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Capítulo 46: Petición inesperada

  Cáliban, Reinhard y Joseph estaban sentados en una mesa de madera rústica, junto a la ventana del cálido y siempre bullicioso restaurante de Mamá Urr. El aroma a pan recién horneado y guisos especiados flotaba en el aire, mientras la luz ámbar de los faroles creaba sombras suaves sobre sus rostros.

  —Entonces… ?Pediremos para llevar? —preguntó Joseph sin apartar la vista del menú, frunciendo el ce?o ante la abundancia de opciones.

  —Sí. —asintió Cáliban, recostándose ligeramente sobre el respaldo de la silla —Aún quedan cosas por hacer en el gremio… y no me gustaría que se nos hiciera tarde otra vez.

  La robusta figura de Mamá Urr apareció entre las mesas, con su característico delantal manchado de harina y una sonrisa amable en el rostro.

  —?Lo mismo de siempre, chicos? —preguntó con voz ronca pero acogedora.

  —Sí, creo que sí, por favor. —respondieron casi al unísono. Ella asintió con un leve bufido y se alejó hacia la cocina.

  Mientras esperaban, Reinhard pareció recordar algo importante. Su expresión se tornó grave, y con voz más baja, casi como un secreto, habló:

  —Oh, cierto… Cáliban, ayer recibí la carta de mi padre. Es sobre el tema del dios caído…

  Cáliban frunció el ce?o y tomó la carta que Reinhard le ofrecía. La sostuvo entre sus dedos, aún sin abrirla, como si pudiera leer su contenido por el peso de las palabras que llevaba.

  —?Por qué hasta ahora?... pensé que tenían artefactos de comunicación. —inquirió con tono serio.

  —Los tenemos. —resopló Reinhard de frustración —Pero la academia impone reglas absurdas. No se nos permite usar los artefactos para contactar a familiares nobles… Dicen que es para evitar favores o apoyos económicos indebidos. Solo nos dejan usar cartas. Cartas, Cáliban… en pleno siglo de la Magia Celeste.

  —Vaya estupidez burocrática. —murmuró Cáliban, aún contemplando el sobre sellado.

  —Y eso no es lo peor. —continuó Reinhard, bajando la voz aún más —No quise ocultarlo… pero mi padre… está en guerra. Una guerra real. Contra la gente del Desierto de Equidna.

  Joseph dejó el menú de golpe.

  —??La Flor del Desierto?! —exclamó, con los ojos abiertos.

  —Sí… con ellos.

  Cáliban arqueó una ceja, curioso.

  —?Flor del Desierto?

  Joseph se giró hacia él, animado por la sorpresa del otro.

  —Puede que no lo sepas, porque no llevas mucho tiempo aquí, pero en este continente existen poderes tan grandes que nadie en su sano juicio se atrevería a ignorarlos. Está el dominio de Las Seis Capitales, gobernadas por los actuales seis héroes… pero no son los únicos. Existen también Las Cinco Calamidades, Las Cuatro Joyas del Mar, Los Tres Sabios, Los Dos Abismos… y, por supuesto, La Flor del Desierto.

  Reinhard asintió, tomando la palabra.

  —La Flor del Desierto es el apodo de Osiris, una ciudad legendaria en medio del desierto de Equidna. Está gobernada por los Inpu, una antigua raza de hombres bestia. Criaturas imponentes, con piel dura como la roca y rostros semejantes al de un chacal. No solo son guerreros natos, también dominan las artes oscuras… y su ciudad, su ubicación exacta, es un misterio. Solo ellos pueden encontrarla. Su aislamiento ha hecho que se conviertan en una especie de mito… pero no hay nada de leyenda en sus armas.

  Un silencio denso se formó entre los tres.

  —?Cómo se metió tu padre en una guerra con ellos? —preguntó Cáliban, sin apartar la mirada de Reinhard.

  Reinhard tomó aire, como si se preparara para contar una historia que lleva tiempo quemándole el pecho.

  —La situación es… complicada. Mi padre tenía una amistad antigua con el anterior gobernante de Osiris, el rey Ba’alat Hamad II. Habían sido camaradas desde hacía décadas. Hace a?os, mi padre lo encontró herido, casi muerto, a las afueras de nuestro territorio. Lo curó, lo cuidó… y desde entonces su vínculo fue inquebrantable. Una amistad forjada en sangre y arena.

  Joseph escuchaba en silencio, atento.

  —El a?o pasado, con motivo del aniversario de la fundación de Tyrant, mi padre decidió invitar a los Inpu a participar de las celebraciones. Una muestra de respeto y amistad. Lord Ba’alat aceptó la invitación y asistió a la festividad en la plaza principal. Todo iba bien… hasta que ocurrió.

