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Capítulo 45: Extrañe tu voz

  Era un día abrasador. El sol colgaba en lo alto como una antorcha implacable, y el aire se sentía espeso, pesado, casi denso. En medio del campo de entrenamiento, Reinhard y Joseph se enfrentaban en un intenso sparring, jadeando entre cada intercambio de golpes.

  —Vaya… parece que no vas a rendirte tan fácilmente… —comentó Joseph, con el sudor deslizándose por su frente y su respiración agitada.

  Reinhard rió entrecortadamente mientras acomodaba su correa hacia un lado.

  —Ja… no… esta vez voy a ganarte… —replicó Reinhard, con una sonrisa obstinada.

  —?Ja! Te he vencido al menos ciento cincuenta veces, Reinhard.

  —?Acaso el cansancio está afectando tu mente? no cuentes las derrotas de tus sue?os.

  Con renovada determinación, Joseph se lanzó de nuevo al ataque. Ambos estaban completamente concentrados, ignorando el calor y la fatiga. La clase de combate dirigida por lord Xander continuaba, con los estudiantes emparejados, practicando técnicas cuerpo a cuerpo y revisando sus posturas. Mientras tanto, el propio lord Hilloy se mantenía atento, observando los movimientos de cada uno con ojo crítico, en busca de errores y detalles por corregir.

  De pronto, un grito desgarrador rompió la rutina del entrenamiento.

  —?Aaaah! ?Duele, duele muchísimo!

  Sin pensarlo dos veces, lord Xander se apresuró hacia la fuente del grito, sus pasos firmes se abrieron paso entre los alumnos. Al llegar, se encontró con una escena que le hizo irritar.

  Un joven orco yacía en el suelo, retorciéndose de dolor, con marcas visibles de una técnica mal aplicada en el torso y los brazos. De pie, a su lado, se encontraba Erick Stein, cruzado de brazos y con una expresión despreocupada.

  —Vamos… no seas ni?ita. Ni siquiera te golpeé tan fuerte. —murmuró Erick con tono burlón.

  —??Qué sucedió aquí?! —bramó lord Xander, cargado de autoridad.

  —No pasó nada, profesor. Solo estábamos entrenando. —respondió Erick con aparente tranquilidad.

  Xander volvió la mirada hacia el joven orco.

  —?Es cierto, joven Kint?

  Kint alzó la vista. Temblaba. Su mirada se encontró con la de Erick, que lo observaba con una amenaza muda pero clara. Tragó saliva, bajó la cabeza y murmuró:

  —Yo… yo me caí, lord Hilloy. Fui torpe… rodé por el suelo. Eso fue todo…

  Xander no creyó una sola palabra. Pero si el estudiante no hablaba, no podía actuar directamente contra Erick.

  —En ese caso… ve a la enfermería. Rápido.

  —S-sí, profesor…

  Mientras Quint se alejaba tambaleante, Xander volvió a mirar a Erick, sus ojos brillaron con una intensidad opresiva. Una oleada de presión cayó sobre el joven, aplastándolo con su peso invisible. Erick palideció.

  —Si vuelves a hacer algo así… juro que me aseguraré de que no puedas volver a usar un arma nunca más.

  Erick contestó con una voz temblorosa y las piernas débiles.

  —?S-sí, profesor!

  —Bien… vete. La clase ha terminado.

  —?Sí, se?or!

  Erick no esperó una segunda orden. Giró sobre sus talones y salió casi corriendo por la puerta, sin mirar atrás. Reinhard y Joseph, curiosos por la situación, se acercaron a lord Xander mientras se secaban el sudor con toallas empapadas.

  —?Sucedió algo, lord Xander? —preguntó Joseph, entre respiraciones agitadas.

  Xander suspiro con impotencia.

  —No… —respondió el noble, llevándose una mano a la frente, pensativo —Por cierto… ?Dónde está Cáliban? No lo he visto en toda la clase. Y tampoco responde a mis se?ales.

  —Oh, se quedó en el gremio. —explicó Reinhard —Dijo que estaba a punto de terminar unos grabados. Estaba tan concentrado que prefirió no interrumpir el proceso. Planeamos ir a verlo más tarde.

  —Maldición… —murmuró Xander entre dientes —Tenía algo importante que discutir con él…

  —?Sobre qué? —preguntó Reinhard, ladeando la cabeza con curiosidad.

