Los vientos, que hasta entonces rugían como bestias indomables, comenzaron a disiparse lentamente, como si una voluntad superior les ordenara ceder. La atmósfera se tornó densa, cargada de una energía invisible que erizaba la piel. Entre la neblina de polvo y hojas danzantes, emergió la figura de Joseph, caminando con paso firme hacia las asistentes, su silueta era recortada por la luz tenue que filtraban los ventanales rotos del salón.
—?Qué sucedió? —preguntó Elizabeth, la primera en reaccionar. Su voz tembló ligeramente entre el desconcierto y la preocupación.
—?Estás bien? —a?adió Cecilia, acercándose con cautela.
Joseph asintió levemente, limpiándose el rostro con el dorso de la mano.
—Sí… lo siento. No quise alarmarlas.
Las miradas se cruzaron entre el grupo, cargadas de preguntas que se agolpaban en sus bocas.
—?Qué espíritu te llamó? —insistió Elizabeth, esta vez con los ojos clavados en los suyos.
—Seguramente uno de bajo nivel. —murmuró Argos, sin ocultar su escepticismo.
—?Es fuerte? ?Te gustaría probarlo ahora? —intervino Juliana, con un brillo de emoción en la mirada.
—Pensamos que te había tragado el tornado. —comentó Astrid, con una media sonrisa nerviosa.
—Ja… no, no me pasó nada. —respondió Joseph, rascándose la nuca —Fue una Sílfide quien me llamó y…
Mithra lo interrumpió de inmediato, aferrándose a su brazo.
—?Una Sílfide? ??Un espíritu de alto rango te eligió a ti?!
—Sí… miren…
Joseph alzó la mano, y en un instante, una poderosa ráfaga de viento invadió la sala, haciendo vibrar los muros y estremecer las antorchas. Detrás de él, se materializó una figura femenina etérea, de belleza sobrecogedora, envuelta en corrientes de aire puras como el cielo.
Todos quedaron en silencio… hasta que Cáliban dio un paso al frente. Y en ese instante, como si el tiempo mismo se contuviera, los vientos cesaron de golpe.
—?Oye! ?Sílfide! ?Contesta! —gritó Joseph, su voz resonó en el aire denso, todavía cargado de energía mágica.
Solo el silencio le respondió, salvo por el murmullo lejano del viento.
—?Qué sucede? —preguntó Juliana, frunciendo el ce?o —Desapareció de repente cuando llegaste…
—No lo sé… —respondió Joseph, algo desconcertado —Tal vez es tímida. Hace apenas un momento me hablaba, con una voz suave…
—Hmm… —murmuró Cáliban, cruzándose de brazos, observando el punto exacto donde antes flotaba la presencia de la Sílfide.
Mientras el grupo intentaba comprender lo ocurrido, se oyeron pasos apresurados por el pasillo. La profesora Meeris, con su túnica ligeramente desordenada, y el profesor Cunim, aún ajustándose los lentes, llegaron corriendo, visiblemente alterados.
—Vinimos lo más rápido posible. —dijo Cunim, con voz entrecortada —?Es cierto, Mithra? ?Este joven recibió la llamada?
—Sí, profesor. Todos lo vimos. —afirmó Mithra con firmeza, aunque en su mirada se adivinaba la sorpresa que aún no se desvanecía.
Ambos profesores se dirigieron a Joseph, quien los miraba con desconcierto.
—Por favor, joven Sephir. ?Acompá?anos! —dijo Meeris con urgencia, tomándolo del brazo.
Sin esperar una respuesta, se lo llevaron prácticamente a rastras por el pasillo, dejando tras de sí un murmullo de preguntas sin respuesta. Los demás estudiantes se giraron hacía Mithra.
—A mí no me vean… —dijo ella encogiéndose de hombros —Yo tampoco sé por qué se lo llevaron, pero debe ser importante… supongo.
Argos alzó la mano con cierta impaciencia.
—Disculpe… ?Y qué hay de mi espíritu? No veo el domo de las sombras por ningún lado.
—?Ah! Es cierto, ven aquí. —exclamó Mithra, recordando de golpe su responsabilidad. Tomó a Argos del brazo y lo arrastró al otro lado del campo de invocaciones, desapareciendo de la vista.
Cáliban se quedó solo con las chicas. Miró a su alrededor, incómodo por el silencio que se instalaba como una neblina espesa. Sin decir palabra, comenzó a alejarse.
—?Qué haremos ahora? —preguntó Astrid, mirando a Juliana.
—Bueno… vayamos a ver algo por ahí. De todos modos, esto ya se puso aburrido. —respondió Juliana encogiéndose de hombros.
Elizabeth no dijo palabra alguna, miró a Astrid por un momento y sintió ganas de desaparecer por completo. Instintivamente, se colocó a un lado de Cecilia. Ambas habían hablado un poco anteriormente. La forma de hablar relajante y honesta de Cecilia había tenido un poco de impacto en Elizabeth.