  Reinhard hizo una pausa. El tono de su voz bajó un poco más, casi como si reviviera la escena.

  —Estaban brindando. Riendo. Hablando como viejos amigos… cuando de repente, Lord Ba’alat comenzó a convulsionar. Fue violento y repentino. Cayó al suelo, retorciéndose como si algo lo quemara desde dentro. Muriendo en cuestión de minutos.

  —Dioses… —murmuró Joseph, sombrío.

  —Su hijo mayor, Khalid, el entonces príncipe, presenció todo. No hubo juicio. No hubo diálogo. En cuanto su padre exhaló el último aliento, Khalid nos declaró enemigos. Traidores de la peor cala?a. Usó la muerte de su padre como excusa para iniciar una guerra contra Tyrant. Todo parecía… demasiado conveniente.

  —Casi no se nota que fue planeado. —comentó Joseph con sarcasmo amargo.

  —?Yo también lo creo! —exclamó Reinhard, con un brillo de furia en los ojos —Alguien tendió una trampa. Alguien quería esta guerra… y mi padre fue el peón perfecto.

  Cáliban permanecía en silencio. Su mirada estaba perdida en algún punto entre las sombras de la mesa. Las piezas del relato encajaban demasiado bien… lo suficiente como para sospechar, pero no lo bastante como para acusar sin pruebas. Tras unos segundos, Reinhard lo miró de reojo. Cáliban comprendió de inmediato lo que quería.

  —La respuesta es no, Reinhard. —dijo, sin cambiar el tono.

  —Pero… ni siquiera te he pedido nada aún.

  —Ya sé lo que vas a decir. —respondió, cruzándose de brazos —Y sigue siendo no.

  —Pero si solo…

  —?Tengo que recordarte que hay un culto que quiere vernos muertos? Meterse en otra guerra mientras estamos en medio de la nuestra no es precisamente inteligente, Reinhard…

  El ánimo de Reinhard se desplomó, y con razón. Cáliban tenía razón. El culto que acechaba en la academia era más que una amenaza. Era una sombra que se extendía.

  Pero aún así…

  —Si logramos acabar con el culto… ?Me ayudarías? —preguntó Reinhard, con una mezcla de esperanza y desesperación.

  Cáliban lo miró fijamente. Había algo en los ojos de su compa?ero que le hizo dudar… una tristeza cruda, sincera, de esas que pocas veces se ven.

  —Aunque no tengo pruebas, estoy convencido de que el culto no se limita a la academia. Debe tener ramificaciones por todo el continente… —murmuró Cáliban —Pero…

  La expresión de Reinhard hablaba por él. Su dolor, su impotencia, lo hacía casi imposible de rechazar. Cáliban respondió con un suspiro.

  —Te doy mi palabra. Cuando terminemos esto y seamos más fuertes, ayudaré a tu pueblo.

  —?Gracias! —exclamó Reinhard, con una sonrisa que le iluminó el rostro.

  Mientras tanto en la Casa de los Especiales…

  Astrid se encontraba en el segundo piso de la mansión, junto a Juliana y Dimerian, cumpliendo con sus deberes. Las hojas crujían al pasar las páginas, el reloj marcaba con lentitud cada segundo, y el ambiente estaba tenso… hasta que, sin previo aviso, Juliana se levantó de golpe, derribando su silla.

  —?Agh! ?No entiendo esto! ?No quiero hacer tarea! ?Quiero luchar! ??Por qué tenemos que perder el tiempo con estas estupideces?!

  —Para poder pasar los exámenes que se avecinan. —respondió Dimerian, sin levantar la mirada de su cuaderno, con tono seco y pausado.

  —Ah… cierto…

  Se dejó caer de nuevo en su asiento, y Astrid no pudo evitar soltar una leve risa, aliviando por un instante la tensión en la sala.

  —Por cierto, Juliana… —dijo Astrid mientras hojeaba su cuaderno —?Cómo te fue esta semana? ?Lograste entrar a algún club otra vez?

  Juliana cruzó los brazos, visiblemente molesta.

  —Lo intenté… me uní a dos gremios y tres clubes este mes. Me sacaron de todos.

  Astrid se quedó en silencio por un momento, sorprendida. Desde que ingresaron a la academia, Juliana había intentado integrarse en múltiples clubes, especialmente de combate, pero su carácter explosivo y agresividad natural solían arruinarle cualquier oportunidad.

  —?No crees que… quizás se deba a tu temperamento? —preguntó con cautela.

