En la vasta plataforma mágica del teletransportador principal, estelas de luz blanca comenzaron a descender como fragmentos de un cielo roto, anunciando la apertura de una brecha mágica. Del portal emergieron dos figuras imponentes. El General Alerion y su inseparable secretario, Bram. El mago encargado de estabilizar el puente se inclinó respetuosamente, apartándose para darles paso.
Las puertas del recinto se abrieron, dejando entrar el murmullo de la ciudad y los sonidos rurales que la rodeaban. Ambos hombres avanzaron con paso firme hacia el balcón, desde donde se desplegaba la vista de Orión, la ciudad humana más grande del imperio.
Orión era una maravilla de arquitectura y tecnología, un entramado de edificios que combinaban la elegancia de épocas pasadas con los avances más modernos. Desde lo alto, el General Alerion miró con orgullo los gruesos muros y las altas torres que defendían la ciudad. Sus ojos recorrieron las amplias calles donde ciudadanos transitaban en paz, ajenos a los peligros que se cernían más allá de las fronteras. Todo esto era posible gracias a un solo hombre. Su hermano mayor, William Van Saint, el Santo de la Espada y protector de Orión.
—Entonces, me despido, mi se?or. —dijo Bram, inclinándose ligeramente —Debo atender mis deberes. Fueron buenas vacaciones.
Alerion dejó escapar una risa corta.
—Ja… solo alguien tan obsesionado como tú llamaría "vacaciones" a trabajar en otro lugar.
Con una leve sonrisa, Bram se despidió, perdiéndose entre las calles de Orión. Alerion, por su parte, se dirigió hacia el corazón de la fortaleza. El castillo principal era el hogar de la alta nobleza de los Van Saint, un símbolo de riqueza y poder. Debajo de este se encontraban los barracones, donde se entrenaba a la élite militar que defendía al reino.
Alerion caminó por los largos pasillos del castillo, decorados con el esplendor característico de la nobleza. Los muros estaban adornados con retratos de figuras históricas, héroes y reyes que dejaron su marca en el reino. Cada paso le recordaba el peso de su linaje y las expectativas que cargaba sobre sus hombros.
Con pasos decididos, ascendió las escaleras en espiral que conducían al despacho privado de su hermano, ubicado en la torre más alta del castillo. Mientras subía, su mente estaba ocupada pensando en las palabras que debía utilizar para explicar su fracaso. Su misión había sido clara. Antes de que comenzaran las subastas en el Gorrión Dorado, el padre de Astrid, le había ordenado que convenciera a su hija de regresar a casa, cueste lo que cueste. Sin embargo, con los ojos del director de la academia vigilándolo todo, aquello había sido más difícil de lo esperado.
Alerion incluso había intentado sobornarla con regalos y ventajas, pero su sorpresa fue mayúscula al descubrir que ya contaba con privilegios y beneficios que superaban sus ofrecimientos. Ahora, debía informar a su hermano sobre este desastroso desenlace.
Al llegar al despacho, encontró la habitación vacía. Decidió entrar y esperar, dejándose caer en una de las sillas ornamentadas. Mientras descansaba, sintió un leve golpe en el pecho. Frunció el ce?o y comenzó a buscar el origen de la sensación.
—?Hmm? Oh, es cierto… tenía esto aquí.
Sacó un libro encuadernado en piel de bestia, un artículo que había adquirido recientemente en la subasta. Un libro escrito por Cáliban. Sus dedos recorrieron la pasta dura con curiosidad mientras lo examinaba.
—Me pregunto qué habrá en él… —murmuró, mientras abría lentamente las primeras páginas.
Antes de que pudiera leer una sola línea, el sonido de la puerta lo interrumpió. Una asistente entró en silencio, asegurándose de no hacer ruido, pero al levantar la vista, se encontró con Alerion sentado frente a ella.
—?Oh! Se?or, mis disculpas… —dijo rápidamente, inclinándose —No sabía que se encontraba aquí.
El general cerró el libro con un chasquido suave y observó a la mujer con atención,
—No pasa nada. ?Qué necesitas?
La asistente, con evidente nerviosismo, entregó un pergamino sellado con el emblema de la familia Van Saint.
—Un mensaje urgente, mi se?or. Lo enviaron hace unos momentos desde las afueras de Orión.
Alerion tomó el pergamino, rompiendo el sello con cuidado mientras su mirada se endurecía al leer las palabras escritas en tinta negra. La sirvienta inclinó ligeramente la cabeza, hablando con tono respetuoso.
—Sí, mi se?or. Es de la Gran Dama… está buscando al rey. Tiene un problema de índole militar y necesita consultarlo con urgencia.
Alerion se puso de pie con determinación. Aunque el asunto le correspondía a su hermano William, decidió atenderlo en su lugar mientras este no estaba.
—Yo lo atenderé. —ordenó, siguiendo a la joven sirvienta.
Dejó el libro encuadernado con piel de bestia sobre la mesa, su interés por él quedó desplazado por el deber inmediato.
Al mismo tiempo, en otro punto del castillo. Un haz de luz cruzaba una habitación vacía, iluminando a un hombre que danzaba con movimientos letales y elegantes. Lord William Van Saint, el Santo de la Espada, practicaba con una intensidad que llenaba el aire de energía vibrante. Sus dedos se movían con una precisión impresionante, como si sostuvieran un arma invisible. Cada gesto creaba una fibra de energía que tomaba la forma de una espada delicada pero letal.
