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Capítulo 43: Clases mixtas

  Mientras caminaba con calma por el largo pasillo de piedra rumbo a su próxima clase, los pensamientos de Cáliban revoloteaban en su mente como sombras inquietas. Aún resonaban en sus oídos las palabras que, minutos antes, había intercambiado con lord Xander.

  —”Vi un destello oscuro dentro del cuerpo de Nhun…” —había dicho con voz grave y ojos cargados de preocupación —”Eran como raíces negras, ramificándose como una telara?a viviente desde sus manos hasta los pies. No sé qué es eso… pero hay algo que tengo claro… eso la está bloqueando por completo. No puede aprender ni un solo estilo de combate con armas.”

  Cáliban, siempre atento a los signos ocultos, supo en ese instante cuál era la causa.

  ?Es una maldición de restricción…?

  Una maldición de restricción. Un hechizo antiguo, prohibido en casi todos los reinos, dise?ado para drenar la sangre guerrera del alma. Aquel que la porta pierde toda capacidad de aprender estilos de combate con armas, como si la esencia misma del combate le fuera arrebatada desde dentro. No había entrenamiento, no había técnica… solo vacío.

  ??Pero quién se atrevería a lanzarla? Una maldición de ese tipo no es sencilla de realizar… ni común de encontrar.?

  Su ce?o se frunció, y justo entonces, una sutil punzada mental lo sobresaltó. Era una se?al mágica. Reconoció de inmediato la firma psíquica de lord Xander.

  ?Cáliban, necesito que vengas a la mansión…?

  La solicitud lo tomó desprevenido. No era habitual que interrumpiera su rutina de esa forma.

  ??Es urgente??

  ?Bueno… más o menos. Lo sabrás cuando llegues.?

  ?Entonces iré después de clases.?

  ?Perfecto. Te espero.?

  El lazo mental se cerró, y Cáliban regresó a su semblante serio. Con paso firme, entró al aula donde se impartiría su siguiente clase. Allí lo esperaban Joseph y Reinhard, conversando en voz baja. El aula no era convencional. Parecía un peque?o quiosco encantado, cuyo techo estaba cubierto por estrellas titilantes y luces flotantes que danzaban suavemente en el aire, como luciérnagas atrapadas en un sue?o.

  Fue entonces que una figura singular emergió del fondo del salón. Caminaba con pasos cortos pero decididos.

  —?Muy buenas tardes, jóvenes! —exclamó con entusiasmo —Mi nombre es Marvin Truman, profesor del noble arte del combate mágico. ?Espero que compartamos una clase verdaderamente encantadora!

  Era un Strigman, o como muchos lo llamaban en voz baja, un hombre búho. Su estatura era baja, su cuerpo estaba cubierto por plumas grises y blancas, y vestía una bata que arrastraba con gracia por el suelo. Aunque tenía un porte juguetón, se mantenía erguido con dignidad. Su rostro, iluminado por una gran sonrisa, transmitía una mezcla desconcertante de ternura y sabiduría. En su mano derecha, un anillo con una piedra luminosa pulsaba como un corazón vivo, irradiando destellos que fascinaban a todos los presentes.

  Los estudiantes quedaron hipnotizados por aquella criatura adorable y, al mismo tiempo, imponente. Cáliban sintió, por primera vez en mucho tiempo, una chispa de intriga.

  —?Es adorable!

  —?Qué tierno!

  —?Quiero uno de mascota!

  Los comentarios se propagaron entre risas y cuchicheos como un eco irreverente, pero no todos encontraron graciosas aquellas palabras. El profesor Truman, aún con su sonrisa en el rostro, entrecerró los ojos apenas un instante. Una leve tensión se acumuló en el aire, imperceptible para los más distraídos. No obstante, entre los asientos, un joven elfo alzó la mano con emoción desbordante.

  —??Eso es un anillo refulgente?! —exclamó, con los ojos abiertos como dos lunas brillantes.

  El profesor bajó la mirada hacia su anillo, y sus plumas se erizaron levemente con orgullo.

  —?Oh? ?Así que los conoces? —preguntó con una chispa de respeto en la voz.

