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Capítulo 86: Soberano

  La profesora Adelina abrió los ojos lentamente, parpadeando mientras trataba de reconocer su entorno. Las paredes blancas, los instrumentos médicos y el tenue olor a desinfectante confirmaron su ubicación. Estaba de vuelta en el hospital. Al girar la cabeza, se encontró con la mirada severa de la doctora Mirella Mirne, quien estaba terminando un chequeo de rutina.

  —Ah… ya has despertado, sinvergüenza. —gru?ó Mirella, de furia contenida.

  Adelina se tensó ante el comentario, sorprendida.

  —?Sinvergüenza? ?De qué hablas? —intentó incorporarse, pero pronto notó que sus extremidades no respondían como esperaba. Bajó la mirada y vio que tenía ataduras en la cintura, la pierna y un brazo —??Qué es esto?!

  La doctora Mirne suspiró profundamente, tratando de mantener la compostura.

  —?Ya se te olvidó tan rápido el numerito de anoche? —respondió con un tono glacial —Encontramos rastros de veneno en tu sistema. Gracias a los alumnos que te trajeron justo a tiempo, pudimos tratarte rápidamente.

  Adelina entrecerró los ojos, intentando reunir las piezas de lo que había ocurrido. Apenas empezaba a recordar fragmentos cuando Mirella explotó.

  —??En qué demonios estabas pensando, idiota?! —su reclamo resonó en la habitación.

  Adelina permaneció en silencio, mirando a la doctora mientras está descargaba su furia con rega?os. Mirella, profundamente indignada, interpretaba lo sucedido como un intento fallido de suicidio. No podía comprender cómo alguien en su posición podía someter a sus alumnos a una experiencia tan traumática.

  —?Eso no es comportamiento de un profesor! —continuó Mirella, alzando la voz —?Tienes una responsabilidad hacia esos chicos!

  Adelina, sin embargo, no dijo nada. Sus pensamientos estaban enfocados en los fragmentos de memoria que intentaba ordenar. Mirella, al darse cuenta de que no estaba siendo escuchada, dejó escapar un bufido y se dirigió hacia la puerta, arrastrando su larga cola por la habitación. Antes de salir, lanzó una última advertencia, con sus ojos serpentinos brillando de rabia.

  —Te quedarás aquí y descansarás. ?Sin objeciones!

  Cerró la puerta de un portazo, dejando a Adelina sola en la habitación, sumida en sus pensamientos.

  Mientras tanto, en el castillo, Cáliban y Joseph estaban inmersos en una acalorada discusión. Joseph estaba de rodillas frente a Cáliban, suplicando una y otra vez.

  —?Por favor! —repetía con desesperación —?Te lo suplico!

  —La respuesta sigue siendo no. Ya levántate. —respondió Cáliban, de manera fría e inamovible.

  —Pero…

  Antes de que pudiera continuar, Cáliban alzó un dedo y, con un leve gesto, hizo que Joseph flotara hasta su asiento, cortando la conversación de forma tajante. Habían pasado horas de súplicas, y Cáliban estaba visiblemente irritado.

  —?Por favor! ?Debe haber una manera de ayudarla! Estoy seguro de que si lo hacemos, se convertirá en una aliada fuerte para nosotros. —insistió Joseph, cargado de esperanza.

  Cáliban negó con la cabeza, sin un atisbo de vacilación.

  —No. Está fuera de discusión.

  Joseph apretó los pu?os, frustrado.

  —?Por qué? —preguntó con tristeza —Has ayudado a otros a cambio de casi nada. ?Por qué con ella no?

  Cáliban se detuvo por un momento, su mirada se fijó en Joseph.

  —Porque es una persona impredecible… demasiado para mi gusto. —murmuró Cáliban, cerrando los ojos mientras apoyaba la cabeza en el respaldo de su silla.

  La declaración parecía carente de sentido para quienes lo rodeaban, excepto para Lady Lidia, quien conocía la verdadera naturaleza de los dones oculares de su se?or. Poco después de que ella se recuperara de su condición debilitante, su esposo le había explicado en detalle el alcance y las limitaciones del poder compartido que él y Cáliban poseían. La Mirada Celestial.

  Era un poder único, capaz de llevar los sentidos de su portador a un nivel magistral. Una vez incubado, no abandonaba el alma de su portador incluso tras la muerte. Sin embargo, esta técnica venía con restricciones. Los ojos del portador no podían soportar la magnitud completa de sus capacidades, limitándose a dos aplicaciones específicas.

  La primera era la visión a través de las cosas, útil en incontables situaciones de vida y muerte. La segunda era aún más particular, pues le permitía ver las intenciones de las personas. Este don era invaluable para discernir entre aliados y enemigos, para saber en quién confiar y en quién no.

  Sin embargo, con la profesora Sill, las cosas eran diferentes. Cáliban había visto antes a individuos que no se ajustaban a un molde claro de bondad o maldad. Personas impredecibles, cuya naturaleza oscilaba entre ser los héroes más virtuosos o los monstruos más despiadados.

  ?No puedo permitirme revelar secretos a alguien así.? —pensó Cáliban, dejando escapar un largo suspiro mientras jugueteaba con un anillo en su dedo.

  —Lo siento, Joseph… —dijo finalmente, levantándose de su asiento —No puedo permitirme tomar un riesgo como ese. Lo lamento.

  Joseph se quedó en silencio, sus súplicas ya no tenían efecto. Su corazón se partió mientras veía a Cáliban alejarse. Reinhard y Dimerian se acercaron para consolarlo, ofreciéndole palabras de apoyo y empatía.