  Lord Xander deslizó su chaleco hacia un lado, revelando un peque?o frasco colgado en su cinturón. En su interior burbujeaba un líquido verde que desprendía una ligera neblina, vibrando con una intensidad peligrosa.

  Joseph entrecerró los ojos al verlo.

  —?Es… veneno de wyvern? —susurró con asombro.

  —Así es. Lo recibí esta ma?ana. Finalmente…

  Xander se detuvo de golpe. Sus ojos se desenfocaron por un momento, como si escuchara una voz interna. Era la se?a,: finalmente, Cáliban respondía.

  ??Sucede algo??

  ?Oh… por fin contestas. Llevo horas intentando comunicarme contigo.?

  ?Lo siento… estaba terminando los engramas espaciales. Exigen demasiada concentración. No podía distraerme…?

  ?No importa. Más importante… ?Tienes un momento ahora??

  ??Pasó algo??

  ?Bueno… hoy llegó el veneno de wyvern. Quería saber si…?

  Xander dejó el mensaje incompleto por un momento, esperando la reacción al otro lado del vínculo mental. Reinhard y Joseph intercambiaron una mirada silenciosa. Algo serio se avecinaba.

  ??Oh! Eso es oportuno. Yo también acabo de terminar. Ve por tu esposa y asegúrate de que nadie note su presencia. Estaré en la torre del gremio.?

  ??Bien!?

  —?Chicos! Vamos a mi mansión. —anunció lord Xander con un entusiasmo inusual —Necesitaré su ayuda. Debemos ir al gremio.

  —?Entendido!

  —?Lo seguimos, se?or!

  El ánimo de Xander era palpable. Después de tanto tiempo, la posibilidad de volver a ver a la mujer que amaba caminando a su lado iluminaba cada paso que daba. Recogieron el cuerpo preservado de lady Montgard y, con un cuidado reverente, Xander la cargó entre sus brazos, como si una sola sacudida pudiera quebrarla. Nadie dijo palabra alguna en el trayecto. El momento era demasiado sagrado.

  Al llegar a la torre, atravesaron la gran puerta de madera reforzada. El interior estaba completamente vacío, las ventanas estaban tapadas y una oscuridad envolvía el ambiente; todas las estancias habían sido despejadas. Las paredes, en cambio, estaban cubiertas de símbolos tallados con sangre seca, formando círculos complejos que vibraban con un poder sutil, apenas perceptible.

  Instantes después, Cáliban descendió por las escaleras. Su respiración era pesada, y sus pasos, lentos.

  —Ah… ya han llegado. Uff…

  —?Estás bien? —preguntó Xander, preocupado.

  —Sí… solo estoy exhausto. Reconstruir un espacio completo no es algo sencillo.

  —?Espacio? —intervino Joseph, intrigado.

  —Ya lo verán. Solo… denme cinco minutos para recuperar el aliento. —murmuró Cáliban, sentándose en los escalones.

  Reinhard se acercó, cruzándose de brazos con curiosidad.

  —Entonces… ?Por fin nos dirás qué estuviste haciendo estos meses?

  Cáliban sonrió apenas, como si reviviera todo el proceso mental y físico que había implicado su obra.

  —Bueno… cuando luchamos contra Clayton, tuve una idea. él tardó veinte a?os en abrir una puerta hacia otra dimensión. Como sabrán, viajar entre dimensiones es extremadamente difícil para mortales como nosotros. Requiere una cantidad colosal de energía… energía que, honestamente, no poseo. Pero entonces recordé algo crucial:

  ?Y si no necesitara acceder a otra dimensión… sino crear la mía propia?

  —??Qué?! ?Puedes crear dimensiones? —exclamó Joseph, boquiabierto.

  —Ya no. —respondió Cáliban con voz grave —Pero en el pasado, tras muchos a?os de práctica, logré crear lo que se llama un dominio propio. Una dimensión de bolsillo. Para viajar entre realidades, se necesita ser due?o del espacio en cuestión. Y yo, lo soy. Durante estos meses, construí un puente hacia ese lugar. No es perfecto aún… pero funciona.

  —?Eso es fascinante! —dijo lord Xander, conteniendo su emoción —?Podremos entrar ahora mismo?