  —?Claro que sí! Conseguir uno es la meta de todo mago que aspire a ser poderoso. ?Son legendarios!

  —?En efecto! —asintió Marvin, con voz vibrante.

  Sin previo aviso, el profesor chasqueó los dedos. El techo encantado se abrió en dos, como una flor nocturna, revelando un firmamento profundo y majestuoso, tan real que era difícil creer que no estaban al aire libre. Las estrellas titilaban con intensidad mágica, ba?ando el aula con su luz.

  Los estudiantes observaron boquiabiertos... hasta que las estrellas comenzaron a caer.

  Primero una, luego otra… y pronto, una lluvia entera descendía como proyectiles ígneos. Las primeras colisiones chamuscaron el suelo, dejando rastros de humo y ceniza. El asombro se convirtió en caos. Algunos gritaron, otros se cubrieron con libros, mochilas, armas, incluso prendas de ropa, buscando protección. El pánico se apoderó de todos en segundos.

  Todos… menos uno.

  Cáliban permanecía reclinado sobre su silla, con ojos cerrados y respiración acompasada, completamente ajeno al alboroto que lo rodeaba.

  El profesor Truman lo notó de inmediato. Su mirada se clavó en él con creciente interés.

  ??Será que cree que, si no lo ve, no le pasará nada? ?O está paralizado por el miedo?… ?O acaso confía en que no lo lastimaré??

  Movido por la curiosidad, desvió con intención una peque?a estrella fugaz hacia el rostro de Cáliban. La estrella voló recta, con un leve silbido. Pero justo antes del impacto, Cáliban ladeó la cabeza con un movimiento sereno y preciso, esquivando la amenaza sin abrir siquiera los ojos.

  El profesor entrecerró los ojos.

  ?Interesante…?

  Repitió el intento. Otra estrella, esta vez más veloz. Y otra, y luego otra. Pero Cáliban, con la misma calma imperturbable, esquivó cada una sin esfuerzo aparente.

  Los demás estudiantes dejaron de correr. Uno a uno, comenzaron a mirar en dirección a Cáliban. Incluso los más escépticos callaron.

  El silencio se volvió pesado. Truman lo sintió en el aire.

  ?Oh… parece que tenemos a alguien con sentidos agudos…? —El pensamiento cruzó la mente del profesor Truman con una mezcla de sorpresa y deleite.

  Finalmente, al considerar que ya era suficiente, detuvo sus ataques. Las estrellas dejaron de llover y el techo volvió a cerrarse lentamente, devolviendo la calma aparente al aula. Pero el aire seguía cargado de tensión. Los estudiantes, jadeando, temblaban como hojas al viento.

  —?Está completamente loco! —gritó una joven al fondo.

  —?Quiso matarnos! —bramó otro, mientras se incorporaba desde detrás de un escritorio volteado.

  —??Qué clase de bastardo es usted?! —escupió un tercero, con el rostro aún pálido.

  —Por un momento… creí que vería a mi madre en el más allá… —murmuró uno, abrazado a su mochila como si fuera un escudo.

  Pero el profesor Truman no se disculpó, ni se inmutó. Con un gesto simple de su mano, liberó una oleada de energía que hizo temblar las paredes. Una presión densa, casi física, cayó sobre los estudiantes como una losa invisible, forzando a todos al silencio en un instante.

  El profesor llevó su mano al mentón, pensativo, observando los rostros aterrorizados.

  —Bueno… no sé cómo los han instruido hasta ahora… —empezó, con voz baja pero clara —Pero aquí, aprenderán dos cosas fundamentales: matar… y evitar morir.

  Su mirada recorrió el aula como una daga desenvainada. Los estudiantes tragaron saliva, algunos bajaron la mirada, otros intentaron mantenerla sin éxito.

  —Si alguno de ustedes pensó que esta sería una clase cómoda, simpática… están muy equivocados.

  Se acercó lentamente al centro del aula. El crujido de sus pasos sobre la madera resonaba como un metrónomo de tensión.