  —?Qué quieres decir con eso? —replicó Juliana, frunciendo el ce?o.

  —Nada, nada… —murmuró Astrid, volviendo la mirada a sus apuntes.

  Dimerian, sin apartar la vista del pergamino en el que escribía con rapidez, comentó con voz neutra:

  —?Por qué no hablas con el líder? Escuché que está por abrir un gremio nuevo…

  Juliana levantó la cabeza con interés.

  —?En serio?

  —Sí. Lo escuché de Nhun. Yo también estoy pensando en acercarme.

  —?Tú? ?No estabas en un club ya? —preguntó Astrid, con la ceja levantada.

  Dimerian pareció titubear antes de responder.

  —Bueno… digamos que algo más llamó mi atención…

  Un mes antes, Dimerian se encontraba en el taller del club de herrería, cargando una caja de lingotes junto a una pila de moldes. El calor del metal fundido le hacía sudar bajo su túnica, pero no le importaba. Ese día, el líder del club lo había llamado a su despacho. Pensó que por fin le asignarían su primer encargo serio.

  Se acercó a la puerta del fondo, golpeó ligeramente y la empujó con cautela.

  —?Me llamaste?

  —Ah, Dimerian… Sí, pasa, quería hablar contigo.

  El despacho olía a aceite, cuero curtido y carbón. Frente a él estaba Terck, el jefe del club, un enano de piel oscura, robusto, con una trenza casta?a sobre el hombro. Su expresión era tensa, como si intentara encontrar las palabras correctas.

  Dimerian tomó asiento, algo inquieto.

  —?Ocurrió algo, Terck?

  El enano suspiró, apoyando los codos sobre la mesa.

  —Mira, espero que no te lo tomes a mal. Eres un buen chico, de verdad. ?Y tienes talento! Además, siendo hijo de un héroe, estoy seguro de que podrías llegar muy lejos. Es solo que…

  Los ojos de Dimerian, que hasta ese momento estaban llenos de ilusión, comenzaron a nublarse.

  ?Otra vez… ?Eh?? —pensó, apretando los dientes.

  —Puedo recomendarte otro club, si quieres. ?Seguro que ahí sí sabrán valorar lo que haces! ?Por qué no hablamos con…

  —Está bien, Terck. —lo interrumpió Dimerian con una voz apagada —No hace falta que endulces nada. Ya entendí. Recogeré mis cosas y me iré lo antes posible.

  Terck bajó la mirada. Le dolía decirlo, porque le caía bien el chico. Era trabajador, curioso… pero ese mismo entusiasmo lo llevaba a cometer errores. Sus proyectos estaban siempre a medio terminar. Había desperdiciado materiales valiosos y echado a perder pedidos importantes. Aunque prometía compensarlo todo, sus creaciones nunca se vendían, y el club no podía seguir cubriendo sus pérdidas.

  Además, su tendencia a hacer preguntas en los peores momentos había provocado más de un retraso. El resto del equipo estaba molesto. Varios amenazaban con irse si él se quedaba.

  —Lo siento, Dimerian… de verdad.

  Dimerian se levantó sin decir más. Caminó hacia la puerta con pasos pesados y el corazón encogido.

  No era la primera vez que lo rechazaban… pero dolía igual.

  —Yo también, Terck… —susurró Dimerian con una voz que apenas se oía.

  Salió del despacho sin mirar atrás. La puerta se cerró lentamente a sus espaldas, con un leve crujido que retumbó más fuerte en su pecho que en el pasillo. Afuera, la brisa era tibia, pero no logró calmarle el alma. Caminó sin rumbo fijo con la cabeza baja y las manos en los bolsillos, cruzando las calles del distrito Hilloy, como si buscara dejar atrás algo que aún lo perseguía.

  Entonces, algo interrumpió su trance.

  Una figura familiar de pasos firmes, entraba por la puerta de un taller. Dimerian alzó la mirada justo a tiempo para ver a Cáliban cruzar el umbral del Emporio Negro. Sin pensarlo, lo siguió a cierta distancia.

  Desde una esquina, observó cómo Cáliban se acercaba al mostrador, donde un robusto enano de barba enmara?ada bebía de una jarra de metal.

  —Hola… —saludó Cáliban.

  El enano alzó la vista con un gru?ido.

  —?Otra vez tú, mocoso?

  —Veo que mi presencia te llena de dicha, maestro Bardrim. —respondió con un sarcasmo seco.

  —Tch. Solo dime qué quieres…

  Cáliban colocó una bolsa pesada sobre la mesa. El tintineo metálico de las monedas de Olorun atrajo la atención de Bardrim.

  —Las mismas horas de ayer, por favor.