  Por su parte, Lady Lidia no apartó la mirada de Cáliban mientras este se retiraba. Suspiró profundamente, incapaz de comprender completamente los pensamientos de su se?or. Sin embargo, para él, había algo más que le inquietaba. La verdad que habían descubierto.

  —Si es cierto lo que dijo… entonces debo hacer algo al respecto. —susurró para sí mismo, lleno de determinación.

  Cáliban se encerró en su oficina en el gremio, un lugar que consideraba más adecuado para pensar que el imponente castillo. Sentado frente a su escritorio, dejó que su mente viajara por los laberintos de su memoria, volviendo una y otra vez a la promesa que le había hecho a Lord Xander.

  La noche del cumplea?os de Juliana seguía fresca en su mente. Fue entonces cuando Lord Xander había mencionado un nombre en particular, el nombre de su cu?ada. Esa mención había encendido una chispa en Cáliban, haciendo que comenzara a trazar un plan mientras unía los puntos.

  —?Estás seguro? —le había preguntado a Lord Xander esa noche —?El hombre realmente pronunció su nombre?

  Lord Xander negó con la cabeza, pero la verdad brillaba claramente en sus ojos.

  —Dijo que me arrepentiría de descubrir su identidad… creo que se refería a eso.

  Cáliban se quedó pensativo, las palabras del hombre reverbero en su mente.

  —Entonces, tal vez trataba de ponerte en contra de ella… los cultos suelen usar tácticas como esa. —murmuró Cáliban —Incluso, si es necesario, eliminan a sus propios miembros útiles si eso eleva sus posibilidades de éxito.

  Ante las palabras de Cáliban, Lord Xander no pudo evitar que la duda se colara en su propia teoría. Sin embargo, si alguien cercano a su cu?ada estaba vinculado al culto, la posibilidad de que ella también estuviera involucrada era inquietantemente alta. Había algo que, aunque le dolía admitirlo, le daba a Cáliban razones para considerar esa posibilidad.

  —Mi se?or… ?Sabe por qué tardé tanto en decirle esto? —preguntó Xander, con tensión y pesar.

  Cáliban inclinó la cabeza, intrigado, mientras veía a Xander sacar una fotografía algo arrugada de su chaqueta.

  —Esta es una foto del aniversario del Gorrión Dorado de hace dos a?os… mire…

  Cáliban tomó la imagen y comenzó a examinarla detenidamente. Al principio, no vio nada fuera de lo común. Había un Xander demacrado y amargado, con una copa de vino en la mano. Pero, al observar los alrededores, sus ojos se detuvieron en un detalle específico.

  En las escaleras principales, Madame Montgard aparecía conversando con el profesor Cunim y su asistente, mientras Clayton parecía subir las mismas escaleras para unirse a la charla.

  —Esto no es una prueba, Xander… —murmuró Cáliban, devolviendo la fotografía —Pero tampoco es algo que debamos ignorar.

  La intriga lo envolvió. Si Madame Montgard estaba realmente detrás de todo esto, su poder y autoridad eran suficientes para hacer cualquier conexión plausible. Aún procesando la información, Cáliban fue interrumpido por el tono grave de Xander.

  —Mi se?or… ?Puedo pedirle un favor? —Xander habló formalmente, con un toque de súplica que Cáliban no había esperado.

  —?Qué sucede?

  Xander inhaló profundamente antes de continuar, su voz se quebraba por una tristeza contenida.

  —Por favor… no le diga nada a Lidia.

  Cáliban frunció el ce?o, sus ojos se entrecerraron ante tal petición.

  —Entiendo lo que piensa, pero… créame, ya he matado a mi propia sangre para protegerla. He sentido el peso de la traición de quienes menos esperaba. Y, aunque acabé con ellos… no me hizo sentir mejor.

  Las palabras de Xander golpearon a Cáliban como un eco de sus propios sentimientos. Sabía exactamente lo que significaba ese vacío, esa sensación de que el sacrificio, por necesario que fuera, nunca reparaba el da?o interno.

  —No quiero que ella experimente esa sensación. —continuó Xander, apenas en un susurro —Es fuerte, pero… no sé si soportaría tal verdad. Así que, por favor… se lo imploro… no le diga nada.

  Cáliban, con una mirada pesada y consciente, asintió en silencio. La petición de Xander le recordaba sus propias decisiones pasadas y el peso de mantener ciertos secretos por el bien de otros.

  De regreso en su oficina, Cáliban se quedó mirando fijamente al escritorio, perdido en sus pensamientos. La imagen de la fotografía y las palabras de Xander seguían ocupando su mente cuando un suave golpe en la puerta lo devolvió al presente.

  —?Puedo pasar? —preguntó una voz familiar.

  Era Lady Lidia. Sin esperar respuesta, abrió la puerta y entró en la habitación, tomando asiento frente a él.

  —Lo siento, llamé varias veces, pero no me contestaste… —dijo, con una mezcla de preocupación y suavidad en su tono.

  Cáliban, aún un poco aturdido, le respondió mientras intentaba reorganizar sus pensamientos.

  —Está bien… yo… me quedé perdido en mis pensamientos. ?Qué puedo decir? Soy muy viejo… las cosas se me olvidan.

  Lady Lidia dejó escapar una suave risa, e inclinó la cabeza mientras lo observaba.

  —Me imagino… —respondió, aunque su tono llevaba un matiz de curiosidad, como si intentara leer entre líneas.

  Cáliban esbozó una ligera sonrisa, pero no pudo evitar que sus pensamientos volvieran a girar en torno a la verdad que había prometido ocultar.

