home

search

Capítulo 69: Cambios en la Magia

  Dimerian intentó pronunciar palabra alguna, pero un dolor lacerante le atravesaba la garganta cada vez que lo intentaba. Aun así, con el cuerpo roto y el alma en harapos, se irguió con dignidad, impulsado solo por la fuerza de su voluntad. Su voz, ronca y desgarrada, resonó como un eco sombrío que estremecía el corazón de quien la escuchara.

  —Yo… no quiero… seguir… así… —murmuró entre jadeos —No… no quiero… volver… a… sentirme… así… Quiero… vivir… con… la… cabeza… en alto… Yo… lucharé… lo… intentaré… pero… lo haré…

  Volvió a sentarse, exhausto. Cada palabra había sido una batalla, cada sílaba, un grito contenido que lo partía desde dentro. Pero ahí estaba, de pie en espíritu.

  Cáliban levantó una ceja, era claro que Dimerian estaba padeciendo algo, así que decidió preguntarle más tarde para ver qué era lo que lo martirizaba.

  Joseph, que había escuchado en silencio, se levantó con determinación. Su voz fue un trueno en la quietud del momento.

  —Yo también lucharé. No permitiré que ellos piensen que pueden venir aquí y hacer lo que les plazca. No son más que cobardes con uniforme, parásitos que creen que su estatus los hace intocables. ?Van a conocer lo que es la resistencia!

  Reinhard, cuya sangre ardía por el impulso de sus compa?eros, se levantó como si la misma tierra lo hubiese empujado.

  —?Yo también! ?No retrocederemos! ?Venceremos!

  Similia, siempre distante, los observó con una mezcla de incredulidad y respeto. Sabía que estaban locos, y aun así, algo en su interior se removió. No lo comprendía aún… pero lo sintió.

  Astrid, siempre reservada, se adelantó sin titubeos. Su fe no residía solamente en sus compa?eros; ella conocía los secretos que guardaba Cáliban. Sabía que había esperanza, aunque se escondiera tras un velo de oscuridad.

  —Yo también me uno… —dijo, con una firmeza serena.

  Astrid se situó junto a Cáliban, su brazo rozó apenas el suyo. Nhun, testigo silencioso de aquel gesto, frunció el ce?o.

  —Oh no… Cecilia, no tenemos que…

  Pero los ojos de Cecilia se tornaron oscuros, los celos se apoderaban de su corazón como una tormenta sin aviso. Se acercó al otro lado de Cáliban, decidida.

  —?Yo también lucharé!

  Nhun se pasó la mano por el rostro entre suspiros, resignada. Lo había visto venir desde lejos, pero no tenía otra opción.

  —También me uniré. —dijo con un tono apagado, como si aceptara un destino inevitable.

  Juliana saltó de la emoción. En su pecho no cabía el miedo, solo una euforia brillante por lo que estaba por venir. Ver a sus compa?eros alzarse uno a uno le arrancó una sonrisa valiente.

  Entonces, todas las miradas se volvieron hacia el trío restante. Catherine y Argos cruzaron una mirada silenciosa. Para sorpresa de todos, Catherine se adelantó con pasos elegantes y decididos, dirigiéndose hacia Cáliban.

  Su rostro era frío como el invierno y hermoso como un cristal de nieve. Pero bajo ese hielo, habitaba una sinceridad rara e inquebrantable. Esa honestidad, esa pureza en un mundo de máscaras, era lo que le había ganado el respeto de Cáliban.

  Catherine odiaba las mentiras. No es que no pudiera decirlas; simplemente se negaba a hacerlo.

  —Líder… ?Cree que podemos ganarles?

  Cáliban parpadeó, sorprendido por la pregunta. ?Podían realmente ganar? ?Había siquiera una posibilidad? La respuesta le pesó en la lengua como plomo.

  —No. Tal como estamos ahora… es un no rotundo.

  El silencio cayó como una losa. La atmósfera que antes rebosaba entusiasmo se rompió como cristal bajo un mazo invisible. El ánimo, que había subido con los juramentos, se desplomó de golpe.

  —No voy a mentirles. —continuó Cáliban, con una honestidad que caló hasta los huesos —No tenemos ninguna probabilidad de ganar. Ninguna. Pero… —respiró profundo, como si recogiera las brasas de la esperanza con sus propias manos desnudas —les prometo que aumentaremos esas probabilidades. Yo mismo me encargaré de ello… así que solo les pido algo. Si deciden participar en esta lucha, háganlo por ustedes mismos. No los obligaré.

  Nadie respondió. Nadie retrocedió. Sus palabras, crudas y sinceras, no destruyeron el ánimo del grupo, lo purificaron. Catherine fue la primera en romper el silencio, con una ligera sonrisa que iluminó su gélido rostro.

  —Ya veo… en ese caso, yo también lucharé.

  Argos y Similia cruzaron una mirada silenciosa. Para Catherine, la verdad era sagrada. Cualquiera podía prometer victorias imposibles, alimentar con mentiras dulces el deseo de vivir, pero eso no era valor. El verdadero coraje estaba en pelear incluso cuando el resultado es casi seguro. Porque incluso si hay un 0.01% de posibilidad… es una posibilidad. Y quienes pueden mirar al abismo sin temblar, sabiendo que todo está en contra, son quienes pueden torcer el destino.

