El grimorio proyectó una nueva pantalla ante los ojos de Cáliban. Letras doradas flotaban sobre un fondo etéreo carmesí, como si una entidad desconocida hablara a través del libro:
[La creyente cuenta con las características para ser una Santa. ?Desea aceptarla?]
Cáliban se quedó inmóvil. Sus pensamientos se detuvieron por un instante.
—Esto es… —murmuró, incrédulo.
Su mente regresó de inmediato a unas noches atrás. Había estado leyendo el grimorio mientras se acomodaba para dormir. Aquel momento, inofensivo en apariencia, ahora cobraba un nuevo peso.
—“Escribe las características para un santo” —había leído en voz baja, arqueando una ceja —?Santo?
El texto continuaba:
“Manifestador del poder y la voluntad del dios en la tierra. Un santo puede liderar a los creyentes como un faro de la intención divina.”
—Al maestro sí que le gustaban las bromas pesadas… —bufó.
Con un gesto despreocupado, tomó una pluma de su buró y comenzó a escribir sobre las páginas vivas del grimorio, más por curiosidad que por convicción.
—“Justo”… “corazón gentil y noble”… “voluntad pura”… “fiel”… “honesto”… “tolerante”… “decidido”… —enumeró al azar las características de alguien que no podía existir —Eso será suficiente. Bueno, no creo que exista alguien que cumpla con todos estos requisitos…
Cerró el libro, rió por lo bajo y se dejó llevar por el sue?o. Pero ahora, en el presente, ahí estaba la respuesta. Y con ella… el dilema.
?Yo y mi maldita boca…? —pensó con una sonrisa amarga.
Lady Lidia lo observó y malinterpretó el gesto.
—Lo entiendo… —dijo rápidamente —Fui demasiado atrevida. No quería ofenderlo con mi petición, si fue grosero de mi parte…
—No es eso. —interrumpió Cáliban, cerrando la pantalla del grimorio con un gesto —Me disculpo por el malentendido.
La miró a los ojos, esta vez con una seriedad que helaba.
—Escuche, Lady Lidia… No tengo motivos para dudar de su sinceridad. Pero su esposo tomó una decisión al seguirme… y debe entender que yo no soy un hombre bueno. No soy un salvador. He matado a cientos… a muchos que lo merecían. Pero también a otros que no.
Lady Lidia tembló ligeramente. No por miedo, sino por sorpresa. No esperaba esas palabras de aquel que le había devuelto la vida.
—Soy egoísta. Un asesino. Un monstruo disfrazado de líder. No vine al mundo para redimir… sino para destruir lo que ya está podrido.
Ella bajó la mirada. El aire se volvió pesado. El silencio, espeso.
—Pero… —dijo con voz débil —esas personas… los que mató… ?No eran culpables? ?No eran malvados?
Cáliban la miró largamente. Su expresión se volvió una sombra de la que una vez fue.
—?Clayton también era malo?
El silencio que siguió fue sepulcral.
Lord Xander bajó la mirada, apretando los pu?os. Las palabras de Cáliban eran ciertas. Desde que Lidia despertó, él le había contado todo desde su perspectiva, la historia como él la vivió… como él la justificó. Pero eso no borraba la verdad. Había matado a sangre fría. Jóvenes estudiantes, adultos extraviados. Algunos quizá perdidos en su intento de buscar poder, otros simplemente en el lugar y momento equivocados cuando tomaron una decisión. Pero al fin y al cabo, son miembros del culto.
Cáliban hablaba con el peso de quien carga no solo con muertes, sino con las consecuencias de cada una.
—Yo no ofrezco salvación ni redención. —dijo con una calma que helaba la sangre —No soy un faro de esperanza. Solo sé hacer una cosa… y es matar. Pero me juré que si debía volver a alzar mi espada, sería únicamente para traer perdición a quienes se atreven a jugar con los inocentes.
Su mirada se posó en Lord Xander, y en sus pensamientos cruzó el recuerdo de Clayton… y el rostro deformado de aquella joven que fue convertida en un Doppelg?nger, usada, destrozada, pero no olvidada.