Cecilia simplemente las siguió, sin entusiasmo. Nhun no estaba y, sin ella, se sentía desubicada. Las chicas pasaron un rato observando las pruebas de invocación… algunos estudiantes cantaban, otros bailaban, otros narraban historias o jugaban con elementos. Era sorprendente y, a la vez, divertido. La creatividad para atraer a los espíritus parecía no tener límites.
Ya de regreso, caminaban por un pasillo silencioso, hasta que Juliana, incapaz de soportar más la incomodidad, lanzó una broma.
—Y… dígame, se?orita Astrid, ?Cómo va su relación con Argos? ?Ya tienen fecha para la boda?
—?Ja! Ya quisieras. Dime, ?Ya ingresaste a un gremio? ?O vas a esperar a que te echen de otros tres para tomarlo en serio?
—Oh… eso fue bajo. Pensé que no sabías hablar así, princesa…
Elizabeth se tapaba la boca para contener la risa. Pero algo le hizo desviar la mirada:. Cecilia caminaba en silencio, con los ojos fijos en el suelo y la expresión perdida. Había algo en ella que no estaba bien.
—?Te sucede algo, Cecilia? —preguntó Elizabeth, rompiendo el silencio con una voz cálida, casi maternal.
Cecilia se sobresaltó. No esperaba que alguien notara su desconexión.
—?Eh? No… no es-
Pero Juliana no le dio tiempo de terminar. Le pasó un brazo por los hombros con una sonrisa traviesa.
—?Vamos! Habla de una vez… estamos entre amigas, ?No?
Astrid frunció ligeramente el ce?o en dirección a Elizabeth al escuchar aquel comentario.
—No creo que deba…
—Cecilia… —intervino Astrid con una suavidad poco habitual en ella —Si tienes algo en la cabeza, tal vez oír otras perspectivas te ayude a verlo de otra forma.
Cecilia bajó la mirada. Las palabras de Astrid calaron hondo. Caminó unos pasos más en silencio, hasta que por fin alzó la voz, apenas en un susurro nervioso:
—Bueno… ustedes, ?Alguna vez se han enamorado?
La pregunta cayó como una piedra en medio del estanque. Las tres se detuvieron, mirándola con sorpresa.
—Ah… ah… ?Amor? —balbuceó Juliana, como si nunca hubiera oído esa palabra en un contexto serio.
—?Amor, eh? —repitió Elizabeth, arqueando una ceja.
Astrid, sin embargo, permanecía en silencio, pensativa.
—Sé que la pregunta es repentina. —a?adió Cecilia, un poco apenada —Pero es algo que me viene inquietando desde hace algunos meses… y no sé a quién más preguntar.
Reanudaron la caminata, esta vez más despacio. El ambiente se tornó más íntimo. En medio de aquel silencio, fue Juliana quien lo rompió primero.
—?Amor?... Bueno, jamás me he enamorado de un hombre. —dijo encogiéndose de hombros —He tenido novias, pero nunca un novio.
—?En serio? —preguntó Cecilia, genuinamente interesada —?Cómo funcionan las relaciones entre amazonas?
Juliana sonrió con orgullo, como si hablara de un viejo canto tribal.
—Nuestra cultura es matriarcal. Se nos ense?a desde peque?as a admirar la fuerza. Así que para enamorarte… bueno, debe ser fuerte. Muy fuerte. Supongo.
—?"Supones"? ?No deberías saberlo con certeza? —preguntó Elizabeth con una media sonrisa burlona.
—Citas, flores, bailes tontos… en mi hogar no hacemos esas ridiculeces. Si te gusta alguien, la retas a un combate. Si ganas, son pareja. Si pierdes, no eres digna. Así de simple.
—?Lo dices en serio? —intervino Astrid, frunciendo el ce?o.
Juliana giró el rostro con una sonrisa desafiante.
—?Así? Entonces dime tú, princesa, ?Cuál es tu experiencia?
Astrid vaciló. Bajó la mirada. Sus labios temblaron ligeramente antes de pronunciar:
—Yo… no sé lo que es enamorarse. Nunca me he sentido… así… por nadie. Tal vez nunca lo haga…
—?En serio? —preguntó Juliana, bajando el tono —Eres la hija del Santo de la Espada. Imagino que te llueven pretendientes… ?No ha aparecido ningún príncipe que te robe el corazón?
Astrid no respondió de inmediato. A través de la rendija de su máscara, sus ojos se tornaron opacos y pesados. Su respiración se volvió temblorosa mientras se abrazaba a sí misma, como si de pronto el mundo se volviera demasiado frío.
—Todos quieren lo que represento… no lo que soy.
Las demás quedaron en silencio. El pasillo, antes lleno de ecos y pasos, ahora parecía un espacio suspendido en el tiempo. Nadie se atrevía a romper esa atmósfera de frágil sinceridad.
—No… posiblemente no me enamore nunca… —susurró Astrid, sin levantar la mirada.
—Eso es triste… —comentó Cecilia, con una compasión sincera.
