los perros de la calle!
—Oh… su esposo. —repitió el traidor en sentido de mofa —No creo que pueda hacernos nada…
Entonces, sacó una espada. No era cualquier arma. Joseph la reconoció al instante. Era la espada de su padre, rota y cubierta de sangre seca.
—?Puedes reconocerla, Joseph? —susurró el eco de su subconsciente, junto a su oído —Esa espada… ?Recuerdas cómo la mirabas con admiración?
Dentro del armario, el peque?o Joseph se tapaba la boca con las manos, ahogando un sollozo. Su madre, al ver el arma, palideció. Un hilo de desesperación cruzó su rostro.
—No… querido… —susurró, como si aún esperara que todo fuera una pesadilla.
—Lo lamento, se?ora… pero tengo órdenes que cumplir.
El hombre chasqueó los dedos y colocó sus manos detrás de la espalda, observando con indiferencia. Los soldados comenzaron a acercarse con una mirada lujuriosa.
Joseph quiso gritar, correr, intervenir… pero no podía. Estaba atrapado. Atado al recuerdo. Fue forzado a ver cómo su madre intentó defenderse, mientras los enemigos se acercaban con espadas alzadas.
—??Qué hacen?! ?Aléjense! ?No! ?Déjenme en paz! —gritó la mujer, con la voz desgarrada mientras los hombres rasgaban sus ropas.
Joseph, el real, el del presente, cayó de rodillas, incapaz de respirar. Las lágrimas caían sin control, mientras la escena continuaba su curso cruel e imparable.
Fuera de la cueva, en el mundo real, la presión mágica crecía hasta un punto insoportable. Reinhard se cubría los ojos con el antebrazo, intentando resistir la descarga que se filtraba por las runas de la puerta. El aire vibraba como si el mismísimo plano dimensional se estremeciera.
Cáliban dio un paso adelante.
La energía acumulada en su brazo herido se condensaba en un solo punto, brillando en carmesí y negro. El dolor era insoportable, y aún así, seguía canalizando.
—?Danza del Caos, sexto movimiento: Perforación! —gritó Cáliban.
El aire colapsó a su alrededor cuando su pu?o, envuelto en energía carmesí, impactó la entrada de piedra. La explosión fue inmediata. Las runas se quebraron, las paredes vibraron con un rugido antinatural y, en cuestión de segundos, la entrada de la cueva quedó hecha trizas.
Detrás del umbral destruido, Joseph yacía sobre el suelo, cubierto de sudor y lágrimas, convulsionando con espasmos incontrolables. Aunque sus gritos habían cesado, su cuerpo aún temblaba, y su mente estaba atrapada en el borde de la fractura.
—?Reinhard, sujétalo! —ordenó Cáliban mientras se arrodillaba junto al cuerpo del muchacho —?Debemos estabilizarlo antes de que su conciencia se derrumbe por completo!
—?Ya voy! —respondió Reinhard, sujetando los brazos de Joseph con fuerza contra el suelo.
Cáliban alzó su único brazo sano y conjuró un hechizo complejo con movimientos precisos. Círculos de energía se formaron sobre la cabeza de Joseph, envolviéndolo en un campo tenue de luz azul. El hechizo era antiguo, dise?ado para reforzar las barreras psíquicas desde el interior, pero exigía una sincronía perfecta con el alma del afectado.
Minutos eternos pasaron. El sudor corría por el rostro de Cáliban mientras luchaban contra una marea invisible. Finalmente, Joseph dejó de convulsionar. Su respiración se estabilizó, su rostro recuperó algo de color.
—Huff… parece… que ya está fuera de peligro. —dijo Cáliban, exhalando con agotamiento.
—Ah… menos mal… —Reinhard dejó caer los hombros, aliviado —Creí que no lo lograríamos…
—?Por qué no le impediste que entrara en primer lugar?
—?Lo intenté! Pero apenas me distraje un segundo… se lanzó dentro y cerró la puerta tras de sí. La maldita cueva no quería abrirse, sin importar cuánto lo intentara. Así que fui a buscarte.
Cáliban cerró los ojos y asintió con resignación.
—Como sea… ya conjuré una barrera mental. Si todo va bien, su mente debería recuperarse en unos días. O eso espero. Tráelo. Volvemos al castillo.
—Entendido. —Reinhard acomodó a Joseph sobre su espalda con cuidado.
Mientras regresaban por el portal que conectaba la dimensión con el castillo, la figura de lord Xander emergió al encuentro de ellos, cruzándose en su camino.
—??Qué demonios pasó?! —exclamó al verlos cubiertos de polvo y sangre seca —?Por qué están en este estado?
—Lord Xander… —empezó Reinhard, pero no alcanzó a terminar.
Un suave toque, como el eco de una campana, resonó por todo el vestíbulo. Alguien estaba tocando la puerta exterior de la torre. Cáliban frunció el ce?o, reconociendo las voces del otro lado casi de inmediato.
—?Juliana y Astrid? —masculló, molesto —?Qué demonios hacen aquí? ?Quién les dijo dónde estábamos?