  —La razón de esta… prueba sorpresa… —dijo con un poco de ironía —...es simple. Deben aprender a estar siempre alertas. No importa la hora, el lugar ni la compa?ía. Siempre. Siempre, tengan su guardia en alto. No saben cuándo alguien puede intentar arrancarles la vida… puede ser una bestia, un enemigo… otro estudiante —hizo una pausa, agravando aún más la voz —...o incluso su propio maestro.

  Ese último comentario fue como una aguja directa al corazón. Los murmullos cesaron. El miedo ya no era nervioso, era puro. El rostro encantador del Strigman ahora se sentía como una máscara rota.

  —Ahora… ?Comencemos con la clase! Empezaremos con lo básico.

  Durante toda la hora, el profesor explicó con rigurosa pasión los fundamentos para agudizar los sentidos mágicos. Habló de percepción etérea, escucha activa del maná, lectura de fluctuaciones en el ambiente. Nadie se atrevió a distraerse.

  Antes de cerrar, se detuvo frente a la clase, y con voz firme, pronunció sus últimas palabras:

  —Recuerden esto. Los magos no somos fuertes en cuerpo. Incluso potenciados con hechizos físicos, seguimos siendo más débiles que un guerrero de verdad. Por eso… debemos usar la cabeza más que nadie. Cada sombra puede ocultar una muerte. Estén siempre atentos… o serán los primeros en caer.

  Dicho esto, dio media vuelta y los liberó. Los estudiantes comenzaron a salir con diferentes expresiones… algunos temblaban, otros no podían dejar de hablar emocionados. Un par incluso lo miraban con admiración.

  —Bueno… eso fue… ?Alentador? —comentó Joseph, aún con el ce?o fruncido.

  —?Nos estaba advirtiendo… o nos estaba amenazando? —murmuró Reinhard, sin dejar de mirar hacia atrás.

  No encontraban palabras para expresar lo que acababan de vivir, así que simplemente dejaron de intentarlo. Reinhard y Joseph, aún procesando el caos, caminaron en silencio. Por su parte, Cáliban permanecía sumido en sus pensamientos, con la mirada baja y los labios apretados. Solo se permitió dejar escapar un susurro al viento, sin intención de que nadie lo escuchara.

  —Bueno… al final, tiene razón…

  Sus compa?eros lo miraron de reojo, sin comprender del todo el significado de sus palabras, pero tampoco se atrevieron a preguntar. Continuaron su camino hacia la siguiente clase, sin saber qué esperar ya del día.

  La siguiente parada fue la Torre de los Saberes, una imponente estructura de piedra pulida y cristales flotantes, que emitían un leve resplandor azulado. Al entrar en el salón asignado, se encontraron con una amplia sala académica, repleta de pupitres dispuestos en filas de cuatro. Estanterías colmadas de pergaminos, mapas antiguos, y esquemas de artefactos mágicos cubrían las paredes. No importaba hacia dónde miraran, el conocimiento parecía flotar en el aire.

  Al fondo, detrás de un escritorio atestado de libros, una peque?a goblin de cabello blanco escribía con gran concentración. Su cabellera resplandecía como plata bajo la luz mágica de los candelabros flotantes. Al notar la presencia de los estudiantes, alzó la mirada, sus ojos vivaces reflejaban inteligencia y experiencia.

  —Buenos días, estudiantes, pasen, pasen… no se queden ahí como estatuas.

  Los alumnos comenzaron a ocupar sus lugares, sentándose en grupos de cuatro. Mientras buscaban sitio, un joven se acercó con timidez. Su andar era cuidadoso, casi invisible. Como si quisiera hacer lo posible para desaparecer entre la multitud.

  —Oigan… ?Puedo sentarme con ustedes? —preguntó Dimerian, con la cabeza ligeramente agachada.

  —?Claro! —respondió Reinhard, con una sonrisa amable.

  —Gracias… —murmuró, tomando asiento sin levantar mucho la vista.

  Dimerian aún no se acostumbraba a compartir espacios. Su aversión a destacar seguía firme como una muralla invisible. Justo entonces, una figura femenina bajó del estrado. Con un gesto amplio, alzó sus manos al aire, invocando una serie de libros que se materializaron sobre cada pupitre con un leve destello violeta.

