Lord Xander observaba con atención a través de la puerta entreabierta. Sus ojos no se apartaban de la criatura femenina que se retorcía en la penumbra. Estaba encadenada, sus mu?ecas sangraban por los constantes intentos de escapar, marcas frescas de resistencia inútil. A pesar de los forcejeos, las cadenas encantadas no cedían. A pocos pasos de allí, Reinhard hojeaba un libro grueso sobre bestias.
—Hmm… no encuentro nada parecido a ella, lord Xander…
—?Revisaste el de demonología? —preguntó Xander sin desviar la mirada de la prisionera.
—Sí… también. Pero tampoco aparece nada.
—?Por qué no entras y la observas de cerca? Tal vez encuentres alguna semejanza… —sugirió con un tono burlón.
Reinhard frunció el ce?o, cerró el libro con firmeza y negó con decisión.
—?No, gracias! No me acercaré a esa… cosa…
—Tú te lo pierdes. —murmuró Xander con una media sonrisa.
—Prefiero perdérmelo, sinceramente.
Xander dejó escapar una breve carcajada, pero en el fondo sabía que Reinhard tenía razón. En todos sus a?os viajando y combatiendo criaturas a lo largo del continente, jamás había visto nada similar. Ni siquiera en los Barrancos de las Penurias ni en el Lago de los Lamentos, dos de los lugares más oscuros y prohibidos que conocía.
—?Qué clase de criatura es esta? —preguntó al aire, más para sí mismo que esperando una respuesta.
—Eso lo descubriremos. —respondió una voz joven.
Era Cáliban, que acababa de entrar acompa?ado de Joseph. Este último observó con asombro la cantidad de libros desparramados por el suelo, muchos abiertos por páginas que parecían haberse revisado una y otra vez.
—?Qué estaban haciendo? —preguntó Joseph, curioso.
—Buscando información sobre la criatura que encontró lord Xander. —respondió Reinhard, sin apartar la mirada del tomo que tenía entre las manos —Pero hasta ahora no hemos dado con nada.
Cáliban se acercó a lord Xander, dirigiendo una mirada breve pero intensa hacia la puerta sellada.
—?Qué ha sucedido exactamente, lord Xander?
—Bueno… capturé a la alumna que me indicaste. —respondió con tono grave —Y tenías razón… era una seguidora del culto.
Hizo una pausa, y por primera vez apartó la vista de la puerta para mirar a Cáliban directamente.
—Pero esto… esto es otra cosa.
Cáliban observó en silencio la larga pausa de lord Xander. Este parecía buscar las palabras adecuadas, pero su expresión tensa revelaba que no las encontraba. Sin decir más, giró lentamente la manija de hierro y abrió la puerta.
Cáliban dio un paso al frente y entonces la vio.
Una criatura de piel pálida, casi translúcida, estaba encadenada en la penumbra. Su figura femenina, desgarrada y deformada, se estremecía débilmente bajo la tenue luz de las antorchas. Las mu?ecas, sujetas con grilletes rúnicos, sangraban por el roce constante del acero encantado.
—En cuanto le puse el medallón… se transformó. —murmuró lord Xander con voz apagada —No sé qué clase de ser es exactamente, pero…
Antes de que pudiera terminar la frase, una oleada asesina llenó la habitación. Era como si la muerte misma hubiera cruzado el umbral.
El ambiente se volvió denso. Las páginas de los libros se agitaron violentamente, levantándose del suelo como si una tormenta invisible hubiese barrido la sala. Reinhard y Joseph guardaron silencio inmediato, congelados. Incluso la criatura detuvo sus espasmos. Algo… alguien más poderoso acababa de hacerse presente.
Los ojos carmesí de Cáliban brillaban con una furia reprimida. La criatura lo observó… y tembló. En lo más profundo de su instinto residual, comprendió que estaba ante un depredador absoluto.
—Esos malditos desgraciados… —susurró con los dientes apretados —?Cómo se atreven?
Lord Xander apoyó una mano firme sobre su hombro, pero se percató de inmediato de la intensidad de su enojo.
—Cáliban… ?Quién es ella?
El joven cerró los ojos y respiró profundamente. El aura asesina se desvaneció poco a poco, y con un suspiro oscuro, comenzó a hablar con un tono sombrío:
—El culto… secuestra a jóvenes vírgenes. Las someten a torturas indescriptibles… no por crueldad gratuita, sino por un propósito más vil aún… crear reliquias oscuras y sirvientes con habilidades aberrantes.