Las tres giraron la cabeza lentamente hacia Elizabeth. Ella soltó un suspiro contenido, como si supiera que no podría escabullirse esta vez.
—Bueno… yo… —suspiró profundamente —Durante a?os fui de escuela en escuela, transferida una y otra vez por razones que ya ni vale la pena recordar. En una de ellas, por primera vez encontré a alguien que me trataba como un igual… no como una rareza. Me defendía, me escuchaba, me hablaba como a una amiga. Y yo… inevitablemente terminé enamorándome de él. Perdida, completamente.
Se detuvo, su voz fue apagándose.
—Ese fue el peor error de mi vida.
Un silencio incómodo cayó sobre el grupo. Cecilia apretó los labios, arrepentida.
—Lo siento… no quería que recordaran cosas dolorosas. Podemos olvidar mi pregunta, de verdad.
Pero las chicas sonrieron, cada una a su modo.
—Está bien. —dijo Astrid con una calma inusual.
—No te preocupes, Cecilia. —a?adió Juliana, cruzando los brazos.
—Sí, descuida. Supongo que tampoco fuimos de mucha ayuda para ti… —bromeó Elizabeth con una risa amarga, forzada pero honesta.
Juliana, decidida a levantar el ánimo, alzó la voz con entusiasmo fingido:
—?Qué tal esto? Si pudieran elegir, ?Cómo sería el amor de su vida? ?El mío, sin duda, sería alguien increíblemente fuerte! Alguien que no retroceda jamás, sin importar cuán aterrador sea el enemigo. Que pelee hasta su último aliento… ?Un verdadero guerrero!
—Bueno… —dijo Elizabeth, más pensativa —Me gustaría alguien confiable. Un hombre en quien pueda depositar toda mi fe. Alguien con una voluntad firme, que no se corrompa por la fama o el poder… un verdadero héroe.
—?El amor de mi vida…? —murmuró Astrid, abrazándose por instinto —Siempre pensé que, si algún día conociera a alguien, me gustaría que fuera honesto. Que pudiera entenderme… que esté ahí cuando más lo necesite. No pediría nada más.
Cecilia soltó una risita espontánea, suave pero contagiosa.
—?Oye, de qué te ríes? —preguntó Juliana, levantando una ceja.
—Lo siento, lo siento… no es que me burle, solo que… sus descripciones me recuerdan a alguien que conozco...
Sus palabras dejaron al grupo en un inesperado silencio. Tres pares de ojos se posaron en ella, pero antes de que pudiera dar más detalles, un relincho resonó a lo lejos, fuerte y agudo. Astrid giró de inmediato, alerta.
—?Ese sonido…!
Sin esperar explicación, echó a correr hacia su origen. Las demás, confundidas, no tardaron en seguirla.
Mientras tanto, lejos de allí, Joseph esperaba sentado en una sala blanca, silenciosa, iluminada por cristales flotantes que palpitaban con una luz tenue.
—?Oye, Sílfide! ?Puedes escucharme?
—Sí… —respondió la voz, apenas en un murmullo etéreo en su mente.
—?Finalmente! Te estuve llamando todo este tiempo. ?Por qué te escondiste?
—?En serio me lo preguntas? —La voz de la Sílfide temblaba —No pude evitarlo. En cuanto vi a esa… cosa… desaparecí instintivamente.
Joseph frunció el ce?o.
—?Cosa? ?A qué te refieres?
La sala pareció enfriarse un poco. La Sílfide dudó antes de responder.
—Esa presencia… oscura… monstruosa. Apenas cruzó el umbral del domo, su esencia lo contaminó todo. No era humana. No era un espíritu. Era… otra cosa. Una aberración.
Joseph tragó saliva, sintiendo que su vínculo con la Sílfide vibraba con miedo.
—?Hablas de… Cáliban?
—No pronuncies ese nombre. —suplicó la Sílfide —No me obligues a volver a sentirlo. Puedo sentirlo. Hay algo dormido en él. Algo que no debería despertar jamás. Me da escalofríos con solo ver a esa cosa. ?Deberías alejarte de él! ?Es un monstruo! Su energía espiritual es... inestable, errática… como una tormenta que no tiene cielo donde descargarse. Nunca he sentido algo así.
—Sí… lo sé. Ya la he visto.
La Sílfide guardó un instante de silencio, y luego su voz explotó en asombro:
—??Ya la has visto?!
—Bueno… sí. Lo vi en su verdadera forma… o al menos, una de ellas. Según me dijo, hay más.
—?Y aún así sigues hablando con él? ?Cómo puedes seguir cuerdo? ?Esa cosa no debería estar caminando entre humanos!
Joseph suspiró, como si esa conversación fuera una vieja piedra que cargaba desde hace tiempo.
—Es mi amigo… y también mi maestro. Así que…
—??Qué?! —gritó la Sílfide, incrédula.
