Dimerian se levantó de su cama mientras se frotaba los ojos. No estaba acostumbrado a trasnochar, por lo que seguía algo somnoliento. Al salir de la habitación, notó el tic-tac constante del reloj en la pared; eran cerca de las cinco de la tarde. Apoyándose sobre las vigas de madera pulida, contempló el vacío silencioso de la mansión.
?Vaya… supongo que nadie se ha levantado todavía… bueno, es normal, estuvimos despiertos hasta las diez de la ma?ana…?
Un sonido rompió la tranquilidad. Desde el fondo, un bostezo resonó seguido del suave roce de las escamas de su cola. Reinhard, con sus escamas azuladas aún somnolientas, regresaba de la cocina con un vaso de agua en la mano. Al cruzarse con la mirada de Dimerian, le saludó con un gesto perezoso y una leve sonrisa.
—?Llevas mucho despierto? —preguntó Dimerian, intentando despejar su visión.
—No… —Reinhard bostezó con fuerza —acabo de levantarme, tenía sed y…
El sonido de pasos interrumpió la conversación. Ambos giraron hacia la ventana. Afuera, Joseph intentaba correr, aunque su andar era tambaleante y su rostro evidenciaba un cansancio extremo. Dimerian frunció el ce?o y, sin apartar la vista, lanzó la pregunta:
—?Sabes por qué está así, verdad?
—Es… complicado… —titubeó Reinhard.
—Descomplicalo. —Nhun apareció de pronto, cruzando los brazos mientras salía de su habitación y los miraba con un aire inquisitivo.
Un bostezo distinto llenó el aire. Cecilia, con el cabello despeinado y los ojos entrecerrados, se acercó al grupo tras percatarse de la creciente tensión. Antes de que alguien dijera algo, Astrid irrumpió por la puerta principal, limpiándose el sudor tras lo que parecía un entrenamiento intenso. Al ver la reunión improvisada en el segundo piso, decidió unirse con pasos firmes.
—?Qué es todo este ruido? No puedo concentrarme en mi libro… —Elizabeth apareció con un libro bajo el brazo, su tono de reproche era evidente mientras subía las escaleras desde el primer piso..
Nhun, sin siquiera mirarla, ordenó con un gesto altivo:
—Chupasangre, ve por el gorila. Ella también querrá escuchar esto.
Elizabeth resopló de irritación, pero obedeció. Mientras caminaba, murmuraba maldiciones dirigidas al elfo. Llegó hasta la habitación de Juliana, empujando la puerta sin mucho cuidado. La escena que encontró no le sorprendió. Plantas trepaban las paredes del cuarto, frutas estaban desparramadas por el suelo, y un olor húmedo impregnaba el aire. En el centro, Juliana roncaba, medio colgando de una hamaca improvisada.
—"Gorila", ?Eh? —murmuró Elizabeth mientras intentaba despertarla. Tras algunos intentos, Juliana abrió los ojos y bostezó con fuerza, incorporándose de manera torpe.
Momentos después, ambas regresaron al grupo. Elizabeth, cruzando los brazos con impaciencia, lanzó un comentario mordaz:
—Aquí está tu "chango".
—?Qué yo qué? —intentó decir Juliana entre bostezos, todavía aturdida.
—Lo siento, no puedo decirles. —respondió Reinhard, levantando las manos en se?al de rendición, su tono era tranquilo pero firme.
—Agh… ?Por qué no? —refunfu?ó Nhun, cruzando los brazos con visible molestia —Ya hemos recibido la marca de Cáliban, ?No sería justo que al menos nos dijeras algo?
Reinhard bajó la mirada, buscando las palabras adecuadas. Sin embargo, Joseph interrumpió la tensión al entrar en la sala. Su caminar era pesado y su piel, pálida y sudorosa, parecía desgastada, como si acabara de escapar de una tormenta. Joseph tomó asiento en un sillón cercano, secándose la frente con un pa?uelo mientras observaba con cansancio la pila de libros frente a él.
—Porque es un buen amigo.
El comentario dejó a todos en silencio. Incluso Nhun, quien solía responder al instante, tardó en reaccionar. Pero no pudo evitar insistir, esta vez cargada de una pizca de preocupación:
—?Por qué no quieres decirnos? —preguntó con un atisbo de compasión en su mirada —Si te pasa algo malo, podrías morir. ?No quieres que te ayudemos?
Joseph sonrió con amargura, una sonrisa que parecía pesar más que cualquier palabra. ?Ayudarlo? Ni siquiera el ser más sabio y poderoso del mundo había podido hacerlo. Con una resignación silenciosa, se levantó.