  El silencio entre Cáliban y Lady Lidia se extendió por unos segundos. Cáliban sabía perfectamente por qué había venido, y aunque la conocía bien, no podía evitar sentirse irritado por eso. Sin importar lo que le dijera, no cambiaría de opinión. Pero lo que no esperaba era la habilidad de persuasión que Lidia manejaba con tanta naturalidad.

  —Se?or… yo…

  —Es un no, y se acabó, Lidia. —interrumpió Cáliban con un tono firme, sin darle espacio para continuar.

  Lidia, sin embargo, sonrió con gentileza, mostrando su habitual calma incluso ante el rechazo.

  —Tiene razón. —admitió con un tono suave, inclinando ligeramente la cabeza —Pero… ?Eso está bien?

  Cáliban frunció el ce?o, sabiendo que sus palabras no iban a detenerla.

  —Entiendo su preocupación por la volatilidad de Adelina… pero créame, yo misma vi a esa joven levantarse desde lo más bajo en la academia hasta convertirse en uno de sus pilares. Lo que ocurrió no fue su culpa.

  —No dije que fuera su culpa. —interrumpió Cáliban, apoyándose ligeramente sobre el escritorio —Pero tampoco creo que sea correcto interferir en su vida. Es una lástima lo que le sucedió, sí, pero su vida ya es lo suficientemente miserable como para que nosotros la compliquemos aún más.

  Lidia suspiró, dejando una sensación de amargura en el aire. Sin embargo, no dejó que eso la detuviera.

  —?Cómo catalogaría su comportamiento? —preguntó, inclinando ligeramente la cabeza con una curiosidad desafiante.

  Cáliban alzó una ceja, intrigado por la pregunta.

  —Bueno… como el de alguien que haría cualquier cosa si se le diera el poder. Obviamente, sin preocuparse por si quien la ayuda es bueno o malo… lo cual, en cualquier caso, no es algo positivo.

  Lidia sonrió con un destello de determinación en los ojos.

  —?Exactamente! Sabiendo eso, ?Por qué dejarla a su suerte? Si es capaz de hacer cualquier cosa por poder, ?Por qué no darle poder para hacer el bien?

  Cáliban suspiró, dejando que la exasperación se manifestara en su rostro.

  —?Y cómo lo haría?

  —Dale esperanza. —respondió Lidia con firmeza —Dale algo en qué creer. Un motivo para volver a usar su corazón, para poner empe?o en lo que hace. Ahora mismo está en el abismo, donde no ve ni una sola luz. ?Por qué no ser esa luz guía?

  Cáliban dejó caer el peso de su cabeza contra el respaldo de la silla, soltando un suspiro cargado de frustración.

  —Porque la luz genera sombras gruesas… —murmuró en un tono sombrío —Y la mía, temo, que genera cosas peores.

  Lidia esbozó una sonrisa paciente, negando ligeramente con la cabeza ante sus palabras.

  —Además, ya te dije que yo no…

  —Eres esa clase de dios, sí, lo entiendo. —lo interrumpió con un tono respetuoso, aunque decidido.

  Lidia guardó silencio por unos segundos, buscando las palabras adecuadas. Finalmente, suspiró antes de hablar con franqueza.

  —Aunque no lo creas… les has traído esperanza a esos jóvenes.

  —Eso no es… —comenzó Cáliban, pero su voz se desvaneció antes de completar la frase.

  Lidia lo miró con ternura y un toque de reproche, dispuesta a seguir luchando por lo que consideraba correcto.

  —Sí, es cierto. —interrumpió Lidia con un tono firme pero suave. Sus ojos se fijaron en Cáliban, buscando un atisbo de comprensión en él, un peque?o destello que la animará a continuar —Príncipes… princesas… ni?os criados por naciones que se odian entre sí. Usados como herramientas políticas para alimentar futuros conflictos. Una de ellas, incluso, siendo un vampiro…

  Hizo una pausa breve, cargada de emoción contenida.

  —Y aun así… los vi comportarse como jóvenes aquella noche. Riendo, comiendo, bebiendo, jugando como si fueran ni?os otra vez.

  Lidia desvió ligeramente la mirada, su tono se volvió más íntimo.

  —No puedo hablar por los demás, pero mi esposo me contó sobre la joven Astrid. Puede que no lo sepas, incluso yo me sorprendí cuando me lo dijo. Mientras yo estaba en cama, fuimos elegidos por el rey para ser los padrinos de esa ni?a. Desde que asistió a la ceremonia y en sus visitas posteriores… jamás la vio sonreír. Ni una sola vez. —dijo en un tono que dejaba ver su propia incertidumbre —Mi corazón se rompió al escuchar por todo lo que había pasado y por no haber estado allí para consolarla.

  Cáliban no dijo nada, pero sus ojos la seguían, interesados en lo que tenía que decir.

  —Pero en la cena… —Lidia continuó, temblando ligeramente al recordarlo —La vi reír hasta reventar. Bromear con sus amigas y saltar de un lugar a otro en el castillo, llena de curiosidad en sus ojos inocentes. Mi corazón se llenó de júbilo. Saber que esa ni?a, para quien no pude estar, aún seguía ahí, me dio esperanza… esperanza de que aún no era demasiado tarde para ella.

  Cáliban, todavía en silencio, desvió la mirada hacia el escritorio, aparentemente absorto.

  —Claro, puede que para usted no signifique nada… —Lidia prosiguió, levantándose con calma de su asiento —Pero sus acciones les han traído esperanza a esos ni?os. Y por ello… le doy las gracias.