—Sí, lo sé. Suena absurdo. Créeme, esto será largo de explicar…
Mientras tanto, en otro punto de la academia, Cáliban caminaba solo por los pasillos sombríos. Había pasado por todos los domos sin éxito. Ningún espíritu quiso establecer contrato con él. Al contrario, apenas lo percibían, huían como si una sombra maldita los hubiese rozado.
—Parece que los espíritus son más perceptivos de lo que pensaba… —murmuró, casi como si hablara consigo mismo.
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Sus pasos resonaban con un eco hueco, cuando de pronto, una energía distinta lo hizo detenerse. No era exactamente hostil, pero era intensa, firme… diferente.
?Esta energía es…? —pensó, girando levemente la cabeza.
Sus ojos, habitualmente apagados, brillaron con un destello de interés.
Al mismo tiempo, en la sala de conferencias de la academia, los profesores analizaban los registros obtenidos del evento de la "Llamada". Varios cristales flotaban alrededor de la mesa, proyectando datos, secuencias de maná y registros visuales de la Sílfide.
—Esto es impresionante, profesora Meeris. —comentó el profesor Cunim, mientras revisaba una tabla de vibración espiritual —Gracias a los datos obtenidos por el joven Sephir, podremos hacer simulaciones más precisas del fenómeno.
—Y que lo diga. —a?adió Meeris, emocionada —La Llamada no se manifestaba desde hace treinta y ocho a?os. Tener la oportunidad de estudiarla con un portador consciente es… una bendición académica. Con esto podremos identificar los factores que la provocan, aislar las condiciones, e incluso…
La puerta se abrió de golpe.
Una joven ayudante, sin aliento y con el rostro desencajado, irrumpió en la sala.
—?Profesor Cunim! ?Profesora Meeris! ?El Hiperión se ha escapado!
El silencio fue inmediato, como si el aire hubiese sido arrancado de golpe de la habitación.
—?Qué dijiste? —preguntó Cunim, en un tono bajo pero gélido.
—?El Hiperión! ?Rompió los sellos! Los guardias del nivel inferior no pudieron detenerlo. ?Ya no está en contención!
Meeris se levantó de su asiento, sus pupilas se dilataron por el miedo.
—Eso es imposible. El Hiperión está sellado con triple anillo astral. Necesitaría una fuente inmensa de maná para romperlo…
—?Entonces esa fuente apareció! ?Porque el contenedor está vacío y los sensores marcan fuga total de energía!
Astrid corría a toda velocidad, guiada únicamente por los relinchos salvajes que se repetían a lo lejos, cada vez más nítidos, más urgentes. Sus pasos la llevaron hasta la entrada del viejo hipódromo, un recinto olvidado que apenas se usaba para prácticas avanzadas. No dudó ni un segundo en bajar las escaleras de piedra que crujían bajo su peso.
Las demás chicas apenas llegaban cuando la vieron desaparecer en el recinto.
—?Por qué empezó a correr así, sin decir nada? —preguntó Juliana, preocupada.
—No lo sé… solo escuchó algo y salió como se alma que lleva el viento. —respondió Elizabeth.
—Sea lo que sea, debemos seguirla, si se mete con lo que sea que hizo ese sonido, podría salir herida… —dijo Cecilia, echando a correr detrás.
Astrid ya había llegado al centro del hipódromo, el polvo levantado por el viento seco se arremolinaba a su alrededor. Sus ojos barrían el espacio en busca de la criatura responsable de aquellos relinchos ensordecedores. Su respiración era agitada, pero sus pasos firmes.
Juliana y las otras descendieron para alcanzarla.
—?Por qué corriste así? —preguntó Juliana, casi sin aliento.
—?Dónde está? ?Lo escuché! —exclamó Astrid, girando en círculos, buscando desesperadamente.
—?Qué estás buscando? —preguntó Elizabeth, frunciendo el ce?o.
—El relincho… lo escuché de nuevo. —dijo Astrid, con la voz cargada de algo más que curiosidad. Había… esperanza.
—?Relincho? —repitió Cecilia, confundida.
Entonces lo escucharon. No un simple relincho, sino un alarido poderoso que hizo vibrar el suelo bajo sus pies. Las chicas se giraron y lo vieron… a solo unos metros, había un majestuoso semental pura sangre, con un pelaje negro como la noche y unos ojos carmesí que brillaban como brasas encendidas.
Su presencia imponía respeto, casi reverencial. Pero había algo más, algo peligroso.
El animal clavaba sus pezu?as en la tierra, escarbando con violencia, su respiración era una nube cálida que se evaporaba en el aire seco.
—Amm… creo que deberíamos correr, chicas… —sugirió Juliana, lista para correr.
—No. —dijo Astrid, dando un paso al frente —No creo que quiera hacernos da?o.
—?No lo crees? ?Nos está mirando como si quisiera embestirnos!
Astrid se acercó lentamente, como si estuviera hipnotizada.
?Es igual… igual al del sue?o… su mirada… su energía… debe ser él… el que me llamó…?