—Tengo que irme… la profesora Sill me espera. No quiero llegar tarde.
Y sin más, salió de la sala. Sus compa?eros lo observaron partir en silencio, algunos con desdén, otros con pena, pero todos compartían la misma pregunta: ?Cómo podrían ayudarlo? Antes de que alguien rompiera el silencio, Reinhard también se puso de pie, su postura era tranquila.
—Sea lo que sea lo que le ocurre… tiene que enfrentarlo solo. Déjenlo en paz.
—Pero… —intentó refutar Nhun.
Reinhard negó con la cabeza.
—Todos tenemos nuestra propia historia, Nhun. No esperes que todos estén dispuestos a compartirla.
Dicho esto, Reinhard abandonó la sala para volver a su entrenamiento, sin mirar atrás. Dimerian, todavía perplejo por la seriedad del asunto, decidió que no podía quedarse sin hacer nada. Se levantó y, sin decir palabra, se dirigió hacia la entrada.
—?A dónde vas? —preguntó Astrid, alcanzándolo rápidamente.
—Voy al Emporio. Necesito respuestas del líder.
—Voy contigo.
Dimerian suspiró, consciente de que discutir con ella era inútil.
Nhun, mientras tanto, seguía inquieta. Su mente daba vueltas al enigma de Joseph, y no estaba dispuesta a dejarlo pasar. Se dirigió apresuradamente a su habitación, decidida a encontrar algo que la ayudara a entender lo que ocurría. Cecilia, preocupada por las impulsivas decisiones de su amiga, la siguió de cerca para evitar que cometiera algún error.
Elizabeth y Juliana intercambiaron miradas. Una, cansada del drama, regresó a su habitación para seguir durmiendo. La otra, en cambio, se quedó en la sala, retomando su lectura mientras el eco de los pasos de los demás se desvanecía.
Dimerian y Astrid caminaban por las calles de la ciudad, atentos a cualquier se?al. Aunque trataban de mantener la calma, sus sentidos estaban alerta; incluso las miradas aparentemente inocentes de los estudiantes que pasaban parecían sospechosas.
—?Has oído las noticias de la Casa de los Sabios? —preguntó Astrid, rompiendo el silencio sin apartar la vista del camino.
—?Qué pasa con eso? —preguntó Dimerian, intrigado.
—Los rumores dicen que están en completo desastre. La organización y los puntos están tan mal que muchos creen que este a?o quedarán en último lugar en la ceremonia anual de premios… —respondió Astrid, con un tono casi burlón.
—?No estaba la profesora Rain encargándose del asunto? —Dimerian alzó una ceja, intentando recordar.
—?Crees que puede arreglar meses de errores en uno solo? Incluso para una maga de alto calibre como ella, eso sería imposible… —dijo Astrid mientras ajustaba ligeramente la máscara que cubría parte de su rostro.
Dimerian la observó con curiosidad.
—?Es molesto?... hablo de esa máscara.
—A veces… —confesó Astrid —La magia que tiene impregnada puede picar un poco. Es un efecto secundario.
—?Por qué no le preguntas al líder? Tal vez pueda crear una máscara mejor para ti.
Astrid suspiró, resignada.
—Ya lo hice. Pero me dijo: “No puedo meterme en ese asunto hasta determinar la naturaleza de la maldición” —dijo, imitando con exageración el tono solemne de Cáliban.
Ambos rieron, aligerando el ambiente mientras se acercaban al Emporio. Desde afuera podían escucharse los martilleos incesantes del taller. Dentro, el maestro herrero alzaba una delgada pieza de plata cuya forma asemejaba la rama de un árbol.
—Este es el último… —murmuró aliviado, secándose el sudor de la frente mientras contemplaba su obra. Al girarse para mirar el reloj, se sorprendió —?Vaya! Cómo pasa el tiempo…
Bardrim, sin perder un momento, se acercó a la mesa donde Cáliban tallaba grabados rúnicos en una pieza de cobre del mismo grosor. Con peque?os golpes de martillo, las líneas grabadas en la superficie comenzaban a conectar glifos en un intrincado dise?o que parecía fluir con una armonía natural.
—Entonces… —interrumpió Bardrim mientras colocaba la pieza de plata sobre la mesa con extremo cuidado —estas “antenas” están hechas para impulsar el poder en esa formación extra?a, ?No es así?
Cáliban asintió, sin apartar los ojos de su trabajo.
—Y… ?Pueden usarse como motor para impulsar otras cosas? —preguntó Bardrim, intentando disimular el interés en su voz.