  Bardrim alzó una ceja mientras tomaba la bolsa.

  —?Qué has estado haciendo ahí atrás, muchacho?

  —Un regalo para una amiga. —respondió sin levantar la voz, con la mirada perdida en el fondo del taller.

  —Bueno, no es asunto mío. —gru?ó el enano —Ya sabes a dónde ir.

  —Gracias.

  Cáliban se adentró en la zona trasera del emporio, un espacio amplio lleno de mesas, herramientas, hornos y materiales. Era un lugar dise?ado para aprendices, pero también un refugio silencioso para quienes preferían forjar en soledad. Se sentó en una mesa del rincón, alejada de los demás, y sacó un peque?o trapo de su mochila.

  Dentro, un anillo de roca negra reposaba con un brillo opaco. Lo colocó con delicadeza sobre un soporte de madera, sacó un par de visores con lentes de aumento y se los colocó con precisión. Luego, eligió un cincel diminuto y un martillo delgado. El tintineo rítmico del trabajo comenzó a llenar la sala.

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  Pero no estaba solo.

  A sus espaldas, percibió una presencia titubeante, que intentaba ocultarse tras una mesa.

  —Puedo verte, Dimerian. ?Necesitas algo?

  El aludido salió de su escondite como un ni?o atrapado robando dulces.

  —Lo siento… no quería interrumpirte.

  —No me interrumpes. —respondió sin apartar la vista del anillo —?Sucede algo?

  —No… no, yo solo… quería ver qué hacías. Ya me voy…

  —?Por qué? —Cáliban dejó el cincel —No me molesta tu presencia.

  Dimerian bajó la mirada, con un gesto sombrío.

  —A las personas no les gusta que haga preguntas…

  Cáliban dejó el cincel sobre la mesa y se giró ligeramente hacia él.

  —Te equivocas. A la gente no le molesta que preguntes… lo que les molesta es que los bombardees con preguntas sin darles espacio para pensar. Preguntar no es malo, siempre que lo hagas con intención… y con moderación.

  Dimerian lo miró a través de los rizos que cubrían su rostro, sorprendido por la respuesta. Sus ojos, por primera vez en el día, mostraron un brillo de esperanza.

  —?Puedo… puedo hacerte una pregunta, entonces?

  Cáliban esbozó una leve sonrisa, apenas un gesto, pero cálido.

  —Adelante.

  Dimerian se acercó con pasos rápidos, casi emocionado, y se inclinó sobre la mesa para observar mejor el anillo.

  —?Qué tipo de joyería haces? Nunca había visto algo como esto.

  —?Qué parece a simple vista?

  Dimerian entrecerró los ojos, analizando cada detalle.

  —Hmm… diría que es un anillo protector, tal vez para magia elemental básica. Pero… las runas que estás grabando son de resistencia y aceleración, no de defensa… Además, el interior está hueco, lo que sugiere que vas a insertar algo dentro. Quizá una fibra encantada, o un peque?o circuito mágico… He visto ese tipo de estructura en artefactos complejos, pero no en joyería. ?Qué clase de idiota intentaría...?

  Se detuvo en seco, como si acabara de despertar de un trance.

  —Lo siento. —balbuceó, ruborizado —No quería ofenderte…

  Cáliban lo miró con una expresión serena, aunque sus ojos brillaban con ironía.

  —Realmente tienes un don para hacer que la gente te odie, ?Lo sabías?

  Dimerian no respondió. Solo asintió, avergonzado.

  —Tienes razón en casi todo. Es un anillo… pero no uno de protección. Y sí, está hueco por dentro porque quiero a?adirle esto. —sacó cuidadosamente una peque?a bobina de hilo de su mochila y la colocó junto al anillo. —?Lo reconoces?

  Dimerian se inclinó, con la vista fija. Su expresión cambió a una mezcla de fascinación y asombro.

  —Es… ?Hilo? No, espera… es más fino… ?Tela de ara?a?

  —De arácnea —corrigió Cáliban, con voz pausada —Le compré un poco a Madame Heilgram. Planeo usarla como catalizador interno para el anillo. No es común, lo sé, pero tiene propiedades mágicas únicas.

  —?Pero por qué? —preguntó Dimerian, ladeando la cabeza con escepticismo —Lo único que harás es que suelte telara?as... pero más despacio. No le veo utilidad alguna.

  Cáliban no respondió de inmediato. Observó el anillo con calma, girándolo entre los dedos como si fuera una pieza de un rompecabezas más grande.

  —Tienes razón. —dijo finalmente, sin rastro de molestia en su tono —Puede que no tenga una utilidad clara… aún. Pero lo importante no siempre es lo que un objeto hace, sino lo que hacemos con él. Mira.