Su largo cabello rubio, parecido a hebras de oro, ondeaba con cada movimiento. Aunque su rostro joven y sereno hacía pensar que no superaba los cuarenta a?os, los que lo conocían bien sabían que había alcanzado y superado la tercera edad gracias a su manejo de la energía vital. Sus movimientos eran armoniosos, cargados de intención y disciplina, como si cada paso contara una historia de poder y control absoluto.
Las paredes de la sala, reforzadas con materiales de alta resistencia, comenzaron a ceder ante los cortes y explosiones de energía. La roca estelar, famosa por su durabilidad, presentaba grietas y rupturas que se extendían con cada impacto. Lord William estaba tan inmerso en sus pensamientos que no se dio cuenta de que la habitación estaba al borde del colapso.
Finalmente, al detener su espada de energía, decidió abandonar el lugar. Una sirvienta lo esperaba al otro lado de la puerta, sosteniendo ropa limpia y una toalla para que pudiera secar su sudor.
—Aquí tiene, mi se?or. —dijo con un tono respetuoso, inclinándose ligeramente.
Lord William tomó la toalla mientras se secaba el rostro, su voz grave pero serena resonó en el pasillo.
—?Hay noticias de mi hermano?
—El general ha regresado esta ma?ana, mi se?or. Lo espera en su despacho.
William asintió con solemnidad y comenzó a vestirse rápidamente. Cada movimiento era eficiente, reflejo de su disciplina inquebrantable. Aunque su rostro parecía inexpresivo, sus ojos ocultaban una tormenta de pensamientos. Hoy era una ocasión especial. Una vez más, había intentado alcanzar el mítico Aura de 15 estrellas, el rango más alto conocido, un nivel que, según las historias, rivalizaba con el poder de los dioses.
Caminaba por los pasillos con la imponente presencia de alguien que había llegado a la cima del mundo. Pero incluso para él, esa cima parecía inalcanzable. Era una haza?a que nadie en la historia había logrado. Algunos decían que alcanzar ese nivel revelaría los secretos de la creación; otros, que ningún mortal podía soportar el peso de tal poder; algunos más creian que solo era un mito.
Mientras caminaba, sus pensamientos se volvieron más profundos y oscuros.
??Por qué?? —se preguntaba, con su mirada fija en el horizonte ??Qué tengo que hacer para llegar a ese nivel? ?Estoy haciendo algo mal??
Aunque sus pasos eran firmes, la duda pesaba en su mente como una cadena invisible. Lord William Van Saint, el Santo de la Espada y protector de Orión, era uno de los pocos que se acercaban al 15o rango. Pero incluso él se preguntaba si algún día podría alcanzarlo… o si esa meta estaba destinada a permanecer fuera de su alcance para siempre.
Los pensamientos del rey lo envolvían mientras recorría los largos pasillos del castillo. Sus sirvientes se inclinaban reverentemente a su paso, pero él no les prestaba atención. Sus labios murmuraban palabras inentendibles, una mezcla de dudas y reflexiones que lo mantenían ajeno al mundo a su alrededor.
Al llegar a su despacho, tocó ligeramente la perilla de la puerta para abrirla, hablando como si ya supiera lo que encontraría:
—Alerion, dime, ?Cómo te fu…?
Al entrar, sus ojos recorrieron la habitación, pero no había rastro de su hermano. Con un leve suspiro, tomó asiento en su imponente escritorio, dispuesto a esperar mientras organizaba los documentos oficiales que requerían su atención. Sin embargo, algo llamó su atención. Un libro sin título que descansaba sobre la mesa.
Curioso, pasó los dedos por la cubierta de piel, buscando alguna pista sobre su origen. Abrió el libro y leyó las palabras inscritas en la primera página:
—“Los caminos que llevan a la espada son infinitos…”
Por un momento, sus pensamientos se detuvieron.
—Supongo que debe ser de Alerion…
Sin darle más importancia, cerró el libro y lo dejó sobre el escritorio. En ese momento, la puerta se abrió nuevamente, revelando a una sirvienta que inclinó la cabeza antes de hablar.
—Mi rey…
—Informa… —respondió sin levantar la mirada de los documentos que tenía en sus manos.
—El general Alerion me ha pedido que le informe que ha salido a responder el llamado de la Gran Dama como apoyo. También me ha solicitado informarle que el estado de la misión en la ciudad de Atlantis permanece en evaluación.
William dejó escapar un suspiro ligero al escuchar el informe.
—Entendido. Puedes retirarte.
La sirvienta se inclinó nuevamente antes de salir. William tomó el libro y lo guardó sin pensar demasiado en él, deslizándolo en el bolsillo interior de su bata real. Pronto, su mente se volvió a llenar con las responsabilidades y documentos que tenía delante, y el libro pasó a un rincón olvidado de su memoria.
Al día siguiente, en la academia.
El sol se alzaba sobre los edificios de la academia, anunciando otro día lleno de actividad frenética. Con el festival a solo cinco días de distancia, la emoción y el nerviosismo estaban por todas partes. Los periódicos estudiantiles proclamaban titulares grandilocuentes: “Los grandes héroes del ma?ana contra la milicia de la organización más grande”.