Cáliban hizo una pausa breve antes de responder con un tono calmado:
—No. Por sí solas no pueden funcionar. Necesitan la combinación correcta de runas para que actúen como receptoras de energía. Solo así pueden transmitirla y recargarla por sí mismas. Cada detalle del tallado debe ser preciso; de lo contrario, lo único que tendrás es una varilla decorativa.
Bardrim asintió lentamente, procesando la explicación. La dedicación de Cáliban a su trabajo era evidente, y su mirada concentrada dejaba claro que cualquier error sería inaceptable.
Mientras tanto, Dimerian y Astrid se asomaron al interior del taller, observando la interacción en silencio, intrigados por lo que ocurría. La conversación que escuchaban les provocaban nuevas preguntas sobre los propósitos de esas extra?as antenas y el papel que jugarían en el futuro cercano.
Mientras Cáliban tallaba con precisión cada runa en la varilla de oro, la curiosidad persistente del maestro herrero, Bardrim, comenzó a carcomerlo. Desde hacía noches, un recuerdo lo atormentaba. Aquella figura majestuosa que apareció durante la forja de las cadenas de acero frío. Una mujer imponente, de músculos tensos como brasas vivas, cuya piel roja ardía como el fuego y cuyo cabello parecía hecho de llamas danzantes. Su mirada, feroz y penetrante, se había grabado en su memoria, incapaz de olvidarla.
Bardrim decidió romper el silencio con cautela.
—Por cierto… —intentó con voz relajada, aunque su tono delataba cierta inseguridad —?Quién era la mujer de cabello de fuego? —desvió la mirada, tratando de evitar la incomodidad directa de la pregunta.
Cáliban detuvo sus manos al instante. Su mirada se perdió en un rincón oscuro del taller, como si las palabras lo hubieran transportado a un lugar distante, lleno de memorias enterradas.
—Ella era tu… ?Maestra? —aventuró Bardrim, intentando leer la expresión de Cáliban.
Pasaron unos segundos en los que el joven mantuvo silencio, su respiración apenas era perceptible.
—Bueno… no es como si quisiera meterme, solo que-
—Ella fue mi maestra y mi familia… —interrumpió Cáliban, grave y cargado de una emoción contenida —Ella era importante para mí. No necesitas saber más.
El tono terminante de Cáliban cerró la conversación de manera tajante. Bardrim suspiró y, frotándose la nuca, se alejó hacia su mesa de trabajo, intentando distraerse y dejar su curiosidad de lado.
El tiempo transcurrió con lentitud hasta que, finalmente, Cáliban terminó de ajustar las antenas. Las líneas de runas talladas con precisión y la fusión de los materiales daban como resultado un conjunto de artefactos que eran tan hermosos como complejos.
—?Woah! ?Qué hermosura! —exclamó Bardrim, acercándose para admirar el resultado con genuino entusiasmo. Pero su alegría se transformó en incredulidad cuando Cáliban tomó las antenas y las lanzó contra el suelo con una fuerza que las hizo estallar en mil pedazos.
—??Qué demonios estás haciendo, mocoso?! ?Trabajé en esas malditas antenas desde las once de la ma?ana! —bramó Bardrim, su rostro se enrojeció mientras se arrancaba los cabellos de la barba por la frustración.
Cáliban suspiró con calma, ignorando los gritos del herrero. Extendió las manos y comenzó a entonar un cántico en voz baja. El maná fluyó en el aire, envolviendo los fragmentos rotos que comenzaron a flotar. Poco a poco, las piezas se unieron y se transformaron en algo completamente nuevo. De las veintiún antenas iniciales de cobre, plata y oro, surgieron cuatro pilares, perfectamente entrelazados. Cada uno combinaba los tres materiales en una estructura única y armoniosa, conservando sus propiedades individuales.
Cáliban sonrió ligeramente al contemplar el resultado final. Bardrim, todavía atónito, se acercó con cautela, tocando los pilares con una delicadeza inusual.
—Ni?o… estas cosas… esto es raro…
—Las runas crean un puente entre los minerales. No basta con ensamblarlos y ya; se necesita una conexión que los mantenga unidos y, al mismo tiempo, separados. Así pueden actuar de manera independiente, pero también en conjunto. Es como si...
—...mantuvieran las propiedades de cada mineral en uno solo, sin alterar su estado base. —completó Bardrim, dejando escapar una sonrisa de satisfacción al comprender el concepto.
Cáliban asintió, satisfecho por la rápida comprensión del herrero. Luego levantó su mano, y el brillo de su anillo capturó las antenas, almacenándolas en su interior. Sorprendentemente, dejó una sobre la mesa.
—Este será tu pago. Quédate con una de ellas.