Hizo una breve pausa, como si hasta él necesitara fuerza para continuar.
—Durante un ritual, se les extirpan los párpados y los labios… uno por uno.
Un escalofrío recorrió la espalda de sus oyentes. Reinhard bajó la mirada. Joseph tragó saliva. Incluso lord Xander frunció el ce?o.
—Luego… se les desgarra la piel poco a poco, hasta dejarlas completamente expuestas. Se les aplican cánticos antiguos para borrar sus recuerdos, dejando sólo los impulsos más primitivos… matar y obedecer. A sus manos, se les injertan piezas de metal afiladas mediante alquimia negra, fusionándolas con la carne viva para crear garras letales.
Cada palabra caía como un golpe seco.
—Se les extraen los ojos… se hierven en una sustancia oscura hasta tornarse completamente negros. Luego… se los vuelven a implantar. Para terminar, les extraen los órganos reproductores, para ser utilizados en otros rituales. Todo esto… mientras la víctima permanece consciente.
—?Cómo…? —susurró Joseph, horrorizado.
—Magia de sanación. —dijo Cáliban con frialdad —Mantienen al cuerpo vivo mientras lo destruyen.
Hizo una pausa, su voz estaba ahora cargada de desprecio y amargura.
—Como último paso, utilizan una masa de carne alquímica, hecha con pieles de múltiples especies, transmutada hasta alcanzar un blanco antinatural. Esa piel es cosida al cuerpo, pieza por pieza, mientras se retuerce de dolor. Cuando el proceso culmina… la víctima es reanimada con una forma antigua y prohibida de necromancia. Así nace un Doppelg?nger.
El silencio que siguió fue sepulcral.
Cáliban no apartaba la vista de la criatura. Sabía que, en algún rincón de esa aberración, aún quedaba una joven inocente, una muchacha con sue?os, con ilusiones… que nunca había cometido pecado alguno, y sin embargo fue arrastrada al infierno.
Todo por culpa del culto.
La furia le hervía en la sangre. Su respiración era controlada, pero su cuerpo temblaba levemente de indignación.
Sus compa?eros no supieron qué decir. El miedo, el asco, la tristeza… todo se mezclaba con una profunda compasión hacia aquella víctima.
La criatura alzó apenas el rostro. Sus ojos ennegrecidos, fijos en Cáliban, parecían rogar… por algo. Aunque ya no pudiera hablar, aunque su mente estuviera destrozada, aún quedaba un hilo de humanidad perdido en las tinieblas.
—Eso es… horrible…
—Esos malnacidos…
Las voces de Joseph y Reinhard apenas rompían el silencio, sus rostros fueron marcados por una mezcla de rabia y compasión. Cáliban, con la mirada fija en la criatura encadenada, no desvió los ojos ni un segundo mientras hablaba en un tono calmado pero cargado de peso.
—Lord Xander… ?Puedo pedirle un favor?
—Dime. —respondió el hombre, sin intentar disimular la tensión en su voz.
—Acabe con su sufrimiento… que sea sin dolor.
Por un instante, los hombros de Xander se hundieron. La petición de Cáliban lo atravesó como una daga. Aunque la criatura frente a ellos fuera un ser corrompido, ahora comprendía lo que realmente era, una víctima. Como miembro de una de las casas fundadoras, le correspondía hacer lo que debía hacerse. Sin gloria, sin honor, sólo como un acto de compasión.
Cáliban se volvió hacia sus amigos, su voz, aún serena, habló cargada de dignidad.
—Vean hasta el final. Ella merece ser mirada con amabilidad… que tenga la muerte de un ser vivo, no la de un monstruo.
Lord Xander dio un paso al frente. Por un segundo, la criatura le devolvió la mirada. En sus ojos ennegrecidos, Xander creyó ver un destello, un rastro de humanidad que sobrevivía bajo la abominación. Entonces se inclinó y retiró las cadenas con un gesto solemne.
La respuesta fue inmediata… la criatura se abalanzó sobre él, blandiendo sus garras deformes y los dientes afilados. Pero antes de que pudiera tocarlo, con un simple movimiento de dedos, Xander ejecutó un corte limpio y certero. La cabeza del Doppelg?nger cayó al suelo sin violencia, sin sufrimiento.