  Catherine lo sabía bien. No tenía talento, ni fuerza. Pero tampoco estaba sola. Argos y Similia jamás la abandonaron.

  Argos se revolvió la melena, con un gru?ido resignado.

  —Está bien… si Cathe entra, yo también.

  Similia los miró a ambos. Suspiró, suave, casi con ternura, aunque en su exhalación se ocultaban frustraciones, miedos… y cari?o.

  —Ah… no pensé que fuera tan idiota… —dijo, esbozando una sonrisa que nadie supo si era resignación o afecto.

  Mientras tanto, la comida continuaba. Risas, bromas y anécdotas llovían. No era una celebración de victoria, sino de algo más íntimo y valioso. Por primera vez, eran un equipo. Incluso sabiendo que habían perdido, esos breves instantes de lucha compartida les habían dado algo cálido. Algo real.

  Desde la entrada de las escaleras, Elizabeth observaba. La luz en la terraza tenía un brillo suave, acogedor. Irradiaba una calma que a ella le era ajena. No se sentía parte de eso. Se giró para marcharse, buscando el refugio de su aislamiento.

  Pero una figura se cruzó en su camino. Sus ojos se clavaron en ella con una intensidad que no admitía evasivas.

  —Faltas tú.

  Elizabeth se detuvo, con el corazón latiéndole con fuerza. Suspiró antes de volverse.

  —Muy bonito tu discurso y todo eso, pero… no es para mí. Yo…

  —Te vi. —Elizabeth se quedó helada. Cáliban la interrumpió con una firmeza tranquila, sin elevar la voz —Vi tu lucha. Vi cómo no te quebraste, ni siquiera cuando tenías el peligro frente a la cara. No te dejaste influenciar. Eso… fue valiente.

  —Solo hice lo que pude, yo…

  Cáliban extendió la mano hacia ella, desde la penumbra, sin exigencias.

  —Te necesito, Elizabeth. No puedo con esto solo. Necesito que luches a mi lado.

  Sus palabras no fueron un grito, ni una orden, sino una súplica honesta. Elizabeth sintió cómo un rubor le subía por las mejillas. ?Era tan extra?o? No. No para Cáliban. Para él, la lealtad era el mayor tesoro de una persona. Y cuando Elizabeth decidió callar, incluso a sabiendas de que lo único que ganaría era dolor, se ganó su respeto… y su confianza.

  —Líder… eso no es… —balbuceó, pero sus ojos se cruzaron con los de él. No había una sola duda en su mirada. Solo convicción. Con un leve suspiro, se rindió ante su honestidad y sostuvo su mano con firmeza.

  —Ya que me lo pides así… supongo que no tengo de otra.

  Cáliban apretó su mano suavemente. Ambos subieron las escaleras en silencio, caminando juntos hacia la mesa donde los demás los esperaban. Aquella noche no era de estrategias ni de miedo, era para ellos. Era el primer instante de paz compartido entre todos.

  La velada se alargó, colmada de risas y voces cálidas. Juliana y Argos se enzarzaron en una guerra sin tregua por la comida, lanzándose gritos mientras se disputaban el último pedazo de pan. Reinhard y Astrid conversaban en voz baja sobre tácticas de combate, compartiendo ideas con miradas cómplices. Joseph, al borde del vómito, bebía jugo sin parar junto a Dimerian, que no dejaba de reírse con su vaso en alto. Catherine y Similia, relajadas como nunca, se burlaban mutuamente recordando su reciente pelea.

  Elizabeth, que siempre observaba desde la distancia, esta vez reía junto a ellas. Por su parte, Nhun no se separaba de su amiga, escuchándola con atención mientras está relataba con lujo de detalles su paseo… y su inesperada cita. El asombro de Nhun era tan auténtico que hizo reír a media mesa.

  Desde el fondo, Cáliban los miraba a todos. Una nostalgia antigua le anudó el pecho. Recordó las reuniones con su familia, cuando aún era humano… y también cuando ya no lo era. Siempre hubo gente que lo amó. Siempre hubo calor, aunque a veces no lo notara. Y por primera vez en mucho tiempo, sus heridas, profundas e invisibles, comenzaron a sanar. No habían ganado, pero no sentía que hubieran perdido. El calor de esa noche quedó tatuado en todos sus corazones.

  La celebración se extendió hasta la madrugada.

  Al amanecer, los miembros del grupo salieron al patio, listos para asistir a clases. El ánimo era alto… al menos, hasta que se encontraron con la cruda realidad. Quienes esperaban recibir, por fin, formación real en el arte del combate, chocaron con un muro de censura. Cada maestro estaba siendo vigilado por un evaluador enviado por la organización de Madame Lothrim.

  Apenas intentaban ense?ar algo mínimamente peligroso, los supervisores intervenían, cuestionando todo con un tono gélido y autoritario.

  Más tarde, mientras caminaban por el pasillo rumbo a la clase del profesor Truman, Cáliban observó con desazón el dominio que ejercían los guardias en la academia. Una red de control sutil pero asfixiante.