  Lidia hizo un gesto de agradecimiento, inclinándose ligeramente antes de girarse hacia la puerta.

  —Le deseo que pase una excelente tarde. —dijo, de forma tranquila.

  Sin a?adir más, abandonó la sala con la frente en alto, cerrando la puerta tras ella. Cáliban se quedó reclinado en su silla, en silencio, mirando hacia la ventana a su espalda. Su mente seguía atrapada en los pensamientos que Lidia había dejado atrás.

  —Maestro…

  La voz de Lidia había despertado un recuerdo enterrado, uno que había marcado profundamente a Cáliban. Cerró los ojos, dejándose llevar por el eco de una vieja conversación en el jardín del castillo.

  —?Sabes? A veces pienso en lo afortunados que son los mortales. —dijo Avalos, su antiguo maestro, mientras acariciaba delicadamente una flor en su jardín.

  Cáliban, en aquel entonces conocido como Avalon, lo miró con incredulidad.

  —?Afortunados? ?Una existencia condenada a desaparecer y sufrir le parece afortunada? —respondió, incapaz de comprender las palabras de Avalos.

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  El maestro dejó escapar una risa tranquila, una sonrisa llena de sabiduría.

  —Claro. —respondió —?De qué otra manera sabrías que ha valido la pena vivir?

  Avalon frunció el ce?o, confundido. Avalos continuó, su voz era impregnada de una extra?a ternura.

  —El dolor no es ajeno, discípulo mío… vivir cada día como si fuera el último, al lado de las personas que más amas, sin miedo a querer más… es fascinante. Saber que, aunque todo termine, aunque nada sea eterno, tus esfuerzos podrían ser en vano y aun así seguir adelante… eso es algo que los inmortales no tenemos.

  Cáliban había quedado en silencio, reflexionando profundamente.

  —?De qué habla, maestro? —preguntó con respeto, buscando entender el significado de esas palabras.

  Avalos lo miró directamente a los ojos, con una sonrisa que parecía contener todo el peso de la eternidad.

  —De esperanza, Avalon… esperanza.

  El eco de esa palabra reverberó en la mente de Cáliban mientras volvía al presente, sentado en su oficina. La esperanza, una fuerza tan efímera como poderosa, parecía susurrarle desde los confines de su memoria.

  Cáliban recordó la mirada vacía en los ojos de su maestro mientras le transmitía aquellas palabras sobre la mortalidad. Solo después de siglos recorriendo los mundos, comprendió la verdad y el regalo que Avalos intentaba ense?arle. La fugacidad de la vida, esa llama que se extinguía rápidamente, la hacía infinitamente valiosa.

  —En momentos como este, desearía que pudieras seguir guiándome, maestro… —susurró Cáliban, dejando escapar un suspiro mientras su mirada se perdía en el horizonte.

  Los pasos firmes de Lord Xander resonaban en la calle, su rostro era marcado por una resolución inquebrantable. Caminaba hacia el Gorrión Dorado, ignorando las advertencias de su se?or. Por mucho que Cáliban intentará disuadirlo, Xander no podía apartar de su mente las verdades dolorosas que había descubierto. Si Madame Montgard era la culpable de todo, no dudaría en enfrentarse a ella. Y si tenía que matarla, lo haría, incluso frente a testigos.

  Desde el balcón del Gorrión Dorado, Madame Montgard reía con gracia mientras entretenía a su distinguido invitado. Su risa cesó cuando, desde lo alto, vio la figura imponente de Lord Xander caminando por la calle. Su mirada lo siguió, y una chispa de interés y cautela iluminó sus ojos.

  —Madame… ?Sucede algo? —preguntó su acompa?ante, notando su distracción.

  —No, querido… —respondió con una sonrisa amable —Pero creo que deberemos posponer nuestra charla. Tengo un invitado que atender.

  —?Disculpe? Pero yo-

  —Haz lo que te dice. —ordenó una voz grave que emergió desde las sombras del balcón.

  La figura de Lord Xander apareció bajo la tenue luz, su presencia se llenó de una ira contenida que luchaba por dominar.

  —?Lord… Lord Hilloy! —balbuceó el hombre, poniéndose de pie apresuradamente —?Disculpen!

  Sin esperar más, el invitado abandonó la mesa, dejando solos a Madame Montgard y a Lord Xander. La tensión en el aire era palpable. Sin embargo, Madame, acostumbrada a las intrigas, mantuvo su máscara de cortesía.

  —?Cu?ado! ?Por qué no me avisaste que vendrías? Habría preparado un-

  —Deja los juegos, Berenice. —La interrumpió con un tono sombrío, sentándose frente a ella —Ya debes saber por qué estoy aquí… sacerdotisa.

  Madame Montgard dejó escapar un largo suspiró, acomodándose en su asiento con una elegancia estudiada. Entonces, las comisuras de sus labios se curvaron en una sonrisa traviesa, como la de un ni?o descubierto en una travesura.

  —?Cómo está mi hermanita? —preguntó con un tono casi burlón.

  Lord Xander frunció el ce?o ante su actitud infantil, pero no respondió de inmediato.

  —Oh, vamos… —continuó Madame, jugueteando con una copa de vino sobre la mesa —Sé que está viva. Si hubiera muerto, estarías envuelto en una bola de fuego por el dolor. Así que es obvio que aún respira. Pero…

  Se inclinó ligeramente hacia adelante, mostrando una sonrisa arrogante y cargada de malicia.

  —Me pregunto… ?Cuál es su estado? ?Acaso sigue grave?