Los artículos, sin embargo, se centraban casi exclusivamente en los príncipes y otras figuras destacadas de la nobleza. Cecilia, Nhun, Joseph y Cáliban apenas recibían mención, relegados a notas de pie que casi nadie leía.
En una oficina decorada con elegancia, Madame Lothrim disfrutaba de su café matutino mientras revisaba un conjunto de documentos importantes que necesitaban su firma. La tranquilidad de su rutina se vio interrumpida cuando la puerta se abrió de golpe.
—?Madre! ?Mira! ?He traído uno nuevo! —exclamó Alec, entrando con una sonrisa de oreja a oreja y los ánimos alzados.
Madame Lothrim alzó la vista, dejando cuidadosamente su pluma sobre la mesa mientras observaba a su hijo con una mezcla de curiosidad y paciencia.
—?Qué es lo que tienes ahora, Alec? —preguntó, entrelazando las manos con calma mientras esperaba su respuesta.
Alec colocó el pesado conjunto de documentos sobre la mesa de Madame Lothrim. Se trataba de pruebas sólidas contra otro infractor del culto. Un joven que se dedicaba a extorsionar a otros estudiantes, obligándolos a entregar sus pertenencias como "protección" para evitar represalias. Entre las pruebas había fotos animadas que mostraban al infractor interactuando claramente con miembros del culto.
Madame Lothrim revisó el contenido en silencio, sus ojos analíticos recorriendo las páginas. Todo parecía legítimo, al igual que los informes previos que Alec había presentado últimamente. Sin embargo, a pesar de la corrección protocolaria, no podía evitar que una sombra de duda cruzara su mente. Desde que Alec llegó a la academia, nadie había traído tantas pruebas contundentes como él.
—Impresionante, hijo mío… como siempre. —comentó, dejando las hojas en la mesa y fijando su mirada en él.
Alec forzó una sonrisa, pero su expresión dejó entrever una amargura que no pudo ocultar. últimamente había estado reflexionando sobre su comportamiento, sobre los errores cometidos y las decisiones equivocadas que lo llevaron a desviarse de los principios que una vez le ense?aron.
—Madre… —murmuró, bajando la mirada —Yo… lo lamento. Quiero disculparme.
Madame Lothrim alzó una ceja, sorprendida por su tono de voz.
—?Por qué? —preguntó con genuina curiosidad.
—Por todo. —respondió Alec, lleno de sinceridad —Desde el principio, fue mi error.
Madame Lothrim esbozó una sonrisa cálida. Parecía que las palabras de Lord Xander habían dejado una impresión duradera en el joven guerrero. Antes de que pudiera responder, Alec se arrodilló frente a ella, inclinando la cabeza profundamente mientras decía:
—?Lo siento! Te prometo que haré lo mejor para mejorar de ahora en adelante.
Conmovida por la sinceridad de su nieto, Madame Lothrim se levantó lentamente y lo abrazó, transmitiéndole el calor de su afecto.
—Tranquilo, Alec… no necesitas probarme nada. Sé que lo harás.
Alec devolvió el abrazo con fuerza, encontrando consuelo en los brazos de la persona que más quería. Sin embargo, sabía que había algo más que debía afrontar. Su conexión con la Sacerdotisa. Había aprovechado las oportunidades que ella le brindó, pero ahora era el momento de cortar esa relación peligrosa y llevarla ante la justicia.
Al salir del despacho de su abuela, Alec subió al techo del centro de investigación, un lugar donde nadie lo molestaría. El aire fresco lo rodeaba mientras sacaba un artefacto de comunicación mágico. Lo activó, y un holograma comenzó a formarse en el aire.
La figura de la Sacerdotisa apareció, cubierta por su habitual velo oscuro. Una sonrisa familiar y siniestra adornaba su rostro al ver a Alec.
—?Querido! —exclamó con un tono falso y meloso —?Por qué tardaste tanto? Me he sentido tan sola…
Alec frunció el ce?o, interrumpiéndola con firmeza.
—Déjate de juegos. Necesito que nos veamos… lo más pronto posible.
La Sacerdotisa inclinó ligeramente la cabeza, y su tono se tornó más seductor.
—Oh… tan directo… —murmuró, dejando escapar una risa suave —Bueno, no puedo negar que eso me encanta en un hombre.
Alec no respondió, su mirada se fijó en ella con dureza.
—?Está bien! —continuó ella con entusiasmo fingido —Te enviaré las coordenadas. Nos veremos antes del anochecer.
La llamada se cortó con un zumbido, dejando el artefacto en un pesado silencio. Alec dejó escapar un suspiro, su mano aún estaba entumecida por la tensión del momento. Alzó la vista hacia el cielo, buscando en las nubes alguna respuesta a la pregunta que lo atormentaba:
??Estoy haciendo lo correcto??
En la Casa de los Especiales, el sol apenas iluminaba los jardines cuando el profesor llegó temprano a la mansión. Aunque era fin de semana, los deberes no cesaban, y esperaba encontrar a los estudiantes despiertos. Sin embargo, al entrar, el silencio reinaba en las habitaciones.