—Nuestras manos están manchadas con sangre. —continuó —Por más que lo neguemos, ya no somos diferentes de los monstruos a los que nos enfrentamos. Solo traigo caos y desesperación a quienes intentó proteger. Así que le preguntó… Lady Lidia… ?De verdad desea esta vida?
Lidia lo miró con determinación.
—?Le preguntó eso mismo a mi esposo cuando lo condenó a esta vida?
—Lidia… eso no es- —empezó a decir Xander, pero Cáliban alzó una mano, deteniéndolo con un gesto firme.
—No hizo falta. él ya conocía los riesgos.
—?Y cómo puede estar tan seguro?
—Porque estaba dispuesto a hacer cualquier cosa… con tal de salvarla a usted.
Lidia apretó los labios. Su corazón latía con fuerza.
—?Y cree que yo no puedo hacer lo mismo?
—No… —respondió Cáliban tras una breve pausa.
—?Por qué?
El silencio se prolongó. Cáliban bajó la vista por un segundo, luego habló, con voz grave.
—Mi grimorio me permite establecer los requisitos para encontrar a mi Avatar.
Lidia parpadeó, confundida. Entonces, su voz tembló al preguntar:
—?Y qué requisitos estableció para que mi esposo fuera su Avatar?
—Ser como yo.
El aire se volvió más pesado. Cáliban dio un paso al frente.
—Lord Xander no solo estaba dispuesto a acabar con el mal… también estaba dispuesto a destruir el bien, si eso significaba protegerla a usted.
Lidia se quedó helada. Las palabras flotaron entre los tres, como cuchillas suspendidas en el aire. La diferencia entre ella y su esposo se hacía más clara que nunca. Amaban igual. Pero su forma de amar… era opuesta.
Lady Lidia sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Aquella frase… “También estaba dispuesto a acabar con el bien” resonaba como una campana rota en su mente. Siempre había visto a su esposo como el epítome del honor, del deber… del bien. Pero al volver la mirada hacia él, notó algo que no había querido ver antes.
Los ojos de Lord Xander, tan serenos en el pasado, ahora ardían con un tono carmesí tenue. Una se?al que había ignorado por amor. Una advertencia sutil del precio pagado.
—?Xander?… —su voz tembló —?Eso es cierto?
él no respondió. No hacía falta, no podía negarlo. Solo bajó la mirada, apretando los dientes, aceptando en silencio la verdad que pesaba sobre sus hombros. Lo había entendido desde el principio… dar su vida, su alma, todo lo que era, con tal de que ella viviera.
Había dado su juramento a Cáliban. Y ahora estaba cumpliéndolo. Cáliban, sin suavidad en el rostro, la miró con sus ojos brillantes e incandescentes.
—?Usted está dispuesta a hacer lo mismo?
La pregunta cayó como una losa sobre Lady Lidia. El corazón le palpitaba con fuerza, pero su alma temblaba. Los sentimientos se le enredaban en el pecho. Amor, miedo, rabia, esperanza… confusión.
Entonces, el mensaje del grimorio que flotaba ante Cáliban se desvaneció. Una simple línea desapareció, y con ella, el veredicto.
Los requisitos ya no se cumplían.
—Gracias por hablar conmigo. —dijo ella finalmente, con voz ahogada —Necesito… pensar.
Se levantó con lentitud. Su cuerpo seguía débil, pero sus pasos eran decididos. Lord Xander intentó acercarse para ayudarla, pero ella alzó una mano, negándose con firmeza. Quería estar sola. Necesitaba estar sola. Subió las escaleras, paso a paso, rumbo a la alcoba de arriba.
Xander desvió la mirada, incapaz de seguirla con la vista.
?Gracias por cumplir mi pedido… no quiero que viva lo que yo viví…?
Cáliban lo miró, con la mente aún cargada de pensamientos.
??Está bien? Me refiero… a tomar esta decisión por ella…?
?Entiendo lo que dices… pero esta vez, quiero protegerla con todo mi ser. No quiero que sus manos se manchen de sangre. Si alguien debe ser el monstruo… ese seré solo yo.?
?…Bien.?