  El tono de su voz se volvió un murmullo mientras sus ojos se encendían con un brillo púrpura, llena de desafío y provocación.

  —Puedo darte la cura… si así lo deseas.

  Las palabras de su cu?ada eran como veneno deslizándose por las venas de Lord Xander, cada sílaba era una daga. Estaba al borde de explotar, con las venas tensándose en su cuello mientras su rostro ardía de rabia. Madame Montgard, triunfante, mantenía su sonrisa, saboreando el control que creía tener sobre la situación. Lord Xander apretó los pu?os bajo la mesa, luchando por controlar la furia que hervía en su interior. La oferta de Berenice no era solo un acto de poder; era un recordatorio de su control sobre la situación.

  De repente, Xander respiró hondo, cerrando los ojos y forzando a su cuerpo a relajarse. Cuando los abrió, en lugar de la explosión de ira que Madame esperaba, una sonrisa apareció en su rostro. Llevó un pu?o a la boca, conteniendo una risa que resonaba baja pero cargada de ironía.

  —?Qué es tan gracioso? —preguntó Montgard, irritada ante la reacción inesperada —?Acaso la vida de mi hermana te parece poca cosa?

  Xander bajó el pu?o lentamente, dejando que su mirada la perforará.

  —No… —respondió con una calma que parecía helar el aire —Es solo que me resulta gracioso que la traidora que arruinó la vida de mi hermano y casi mata a la mujer que amo, incluso siendo su propia hermana, me ofrezca la cura… como si pudiera comprar mi dignidad. En serio… es gracioso.

  Sus ojos se iluminaron con un destello carmesí, irradiando una amenaza asesina que llenó el balcón. Madame Montgard percibió al instante el poder divino que corría por sus venas, entendiendo que su oponente también había sido marcado por una deidad patrona.

  —?Ja, ja! Toda esa energía… —rió Madame con fingida despreocupación, inclinándose ligeramente hacia adelante —Y pensar que ya le has vendido tu alma a otro ser superior. Dime, Xander… ?Estás satisfecho con ser una mera marioneta de un dios que no te quiere?

  La sonrisa de Xander se volvió gélida, una respuesta calculada salió de sus labios.

  —No lo sé… a diferencia de ti, el mío no me ignora.

  Las palabras golpearon a Montgard como un pu?al, y aunque su sonrisa apenas se torció, su mirada reveló que el comentario había dado en el blanco. Pero su experiencia la mantuvo firme, recuperando rápidamente su compostura.

  Xander, por su parte, consideró por un momento lo fácil que sería acabar con ella ahí mismo. Solo un destello rápido en su garganta y todo habría terminado. Pero Montgard, que conocía demasiado bien el estilo de combate de su cu?ado, notó el movimiento casi imperceptible de su mano.

  —Yo no lo haría si fuera tú… —dijo con un chasquido de dedos.

  De inmediato, los transeúntes en la calle, así como los trabajadores en el fondo del salón, se detuvieron, girando sus cabezas para mirar a Xander con ojos vacíos. Cada uno de ellos estaba bajo el control de Montgard.

  —Este es mi territorio, cu?ado. —declaró con un tono suave pero firme —Así como eres invencible en el tuyo, yo también lo soy aquí.

  Xander frunció el ce?o, bajando lentamente la mano mientras analizaba la situación. Sabía que un movimiento en falso lo colocaría en desventaja frente a una horda, pero también comprendía que aquello era un teatro cuidadosamente montado. Aunque Madame Montgard aparentaba tener control absoluto, ambos sabían que en una batalla real, no estaba claro quién saldría victorioso.

  Manteniendo la calma, Xander respiró profundamente y se levantó de su silla con la gracia de un depredador que se retira solo para preparar el próximo ataque. Ajustó su traje con calma y le dirigió una última mirada cargada de promesas.

  —Por la sangre de Lidia y mi hermano… te haré pagar cien veces el dolor que causaste, Berenice.

  Montgard dejó escapar una risa suave, llevándose una mano al pecho, como si hubiera recibido un halago.

  —Eres libre de intentarlo, Xander…

  El odio palpable entre Xander y Madame Montgard alcanzó tal intensidad que los vitrales del Gorrión Dorado comenzaron a agrietarse bajo la presión invisible de su confrontación. Durante unos segundos, ambos mantuvieron la mirada fija, un duelo silencioso que parecía amenazar con desatar el caos. Finalmente, Xander dio un paso atrás, girando sobre sus talones y alejándose rápidamente. No podía soportar un segundo más la presencia de su cu?ada.

  Madame Montgard lo observó desaparecer entre la multitud con una sonrisa calculadora antes de levantarse con elegancia. Sin perder tiempo, se dirigió a las profundidades del Gorrión Dorado, hacia las catacumbas ancestrales ocultas bajo el edificio. Estas catacumbas, resguardadas celosamente, eran el corazón de su base secreta.

  En el rincón más oscuro del recinto, se encontró con Alec, quien estaba sumido en la lectura de los documentos que exponían los actos atroces de la organización de su abuela. Sus manos apretaban los bordes de las páginas, y su expresión era una mezcla de repudio y dolor.

  —?Hola, querido! ?Sigues leyendo? —preguntó Montgard con un tono dulce, rodeándolo con sus brazos.

  Alec, aunque acostumbrado ya a esas muestras de afecto por parte de ella, no pudo evitar sentir un leve escalofrío.

  —?Sucede algo, se?ora? —preguntó, con su voz melancólica y cargada de cansancio emocional.

  —Oh, querido, no te preocupes por eso… mejor ven conmigo. Hay alguien a quien debo presentarte.