El único que ya estaba levantado era Cáliban, quien estaba absorto en la lectura de un libro.
—Joven Cáliban, ?Y sus compa?eros? —preguntó el profesor con curiosidad.
Cáliban levantó la vista del grimorio, el cual estaba camuflado con una cubierta simple para parecer un libro cualquiera. Sus ojos brillaron con un leve matiz de exasperación.
—Anoche hubo una fiesta por el cumplea?os de Juliana. Se quedaron despiertos hasta tarde, así que es probable que se levanten tarde hoy.
—Ya veo. —respondió el profesor, acariciando su mentón con un gesto pensativo. Con un leve interés, tomó asiento junto a Cáliban, buscando una conversación natural —Dime, ?Cómo te va el trabajo como líder de casa?
Cáliban apartó la mirada del libro, observando un punto fijo en la habitación mientras reflexionaba. El puesto de líder de casa había llegado más como una obligación que como una ambición, pero en cierto modo, le había permitido rodearse de personas en quienes confiar.
—Supongo que está bien… —respondió con indiferencia, aunque en su voz se percibía una leve sinceridad.
Ambos intercambiaron palabras durante un rato, discutiendo los preparativos para el festival de Oto?o. El profesor explicó cómo, usualmente, los clubes y gremios instalaban puestos para recaudar fondos y mostrar sus habilidades con el fin de atraer nuevos miembros. Sin embargo, el gremio de Cáliban no necesitaba fondos ni activos, y su participación en el festival estaba limitada por una prioridad mucho mayor.
—Profesor, ?Ya se ha decidido el itinerario para el combate? —preguntó Cáliban, volviendo su atención al tema central.
El profesor dejó escapar un suspiro con una sonrisa amarga, sacando una hoja doblada de su bolsillo. Para él era un poco gracioso pensar en todos los problemas en los que se habían metido sus estudiantes en poco tiempo.
Stolen from its original source, this story is not meant to be on Amazon; report any sightings.
—Su combate se celebrará en el coliseo de Hilloy. Normalmente, los combates entre gremios se realizan aquí, y el ganador puede reclamar el premio estelar. Sin embargo…
El profesor vaciló, su tono se tornó más serio.
—En cuanto se confirmó la participación del batallón de Alec, muchos gremios han decidido no participar este a?o. Así que será un enfrentamiento directo entre ustedes y ellos.
Cáliban tomó la hoja y estudió los detalles. El combate se llevaría a cabo en fases. Cada miembro del equipo debía enfrentarse a un soldado del escuadrón de Alec, uno a uno. Era un formato que ponía a prueba tanto la habilidad individual como la cohesión del equipo.
A pesar de su reticencia a participar en eventos tan públicos, Cáliban sabía que no tenía otra opción. Este combate no era solo una oportunidad para mostrar su fuerza. Era la única forma de acercarse a la estrella que necesitaba.
Cáliban seguía sentado en el sillón cuando Yannes, notando su expresión ausente, le preguntó con curiosidad:
—?Acaso estás nervioso?
Cáliban negó con la cabeza, levantándose sin prisa y dirigiéndose hacia la salida.
—?Seguirás entrenando? —intervino el profesor, observando cómo la figura de Cáliban se alejaba lentamente.
—Así es… —respondió sin mirar atrás —Por favor, deje descansar a los demás. Ya se han esforzado mucho.
El profesor lo observó mientras desaparecía por la puerta, dejando que la luz del sol iluminara el umbral. Una sonrisa ligera y casi imperceptible se formó en sus labios, una se?al de que algo estaba pasando por su mente.
Cáliban caminaba por las calles bulliciosas, perdiéndose entre los transeúntes. Al levantar ligeramente la manga de su túnica, pudo ver las venas negras que recorrían su brazo como raíces de un árbol corrupto. El avance de la marca era un recordatorio constante de que su tiempo se agotaba. Si no lograba encontrar una solución, en unos pocos a?os su cuerpo sucumbiría.
Con esa idea fija en mente, dirigió su mirada hacia el Emporio. Al llegar, un joven asistente enano estaba detrás del mostrador, aburrido, inspeccionando los estantes con flojera. Cuando Cáliban entró, el sonido de sus pasos resonó en el espacio tranquilo.
—Buenos días, ?Se encuentra el maestro Bardrim?
El asistente, sorprendido por la figura imponente de Cáliban, respondió rápidamente:
—Lo siento, el maestro está en una reunión muy importante y…
Antes de que pudiera terminar, un tintineo resonó desde el artefacto de comunicación que llevaba en el cinturón. El joven lo contestó al instante, enderezándose con nerviosismo.
—??Sí, se?or?!... Sí… iré enseguida… yo-
La voz de Cáliban resonó hacia el aparato, firme y sincera.
—Deja de ser un fastidio, Bardrim. Necesito hablar contigo.
El asistente palideció, con el semblante oscureciéndose al escuchar los gritos amortiguados al otro lado del canal.
—?Lo siento, se?or! Tenemos un cliente que-
—?Haz lo que te digo!
La voz de Bardrim tronó a través del dispositivo, y el asistente no tardó en ceder:
—Sí… sí, se?or… lo llevaré enseguida.