Cáliban se giró, dispuesto a abandonar el taller. Pero antes…
—?Qué hago con el espejo?
—Repite el mismo patrón en los lados restantes. Cuando termines, llévalo a tu casa. Ya sabes qué hacer.
—Entendido.
Cáliban se retiró por el pasillo, caminando hacia las escaleras en espiral, descendiendo en círculos. Su mente se llenaba de ecos… las palabras que Nhun le gritó aquella vez que lo golpeó, las lágrimas de Cecilia, el rostro roto de la joven asesinada en la cripta… y la mirada llena de desesperación de Clayton antes de morir.
Perdido en sus pensamientos, casi no notó que las luces comenzaban a apagarse, una a una, desde abajo. La oscuridad crecía con cada escalón que descendía.
Entonces, una voz se alzó entre las sombras. Grave, burlona y sobre todo… familiar.
—?Vaya, vaya! Te estás poniendo emocional con la edad, hermano…
Desde el fondo de la escalera emergió una figura imponente de grandes cuernos. Sin máscara, sin armadura, con el rostro al descubierto y una expresión de orgullo inquebrantable. Karrigan alzó la mirada hacia él. Su presencia era como una sombra viviente, arrogante, firme, como si el mundo le debiera algo… y él estuviera listo para cobrarlo. Sus cuatro ojos se posaron sobre su hermano. Sus músculos escamados se tensaron al verlo nuevamente.
—Oh, qué adorable… —la voz de Cáliban se deslizó entre las sombras como veneno —Me quieres tanto que te metiste en mi cabeza a propósito… —Cáliban apretó los dientes.
—?Ja! ?A eso me refiero! Aunque no quieras verme, tu miseria es tan profunda que tu mente conjuró al único que puede entenderte. O sea, ?Yo!
—No eres real…
—No… —dijo Karrigan mientras descendía su forma, encorvándose ligeramente para igualar la altura de su hermano en los escalones. Su cola reptaba por el suelo como una serpiente sigilosa, y su sonrisa era pura crueldad.
Se acercó al oído de Cáliban, cargado de un susurro helado.
—Porque si lo fuera… ya habría exterminado esta patética bola de tierra moribunda, solo para ver cómo lloras de impotencia otra vez.
—Cállate, maldita lagartija.
—?Ohh! Sigues tan hábil con los insultos como siempre… dime, ?Eso fue lo último que le dijiste a tu novia antes de mandarla a la mierda?
—Tú… —la voz de Cáliban se volvió áspera.
—?Oh no, espera! Es cierto… lo hiciste por protegerla, ?No? Porque tú eres un experto en eso…
Cáliban frunció el ce?o. El aire a su alrededor vibraba.
—Oh, vamos, no me mires así. Sabes que tengo razón. Tú mismo lo dijiste frente a la moribunda esa… eres un monstruo… eres igual a mí.
—?No soy igual a ti!
—Cierto… —dijo Karrigan con una mueca burlona —Yo no soy tan cobarde como para negarlo. O, ?Ya olvidaste los mundos que destruiste?
La mirada de Cáliban titubeó. Una sombra cruzó sus ojos.
—Decías que solo matabas a quienes jugaban con la vida de los mortales… qué noble. Pero dime, hipócrita… ?Cuántos mundos murieron en tu guerra contra los inmortales? ?Cuántos planetas ardieron en tu cruzada por Triana? ?Cuántas almas se apagaron cuando decidiste aventurarte en el infierno… o en el cielo? Eso sin mencionar el Ragnarok o la Gigantomaquia… y muchas otras guerras más…
Cáliban respiraba hondo, en silencio.
—Oh, y no olvidemos tu más reciente obra maestra.
—?Reciente…? Yo no-
—?No? ?Y la explosión de nuestra última pelea? —rió Karrigan, su voz reverberó entre las piedras.
Las manos de Cáliban comenzaron a temblar.
—Deberías haberla visto. No sé cuántas galaxias arrasaste, pero ?Wow!... fueron unos fuegos artificiales dignos de aplauso. Deberíamos repetirlo.
—?Silencio! —rugió Cáliban, el eco de su voz estremeciendo las antorchas apagadas.
