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Capítulo 36: Verdades que nublan el alma

  El Artífice avanzaba con calma, cada paso resonaba como un ominoso presagio. Sus ojos brillaban con una mezcla de burla y devoción fanática. Frente a él, Cáliban, Joseph y Reinhard mantenían posturas defensivas, aunque sabían que estaban en desventaja. Cáliban lo sentía en cada fibra de su ser… ni siquiera juntos podían vencerlo.

  —Vamos… no estén tan tensos… —la voz del Artífice era suave, casi hipnótica —No les haré da?o… si me acompa?an.

  —?Por qué quieres que vayamos? —respondió Joseph, su espada temblaba levemente en su agarre —?Qué es lo que buscan?

  El Artífice inclinó la cabeza, sonriendo con un deleite inquietante.

  —No se preocupen… no es nada malo. —hizo un gesto amplio, como si revelara un secreto celestial —Somos una comunidad, una hermandad devota que busca adorar a su único y verdadero dios. ?Eso es malo?

  Cáliban soltó una risa amarga, su mirada gélida perforó la del fanático.

  —?Así? ?Y qué dios es ese?

  El Artífice entrecerró los ojos, y por primera vez, su sonrisa pareció más una advertencia que un gesto afable.

  —Oh… uno muy grande… —susurró con reverencia —él es grande…

  Cáliban dio un paso al frente, escupiendo en nombre del dios que veneraba.

  —?Tan grande como para asesinar jóvenes indefensos?

  El Artífice dejó escapar una risa grave, gutural, que reverberó en la penumbra.

  —?Indefensos? —Se llevó una mano al pecho, como si la idea le divirtiera —No creo que ustedes sean indefensos…

  Con un movimiento casi teatral, alzó los brazos al cielo y entonó una oración que heló la sangre de los tres guerreros.

  —?Oh, Gran Padre! ?Purifica las almas de estos pobres herejes!

  Cáliban sintió su estómago hundirse. No ganarían. No en una pelea justa. Bajó ligeramente su espada sin apartar la mirada del hombre. Si quería salvar a Joseph y Reinhard, debía ganar tiempo.

  —?Cuánto tiempo más vas a seguir con este juego?

  El Artífice chasqueó la lengua y negó con la cabeza.

  —Oh ?Por qué estás tan desesperado? Sigamos jugando un poco más… me gustaría disfrutar la cacería.

  Su voz destilaba un sadismo refinado, como la certeza de un cazador que ya ha atrapado a sus presas y simplemente se divierte antes del golpe final.

  Cáliban sintió un sudor frío recorrer su frente. Sus reservas de energía estaban al límite después de usar las runas de sangre. No tenía opción. Sin pensarlo dos veces, cargó contra el enemigo con todas sus fuerzas.

  —?Ahora! —rugió.

  Joseph y Reinhard lo siguieron, usando sus movimientos sincronizados con precisión letal. Acero y fuego danzaron en el aire, desatando una tormenta de ataques implacables. Pero el Artífice no era humano. Se deslizaba entre los golpes con una facilidad inhumana, su silueta se distorsionaba, parpadeando como una sombra burlona. A veces, parecía desvanecerse sólo para reaparecer a centímetros de distancia, intacto.

  —?Vaya, vaya! —rió, con un entusiasmo casi infantil —?Son realmente buenos! Incluso, me dan ganas de convertirlos en reclutas…

  Entonces, desapareció. Cáliban apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

  —Pero, lastimosamente… —El Artífice apareció detrás de él, su pierna ascendió con la velocidad de un látigo. —?No será posible!

  El impacto fue devastador. La patada lo lanzó por los aires como un mu?eco de trapo, haciéndolo estrellarse contra el suelo con violencia.

  —?Cáliban! —gritó Joseph, corriendo hacia él.

  Cáliban tosió, escupiendo sangre. Sus huesos gritaban de dolor.

  —Mierda… —gru?ó, obligándose a levantarse —Esa habilidad es un maldito problema…

  El Artífice sonrió, encantado.

  —Oh, apenas estamos comenzando.