  —?Las clases serán así de ahora en adelante?

  Dimerian, que caminaba a su lado, asintió con fuerza, con una expresión de impotencia. Cáliban lo miró de reojo y bajó un poco la voz.

  —Oye… ahora tú. ?Por qué no has dicho una sola palabra desde que desperté?

  Reinhard intentó explicar lo sucedido, pero Cáliban levantó una mano, indicándole que se detuviera. Su mirada se dirigió entonces a Dimerian. él debía responder por sí mismo.

  Dimerian dio un paso al frente. Sus labios se movieron con esfuerzo, pero ningún sonido emergía de ellos. Aun así, Cáliban lo observaba con atención absoluta, como si cada gesto, cada peque?a vibración en los labios, le hablara directamente.

  —Así que… —comenzó Cáliban, tras unos segundos de silencio —te encontraste con una criatura extra?a en la mazmorra. Intentaste enfrentarte a ella, pero no pudiste asestarle ni un solo golpe. Lo último que recuerdas es que, cuando quisiste hablar, no pudiste… y tampoco puedes oír.

  —Espera… ?Le entendiste? —preguntó Joseph, confundido.

  —No. —respondió Cáliban con naturalidad —Solo sé leer los labios. Igual que Dimerian.

  Cáliban se llevó la mano a la barbilla, meditando sobre lo sucedido. Una breve pausa se formó antes de que a?adiera, con tono firme:

  —Bueno, parece que tendremos que ir a esa mazmorra más tarde.

  La clase había comenzado. El profesor Truman, con su porte relajado, se apoyaba contra su pupitre mientras intentaba explicar las recientes alteraciones en el flujo mágico.

  —El flujo de la magia se reserva en la mente. Este núcleo permite a los magos como nosotros usar nuestra capacidad mental para moldear las leyes del mundo. Por ejemplo, si yo me concentro lo suficiente, puedo crear fuego… mover objetos con la mente o invocar tempestades. Todo esto es porque podemos usar el flujo mágico conocido como maná. Con el cual podremos…

  Su voz, algo áspera pero elocuente, se elevaba por encima del murmullo disperso del aula… hasta que fue interrumpido.

  —Profesor…

  Una voz clara y refinada cortó el ambiente como una cuchilla. Truman suspiró con fastidio antes de girarse a mirar a la evaluadora.

  —?Sí, se?orita Ebrand? —respondió con evidente molestia.

  Loana Ebrand, una mujer de cabello casta?o, lentes y ropa administrativa. Se encontraba sentada elegantemente al fondo con una carpeta en manos, no levantó la vista de sus papeles. Mientras escribía con velocidad, habló con tono sereno pero inflexible.

  —No creo que sea eficaz impartir la clase de este modo. Considero que los estudiantes comprenderían mejor si observaran esta teoría en práctica.

  Truman frunció el ce?o, irritado.

  —Pero usted me dijo que no debía…

  —Me retracto. —lo interrumpió, alzando ligeramente la voz —Le ruego que imparta su clase como lo haría normalmente.

  El profesor alzó una ceja, incrédulo.

  —?Esto es una broma?

  —No. —dijo ella, por primera vez mirándolo directamente —Me disculpo por mis comentarios anteriores. Ense?e a los estudiantes como considere mejor.

  Ebrand se acomodó con elegancia las gafas y, sin esfuerzo aparente, desvió la mirada… directamente hacia Cáliban. él, sin prestarle atención, caminó hacia su lugar junto a sus compa?eros y tomó asiento sin cambiar la expresión de su rostro.

  ?Así que es él…? —pensó Loana.

  La noche anterior, Loana Ebrand trabajaba como de costumbre. Su escritorio, siempre perfectamente ordenado, estaba cubierto de documentos que revisaba con eficiencia. Como secretaria y discípula personal de Madame Lothrim, cada decisión, cada letra escrita, tenía peso político dentro de la organización.

  La tranquilidad de la noche, iluminada por la luz tenue de las lámparas mágicas, le ofrecía el espacio perfecto para concentrarse… hasta que algo perturbó su rutina.

  Escucho gritos. Lejanos y agudos. Provenientes de los pasillos.

  Dejó lentamente su pluma sobre la mesa. Sus dedos se entrelazaron sobre el papel, y sus ojos, tras los cristales de sus gafas, se entornaron con interés.

  —?Abuela! ??Por qué accediste a la apuesta?! ?Esto era entre él y yo!

  Los gritos de Alec rebotaban por el pasillo como ecos descontrolados. Madame Lothrim, imperturbable, caminaba con paso firme rumbo a su despacho. No respondió. Su mente estaba lejos de allí, invadida por dudas, por pensamientos que no terminaban de encajar.

  Al pasar junto al escritorio de Loana, justo frente a la puerta de su oficina, se detuvo un segundo y habló sin mirarla:

  —Loana, ven conmigo un momento.

  Luego giró lentamente hacia su nieto. Sus ojos, oscuros como la tormenta, lo atravesaron con desprecio contenido.

  —Y tú… tienes terminantemente prohibido involucrarte en asuntos políticos o policiales hasta el final del a?o.