—?Te dolió? Qué lástima… ?Te tocó un punto sensible, hermanito? Qué delicado estás.
Karrigan pasó junto a él en los escalones, su cuerpo era tangible solo en la mente del atormentado. Subía con elegancia macabra, como si reclamara territorio.
Love what you're reading? Discover and support the author on the platform they originally published on.
—Como sea, no te preocupes… estaré aquí por un buen tiempo. —dijo con voz cantarina —En tu mente, en cada rincón, recordándote quién eres realmente.
La risa de Karrigan se desvaneció como el miasma, pero sus últimas palabras quedaron grabadas como un tatuaje en el alma de Cáliban.
—Nunca te voy a dejar, hermano… me aseguraré de recordarte lo que eres… un monstruo.
Cáliban cerró los ojos con fuerza.
Clap.
Chocó las palmas de sus manos, liberando una onda de energía que recorrió los muros en un instante. Las antorchas se encendieron al instante, devolviendo la luz al pasillo.
Soltó un largo suspiro, el aire caliente salió de sus pulmones como si intentara expulsar algo más que oxígeno. Y entonces, sin decir una palabra, continuó bajando las escaleras. Una sombra más pesada que su cuerpo lo seguía… una que no venía de fuera, sino de dentro.
—No dejaré que juegues con mi mente, maldita lagartija… —murmuró Cáliban para sí mismo, aún con el eco de la risa de Karrigan resonando en el fondo de su conciencia.
Al final de la escalera en espiral, se extendía un pasillo silencioso con dos grandes puertas de madera. Sin vacilar, empujó la primera y entró.
Dentro, Joseph estaba inclinado sobre el suelo, cavando con entusiasmo. Lo que antes era una simple sala de piedra ahora se abría como una cueva tallada directamente dentro del castillo, con una vista espectacular. Desde ahí, se divisaban los bosques lejanos, el lago y la gran cascada que caía justo frente al peque?o desfiladero. El aire estaba fresco y cargado del murmullo constante del agua.
—?Ah, Cáliban! Justo a tiempo. Terminé lo que me pediste. —anunció Joseph, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo.
—Lo sé. —respondió él, arrojándole una toalla —Hiciste un gran trabajo. Toma.
Joseph la atrapó con una sonrisa de satisfacción.
—Por cierto… ?Qué planeas hacer aquí? ?Será una habitación?
—No, un ba?o.
—?Un ba?o? ?Terminaste de purificar el núcleo de agua?
—Así es. Estará listo para usarse pronto. Vamos a dividir la sala con una gran pared. De un lado, los hombres. Del otro, las mujeres.
Joseph parpadeó.
—?Mujeres? ?Vas a meter mujeres al gremio?
Cáliban lo miró, alzando una ceja.
—?Esperas que Lady Lidia se ba?e con nosotros?
—Ah… cierto. Pero podríamos, tal vez… —empezó a decir con una sonrisa pícara.
—El castillo no es un burdel, Joseph.
—Ya entendí… —se rindió, alzando las manos.
Un rato más tarde, Reinhard llegó a la habitación, cargando dos cajas de madera reforzada. Cáliban y Joseph estaban terminando de hacer peque?as cavidades en el suelo, por donde circularía el agua caliente. En el centro de una de las paredes recién talladas, se abría un hueco redondo con inscripciones mágicas grabadas en su contorno.
—Ah, Reinhard. —lo saludó Cáliban, dejando su cincel a un lado.
—Aquí tienes lo que pediste. —dijo, dejando las cajas con un suspiro —El núcleo de agua… y la semilla. Por cierto, ?Qué es este lugar? ?Qué planean construir aquí?
—??Unas aguas termales!! —gritó Joseph, levantando los brazos con orgullo.
Reinhard lo miró, desconcertado.
—?Aguas… qué? Jamás había escuchado eso.
Cáliban abrió la caja y sacó con cuidado el núcleo, que irradiaba una luz azul suave. Ahora que estaba descontaminado, parecía una brillante canica gigante de luz natural, cuyo interior podía verse reflejado la esencia misma del agua.