Desde el piso, los labios de la criatura se movieron débilmente, intentando formar palabras. En esos últimos segundos, sus ojos mostraron un leve brillo, peque?os fragmentos de lo que alguna vez fue.
—Gra… ci… as…
Y con ese susurro fragmentado, la luz se extinguió por completo. De sus cuencas vacías brotaron lágrimas de sangre, manchando el suelo frío con una tristeza insondable.
Reinhard no resistió más y corrió hacia una cubeta cercana, vomitando con violencia. Joseph, en cambio, cayó de rodillas, lágrimas pesadas resbalando por su rostro, ahogado por el coraje. Lord Xander permaneció de pie, en absoluto silencio, mirando el cuerpo inmóvil.
—Cáliban…
—?Sí?
—?Hay… alguna forma de revertir eso? No… —hizo una pausa, y su voz se quebró apenas —estoy seguro de que, si la hubiera, tú la habrías salvado. Pero… ?Esto es lo peor que ha hecho el culto?
Cáliban dudó. El silencio se hizo denso. Finalmente, respondió:
—Me temo que… no...
—Ya veo…
Entonces, la calma de Xander se resquebrajó por completo. Su energía estalló en una oleada incontenible, sacudiendo las paredes de la mansión. La madera crujió, los candelabros tintinearon violentamente. La ira se desbordaba.
—?Esos malditos…! ?Era una ni?a inocente! ?UNA INOCENTE!
Los gritos de ira y dolor de lord Xander resonaron por toda la mansión como truenos desgarradores. Sus ojos carmesí brillaban intensamente, como dos brasas encendidas en la oscuridad, emitiendo una luz que parecía devorar todo a su paso. La energía que emanaba de su cuerpo hacía temblar las paredes, estremecer los suelos y sacudir hasta el aire mismo.
Entonces, Cáliban se acercó por detrás. Con solemnidad, posó una mano firme sobre su hombro.
—Es suficiente, lord Xander… no es momento para esto. Ella merece un funeral digno.
Las palabras, serenas y firmes, bastaron para calmar la tormenta. La energía fue disminuyendo poco a poco, hasta extinguirse por completo. Lord Xander bajó la cabeza, aún furioso, pero ahora más contenido. Su tristeza seguía presente, pesada, aplastante… pero controlada.
Juntos, recogieron los restos de la joven y la enterraron en silencio cerca de la cripta de la familia Hilloy. No hubo palabras, ni rito, solo respeto. El suelo frío recibió su cuerpo con la dignidad que le había sido negada en vida.
Más tarde, el ambiente seguía cargado de pesar. Los cuatro estaban reunidos en el despacho privado de lord Xander. La estancia, usualmente elegante y sobria, se sentía hoy como una prisión de recuerdos. El anfitrión permanecía con la mirada sombría, bebiendo vino en silencio. Cada sorbo parecía destinado a borrar el horror vivido… pero su conciencia no le permitía olvidar. No debía hacerlo.
El primero en romper el silencio fue Reinhard, con voz grave y resignada.
—Entonces… ?Qué haremos ahora? No tenemos pistas… no tenemos nada a lo que aferrarnos…
Cáliban, recargado sobre el escritorio, cubría sus ojos con las manos. Respondió sin alzar la cabeza.
—Tiene razón… no hay ninguna pista. Ni siquiera los recuerdos del profesor Baleid nos condujeron a algo… Lord Xander. —continuó —?Revisó la cripta?
—Lo hice. —respondió, soltando un suspiro pesado —Pero no encontré nada.
Anteriormente, Cáliban le había sugerido la posibilidad de que Clayton, al no abandonar nunca la mansión, debía haber usado un túnel secreto que conectara las catacumbas con la cripta. Era la única forma en la que podría haberse reunido con otros miembros del culto sin levantar sospechas. Pero, por más que Xander buscó, no halló ningún pasaje oculto.
De repente, algo pareció hacerle clic en la mente.
—Espera… ahora que lo pienso… —Dejó su copa a un lado y se levantó, caminando hacia una caja polvorienta en la esquina del despacho —Esta ma?ana encontré esto rondando los alrededores de la mansión. No hay duda de que es de ellos…
Colocó la caja sobre la mesa. Al abrirla, el contenido causó una reacción inmediata.
Dentro, se encontraba el cadáver de un cuervo completamente negro. Sin embargo, lo que perturbaba era el ojo humano incrustado en medio de su frente, aún abierto, con una mirada muerta pero profundamente inquietante.