  —Por supuesto. —respondió Cáliban, poniéndose lentamente de pie —Están a punto de ver el resultado de todo mi trabajo.

  Cáliban cerró la puerta principal con llave, asegurándose de que nadie pudiera interrumpirlos. Nadie debía saber lo que estaba a punto de ocurrir. Mientras subían por las escaleras de piedra, una mezcla de expectación y nerviosismo recorría a cada uno de ellos. Era la primera vez que viajarían a otra dimensión, Joseph, con los ojos iluminados, preguntó con entusiasmo.

  —??Podremos ir a otras dimensiones?!

  —?Crees que es tan fácil? solo podemos acceder a la mía porque soy el due?o y no estamos quebrantando ninguna ley, porque al lugar al que vamos no existen. De otro modo, sería imposible…

  Las palabras de Cáliban levantaron la curiosidad y un poco de miedo en los oyentes. ?Qué clase de lugar era ese? ?Qué clase de lugar es aquel donde no reina ninguna ley? Las preguntas solo crecían con cada paso dado en las escaleras.

  Al llegar al segundo piso, se encontraron con una sala completamente vacía. Las paredes, limpias y lisas, no presentaban ornamento alguno; las ventanas estaban cubiertas por densas cortinas negras que bloqueaban toda luz exterior. En el centro exacto del suelo, un enorme círculo arcano tallado y grabado con símbolos ancestrales reposaba en silencio, como si aguardara algo… o a alguien.

  Cáliban se volvió hacia ellos.

  —Esta es la entrada. Desde aquí podrán acceder siempre que lo necesiten. Lord Xander, más tarde crearé una conexión directa con su mansión también. Ahora… Joseph y Reinhard, levanten su mano dominante.

  Ambos obedecieron sin cuestionar. Cáliban extendió las manos y comenzó a recitar un encantamiento en una lengua que parecía antigua incluso para los ecos del tiempo. Al instante, una marca de un rojo intenso comenzó a arder sobre sus palmas. El dolor era punzante pero ninguno de los dos emitió más que un gru?ido contenido. Resistieron… hasta que el hechizo se disipó.

  —?Ah! ?Eso dolió! —se quejó Joseph, sacudiendo la mano.

  —?Mierda! ?Mis escamas arden! ?Qué demonios es esto?

  —Una llave. —explicó Cáliban con calma —Es el sello que les permitirá entrar cuando quieran. Lord Xander no la necesita. Lo he unido a la marca de su juramento.

  —Gracias a los dioses… —susurró Xander con alivio.

  —Bien. Es hora de entrar.

  Reinhard acariciaba su mano, tratando de reducir el dolor ardiente. Entonces, dirigió su mirada hacia el pecho de Joseph. Pudo ver una marca oscura que se extendía en su pecho que podía verse por debajo de la camisa que llevaba. Era muy diferente a la marca que llevaba él cuando realizó su juramento. La marca en el pecho de Joseph tintineo ligeramente y desapareció gradualmente. Reinhard medito sobre lo que había visto, pero antes de llegar a una respuesta, Cáliban llamo:

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  —Muy bien, es tiempo de irnos.

  Los cuatro se posicionaron dentro del círculo. Las marcas recién grabadas comenzaron a brillar intensamente, y un halo de luz envolvió la sala. En un instante, todo desapareció.

  Cuando abrieron los ojos… estaban de pie sobre una isla gigantesca.

  El cielo brillaba con un fulgor antinatural, el firmamento era una cúpula de colores que cambiaba a un ritmo lento mientras relámpagos azotaban el espacio, como el lienzo de una pintura viva. En él, habitaban estrellas danzantes, resplandecientes y cercanas, como si pudieran tocarlas.

  —Woa… —fue todo lo que Joseph pudo decir.

  A sus pies, se mecía un gran césped azul y la tierra era bastante suave. En la orilla, se extendía un inmenso lago de aguas cristalinas, que se desbordaban por los bordes de la isla y caían al vacío en colosales cascadas. El estruendo del agua chocando contra el infinito era silencioso.

  —Ten cuidado, Joseph. —le advirtió Reinhard, al ver cómo se asomaba peligrosamente hacia el borde —No vayas a caerte.

