A la ma?ana siguiente, durante la clase de Espiritualidad, los estudiantes esperaban con impaciencia el inicio de la lección. Las conversaciones eran bajas, casi reverentes, dado que la materia trataba temas más profundos.
De pronto, el aire tembló y un portal de agua se abrió en medio del aula, generando un leve rocío que refrescó el ambiente. Con elegancia, la profesora Meeris emergió de él, envuelta en un manto de niebla cristalina.
—?Buenos días, mis estudiantes! —saludó con entusiasmo —Hoy será un día muy especial. He hablado con los demás profesores y, amablemente, nos han cedido su tiempo para esta actividad. Así que, por favor, acompá?enme. Atraviesen el portal, sin miedo.
Uno a uno, los estudiantes cruzaron la cortina líquida. Al hacerlo, fueron recibidos por una visión impresionante. Se encontraban dentro de un gigantesco domo de cristal, tan amplio que las nubes parecían danzar más allá de su techo transparente.
Alrededor de la instalación central, se alzaban otros domos menores, cada uno albergando su propio ecosistema en miniatura. Uno de ellos era un bosque envuelto en niebla, otro una tundra helada con auroras flotando sobre las copas de árboles blancos, otro una llanura volcánica vibrante y peligrosa.
Cáliban entrecerró los ojos, atento. Había una intención detrás de todo ese esplendor.
La profesora Meeris se adelantó.
—Muy bien, estudiantes. Seguro se preguntan qué hacemos aquí. Durante los últimos meses hemos explorado los fundamentos de la Espiritualidad y la cultivación energética. Ahora, en colaboración con el profesor Cunim, hemos preparado esta experiencia especial para ustedes.
En ese momento, el profesor Cunim se aproximó, acompa?ado por una joven dríade que tomaba notas con tanta rapidez que parecía arrancar palabras del aire. Las Dríades, como las Oréades, compartían características con la flora, y su conexión natural con el mundo los hacía sabios observadores y guardianes del equilibrio.
—Profesor Cunim. —decía ella sin dejar de escribir —Las provisiones han sido reducidas en el invernadero de los elementales de piedra, como ordenó.
—Excelente. ?Y los de fuego?
—Es la tercera vez esta semana que queman los paneles del domo. Tendremos que reemplazarlos otra vez. Continúan mostrando un comportamiento extremadamente agresivo.
—Haz un pedido al maestro del Martillo Negro. Esta vez necesitaremos paneles reforzados con núcleo de silicato. Que no escatimen.
Cunim alzó la vista y, al ver a los alumnos, su semblante se suavizó con una sonrisa acogedora.
—?Ah! ?Ya han llegado! Me alegra verlos. Vengan, acérquense.
La profesora Meeris hizo una leve reverencia en se?al de respeto.
—Buen día, profesor. Gracias por su trabajo.
—?Bah! Tonterías. —resopló Cunim con buen humor, agitando una mano como si espantara moscas —Solo cumplo mi deber. No hace falta tanta formalidad, se?orita Meeris. Vamos, síganme.
Mientras avanzaban hacia la sala central, rodeados de maravillas vivientes, Catherine alzó la mano, su curiosidad era evidente.
—Profesora Meeris… ?Dónde estamos?
Meeris se detuvo brevemente, con una sonrisa misteriosa en los labios.
—Bueno… —dijo la profesora con una sonrisa resplandeciente —Será mejor que el profesor lo explique.
—?Por supuesto! —respondió el profesor Cunim con entusiasmo.
Golpeó el suelo suavemente con su bastón. Al instante, un mapa tridimensional de la academia apareció suspendido en el aire sobre los estudiantes, hecho de pura energía cristalina.
—Nos encontramos justo aquí. —dijo, se?alando con su bastón un punto brillante —En el corazón del distrito Wallace, el Centro de Investigación Elemental.
El mapa se expandió, enfocando el lugar exacto. Era un complejo inmenso, rodeado de domos, invernaderos y pasillos místicos.
—Este centro es un lugar especial. —continuó —Es donde se crían y protegen los espíritus elementales. Aquí, ustedes tendrán la oportunidad de formar un vínculo con uno de ellos. Si logran hacerlo… podrán despertar su energía espiritual, el ánima.
Catherine se estremeció. Aquello no era solo una práctica más… era un rito antiguo, casi sagrado. En ese momento recordó las lecciones de la profesora Meeris. Los espíritus elementales nacían directamente de la naturaleza. Durante siglos, fueron cazados y utilizados en experimentos terribles. Pese a su poder, eran débiles frente a los usuarios de Maná y Aura, y estuvieron al borde de la extinción.
Hasta que apareció un hombre que cambió su destino… su nombre era Winebal Lothrim, un héroe de otro tiempo.
Fue él quien liberó a cientos de elementales. Entre ellos, Aktína la Tormenta Dorada, un espíritu de rango mítico que firmó un contrato con él. La unión entre ambos fue tan perfecta que pudieron alcanzar un nivel de poder jamás antes visto. Ese vínculo inspiró a generaciones.
Pronto, se descubrió que algunos humanos nacían con un núcleo espiritual compatible con ciertos espíritus. Así surgieron los primeros magos y caballeros espirituales. El lazo entre guerrero y espíritu podía llegar a ser tan íntimo que incluso se documentaron descendencias híbridas… Nereidas, hijas del agua y el canto; Oréades, nacidas de la monta?a y la piedra. Razas vivientes con herencia de espíritu puro.
—?Entonces nos asignarán un espíritu? —preguntó Catherine, con un brillo de interés en los ojos.
—No, no, no es tan sencillo. —intervino la profesora Meeris, agitando un dedo con severidad.
—La profesora tiene razón. —a?adió el profesor Cunim —Para formar un vínculo, deben cumplir ciertos requisitos. No se puede forzar. Los contratos obligados están penalizados en todos los imperios, especialmente por la OCP.