—Agh… ?Qué es eso…? —preguntó Joseph, tapándose la nariz y la boca con ambas manos.
Cáliban se acercó con cautela, examinando el cuerpo.
—Un Guyhab, ?Eh?
—?Un qué…? —preguntó Reinhard, frunciendo el ce?o.
—Es un animal doméstico. —explicó Cáliban mientras examinaba el cadáver con detalle —Muy parecido a un familiar. El mago realiza un contrato con esta bestia, usándola como sus ojos y oídos allá donde esté. Crear uno no es difícil… solo necesitas un cuervo fresco y un ojo humano recién extirpado.
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—?Por qué no me sorprende? —comentó Reinhard con una mezcla de ironía y asco.
—?Crees que esto podría servirnos como pista? —preguntó Joseph, aún con el gesto de repulsión en el rostro.
—Me temo que no. —respondió Cáliban, sin apartar la vista —Una vez muerto, la conexión con su mago se rompe por completo. Aunque… el mago paga un precio. Al estar ligado directamente al ojo, cuando el cuervo muere… el ojo explota en sangre.
—Qué dicha… —murmuró lord Xander con sarcasmo, mientras giraba su copa de vino lentamente entre los dedos.
—?Entonces…? —insistió Joseph.
Cáliban guardó silencio por unos segundos. Se lo veía sumido en sus pensamientos, murmurando palabras apenas audibles mientras cruzaba los brazos, como si elaborara un plan pieza por pieza.
—Hmm… creo que podría funcionar… —dijo finalmente —Si uso el grimorio… y modificó la estructura básica… entonces podría…
—?Poder qué…? —preguntó Xander, arqueando una ceja, mientras se servía otra copa.
—Tengo una idea. Lord Xander, ?Tiene alguna estructura, casa, torre o lo que sea que pueda vendernos? No importa el estado, solo que sea lo suficientemente peque?a para no levantar sospechas.
Xander meditó un instante, moviendo el vino dentro de la copa en círculos lentos.
—Creo que sí… ahora que lo mencionas, hace un tiempo planeaba construir una tumba independiente para mi esposa. Nunca me gustó la idea de enterrarla con el resto de mi familia. Quería una capilla, rodeada de un hermoso jardín. Por eso compré un peque?o terreno al fondo del distrito Zenobia.
—?Por qué ahí? —preguntó Reinhard.
—Pensé que sería reconfortante para los estudiantes pasear por el jardín… un lugar de paz. Pero al final el proyecto quedó estancado. Ahora mismo no me sirve. ?Eso te basta?
—?Qué hay construido en ese terreno?
—Solo una torre peque?a. Se la compré a un antiguo líder de un club de hechicería que se graduó hace unos a?os.
—?Perfecto! —dijo Cáliban con renovado entusiasmo —Eso me servirá por ahora. Podré empezar a hacer los preparativos que tengo en mente.
La conversación quedó ahí. Más tarde, esa misma noche…
En las profundidades de una catacumba, decorada con símbolos arcanos tallados en piedra, cortinas de terciopelo oscuro y candelabros de hueso, reinaba un silencio solemne. Una mezcla de elegancia sombría y maldad ritual impregnaba el aire.
Allí, en un escritorio de madera negra pulida, una figura femenina escribía con delicadeza unos documentos sellados con cera roja. Sus ropas eran finas, ceremoniales, y su rostro permanecía oculto tras un velo blanco, parecía una viuda escribiendo un testamento.
Ella era la sacerdotisa.
Momentos después, un subordinado entró en la sala y se inclinó respetuosamente ante ella.
—Mi se?ora… tengo un informe urgente.
—Te escucho… —respondió la sacerdotisa con voz serena, sin apartar la mirada de los documentos.
—Según sus órdenes, intentamos investigar el incidente con lord Hilloy, pero… ha eliminado a todos los Guyhab enviados. No dejó a ninguno con vida.
La pluma se detuvo. La mujer misteriosa la depositó lentamente sobre el escritorio. Luego, giró el rostro apenas, enfocando su atención en su subordinado, quien bajó aún más la cabeza, temblando ligeramente.
—L-lo siento, se?ora… Hemos intentado descubrir cómo detectó nuestra presencia, pero no… no hemos encontrado respuestas.
La sacerdotisa se puso de pie con elegancia medida y caminó hacia un peque?o altar en la penumbra. Con calma ritual, fue apagando una vela tras otra, una a una, mientras hablaba sin volverse.