  —Pero yo solo-

  —Silencio. —La frialdad de su tono paralizó el aire —Tus acciones han sido decepcionantes. No te crié para que fueras un ni?o mimado que actúa por capricho. Estamos aquí para restaurar la justicia, para limpiar el nombre de la organización… no para pisotear las reglas y comportarnos como tiranos.

  Alec intentó protestar, pero no encontró palabras. Madame se inclinó apenas hacia él.

  —Esta vez no quedarás impune. Si vuelves a involucrarte sin mi permiso o conocimiento, serás tratado como un criminal cualquiera. Serás encarcelado y juzgado. ?Lo entiendes?

  Su nieto asintió, pálido. No le quedaba otra opción.

  —Bien. Retírate.

  Alec se marchó con los pu?os apretados y la rabia temblándole en los ojos. Loana, siempre serena, acompa?ó a Madame Lothrim dentro del despacho, cerrando la puerta con suavidad tras de sí.

  —Se?ora… ?Qué ha sucedido? —preguntó, notando algo que rara vez presenciaba en su maestra… vulnerabilidad.

  Madame Lothrim caminaba de un lado a otro, mordiéndose la u?a del pulgar. Su andar era errático y su respiración entrecortada. Murmuraba frases inconexas, palabras sueltas, como si estuviera atrapada en un laberinto mental. Era la primera vez que Loana la veía así.

  Después de unos minutos, la mujer se dejó caer sobre el sillón de su escritorio. Soltó un largo suspiro, cerrando los ojos para encontrar un poco de calma.

  —Loana… necesito tu ayuda.

  La secretaria, siempre impecable, se ajustó los lentes con elegancia y dio un paso adelante.

  Did you know this story is from Royal Road? Read the official version for free and support the author.

  —Lo que necesite, mi se?ora.

  La voz de Madame temblaba levemente, y aunque Loana no solía dejarse llevar por la curiosidad, esta vez no pudo evitarlo. ?Qué podía haberla alterado tanto?

  —Alec ha manchado nuestra imagen. Había preparado un equipo para evaluar el comportamiento de las hijas de mis discípulas pero Alec tomó su lugar y libró una batalla penosa. Su comportamiento fue un golpe directo a la credibilidad que tanto hemos luchado por recuperar.

  Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio, y miró a Loana con intensidad.

  —Necesito que tú seas el rostro visible de la organización. Quiero que te muestres firme, brillante… devota de la justicia. Sé una figura impecable. Que todos te vean. Que todos te escuchen.

  Loana se sintió algo intimidada por las palabras de su maestra. Aun así, asintió.

  —Entiendo.

  —Y hay algo más…

  Loana se mantuvo en silencio, pero sus sentidos se agudizaron.

  —Debido a cierto incidente… mi plan de acercarme a un individuo en particular se ha frustrado. Quería invitarlo a una conversación privada, pero ya no es posible… por ahora, necesito que te acerques tú. Busca una oportunidad, la que sea. Gánate su confianza.

  —?Quién es? —preguntó Loana, dispuesta a acatar la orden.

  —Su nombre es Mika'el Cáliban.

  El nombre flotó en el aire como un secreto revelado.

  —Haz lo que sea necesario. Pero necesito hablar con él… no importa cómo.

  Loana no comprendía del todo la petición de su se?ora. Acercarse a un desconocido, ganarse su confianza… ?Por qué alguien como Madame Lothrim necesitaba intermediarios? Sin embargo, no era su lugar cuestionarla. Sus órdenes eran claras, y ella las cumpliría sin titubear.

  De vuelta en la clase, el profesor Truman guió al grupo a través de un corredor de piedra antigua en la torre, hasta detenerse frente a una puerta de acero encantado. Al abrirla, reveló una sala inmensa, como una plataforma abierta tallada en la cima de una monta?a. Desde ahí, el cielo parecía al alcance de la mano. El viento silbaba suavemente y una energía mágica pulsaba en el ambiente. Era el lugar ideal para entrenar.

  Mientras los estudiantes hacían fila para entrar, Loana se acercó a Cáliban, con paso firme pero sin arrogancia.

  —Mucho gusto… ?Tú eres Mika’el?

  —Llámame Cáliban. No uses mi nombre. —Su voz fue seca, dura como una piedra. El hartazgo se notaba en cada palabra. Estaba cansado de lidiar con los emisarios de la organización.

  —Mis disculpas… —respondió ella, bajando la mirada con una cortesía perfectamente medida.

  El grupo cruzó la entrada poco a poco. Loana, aún sin saber cómo continuar, prefirió guardar silencio. Las palabras no siempre eran útiles, y Cáliban no parecía dispuesto a escucharlas.

  —Vaya, líder… eres bastante popular con las damas. —comentó Astrid en tono burlón, alzando una ceja con diversión.

  —?Ya pusiste tus garras en otra mujer? Qué descarado… —a?adió Elizabeth, fingiendo molestia, aunque sus ojos la delataban.

  Reinhard se acercó, murmurando apenas.

  —?La conoces?

  —No… pero me resulta familiar. Creo haberla visto en algún periódico.

  Joseph intervino, con expresión sombría.