—Tranquilo… no te haré da?o… —susurró Astrid, con la mano extendida —Yo solo quiero entender…
Pero antes de que pudiera terminar, el semental soltó un relincho desgarrador. Su cuerpo se tensó como un resorte, y en una fracción de segundo cargó con una fuerza brutal. El impacto fue tan repentino que Astrid no alcanzó a reaccionar. Salió disparada por el aire como una mu?eca de trapo, golpeando el suelo con violencia.
Las chicas gritaron, esquivando por poco la embestida del animal, que se detuvo en seco, resoplando con fiereza.
—?Mierda! ?Qué le pasa al maldito caballo loco? —exclamó Juliana, con las armas ya en posición.
—No lo sé… —dijo Elizabeth, observando al animal con atención —pero si nos golpea con esa fuerza, no viviremos para contarlo.
Cecilia corrió hacia Astrid, que yacía en el suelo, adolorida pero consciente. Tenía el labio partido y el brazo cubierto de raspones.
—?Astrid! ?Estás bien?
—Sí… —murmuró ella, tosiendo —Estoy bien… era él… ?Sé que era él!
—?De qué demonios estás hablando? —preguntó Juliana, incrédula.
—?Rápido! ?Ahí viene otra vez! —gritó Elizabeth mientras el purasangre relinchaba con furia renovada.
El semental se lanzó hacia ellas como una flecha negra. Esta vez no iba directo; era más astuto. Esperó al último segundo, fingiendo cargar en línea recta, pero desvió su trayectoria con precisión justo cuando Juliana intentaba esquivarlo. El golpe fue brutal. Su cuerpo fue lanzado por los aires y cayó varios metros más allá, rodando por el suelo con un gemido ahogado.
El animal volvió su mirada encendida hacia Elizabeth, cargado de furia, pero antes de que pudiera abalanzarse, Cecilia se interpuso.
—?Ven, sígueme a mí! ?Vamos, mírame! —gritó, agitando los brazos para llamar su atención.
—?No, Cecilia! —gritó Elizabeth, pero ya era tarde.
Cecilia corrió con todas sus fuerzas, buscando alejar al corcel del grupo, dispuesta a sacrificar su propia seguridad si era necesario. Pero había subestimado completamente la velocidad y poder de aquella criatura. En apenas unos segundos, el semental la alcanzó. Cecilia intentó agarrarse de su cuello, buscando sujetarlo, domarlo, cualquier cosa… pero fue inútil. Con un simple movimiento, el corcel la alzó y la lanzó como si fuera un mu?eco de trapo contra las gradas.
—?Cecilia! —gritaron las demás.
Juliana, enfurecida, aprovechó el momento de distracción. Se movió rápido, intentando atacar por la retaguardia con un golpe certero. Pero el corcel no era solo fuerza bruta; también tenía instinto. Justo antes de que ella lo alcanzara, lanzó una poderosa patada trasera. El impacto golpeó de lleno el vientre de Juliana, quien fue catapultada hacia atrás con un grito seco, cayendo inerte entre el polvo, desmayándose del dolor.
—No… chicas… —susurró Astrid, apenas consciente, arrastrándose con dolor por el suelo. Trató de incorporarse. Cada músculo de su cuerpo protestaba, pero su espíritu se negaba a rendirse.
El semental volvió a centrar su atención en ella. Sus ojos encendidos brillaban con ira antigua, y su respiración pesada parecía cargar con siglos de rencor. Bajó la cabeza, pateó el suelo, lanzándose a toda velocidad.
Las chicas, aún recuperándose, intentaron moverse. Pero no había tiempo. El impacto era inminente. Astrid, en el suelo, solo pudo observar cómo aquella bestia se acercaba a toda velocidad.
Fue entonces cuando sucedió.
Un destello rojo cruzó el aire. En un instante, una figura apareció entre Astrid y la muerte. Un brazo firme sujetó al corcel por el cuello haciendo que cambiara de trayectoria, deteniéndolo en seco. El impacto hizo que ambos cuerpos rodaran por el suelo, levantando una nube de polvo y tierra.
El silencio fue absoluto.
—?Qué acaba de…? —murmuró Astrid, apenas logrando enfocar la escena.
El purasangre se levantó furioso, agitando su melena negra como fuego. Cuando al fin se giró para ver a su oponente, lo encontró de pie, ileso, con los ojos rojos encendidos como y carbones vivos.
Era Cáliban.
—?Líder! —exclamó Astrid, tratando de incorporarse.
—?Quédate atrás! —ordenó él sin mirarla —Yo me encargo de esto.
—Pero…
—?Es una orden!
El tono fue firme e inquebrantable. Astrid se quedó en silencio, sabiendo que no había espacio para protestas.
Frente a ella, Cáliban y el corcel se observaban. No como hombre y animal, sino como dos fuerzas opuestas, dos llamas en la misma tormenta. El semental pisoteaba el suelo con violencia, alzando polvo y fragmentos de piedra, mientras una energía oscura y vibrante brotaba de sus cascos.