  Reinhard miraba embelesado los bosques que rodeaban el lago. Los árboles y plantas tenían formas imposibles, como si hubieran sido creados por la imaginación de un dios caprichoso. Algunos parecían hechos de cristal, otros de sombras líquidas. Todo desafiaba las leyes del mundo que conocían.

  Entonces algo lo dejó sin aliento. Al alzar la vista, divisó cientos de ruinas flotando sobre el cielo, como si fueran fragmentos de un castillo desmembrado… suspendidos entre las estrellas.

  —Cáliban… ?Qué es eso? —preguntó, se?alando con el dedo.

  Cáliban observó el firmamento por un momento.

  —Son los restos de mi castillo. Esta dimensión está vinculada a mi alma. Intuyo que… cuando morí, mi dominio colapsó. Solo esta isla se salvó del colapso total.

  —?Este lugar era más grande? —preguntó lord Xander, sin apartar la vista del entorno.

  —En efecto. —respondió Cáliban, con voz neutra —Lo que ven ahora es apenas una centésima parte de lo que fue alguna vez…

  —Fascinante… —susurró Xander, asombrado.

  Aun cuando provenian de un lugar donde la magia podía realizar lo imposible. El ambiente era completamente ajeno a cualquier mundo que hubieran conocido. La luz de las estrellas, los bosques irreales, el lago suspendido en la nada… todo evocaba la sensación de estar en un sue?o suspendido en el tiempo. Cáliban entonces alzó los brazos, y su energía se disparó de golpe.

  Un estruendo sacudió el aire. Las ruinas flotantes comenzaron a vibrar, estremeciéndose como si despertaran de un largo letargo. Cáliban levantó las manos al cielo, con un simple pero preciso movimiento de manos, las piezas comenzaron a moverse. Lentamente, como atraídas por una fuerza gravitacional desconocida, se reunieron una a una, los escombros cambiaban y se moldeaban a voluntad del due?o, encajando con exactitud hasta formar un castillo monumental sobre el lago.

  —Eso es todo lo que pude reconstruir de mi antiguo hogar. —dijo Cáliban con tono bajo —Vamos.

  Sin contener su emoción, lord Xander avanzó primero, aún cargando entre sus brazos el cuerpo de su esposa. Habían pasado tantos a?os… y sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, sentía esperanza.

  Cáliban era el se?or de aquella tierra, por lo tanto, todo lo que estuviera en esa dimensión lo obedecía completamente. Con un ligero chasquido de dedos, los teletransportó a la entrada principal. Una imponente puerta de madera tallada los recibió. Al cruzarla, se encontraron en una gran sala con una mesa redonda de piedra en el centro, aunque esta estaba partida a la mitad. Varios de los asientos alrededor estaban destrozados, cubiertos de polvo y telara?as, ?Quién podría saber cuánto tiempo pasó desde que alguien se sentó ahí?.

  En medio del silencio, Joseph pudo recordar una escena igual a esta. En los recuerdos que Cáliban compartió con él, pudo ver una fiesta bastante animada, aunque ahora solo era un eco del pasado.

  —Cáliban… ?Este lugar es…? —preguntó Joseph, mirando a su alrededor.

  —Sí. —afirmó Cáliban, sabiendo lo que Joseph quería decir. Pasó sus dedos sobre la mesa de piedra, llenando sus yemas de polvo —Aunque eso fue hace mucho tiempo.

  Con un simple gesto de la mano, limpió el polvo del lugar. El aire cambió sutilmente, las paredes vibraron, las antorchas se encendieron y las paredes replegaron sus cortinas, como si los ecos del pasado despertaran de un largo letargo. Aunque sabía que nunca volvería a verlos, las risas y las voces de su antigua familia resonaban en su mente como si aún estuvieran ahí. Sonrió, pero fue una sonrisa cargada de melancolía.

  ?Realmente es un asco volver aquí…?

  No le agradaba estar de nuevo en aquel lugar. Pero sabía que, estratégicamente, era un recurso valioso que no podía darse el lujo de ignorar.

  —Bien. Síganme. —indicó, retomando el control de sus emociones —Debemos iniciar el ritual para expulsar el parásito del cuerpo de lady Montgard.

  Los condujo por los pasillos del castillo. A medida que avanzaban, podían ver rastros de lo que alguna vez fue un bastión glorioso… vitrales rotos, estandartes raídos, habitaciones selladas por el tiempo.