  El Artífice seguía moviéndose de manera errática, como un espectro imposible de atrapar. Se teletransportaba de un punto a otro con una facilidad insultante, propinando golpes rápidos y certeros a Joseph y Reinhard. No había intención asesina en ellos, solo la cruel diversión de un depredador jugando con su presa. Cada impacto resonaba en el aire, acompa?ado de la risa burlona de su adversario. Ni siquiera había desenvainado su arma.

  Cáliban, jadeante y cubierto de sudor, intentó seguir sus movimientos, pero era como tratar de atrapar humo con las manos. Sus sentidos estaban al límite. Entonces, en medio del caos, algo llamó su atención.

  Una hoja.

  Descendía lentamente, atrapada en la brisa de la batalla. Pero había algo extra?o en ella. Por momentos, se detenía en el aire, inmóvil en un tiempo que parecía fracturado. Y cada vez que eso ocurría, el Artífice desaparecía y reaparecía en otro punto.

  El tiempo.

  No era teletransportación. Era una manipulación del tiempo mismo.

  Una chispa de determinación se encendió en los ojos de Cáliban. No tenía mucho margen, pero ahora sabía cómo anticipar el siguiente movimiento. En cuanto la hoja volvió a detenerse en el aire, arremetió.

  —?Oh! ?Ya es tu turno otra vez? —rió el Artífice, burlón —Bueno…

  Cáliban lanzó una estocada feroz. Como esperaba, su enemigo desapareció justo antes del impacto y reapareció a su espalda. Pero esta vez, Cáliban ya estaba preparado.

  Giró sobre su eje y esquivó el golpe con precisión. En el mismo instante, su espada cortó el aire con un silbido letal. El filo desgarró la máscara del Artífice, partiéndola a la mitad.

  Hubo un instante de silencio.

  El enemigo se apartó de inmediato, tocando su rostro ahora expuesto. Cáliban esbozó una sonrisa cansada.

  —?Qué pasa? —preguntó adolorido —?Ya no te ríes?

  Un escalofrío recorrió la atmósfera.

  Los ojos del Artífice brillaban con una furia contenida. Ahora que su rostro estaba al descubierto, Cáliban vio algo que no esperaba.

  Un alto elfo.

  Su cabello dorado caía sobre su frente con un aire de nobleza inquebrantable. Su piel era pálida como el mármol, y sus rasgos, demasiado hermosos para pertenecer a un ser humano, aun distorsionados por el desprecio absoluto que sentía hacia Cáliban. Murmuró una maldición en elfico, antes de regresar la mirada.

  —Mocoso… —gru?ó, con su voz llena de ira —Realmente lo has hecho esta vez…

  Se irguió con rabia, su presencia se tornó aún más amenazante.

  —Parece que te diste cuenta…

  Cáliban apretó los dientes.

  —Sí… tu magia no es teletransportación. —Su voz era firme, pero su cuerpo temblaba por el cansancio —Detienes el tiempo por un instante y usas tu velocidad para golpearnos sin que nos demos cuenta.

  El elfo sonrió con una calma aterradora.

  —Bueno… realmente me has atrapado. —Su tono cambió de golpe. —Pero ahora… ya me aburrí.

  Antes de que pudieran reaccionar, desapareció en un parpadeo, dejando una estela de viento en su lugar.

  —?Reinhard! —gritó Joseph, pero era tarde.

  El elfo apareció detrás de Reinhard con la inmediatez de un trueno y lo golpeó con una fuerza descomunal.

  El impacto lo mandó a volar varios metros, estrellándolo contra un árbol. Un chorro de sangre escapó de su boca al instante. Joseph y Cáliban apenas pudieron seguirlo con la vista. Esta vez, no había usado su habilidad. Solo había sido rápido.

  —Lamento decepcionarte, mocoso… —susurró el elfo, con una sonrisa cruel —Pero no necesito mi magia para matarlos.

  Joseph rugió de furia y cargó contra él con sus dos espadas, lanzando un aluvión de cortes certeros. Pero el elfo ni siquiera se molestó en esquivar.

  Solo levantó una mano.

  Con un simple movimiento de su dedo, las espadas de Joseph se rompieron en mil pedazos. Quedó paralizado por la sorpresa, apenas comprendiendo lo que había sucedido.