  —?Muy bien! ?Sean bienvenidos a Calabozos y Mazmorras! —exclamó la profesora, con una energía contagiosa —Permítanme presentarme… mi nombre es Lyzaira Zabilyx. En esta clase abordaremos los métodos de supervivencia en entornos hostiles, en especial en calabozos y mazmorras. Ahora bien, ?Quién puede decirme la diferencia entre ambos conceptos?

  La pregunta, aunque simple, provocó un silencio instantáneo. Nadie se movió. Nadie respondió. Las miradas esquivaban la suya, como si con ello pudieran evitar ser se?alados.

  Lyzaira entrecerró los ojos y, tras una breve pausa, apuntó directamente a Dimerian.

  —Tú. Responde, por favor.

  Dimerian sintió que el corazón se le aceleraba. Sus manos comenzaron a sudar, un leve temblor las recorría.

  —Tranquilo… —dijo la profesora, suavizando el tono —No es un examen, solo una pregunta.

  —Amm… yo… según lo que leí una vez… creo que las mazmorras son como… un conjunto de calabozos. Eso creo…

  Aunque tartamudeó y bajó la voz a mitad de frase, Lyzaira asintió con satisfacción.

  —?Correcto! Puedes sentarte.

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  Algunos estudiantes intentaron contener la risa, pero la profesora los fulminó con la mirada.

  —Y ustedes… si saben la respuesta, pueden compartirla. Y si no… escuchen con atención. —La profesora dio media vuelta para caminar de regreso a su escritorio, ligeramente de mal humor —Equivocarse no está mal, solo los idiotas creen que tienen la razón siempre.

  Dimerian tomó asiento con cuidado, intentando no llamar más la atención. Sus hombros aún estaban tensos, pero al soltar un suspiro largo y profundo, pareció liberar algo de la ansiedad que lo embargaba.

  —?Estás bien? —preguntó Reinhard con genuina preocupación, inclinándose un poco hacia él.

  —S… sí —respondió Dimerian en voz baja —Es solo que… no me gusta hablar en público. Me bloqueo… me pongo nervioso…

  —Tranquilo, a todos nos pasa. —intervino Joseph con una sonrisa tranquilizadora.

  —Supongo… —murmuró Dimerian, esbozando una leve sonrisa, aunque aún evitaba cruzar miradas.

  En ese momento, la profesora Lyzaira aplaudió dos veces. Un destello de luz púrpura surcó el aire y, de inmediato, apareció suspendido frente a toda la clase un gigantesco mapa mágico, detallado con líneas vivas, texturas animadas y runas que parpadeaban suavemente en cada esquina.

  —Como bien intentó explicar su compa?ero. —dijo la profesora con tono amable —Una mazmorra y un calabozo no son lo mismo. Los calabozos son niveles o zonas individuales que deben superarse, cada uno con desafíos particulares. Por su parte, las mazmorras son estructuras más grandes, compuestas por varios de estos calabozos. Generalmente entre cinco y diez, aunque hay excepciones… como la mazmorra situada a las afueras de esta misma academia.

  Se?aló el mapa flotante con una varita delgada hecha de hueso, indicando con precisión una sección de la estructura.

  —Este es el dise?o aproximado del primer nivel de esa mazmorra. A simple vista parece sencillo… pero las apariencias enga?an.

  Mientras Lyzaira hablaba, los estudiantes tomaban notas apresuradamente. Sin embargo, hubo una parte de la explicación que hizo que Cáliban alzara una ceja, concentrando toda su atención.

  Había cuatro tipos de calabozos. Primero, las zonas de exterminio. Espacios cerrados donde los aventureros debían eliminar a todas las bestias para abrir la puerta a la siguiente sala. Segundo, las salas de jefe. Después de superar una cantidad determinada de calabozos, aparecía una puerta que conducía al líder del nivel, una criatura mucho más poderosa que los enemigos anteriores. Tercero, las zonas seguras. áreas de descanso repletas de recursos mágicos raros, donde los grupos podían recuperarse, prepararse o incluso abandonar la incursión si lo deseaban. Y por último, las zonas secretas. Puertas ocultas y aleatorias, cuya localización cambiaba cada vez. Algunas podían llevar a cámaras llenas de tesoros y objetos legendarios… otras, a trampas mortales o monstruos imposibles de vencer.