  Tomó el anillo, lo acomodó bajo la lámpara del banco de trabajo, y comenzó a tallar un nuevo glifo entre los dos que ya estaban inscritos. Dimerian observó, intrigado, mientras poco a poco la forma se revelaba… era un símbolo de expulsión, pero con una variación sutil.

  —Es un glifo de expulsión a gran velocidad… —murmuró, entrecerrando los ojos —Pero, ?Para qué junto a los de resistencia y aceleración?

  Cáliban no respondió. En su lugar, alzó la mirada con serenidad y preguntó:

  —Dime, ?Cómo sabes que un objeto no sirve?

  Dimerian parpadeó, dudando.

  —Pues… cuando no hace lo que quiero que haga. Quiero decir, si no cumple su función, ?De qué serviría?

  Cáliban asintió lentamente, casi con pena.

  —He ahí tu problema.

  Dimerian lo miró, confundido. Pero Cáliban no explicó de inmediato; solo soltó una risa breve, casi imperceptible.

  —La utilidad de un objeto no se mide únicamente por su éxito… sino también por cómo falla. El fallo también ense?a. Mira esto.

  Se colocó el anillo aún incompleto en el dedo anular. Infundió su energía con una respiración profunda. El anillo se iluminó levemente y, al activarse, comenzó a soltar un hilo delgado, largo y casi imperceptible.

  Dimerian torció el gesto.

  —?No es eso… un fracaso?

  —Podría parecerlo. —respondió Cáliban con tranquilidad —Pero dime ahora, ?Qué notas en los glifos?

  Dimerian los analizó con atención.

  —Bueno… los integraste. Los conectaste de forma que juntos hacen un patrón compuesto. Es hábil, pero… eso reduce su eficiencia. Por eso se inventaron glifos como Apélasi, que hacen lo mismo con menor desgaste mágico.

  —Correcto. Pero ese no es mi objetivo. —dijo Cáliban, con una chispa en los ojos.

  Y entonces, lo mostró.

  Activó los glifos al mismo tiempo. El hilo, apenas visible, se tensó entre sus dedos. Una red delgada como la seda se formó en el aire, brillando apenas al reflejo de la lámpara. Con un movimiento suave de la mano, pasó frente a una botella cercana.

  ?Clic!

  La botella se partió en dos mitades limpias, perfectas, como si hubiera sido cortada con un bisturí mágico. Dimerian quedó boquiabierto.

  ?No creó un glifo nuevo…? —pensó con asombro ?Simplemente usó los glifos existentes de resistencia y aceleración, y a?adió uno de barrera para canalizarlos hacia un mismo punto… generando un efecto completamente diferente.?

  —Como puedes ver…—dijo Cáliban, mientras giraba el anillo en su dedo —falló. El núcleo de hilo, que se suponía debía quedarse dentro del anillo, ahora está expuesto. Y los glifos, que debían unificarse para formar un efecto compuesto, actuaron por separado. Aun así… ?Te parece un fracaso?

  Dimerian no respondió de inmediato. Las palabras flotaron en el aire, calando hondo. Nunca había considerado que el fracaso pudiera tener valor por sí mismo. En su mente, las cosas o funcionaban… o no.

  Miró el hilo brillante extendido sobre el suelo del taller como si ahora lo viera por primera vez.

  —Supongo que… no. —dijo por fin, en voz baja —Al menos no del todo.

  —Correcto. —asintió Cáliban, con un tono sereno —Aún no está terminado. Todavía me falta lograr que el hilo vuelva a su núcleo, y que los glifos se sincronicen… pero eso no significa que no esté avanzando.

  Volvió a colocar el anillo sobre el soporte, con el mismo cuidado con el que un escultor trata su obra. Sus ojos siguieron el hilo luminoso tendido sobre el piso como si fuera parte de una sinfonía que aún no terminaba de componerse.

  Dimerian, más curioso que nunca, se inclinó ligeramente hacia la mesa.

  —?Puedo ver de cerca?

  —No veo por qué no.

  Con manos cuidadosas, Cáliban retomó su cincel y volvió al trabajo. Dimerian observaba con atención total, sin distraerse un segundo. Sus ojos recorrían cada trazo, cada chispa de energía que saltaba cuando las runas eran modificadas, cada movimiento medido de su compa?ero lo llenaba de dudas. De vez en cuando hacía preguntas… directas, genuinas, sin miedo. Y, para su sorpresa, Cáliban respondía sin molestarse.