  Ese segundo de desconcierto fue suficiente.

  El elfo golpeó su estómago con tal brutalidad que Joseph cayó de rodillas, escupiendo saliva y aire. Su cuerpo temblaba por el dolor, su mente luchó por no perder la conciencia.

  El elfo suspiró con falsa melancolía.

  —Ah… fueron un buen entretenimiento. Me divertí un poco. —Su sonrisa se torció en una mueca sádica. —Pero ahora es tiempo de terminar con esto.

  Cáliban, con el corazón latiéndole en los oídos, adoptó una postura defensiva. Sabía que un solo movimiento en falso significaba la muerte. Pero su preparación fue inútil. En un abrir y cerrar de ojos, el elfo se movió con una velocidad sobrehumana.

  Cáliban no vio nada.

  No hubo destellos, ni pasos, ni viento cortado por un movimiento veloz.

  Solo sintió el frío acero de unas manos inhumanamente fuertes cerrándose alrededor de su garganta.

  Lo alzó en el aire con una facilidad aterradora. Cáliban pataleó, pero era inútil. El agarre del elfo era como una garra de hierro. Este sonrió con una crueldad desbordante, sus ojos relampaguearon con fanatismo puro mientras observaba a Cáliban atrapado bajo su agarre.

  —Realmente eres raro… —murmuró con deleite —Pero serás un buen recipiente para nuestro dios.

  Cáliban sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

  ???Recipiente?!?

  Antes de que pudiera reaccionar, el elfo lo azotó contra el suelo con una fuerza devastadora, dejándolo aturdido. Un dolor agudo le recorrió el cuerpo mientras intentaba recuperar el aliento. Sus ojos se abrieron de golpe cuando vio el destello de una hoja afilada.

  El elfo había sacado un cuchillo de su cinturón y lo acercaba lentamente a su cuello.

  —Tranquilo… —susurró con voz melosa —Seré cuidadoso. No dejaré que mueras fácilmente… —Se inclinó hacia él, su aliento helado rozó la oreja de Cáliban mientras le susurraba. —Te prometo que será lento. El dolor que te provocaré por humillarme será tan insoportable… —Cáliban sintió la presión del filo en su piel. —… que desearás que te mate.

  El elfo alzó su daga en el aire, con sus ojos iluminados con pura satisfacción. Cáliban forcejeó, tratando de liberarse, pero el agarre del elfo era implacable. La desesperación se filtró en sus pensamientos, pero entonces…

  Sintió algo, una presencia. Su plan había funcionado.

  Una sonrisa gigantesca se dibujó en su rostro. El elfo frunció el ce?o al notar la expresión de su prisionero.

  —?Sabes cuál fue tu error, imbécil?...

  El elfo detuvo el cuchillo en el aire, desconcertado.

  —?Error?…

  Cáliban sonrió aún más.

  —Te tardaste demasiado.

  La confusión del elfo se transformó en irritación.

  —?De qué estás habl-

  El mundo se detuvo en un parpadeo. Un sonido sordo y húmedo surgió desde su costado. El Artífice sintió una extra?a levedad en su brazo derecho. Algo no estaba bien. Miró a su costado… y vio su brazo, amputado a la altura del hombro, cayendo al suelo como un tronco cortado.

  El dolor llegó un instante después, como una explosión de fuego abrasador recorriendo su cuerpo. Un grito desgarrador escapó de sus labios mientras saltaba hacia atrás, llevándose la mano al mu?ón sangrante.

  Su mente se nubló.

  ??Qué… qué acaba de pasar??

  El miedo se deslizó por su columna como un veneno helado. Miró a su alrededor, buscando desesperadamente a su atacante, pero solo encontró la niebla y las sombras del bosque.

  No había nadie. No se había escuchado ni un solo paso. Su instinto gritó una sola palabra.

  Corre.

  Sin dudarlo, giró sobre sus talones y salió disparado entre los árboles, saltando entre las ramas en un intento frenético por escapar. Mientras tanto, Joseph y Reinhard corrieron hacia Cáliban, que seguía tendido en el suelo, respirando con dificultad.