  —De todas las áreas, solo pude recuperar cinco. La Biblioteca Abisal, una parte de la sala de tesoros, mi taller, la herrería y el campo de entrenamiento. No es mucho, pero bastará… por ahora.

  Se detuvieron frente a una puerta ornamentada con símbolos dorados. Al abrirse, reveló una sala amplia, repleta de artículos alquímicos, estanterías repletas de frascos, utensilios de cristal y herramientas que ninguno de los presentes había visto jamás.

  —?Qué es este lugar? —preguntó Reinhard, asombrado.

  —Mi taller de alquimia. —respondió Cáliban —Aquí elaboraba píldoras, venenos, tónicos, encantamientos, todo tipo de investigaciones… cuando disponía de tiempo libre.

  Luego, se volvió hacia lord Xander.

  —Por favor, coloque a su esposa sobre la mesa de piedra del centro.

  Lord Xander depositó con extremo cuidado el cuerpo de su esposa sobre la mesa de piedra en el centro del taller. Sus manos temblaban levemente, pero su mirada estaba fija, decidida. La mesa, rodeada por estaciones de trabajo y peque?os altares alquímicos, parecía el corazón mismo de aquel santuario oculto.

  —Listo… ?Qué debo hacer ahora? —preguntó, sin apartar la vista de ella.

  —Bien. —respondió Cáliban con tono solemne —El proceso será doloroso… tendré que hacer una incisión en su brazo para que el parásito comience a reaccionar al veneno. El problema es que si ella consume directamente la píldora, los nutrientes podrían alimentar al huésped en lugar de da?arlo.

  Lord Xander frunció el ce?o.

  —Entonces… ?Cómo lo haremos?

  —Tendrá que administrársela lentamente. Coloque la píldora en su boca, rómpala con los dientes, pero no trague nada. Vierta el contenido, poco a poco, directamente en la boca de lady Montgard. Así, el veneno se filtrará sin que la criatura absorba su totalidad. Será un proceso incómodo, pero necesario.

  —Entendido.

  —?Y nosotros? —preguntó Joseph, mirando a Cáliban.

  —Ustedes tendrán un papel muy importante.

  Cáliban caminó hacia una vitrina al fondo del taller. De su interior sacó un gran frasco sellado con múltiples runas.

  —Esto es una caja de plúmbea. Puede almacenar objetos sin importar su tama?o, siempre y cuando el peso total no supere su límite. Cuando la criatura salga del cuerpo de lady Montgard, deberán capturarla con este recipiente. Solo entonces podremos destruirla sin poner en riesgo su vida.

  Joseph tomó el frasco con ambas manos, sintiendo su leve vibración interior.

  —?Entendido!

  —Muy bien. Es hora de comenzar.

  Lord Xander respiró hondo y se posicionó junto a su esposa. El miedo le ara?aba el pecho, pero el amor por ella era más fuerte. Si esta era su única oportunidad de liberarla, estaba dispuesto a pagar cualquier precio.

  Joseph sujetó el frasco con la tapa abierta, mientras Reinhard se colocaba detrás de él, agarrándolo con fuerza para estabilizar su postura.

  —Presten atención. Lord Xander, administre el contenido lentamente mientras la sostiene. Joseph, apunta el frasco al parásito cuando veas mi se?al y grita “Sugere” para activar su poder de succión. Reinhard, mantén firme a Joseph. Si falla… todo se perderá.

  Ambos asintieron con determinación.

  Todo estaba listo.

  Cáliban tomó un cuchillo ritual y, con precisión quirúrgica, realizó una profunda incisión en el antebrazo de lady Montgard. Su cuerpo se sacudió al instante, aunque inconsciente, reaccionaba al dolor. Lord Xander la sostuvo con fuerza, conteniendo la angustia que le subía al pecho.

  Enseguida, Cáliban vertió lentamente el veneno de wyvern sobre la herida. El líquido chispeaba al contacto con su piel, como si el mismo cuerpo intentara rechazarlo.

  —Ahora, lord Xander. —ordenó Cáliban.

  Xander mordió la píldora, sintiendo su sabor metálico y amargo. Comenzó a verter con cuidado el contenido que brillaba como el jade desde su boca a la de su esposa, apenas unas gotas por vez. Mientras lo hacía, Cáliban recitaba cánticos en una lengua arcana, tejiendo magia antigua alrededor del cuerpo inmóvil de lady Montgard.