  Sin esperar respuesta, Madame Montgard tomó a Alec de la mano y lo guió por los oscuros pasillos de las catacumbas. A medida que avanzaban, el aire se volvía más denso, cargado de una energía opresiva. Finalmente, llegaron a una cámara oscura donde un portal comenzó a abrirse.

  Del portal surgieron cuatro figuras, cada una vestida con armaduras de batalla ceremoniales que cubrían completamente sus rostros. Sus presencias eran intimidantes, y Alec no necesitó mucho para darse cuenta. No eran simples soldados ni cultistas estándar. Eran guerreros de élite del culto, entrenados para ser herramientas letales de su causa.

  Pero antes de que Alec pudiera procesar la magnitud de lo que veía, una quinta figura emergió del portal. Un hombre anciano, de porte severo y vestido con ropajes ceremoniales, avanzó con pasos deliberados. Su aura era aplastante, irradiando un poder tan vasto que parecía hacer vibrar las paredes mismas del recinto.

  —Sacerdotisa… —dijo el anciano, alzando su mano en un gesto solemne.

  —Mi se?or… —respondió Madame Montgard, inclinándose profundamente y besando su mano con reverencia.

  El anciano asintió con autoridad, permitiendo que todos se levantaran. Su voz resonó en la cámara con un tono grave y poderoso que heló la sangre de Alec.

  —?Este es el joven? —preguntó, con su mirada fija en Alec, quien permanecía inmóvil como una estatua.

  —Sí, se?or. él es el elegido por ella.

  Alec no sabía cómo reaccionar. Su cuerpo permanecía rígido y su mente en blanco, sin saber si debía hablar o simplemente esperar. La presencia del anciano era sofocante, como si el aire mismo estuviera cargado de una presión insostenible.

  Madame Montgard, percibiendo la incomodidad de Alec, habló rápidamente para romper el silencio.

  —Alec, te presento al Soberano del Culto a la Diosa de la Mirada Triste. él es el máximo jefe de todo y todos…

  Alec permaneció en silencio, paralizado tanto por la presencia imponente del Soberano como por la magnitud de lo que estaba ocurriendo. Si este hombre era el líder absoluto del culto, su poder debía ser devastador, una fuerza capaz de borrar naciones enteras. Cuando intentó arrodillarse, el Soberano levantó una mano, deteniéndolo.

  —Joven… tú eres el elegido por la Gran Madre. No te arrodilles ante nadie. —declaró con una voz grave y solemne.

  Los ojos del Soberano brillaron con un intenso color violeta, y Alec sintió una energía recorriéndolo como si estuviera siendo escaneado en cada fibra de su ser.

  —?Qué edad tienes? —preguntó el Soberano, inesperadamente amable, lo que tomó a Alec con la guardia baja.

  —D… diecisiete, se?or… —respondió, temblando ligeramente.

  El Soberano asintió con una leve sonrisa.

  —Diecisiete a?os y ya estás a este nivel… realmente eres una bendición. —Colocó una mano pesada pero cálida sobre el hombro de Alec —Debes estar orgulloso, joven. Tu futuro será ilimitado. Ven, acompá?ame.

  Mientras el Soberano guiaba a Alec hacia otra sala, Madame Montgard se volvió hacia los otros sacerdotes que esperaban en el recinto.

  —?Hermanos! —exclamó con una ligera reverencia —Ha pasado tiempo. Espero que se encuentren bien.

  Uno de los sacerdotes, una figura robusta con una voz grave, dio un paso al frente.

  —Hermana… has hecho un gran trabajo todos estos a?os.

  Montgard sonrió con humildad.

  —Tuve una buena maestra…

  El sacerdote asintió lentamente, aunque su tono permaneció solemne.

  —Sí… es una lástima lo de la dama Hilloy. Pero no es momento para la tristeza, hermana. —Extendió una caja de madera decorada con runas y símbolos arcanos hacia ella —Toma esto.

  Madame Montgard abrió la caja, revelando una armadura similar a la que portaban los demás sacerdotes. Era elegante y opresiva, dise?ada tanto para la batalla como para la intimidación.

  —Pruébatela y asegúrate de estar lista para el día del festival, hermana. Ese día, acabaremos con el culto al Padre sin Forma para siempre.

  Madame Montgard inclinó la cabeza con respeto, sosteniendo la caja como si fuera una reliquia sagrada.

  —Lo haré.

  En la otra sala, Alec y el Soberano estaban en un recinto lleno de penumbra. Solo un débil rayo de luz descendía desde el techo, iluminando dos estanques oscuros llenos de lo que parecía sangre. La atmósfera era opresiva, cargada de una energía siniestra que hacía que la piel de Alec se erizará.

  —?Sabes algo sobre este ritual? —preguntó el Soberano, rompiendo el silencio.

  Alec negó con la cabeza, incapaz de hablar.

  —No te preocupes… no es algo que muchos conozcan. Pero hace unos meses, nuestra diosa fue herida…

  Los ojos de Alec se agrandaron, y su mente comenzó a formular preguntas frenéticas. ?Qué clase de ser podría herir a una deidad?. El Soberano notó su expresión de incertidumbre y le dedicó una sonrisa tranquilizadora, aunque no menos perturbadora.

  —Tranquilo… ella está bien, solo debilitada. —Hizo una pausa antes de continuar —Verás, joven Alec, para traer el poder de la Gran Madre aquí, necesitamos un recipiente.