Bardrim tomó la antena con ambos brazos. A pesar de su tama?o y dise?o intrincado, su peso era sorprendentemente ligero para un hombre acostumbrado a manejar materiales pesados.
—?Y qué se supone que haga con esto? —gru?ó el herrero, inspeccionándola con curiosidad mientras trataba de imaginar cómo integrarla en sus máquinas.
—?Tienes una habitación vacía?
El maestro herrero asintió, guiando a Cáliban por un estrecho pasillo hasta una estancia que estaba en completa penumbra. Al llegar, Bardrim chasqueó los dedos, y un conjunto de faroles flotantes iluminó la sala, revelando un espacio amplio y limpio, perfecto para lo que Cáliban planeaba.
—?Tienes un cristal de fuego? —preguntó Cáliban mientras escaneaba el lugar con la mirada.
Bardrim sacó de su bolsillo un peque?o cristal rojo que brillaba intensamente, reflejando destellos cálidos en las paredes de la sala. Sin dudar, lo arrojó hacia Cáliban, quien lo atrapó con rapidez.
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Sin perder tiempo, Cáliban usó el cristal para dibujar un círculo mágico en el suelo. Los símbolos arcanos y las líneas fluían con precisión, formando una intrincada formación que abarcaba casi toda la superficie de la habitación.
—Coloca la antena justo en el centro… —indicó Cáliban mientras se sacudía el polvo de las manos.
—?Aquí? Bien… —Bardrim colocó la antena con cuidado en el punto indicado —?Y ahora qué?
—Ahora tráeme tu núcleo de lava, el que usas en la forja.
Aunque las dudas lo abrumaban, Bardrim obedeció, pues su curiosidad era más grande que su miedo. Se dirigió al corazón de su taller, donde la gigantesca forja rugía con un calor abrasador. Un río de magma fluía constante desde la colosal estructura, y en el centro, bajo la lava, se encontraba un núcleo de magma intacto. Protegiendo sus manos con su Aura, Bardrim metió los brazos en el lago ardiente y sacó el núcleo incandescente.
Regresó a la habitación y, aunque algo fatigado, entregó el núcleo a Cáliban. Este, con la misma calma metódica de siempre, sacó de su anillo otro objeto. Un cristal de relámpago, chisporroteante y lleno de energía, que colocó en un costado de la formación mágica. Al lado opuesto, Cáliban colocó el núcleo de magma, asegurándose de que ambos estuvieran perfectamente alineados y equilibrados dentro del círculo.
—Ahora, activa la formación pronunciando la palabra "Initium" —dijo Cáliban, dando un paso atrás para observar el proceso.
Bardrim, aún confundido pero intrigado, inhaló profundamente.
—Initium.
El círculo reaccionó de inmediato. Una vibración recorrió el suelo mientras las runas se iluminaban con una energía que oscilaba entre el rojo ardiente y el azul eléctrico. Las líneas se conectaron entre sí, canalizando el poder del cristal de relámpago y el núcleo de magma hacia la antena en el centro. En cuestión de segundos, la antena emitió un brillo tenue pero constante, como si estuviera cargándose con la energía combinada de ambos elementos.
Bardrim observó boquiabierto mientras la formación alcanzaba su punto álgido.
—Esto… ?Qué demonios acabo de activar? —preguntó, incapaz de apartar la vista de la antena resplandeciente.
El magma comenzó a fluir, pero no era un magma común. Su color azul brillante era hipnótico, con peque?as partículas luminiscentes que flotaban en su interior, como fragmentos de un cielo estrellado.
—Muchacho… esto es… —murmuró Bardrim, incapaz de apartar la vista de la sustancia.
—Es magma impregnado con el elemento del cristal. —respondió Cáliban con su habitual serenidad —Con esta formación, podrás fusionar elementos de los cristales en tus obras sin necesidad de procesos arduos. Este es tu pago por tu ayuda.
Sin esperar respuesta. Se levantó del suelo y se dirigió hacia la salida.
—Ahora, tengo cosas que hacer.
Bardrim, aún procesando lo que veía, no pudo evitar preguntar:
—?Para qué usarás las demás?
Su tono era una mezcla de genuina curiosidad y admiración. Si una sola antena podía hacer esto, las posibilidades con las otras tres eran abrumadoras.
—Eso es asunto mío, Bardrim… —respondió Cáliban, dándole la espalda mientras salía de la habitación —Puedes quedarte con los planos.