—?Y sobre el túnel secreto?
—Tal como ordenó, usamos magia elemental para sellarlo por completo. Aunque encontrara la entrada, no hallaría más que una pared de concreto, sólida y sin acceso alguno.
—Bien…
—Esperamos sus órdenes, mi se?ora.
Hubo un prolongado silencio. Sólo el crepitar tenue de la última vela moribunda interrumpió el aire espeso de la sala. La sacerdotisa cerró los ojos, permitiéndose un momento de reflexión profunda.
?El equipo de Baleid fue enviado a recuperar los cuerpos de Cáliban y Sephir, pero falló… Según el informe, lord Hilloy ha acogido a ambos bajo su protección, junto con Tyrant. Ahora, además, conoce nuestra existencia. Eso complica las cosas… Si el Imperio de Tyrant decide involucrarse, será imposible movernos con libertad. Pero… ?Cómo se enteró Hilloy? ?Cómo logró detectar a nuestros Guyhab?... Bueno, no importa. Debe ser él quien eliminó a nuestros dos artífices… Lástima. Le tenía especial aprecio a Lucas…?
La mujer acarició su mentón, pensativa.
?Sea como sea, tendremos que esperar una nueva oportunidad. Con Hilloy protegiéndolos, actuar ahora sería suicida… ?Qué hacer?...?
Entonces habló en voz alta, con claridad y autoridad:
—?Obedezcan mis órdenes! Por ahora, limítense a observar y esperen una oportunidad para capturarlos. Además, mantengan vigilancia constante sobre las cuatro semillas. No sabemos si lord Xander está protegiéndolas. Y otra cosa… envíen agentes a los hogares de Cáliban y Sephir. Necesitamos toda la información posible sobre sus pasados. Bajo ninguna circunstancia se acerquen a la mansión Hilloy.
—?Sí, se?ora!
El subordinado se inclinó una última vez antes de desaparecer entre las sombras del templo subterráneo.
La mujer volvió a su escritorio y colocó sus dedos enguantados sobre una serie de documentos. Sobre ellos se extendían retratos mágicos de los estudiantes de la Casa de los Especiales. Cuatro imágenes en particular estaban marcadas con sellos escarlata… Juliana, Elizabeth, Astrid y Cecilia.
Sus dedos se deslizaron lentamente sobre los rostros inmóviles.
?Pase lo que pase… La se?ora obtendrá su ejército. Y este mundo… será bendecido con su cálida corrupción…?
Al día siguiente, tras concluir sus clases, Cáliban y su grupo se dirigieron a la torre que lord Xander les había cedido. A pesar de que Cáliban insistió en pagar por la propiedad, lord Xander se negó rotundamente. Consideraba que, después de todo lo que habían enfrentado, ese peque?o gesto era lo mínimo que podía ofrecerles.
Se trataba de una torre arcana de dos pisos. No era particularmente grande ni ostentosa, pero su encanto residía en su sencillez. Estaba rodeada por una amplia explanada de pasto, lo que llevó a Reinhard a imaginar un jardín con flores y senderos mágicos que embellecieran el entorno.
Al entrar, el interior estaba completamente cubierto por telas y una densa capa de polvo. Los muebles, cuadros y estanterías llevaban a?os en desuso. El aire olía a encierro.
—Parece que tendremos que remodelar… —comentó lord Xander mientras retiraba con cuidado una sábana que cubría un escritorio.
—No será necesario. —intervino Cáliban, observando las paredes con atención.
—?A qué te refieres? —preguntó el lord, ligeramente intrigado.
—Necesito que vacíe por completo el lugar. Saque todos los muebles y cubra con tela gruesa cada ventana. Quiero que desde afuera parezca una torre abandonada… pero limpia. Nada más. Lo demás… lo haré yo.
Cáliban arremangó su túnica con calma. De uno de sus bolsillos sacó una peque?a navaja, con la cual se hizo un leve corte en el pulgar. Con la sangre, comenzó a trazar símbolos arcanos sobre las paredes.
—?Qué haces? —preguntó Joseph, dando un paso al frente, curioso.
Cáliban no respondió de inmediato. Sus ojos estaban clavados en las líneas que dibujaba, como si cada símbolo despertara una parte dormida de la torre.
—Tranquilo… —respondió finalmente, con una leve sonrisa —Es una sorpresa.