Con un movimiento rápido, el joven enano colgó el dispositivo y se inclinó ante Cáliban, se?alándole el camino hacia la forja privada del maestro.
Al entrar en la forja, Cáliban encontró a Bardrim trabajando intensamente. El maestro herrero sujetaba un martillo enorme, con el cual azotaba el yunque con una fuerza que hacía vibrar el aire. Cada golpe era acompa?ado por un destello de chispas que iluminaban el taller. Estaba completamente concentrado, intentando replicar el proceso que había utilizado para forjar los anillos.
Cuando levantó la vista y vio a Cáliban, sonrió ampliamente mientras se quitaba los gruesos lentes que protegían sus ojos.
—?Bien! ?Has llegado, ni?o!
Bardrim se acercó a una mesa cercana, donde había una fina pieza de joyería. Era el cuerpo de un anillo inacabado. Lo sostuvo entre sus dedos, mostrándolo con orgullo mientras se dirigía a Cáliban.
—Mira esto. Estoy perfeccionando el dise?o. Es el mejor trabajo que he hecho en a?os.
Cáliban observó el anillo con atención, recorriéndolo con la mirada. Durante un instante, sus ojos se oscurecieron, y una mueca malintencionada apareció en su rostro. Extendió la mano, invirtiendo su energía en el objeto.
El anillo comenzó a vibrar, sus finos grabados resplandeciendo por un breve momento antes de desintegrarse en mil pedazos frente a los ojos atónitos de Bardrim.
—?Ah! ?Qué hiciste? —gru?ó Bardrim, llevándose las manos a la nuca, claramente molesto —?Tardé tres horas en hacer eso!
Cáliban lo miró sin un rastro de arrepentimiento, su voz cargada de fría indiferencia, respondió:
—Pensé que el mejor maestro herrero del continente podía hacer algo mejor que esto.
El asistente de Bardrim, que observaba desde un rincón, tembló ligeramente. Romper el trabajo de su maestro, considerado casi una deidad de la herrería, era un sacrilegio en el taller. Pero Cáliban, el cliente en cuestión, no mostraba ni un atisbo de respeto o empatía por el trabajo destruido.
—Como sea. —continuó Cáliban —Vine a hablar contigo, en privado.
Bardrim bufó, con su irritación aún evidente. Con un gesto brusco, ordenó a su asistente que abandonara la sala. Este se marchó con paso vacilante, preguntándose quién era este cliente que parecía inmune al rega?o del maestro.
Cuando estuvieron solos, Bardrim cruzó los brazos y lo miró con expectación.
—Muy bien, ya se fue. ?Qué quieres a esta hora de la ma?ana?
Cáliban sacó un pergamino enrollado de entre sus ropas y se lo entregó. Bardrim lo desdobló con cuidado, estudiando los planos dibujados en él. Sus ojos recorrieron las líneas y anotaciones, y pronto su expresión de enojo dio paso a una mezcla de sorpresa y curiosidad.
—?Otro más de tus aparatos extra?os? —murmuró mientras seguía leyendo —Apenas estoy ordenando las cosas para la máquina que me pediste antes. ?Cómo es que…?
Sus palabras se detuvieron cuando comprendió lo que tenía delante. Sus ojos se movían de lado a lado, analizando cada detalle.
—Ni?o… esto es… bueno, en definitiva, más sencillo que la máquina anterior, pero… —hizo una pausa, mirando a Cáliban con una mezcla de incredulidad y admiración —Si mis cálculos son correctos… esto podría ayudar a muchas personas.
Cáliban lo miró directamente, su voz era cortante y precisa.
—No me interesa ayudar a muchas personas. Lo único que busco es ayudar a una sola.
Bardrim arqueó una ceja, claramente intrigado.
—Te escucho, ni?o.
En el cementerio de la academia, al atardecer.
Alec caminaba con cautela entre las lápidas cubiertas de musgo. La hora acordada con Madame Montgard era perfecta para una reunión discreta. El sol se deslizaba por el horizonte, pintando el cielo con tonos anaranjados mientras una ligera bruma comenzaba a envolver los pilares de piedra del cementerio.
Sus pasos resonaban suavemente en el terreno empedrado mientras su mirada escudri?aba las sombras. Cada vez más inquieto, finalmente alzó la voz:
—?Si estás ahí, muéstrate! ?No vine aquí a jugar a las escondidas!
De entre la niebla, una figura comenzó a formarse, como una sombra danzante que cobraba forma humana. La tenue figura de Madame Montgard apareció con su característico velo, moviéndose con una elegancia inquietante.
—?Oh, vaya! —exclamó con una risa suave —Realmente eres muy impaciente. Aunque… debo admitir que me encanta esa cualidad tuya.
Alec la observó con cautela, manteniendo una mano dentro de su bolsillo, donde sujetaba firmemente un peque?o dispositivo de cristal. Un solo apretón sería suficiente para activar el artefacto y enviar una se?al a los agentes cerca de su ubicación. En segundos, la Sacerdotisa sería arrestada.
Sin embargo, decidió contenerse. Había información que aún podía sacar de ella. Cualquier dato que lo acercará a los verdaderos culpables de infiltrar la academia y expandir su corrupción era importante.