  De vuelta en el presente, la voz de Juliana se desvanecía en el aire sin respuesta. Dimerian permanecía en silencio, mirando por la ventana. Tenía la mirada perdida, como si su mente siguiera allá, en el taller, entre runas y metales.

  Sus ojos se enfocaron en el exterior. Allí, en el jardín, Nhun entrenaba. Sus movimientos no eran elegantes, trataba de llevar a cabo una danza, pero sus pasos se movían sin ritmo ni precisión. En medio de una secuencia complicada, perdió el equilibrio y cayó de bruces contra el suelo.

  —?Maldita sea! —se oyó a lo lejos, mientras golpeaba la tierra con frustración.

  Dimerian sonrió apenas. No por burla, sino porque, de alguna forma, comprendía esa lucha. Caer… también era parte del proceso.

  —?Mierda! —gru?ó Nhun mientras se levantaba del suelo y se sacudía la tierra —?Por qué bailar es tan difícil?

  Una figura se acercó por detrás, alargando una mano para ayudarla. Era Cecilia, aún secándose el sudor de la frente con una toalla.

  —?Otra vez te caíste? —preguntó con una media sonrisa.

  —Sí… —admitió Nhun, tomando su mano con resignación.

  Cecilia la ayudó a ponerse de pie y no pudo evitar reírse levemente ante los esfuerzos torpes de su amiga.

  —?Y por qué, de repente, quieres aprender a bailar? Nunca te interesó.

  —Ah… yo… me sentí atraída por la danza. Eso es todo. —respondió Nhun, desviando la mirada.

  Cecilia la observó con el ce?o fruncido, claramente dudando. Había algo extra?o en su actitud. Cada vez que intentaba insistir con la pregunta, Nhun cambiaba de tema o fingía estar muy ocupada. No quería decir la verdad. No aún.

  Porque la razón era otra… y estaba bien guardada en su memoria.

  Una semana atrás, Nhun recibió una visita inesperada en plena noche. Se encontraba en su habitación, medio dormida, cuando unos toques suaves sonaron en la puerta.

  —Nhun, abre la puerta. —susurró una voz conocida.

  Ella entreabrió la puerta con sue?o, dejando ver sólo parte de su rostro.

  —?Qué quieres?

  —Tengo algo para ti. Ven al patio. —dijo Cáliban, con tono serio.

  —Bien… pero dame un segundo, tengo que vestirme.

  —?Vestirte?

  —Estoy desnuda, ?Bien? —dijo con fastidio, apenas disimulando la vergüenza.

  —?Duermes sin ropa?

  —?Me da calor! —respondió, cruzando los brazos.

  Cáliban suspiro irritado.

  —Está bien. Te espero abajo…

  Minutos después, Nhun descendió las escaleras con paso lento, aún estirándose y bostezando. Se encontró con Cáliban en el campo de entrenamiento, quien ya la esperaba bajo la luz tenue de la luna.

  —?Qué quieres a esta hora?

  —Ten. —dijo Cáliban, sacando algo de su bolsillo.

  Abrió la palma y reveló un anillo de tono negro azabache, con grabados rojos que brillaban suavemente.

  Nhun entrecerró los ojos, incrédula.

  —Oye, líder… somos muy jóvenes para casarnos, ?No crees?

  No terminó la frase. Cáliban le dio un golpe seco en la frente. Nhun protestó, frotándose la frente en voz baja.

  —Dejando las bromas a un lado. —dijo con seriedad —Hace meses me preguntaste si podía encontrar una forma de ayudarte a combatir. Bueno… después de pensarlo y trabajar en ello, esto es lo que se me ocurrió.

  Cáliban se colocó el anillo y, sin más palabras, se posicionó frente a un árbol joven del patio. Realizó un suave movimiento de mu?eca, casi como una caricia al viento. El tronco se partió en dos con un corte limpio, sin un solo crujido. Las hojas cayeron en silencio.

  Nhun abrió los ojos, sorprendida.

  —?Oh! ?El anillo… puede cortar?

  —No, no es el anillo lo que importa. —dijo Cáliban, y sostuvo ante Nhun un hilo blanco, tan fino como un cabello, pero que brillaba débilmente bajo la luz de la luna. —Este hilo está reforzado con runas de resistencia, aceleración y barrera. Dentro del anillo hay solo unos pocos metros, pero con eso basta… si aprendes a usarlo bien, será tu arma.

  —Pero… ?Qué hay de la técnica de combate? —preguntó Nhun, confundida.

  —Ah, eso… —Cáliban miró hacia un lado como si no quisiera tener esa conversación —Bueno, tendrás que aprender a bailar.