Cáliban frunció ligeramente el ce?o al escuchar el término.
—?Qué es la OCP? —susurró a Reinhard, que caminaba a su lado.
—La Organización Continental de Protección para los Derechos de los Vivientes. —explicó Reinhard —Fue fundada tras los abusos cometidos contra seres no humanos y criaturas conscientes. Está dirigida por Valeria Lothrim.
—?Valeria Lothrim? —intervino Joseph, que se había acercado —?Una de los Tres Sabios?
Todos se miraron entre sí, impresionados.
Los Tres Santos… figuras legendarias. Guerreros, magos y eruditos retirados que alguna vez salvaron el mundo conocido. Sus nombres estaban inscritos en los anales de la historia. Sus discípulos, conocidos como Los Seis Héroes, fueron guiados directamente por ellos, y hoy lideran los Seis Imperios.
Valeria Lothrim no solo era una gran maga, era también una genio arcana, una reformista y defensora de los vivientes. Gracias a ella, muchas razas dejaron de ser consideradas meras herramientas o armas vivientes y se integraban lentamente a la sociedad.
—Es cierto… si mal no recuerdo, Kasus Delion también pertenecía a ese grupo, ?No? —comentó Cáliban con tono pensativo.
—Así es. —asintió Reinhard —Gracias a esa estrecha relación, es natural que la academia mantenga una alianza directa con la organización.
Cáliban desvió la mirada hacia los domos que los rodeaban. En cada uno se respiraba vida. Se sentía como si el mundo natural los observara en silencio, esperando… evaluando.
—Hoy… —continuó el profesor Cunim —no se trata de escoger un espíritu. Se trata de ser elegido. De demostrar que son dignos. Que pueden escuchar, sentir y comprender. El vínculo con un espíritu no se impone, se construye. Y para eso… deben entrar al domo que más resuene con ustedes.
Todos los estudiantes miraron a su alrededor. Cada domo era distinto. Tierra, fuego, agua, viento, metal, luz, oscuridad… pero también había otros, más misteriosos, cuyos paisajes parecían sacados de sue?os o pesadillas.
Continuaron avanzando por los corredores hasta llegar a una sala circular, sorprendentemente parecida a la que habían visitado en el banco del distrito. En el centro, reposaba un artefacto de dise?o antiguo, claramente era un analizador elemental. Su estructura recordaba a una esfera cristalina rodeada de anillos de bronce flotante, con inscripciones antiguas que emitían un tenue resplandor.
Alrededor del artefacto, varios estudiantes de cursos superiores esperaban ya preparados. Vestían uniformes negros impecables, marcados con bordados del símbolo elemental correspondiente a su afinidad. Sus posturas eran firmes, y sus miradas, serenas. Ellas serían las guías.
El profesor Cunim agitó su bastón ligeramente, y al hacerlo, una sucesión de sillas apareció mágicamente en toda la sala, dispuestas en semicírculo frente al podio central.
—Tomen asiento, jóvenes. —dijo con su característico tono amable —Les explicaré lo que haremos a continuación.
La profesora Meeris condujo a su grupo con elegancia hacia los asientos, ubicándose cerca del profesor mientras sus estudiantes tomaban posiciones en silencio. El ambiente se cargaba de una calma solemne, como si todos sintieran que estaban a punto de presenciar algo importante.
Desde el podio, el profesor Cunim adoptó una postura erguida y entusiasta, sosteniendo un peque?o rollo de pergamino.
—Durante los últimos meses… —comenzó —han aprendido sobre la energía espiritual y su influencia en el mundo natural. Descubrieron cómo canalizar su esencia y cómo armonizar su interior. Hoy, por fin, darán el siguiente paso… establecer un contrato elemental.
Se hizo un peque?o murmullo entre los estudiantes, pero el profesor continuó con voz firme.
—El artefacto que ven en el centro analizará su afinidad espiritual. Su energía interior resonará con uno o más elementos, y eso nos permitirá guiarlos hacia el domo adecuado, donde quizás… encuentren a su compa?ero espiritual.
Se giró brevemente para se?alar a las guías vestidos de negro.
—Las se?oritas que ven aquí serán sus acompa?antes en este viaje. Una vez tengan el resultado, acérquense al cartel correspondiente al elemento que se les indique. Muy bien, comencemos.
El profesor desenvolvió el pergamino y leyó el primer nombre con claridad:
—?Albert Ludick, al frente!
De entre la multitud, un joven enano se levantó con evidente nerviosismo. Caminó con pasos tensos hacia el artefacto, tragando saliva. El silencio se hizo absoluto.
Al llegar, se quedó un momento observando la esfera, luego, por simple intuición, colocó la mano sobre ella. Al principio no ocurrió nada. Pero unos segundos después, peque?as piedras flotantes emergieron alrededor de la esfera, girando en una danza pausada.
—Muy bien. —dijo Cunim con una sonrisa —Elemento Tierra. Felicidades, joven Ludick. Por favor, dirígete con la asistente correspondiente.
Albert asintió, visiblemente aliviado, y se dirigió hacia una de las jóvenes del uniforme negro que sostenía un cartel grabado con el símbolo de tierra.
—Ya saben qué hacer. —continuó el profesor —Ahora, los siguientes.
Uno a uno, los estudiantes de la Casa de los íntegros fueron llamados. El salón se llenaba de murmullos emocionados cada vez que aparecían nuevos símbolos. Fuego, agua, viento, rayo… incluso elementos poco comunes como veneno, mineral y polimorfo aparecieron entre los más talentosos.
Cada revelación era un paso más hacia un destino individual, y el ambiente se volvía más y más denso conforme se acercaban los nombres finales.
Finalmente, el profesor levantó una segunda lista, más corta. La tensión en la sala creció. Era el turno de la Casa de los Especiales.