  Con un gesto, varias mujeres vestidas con túnicas de seda comenzaron a retirarle las capas ceremoniales al Soberano, dejando al descubierto su cuerpo marcado con runas y cicatrices que brillaban débilmente bajo la tenue luz.

  —Para eso se te eligió a ti. Tú encarnarás su poder.

  Alec sintió que su respiración se aceleraba. Las palabras eran demasiado grandes para procesarlas.

  —Sin embargo… —continuó el Soberano —Tu cuerpo aún es joven. No puedes contener todo el poder divino. Por eso, absorberé el poder que tu cuerpo no pueda soportar.

  El anciano alzó los brazos, y las runas en su piel comenzaron a brillar con una intensidad creciente.

  —Cuando estés listo… cuando te hayas hecho más fuerte… recuperarás ese poder, y entonces serás el elegido completo. Serás un semidiós. Ese es tu destino, Alec.

  Las palabras del Soberano, calculadas y elocuentes, calaron profundamente en Alec. Cada sílaba parecía envolverlo más en la red de mentiras y manipulaciones que ellos deseaban tejer alrededor de él.

  —La puerta que conducirá al ejército de la Madre se abrirá el día del festival. —continuó el Soberano, cargado de convicción —Será cuando los personajes más poderosos de la academia se reúnan… Kasus incluido. Ahí, con el poder de la diosa, lo mataré, y exterminaremos el culto al Padre sin Forma.

  Alec frunció el ce?o, reflejando una inocencia que no encajaba con el entorno.

  —?Por qué el director?

  El Soberano sonrió levemente, como si ya hubiera anticipado la pregunta.

  —Aunque no estamos completamente seguros, hay una alta posibilidad de que esté trabajando con ellos. —Hizo una pausa, dejando que sus palabras se asentaran antes de continuar —Después de todo, ?No han ocurrido demasiadas desgracias últimamente? Y él no ha hecho absolutamente nada al respecto. Incluso ha permitido que personas malignas como Madame Lothrim entren en el tablero. Realmente lamentable…

  El anciano giró la cabeza para mirar a Alec por encima del hombro, sus ojos violetas brillaron con una mezcla de autoridad y persuasión.

  —Tomaremos el control de la academia y lo llevaremos ante la justicia.

  Alec asintió con determinación, sus dudas se disiparon bajo el peso de las palabras del Soberano. Sin más vacilación, se sumergió en el estanque de sangre. La sensación era extra?a; el líquido era frío y denso, pero había algo más. Un calor suave, como un abrazo, comenzó a envolver su cuerpo.

  De las rojizas aguas, una figura etérea comenzó a formarse, su voz resonó directamente en la mente de Alec.

  ?Mi hijo… mi elegido… mi todo… te daré mi poder. Encarnaré en tu carne, y juntos transformaremos este mundo injusto…?

  Alec sintió ese cálido abrazo como algo reconfortante y abrumador al mismo tiempo. Su conciencia quedó en un estado de letargo mientras el poder de la Diosa comenzaba a fluir a través de él.

  Fuera del estanque, Madame Montgard se acercó al Soberano, quien estaba listo para entrar en su propio estanque.

  —Mi se?or… los planes están saliendo según lo agendado.

  El Soberano asintió lentamente.

  —Has hecho un buen trabajo, Sacerdotisa. Tu labor será recordada en los a?os venideros. Ahora, retírate y asegúrate de que todo esté en orden. Dentro de poco, será el momento de actuar.

  Madame Montgard sonrió detrás de su velo, inclinándose con respeto antes de retirarse. Los ecos de sus tacones resonaron en el recinto mientras sus pensamientos giraban con un regocijo perverso.

  —Xander… incluso con ayuda, no podrás hacer nada… —susurró para sí misma, complacida con cómo todo se desarrollaba según los deseos de su diosa.

  En el hospital de Hilloy.

  Adelina estaba recostada, luchando por recordar los eventos de la noche anterior. Por más que intentara, su mente era un muro en blanco. Cada intento solo le traía un dolor de cabeza insoportable, un martilleo constante que no la dejaba pensar con claridad.

  De repente, una sensación incómoda recorrió su cuerpo. Como miembro de las tribus de hadas, sus sentidos eran naturalmente agudos, especialmente para percibir intenciones o presencias mágicas. Algo estaba mal. Su mirada se dirigió instintivamente hacia un rincón oscuro de la habitación, el mismo rincón que en el pasado ya le había traído malos presentimientos.

  —?Quién está ahí? —preguntó con un suspiro de amargura.

  El silencio fue la única respuesta, pero Adelina no se dejó enga?ar.

  —Debería rega?ar a Mirella. La seguridad en este hospital es una basura… —murmuró para sí misma, mientras sus ojos permanecían clavados en las sombras, esperando cualquier movimiento.

  —Si estás de humor para bromear, entonces aún tienes algo de valor para vivir. —dijo Cáliban, con su voz distorsionada por un hechizo que la hacía irreconocible.

  Adelina reconoció el tono amenazante, aunque disimulado, y dejó escapar un suspiro exasperado.

  —Tú otra vez… ?Cuándo me dejarán en paz? ?Ya dije todo lo que sé! —refutó, forcejeando contra las ataduras que la mantenían inmovilizada.

  Cáliban, desde las sombras, dejó escapar un leve suspiro.

  —Lo sé… de hecho, ni siquiera hubiera venido aquí. Créeme, no quiero hacer esto más de lo que tú quisieras.

  Adelina levantó una ceja, desconfiada pero intrigada por su presencia.

  —Entonces… ?Qué haces aquí? —murmuró, cuidando su tono para evitar llamar la atención de alguien en las otras salas.