  —??Bailar?! —Nhun frunció el ce?o —?No me gusta bailar!

  Cáliban alzó una ceja, sin inmutarse.

  —Escuché que los de tu raza son excelentes en danza…

  —Eso es racista. —refuto, cruzándose de brazos.

  —Tal vez. Pero sigue siendo cierto. Además, necesitarás desarrollar un juego de pies sólido si quieres ejecutar una técnica de combate basada en hilo. El baile te dará justo lo que necesitas… elasticidad, control de tu centro de gravedad, reflejos… no puedes aprender un arte marcial tradicional, así que tendrás que adaptarte.

  Cáliban le dio una última mirada antes de girarse para marcharse.

  —Yo he cumplido mi parte del trato. Ahora te toca a ti. Buenas noches.

  Se alejó sin más, dejando a Nhun sola en el campo de entrenamiento, la brisa acarició su rostro y el anillo aún estaba cálido en su mano.

  ??Bailar, eh…?? —pensó, contemplando el hilo con una mezcla de frustración y extra?a determinación.

  En el presente, Cecilia seguía interrogándola con una sonrisa pícara.

  —?Y bien? ?Me lo dirás al fin?

  Nhun, aún jadeando por el esfuerzo del entrenamiento, no respondió de inmediato. En lugar de eso, clavó la mirada en el patio donde los rayos de sol comenzaban a te?ir el suelo.

  —?Y tú me dirás por qué te peleaste con Cáliban?

  Cecilia desvió la mirada de inmediato, incómoda.

  —No sé de qué hablas…

  —Perra. —refunfu?ó Nhun, soltando una risita cargada de resignación.

  Ambas guardaron silencio. El tema no avanzó, y quizás no era el momento de forzar las palabras. Con el tiempo, cada una volvió a concentrarse en lo suyo, sabiendo que la única forma de avanzar era fortalecerse por cuenta propia.

  Días después, en el taller del castillo, el sonido metálico del martillo llenaba la sala. Lord Xander, cubierto de polvo brillante y con el ce?o fruncido, sostenía con cuidado un cincel diminuto y un peque?o martillo. Frente a él, un enorme espejo mágico reposaba sobre una mesa de piedra.

  Cáliban observaba de cerca, cruzado de brazos, guiando los movimientos de su compa?ero.

  —?Así está bien? —preguntó Xander, sin dejar de trabajar.

  —Bastante bien. —respondió Cáliban —Ahora haz una marca en forma de luna… justo en la parte inferior derecha.

  Xander obedeció, marcando con precisión una curva elegante que parecía capturar la luz misma. El espejo vibró levemente al recibir la inscripción, una se?al de que estaba respondiendo a la energía grabada.

  —?Y ahora? —preguntó Xander.

  —Ahora espera. Este glifo es sensible. Tardará unos segundos en estabilizarse.

  La explicación de Cáliban se vio interrumpida por la llegada de Reinhard, quien irrumpió en el taller cargando una enorme caja de madera. La expresión de su rostro era sombría.

  —Esta semana han mandado diez Guyhabs… —anunció, dejando la caja con un golpe sordo sobre el suelo de piedra —Los del culto no dejan de intentar espiarnos.

  —Eso está bien. —respondió Cáliban con calma, sin alzar la voz —Sus cadáveres aún nos son útiles. Llévalos al patio de arriba. Ya sabes qué hacer.

  —Entendido.

  Sin más palabras, Reinhard tomó nuevamente la caja y se retiró, arrastrando consigo la tensión que había traído. Pero las interrupciones no habían terminado.

  Poco después, los pasos inseguros de una nueva figura resonaron en la puerta cercana. Era Lady Lidia, apoyándose torpemente en las paredes, pálida, con la respiración entrecortada. Su cuerpo aún mostraba se?ales de deterioro, pero su mirada tenía un brillo renovado.

  —?Amor mío! —exclamó Lord Xander, dejando el cincel al instante y corriendo hacia ella —Si querías algo, solo tenías que llamarme. Habría ido de inmediato…

  Lidia rió débilmente, tomando la mano de su esposo con mucho cuidado.

  —He pasado veinte a?os en cama, Xander. ?De verdad crees que quiero seguir ahí, ahora que puedo caminar?

  Lord Xander respondió con una risa suave.

  —?Qué voy a hacer contigo?

  Lidia fue llevada cuidadosamente hasta una silla junto a la mesa de trabajo. Sus ojos, intensos y profundos, se posaron en Cáliban. Por un instante, un destello carmesí iluminó sus pupilas, tan sutil como una chispa en la oscuridad.

  —?Usted… es quien me salvó?