Sin intervenir más en sus asuntos, el resto del grupo dejó que Cáliban continuara escribiendo sobre las paredes mientras ellos se encargaban de sacar los muebles antiguos. El tiempo pasó. Los meses se deslizaron como hojas arrastradas por el viento. El culto, astuto como siempre, había borrado todo rastro tras el incidente, dejando a lord Xander sin pruebas concluyentes que pudieran incriminarlos.
Durante los días venideros, Cáliban y sus amigos se sumergieron en una rutina rigurosa. Entrenaban después de clases, recolectaban materiales, aceptaban misiones menores para obtener ingresos y así financiar sus necesidades. A pesar de contar con el respaldo de la familia Hilloy, a Cáliban no le agradaba la idea de depender de recursos ajenos. Quería forjar su camino con sus propias manos.
Al finalizar sus jornadas, regresaban a la torre. Mientras Joseph y Reinhard continuaban retirando objetos olvidados por el tiempo, Cáliban seguía trazando símbolos arcanos con su propia sangre en los muros del interior, día tras día. Por la noche, cumplía con sus deberes como líder de la casa. Informes, registros, supervisión de actividades… una carga pesada que nunca delegaba.
Y antes de acostarse, dedicaba los últimos momentos de cada día a un acto silencioso y constante… concentraba su energía para purificar el núcleo de agua y la semilla espiritual de Joseph. Lo hacía sin decir nada, como si fuera una promesa personal. Como si creyera que, paso a paso, podía fortalecerlos a todos.
Una ma?ana, Cáliban decidió darse un respiro. Después de semanas de trabajo ininterrumpido, sentía que su cuerpo y su mente necesitaban una pausa. Se levantó lentamente de la cama, estirando los brazos con pesadez. Caminó hacia la sala principal y se apoyó sobre la barandilla de madera que había reparado recientemente.
—Buenos días, líder… —saludó una voz suave y armoniosa.
—Buenos días, Astrid… —respondió con un poco de somnolencia en la voz.
La princesa del Imperio de Orión se acercó con su acostumbrada elegancia. Desde su posición, recorrió con la mirada cada rincón visible de la casa.
—Ha hecho un gran trabajo con la casa… —dijo, apreciando el entorno con genuino interés.
Cáliban bajó la mirada hacia las manos de Astrid, notando las vendas que las cubrían. Durante su tiempo como líder, había impuesto una regla clara. Todos debían contribuir por igual en la reconstrucción y mantenimiento del lugar.
—No fui solo yo. —murmuró —Hasta donde sé, tú reparaste esa ventana, ?Cierto? —se?aló con el dedo hacia una de las paredes laterales.
—Sí… —respondió ella, acariciando sus dedos vendados —Fue la primera vez que hacía algo así. En verdad… fue toda una experiencia.
—Algunos no lo ven de ese modo…
Ambos dirigieron la mirada hacia el exterior. A través de la ventana se podía ver a Similia, Catherine y Argos compartiendo una taza de té, mientras este último practicaba sus movimientos.
—No todos aprecian el valor de llevar una vida normal… —a?adió Astrid, con un tono casi nostálgico.
De pronto, un estruendo rompió la tranquilidad. Reinhard y Joseph, que intentaban reparar el tejado, habían perdido el equilibrio y caído ruidosamente sobre las tablas.
Astrid soltó una risa breve y distinguida. Cáliban, por su parte, solo suspiró.
—Supongo que es momento de volver al trabajo… nos vemos luego.
—Cuídese, líder. —respondió Astrid con una leve reverencia.
Mientras Cáliban se alejaba, Astrid lo siguió con la mirada. Sus ojos, antes amables, se tornaron serios, cargados de un pensamiento silencioso que no compartió con nadie.
Toda la ma?ana transcurrió con Cáliban ayudando a Reinhard y Joseph a reparar el tejado. Mientras tanto, en la cocina, Cecilia y Nhun disfrutaban del desayuno.
Cecilia jugaba nerviosamente con sus pulgares, intentando evitar la mirada fija de Nhun.
—Entonces… ?Dices que él te ayudó?
Nhun asintió, sonriendo de oreja a oreja. No necesitaba palabras para hacer evidente su emoción.
Cecilia, que ya conocía bien esa expresión, sabía exactamente lo que vendría después. Aun así, se atrevió a preguntar, aunque con cierta resignación en la voz…
—Y… ?Vas a decírmelo?