—Ahora… —anunció —empecemos con… ?Astrid Van Saint! —proclamó con fuerza, leyendo con claridad.
La atmósfera cambió de inmediato en cuanto el nombre fue pronunciado. Un murmullo emocionado recorrió la sala como una ola creciente. Los estudiantes se incorporaron sutilmente en sus asientos, deseosos de observar a la princesa del Imperio de Orión, hija del legendario Santo de la Espada.
Todas las miradas se clavaron en ella.
Astrid caminó con elegancia contenida hacia el artefacto, sus pasos firmes pero tranquilos. Al llegar, extendió la mano con delicadeza sobre la esfera cristalina. Un anillo de luz se formó sobre la superficie, vibrando con un brillo inusualmente intenso, y la energía comenzó a fluctuar de forma errática.
El profesor Cunim frunció el ce?o. Acarició su barba lentamente, luego habló con voz seria:
—Vaya… esto no es común. Se?orita Saint, ?Ya posee un contrato con un elemental?
La profesora Meeris, hasta ahora serena, alzó una ceja con visible sorpresa.
??Ya tiene uno? ?Qué clase de espíritu podría haberla elegido… desde tan temprana edad?? —pensó.
Astrid se inclinó levemente, en un gesto de respeto.
—Mis disculpas… no fue mi intención ocultarlo. Pero sí… tengo un contrato con un espíritu desde mi nacimiento.
El silencio se hizo total. El profesor dejó de acariciar su barba, su rostro marcado por la incredulidad se llenó de asombro.
Un vínculo desde el nacimiento… ni en las leyendas más antiguas se hablaba de algo semejante. Incluso los grandes héroes del pasado habían necesitado a?os de preparación espiritual para establecer una conexión verdadera con un elemental. Y, sin embargo, esta joven ya estaba vinculada desde el instante en que respiró por primera vez.
—?Cómo es eso posible? —murmuró, casi para sí mismo —Se?orita Saint… ?Qué clase de espíritu es?
Astrid bajó la mirada, su voz se volvió más suave.
—No lo sé.
—?No lo sabe?
La incredulidad del profesor fue compartida por todos en la sala. Las miradas de los estudiantes se transformaron, de admiración a asombro… y luego a desconcierto.
—He intentado muchas veces comunicarme con él. —explicó Astrid, sin levantar los ojos —Pero nunca me ha respondido. No importa cuánto me concentre… es como si solo pudiera sentir su presencia, pero no su voz.
El profesor Cunim guardó silencio unos segundos, analizando la situación con profunda seriedad. Finalmente, asintió despacio.
—Entiendo… —dijo, más para sí mismo que para ella —Discutiré esta situación con el director más adelante. De momento, puedes unirte al recorrido con los demás estudiantes.
Movió su bastón hacia una de las asistentes… pero su gesto se detuvo al notar que no había nadie donde se?alaba.
—?Mithra aún no ha llegado?
Una de las asistentes, visiblemente apenada, se adelantó.
—Me temo que no, se?or. Creo que… se quedó dormida otra vez.
El profesor suspiró con resignación, llevándose una mano al rostro.
—Otra vez, ?Eh? Qué novedad…
Se giró hacia Astrid, más amable.
—Por favor, se?orita Saint, siéntese allí mientras llega la asistente asignada a su caso. Pronto podrá incorporarse al recorrido.
Astrid asintió con elegancia, sin mostrar molestia alguna. Todos quedaron sorprendidos tras escuchar la revelación de Astrid. Susurros comenzaron a esparcirse por el salón como viento entre hojas. Aun así, ella mantuvo la compostura. Con la serenidad propia de su linaje, caminó hacia el lugar que el profesor le indicó, bajo la atenta mirada de todos.
Joseph, intrigado, se inclinó hacia Cáliban y le susurró:
—?Por qué crees que usa esa máscara? ?Será parte del código de vestimenta imperial?
Cáliban no respondió de inmediato. Mantenía sus ojos fijos en Astrid. A pesar de su habilidad con la Mirada Celestial, no podía ver nada más allá de esa máscara. Era como si el artefacto y la propia Astrid estuvieran sellados de forma deliberada. La máscara no era una simple prenda… estaba hecha para bloquear todo intento de análisis espiritual o mágico.
??Qué esconde una princesa del Imperio de Orión para sellarse de esa manera? Y su espíritu… ?Qué clase de entidad la eligió desde el nacimiento??
Finalmente, contestó en voz baja:
—No lo sé. Pero mientras no represente una amenaza para nosotros… no me importa.
Joseph asintió, aunque su mirada aún estaba fija en la joven.
El profesor Cunim retomó su lugar en el podio y, con voz clara, continuó:
—Muy bien. Argos Leyfuur, adelante, por favor.
Del grupo se levantó un joven Felinyan de cabellera brillante y mirada altiva. Caminó con el mentón en alto, como si desfilara en su propio reino. Apenas tocó el artefacto, una poderosa oleada de energía oscura recorrió la sala, y todas las luces parpadearon antes de apagarse momentáneamente.
El profesor Cunim lo identificó al instante.
—?Un espíritu de sombra! Felicidades, joven Leyfuur. Has conseguido afinidad con un elemento raro. Dirígete hacia la se?orita Saint, por favor.
Los otros estudiantes Felinyan aplaudieron con vítores, mostrando su apoyo con entusiasmo tribal.
Argos se acercó al área donde esperaba Astrid. Su andar era despreocupado, y su mirada, descarada. Se detuvo frente a ella y, ladeando la cabeza, dejó escapar una sonrisa cargada de arrogancia.
—Parece que ambos somos especiales. Tal vez… estemos destinados a estar juntos, ?No crees?
Astrid le dirigió una sonrisa suave, educada… pero vacía. Su postura no cambió, ni su mirada se inmutó. Pero por dentro, sentía un leve escalofrío. No por su afinidad con la sombra, sino por su actitud.