Bardrim observó la antena y la formación que acababan de activarse. Aunque Cáliban no era consciente en ese momento, su invento sería la chispa de una revolución. A?os después, alquimistas y científicos investigarían estas técnicas a fondo, utilizando la formación para transformar campos como la medicina. Gracias a esta innovación, sería posible combinar esencias de múltiples elementos en medicinas sin perder su efectividad, lo que abriría nuevas posibilidades para tratar enfermedades hasta entonces incurables.
Con una ligera intuición de las repercusiones que tendría este invento, Bardrim decidió actuar. Llamó a uno de sus asistentes, el cual le dio un artefacto de comunicacion y le indicó:
—Comunícame con Mirella Mirne y… —vaciló un instante, sabiendo el peso de lo que estaba a punto de hacer —… a Kamus.
El artefacto de comunicación emitió un destello verde, confirmando que transmitía las órdenes. Bardrim observó la antena por última vez antes de salir del habitacion. Afuera del Emporio, Cáliban se encontró con Astrid y Dimerian esperándolo.
—?Qué hacen aquí? —preguntó con su habitual falta de tacto.
Dimerian, algo incómodo, desvió la mirada.
—Bueno… quería saber si podía ayudarte en algo…
Astrid, en cambio, lo enfrentó directamente.
—Yo vine a recordarte lo que me prometiste meses atrás. No habrás olvidado tu promesa, ?Verdad?
Cáliban suspiró profundamente, pasándose una mano por la barbilla.
—No, Astrid… lo tengo presente. —Su tono sugería agotamiento, pero también una leve sonrisa, como si supiera que no se libraría tan fácilmente de ella.
—?Bien! —dijo Astrid con una sonrisa que se podía percibir incluso a través de su máscara.
La conversación estaba a punto de terminar cuando Joseph apareció corriendo, jadeando y sudando de puro nerviosismo. Su rostro estaba pálido, lleno de miedo.
—?Cáliban! ?Por favor! ?Ayúdame!
—Calma, calma… ?Qué sucede? —respondió Cáliban, tomándolo firmemente de los hombros para estabilizarlo.
—?Es la profesora!... ella… ella…
Sin perder más tiempo, todos comenzaron a correr en dirección al hogar de la profesora Sill. Los minutos se hicieron eternos mientras atravesaban la multitud, el corazón de Joseph golpeaba fuerte contra su pecho, lleno de pánico.
—?Dónde está, Joseph? —preguntó Cáliban mientras maniobraba entre las calles abarrotadas.
—?Ahí! —respondió Joseph, se?alando un conjunto de condominios en mal estado al otro lado de la avenida.
Cáliban no se detuvo. Alcanzó la puerta y, con pura fuerza bruta, la abrió de un tirón. La escena en el interior los dejó impactados.
—??Qué pasó aquí?! —exclamó Astrid, mirando el caos.
—?Saquearon las cosas de la profesora! —gritó Dimerian, sus ojos recorriendo la sala desordenada.
—Ignoren esto. ?Vamos arriba! —ordenó Cáliban sin perder el enfoque.
él y Joseph subieron rápidamente por las escaleras, mientras Dimerian intentaba seguirlos. Astrid lo detuvo, sujetándolo del brazo y negando con la cabeza.
—No podemos hacer nada. Déjalos a ellos.
Aunque le dolía, Dimerian entendió que no podían interferir en lo que estaba ocurriendo.
En el piso superior, encontraron a la profesora Sill, retorciéndose de dolor sobre su cama. Su piel estaba perlada de sudor, y sus palabras apenas lograban salir.
—Debo… soportar… Joseph… traerá… ayuda… —balbuceó, mientras su cuerpo temblaba por la agonía.
—?Profesora! —exclamó Joseph al entrar corriendo en la habitación. Su expresión se iluminó por un breve momento al ver que había logrado traer ayuda, pero se apagó rápidamente cuando sus ojos se cruzaron con los de Cáliban.
—Ni?o… —Adelina habló con esfuerzo, con su voz quebrándose —… te dije… que trajeras a Mirne… tú…
Antes de que pudiera terminar, el dolor la venció, desmayándose sobre la cama. Joseph, desesperado, la acomodó con cuidado, mientras Cáliban se acercaba rápidamente.
—Está envenenada. —declaró Cáliban tras examinar con detenimiento las venas visibles de la profesora —Necesito que succiones el veneno mientras trató de desviarlo de su sistema.
Joseph, aunque aterrado, asintió. Colocó sus labios sobre la herida que Cáliban había abierto con una navaja, y comenzó a succionar con fuerza. Mientras tanto, Cáliban concentró su energía, guiando el veneno a través de los ductos de su cuerpo, asegurándose de evitar que se propagara aún más.