Nhun negó con la misma sonrisa traviesa en el rostro. Esa expresión, tan inmutable como irritante, hizo que la comisura del labio de Cecilia se torciera en una mueca de fastidio creciente.
En medio del desayuno, Juliana irrumpió en la cocina y se sentó con naturalidad junto a ellas. Su sudor, aún fresco por el entrenamiento, impregnaba el ambiente con un aroma poco sutil.
—?Buenos días! ?Les sobró algo de comida?
—Ah, sí… —respondió Cecilia, se?alando una olla —Aquí queda un poco de estofado que hice anoche. Todavía está caliente.
Los ojos de Juliana se iluminaron al instante.
—?Gracias, Cecilia! No sabía que sabías cocinar.
Cecilia sonrió con dulzura, con ese gesto sereno que pocas veces dejaba ver del todo.
—Mi nana me ense?ó. Ella me ense?ó muchas cosas…
Nhun, justo antes de llevarse una cucharada a la boca, se detuvo para intervenir con voz burlona:
—También es culpa de esa mujer que su sentido del romance está tan roto como un reloj averia-
Antes de que terminara, Cecilia le propinó un golpe en la nuca. Nhun se atragantó y comenzó a toser violentamente, mientras ella mantenía una sonrisa angelical en el rostro.
—No le hagas caso. —dijo sin perder la compostura —últimamente Nhun está demasiado subida… solo porque alguien que no soy yo le mostró un poco de amabilidad.
Nhun, aún tosiendo, la fulminó con la mirada, claramente prometiendo represalias.
Juliana soltó una carcajada sincera.
—?Me divierten! Cuando sea reina, ?No les gustaría ser parte de mi harem?
Cecilia y Nhun se miraron por un segundo… y negaron rotundamente al unísono.
—?Ah! ??Por qué no?!
Los gritos de Juliana subieron de tono y comenzaron a resonar por toda la casa, llegando hasta la sala del segundo piso. Allí, Elizabeth intentaba leer en silencio, pero sus esfuerzos eran interrumpidos constantemente por los alaridos que subían desde la cocina.
Instantes después, Cáliban apareció. Llevaba la camiseta empapada de sudor, y se sentó en un rincón, secándose el rostro con una toalla. Tras dejarla a un lado, sacó su grimorio de pasta sencilla y comenzó a revisarlo, concentrado.
Elizabeth, aún con el libro entre manos, no pudo evitar lanzar una mirada curiosa al volumen que Cáliban hojeaba con tanta dedicación. Lo había visto sumergido en esas páginas durante semanas, y siempre parecía estar atascado en algún pasaje.
—?De qué trata el libro? —preguntó con genuina inocencia, dejando de lado el suyo por un momento.
—De una vampira a la que le metieron ajo en la comida por andar de preguntona… —respondió sin mirarla, en tono seco.
Elizabeth frunció el ce?o, claramente ofendida.
—Qué grosero… —murmuró Elizabeth, frunciendo ligeramente el ce?o.
Cáliban cerró el grimorio con un suspiro y lo guardó cuidadosamente.
—No es nada. —dijo con voz más suave —Solo un libro viejo sobre el arte de la espada… No tiene la emoción de tus novelas, eso seguro.
Elizabeth cruzó las piernas con elegancia y cerró el libro que tenía entre manos. Su semblante se ensombreció ligeramente. Por un momento, su mirada se perdió en el suelo, incapaz de sostener contacto visual.
—?Sucede algo? —preguntó Cáliban, percibiendo el cambio en su estado de ánimo.
—No es nada… —respondió en voz baja, esquiva.
Pero Cáliban ya había escuchado cosas. Joseph le había contado cómo muchos estudiantes evitaban hablar con ella. Algunos incluso murmuraban ofensas a sus espaldas, sin molestarse en bajar la voz, sabiendo perfectamente que Elizabeth podía oírlos. La rechazaban en clase, la ignoraban en las actividades grupales, y ningún club había mostrado interés en contar con ella. Estaba sola.
Sin decir palabra, Cáliban buscó en su cinturón un peque?o frasco de cristal color carmesí. Lo sostuvo frente a ella. Una fragancia leve, cálida y mineral emanó de su interior.
—Extraje un poco de mi sangre antes. —comentó con tranquilidad —?La quieres?
Elizabeth levantó la vista. Sus ojos brillaron con una mezcla de sorpresa y gratitud. Asintió en silencio, con una expresión inocente, casi infantil.