?Mejor no decir nada… no vale la pena.?
Argos, en cambio, malinterpretó su silencio. Con un gesto arrogante, acaricio su melena.
?La dejé sin palabras, claro. Es normal que alguien como yo la descoloque… debo tener cuidado o terminará perdidamente enamorada de mí. Aunque… no estaría mal.?
Mientras tanto, el profesor ojeaba su lista, claramente complacido con la calidad de los resultados.
?Este a?o… parece que tenemos talentos prometedores.?
Alzando la voz nuevamente, anunció:
—La siguiente es… ?Catherine Winters! Pase al frente, por favor.
Catherine se puso de pie con porte majestuoso. No por arrogancia, sino por convicción. Su madre era conocida como la Reina de los Inviernos, una espiritista tan poderosa que las monta?as que rodeaban su reino vivían eternamente en invierno. Ella tenía un nombre que defender. Una herencia que honrar.
Caminó hasta el artefacto. Respiró hondo y colocó la mano con firmeza sobre la esfera.
Una intensa ráfaga de energía helada se liberó al instante, barriendo la sala como un aliento de invierno. El aire se volvió más denso, más pesado… y los cristales del artefacto se cubrieron momentáneamente de escarcha.
Sin lugar a dudas, Catherine era una espiritista de hielo.
—Impresionante… —murmuró la profesora Meeris.
El profesor Cunim asintió, visiblemente impresionado.
—Elemento hielo confirmado. Excelente control, se?orita Winters. Diríjase con la asistente correspondiente.
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Catherine giró con elegancia y se dirigió hacia su guía, con paso firme. Sabía que no había fallado. Sabía que su madre… estaría orgullosa.
—Vaya… —dijo el profesor Cunim con una ligera sonrisa —No esperaba menos de la sangre real.
Catherine asintió con elegancia. Su porte imponente, su belleza fría y serena, evocaban la imagen de una rosa floreciendo en medio del invierno. Los estudiantes la observaron alejarse con una mezcla de admiración y respeto.
El profesor hojeó la lista y prosiguió:
—Ahora… ?Cecilia Thorm! Pase al frente, por favor.
Cecilia se levantó con la cabeza baja, lucía nerviosa. Caminaba como si cada paso costará más que el anterior. Sostenía su mu?eca izquierda con la derecha, sus dedos estaban tensos sobre las pulseras que siempre llevaba puestas. Sus labios temblaban, y aun así, siguió adelante.
Desde su asiento, Cáliban la observaba con atención.
?Solo es un análisis de afinidad… ?Por qué estás tan nerviosa, Cecilia??
No lograba comprenderlo. Pero en cuanto Cecilia colocó la mano sobre el artefacto, lo inesperado ocurrió.
Una suave onda de energía recorrió la sala. No tenía forma, ni color, ni temperatura definida… pero era extra?a, distinta. Y, sobre todo, viva.
El artefacto reaccionó de inmediato, iluminándose con múltiples colores antes de estabilizarse en un tono pálido y profundo. El profesor Cunim arqueó una ceja.
—Tú… ?También tienes un espíritu desde el nacimiento?
—Ehm… sí. —respondió Cecilia, visiblemente incómoda —Tampoco sé cuál es. Nunca ha hablado conmigo…
La sala volvió a llenarse de murmullos. Incluso la profesora Meeris frunció el ce?o. Dos casos como el de Astrid… en el mismo grupo… no podía ser coincidencia.
??Otra más?? —pensó el profesor, consultando su lista con creciente preocupación.
Alzando la voz, preguntó con claridad:
—?Algún otro estudiante de los aquí presentes cuenta con un contrato vigente no registrado?
Por un instante, todo parecía congelarse. Luego, al fondo de la sala, dos manos se alzaron con decisión.
Al fondo del salón, se alzaron dos manos con firmeza. Eran Juliana y Elizabeth. El profesor Cunim frunció el ce?o, visiblemente desconcertado.
—Ah… disculpen, ?Podrían confirmar sus nombres?
—Juliana Agris Semíramis. —respondió ella, con tono firme.
—Elizabeth Ileana Dracul. —a?adió la segunda, sin titubeos.
El profesor parpadeó. Aun con la confirmación, Cunim no pudo evitar sentirse aún más intrigado.
—Ah… entiendo el caso de la se?orita Juliana. —murmuró —Pero… aquí en la lista figura que usted, se?orita Dracul, no posee afinidad espiritual. ?Está segura de lo que dice?
—Sí. —respondió Elizabeth con tranquilidad, levantándose —Puedo probarlo.
Se acercó con calma, su andar era elegante y sin duda aristocrático. Colocó la mano sobre el artefacto, sin dudar.
En cuanto lo hizo, una energía oscura y vibrante brotó de la esfera. No era la sombra común que se había sentido con Argos. Era algo más profundo, más denso. Era como si la propia esencia de la muerte se hubiera filtrado en la sala, silenciando todo sonido.
La esfera quedó inmóvil durante unos segundos, y luego se cubrió de un aura negra. El ambiente perdió color. El resultado era indiscutible.
Una resonancia perfecta.
El profesor Cunim se quedó en blanco, y por primera vez, la profesora Meeris perdió la compostura.
—Pero… ?Cómo? —susurró ella —Si su núcleo no mostraba compatibilidad alguna…
La multitud de estudiantes no supo qué decir. Nadie aplaudió, nadie murmuró. Solo se miraban entre sí, buscando una explicación que nadie podía ofrecer. Jamás había ocurrido algo así en la historia reciente de la academia.
Cuatro estudiantes con espíritus desde el nacimiento.
Uno de ellos… con un núcleo que, en teoría, no podía albergar energía espiritual alguna.
Cáliban observó en silencio. Ya no podía ignorarlo.
?Esto no es una coincidencia.?