  —Hmm… interesante… —murmuró Cáliban, más para sí mismo que para los demás.

  Joseph, que lo había estado observando de reojo, se inclinó hacia él y susurró con cierta emoción:

  —?Crees que podríamos encontrar un calabozo secreto algún día?

  Cáliban entrecerró los ojos, pensativo.

  —Tal vez… pero para eso tendría que mejorar mi Mirada Celestial.

  —?Y eso cuánto te tomará?

  —Depende… de si quiero llegar vivo o rápido. —respondió con tono enigmático.

  La profesora volvió a aplaudir. El mapa se desvaneció con un suave zumbido y todas las notas flotantes se absorbieron en los libros sobre los pupitres.

  —Eso es todo por hoy, jóvenes. Que el conocimiento los guíe… y la suerte los acompa?e. Están libres.

  Mientras los estudiantes abandonaban el aula, aún comentando los tipos de calabozos con entusiasmo, Cáliban caminaba en silencio, con el ce?o levemente fruncido. Recordaba algo inquietante que había mencionado la profesora entre líneas.

  En esa mazmorra cercana a la academia… no habían superado el segundo piso todavía. Pero las bestias allí ya eran de rango tres y cuatro, y si las criaturas comunes eran así de fuertes, entonces…

  —Si lo que dice la profesora es cierto. —murmuró Cáliban, con la mirada fija en el suelo —El jefe que enfrentaremos debe ser al menos de quinto rango… quizás hasta sexto.

  Reinhard tragó saliva, sintiendo cómo un leve escalofrío le recorría la espalda.

  —?Crees que podamos con él? —preguntó en voz baja, como si temiera que el mismo jefe pudiera oírlo desde algún rincón del pasillo.

  —No. —respondió Cáliban con firmeza —Aún no. Por ahora, lo único que podemos hacer… es seguir entrenando.

  Quería compartir más, ense?arles a Joseph y Reinhard técnicas avanzadas, conocimientos secretos que había reunido con esfuerzo… pero los ojos sobre él no descansaban. Rain, la profesora, siempre parecía estar evaluándolo desde las sombras. Y Yannes, el instructor de Bestología, tenía la habilidad molesta de aparecer justo cuando menos lo esperaba. Todo eso sin olvidar al culto. Siempre acechando en las sombras.

  Aún no era el momento de llamar la atención.

  —?Cuál es nuestra próxima clase? —preguntó Reinhard, tratando de sacudirse la tensión del momento.

  Joseph hojeó sus notas rápidamente.

  —"Combate espiritual", en la torre de los espíritus, salón 3-D.

  —Bueno, esa no me toca a mí. —respondió Reinhard, alejándose sin más —Buena suerte, chicos…

  Pero antes de girar por el pasillo, Cáliban se detuvo junto a Reinhard y le susurró al oído:

  —Lord Xander necesita ayuda. Ve a la mansión Hilloy y habla con él. Iremos después de clase.

  Reinhard asintió con discreción, y se separaron en direcciones opuestas.

  Joseph y Reinhard llegaron frente al aula indicada… pero lo que encontraron no era un salón común. Era una vasta explanada, abierta al cielo, donde una espesa niebla se enroscaba entre árboles torcidos y altos como torres. Las raíces sobresalían del suelo como manos extendidas, y una brisa húmeda cargada de murmullos invisibles acariciaba sus rostros.

  De entre la neblina emergió una figura inusual. Un ser de cuerpo humanoide, piernas de cabra y dos cuernos enroscados como los de un carnero ancestral. Llevaba un bastón de madera retorcida, coronado con una piedra preciosa que brillaba suavemente con cada palabra que salía de su boca.

  —?Ah, pasen, pasen! —dijo con voz profunda y melodiosa —Qué gusto ver nuevas almas en este rincón del mundo.

  Los estudiantes, fascinados, se sentaron sobre el húmedo césped sin atreverse a formular pregunta alguna. Por un lado, Argos, Similia y Catherine se acomodaron lo más lejos posible del grupo de Cáliban. La hostilidad aún se reflejaba en sus miradas hacia el líder de casa, aunque a este parecía importarle poco. Cáliban, Joseph y Dimerian optaron por ubicarse en la parte más alejada del claro.