Giró lentamente hacia Reinhard, que tenía una mirada incómoda.
—Amm… creo que fue…
—?Ya sé que fue Nhun! —interrumpió Cáliban, exasperado —Pero… ?Quién le dijo a ella?
Xander y Reinhard se miraron.
Luego, como si se pusieran de acuerdo en silencio, ambos apuntaron al mismo tiempo hacia Joseph, aún inconsciente en la espalda de Reinhard.
—Claro… —Cáliban se frotó la sien con los dedos —?Por qué no me sorprende?
Suspiró, girando sobre sus talones.
—Xander, quédate con Reinhard. Vigilen a Joseph. Si notan alguna anomalía, envíenme una se?al inmediata.
—?A dónde vas? —preguntó Xander.
—A recibir a nuestras invitadas sorpresa. —respondió mientras atravesaba el vestíbulo —Solo espero que no hayan traído más problemas.
Antes de salir, tomó prestada una chaqueta de Xander que colgaba de un perchero. La arrojó sobre sus hombros y cruzó el portal.
Afuera, el aire era fresco y silencioso. El sol se escondía tras las nubes. Frente a la puerta de piedra, Juliana golpeó la puerta por segunda vez.
—?Estás segura de que es aquí? —preguntó Astrid, cruzada de brazos —Podríamos estar equivocadas.
—Según las indicaciones de la loca de los bailes, sí. —respondió Juliana, resoplando —Pero si no nos abren en esta, me largo.
—Tranquilas. —dijo una voz seca desde la oscuridad.
Cáliban apareció frente a ellas, con el rostro sudoroso y respirando con dificultad. Llevaba la chaqueta de forma desordenada, el cabello despeinado, y una mirada que intentaba parecer despreocupada… sin éxito.
—Lo siento, lo siento… no esperaba visitas. —dijo con una sonrisa algo forzada —?Ocurrió algo en la casa?
Astrid lo miró con atención. Podía sentir que había algo extra?o en él.
—?Se encuentra bien, líder? —preguntó, con cierta preocupación.
—?Eh? ?Yo? Sí, claro. Solo estaba… ejercitándome un poco. Las escuché llegar, así que me vestí lo más rápido posible. —respondió, intentando sonar casual.
Juliana entrecerró los ojos.
—No me digas que tienes el mismo fetiche raro que Nhun… ?También te gusta andar desnudo por la casa?
—??Qué?! ?No! —Cáliban se ruborizó levemente y se aclaró la garganta —No… te puedo asegurar que no. Como sea, pasen, siéntense. Espérenme aquí, iré a acomodar unas cosas arriba.
Las guió al primer piso, un lugar modesto. Los muebles eran viejos y desiguales, y aunque todo parecía en relativo orden, había algo extra?o: las paredes estaban cubiertas por papel tapiz nuevo… demasiado nuevo.
Mientras ellas tomaban asiento, Cáliban subió rápidamente al segundo piso.
Abajo, el silencio incomodó a Juliana.
—Es… peque?o —comentó, paseando la mirada por la habitación.
—?Esperabas algo más grande? —preguntó Astrid sin mirarla —Ya es bastante impresionante que tenga su propio gremio en primer a?o.
Juliana chasqueó la lengua.
—Bueno… seguramente lo financia el se?or Hilloy. Tampoco es que lo haya construido con sus propias manos.
—?Y te parece poco? —replicó Astrid, girándose hacia ella —En solo unos días llamó la atención de uno de los benefactores más importantes de la academia.
Juliana se cruzó de brazos, mirando hacia la puerta con fastidio.
—?Está bien! Sí, es impresionante. Pero… ?No te parece raro?
—?Raro? ?A qué te refieres?
Juliana se giró de nuevo, sus ojos ahora eran más serios.
—Piensa en esto… llega de la nada, se convierte en líder de la Casa sin objeción alguna, llama la atención de una familia fundadora, derrota a tres estudiantes de niveles superiores. Y no cualquiera, sino hijos de los Seis Imperios, y todo eso, solo por defender a sus amigos. ?Y el Wyvern? Los rumores fueron confirmados por Dimerian. ?Eso es normal?
Astrid alzó una ceja.
—?Lo estás criticando o halagando?
Juliana suspiró, llevándose la mano a la nuca.
—Agh… no lo sé. Es solo que… hay algo en él que no encaja.
—?En qué sentido?
—?Todo en él! —respondió, alzando la voz sin querer —Reinhard me dijo que Cáliban no es noble, no tiene linaje guerrero, ni familia rica. Es huérfano. Dice que fue mochilero desde peque?o... ?Y así de la nada sabe pelear como un caballero?
Astrid bajó la mirada, pensativa.
—?Tú también…?
—?También qué?
Astrid suspiró.
—Hace dos meses me pasó algo extra?o. No se lo conté a nadie más…
—?Qué fue? —preguntó Juliana, con ambas cejas levantadas y cierto interés en su rostro.
—Mi valkiria… Liviana Orsted… vino a entregarme una carta de parte de mi padre. Fue a la entrada de la mansión…
Astrid comenzó a narrarle lo sucedido con su valkiria...