Era una anomalía. Un patrón. Y donde hay patrones... hay manos ocultas tejiendo destinos.
—Bien. —suspiró el profesor Cunim, masajeándose el puente de la nariz —Hablaremos de su situación más adelante. Por ahora, por favor, hagan fila junto a la se?orita Saint y el joven Leyfuur.
Juliana y Elizabeth asintieron y se dirigieron hacia el grupo designado. El profesor volvió a consultar la lista, rogando en silencio que se detuvieran los casos fuera de lo común.
—?Dimerian Centurian! Puedes pasar.
El joven se levantó con una mezcla de emoción y ansiedad. Caminó hacia el artefacto repitiéndose mentalmente como un mantra:
?Que sea fuego, que sea fuego, que sea fuego…?
?Por qué tanto anhelo? Porque para él, ser un gran herrero significaba más que habilidad. Requería un espíritu afín, uno que pudiera elevar su forja a niveles legendarios. Los aprendices más destacados siempre buscaban espíritus de fuego o metal. Poderosos, prácticos y compatibles con el arte del acero.
él… so?aba con eso. Con convertirse en el mejor.
Colocó la mano sobre el artefacto, cerrando los ojos con fuerza.
Pero el destino tenía otros planes.
Una energía suave, fluida y armoniosa brotó de la esfera. Un anillo de agua se formó por encima, girando con gracia, como una ola en perpetuo movimiento.
Dimerian se quedó paralizado.
—Elemento agua. —anunció el profesor —?Felicidades, joven Centurian! Puedes pasar por...
Sin embargo, Cunim no terminó la frase. Al mirar el rostro de Dimerian, comprendió todo.
Estaba devastado.
Su expresión era una mezcla de incredulidad y negación. Aquello no era lo que esperaba. No era lo que quería. Sus manos temblaban. Sus sue?os, al menos en ese instante, se sentían rotos.
El profesor bajó la voz, con compasión en el tono.
—Lo siento, joven Centurian… pero deberás dirigirte a la fila de los espiritistas de agua.
—S… sí… —respondió él, casi sin voz.
Con la mirada fija en el suelo, Dimerian caminó lentamente hacia su grupo, como si cada paso pesara una tonelada.
Cáliban lo observó con un poco de tristeza.
?Llegarán momentos en la vida donde tendrás que hacer lo mejor que puedas con lo que tengas.?
El profesor se aclaró la garganta, tratando de mantener el ritmo de la sesión.
—Bien, pasemos al siguiente. ?Joseph Sephir! Pase al frente, por favor.
—Bueno, deséame suerte. —le dijo Joseph a Cáliban, gui?ándole un ojo.
—Suerte. —respondió este, con una leve sonrisa.
Joseph caminó con entusiasmo. A diferencia de Dimerian, para él no había presión ni expectativas externas. Solo quería saber. Conocer qué espíritu podría elegirlo. Sentía que cualquiera estaría bien… mientras pudieran crecer juntos.
Colocó la mano sobre el artefacto, y este comenzó a brillar con una intensidad inusual.
No un solo color… sino todos.
La esfera explotó en una danza de luces… rojo, azul, verde, dorado, violeta, blanco… un arcoíris de energía comenzó a girar en torno a él, proyectando haces de luz hacia el techo de cristal.
La profesora Meeris abrió la boca, incrédula.
—?Multifuncional…? ?Es en serio?
Los asistentes también se miraron entre sí, sorprendidos. Era rarísimo. Espíritus con múltiples afinidades no eran imposibles… pero sí extremadamente inusuales, sobre todo en estudiantes tan jóvenes. Y menos aún en su primer análisis espiritual.
Joseph, por su parte, solo sonrió.
—?Esto es increíble!
—?Cómo?... espera un momento… —murmuró el profesor Cunim, entrecerrando los ojos mientras volvía a examinar la lista. Deslizó el dedo por las anotaciones, buscando algo que había pasado por alto.
Entonces lo vio.
?Este es el joven capaz de usar las tres energías a la vez…?
—Profesor… —preguntó Joseph, con evidente emoción —?Qué significa esto?
Cunim levantó la mirada y exhaló con lentitud.
—Bueno… aunque ciertamente no es la primera vez que ocurre, es algo muy raro. Sucede quizás una vez cada siglo. Algunos pocos nacen con una afinidad tan pura que pueden armonizar con todos los elementos sin restricción. Eso significa que puedes formar un contrato con cualquier espíritu elemental que te acepte. Sin importar su rango o naturaleza. Felicidades, joven Sephir… eres un multifuncional.
Un murmullo lleno de asombro recorrió la sala. Joseph, por su parte, quedó boquiabierto. Su sonrisa se amplió como si acabara de recibir la mejor noticia de su vida. Giró rápidamente la cabeza, buscando la mirada de Cáliban. Al encontrarla, alzó ambos pulgares con orgullo.
Cáliban le respondió con un suspiro.
—Qué fastidio… —murmuró para sí.
—?Bien! —continuó el profesor —Sigamos con los dos últimos… ?Similia Killowein y Mika’el Cáliban! Pasen al frente, por favor.
Cáliban se levantó sin prisa, como si le diera pereza estar ahí. Caminó hacia el artefacto con las manos en los bolsillos, arrastrando apenas los pies.
?Qué aburrido…? —pensaba, mientras colocaba la mano sobre la esfera sin el menor entusiasmo.
El artefacto titiló… y de nuevo, el resplandor de múltiples colores lo envolvió.
Los profesores se quedaron paralizados.
—?Otro multifuncional…? —susurró la profesora Meeris, estupefacta.
?Dos multifuncionales… en una sola generación. ?Eso es siquiera posible??
La esfera reflejaba los mismos anillos de luz que había mostrado con Joseph, pero con una intensidad mucho mayor. La energía parecía estar perfectamente contenida, como si se plegara en torno a Cáliban en lugar de brotar a su alrededor.