  Juliana también se sentó en la parte trasera. Desde su lugar, alcanzaba a oír los murmullos que circulaban a su alrededor, por lo que prefirió evitar la compa?ía del resto. Astrid, con una actitud similar, se acomodó junto a ella.

  —?Hmm? ?No vas a sentarte al frente, princesa? —preguntó con tono burlón.

  Astrid agitó sus manos, apartando la frondosa cabellera de Juliana de su rostro.

  —Mira quién habla… de todas formas, no me gusta estar al frente. Detesto llamar la atención…

  El rostro de Juliana se iluminó con picardía.

  —?Oh! Parece que tenemos muchas cosas en común… ?No te gustaría entrenar a solas alguna vez? —preguntó, con un matiz insinuante en la voz.

  Astrid forzó una sonrisa y respondió con diplomacia.

  —Lo siento, me temo que tú y yo no compartimos los mismos intereses…

  Mientras tanto, Cecilia se acercó con timidez y tomó asiento junto a ellas.

  —Hola… espero que no les moleste que me siente aquí… —dijo en voz baja.

  —Oh, claro que no, al contrario… —respondió Astrid, colocándole una mano en el hombro antes de hacerla sentar entre ambas, como excusa para alejarse un poco de Juliana —Tu presencia es muy bienvenida…

  Juliana, sin perder la oportunidad, colocó su brazo alrededor de los hombros de Cecilia y se inclinó hacia ella.

  —Eres muy bonita… dime, ?Estás saliendo con alguien?

  El rostro de Cecilia se tornó intensamente rojo por la vergüenza.

  —Oh, no… yo no… no me interesa… ya sabes… yo no… no me gustan las…

  De pronto, un estruendo sacudió el suelo. El profesor golpeó el suelo con su bastón, y el eco resultante captó de inmediato la atención de todos los presentes.

  —Mi nombre es Alzafar Cunim Yez-udermguir. —dijo, haciendo una reverencia teatral y luego soltando una risa breve y grave —Pero por simplicidad, pueden llamarme profesor Cunim. En esta clase, hablaremos de algo que les salvará la vida más de una vez… la defensa espiritual.

  Con paso lento y rítmico, Cunim se dirigió hacia una pared de piedra que parecía no pertenecer al entorno. Al tocarla con la palma abierta, la piedra se transformó en madera viva, como si respirara. Algunos estudiantes exclamaron sorprendidos, otros simplemente se quedaron sin palabras.

  —Como bien sabrán. —continuó —Un espiritista no solo se comunica con los espíritus… también puede alterar la esencia de los elementos a través de ellos. Pero recuerden, los espíritus no se limitan a lo inerte. Viven en todo.

  Y al pronunciar esas palabras, una docena de luciérnagas espirituales emergió de entre los árboles, iluminando el lugar con destellos de color esmeralda.

  El profesor Cunim alzó lentamente su mano, y ante los ojos atónitos de sus alumnos, su brazo comenzó a transformarse. Raíces oscuras y retorcidas surgieron desde su piel, enroscándose con armonía viva hasta cubrirlo por completo. En cuestión de segundos, su brazo se había convertido en una bestial garra vegetal, de aspecto feroz y elegante.

  —Los seres mortales como nosotros. —comenzó a decir con voz pausada y grave, mientras contemplaba su garra con serenidad —Somos capaces de canalizar el poder espiritual que emana de la naturaleza… y con ello, hacer nuestra su fuerza.

  Con un simple movimiento de su brazo, lanzó un tajo al aire. De inmediato, los árboles frente a él fueron seccionados limpiamente, cayendo sin un solo crujido, como si una hoja invisible los hubiera cortado con precisión.

  Los estudiantes apenas lograron reaccionar, boquiabiertos.

  —Oh, pero no se impresionen tan rápido… —a?adió, con una sonrisa astuta —Esto es solo el principio.

  Suspiro profundo, y su voz resonó como un eco ancestral entre la niebla:

  —?Luz que azotas entre las tormentas, dame tu fuerza!