  Cáliban sostuvo su mirada con serenidad, y esbozó una ligera sonrisa.

  —No necesita ser formal conmigo. Solo soy-

  —No, sí debo. —lo interrumpió ella con una firmeza sorprendente para su estado —Gracias a usted, puedo volver a ver a mi esposo… después de tanto tiempo. él cargó esa soledad solo, sin que nadie pudiera acompa?arlo. Por eso… le agradezco con todo mi corazón. No solo por salvar mi vida… sino también la de Xander.

  Se inclinó ligeramente en se?al de profundo respeto.

  —Por eso, me gustaría hacerle un pedido. Sé que no tengo derecho alguno a exigir nada… solo espero que comprenda mis razones.

  —Mi amor… —intervino Xander, con preocupación en la voz —no creo que debas…

  —?Mantente fuera de esto, Xander!

  El grito resonó como un trueno. Incluso Cáliban, acostumbrado a enfrentarse a amenazas y monstruos, se sorprendió. A pesar de su fragilidad física, Lady Lidia irradiaba una fuerza inquebrantable. Sus ojos, encendidos por la pasión, fulminaban a su esposo, quien, tras un instante de silencio tenso, optó por callar.

  ?Las esposas… dan miedo…? —pensó Cáliban para sí, conteniendo la risa.

  Lady Lidia volvió su atención a él.

  —Escuche… cuando era estudiante, jamás tuve talento para la batalla. Pude estudiar aquí solo gracias al respaldo de la familia de mi esposo. Nunca destaqué. Mi propia familia me despojó de todo derecho a herencia por haber nacido sin talento y sin "valor". Pero aun así… él creyó en mí. Me eligió sin dudarlo. Incluso si tuviera que renunciar a mi nombre, a mi linaje, a cualquier cosa… lo haría una y mil veces, solo para estar con él.

  Sus palabras no eran débiles, ni tristes. Eran fuego contenido. Voluntad pura. Amor que había sobrevivido al abandono, a la enfermedad, y al desprecio.

  Lady Lidia sonrió con ternura hacia Lord Xander. Su mirada, llena de calidez, acariciaba el rostro de su esposo como lo harían unas manos suaves después de a?os de distancia. Xander, completamente conmovido, sintió un nudo en la garganta. Aquel amor, que nunca había dejado de existir, se le mostraba ahora más puro y fuerte que nunca.

  —Por eso… —dijo ella, trémula pero firme —cuando nos casamos, sabía que no podría acompa?arte en la batalla. Pensé que bastaría con ofrecerte mi apoyo, con estar ahí… siendo tu refugio, tu paz. Creí que eso sería suficiente. Pero me equivoqué…

  Un silencio se hizo en la sala. Nadie se atrevía a interrumpirla.

  Durante su largo coma, Lady Lidia no recordaba con claridad todo lo que sucedió. La niebla del tiempo y el dolor la envolvía. Sin embargo, algunas imágenes permanecían nítidas, como heridas abiertas que jamás cerraron.

  Recordaba a Xander.

  A su amado, postrado a su lado, en silencio, durante días enteros. Llorando sin lágrimas, gritando en el vacío, aferrándose a su mano sin recibir respuesta. Lo vio desmoronarse lentamente, cayendo en la bebida, en la amargura, consumido por la impotencia.

  Y ella, atrapada en su propio cuerpo, no podía hacer nada. No podía abrazarlo, ni consolarlo, ni hablarle. No podía ser su refugio. No podía salvarlo.

  El dolor del parásito que devoraba su cuerpo era soportable.

  Pero el de ver a su esposo, aquel hombre que lo había dado todo por ella, marchitarse en la desesperanza… ese dolor la desgarraba.

  Lady Lidia agachó la cabeza, su voz se quebró levemente.

  —Por favor… ?Tómeme como su discípula!

  Cáliban la observó con gravedad. Su expresión se endureció, sorprendido por la intensidad de la petición.

  —Sé que no soy digna… que no tengo talento, ni juventud… —continuó ella —Pero deseo aprender magia de usted. No importa lo difícil que sea. Estoy dispuesta a darlo todo.

  Sus ojos brillaban. No de súplica, sino de determinación. De esa voluntad inquebrantable que solo nace del amor, del dolor… y del deseo de cambiar. Cáliban abrió la boca para responder, pero en ese momento, su grimorio emitió un destello. Una pantalla etérea se proyectó frente a él, flotando en el aire.

  Sus ojos se abrieron de par en par al leer el contenido.

  —Esto es…

  Un silencio más denso que el anterior se impuso. El brillo de la pantalla iluminaba su rostro con tonos pálidos.

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