Cáliban dio un paso al frente.
El purasangre lo imitó, encajando sus patas con fuerza. Iba a embestir con toda su furia.
Y justo en ese instante, los profesores llegaron corriendo desde el extremo del hipódromo. Meeris y Cunim se detuvieron al ver la escena. Un campo destrozado, alumnas heridas, el semental invocado y, entre él y el peligro… estaba Cáliban.
—?Ahí está! ?Es el joven Cáliban! Tenemos que- —exclamó Meeris, pero Cunim la interrumpió, alzando la mano.
—Espere… profesora. —dijo el profesor, alzando el brazo para detenerla.
—?Por qué? Si no hacemos algo ahora, podría salir gravemente herido. ?Ese espíritu puede matarlo! —respondió Meeris, avanzando un paso.
—?No! Mire con atención… —La voz de Cunim era baja, pero firme.
Meeris volvió la mirada hacia el centro del hipódromo. Allí, entre las nubes de polvo y la tensión del aire, vio algo imposible. El Hiperión… temblaba. No de furia, sino de miedo. Sus patas, poderosas e imponentes, apenas se afirmaban con firmeza.
En todos los a?os que había dedicado a estudiar a esa criatura, jamás lo había visto así. Ni siquiera frente al mismísimo director de la academia.
—Tiene… miedo. —susurró, casi sin creerlo.
—Veamos qué sucede, profesora. —dijo Cunim —Si intervenimos, podríamos arruinar un evento único. Tal vez, solo tal vez… hoy sea el día en que ese espíritu por fin reconozca a su espiritista.
Meeris dudó. Su instinto de proteger a los estudiantes era feroz. Pero si esto era un ritual de vinculación, cualquier interrupción externa podría sellar el rechazo para siempre. Cerró los ojos unos segundos, conteniendo su ansiedad… y asintió.
Cáliban respiraba con dificultad. El sudor recorría su espalda, helado como la bruma de la madrugada. Frente a él, Hiperión resoplaba, sus ojos rojos eran como brasas sin control. Sus miradas estaban fijas, sin parpadear. En esa tensión absoluta, sabían que el primero en moverse sería quien iniciara el destino de ambos.
Cáliban concentró su energía en su brazo dominante. El aura a su alrededor comenzaba a agitar el polvo, la tierra, el aire mismo.
—?Quieres una batalla de choques, eh…? —murmuró —Bien. Cumpliré tu deseo.
Ambos comenzaron a tensar sus cuerpos. Una gota de sudor descendía por la frente de Cáliban… y también el corcel. El ambiente se volvió espeso, como si el tiempo se comprimiera. El sonido de las hojas, del viento, de los jadeos, se desvaneció. Solo existía el presente absoluto.
Todos observaban. Pero nadie se atrevía a respirar.
Entonces, sucedió.
Ambas gotas de sudor cayeron al mismo tiempo. Un leve ploc resonó como un trueno en el hipódromo silencioso.
Y con ese sonido, ambos se lanzaron.
Cáliban corrió con todo lo que tenía. Hiperión respondió con igual fiereza. El mundo se difuminó a su alrededor. Solo quedaban ellos dos, cruzando la distancia que los separaba. Metros se volvieron centímetros, los centímetros, milímetros. Y luego… el impacto.
Un estruendo retumbó en el aire, acompa?ado por una onda expansiva que sacudió las gradas, levantando polvo y fragmentos del suelo.
Ambos cuerpos colisionaron con una fuerza tan devastadora que el sonido fue más que un choque físico; fue un rugido del alma.
Cáliban cayó de rodillas, su brazo dominante colgó inerte a su lado. Las articulaciones estaban destrozadas. El hueso se marcaba debajo de la piel, deformado.
Hiperión, por su parte, tambaleó. Una herida abierta cruzaba su frente, de la que emanaba sangre brillante, mágica y espesa. Su mirada seguía encendida, pero en ella ya no había furia… había respeto.
Juliana, desde donde estaba, observó el brazo de Cáliban y palideció.
—No hay forma de que vuelva a usarlo… —murmuró, apretando los pu?os.
Y entonces, en medio de ese momento imposible, Cáliban… se rió.
Una risa seca, cortada por el dolor, pero llena de vida. De orgullo. El corcel dio un paso atrás, pero no por miedo. Era un reconocimiento silencioso. Los ojos de Hiperión se cruzaron con los de Cáliban, y por primera vez, no hubo desafío en ellos. Solo una profunda conexión. Como si ambos se vieran por completo… y se reconocieran.
—Esto es lo que querías, ?Eh? —murmuró Cáliban, con la respiración entrecortada y la mirada encendida —Has estado tan aburrido… durante tantos a?os… deseando un combate que hiciera temblar tu corazón. Pues bien…
Sin vacilar, tomó su brazo dislocado y lo retorció con violencia. Un crujido seco atravesó el aire cuando el hueso volvió a su lugar. Su rostro se contrajo por el dolor, pero ni un solo grito escapó de sus labios.