—Vaya… —murmuró Cunim, pasándose la mano por la frente —Esta generación… sin duda va a dar mucho de qué hablar.
Al fondo, Similia observaba la escena con creciente irritación. Era la última en pasar, y había esperado con ansias su momento para brillar. Pero tras los casos de Astrid, Elizabeth, Joseph y ahora Cáliban, su presencia pasó completamente desapercibida.
?No puede ser… ni siquiera se giraron a verme…?
En ese momento, Similia intercambió miradas con Cunim, algo discreta. El profesor asintió y colocó su mano por debajo de la esfera sin que nadie se diera cuenta. Con el ce?o fruncido, Similia se acercó al artefacto y colocó la mano con firmeza. Una delicada energía verde brotó del cristal, formando un suave anillo de luz que se elevó como enredaderas danzantes.
—Elemento flora. —anunció el profesor —Afinidad bastante armoniosa. Felicidades, se?orita Killowein. Puede dirigirse con la asistente correspondiente.
Similia, aún con el rostro torcido por la frustración, caminó hacia la fila asignada sin siquiera mirar a nadie.
Argos, desde la distancia, alzó los hombros con una sonrisa sarcástica.
?Incluso yo acaparé más atención que tú, Similia… qué pena.?
??Maldición! Hasta ese idiota recibió más atención…? —pensó ella, apretando los dientes.
Cunim volvió al podio, recobrando su tono formal.
—Muy bien, ahora que todos han establecido su afinidad, no crean que su tarea ha terminado. Lo más difícil está por comenzar.
Los estudiantes se enderezaron al oírlo.
—Sigan a sus asistentes. Ellos los guiarán hacia los domos elementales. Una vez allí, recibirán instrucciones especiales para intentar formar un vínculo. Yo supervisaré a la mitad del grupo, mientras que la profesora Meeris se encargará de los restantes. Continúen con orden.
Justo en ese momento, las puertas de la sala se abrieron de golpe. Una joven entró jadeando, con su rostro ruborizado por la carrera.
—?L-Lamento la demora…!
Todos voltearon. Su cabello alborotado y uniforme arrugado confirmaban que, efectivamente, acababa de levantarse.
—Ah… ya llegó Mithra. —comentó la profesora Meeris, llevándose una mano a la frente con resignación.
—?Lo siento! ?Lo siento! ?Llegué tarde!
Una joven Sátiro irrumpió en la sala, jadeando. Su cabello blanco, esponjoso como lana recién hilada, bailaba con cada paso. Su uniforme estaba completamente desordenado. Su saco estaba mal abrochado, la corbata torcida hacia un lado y, para colmo, no llevaba sus zapatos especiales. Caminaba con las pezu?as descalzas con una mezcla de prisa y resignación.
El profesor Cunim soltó un largo suspiro, frotándose la sien.
—Otra vez tarde, Mithra…
—Perdón, profesor Cunim. ?No volverá a pasar! —respondió con una reverencia nerviosa, aún recuperando el aliento.
—Las palabras no sirven, jovencita. Son las acciones las que nos definen. Y las tuyas… dejan mucho que desear.
—L-lo siento…
El profesor Cunim soltó un suspiro cansado.
—Basta de disculpas. Dirígete con los jóvenes de allí. Hoy, tú serás su guía.
—?Sí, se?or!
Con renovado entusiasmo, Mithra se dirigió al grupo asignado, que incluía a Astrid, Joseph, Cáliban, Juliana, Elizabeth, y Argos. Después de tomarse un momento para intentar componer su traje, sin mucho éxito. Entonces, se colocó al frente del grupo con una sonrisa brillante.
—?Ya estoy lista! ?Perdón por la demora! Me estaba acomodando el traje… ?Ahora sí, comencemos! Por aquí, por favor.
Los condujo por un pasillo luminoso que conectaba a los domos elementales. A medida que avanzaban, pasaban frente a enormes estructuras de cristal, cada una con un ecosistema vivo en su interior. Los paisajes cambiaban radicalmente de uno a otro… desde volcanes rugientes hasta jardines flotantes y selvas envueltas en bruma.
—Como pueden ver. —comenzó Mithra, mientras caminaban —Cada domo está dise?ado para replicar el ambiente natural de los espíritus. Todos están reforzados con cristal templado, imbuido con maná y sellado con aura. De ese modo, la energía espiritual se mantiene estable en su interior, y los elementales no sufren por desequilibrios.
Al llegar al domo de hielo, Astrid se detuvo. Tras la pared cristalina, se extendía un bosque nevado, blanco y silencioso. La temperatura bajaba visiblemente, y el aire se cubría de una bruma helada.
Catherine ya se encontraba dentro, caminando entre los árboles con calma. Su voz se alzaba en una melodía suave, una canción que parecía deslizarse entre las ramas como copos danzantes.
—?Por qué está cantando? —preguntó Joseph, curioso.
—?Buena pregunta! —respondió Mithra, animada —Verán, no basta con tener afinidad elemental. Para formar un contrato con un espíritu, primero deben atraer su atención. Cada espíritu es único. Algunos adoran las canciones, otros los juegos, los acertijos, las danzas… y los más sabios pueden verte y saber quién eres con solo mirarte.
Los estudiantes observaron en silencio. Desde las sombras del bosque, una figura comenzó a emerger. Era un enorme lobo de pelaje blanco como la luna, que se deslizaba entre la niebla sin hacer ruido, sus ojos brillaron con inteligencia en cuanto posó su mirada sobre Catherine.
Catherine extendió la mano con serenidad, sin detener su canto. El lobo se acercó lentamente, deteniéndose frente a ella. Agachó la cabeza con respeto, y la joven colocó su palma sobre su frente.