  Entonces ocurrió.

  El brazo herido comenzó a temblar. Tentáculos negros, delgados al principio, comenzaron a retorcerse fuera de la herida como gusanos huyendo del fuego. Se agitaban frenéticamente, emitiendo un chillido húmedo que helaba la sangre.

  Luego, emergió el tentáculo principal. Era grueso, palpitante, cubierto de espinas y con un ojo blanco en su extremo que giraba frenéticamente.

  Cáliban gritó:

  —?Ahora, Joseph!

  —?Sugere!

  Un rugido invisible llenó la sala cuando la caja de plúmbea activó su poder. Una fuerza de succión monstruosa emergió desde su interior, generando remolinos de energía que comenzaron a devorar los tentáculos oscuros del parásito. Uno por uno, los filamentos fueron arrancados del brazo de lady Montgard, retorciéndose como serpientes atrapadas.

  La criatura se resistía, gimiendo en un gru?ido antinatural, aferrándose a la carne como un parásito a su única fuente de sustento. La lucha duró minutos enteros que parecían eternos. Joseph sostenía el frasco con firmeza, sus nudillos estaban blancos por la presión, mientras Reinhard lo estabilizaba con toda la fuerza de su cuerpo.

  De pronto, el parásito se lanzó por completo fuera del cuerpo, y sin aviso, se abalanzó sobre Cáliban.

  El impacto lo arrojó contra las mesas del taller, haciendo estallar frascos y herramientas por todos lados. La criatura, aunque amorfa, presentaba una gigantesca boca repleta de colmillos cristalinos, dentadura dise?ada solo para desgarrar. Sin ojos ni rostro, su intención era clara… devorar.

  Al ver que estaba en peligro, Xander intentó ayudar a Cáliban, pero este respondió:

  —?Lord Xander, no! —gritó Cáliban al ver que intentaba correr hacia él —?Siga suministrando la píldora! Si se detiene ahora… su esposa puede morir.

  El cuerpo de Cáliban era oprimido con violencia por la criatura, la mandíbula abierta se cerraba lentamente. Con ambas manos, la sujetaba con esfuerzo para evitar ser devorado. Buscó a su alrededor… y entonces lo vio…

  Un leve destello. Un peque?o mineral brillante sobre una de las mesas laterales.

  —Oye, basura… —respondió con voz tensa —Te ense?aré algo que nunca has visto.

  Estirando el brazo con toda su fuerza, alcanzó el mineral y lo golpeó con fuerza contra el suelo. Al romperse, una onda de choque mágica se expandió como una ola invisible, empujando a la criatura con brutalidad. Sin sostén, el parásito fue lanzado de regreso hacia el centro del taller donde el frasco terminó de encerrarlo.

  —?Ahora, Joseph! ?Cierra el frasco!

  Joseph, reaccionando al instante, selló el recipiente con un rápido movimiento. El aire parecía volver a la sala. Un suspiro colectivo emergió. El horror… había pasado.

  —Finalmente… se acabó.

  Cáliban se incorporó con dificultad, caminó hasta la mesa.

  —Lord Xander… ?Cómo está ella?

  El noble no respondió. Estaba arrodillado junto a su esposa. Lady Montgard no se movía. Su piel estaba pálida, casi transparente. Cáliban acercó el oído a su pecho… no había latido. Comenzó a aplicar presión, una y otra vez, buscando revivir el corazón. Pero no respondía.

  Pasaron minutos de intentos, uno tras otro, cada vez más desesperados… y finalmente, se detuvo.

  —Lidia… no… mi amor… no… —susurró lord Xander, quebrado por la impotencia.

  La tristeza se convirtió en un grito ahogado que llenó toda la sala. Lord Xander abrazó el cuerpo inerte, sin soltarlo. Lloraba como un ni?o perdido entre la profunda oscuridad. Reinhard y Joseph estaban paralizados, no podían pronunciar palabra alguna. Cáliban permanecía de pie, impotente, con los ojos en el suelo. Había hecho todo lo posible… y no había sido suficiente.

  Lord Xander se levantó con violencia y se abalanzó sobre Cáliban, sujetándolo de los hombros con fuerza, temblando.