  La garra cubierta de raíces comenzó a iluminarse con un resplandor azul. Chispas de electricidad recorrieron sus dedos afilados. Cuando impactó el suelo con un golpe firme, una explosión atronadora sacudió la explanada. Una onda expansiva de rayos crepitó por el terreno, haciendo que la niebla se disipara por un instante. El eco del trueno retumbó como si mil tambores golpearan el aire a la vez.

  —?Wow!

  —?Es alucinante…!

  —??Qué clase de hechicería fue esa, profesor?! —exclamó uno de los estudiantes, aún sacudiéndose el polvo de la ropa.

  Cunim rió con una mezcla de orgullo y serenidad mientras se sacudía la túnica.

  —Lo que acaban de ver es solo una muestra del vínculo entre un espiritista y su guardián espiritual. Quienes logran forjar un contrato con un espíritu, pueden invocar su esencia y manipularla de múltiples formas… como acaban de presenciar.

  Alzó nuevamente su mano, y sobre ella se posó un majestuoso halcón espiritual. Su cuerpo parecía esculpido con destellos puros de luz y relámpagos sutiles. Sus ojos brillaban con una sabiduría ancestral.

  —Este es Nahrak, mi compa?ero. Cada espíritu es único. Y mientras más profundo sea su lazo, más poderosas serán las habilidades que compartirán con ustedes.

  Las preguntas comenzaron a llover como una tormenta de curiosidad.

  —?Y todos podemos invocar uno?

  —?Hay diferentes tipos de espíritus?

  —?Podemos tener más de uno?

  Todos los alumnos alzaron la mano casi al unísono.

  —Veo que el fuego del saber está muy vivo. Perfecto… continuemos.

  Durante la siguiente hora, el profesor respondió cada pregunta con paciencia y pasión. Había una energía vibrante en su voz, como si cada palabra contuviera siglos de sabiduría destilada.

  —?Vamos, vamos! ?Sigan preguntando! Me aseguraré de responderles a todos. —dijo el profesor mientras acariciaba su espesa barba con aire relajado.

  Uno de los alumnos alzó la mano con entusiasmo, con su rostro encendido por la emoción.

  —?Profesor! ?Qué fue eso que hizo al inicio? ?Usó dos elementos al mismo tiempo!

  Cunim rió por lo bajo y extendió ambas manos al frente. En una, destellaba una vibrante energía eléctrica; en la otra, un aroma fresco y silvestre inundó el ambiente, manifestando la esencia de la naturaleza.

  —Cuando alcancen la séptima orden de ánima… —explicó con tono solemne —podrán forjar una nueva conexión espiritual. Sin embargo, deben procurar que ambos espíritus sean compatibles. Por ejemplo, si intentan vincular a un espíritu de fuego con uno de agua, lo más probable es que fracasen. La fricción entre ambos elementos puede anular sus poderes… o peor.

  —?Profesor! ??Cuándo podremos hacer un contrato con un espíritu?! —preguntó una estudiante con un brillo de ilusión en los ojos.

  Cunim giró su bastón entre los dedos, pensativo.

  —Hmm… debo discutirlo con la profesora Meeris, pero… lo más probable es que suceda cuando la mayoría haya abierto su núcleo espiritual. Esa será la se?al.

  —Profesor… ?Y eso que hizo con la mano al principio de la clase?

  —?Esto? —respondió levantando su brazo. Ramas gruesas y entrelazadas lo envolvieron hasta formar un guantelete vivo, fusionado con su piel —A esto se le llama Manifestación.

  El profesor explicó con tono claro y pausado. Independientemente del tipo de energía utilizada, ya sea aura, maná o ánima, existen disciplinas conocidas como niveles de comprensión, que definen la maestría alcanzada en el manejo de dicha energía.

  El primer nivel se denomina Percepción. En este estado, el usuario es capaz de sentir la energía a su alrededor y moldearla en formas simples. Es la etapa más básica, y la mayoría de los practicantes permanece en este nivel durante a?os.

  El segundo nivel es conocido como Manifestación. En él, el individuo logra canalizar la energía a través de sus sentidos, integrándola a su cuerpo o imbuyéndola en armas u objetos. La mayoría de los guerreros que alcanzan cierto dominio del combate espiritual pueden acceder a este poder.