Un destello recorrió el domo. La luz se condensó alrededor de ambos y, en cuestión de segundos, el espíritu se transformó en una marca luminosa que se envolvió suavemente alrededor del brazo de Catherine, como un tatuaje viviente que se desvaneció bajo su manga.
—?Felicidades, se?orita Winters! —anunció la asistente a cargo —Ha establecido contrato con un Amarok, un espíritu de hielo de rango Alto.
—Wow… —susurró Joseph —Un espíritu de alto rango en su primer intento… qué envidia.
—Y que lo digas… —a?adió Mithra, con un silbido —Bueno, vamos, aún nos faltan muchos domos por recorrer.
Continuaron su camino por los pasillos entre cúpulas. Cada espacio albergaba una nueva maravilla. Una tierra de relámpagos donde flotaban esferas chispeantes; una cueva húmeda habitada por salamandras luminosas; una pradera donde el viento tenía voz propia.
Mientras observaban los domos, Argos se acercó sigilosamente a Cáliban.
—Escuché por ahí… que ya tienes tu propio gremio. —comentó con tono casual, pero con ojos afilados.
—Me pregunto quién fue el chismoso… —respondió Cáliban sin mirarlo.
?Nhun… te coseré la boca cuando te vea.?
—Está bien, digo… debe ser fácil cuando tienes a alguien que te respalda. —a?adió Argos con una sonrisa cínica pintada en el rostro.
Cáliban soltó una leve risa.
—Contrario a otros, yo no necesito atacar a la gente por la espalda para que mis logros se mantengan en pie.
—Sí, bueno, admito que no fue el mejor plan… pero eso no cambiará el resultado.
—?Y ese resultado es…?
Argos se encogió de hombros.
—Que no podrás avanzar. Eres un plebeyo. Tal vez tengas fuerza, pero no tienes talento. Tarde o temprano te toparás con una pared… y ahí vas a quedarte.
—Gracias por tu preocupación. —interrumpió Cáliban en seco —Pero no te preocupes por mí. Al menos yo sé lo que tengo que hacer… a diferencia de alguien.
—?De qué hablas?
—Escuché que entraste a un gremio. Uno liderado por miembros de tu tribu… pero parece que no te va tan bien.
—?Ah? ?Qué tonterías estás diciendo? Todo va perfecto.
—?En serio…?
La mirada de Cáliban se clavó en la de Argos, firme y sin parpadear. Por un instante, el Felinyan perdió su altanería. Un leve temblor en sus ojos lo delató.
Cáliban tenía razón.
Tras la envidia que sentía por él, Argos había buscado ingresar a un gremio lo antes posible. Su reputación y apellido le abrieron muchas puertas, y terminó siendo aceptado en el gremio de su hermano mayor, Lugos Leyfuur, un guerrero reconocido dentro de la academia. Al principio todo fue bien. Pero el orgullo de Argos y su deseo de sobresalir lo cegaron. Pronto, los equipos empezaron a quejarse. No seguía instrucciones, no coordinaba, no respetaba decisiones. El trabajo en equipo no era su fuerte, y eso generaba fricción.
Lugos intentó apoyarlo, como buen hermano mayor, pero los conflictos persistieron. Argos había sido reprendido más de una vez, aunque nunca lo admitiría.
—Miren, chicos. —interrumpió Mithra con su voz cantarina —?Ya llegamos al domo del viento!
La atención del grupo se desvió. Frente a ellos, una cúpula brillante contenía un inmenso campo de hierbas altas que se mecían como olas bajo la danza constante del viento. El aire parecía silbar melodías antiguas, y el cielo dentro del domo mostraba un ocaso permanente que te?ía todo de dorado.
Joseph parpadeó y comenzó a frotarse una oreja.
—?Escuchan eso?
—?Escuchar qué? —preguntó Astrid.
—No sé… juraría que el viento… está susurrando algo.
Todos guardaron silencio. Solo se oía el murmullo constante del viento. Pero Joseph seguía moviendo los labios, como si intentara descifrar algo más.
—Es como… como si estuviera diciendo palabras, pero no con voz. Como si… el viento pensara.
—?Oh, eso es un buen signo! —comentó Mithra, entusiasmada —Algunos elementales de viento pueden comunicarse incluso antes del contrato. Les gusta hablar, bromear, contar historias…
Los ojos del joven se iluminaron.
—?De verdad? ?Eso suena increíble!
Argos chasqueó la lengua con fastidio.
—Espíritus parlanchines… qué molestia.
—A ti no te habló ninguno, ?Cierto? —comentó Juliana, sin contenerse.
—Cállate, salvaje…
—?Qué dijiste? —replicó Juliana, ya alzando los pu?os.
—Nada, nada. —dijo Argos, girando el rostro con arrogancia.
—Tch… cobarde. —susurró ella —Yo no oigo nada… —comentó Juliana, cruzada de brazos.
—Sí… pero es como un… —Joseph frunció el ce?o, ladeando la cabeza ligeramente.
Sus pasos comenzaron a moverse por instinto. Avanzaba lentamente, guiado por un murmullo casi imperceptible, como una melodía que el viento solo le cantaba a él. Sin pensarlo, sus pies lo llevaron directo hacia el domo de viento.
—?Oye! ?Aún no es tu turno! ?Debes esperar con los demás! —exclamó una de las asistentes, acercándose con gesto alarmado.
Mithra, que apenas había empezado a tomar control del grupo, se apresuró a su lado.
—?Mithra! ?Hazlo salir ahora mismo!
—No puedo…
—?Qué? ?Cómo que no puedes?
—él… está siendo llamado.
La expresión de la asistente cambió al instante. Su voz se quebró, incrédula:
—?Llamado...? ?Estás segura?
Todos quedaron en silencio. Hasta los estudiantes más parlanchines enmudecieron.