?Tranquilo… tranquilo, Alec.? —pensó para sí mismo mientras intentaba calmar su respiración ?Solo un poco más. Un poco más de información y activas el cristal. Entonces, todo terminará.?
Madame Montgard inclinó la cabeza ligeramente, su voz impregnada de un tono meloso y peligroso habló:
—Entonces, querido… ?Qué es tan importante como para que me convoques en un lugar tan sombrío?
Alec estaba sudando frío, su cuerpo se tensaba bajo la presión de la situación. Madame Montgard, en cambio, parecía disfrutar cada instante, observando su comportamiento con una sonrisa que no dejaba de ser inquietante. Sus ojos, ocultos tras el velo, se fijaron en las manos de Alec, que permanecían dentro de sus bolsillos de manera sospechosa.
—Tú… dices que eres alguien importante en el culto de la Diosa de la Mirada Triste. —dijo Alec, con un intento de mantener su voz firme.
—En efecto, mi ni?o. —respondió Madame Montgard con dulzura calculada.
—Entonces… debes tener información sobre ellos.
La sacerdotisa agitó el dedo frente a él, negando suavemente mientras reía con aparente inocencia.
—Lo siento, querido. Puedo darte información sobre el culto del Padre sin Forma, pero me temo que el mío está fuera de discusión.
Alec frunció el ce?o, esforzándose por no dejar que su rabia lo dominara.
—?Por qué? —preguntó, cargado de frustración —?Acaso no son tan puros y justicieros como tanto predicas?
Madame Montgard dejó escapar una risa gentil, pero su sonrisa escondía una intención más oscura.
—No, mi ni?o. Pero, como tú, yo también soy leal a los míos. ?Cómo podría traicionarlos dándote información sobre ellos? Claro, podría hacerlo… si decides unírtenos.
Alec soltó una carcajada amarga.
—?En serio crees que traicionaría a los míos?
En ese preciso momento, las comisuras de Madame Montgard se curvaron en una sonrisa maligna, apenas visible bajo su velo. Había llevado la conversación exactamente hacia donde quería.
—?Por qué no? Después de todo, ellos ya te dieron la espalda. Te han abandonado… incluso tu querida abuela.
Las palabras golpearon a Alec como un relámpago. Su expresión se llenó de confusión, y su voz se alzó en un grito furioso.
—??De qué mierda estás hablando?! ?Deja de inventar excusas para que me una a ti!
Madame Montgard ladeó la cabeza, inocente y perfectamente actuado.
—?Excusas? Desde el principio, yo solo he sido honesta contigo. —Su voz se llenó de una dulzura envenenada —Te he dado pruebas, activos, imágenes, confesiones… todo lo que me has pedido te lo he dado, y nunca pedí nada a cambio. Solo quiero liberarte de su yugo… de aquella cruel mujer a la que llaman La Gran Sabía.
El rostro de Alec se torció en una mueca de furia. Podía soportar muchas cosas, pero no que alguien insultara a su familia. Cerró la mano con fuerza alrededor del cristal de comunicación, sintiendo cómo este cortaba su piel y hacía brotar sangre. Estaba listo para activarlo cuando Madame Montgard dejó caer la bomba final.
—Después de todo… —dijo, su tono se tornó más venenoso que nunca —?Por qué crees que eligió entregarle todo lo que le pertenece a un ni?o cualquiera antes que a ti?
Las palabras hicieron temblar la mirada de Alec. Su respiración se aceleró, y su mente comenzó a girar en espiral. No podía ser cierto. No era posible que lo que estaba insinuando fuera verdad. Pero la duda, ese veneno insidioso, comenzó a abrirse paso en su corazón.
—?Mientes! —gritó Alec, aunque su voz no tenía la convicción que esperaba. —Tú… ja, es un buen truco, pero… —murmuró Alec, tratando de recuperar algo de control sobre la situación.
—?Truco? —respondió Madame Montgard, llevándose una mano a la barbilla mientras fingía reflexionar —Hmmm… ya veo. Eso no será suficiente para ti. Entonces… ?Por qué no me dejas mostrártelo?
Alzó su mano hacia Alec, ofreciéndole una elección. El corazón de Alec comenzó a latir con fuerza, las palabras de la Sacerdotisa resonaban en su cabeza como un martillo que golpea metal caliente. Quería activar el artefacto y terminar con todo de una vez. Solo eso bastaba, un simple apretón, y todo se acabaría.
Pero… ?Y si era verdad? Si las palabras de Madame Montgard contenían un ápice de realidad, entonces no podía ignorarlo. Tenía que llegar al fondo de todo.
Con un último esfuerzo de valor, Alec tomó la mano de la Sacerdotisa. En ese instante, las penumbras a su alrededor se arremolinaron, envolviéndolos en una oscuridad tangible que parecía desintegrar el mundo a su alrededor.
Cuando Alec abrió los ojos, reconoció de inmediato el lugar. Estaban en el distrito Kamus, frente a un edificio que era demasiado familiar para él. Miró alrededor con rapidez, tratando de comprender la situación, y entonces lo vio. Era el edificio donde se hospedaba Sandra, una de las integrantes más cercanas a su batallón.
—Creo que conoces a Sandra, ?No es así, muchacho? —dijo Madame Montgard, con una sonrisa que hacía que su tono sonara aún más siniestro.