—Es un tipo de ba?o medicinal. Estarán encantados. El agua, combinada con el núcleo y la semilla, permitirá curar heridas más rápido, aliviar la fatiga muscular y regenerar energía. Una ventaja táctica… y también un lujo que todos merecemos.
Reinhard alzó las cejas, impresionado.
—Eso suena increíble…
—?Oh! Ya quiero meterme. —exclamó Joseph, frotándose las manos con entusiasmo.
—Estás justo a tiempo. —respondió Cáliban, sin apartar la vista del centro de la sala.
?Lord Xander, ?Está listo??
Muy por encima de ellos, en el punto más alto del castillo, Lord Xander se encontraba de pie sobre un jardín cubierto por un pasto esmeralda, agitado suavemente por la brisa. Desde allí, la vista era imponente… monta?as lejanas, cielo despejado y el murmullo constante de la cascada a lo lejos.
?Sí. Usando tu energía como guía, creo que es justo aquí.?
?Bien. Necesito que abra un canal recto hacia abajo en esa dirección. ?Cree que podrá hacerlo??
?Por supuesto.?
Lord Xander desenvainó su espada con solemnidad. Al instante, una aura roja comenzó a rodear la hoja, chispeando como fuego contenido. Concentró toda su energía en la punta, su respiración era calmada y firme.
Canción de Guerra: Aguja Sangrienta
Un proyectil de energía comprimida se disparó como un rayo hacia el suelo, perforando la piedra con un zumbido grave. Un agujero perfecto se abrió desde el techo del castillo hasta la sala subterránea, sin una sola fisura de más.
??Así está bien??
?Perfecto. Gracias.?
Con todos los conductos preparados, Joseph y Reinhard se movieron rápido. Hicieron una cavidad cuadrada en el suelo, justo en el centro del recinto. Cáliban tomó el núcleo de agua de la caja con ambas manos y lo colocó en su lugar.
Apenas tocó la piedra, el núcleo comenzó a brillar con intensidad. Glifos ocultos en su superficie se encendieron como si despertaran de un largo sue?o, extendiéndose por la habitación como una red de energía. El calor se hizo presente.
Con un leve gesto, Cáliban cerró la estructura con magia, encajando perfectamente el núcleo en su compartimento. De inmediato, agua caliente empezó a brotar por los canales y cavidades, llenando la sala con vapor y un aroma mineral tenue.
?El agua está empezando a salir aquí arriba. ?Qué hago??
?Tápelo por ahora. Iremos enseguida.?
Reinhard se inclinó sobre el borde, metiendo el brazo en el agua.
—?Oh! Esto es increíble… puedo sentir cómo la fatiga comienza a desaparecer… ?Podemos entrar ya?
—Aún no. Trae la otra caja, vamos a subir.
Todos se pusieron en marcha, subiendo por las escaleras internas hacia el jardín ubicado en la cima del castillo. Allí los esperaba Lord Xander, con los brazos cruzados, observando el paisaje como un guardián ancestral. La luz del atardecer te?ía todo de dorado.
El agujero que había abierto permanecía cubierto con una losa mágica, sellada por ahora. Al verlos llegar, Xander giró ligeramente la cabeza.
—Están aquí… —murmuró Xander al verlos entrar al jardín superior.
—Sí, y trajimos algo. —respondió Reinhard, cargando la caja con sumo cuidado.
Desde su interior, se percibía una poderosa presencia. La semilla contenida en ella emanaba una energía floral densa, viva, como si ya estuviera enraizándose en el aire mismo. Con delicadeza, la sembraron en el centro exacto del jardín. Luego, cavaron un estrecho túnel desde el punto donde Lord Xander había sellado el canal de agua hasta la semilla.
—?No se marchitará si recibe demasiada agua? —preguntó Reinhard, preocupado.
—Ese sería el caso… si fuera una semilla normal. —aclaró Cáliban —Cuando estuvimos en la bóveda, esta semilla desprendía un aura natural bastante fuerte, aun cuando estaba contaminada. El agua pasará lentamente, reforzando su estructura. Además, los cadáveres de los Guyhabs que enterraremos cerca le servirán como abono natural. Cuando crezca, el árbol absorberá la energía del ambiente y la canalizará en este punto… aquí podrán meditar en el futuro sin interrupciones.