La llamada era un fenómeno bastante antiguo. Una manifestación poderosa en la que el espíritu no sólo aceptaba al humano… sino que lo reclamaba. Era un acto voluntario, unilateral, exclusivo de los espíritus de rango alto o superior. Los menores no poseían ni la voluntad ni la fuerza para llevarlo a cabo.
Joseph, completamente ajeno al revuelo, cruzó el umbral del domo.
Allí dentro, lo recibió un torbellino salvaje.
Huracanes se alzaban como columnas vivas, cortando el paso, empujándolo hacia atrás. El cielo del domo era un lienzo de nubes grises que giraban en espiral. Joseph retrocedió un paso por la intensidad, pero algo… algo le impulsaba a continuar.
Fue entonces cuando un gran vórtice de aire descendió sobre él.
Un huracán envolvente se formó con brutal fuerza, tragándoselo por completo en una danza violenta de viento y presión. Desde fuera, los estudiantes vieron cómo la figura de Joseph desaparecía entre remolinos.
—?Estará bien? —preguntó Juliana.
—Eso… parece muy peligroso. —comentó Elizabeth, observando los vendavales con tensión.
Astrid dio un paso al frente, preocupada.
—Se?orita Mithra, ?Esto… esto es seguro?
—E-eh… yo…
Mithra bajó la mirada, abrumada. No tenía respuesta. Era su segundo a?o como asistente, y aunque su conocimiento teórico era amplio, jamás había presenciado algo así. Ni siquiera en los registros históricos había visto detalles precisos de una llamada reciente.
—El último evento como este… fue hace treinta y ocho a?os. —murmuró, más para sí misma que para los demás.
—Bueno. —interrumpió Argos con una sonrisa torcida —parece que perdimos a un compa?ero. Qué pena. Le pondré flores en su tumba.
—?Siquiera te alcanza para unas flores? —replicó Cáliban, sin molestarse en mirarlo.
Argos gru?ó amenazante, claramente molesto por el comentario.
Mientras tanto, dentro del domo, Joseph era arrastrado por el vendaval. El aire era denso, como si cada bocanada pesara más que la anterior. Intentaba mantenerse de pie, pero no veía nada. Solo un torbellino sin fin, una tempestad que rugía con fuerza elemental.
—?Hola…? —gritó con esfuerzo —?Hay alguien… aquí?
No hubo respuesta. Solo más viento. Pero entonces, por un instante, el silencio se hizo. Y algo… le habló. No con palabras, no con voz, sino con la vibración misma del aire. Como si cada esencia del viento le susurrara al unísono. Su corazón se aceleró. Algo… lo estaba mirando.
—?Chicos? ?Dónde están? —gritó Joseph nuevamente, girando sobre sí mismo entre el vendaval —?Hey! ?Tú! ?Tú me llamaste aquí! ?Muéstrate!
El viento se arremolinó de pronto con un ritmo más suave, casi como si susurra en respuesta.
—Los jóvenes de hoy en día… son muy intrépidos, ?Eh?
—?Quién? ?Quién está ahí?
—Tranquilo… fui yo quien te trajo aquí.
Desde la misma corriente de aire, una figura comenzó a tomar forma. Flotaba con gracia etérea, como una danza esculpida por la brisa. Su cuerpo parecía tejido por filamentos de viento y luz, imposible de enfocar completamente. Pero su rostro… su rostro era nítido, sereno y extraordinariamente hermoso.
—?Quién eres? —preguntó Joseph, con asombro y precaución.
—Soy una Sílfide. Espíritu del viento de alto nivel… y he decidido que seas mi contratista.
Joseph entrecerró los ojos, desconfiado.
—?Por qué?
La Sílfide lo observó con interés.
—?Dudas de mí? Un espíritu de alto rango acaba de usar una Llamada para traerte aquí… ?Y aún así dudas?
—Sí, bueno… fue una llamada muy bonita, sí… muy dramática. —dijo encogiéndose de hombros —Pero igual, ?Por qué?
La Sílfide soltó una risa ligera, como campanas flotando en la brisa.
—Oh, qué directo eres. Está bien, te daré una respuesta. Supongo que fue… tu espíritu. Hay algo en él que me atrajo.
—?Mi espíritu?
Ella comenzó a girar en torno a Joseph, como si examinara cada fibra de su ser.
—Sí… algo inusual. Tu espíritu está templado, como si ya hubieras enfrentado… el mal absoluto. ?Eso es material de héroes! Pero eres tan joven… dime, ?Ya te enfrentaste a una criatura que no pertenece a este mundo? Algo más allá del velo, más allá de lo que cualquier mortal pudiera ver…
Joseph pensó unos segundos… y su mente volvió a aquel día en el bosque. A la figura que Cáliban le mostró, esa… masa de carne disforme que parecía desafiar toda razón. Un escalofrío recorrió su espalda.
—Sí. —susurró —Vi… algo que no debería existir.
Los ojos de la Sílfide brillaron con intensidad.
—?Sí! ?Eso es! Ese temblor en tu alma, esa cicatriz espiritual… dime, ?Qué fue? ?Un dragón? ?Un elemental supremo? ?La muerte en persona?
—Bueno… luché contra un Wyvern junto a mi amigo. Lo matamos.
—?Un Wyvern, eh? —sonrió ella, encantada —Eso ya dice bastante. Has probado el filo de la batalla… y sobreviviste. Cada vez me gustas más, peque?o mortal.
Joseph se sonrojó ligeramente, sin saber cómo reaccionar. La Sílfide se detuvo frente a él, flotando con una elegancia imposible. Extendió una mano delicada, con sus dedos envueltos en corrientes suaves y danzantes.
—Entonces… dime. ?Te gustaría hacer un contrato conmigo?
Joseph tragó saliva, mirando la mano extendida. El viento alrededor parecía contener la respiración misma del domo. Solo estaban él, ella… y la decisión.
—Eh… bueno… yo…