  —Tiene que haber algo… ?Algo! Un artefacto, una técnica, un conjuro prohibido… ?Tú sabes cosas que nosotros no! ?No me digas que esto es todo!

  Su desesperación era como un rugido sordo. Pero Cáliban, con los ojos velados por la tristeza, negó con la cabeza.

  —Es cierto que conozco muchas cosas, Xander… pero el reino de las almas y la ley de vida están más allá de mi poder, incluso si tuviera la fuerza de antes… me temo que… no hay nada que pueda hacer…

  —Pero… eres un dios… —susurró lord Xander, tratando de contener el llanto.

  —Lo lamento… Xander —murmuró Cáliban, bajando la mirada.

  Y con esas palabras, el noble se derrumbó en el suelo. Sus sollozos eran profundos, cargados de a?os de amor, culpa y dolor acumulado. Cayó de rodillas, sujetando la mano fría de su esposa, como si con eso pudiera traerla de vuelta. Reinhard y Joseph permanecían en silencio, sin saber qué decir, sin querer interrumpir un dolor que no les pertenecía. Cáliban, sin embargo, no se apartó. Se mantuvo a su lado, firme.

  —Debí… debí poder hacer más… yo… —lloró Xander mientras la oscuridad arrastraba su alma.

  Entonces, un sonido apenas perceptible llegó a sus oídos. Tump. Un único latido. Todos guardaron silencio. Tump. Otro más. Los ojos de Xander se abrieron de golpe. Los latidos comenzaron a repetirse con mayor frecuencia, más estables. El aire pareció detenerse.

  —?Escucharon eso…? —susurró Joseph.

  Lord Xander se irguió de inmediato y se acercó a su mujer. Su esposa seguía inmóvil, pero su pecho se elevaba débilmente con cada respiración. Cáliban colocó dos dedos en su cuello, buscando el pulso… y lo encontró. Estaba viva, sus latidos pronto fueron constantes y firmes. La herida del brazo comenzaba a cerrarse por sí sola, y él aprovechó para suturar los restos con cuidado.

  —Lidia… Lidia, amor mío… ?Puedes… puedes oírme?

  Una voz, débil como un susurro entre ruinas, le respondió:

  —Eres… tan teatral… como siempre…

  —?Lidia! ?Estás viva! ?Estás bien! ?Oh, no tienes idea de cuánto extra?é oír tu voz! —sollozó lord Xander, las lágrimas rodaron sin contención.

  Se inclinó sobre ella, tomando su mano y llevándola a su mejilla. Lloraba, y no estaba solo. En el rostro de lady Montgard también brotaban lágrimas, apenas perceptibles, pero tan llenas de vida como su renacido aliento.

  Cáliban posó con suavidad una mano sobre su hombro.

  —Lord Xander… en el piso superior hay una habitación. Llévela allí a descansar. Deberá alimentarla bien, agua fresca y platos nutritivos. Su cuerpo necesita tiempo para sanar.

  —Sí… sí, claro. La llevaré enseguida.

  Con un cuidado reverente, Xander alzó a su esposa, protegiéndola como un tesoro. El rostro de ambos seguía marcado por las lágrimas, pero ahora… eran de alivio.

  Mientras el noble ascendía con lady Montgard entre sus brazos, Reinhard y Joseph exhalaron largamente.

  —Uff… eso fue intenso. —comentó Reinhard, soltando el aire que no sabía que contenía.

  —?Qué hago con esto, Cáliban? —preguntó Joseph, alzando el frasco que aún contenía al parásito sellado.

  —Nos será muy útil más adelante. Por ahora, lo guardaré con seguridad.

  Cáliban tomó el frasco, lo colocó en la vitrina de su taller y trazó sobre ella un sello arcano que brilló brevemente antes de solidificarse.

  —?Qué tal si vamos a comer algo? —sugirió Reinhard —Estoy hambriento…

  —Yo también… —a?adió Joseph.

  —Sí… —asintió Cáliban —Un descanso no nos vendría mal.

  Los tres salieron del taller, dejando atrás el altar del milagro recién realizado. Se alejaron en silencio, no solo para buscar alimento y algo de paz, sino para dar espacio… para que dos almas separadas por la tragedia pudieran, por fin, reencontrarse en la intimidad de un momento sagrado.

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