—En efecto… —comentó Lord Xander, cerrando los ojos —Ya puedo sentir cómo la energía comienza a fluir en ese punto exacto.
—?Y ya podemos meternos al agua? ?Quiero probar las aguas termales! —exclamó Joseph, agitando los brazos como un ni?o.
—?Aguas termales? —preguntó Xander, arqueando una ceja.
—Sí, ?Por qué no nos acompa?a? —dijo Reinhard con una sonrisa.
—Bueno… supongo que sí. Ya que mi esposa no quiere verme por ahora… —respondió con una leve risa resignada.
Minutos después, todos disfrutaban del calor relajante de las recién inauguradas aguas termales. El vapor subía suavemente, envuelto en un aroma mineral y floral que llenaba el aire. Lord Xander saboreaba un buen vino, recostado contra la piedra cálida. Reinhard contemplaba el horizonte tras la cascada, en completo silencio. Joseph flotaba boca arriba, con expresión de absoluto gozo. Cáliban, por su parte, meditaba con los ojos cerrados, su mente estaba ajena al bullicio.
—Ah… esto es vida… —suspiró Joseph.
—Sí, se siente bien… puedo notar cómo la fatiga abandona mi cuerpo. —dijo Reinhard, sin dejar de mirar al frente.
—Incluso el aroma es agradable. Es refrescante… —a?adió Xander, estirándose —Me siento joven otra vez… —Xander sonrió y, tras un trago más, los miró con seriedad relajada. —Y díganme… ?Cómo les ha ido en la mazmorra?
La pregunta los tomó por sorpresa. Reinhard fue el primero en responder, aunque con cierta vacilación.
—Bueno…
—?Sucedió algo? —insistió Xander.
—No… es solo que… no hemos vuelto a intentarlo.
—?Por qué? ?Es muy difícil?
Joseph intervino, más directo:
—En extremo. Cada vez que intentamos avanzar más allá del primer piso, somos rodeados por bestias de tercer o incluso cuarto rango. Y el jefe… es de quinto rango.
—?Quinto rango en el primer piso? —repitió Xander, incrédulo —?Eso siquiera es posible?
—No lo sabemos. —dijo Reinhard —Cáliban tiene una teoría… que su presencia afecta la dificultad de la mazmorra… pero no sabemos por qué. Hemos ideado estrategias para cazar algunas bestias de cuarto rango, pero enfrentarnos al jefe… eso aún está lejos de nuestro alcance.
—Eso es… bastante mala suerte.
—Y que lo digas… —refunfu?ó Joseph, hundiéndose un poco más en el agua.
Una hora después, en la recámara, Lady Lidia permanecía sentada sobre la cama, contemplando su reflejo en el espejo. Sus ojos brillaban con una calma enga?osa, pero por dentro… un remolino la sacudía.
Pensaba en las palabras de Cáliban.
No le incomodaba la idea de matar. Había aceptado que era un mundo cruel… pero el hecho de que se esperara más que solo la disposición a quitar vidas… eso era lo que la desarmaba.
No podía matar a un inocente. No como lo hacía Xander. Y por más que lo intentara racionalizar, la idea le dolía. En medio de ese torbellino interno, escuchó un golpecito en la puerta. Su corazón dio un leve vuelco.
Era su esposo.
—?Lidia? ?Podemos hablar? —preguntó Lord Xander con suavidad, apoyando la mano en la puerta.
—Adelante… —respondió Lady Lidia, con su voz apagada y sin fuerzas.
Ambos se acostaron en la gran cama sin mirarse. El espacio entre ellos se sentía más vasto que nunca. Desde que se casaron, nunca habían estado tan lejos… aun estando tan cerca. Era la primera vez que algo los separaba de esa forma. El silencio se prolongó… hasta que ella, inesperadamente, habló:
—?A cuántos?
Xander parpadeó, desconcertado.
—?Cuántos… qué, mi amor?
—?A cuántos has asesinado… por protegerme?
Su pregunta cayó como una daga. No era una acusación. Era más bien una súplica disfrazada. Un anhelo de entender la sombra que siempre había sentido a su lado.