  —Se llama Loana… es la prima mayor de Alec.

  —?Y tú cómo lo sabes?

  —Fue mi entrevistadora. —gru?ó Joseph, frunciendo el ce?o —Cuando me tocó el interrogatorio, no me dio respiro. Preguntas frías, directas y sin compasión. Cortaba mis respuestas a cada momento... —Joseph suspiró, cansado —esos dos están mal de la cabeza, en serio.

  —Mientras no se meta conmigo, no pienso prestarle atención. —zanjó Reinhard.

  En ese momento, el profesor Truman flotó lentamente al centro del pedestal, con su habitual aura de indiferencia y poder discreto. Se aclaró la garganta, llamando la atención de todos.

  —Bien, retomando el tema anterior. Los cambios en el flujo del maná pueden alterar de manera drástica el comportamiento de los hechizos.

  Alzó su mano derecha con naturalidad. De sus dedos emplumados brotó una esfera ígnea. En un instante, una poderosa bola de fuego surcó el aire y alcanzó un mu?eco de prueba al otro extremo de la sala. El impacto fue brutal. Las llamas lo devoraron en cuestión de segundos.

  —El hechizo “Augue” —explicó con calma —proyecta una bola de fuego de largo alcance, ideal para ataques de área. Pero… ?Qué ocurre si interrumpimos el flujo de maná a la mitad?

  Hizo una pausa. Todos lo observaban con atención.

  —Observen…

  El profesor Truman extendió su mano una vez más. Esta vez, detuvo el flujo del maná apenas unos instantes antes de que el hechizo se completara. El resultado fue inmediato, en lugar de una bola de fuego, una lluvia de fragmentos ígneos estalló desde su palma, como perdigones ardientes disparados en abanico. Los estudiantes se quedaron boquiabiertos ante la demostración.

  —Como pueden ver… —dijo el profesor, girando en el aire lentamente mientras flotaba sobre el grupo —al interrumpir el flujo de maná en un punto específico, el hechizo no solo falla… se transforma. Lo importante no es el fallo en sí, sino cómo ocurre. De un error puede nacer una nueva forma de conjuro. Así se forja el mundo de la magia, con ensayo, error y descubrimiento.

  Se detuvo un momento, clavando la mirada en su clase.

  —Ustedes pueden crear los hechizos que deseen. Sigan el flujo. Fállenlo. Obsérvenlo. Aprendan de él y compréndanlo.

  Bajó lentamente hasta quedar a su altura.

  —Ahora, formen grupos de tres. Uno atacará, otro defenderá, y el tercero observará el comportamiento mágico de ambos. Su meta será implementar su propia versión del misil mágico. Cuanto terminen, elaboren una conclusión y entreguen un ensayo a final de semana.

  Los alumnos comenzaron a moverse de inmediato, formando tríos aquí y allá por el santuario. Cáliban se unió a sus compa?eros, Reinhard y Joseph, tomando una posición cercana al borde del campo.

  Loana los observaba desde una distancia prudente. Su presencia era discreta pero tensa, como una sombra que no desaparece aunque no haga nada. Mientras ajustaba sus lentes, el profesor Truman descendió hacia ellos, curioso.

  —Me pregunto… ?Qué me mostrarás esta vez, joven Cáliban?

  —Profesor… tiene otros alumnos a los que observar.

  —Sí, sí… pero ninguno tan interesante como tú. —Truman sonrió, girando su bastón entre los dedos —Desde que la se?orita Ebrand llegó, no he podido impartir una clase real. Aparentemente, mi forma de ense?anza es burda y barbárica. Según sus palabras. Por eso, el director me retiró la autoridad de clase. Ahora ella decide, yo solo… floto y hablo. Ya sabes, toda esa retórica de guiar a los jóvenes del futuro… bla, bla, bla…

  —Sí… parece que esa organización solo vino aquí a arruinarle la vida a todos, en vez de arreglar su propio desastre. —comentó Cáliban, sin levantar la voz pero con filo en cada palabra.

  La frase alcanzó los oídos de Loana. Se mantuvo inmóvil, serena en apariencia, pero el golpe fue real. No podía contradecirlo. Había sido implacable con Truman, reprimiendo su método y ganándose el rechazo de alumnos y maestros. El ambiente en clase se volvió denso e incómodo. Al menos, hasta hoy.

  ?Maestra… esto será difícil…?

  —Bueno, como sea. —suspiró Truman, dejando de lado su bastón un momento —?Vamos! ?Muéstrenme algo! ?Me estoy aburriendo!

  Cáliban alzó una ceja.

  —Ya que usted quiere ver algo… ?Por qué no nos propone un hechizo como referencia?

  El profesor se acarició la diminuta barbilla con teatralidad. Aunque deseaba ense?arles algo más avanzado, sabía que otro paso en falso le costaría otra reprimenda… o algo peor.

  —?Ya sé! —exclamó con aire resignado —Usen “Misil Mágico”. Supongo que al menos podrán manejar algo tan básico.

  —Muy bien… —Cáliban miró a sus compa?eros —?Quién quiere ir primero?

  Reinhard alzó la mano antes de que Joseph pudiera responder, una chispa de emoción en sus ojos.