—Sí, es mi mano izquierda… —Alec respondió brevemente, pero su mente ya comenzaba a unir las piezas —No me digas que…
—Así es. —interrumpió Madame Montgard, sonriendo ampliamente —Ella es uno de nuestros activos más antiguos. Ha desempe?ado un papel crucial en nuestra causa, debo decir.
—??Infiltraron a uno de los suyos en mi organización?! —exclamó Alec, con la furia comenzando a brotar en su voz.
—Oh, querido… —Madame Montgard hizo un gesto teatral con la mano —No actúes tan inocente. Tu organización también tiene espías en otros lugares. Claro que tu querida abuela decidió no contarte sobre eso, ?Verdad?
Mientras cruzaban la calle, Alec notó algo extra?o. Era como si nadie los viera. Los transeúntes, los estudiantes que pasaban cerca, nadie parecía percatarse de su presencia. Era como si se hubieran desvanecido del mundo.
Ambos entraron al edificio, subiendo en silencio hasta el tercer piso. Cada paso que daban hacía crecer la sensación de opresión en el pecho de Alec.
—?Por qué necesitamos hablar con ella? —preguntó Alec, tratando de mantener su voz firme —?Crees que le creería a un traidor?
Madame Montgard soltó una risa suave, casi burlona.
—Jo, jo… no, querido. Sé que no lo harás. Pero… ?Y a tu familia?
Alec se detuvo, su mente se llenó de confusión.
—?De qué estás hablando? ?Qué tiene que ver mi familia con esto? —preguntó, con una leve desesperación.
Madame Montgard, siempre calculadora, sonrió mientras continuaba.
—Sandra ha sido una de mis alumnas más leales y talentosas. Aprendió todo sobre combate a una edad muy temprana. Pero eso no es lo importante. Lo que deberías saber es que desarrolló un vínculo muy… especial, con tu prima.
Las palabras hicieron eco en la mente de Alec, y su expresión pasó de la incredulidad al rechazo.
—No lo creo… —negó rápidamente, apretando los pu?os —Cualquier relación que tuviera Loana, estoy seguro de que me lo habría dicho.
—?Estás seguro? —dijo Madame Montgard, inclinando la cabeza ligeramente —Loana era una persona reservada. Quizás demasiado reservada… pero puedo asegurarte que Sandra fue mucho más que una conocida para ella.
Alec tragó saliva, su mente estaba luchando por encontrar un equilibrio entre lo que sabía y lo que Madame Montgard insinuaba. Cada palabra de la Sacerdotisa era un golpe contra la fortaleza de su confianza, y la duda comenzaba a invadir sus pensamientos.
Madame Montgard se giró hacia Alec, con esa sonrisa enigmática que parecía estar grabada en su rostro.
—Oh, querido… hay tantas cosas que tu familia te oculta. Sígueme, y todo se revelará pronto.
Sin darle tiempo para dudar, lo guió hasta la puerta del apartamento de Sandra. Al llegar, le hizo un gesto para que esperara.
—Solo unos minutos, todo se explicará entonces.
Alec, aunque nervioso y lleno de dudas, obedeció. No tuvo que esperar mucho antes de escuchar pasos en las escaleras. Loana apareció en escena, caminando con cansancio. Se detuvo frente a la puerta de Sandra, y lo que Alec presenció después hizo que su mundo tambaleara.
Sandra abrió la puerta y, al verla, recibió a Loana con un beso apasionado como saludo.
—Hola, hermosura… ?Me extra?aste? —dijo Sandra con un tono coqueto.
Loana, aunque un poco sonrojada, respondió con suavidad mientras se apartaba con una sonrisa.
—Bebé… aquí no, vayamos adentro.
Ambas entraron al apartamento, dejando la puerta entreabierta. Alec estaba consternado, incapaz de procesar lo que acababa de ver. Loana, su prima, tenía una relación con Sandra, la persona que él sospechaba estaba infiltrada en su organización.
Pero no era solo la sorpresa lo que lo descolocaba. Era el hecho de que había estado completamente ciego a esto. Y, sin embargo, su desconcierto no era nada comparado con lo que estaba a punto de escuchar.
Desde su posición oculta, Alec observó a Loana dejar su bolso sobre el sofá y soltarse la liga del cabello mientras se retiraba los lentes. Sandra la miraba con preocupación.
—?Qué sucede, Ana? —preguntó Sandra, acercándose —?Te pasó algo?
Loana negó con la cabeza, mirando el espejo de la sala como si intentara encontrar una respuesta en su propio reflejo.
—No, es… solo… no importa. Mejor haré la cena. Hace tiempo que no tenemos una noche a solas.
Sandra frunció el ce?o, cruzando los brazos.
—No, no, no. Primero tendrás que contármelo. Si hay algo que te está causando dolor, tienes que decirme. ?Acaso no estoy para eso?
Loana, intentando esquivar el tema, trató de sonreír.
—No… no quiero traerte problemas. Yo solo…
—?Hey! —interrumpió Sandra, tomando a Loana de los hombros y mirándola a los ojos —?Para qué estoy yo? ?Los problemas son lo mío! Así que deja que te consuele, ?Sí?