La habitación estaba llena de tensión. Los segundos parecían horas mientras Joseph escupía la sangre envenenada junto a él. Este último mantenía su enfoque absoluto, usando toda su habilidad para extraer el veneno con precisión quirúrgica.
—Solo un poco más… —murmuró Cáliban, firme pero lleno de urgencia.
Joseph, con lágrimas en los ojos y el cuerpo temblando por el esfuerzo, continuó obedeciendo, mientras el tiempo parecía detenerse en aquella habitación que ahora albergaba la batalla silenciosa entre la vida y la muerte.
En un lugar distinto y poco tiempo después, las sombras se alzaron nuevamente, esta vez envolviendo a Madame Montgard y Alec en las instalaciones ocultas del culto a la Diosa Maligna. Alec, paralizado por el peso de sus emociones, sentía cómo su mente se sumía en un torbellino de pensamientos oscuros. A?os de sacrificios, de entrenamiento exhaustivo, de empu?ar una espada con manos endurecidas por los callos y la sangre, de estudiar sin descanso para satisfacer las exigencias de su abuela… todo aquello parecía ahora insignificante, pisoteado y descartado como si no tuviera valor.
—?Por qué?... madre… ?Por qué?... —murmuró Alec al vacío, buscando en el eco de sus palabras una explicación que no llegaba.
—Te lo dije, querido. —intervino Madame Montgard con un tono dulce y venenoso, envolviendo al desolado joven en un abrazo que era más una jaula que consuelo —Ella nunca te quiso. Solo eras un producto desechable, algo que tuvo que criar porque no tenía un descendiente legítimo. No por amor. Pero ahora que ha encontrado a su verdadero heredero, te ha apartado como si fueras una simple piedra en su camino.
Las palabras perforaron a Alec como dagas. Su garganta se cerró, incapaz de emitir sonido alguno, mientras su pecho ardía con un dolor que lo hacía llevar las manos a la camisa, arrugándola con impotencia. Madame Montgard, satisfecha con el progreso de su manipulación, lo dejó atrás momentáneamente y se dirigió a una mesa iluminada por la tenue luz de velas oscilantes.
—Ven, querido. —lo llamó con un tono maternal cargado de intenciones ocultas —Te mostraré quién es tu abuela realmente.
Alec, destrozado y sin fuerzas para resistir, siguió la silueta de la sacerdotisa por los oscuros pasillos. Su andar era pesado, como si cargara una monta?a sobre los hombros. Al llegar al escritorio, se encontró con un montón de documentos apilados. Cada uno contenía registros, historias y datos que trazaban el historial de Valeria Lothrim, conocida como La Gran Sabia y una de los Tres Sabios.
—Esto es… —Alec sintió que su aliento lo abandonaba mientras leía los documentos.
No se trataba solo de historia. Había pruebas de actos cuestionables, listas de víctimas, y registros detallados de incidentes y guerras vinculados directamente a su abuela. Entre las páginas, Alec vio representaciones de cadáveres de jóvenes, de ni?os llorando en desiertos calcinados, y de aldeas arrasadas. Lo que el mundo celebraba como batallas por la libertad de los espíritus celestiales, también era una fachada para que la organización de Valeria ganará poder y terreno.
—No… esto no puede ser cierto… —susurró Alec, incapaz de apartar los ojos de las páginas.
—Oh, querido… tienes las pruebas frente a ti, pero aún te aferras a negarlo… —murmuró Madame Montgard desde las sombras detrás de él, usó su voz como un veneno dulce —?Vas a permitir que te insulten? ?Que te pisoteen?
Alec sintió un toque cálido en su rostro. La sacerdotisa había tomado sus mejillas con ambas manos, obligándolo a mirarla. Su sonrisa era cálida, casi maternal, pero sus ojos brillaban con una oscuridad innegable.
—Mi ni?o… tú eres más que esto. Tú eres nuestro se?or.
Las palabras resonaron en Alec como un eco profundo, llenando el vacío de su corazón con un sentimiento tanto nuevo como inquietante. Las dudas comenzaban a desmoronarse, y en su lugar surgía una peligrosa semilla de resentimiento.
Con un movimiento teatral, las antorchas en la sala se encendieron una a una, iluminando un camino hacia un trono imponente. Cientos de cultistas emergieron de las sombras, formando filas perfectamente alineadas, inclinándose en reverencia y adoración hacia Alec. Extendieron sus brazos hacia él, se?alándole el camino hacia el trono mientras murmuraban cánticos llenos de devoción.
Alec titubeó, sus pasos se detuvieron a medio camino. Su corazón estaba dividido. Por muy deshecho que estuviera, todavía quedaba un fragmento de apego hacia su familia y su grupo, a toda su vida anterior. Justo cuando estaba a punto de rechazar el macabro ofrecimiento, algo rompió la última barrera de su resistencia.