Lord Xander tardó en responder. ?Cuántos? Ni él mismo lo sabía con exactitud. Había dejado de contar hace mucho. Para él, el número no importaba, solo el resultado… que ella siguiera viva.
Pero eso no significaba que no recordara. A veces, en las noches más oscuras, las pesadillas lo visitaban. Rostros anónimos, gritos, manos manchadas de sangre que no podía lavar.
Mucho antes de conocer a Cáliban, la sangre ya cubría su historia. Después de la muerte de su padre, Xander tuvo que liderar la casa de una familia prestigiosa. Los enemigos de su padre se convirtieron en suyos. Nunca faltó quien quisiera arrebatarle algo, incluso su propia familia y la de su mujer lo amenazaron. Desde muy joven tuvo que tomar decisiones que le robaron la inocencia. Como heredero de una familia poderosa, aprendió que la paz era un lujo… y que la protección tenía un precio.
El recuerdo que más le dolía era aquel que llevaba grabado en el alma. El día en que mató a su suegro, Lord Gilder.
Fue una emboscada. Xander aún era joven e impetuoso. Gilder, oponiéndose al matrimonio con su hija, intentó asesinarlo. La batalla fue feroz. La lluvia caía con furia aquella noche, y su espada, empapada de agua y sangre, cortó la vida de un hombre que, aunque cruel, era el padre de la mujer que amaba.
Recordaba su agonía. La forma en que se arrastró por el barro mientras escupía sus últimas palabras:
—Tú… crees que eres un héroe… tu familia no es inocente… y tú tampoco… te… arrepentirás… monstruo…
Lady Lidia lloró durante días por la muerte de su padre. Nunca fue un buen hombre, pero no merecía morir así. Al menos no en su corazón. Xander, incapaz de confesar la verdad en su momento, solo cargó con el peso en silencio. Lo veía cada día reflejado en los ojos de ella.
?Cómo podía llamarse buen esposo si había empezado su historia juntos con una mentira?
No se sentía bien. No se sentía digno.
En medio de ese remolino de pensamientos, le vino otro recuerdo, uno reciente. Unos días después de la muerte de Clayton. Estaban frente a su tumba, en la cripta de la familia Hilloy. El sarcófago de piedra, silencioso, parecía pesar más que todo la mansión.
A su lado, estaba Cáliban.
—Cáliban… ?Puedo preguntarte algo?
—Sí. —respondió él, sin apartar la vista de la tumba.
—Tú… ?Te arrepientes de las vidas que quitaste?
Cáliban tardó en responder. Su mirada era lejana, como si buscara en un lugar donde ya no quedaba luz.
—No… —dijo por fin —No tengo derecho a arrepentirme. Este camino no ofrece perdón. No tiene absolución. Solo espinas… ?Y usted?
Xander miró el nombre grabado en la piedra con melancolía.
—Perdí a toda mi familia antes de los veinte… padre, madre, tíos, primos… todos. Solo me quedaban Clayton… y mi esposa. No puedo evitar pensar que si yo no hubiera estado en sus vidas, todo habría sido distinto. Quizás Clayton tendría una familia. Quizás los del culto nunca se habrían acercado. Quizás… Lidia estaría feliz con su familia. Sin mí.
—En la vida no existe el “hubiera”, Xander. —dijo Cáliban con una voz grave —Usted tomó decisiones para proteger lo que amaba. Igual que yo. También pensé en eso, una vez… pero nosotros no tenemos derecho al arrepentimiento. Somos monstruos. No hay salvación para nosotros. Ni redención, ni esperanza.
Hizo una pausa. Luego, a?adió:
—Pero estoy en paz con eso. Porque si para proteger lo que amo debo convertirme en la encarnación de lo innombrable… entonces que así sea.
—En efecto…
Los ojos de Lord Xander y Cáliban brillaron con un carmesí intenso. No era solo magia lo que compartían. Era un vínculo forjado en el dolor, la pérdida y la voluntad férrea de proteger, incluso a costa de sí mismos.