  —?Tú…? —jadeó Joseph —?Hiciste eso?

  Cáliban negó con la cabeza, aún con la adrenalina ardiendo en sus venas.

  —No… yo no…

  Reinhard miró en dirección a la espesa neblina donde el elfo había desaparecido.

  —?Qué haremos con él? Si se escapa…

  Cáliban cerró los ojos un momento y sonrió con cansancio.

  —Déjaselo al experto… de todas formas, ya estamos a salvo.

  El elfo, todavía corriendo, no podía dejar de sentirlo. Lo estaban siguiendo. Cada salto, cada movimiento suyo era implacable y veloz… pero la presencia tras él era un fantasma. No había ruido de pasos, no había susurros de hojas moviéndose.

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  Nada.

  Y sin embargo, el elfo sabía que estaba allí.

  ??Mierda! ?Alguien me está persiguiendo! ?Debe ser de al menos de Octavo nivel! ?Ni siquiera puedo detectar sus pasos!? —El pánico comenzó a tomar control. ??Necesito salir del bosque lo más rápido posible!?

  El Artífice corría con todas sus fuerzas, sintiendo la presión invisible de su perseguidor cada vez más cerca. El corazón le latía con un frenesí descontrolado, impulsándolo hacia adelante. Solo un poco más… solo un poco más…

  Entonces, la vio.

  La salida de la mazmorra. Unos metros más y estaría libre. Pero justo cuando estaba a punto de cruzar el umbral, una sombra parpadeó detrás de él. El frío del metal le recorrió las piernas en un solo y certero tajo.

  No sintió dolor al principio. Solo la extra?a sensación de vacío. Un instante después, su cuerpo golpeó el suelo con un ruido sordo.

  Sus piernas ya no estaban.

  Un grito desgarrador rompió el silencio del bosque mientras el elfo intentaba arrastrarse con su único brazo restante. Su desesperación era absoluta. La neblina era espesa, pero a la distancia pudo escuchar el sonido de pasos.

  Lentos, calmados e implacables.

  El terror lo hizo moverse más rápido, jadeando y temblando mientras usaba su único brazo para apartarse del suelo. Pero antes de que siquiera pudiera acercarse a la salida, un nuevo destello de acero brilló en la bruma.

  Otro corte.

  Su brazo cayó pesadamente sobre la tierra. Ahora no podía moverse. Sus ojos, desorbitados, se elevaron con desesperación. Y entonces, de entre la niebla, emergió una figura.

  Un hombre de porte imponente, caminando con la seguridad de un juez que ha dictado sentencia. Su capa ondeaba levemente con la brisa, y en su mano descansaba una espada ensangrentada.

  Era lord Xander.

  El elfo abrió los ojos con incredulidad, el horror marcó cada línea de su rostro.

  —Tú… ?No es posible! —su voz era un rugido ahogado —?Se supone que estarías en tu casa, sufriendo por la maldición de tu esposa!

  Lord Xander se detuvo a unos pasos de él. Su mirada era fría, carente de emoción, pero su ira latía bajo la superficie como un océano embravecido.

  —?Maldición…? —repitió con desdén —?O deberíamos llamarlo por su verdadero nombre? —Se inclinó levemente hacia el elfo, observándolo con la intensidad de un verdugo antes del golpe final. —Parásito.

  El rostro del elfo se descompuso.

  —No… —susurró, con la voz quebrada —?Cómo…? ?Quién te lo dijo…?

  Xander no respondió. No era necesario. Su espada descendió lentamente hasta la base del cuello del elfo, ejerciendo una ligera presión sobre su piel.

  —No necesitas saberlo… —susurró con una serenidad aterradora —Lo único que debes entender es esto… —Se agachó, mirándolo directamente a los ojos. La neblina se arremolinaba a su alrededor como un manto de sombras. —Me aseguraré de purgar la Academia de toda la escoria inmunda como tú.

  El elfo intentó hablar, pero solo salió un ruido burbujeante de su garganta. La vida se apagaba en sus ojos mientras la sangre empapaba la tierra bajo su mutilado cuerpo.

  Más tarde, la brisa nocturna soplaba suavemente entre los árboles.