  —Yo disparo. Tú resistes.

  Cáliban asintió y dio un paso al frente, tomando la posición de defensa.

  —?Qué debería intentar? —preguntó Reinhard, algo dudoso.

  —Usa tu imaginación. —respondió Cáliban sin vacilar —Yo detendré lo que sea que lances.

  Loana los observaba desde una corta distancia, con los brazos cruzados y su semblante inmutable. Por dentro, sin embargo, no podía evitar sentir un poco de lástima. La seguridad con la que hablaban ambos… ?Era confianza o arrogancia? Aún no comprendía por qué su maestra deseaba tanto la atención de ese joven. Se limitó a observar, sin permitir que sus pensamientos guiarán sus acciones.

  —Hmm… ?Qué debería hacer…? —Reinhard murmuraba para sí mismo, frustrado.

  No era tan imaginativo como Dimerian ni tan impulsivo como Joseph, y se le notaba. Al final, giró hacia su líder con una súplica implícita.

  —?Líder? ?Alguna idea?

  Cáliban negó con lentitud.

  —Piénsalo tú mismo. En el campo de batalla, no tendrás tiempo para preguntar. Tendrás que improvisar. Pero si quieres una pista… empieza con lo más básico. Cierra los ojos, escucha las palabras Misil Mágico… y deja que tu mente cree algo a partir de eso.

  El profesor Truman, aún flotando cerca, asintió con interés.

  —Buen consejo. —comentó con una sonrisa torcida.

  —Misil mágico… misil mágico… —Reinhard repitió las palabras como un mantra, buscando inspiración.

  Finalmente, apuntó con su dedo índice, concentrando una peque?a esfera de energía comprimida en la punta. Sus ojos se abrieron de golpe.

  —?Bullet!

  Una ráfaga diminuta, brillante y veloz, salió disparada. No tenía el tama?o ni el peso de un misil, pero era tan rápida que el aire silbó a su paso.

  Cáliban reaccionó al instante. En lugar de levantar un escudo convencional, extendió la mano hacia el suelo. De la tierra comenzó a emerger una barrera semitransparente, gelatinosa, con reflejos azulados. La bala mágica impactó contra ella… y fue rechazada con un leve destello, como si la barrera hubiera absorbido y desviado su fuerza en un solo movimiento fluido.

  Loana, al ver la escena, mantuvo su rostro impasible. No se dejó impresionar. Para ella, la técnica de Reinhard era aún débil. Esa “bala” no habría atravesado ni un escudo básico. Pero Truman… pensaba distinto. Sus ojos analizaban todo con precisión, como si leyera las intenciones detrás de cada conjuro.

  —Pareció que fue algo débil…

  —Al contrario. —corrigió Cáliban, girándose hacia su compa?ero —Fue un buen comienzo. El concepto de reemplazar un misil por una bala es válido. Pero ahora… piensa: ?Cómo lo haces más fuerte?

  —?Más maná? —preguntó Reinhard, titubeando.

  Cáliban lo miró con una expresión que era casi una sonrisa.

  —?Eso es lo único que se te ocurre?

  Reinhard frunció el ce?o. Miró su dedo, volvió a conjurar la peque?a energía, la estudió. Pensó en el proyectil, no como una simple ráfaga, sino como un dise?o que podía modificar.

  Unos segundos después, sus ojos brillaron con una idea.

  —?Tengo una idea! ?Podemos intentarlo otra vez? —exclamó Reinhard, con sus ojos brillando de emoción.

  Cáliban asintió y alzó su escudo una vez más. La superficie gelatinosa emergió del suelo, vibrando levemente con energía mágica.

  Reinhard apuntó con decisión. Esta vez, una ráfaga de maná condensado surgió de su mano, envuelta en una fuerza rotatoria intensa. El proyectil giró velozmente, como una broca mágica, y se incrustó en el escudo de forma inmediata. La energía no se disipó, sino que permaneció girando dentro del escudo, atrapada como un insecto en ámbar líquido.

  —Interesante, jovencito… —comentó el profesor Truman, flotando más cerca —Le diste fuerza giratoria al maná, lo que le permitió atravesar parte de la barrera. Muy bien ambos.

  Reinhard se acercó a su líder, fascinado.

  —?Qué escudo es este? Mi hechizo ni siquiera pudo romperlo…

  —Digamos que… es un material diferente. —respondió Cáliban con calma —Una vez conocí un líquido muy peculiar. Cambiaba su viscosidad dependiendo de la fuerza que recibía. Cuando era golpeado, se endurecía, y al estar en calma, era flexible. Me pareció una propiedad útil… así que intenté replicarla mágicamente. El resultado es este escudo.

  —Un líquido con ambas propiedades… eso lo escuché una vez en alquimia. —dijo Reinhard, rascándose la nuca —Nunca imaginé que pudiera aplicarse a un conjuro defensivo.

  —Interesante… —a?adió Truman, sin quitar la vista de la superficie que lentamente comenzaba a estabilizarse —Muy, muy interesante…

  Joseph tomó su posición lentamente. Su cuerpo cargaba se?ales de agotamiento. Ojeras marcadas, piel opaca, y una tensión persistente en sus hombros. El profesor lo notó de inmediato.