Cáliban dio media vuelta para retirarse de la cripta, pero antes de que pudiera marcharse por completo, la voz grave de Xander lo detuvo.
—Cáliban…
El aludido giró ligeramente el rostro, atento.
—?Perdonarías a Karrigan… incluso después de todo lo que te ha hecho?
Cáliban lo miró en silencio por un segundo… y sonrió.
—Claro que lo perdonaría… —Se volvió y retomó el paso hacia la salida —Después de arrancarle el corazón… —susurró, con una mirada helada que no dejó lugar a dudas.
Aquel recuerdo volvió a la mente de Xander como un eco. Y aunque él no tenía a un Karrigan personal rondando sus pensamientos, sí tenía una herida vieja… una culpa no resuelta que ya no podía callar más.
Esa noche, en la habitación silenciosa y oscura, Lidia permanecía despierta. Ambos yacían uno junto al otro, espalda con espalda, envueltos en la distancia más fría que habían conocido. Hasta que la voz de él rompió la quietud.
—Lidia…
—?Sí?
Xander tragó saliva. Su voz se tornó tensa, nerviosa, como la de un ni?o confesando una travesura.
—Hay algo que debo decirte… desde hace a?os. Algo que me ha carcomido por dentro…
Ella esperó en silencio.
—Tu padre… no murió por bandidos. Fui yo quien acabó con su vida…
Xander cerró los ojos con fuerza, preparado para lo peor. Sin embargo, solo hubo silencio. Un silencio tan profundo que dolía. No hubo reproche, ni gritos, ni llanto. Solo el peso de una respuesta ausente.
—?Lidia…?
Su voz se quebró.
Estaba acostumbrado al dolor. Había soportado heridas, traiciones, noches sin descanso. Pero el desprecio de su esposa… eso no lo podría soportar. Y si era el precio por protegerla, entonces lo aceptaría. Apretó los pu?os contra la sábana. Sus ojos empezaban a humedecerse.
Entonces, sintió algo cálido.
Un brazo delgado, frágil, lo envolvió con ternura por la espalda. Su corazón se detuvo por un instante.
—?Crees que no lo sabía? —susurró ella, con una dulzura melancólica.
Xander se volteó, completamente sorprendido.
—?Lo sabías? ?Desde cuándo?
—Desde el día en que falleció…
La memoria de aquel momento se encendió en su mente. Cuando ella y su hermana menor fueron llamadas a reconocer el cadáver de su padre, en cuanto Lidia vio los cortes en el cuerpo, supo la verdad.
—Te veía entrenar todos los días, Xander… —dijo con voz tranquila —?Crees que no reconocería tu estilo de esgrima?
él la miró con dolor.
—?Entonces… por qué nunca me lo dijiste?
Lidia sonrió levemente, aunque sus ojos se empa?aron.
—Porque no fue tu culpa. Mi padre eligió su camino. Eligió el orgullo, el poder… y con ello, su destino. Xander, tú no eres el único que ha cometido pecados. No tienes que cargar con todo tú solo. No me arrepiento de nada. Ni de haberlo perdido… ni de haberme casado contigo.
—Lidia…
—Jamás me he arrepentido de amarte.
Las palabras, tan simples y tan poderosas, rompieron algo dentro de Xander. Las lágrimas, contenidas por a?os, brotaron al fin. Se volteó para abrazarla, temblando. Aquel calor, ese abrazo, era el hogar que había a?orado cada noche de los últimos veinte a?os.
Ella le acarició el rostro mientras él se refugiaba en su pecho.
—Yo tampoco… —susurró él, ahogado por la emoción.
Por primera vez en dos décadas, las pesadillas no lo persiguieron.
Después de tanto dolor, de tantas máscaras, de tanto sacrificio… finalmente podía cerrar los ojos sin miedo. En los brazos de la mujer que lo amó con todo, incluso con su oscuridad, encontró la paz que nunca creyó merecer.
Sus latidos, lentos y constantes, lo arrullaron. Poco a poco, sus párpados se cerraron. El calor de su esposa lo envolvía, como el amanecer tras una noche eterna.
Esa noche, por fin, pudo descansar. Y su corazón… estaba en calma.