  Cáliban permaneció en silencio unos segundos antes de responder.

  —Estoy aquí porque personas que te consideran alguien importante me pidieron que te ayudara.

  Por un instante, algo pareció brillar en los ojos de Adelina, como si un rayo de esperanza surgiera de las sombras que la envolvían.

  —?Quieres decir que-

  Cáliban levantó una mano para interrumpirla antes de que su mente volará con falsas expectativas.

  —No estoy diciendo que lo haré… aún.

  De la penumbra, extendió su mano, y una marca carmesí comenzó a formarse en el aire, irradiando un brillo siniestro mientras flotaba hacia Adelina. Ella observó la marca, sus ojos reflejaron una mezcla de asombro y reconocimiento.

  —Magia de encadenamiento… —murmuró, casi sin aliento.

  Cáliban arqueó una ceja, curioso.

  —?La conoces?

  Adelina asintió, todavía observando el hechizo con fascinación.

  —Es una magia de tipo maleficio… si hago algo que vaya en contra de lo que deseas, moriré si así lo ordenas. Mi vida… pasará a tus manos.

  Cáliban dejó caer su brazo, sin molestarse en ocultar su decepción.

  —Ya veo… entonces no necesito decir nada más.

  No tenía grandes expectativas. Había asumido que Adelina rechazaría cualquier tipo de acuerdo inmediatamente, y con eso, él podría desaparecer y no volver a aparecer ante ella. Pero, como solía suceder, las cosas no iban como él deseaba.

  Adelina alzó la cabeza, su voz era firme aunque te?ida de amargura.

  —?Qué es lo que harás por mí a cambio de mi vida?

  Cáliban frunció el ce?o, su incomodidad era evidente.

  —?Piensas intercambiar tu vida como si fuera una moneda sin valor tan fácil?

  Adelina dejó escapar una risa amarga, llena de ironía.

  —?Mi vida? ?Qué vida, exactamente? —preguntó, llena de sarcasmo —?La que ya ha sido pisoteada y destrozada? ?La que no tiene propósito ni futuro? Si hay algo que puedo hacer con lo que queda, ?Por qué no apostarlo todo en un último intento?

  Cáliban la observó en silencio, con sus ojos invisibles tras la penumbra. Las palabras de Adelina no lo convencían, pero tampoco podía ignorar la resolución en su voz. Había algo más profundo detrás de esa amargura, algo que lo obligaba a detenerse y escuchar.

  —Tienes una manera interesante de justificar tu desesperación… —murmuró, sin apartar la mirada de ella.

  —No me interesa ser una carga ni tampoco renunciar a lo que he luchado toda mi vida por mantener. Lo que busco es devolverle al culto todo el dolor que me dieron, una y otra vez… Si me ayudas, te daré todo de mí.

  Cáliban observó los destellos en los ojos de Adelina transformarse lentamente en algo más… determinación. Conocía bien esa expresión, la había visto antes en personas atrapadas entre la desesperación y un propósito inquebrantable. No disfrutaba hacer esto, pero había tomado la decisión de darle una oportunidad. Sin embargo, no pensaba ponérselo fácil.

  Con un movimiento de sus dedos, hizo que la marca carmesí flotara frente a los ojos de Adelina. Ella quiso tomarla, pero sus ataduras la mantenían inmovilizada.

  —Oye… ?No vas a ayudarme con esto? —preguntó con evidente frustración.

  Cáliban negó con la cabeza, y con un tono desprovisto de malicia, dijo:

  —Si vas a hacer algo, será por tu propia decisión. Yo no me meteré en esto.

  Adelina forcejeó con todas sus fuerzas, tratando de alcanzar la marca, pero su único brazo no podía liberarse de las ataduras. Intentó una y otra vez, su respiración se aceleraba con cada intento fallido. Cáliban soltó un suspiro de lástima.

  —Supongo que esto es lo que el destino quiere decirte… tómalo como una advertencia, profesora Sill. Vive tu vida.

  Cáliban se dio la vuelta, dejando que la oscuridad lo cubriera mientras comenzaba a retirarse. La marca carmesí, lentamente, empezaba a desvanecerse. Adelina observó la escena con desesperación, sintiendo cómo una nueva oportunidad se escapaba entre sus dedos.

  ??Esta vez…!?

  La sangre comenzó a emanar de su mu?eca mientras forcejeaba contra las ataduras.

  ??Ya sea un profesor, ya sea dios o algún otro culto…!?

  Adelina apretó los dientes, sus ojos se llenaron de furia y determinación. Las cuerdas que sujetaban su mu?eca comenzaron a cortar su piel, pero no se detuvo.

  ??No dejaré que nadie determine mi destino!?

  Cáliban estaba a pocos pasos de la salida cuando un sonido repentino llamó su atención. Era un tintineo débil, pero lo suficientemente claro para detenerlo en seco. Volteó rápidamente, y lo que vio lo dejó inmóvil por un instante.

  Adelina, sangrando por su mu?eca, respiraba entrecortadamente mientras su cuerpo temblaba por el esfuerzo. Pero en su rostro, una sonrisa triunfante iluminaba la penumbra, cargada de una arrogancia desafiante. Había conseguido liberar su brazo y alcanzar la marca justo antes de que desapareciera por completo.

  —Será mejor que cumplas tu promesa… —dijo Adelina, llena de desafío mientras alzaba el brazo victorioso, sosteniendo la marca como un trofeo.

  Cáliban se frotó el rostro con la mano, dejando escapar un largo suspiro.

  ??Por qué siempre la gente problemática está de mi lado??

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