  —?Se encuentra bien, joven Sephir?

  —?Sí! Sí… estoy bien, profesor… solo… no he dormido mucho. Nada grave.

  Truman entrecerró los ojos. No creyó ni una palabra, pero tampoco era su papel forzar la confesión.

  —Bien… en ese caso, continúe. Es su turno.

  Joseph asintió, aunque con cierta torpeza. Trató de enfocarse, pero las voces… las voces no cesaban.

  Peque?os susurros, agudos y discordantes, reptaban por su mente como serpientes entre hojas secas. últimamente, las pesadillas se repetían. Cerró los ojos, pero no encontró paz.

  Su mano tembló al alzarse. Buscaba una idea, una chispa, algo… pero las voces no lo dejaban pensar. Hasta que, de pronto, una voz más fuerte lo sacudió.

  —?Joseph! —la voz de Cáliban retumbó con autoridad —Concéntrate… respira. Tú tienes el control. No al revés.

  Truman y Loana se miraron confundidos. No entendían a qué se refería Cáliban, pero Joseph sí. Sus palabras le llegaron como un ancla en medio del mar revuelto. Respiró hondo. Se dejó llevar. No pensó, solo actuó.

  De su mano surgieron tres misiles mágicos, pálidos pero estables, que volaron en línea recta… y se adhirieron al escudo de Cáliban sin detonación, sin impacto, sin sonido. Quedaron allí, vibrando levemente, como si se hubieran rendido.

  Loana, al fondo, suspiró con pesar.

  —Bueno… no todos tienen el mismo talento. —murmuró.

  Pero para sorpresa de todos, el único que no bajó la guardia fue Cáliban. Se mantuvo erguido, atento, con la vista fija en los misiles aún adheridos a su escudo. Un instante después, tres explosiones consecutivas sacudieron el aire, levantando una nube de polvo que envolvió la plataforma en un velo denso y cegador.

  —?Cáliban! —gritó Joseph, corriendo hacia el punto del impacto —?Lo siento! ?No quería-!

  Una mano emergió del polvo y le dio un leve golpe en la frente. Joseph se detuvo en seco, perplejo. Cáliban apareció entre las nubes, completamente ileso, aunque su escudo estaba hecho pedazos.

  —No es de mí de quien deberías preocuparte. —dijo con calma, observando los restos flotantes del conjuro defensivo —Fue bastante impresionante. Bien hecho.

  El profesor Truman agitó su bastón, haciendo que una ráfaga de viento dispersara el polvo restante. Al observar los fragmentos del escudo destrozado, sus ojos se afinaron, y comenzó a analizar con voz entusiasta:

  —Acumulaste maná en cada misil… pero no de forma directa. Invertiste el flujo, creaste una especie de reloj interno. Cuando los flujos se alinearon otra vez, se activó un pulso que detonó en una explosión de área… ?impresionante! Sublime, joven Sephir. Realmente brillante.

  Los aplausos del profesor resonaron en el aire, llamando la atención de los alumnos.

  Fue entonces cuando Loana se acercó, cruzando la sala con paso elegante. Su sonrisa parecía cordial, pero el matiz en sus palabras la traicionaba.

  —?Impresionante! Realmente impresionante. —Aplaudió suavemente —?Les molesta si me uno?

  Cáliban la observó con frialdad. Algo en su tono no le gustaba, y su instinto rara vez fallaba.

  —Bueno, tú eres la jefa de la clase, ?No? —dijo el profesor sin emoción —Incluso si no quisiéramos… no podríamos impedirlo.

  Loana forzó una sonrisa educada, aunque sus ojos revelaban un leve tic de irritación.

  —Gracias, profesor Truman, por su comentario tan… técnico. En fin… joven Cáliban, ?Le importaría si lo pongo a prueba?

  Cáliban suspiró. Ya conocía ese tono. El tipo de juego barato disfrazado de autoridad.

  —Si eso es lo que quiere… adelante.

  —?Perfecto! —dijo ella, dando un paso atrás con gracia —Haremos dos rondas. En una, yo atacaré. En la otra, defenderé. ?Te parece justo?

  Cáliban asintió, aunque su expresión claramente gritaba que preferiría estar en cualquier otro sitio.

  Ambos tomaron posiciones. Loana se colocó al extremo opuesto del campo, elevando su dedo al cielo. Murmuró un cántico apenas audible, pero el profesor Truman alcanzó a distinguir el núcleo del conjuro.

  —No… —murmuró con alarma —?Espere!

  Pero fue demasiado tarde.

  Una bengala mágica salió disparada hacia el cielo. Al alcanzar su punto máximo, estalló, generando una lluvia de destellos azulados que se arremolinaban con precisión hacia Cáliban. El hechizo, complejo y visualmente hermoso, no era para lucirse, era un ataque real.

  Truman estuvo a punto de intervenir. Pero algo lo detuvo. La expresión de Cáliban no era de alarma, ni siquiera de tensión. Era concentración absoluta. Confió en su instinto… y no intercedió.