Sin más, Cáliban le entregó el frasco. Elizabeth lo tomó con delicadeza y sonrió. Una sonrisa franca y luminosa… en la que se revelaban claramente sus colmillos. ?Quién podría imaginar que en esos dientes de depredador habitaba una mirada tan pura?
En ese instante, Dimerian apareció, con un libro grueso en los brazos. Su largo cabello rizado cubría parcialmente sus ojos, pero su lenguaje corporal delataba su nerviosismo.
—Amm… líder… sé que hoy es su día libre, pero… hay una tarea que no entiendo. Y… no sé si podría…
—Por supuesto. —respondió Cáliban sin dudar.
Se levantó de su asiento, dedicó una última mirada a Elizabeth en forma de despedida, y se dirigió junto a Dimerian hacia la mesa principal. Abrieron los libros y comenzaron a trabajar.
Las responsabilidades se acumulaban. Cada día pesaban un poco más. Pero ser líder de casa no era un título honorífico, sino una carga constante. Si no cumplía con cada uno de sus deberes… sería expulsado. Y eso no era una opción.
Desde la distancia, Cecilia lo observaba en silencio. Había algo en su mirada, una sombra suave de tristeza. Aun siendo su día libre, Cáliban seguía ayudando a todos, sin quejarse, sin detenerse. Siempre cargando más de lo que le correspondía.
La noche finalmente cayó sobre la academia. Las lámparas de luz azul comenzaron a encenderse por los senderos de piedra, proyectando destellos mágicos sobre los edificios. El toque de queda se aproximaba, y con él… un nuevo silencio.
—Ah… qué día más agotador…
Cáliban se frotó el cuello, intentando aliviar la punzada constante que lo atormentaba desde la tarde. Entonces, un gru?ido repentino retumbó en la sala. Se tensó de inmediato, creyendo por un instante que una bestia se había infiltrado. Pero al reconocer el sonido de su propio estómago, bajó la guardia con una exhalación lenta.
—Supongo que estuve tan ocupado… que olvidé por completo comer algo.
Caminó hacia la cocina con pasos lentos. Abrió alacenas, revisó frascos, levantó tapas, buscando sin mucha esperanza algo que aliviara el hambre que le retorcía el cuerpo. Pero no encontró nada. Nada… hasta que su mirada se posó sobre la mesa.
Allí, cuidadosamente colocado, había un plato cubierto con una tela, acompa?ado de una peque?a nota con su nombre escrita a mano.
Cáliban no necesitó leer más. Supo de inmediato quién lo había dejado. Su pecho se encogió con una mezcla de gratitud y pesadumbre.
—A veces… tu amabilidad puede llegar a doler. —murmuró en voz baja.
Y tenía razón.
No podía entender cómo alguien que había sido rechazado y despreciado por él aún era capaz de actuar con tanta consideración. Con tanto cuidado. Esa ternura silenciosa, lejos de reconfortarlo del todo, solo intensificaba su culpa.
Aun así, decidió no desperdiciarlo.
Calentó el platillo con delicadeza, como si al hacerlo intentara no romper el gesto que contenía. Llevó el primer bocado a la boca, y apenas el sabor tocó su lengua, una calidez suave lo envolvió. La fragancia, el sabor perfectamente equilibrado… todo hablaba de alguien que conocía sus gustos, que lo observaba con atención, aun sin palabras.
Fue reconfortante.
Pero la culpa… no se desvaneció.
Con el pasar de los días, los vínculos con los demás miembros de la casa crecían lentamente. Lo buscaban por asuntos administrativos, tareas semanales, reparaciones, notificaciones oficiales. Excepto Cecilia, quien evitaba cualquier contacto con él. Su distancia no pasaba desapercibida, aunque aún dejaba algo de comida de vez en cuando.
Eso, sin embargo, le dolía profundamente a Nhun. Ver a su amiga sumida en una tristeza que no expresaba con palabras le partía el alma. Pero no podía hacer nada. Solo se limitaba a acompa?arla, a brindarle ánimos en silencio.
El tiempo continuó su curso, como una corriente constante que no se detenía por nada ni por nadie. Y con él, los días en la academia avanzaban, entre entrenamientos, estudios, responsabilidades y silencios que ocultaban sentimientos no resueltos. Finalmente… habían llegado a la mitad de su primer a?o en la academia.