  Finalmente, el tercer nivel se llama Dominio. Se trata del grado más elevado, reservado para aquellos que consiguen proyectar su energía hacia el entorno y darle una forma tangible. Solo los guerreros más veteranos pueden lograr tal haza?a.

  A pesar de sus palabras, varios alumnos mostraban rostros confundidos. El profesor asintió con comprensión y se puso de pie.

  —Supongo que será más claro con una demostración… —dijo con una leve sonrisa.

  Alzó su brazo y una suave aura verde lo envolvió.

  —Este es el primer nivel, Percepción. Si entrenan con disciplina, podrán captar la energía de la naturaleza y almacenarla dentro de ustedes.

  Apuntó hacia una roca masiva. Al instante, una ráfaga de proyectiles espirituales salió disparada de su mano, atravesando la roca como si fuera de papel.

  —Con este nivel podrán atacar a distancia, manipular el entorno y comenzar a moldear su poder.

  El profesor elevó aún más su energía. Su brazo volvió a recubrirse de enredaderas vivas que palpitaban al ritmo de su energía. Al mismo tiempo, el bastón del profesor se iluminó con un rayo eléctrico que danzaba como un espíritu capturado. Su fulgor azul chispeaba con furia contenida.

  —Esto es Manifestación. Algunos canalizan la energía en su propio cuerpo para obtener ventajas físicas, mientras que otros la infunden en sus armas. Sea cual sea la aplicación que elijan, será su imaginación la que defina los límites.

  El profesor alzó la mano y, con un golpe seco contra el suelo, provocó un cráter que se abrió a su alrededor. Como si eso no bastara, blandió su bastón contra un árbol cercano. El enorme tronco no pudo resistir: fue incinerado al instante por las altísimas temperaturas del rayo, dejando tras de sí un agujero gigantesco que atravesaba la madera humeante.

  Un estudiante alzó la voz con asombro:

  —?Y el nivel de Dominio…? ?Cómo es?

  —Veamos… algo así.

  El profesor alzó ambas manos. Una poderosa oleada de energía brotó de su cuerpo, recorriendo el suelo como una corriente viva. De la tierra emergió un coloso de madera. Un Ent, de imponente figura, ojos centelleantes y ramas que se agitaban como si respirara.

  A su alrededor, el suelo germinaba, flores y brotes surgían con cada paso que daba la criatura.

  —Este es mi espíritu, un guardián del bosque llamado Ent. Proviene de las regiones élficas del norte, donde la conexión con la naturaleza es absoluta. En el nivel de Dominio, podrán traer a sus espíritus desde el plano espiritual al mundo físico, lo que elevará su capacidad de combate a un nivel superior.

  Con un gesto suave, el Ent se desvaneció en una nube de hojas que se dispersaron con el viento. Cunim se giró hacia sus estudiantes, visiblemente satisfecho.

  —Espero que esta demostración haya sido esclarecedora… ?Alguna duda?

  Muchos estudiantes alzaron la mano con rapidez. El profesor suspiró al ver la cantidad de preguntas que tenía que responder. Pero antes de decir palabra alguna, miró el reloj rústico que colgaba de un árbol cercano.

  —Vaya, cómo vuela el tiempo cuando la mente viaja… supongo que dejaremos las preguntas para la siguiente clase. Eso es todo por hoy, espíritus jóvenes. Nos veremos en dos días. Que la armonía guíe sus caminos.

  Joseph se acercó a Cáliban mientras se retiraban del bosque místico que hacía de aula.

  —?Y ahora qué hacemos?

  —Tenemos que ir a la mansión Hilloy. —respondió Cáliban sin dudar —Lord Xander dijo que necesitaba hablarnos. Es importante.

  —Entendido. Vamos.

  El camino hacia la mansión fue silencioso, envuelto en una ligera bruma. Al llegar a la gran reja de hierro forjado, un mayordomo vestido con un uniforme negro impecable ya los esperaba en la entrada.

  —Buen día, jóvenes. Lord Hilloy los espera… en la cripta.

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