  En el último segundo, Cáliban extendió su mano. Un peque?o sol azul, condensado y perfecto, surgió de su palma. Al instante, generó un campo gravitatorio que absorbió cada una de las balas ígneas, atrapándolas en un vórtice de rotación mágica.

  Loana, por primera vez en la clase, se quedó sin palabras.

  Antes de que pudiera reaccionar, el núcleo azul comenzó a girar violentamente, redirigiendo toda la energía acumulada hacia su punto de origen.

  Las balas mágicas fueron devueltas.

  Loana apenas tuvo tiempo de alzar un escudo de piedra. La ráfaga de perdigones azules impactó con furia, haciendo retumbar el suelo bajo sus pies. Su defensa aguantó, pero el golpe fue contundente.

  El profesor Truman estalló en carcajadas, aleteando su bastón como si presenciara un espectáculo de teatro mágico.

  —?Por los mil vientos! ?Esto sí es una clase! —gritó, riendo con deleite —?Bravo!

  —??Qué?! ??Cómo hiciste eso?!

  Cáliban alzó los hombros con desinterés.

  —No lo sé… solo desvié tu ataque.

  Loana abrió la boca para responder, pero no encontró palabras. Su mente bullía con preguntas sobre aquel orbe gravitatorio que había neutralizado su hechizo con tal facilidad, pero las miradas pesaban demasiado. Toda la clase había detenido sus prácticas; cada alumno observaba la escena en silencio expectante. Tragó saliva.

  —B-bien… —forzó una sonrisa —Es mi turno. Lo hiciste bien.

  Cáliban suspiró mientras intercambiaban posiciones. No le apetecía seguir con aquella farsa, pero tampoco podía negarse abiertamente. Aun así, no pensaba mostrar sus mejores cartas frente a alguien que consideraba una posible enemiga. Si iba a responder, lo haría con una réplica. Exacta… pero mejorada.

  Concentró su maná en el dedo índice, elevándolo al cielo tal como Loana lo había hecho. La bengala azul estalló en lo alto, creando una lluvia de proyectiles mágicos que descendían con velocidad.

  Loana sonrió. Su escudo ya estaba preparado.

  ?El mismo hechizo no funcionará dos veces.? —pensó.

  Pero se equivocó.

  Los perdigones no cayeron desorganizados como los suyos. Esta vez, giraban violentamente, reconfigurándose en pleno descenso. Tomaron formación hasta fusionarse en una gigantesca flecha hecha de proyectiles, cada uno rotando sobre su propio eje, formada por múltiples esferas de maná en rotación cruzada.

  El impacto fue brutal.

  Su escudo de piedra estalló en mil pedazos. Loana apenas tuvo tiempo de apartarse. Rodó por el suelo, el viento mágico rugió, desordenándole el cabello y dejándole una fina capa de polvo sobre la ropa.

  —?No crees que te pasaste un poco? —susurró Reinhard, lanzando una mirada de lástima hacia la encargada caída.

  El profesor Truman descendió flotando, con una sonrisa amplia en el rostro.

  —?Tranquilos! ?No hay de qué preocuparse! Después de todo, los miembros de su prestigiosa organización están entrenados para afrontar cualquier tipo de situación, ?No es así, encargada?

  Loana se levantó de un salto, con el rostro encendido por la vergüenza. Sacudió su uniforme con movimientos rápidos y forzó una expresión neutral.

  —Tiene razón, profesor. Fue solo… la sorpresa del ataque de su estudiante. —Se aclaró la garganta —Lo hiciste bien, joven Cáliban. No esperaba tal desenlace. Te aplaudo por tu gran imaginación.

  Intentó recomponerse. Dio un paso hacia él para poder hablar más de cerca.

  —Por cierto, me gustaría hablar-

  Dong.

  De repente, el reloj resonó con fuerza en la sala, marcando el final de la jornada.

  —?Ah! ?Es cierto! —Cáliban se volvió rápidamente hacia su grupo —?Tenemos que hacer algo!

  Sus ojos se posaron en las cuatro chicas al fondo.

  —?Nhun, Cecilia, Astrid, Elizabeth! ?Vayan por Juliana! ?Nos vemos en el Emporio más tarde!

  Sin esperar respuesta, giró sobre sus talones y salió del aula junto a sus amigos. Loana se quedó inmóvil, mirando cómo se alejaban, sin recibir una sola palabra, sin que nadie se dignara siquiera a despedirse.

  Rechazada. Esa fue la palabra que le cruzó por la mente, y el sabor que le dejó fue amargo.

  Mientras corrían por los pasillos, Joseph lanzó la inevitable pregunta:

  —?Por qué estamos corriendo?

  —Para evitar a la encargada. —resopló Cáliban, sin disminuir el ritmo —No tengo tiempo para tratar con las estupideces de los Lothrim ahora.

  —?Y qué vamos a hacer? —preguntó Reinhard, acelerando el paso.

  —Iremos a buscar a Dimerian. Tenemos que llevarlo a la mazmorra. Luego… pasaremos por el Emporio. Hay cosas que necesitamos conseguir.

  El grupo asintió, comprendiendo la urgencia oculta en la voz de su líder.

Recommended Popular Novels