Sandra la guió con cuidado para que se recostara sobre su regazo, acariciando su cabello con delicadeza. Loana cerró los ojos, dejando que la paz del momento la envolviera tras un día difícil.
—Si hay algo que te trae mal… dímelo. Tal vez no soy alguien importante, pero…
—?No! —refutó Loana, levantándose ligeramente y tomando las manos de Sandra, que parecían decaídas. Su voz era firme y llena de emoción —No digas eso. No hay manera de que piense eso de ti. Yo te amo, Sandra. Eres lo más importante para mí. Tú me ayudas a sobrevivir a todo esto día a día. Sin ti… me habría dado por vencida hace mucho. Te amo.
Ambas compartieron un beso romántico, uno lleno de sentimientos sinceros que hizo que Alec sintiera una leve calma en su interior. Aunque el secreto lo había tomado por sorpresa, no podía evitar sentirse feliz por su prima. No había nada malo en que Loana hubiera encontrado el amor, incluso en alguien como Sandra.
Pero justo cuando comenzaba a aceptar la escena, escuchó algo que lo hizo tensarse nuevamente.
—Es solo que… hay algo que me come la cabeza desde la cena… —murmuró Loana, preocupada.
La conversación dentro de la habitación continuaba cargada de tensión, cada palabra pronunciada por Loana era como un clavo más en el corazón de Alec, que permanecía oculto tras la puerta, escuchando cada fragmento con una mezcla de incredulidad y rabia contenida.
—?La cena? —preguntó Sandra con curiosidad mientras acariciaba el rostro de Loana —?No dijiste que todo había transcurrido con normalidad? Después de todo, le dijeron la verdad a Cáliban, de eso iba todo esto, ?No?
Loana asintió, pero su mirada estaba cargada de incertidumbre.
—Sí… es cierto. Pero no entiendo lo que planeaba mi maestra. Digo, después de todo, quiso darle el puesto de heredero a Cáliban, quería dejar a Alec fuera de la línea de sucesión…
En ese instante, el aire en la habitación pareció volverse más pesado. Desde su posición, Madame Montgard observó de reojo el rostro de Alec. Aunque su expresión era inexpresiva, la ira contenida comenzaba a aflorar, como un volcán a punto de estallar.
—No… —susurró Alec, como si al negarlo pudiera evitar que las palabras fueran ciertas —No…
Madame Montgard, siempre oportuna, colocó sus manos en los hombros de Alec, hablando con un tono cargado de falsa compasión.
—Te lo dije, mi ni?o… ellos nunca verán tu verdadero valor. Esto es lo que ella quería. Quitarte todo lo que te ganaste para dárselo a un ingrato. Lo siento tanto…
Mientras hablaba, apretó los hombros de Alec, como si intentara consolarlo, aunque su mirada brillaba con la satisfacción de ver cómo la duda y el rencor crecían en él.
Pero Loana no había terminado. Continuó hablando, como si las palabras que Alec escuchaba fueran cuchillas invisibles.
—Por más que le pregunté el porqué, ella no quiso decirme nada. Le ofreció la oportunidad de tomar todo lo que le corresponde. Sus tierras, su puesto, su manto… ?Todo! Por más que le doy vueltas a mi cabeza, no logro entender por qué… yo…
—Shh… —Sandra la interrumpió suavemente, abrazándola con fuerza —Está bien, eso ya no importa. Lo importante es que estás aquí conmigo.
Sandra comenzó a besar lentamente el cuello de Loana, dejando claro que la conversación tomaba un rumbo más íntimo. Madame Montgard, al notarlo, giró hacia Alec con una sonrisa maliciosa.
—Oh… creo que esto ya no es necesario que lo veas. Vámonos, mi ni?o.
Alec no respondió, aún estaba paralizado por las palabras de Loana. Estaba en shock, intentando procesar la traición que había escuchado, o lo que él percibía como tal. Madame lo tomó de los hombros con cuidado y lo condujo hacia la salida mientras, en el cuarto, ambas mujeres comenzaban a perderse en sus caricias.
Sandra, entre besos, tumbó a Loana sobre la cama con suavidad pero firmeza.
—Oh, espera… iré a cerrar la puerta.
Mientras Madame Montgard y Alec abandonaban el lugar, la Sacerdotisa se giró ligeramente, encontrando la mirada de Sandra al otro lado de la habitación. Sandra le devolvió un leve gesto de reverencia, y Madame respondió con un sutil asentimiento, complacida con el resultado de sus acciones.
Antes de que Alec pudiera siquiera reaccionar, Madame Montgard activó su magia, envolviendo a ambos en una nube de humo gris que los transportó lejos del lugar.
Sandra cerró la puerta tras ella con una sonrisa de satisfacción, asegurándose de que nadie pudiera escucharlas.
—?Por qué tardas tanto? —exclamó Loana desde la cama, cargada de expectativa y emoción, sin saber el peso que esas palabras tendrían en el futuro.
—Ya voy… —respondió Sandra, con una sonrisa cálida mientras giraba la cerradura —Solo estaba asegurándome de que nadie nos escuchara.
La puerta se cerró con un leve clic, dejando tras ella un silencio tumultuoso en el pasillo vacío. El aire parecía más denso, cargado de secretos y consecuencias que aún no habían salido a la luz.