—?No me echaré atrás! ?Ven con todo lo que tengas!
El corcel respondió con un relincho ensordecedor. Su cuerpo vibraba de pura emoción. Encerrado por décadas, visitado solo por aspirantes indignos, su espíritu de guerra se había marchitado en silencio, esperando… deseando… este momento. Una pelea real. Un oponente verdadero.
Cáliban era la respuesta a esa espera.
Hiperión cargó de nuevo, con la fuerza de un trueno desatado. Cáliban avanzó a su encuentro, cada uno gritando desde lo más profundo de su alma. El suelo se agrietaba bajo sus pies y cascos. Cada paso era una declaración de guerra.
Este segundo impacto no se comparaba con el primero. Era más que un choque físico, era la colisión de dos mundos. La energía de ambos se entrelazaban, se repelía, se enfrentaba con una brutalidad pura. Ninguno cedía. Cáliban canalizaba toda su fuerza en un aura carmesí que se expandía con violencia, mientras Hiperión rompía el aire con estallidos de energía oscura, salvaje y eléctrica.
Rayos negros y estelas rojas saltaban en todas direcciones. El hipódromo se convertía en un campo de tormenta, testigo del nacimiento de algo mayor que un pacto.
Sus miradas no se apartaban. El corcel sintió el alma de Cáliban… firme, indomable, herida… pero jamás rendida. Cáliban sintió la del corcel… orgullosa, salvaje y harta de cadenas.
Y entonces ocurrió.
La violencia de ambas energías generó un rechazo explosivo, lanzándolos en direcciones opuestas. Pero no hubo respiro.
Hiperión se reincorporó con furia renovada, dispuesto a continuar. Cáliban sabía que su brazo no respondería más. No importaba.
No rechazaría el deseo de aquel ser magnífico.
Y así, sin más, cargó de nuevo. Sin armas, sin defensa. Con la frente en alto… literalmente.
Ambos chocaron cabeza con cabeza. Una vez, otra, Y otra vez. Como si quisieran romperse el alma en cada impacto. El dolor era indescriptible, pero no se detenían.
Hasta que, finalmente, uno quedó en pie.
Cáliban, tambaleante, con sangre escurriendo por su rostro, se alzaba sobre el cuerpo del corcel abatido.
—?Qué sucede…? —dijo con una sonrisa torcida, apenas audible —Todavía no hemos terminado.
Su brazo colgaba inútil, su frente, abierta y palpitante. Pero su espíritu… inquebrantable. Hiperión, con patas temblorosas, se alzó lentamente. Y caminó hacia él.
No como rival, sino como igual.
Se encontraron cara a cara. Respiraban con dificultad. La sangre manchaba el polvo. Pero en sus miradas no había dolor. Solo comprensión.
—Tú también… naciste para pelear, ?Eh? —susurró Cáliban.
Y entonces, la voz llegó. No como sonido, sino como un eco en su mente. Grave, imponente y honesta.
?Por favor… conviértete en mi maestro. Eres digno. Solo tú eres digno.?
Cáliban cerró los ojos un instante. Lo pensó por algunos segundos, estaría mintiendo si dijera que el corcel no había llamado su atención. Después de todo, aun con el miedo que irradiaba su alma, este no dudó y siguió adelante con la batalla. Cáliban no pudo evitar sonreír.
—Bien… si eso es lo que deseas… aceptaré con gusto.
Extendió su mano herida. La sangre brotaba aún. Del corcel, una última gota cayó desde su frente. Ambas esencias se encontraron en el aire y, al unirse, brillaron con un resplandor oscuro y sagrado.
El contrato estaba sellado.
Hiperión desapareció en una nube de energía negra, formando un círculo espiritual que se incrustó en el pecho herido de Cáliban como un tatuaje llameante.
El silencio volvió. Solo su respiración quedaba.
—Fuu… —exhaló, con una leve risa —Esa fue… una buena pelea…
Se giró, lento, y vio a Astrid. Aun con su cuerpo magullado, alzó el brazo intacto para ofrecerle ayuda.
—?Estás bien?
Ella sonrió con cansancio.
—Ja… eso debería preguntártelo yo. ?Estás seguro de que estarás bien?
—Sí… esto no es nada.
—Mentiroso…
Astrid se acercó y colocó con ternura su mano sobre el brazo da?ado. Lo acarició con cuidado, como si al tocarlo pudiera aliviar el dolor que él se negaba a mostrar.
Desde las gradas, Cecilia los miraba. Su pecho dolía, no por la escena… sino por lo que sentía al verla. Algo en su interior se rompía sin saber por qué.
Entonces llegaron los profesores, apresurados, con la sorpresa aún marcada en sus rostros.
—?Joven Cáliban! —exclamó Meeris —?Cómo se encuentra?
Cáliban levantó la mirada. Estaba pálido, cubierto de sangre y polvo. Pero sus ojos… sus ojos brillaban con la fuerza de alguien que ya no estaba solo.