Madame Montgard alzó sus brazos en un gesto de éxtasis, dirigiendo la atención de todos hacia una colosal figura detrás del trono. Era una estatua imponente, representando a una mujer de aspecto demoniaco. Su rostro estaba deformado en una amalgama de pesadillas y oscuridad pura, mientras sus rasgos femeninos se mezclaban con un aura de poder aterrador.
De pronto, Alec se quedó inmóvil. Sus pupilas desaparecieron, y sus ojos adoptaron un blanco vacío. Cayendo en un trance.
Cuando abrió los ojos, el lugar había cambiado. Se encontraba en una vasta pradera iluminada por un cielo despejado. Los sonidos de pájaros y el murmullo de insectos llenaban el aire, acompa?ados por el suave mecer de las hojas al compás del viento. Era un paraíso de paz.
Confundido, Alec comenzó a caminar, buscando respuestas. Pronto, llegó a un lago de aguas cristalinas que brillaban bajo la luz del sol, reflejando el cielo como un espejo. A lo lejos, divisó una caba?a. Una chispa de esperanza cruzó su rostro mientras se apresuraba hacia ella.
La caba?a era su hogar, mucho antes de que la devastación de los ejércitos de vampiros arrasara con su vida. Estaba ubicada al borde del lago, justo como la recordaba. Alec había vivido en una ciudad pesquera cercana, pero esta caba?a, aislada del bullicio, era el refugio de su infancia.
A medida que se acercaba, una escena familiar capturó su atención. En la orilla del lago, un hombre sostenía a un ni?o peque?o mientras pescaban juntos. Era su padre. A su lado, su madre, inclinada sobre una cesta de ropa, lo rega?aba entre risas para que no se cayera al agua. Las risas y los gritos de felicidad llenaban el aire, transportándolo a sus recuerdos más dulces.
Lágrimas brotaron de sus ojos mientras observaba la escena. Su rostro, antes endurecido por el dolor, se suavizó en una mezcla de nostalgia y tristeza.
—?Lo recuerdas? —preguntó una voz femenina, suave y maternal, rompiendo el momento.
Alec giró la cabeza, buscando el origen de esas palabras.
—?Quién eres? —susurró, cargado de asombro y cautela.
Frente a él, una figura etérea comenzó a tomar forma. Era femenina y luminosa, desplazándose con gracia a su alrededor.
—Soy tu ira… tu dolor… tu amor. Soy todo lo que has dicho y todo lo que has callado. Soy tu corazón y tu mente trabajando juntos. Soy tu paz.
De repente, el espacio cambió. Todo se volvió blanco, borrando los recuerdos del lago y dejando a Alec en un vacío brillante. La figura se transformó lentamente, tomando la apariencia de su madre. Llevaba un vestido negro fúnebre, y un velo cubría parcialmente su rostro, aunque las lágrimas que caían por sus mejillas eran visibles.
—Mi ni?o… —susurró la figura, con una voz que mezclaba amor y melancolía.
—Te conozco. —interrumpió Alec, con una mezcla de desafío y vulnerabilidad en su voz mientras observaba de pies a cabeza a la figura frente a él —Eres la diosa… su diosa…
La Diosa de la Mirada Triste asintió, sus movimientos eran suaves y calculados mientras se acercaba lentamente hacia él. Alec dio un paso atrás, intentando mantener la distancia, pero una fuerza inexplicable lo atraía hacia ella, como si cada palabra suya perforara su espíritu agotado. Aprovechando su debilidad, la diosa lo envolvió con sus brazos delgados, cálidos y protectores.
—Mi ni?o… ?Cuánto tiempo has sufrido? ?Cuántas veces se han aprovechado de ti? ?Cuánta esperanza te han robado? —susurró su oído con una dulzura que calaba hondo.
Alec sintió la calidez que emanaba de ella. No estaba acostumbrado a este tipo de afecto. Había tenido a su familia, pero los interminables deberes y expectativas de Madame Lothrim siempre habían hecho que el tiempo compartido fuera frío y distante. La diosa lo sabía. Era su punto más débil, y ella estaba decidida a explotarlo.
—Vamos… cuéntale a mamá. —dijo en un tono que mezclaba ternura y urgencia.
Alec, casi inconscientemente, devolvió el abrazo. Levantó la mirada, pero esta vez ya no veía a la diosa. Frente a él estaba su madre, como la recordaba de ni?o. Cálida, paciente, amorosa. La memoria se superpuso a la realidad, llevándolo de vuelta a los días en que, siendo un ni?o peque?o, corría hacia ella después de una caída, llorando en sus ropas mientras ella intentaba calmarlo.