—Profesores… estoy bien.
—Dices eso con el brazo en ese estado… —comentó el profesor Cunim, con una mezcla de reproche y asombro.
Se acercó a Cáliban y, con sumo cuidado, examinó la marca que ardía como un tatuaje recién hecho en su pecho herido. Sus ojos se abrieron lentamente, como si frente a él se desplegará una revelación largamente esperada.
—?Lograste… hacer un contrato con el Hiperión?
—?Hiperión? —repitió Cáliban, aún con el pecho agitado.
—Un espíritu antiguo, feroz. Violento por naturaleza. No obedece las leyes por las que se rigen los elementales comunes. Fue la líder de la organización quien lo encontró, hace ya muchos a?os. Era solo una cría entonces. Intentamos estudiarlo, domarlo… pero no importaba cuántos estudiantes lo intentaran, siempre perdía el control. Muchos terminaron heridos. Otros… peor. Terminamos creyendo que jamás encontraría a un espiritista compatible.
Cunim guardó silencio unos segundos antes de concluir:
—Hasta que llegaste tú.
—?Entonces debo…?
El profesor alzó la mano con suavidad, deteniéndolo.
—Ahora no. Primero, al hospital. Todos están heridos. Tu brazo necesita atención urgente. Las preguntas pueden esperar.
—Bien… —asintió Cáliban, dejándose guiar sin oponer resistencia.
Mientras los conducían al hospital, su mirada permanecía tranquila, pero por dentro, su mente seguía trabajando.
?Lord Xander… ?Está ahí??
?Por supuesto…?
La voz le llegó de inmediato, firme como siempre.
Xander estaba apostado a las afueras del laboratorio central. Por órdenes de Cáliban, se mantenía en vigilancia constante, por sí el culto se atrevía a mover sus piezas. Aquel día, más que nunca, su atención era crucial.
?Nos están llevando al hospital.?
??Qué ocurrió? ?Un ataque del culto??
?No. Esto fue otra cosa. Se lo explicaré después. Escuche… necesito que vigile de cerca a Cecilia, Juliana, Elizabeth y Astrid a partir de ahora.?
??Por qué ellas??
?Porque las cuatro… nacieron con espíritus vinculados desde su nacimiento.?
Hubo un momento de silencio.
??Eso es siquiera posible…??
?Ahora lo es. Y si mi teoría es cierta… y el culto ya lo sabía… Entonces ellas serían… Las cuatro semillas.?
?Entendido.?
Xander no necesitaba saber más.
?Estaré atento. Hablaremos de esto con más detalle en el gremio.?
?Sí… probablemente no pueda salir del hospital hasta ma?ana. Nos veremos entonces.?
Sin más palabras, Lord Xander se alejó en silencio, perdiéndose entre las sombras de la ciudad.
Esa misma noche, en el gremio de la Cuarta Ala, un joven orco cerraba apresuradamente las puertas traseras.
—?Mierda! La profesora Meeris me va a matar si llego tarde otra vez…
Se ajustó el morral y salió trotando por la calle adoquinada, iluminada solo por la luz tenue de unos faroles mágicos. El ambiente estaba cubierto por una bruma espesa y la sinfonía de criaturas nocturnas… cuervos, insectos y el viento silbando entre las tejas rotas.
Para ahorrar tiempo, decidió cortar camino por un callejón angosto entre dos almacenes.
Al principio, todo parecía tranquilo. Pero después de unos pasos, una sensación se le instaló en la nuca. Una respiración que no era la suya. Unos pasos que no hacían eco como los suyos.
Se detuvo y giró en seco.
Pero no había nada.
—Habrá sido mi imaginación… —murmuró, más para convencerse a sí mismo que por certeza.
Reanudó la marcha.
Fue entonces cuando lo sintió… algo viscoso, algo frío, algo que se deslizaba desde arriba.
Antes de poder gritar, unos tentáculos rojos descendieron como látigos desde la oscuridad. Se enrollaron en torno a su torso y cuello, levantándolo del suelo sin esfuerzo. Apenas tuvo tiempo de soltar un alarido que se perdió entre los callejones.
Lo siguiente fue una sinfonía de sonidos viscerales. Carne desgarrándose, huesos crujiendo, y un gorgoteo ahogado. La lluvia de esa noche no fue suficiente para limpiar la sangre que empapó los charcos.
Nadie vio nada.
Nadie escuchó nada más.
Solo los muros húmedos quedaron como testigos.
A la ma?ana siguiente, los tablones de anuncios de la academia amanecieron cubiertos de carteles.
“SE BUSCA: Auralk, aprendiz de alquimia. Desaparecido desde anoche. última vez visto: cerca del Gremio Cuarta Ala.”
Y en el suelo del callejón, entre sangre seca y barro, un símbolo tallado con garras se marcaba en la piedra… una espiral con cuatro puntos alrededor. Símbolo de aquella bestia.