—Yo… —las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, su voz temblaba y se cortaba con el llanto —Lo intenté… mamá, lo intenté… pero no fue suficiente…
Las palabras comenzaron a fluir, quebradas por el peso del dolor acumulado durante a?os.
—Entrené duro… lloré en silencio… estudié sin descanso… pero nunca fue suficiente… nunca… fue… suficiente… —su voz se rompió por completo, sus sollozos resonaron en el vacío blanco que los rodeaba —perdón mamá… perdóname… en serio, quería… yo quería que estuvieras orgullosa… para que tu y papá pudieran descansar… pero falle… lo lamento…
Alec hundió su rostro en la tela que cubría el pecho de la figura, llorando con la intensidad de un ni?o perdido. Restregó su rostro contra ella, buscando consuelo como lo hacía en los días en que su madre lo abrazaba después de un mal día.
La diosa, viendo que su plan tomaba forma, lo sostuvo con firmeza y delicadeza. Sus manos acariciaron su cabello con movimientos suaves, cada caricia era un refuerzo de la ilusión que había creado.
—Alec, mi ni?o… —susurró con una dulzura maternal que apenas podía ocultar su malicia —Mi bebé… has sufrido tanto. ?Cuántas lágrimas has tragado para que otros pudieran sonreír? Pero ya no temas.
Alec alzó la mirada, con los ojos enrojecidos y la respiración entrecortada.
—Mamá está aquí ahora. —continuó la diosa, envolviéndolo aún más en su abrazo —Y me aseguraré de que nunca vuelvas a estar solo.
Las palabras resonaron profundamente en el alma rota de Alec, plantando las semillas de una lealtad peligrosa y absoluta.
La mirada de Alec se oscureció mientras un viento de pétalos negros emergía a su alrededor. Estos pétalos comenzaron a consumir todo a su paso. La pradera, el pueblo, el lago, y finalmente, las figuras de sus padres. La calidez del recuerdo se desvaneció, dejándolo de nuevo en la fría sala del culto.
Madame Montgard, al ver el rastro de lágrimas rojas recorriendo su rostro, supo en ese instante que la Diosa lo había elegido. Era ahora el portador de su poder. Sin dudarlo, se arrodilló frente a él, inclinando la cabeza en una reverencia solemne mientras Alec avanzaba con pasos lentos hacia su destino.
Esta vez, no era un destino impuesto por otros. No era una carga que debía soportar para cumplir las expectativas de alguien más. Esta vez, Alec había tomado la decisión. Sería el arquitecto de un futuro mejor para todos aquellos que, como él, habían sido abandonados, olvidados y traicionados.
A medida que avanzaba, su andar era desafiante, impregnado de una fuerza y convicción nueva. Los miembros del culto, uno por uno, se postraban a su paso, inclinándose en muestra de absoluto respeto y devoción. Cada paso resonaba en la sala como un eco de su nueva autoridad, saboreando el peso de su elección.
Al llegar al trono, una memoria fugaz cruzó su mente. Recordó el día en que fue llevado por primera vez a la mansión de los Lothrim. Su abuela lo había presentado ante la sala de conferencias y le se?aló la silla más grande, diciendo que un día sería suya. Pero ese trono había sido una promesa vacía, un símbolo de una expectativa que nunca se cumplió.
Ahora, sin embargo, él había conquistado su propio trono. Un trono que no le fue dado, sino que ganó con cada lágrima, con cada sacrificio y cada traición soportada. Este sería el trono desde donde traería paz a los abandonados… y ruina a quienes se atrevieron a jugar con él.
Alec se sentó lentamente, dejando que el peso del momento lo envolviera. Los cánticos y alabanzas de los cultistas llenaron la sala. Sus voces reverberaban con fervor. Sus labios se curvaron en una sonrisa fría, mientras sus ojos brillaban con un destello púrpura, un reflejo del poder recién adquirido.
Desde su lugar arrodillado, Madame Montgard levantó ligeramente la cabeza, permitiéndose una grotesca sonrisa de satisfacción. Había logrado su propósito. Alec era ahora el avatar de la diosa, y con él, su culto se alzaría.
La noche cayó con fuerza sobre el lugar. Los truenos resonaron en el cielo, mientras la lluvia golpeaba la tierra con furia. El viento aullaba, llevando consigo una advertencia oscura. Era una premonición del caos que se avecinaba, un presagio del destino que aguardaba a la academia y a todos aquellos que alguna vez lo subestimaron.