  Lord Xander caminaba de regreso con el cuerpo del elfo inerte sobre su hombro. Lo dejó caer sin esfuerzo contra un árbol, con las extremidades cortadas, su destino estaba sellado. No le quedaba mucho tiempo de vida.

  Joseph y Reinhard lo miraron en silencio, con sus cuerpos aún marcados por la batalla.

  —Lamento la tardanza… —dijo Xander con voz firme.

  Cáliban, aún sentado en el suelo, dejó escapar una risa seca.

  —Está bien… —jadeó —No pensé que su ayuda sería requerida tan rápido.

  —En efecto… —asintió Xander.

  Un viento gélido recorrió el bosque. La batalla había terminado, pero la guerra apenas comenzaba.

  Horas antes, en la Mansión Hilloy…

  La sala estaba iluminada por la luz tenue de las velas. Lord Xander y Cáliban discutían en voz baja, las sombras proyectadas en la pared bailaban con cada movimiento.

  Cuando Cáliban se dirigía hacia la puerta, se detuvo de repente, como si un pensamiento lo hubiera golpeado de lleno.

  —Espere… —dijo con seriedad —Creo que hay algo con lo que me podría ayudar.

  Lord Xander lo miró con interés.

  —Lo que necesites.

  Cáliban cruzó los brazos y frunció el ce?o.

  —Desde que salimos del Palacio Gremial nos han estado siguiendo. Creo que están esperando una oportunidad para atacarnos…

  Los ojos de Xander se afilaron.

  —?Atacarlos? ?Por qué?

  Cáliban suspiró.

  —No lo sé… —admitió —Pero eso es lo que quiero averiguar.

  Una pausa tensa llenó la habitación. Lord Xander observó a Cáliban con la paciencia de un estratega. Su mirada aguda lo analizaba con detenimiento, sopesando cada palabra antes de hablar.

  —?Qué tienes en mente?

  Cáliban cruzó los brazos, su expresión reflejó determinación.

  —Dejar que nos atrapen… —dijo con calma —No sabemos cuán poderosos son nuestros enemigos —explicó —Supongo que no enviarán a alguien de alto rango para capturar a dos de primer nivel, pero aun así… preferiría contar con un respaldo.

  Lord Xander apoyó una mano en su barbilla y asintió lentamente.

  —Oh… creo que puedo hacer algo.

  Caminó hasta un peque?o ropero de madera oscura. Abrió uno de los cajones y sacó una elegante caja de madera ornamentada con inscripciones antiguas. Al abrirla, reveló una canica de cristal que emitía un débil brillo azulado bajo la tenue luz de la habitación.

  —Este artefacto es un Signum. —explicó, girando la esfera entre sus dedos —Si la rompes, enviará una se?al de ayuda a una persona en particular. En este caso, a mí.

  Cáliban tomó la canica con cuidado, sintiendo una extra?a energía vibrar dentro de ella.

  —?No importa la distancia?

  Xander negó con la cabeza.

  —No importa dónde estén. Llegaré.

  —?Cuánto tiempo tardará en activarse?

  —Es inmediato. También, dependerá de la situación… pero tendrán que resistir hasta que llegue.

  Cáliban guardó la canica en su bolsillo y soltó un suspiro.

  —Bueno… esto será de mucha ayuda. Espero no tener que usarla.

  Xander esbozó una sonrisa leve y cargada de ironía.

  —Esperemos que no…

  De vuelta en el bosque…

  El dolor era insoportable. El Artífice gimoteaba, su respiración era entrecortada y errática mientras su cuerpo mutilado reposaba contra el tronco de un árbol. Un lago carmesí se expandía bajo él, su vida se drenaba lentamente sobre la tierra.

  ??Qué está pasando?... ??Cómo demonios esos mocosos conocen a lord Xander?!?

  Su mente giraba en un torbellino de incredulidad y terror. Entonces, escuchó pasos firmes. Levantó la mirada con dificultad, y allí estaba él. Lord Xander emergió de entre la neblina con solemnidad. Sus ojos fríos contemplaban la escena con un brillo implacable.

  —Así que… a esto has llegado, profesor Baleid.

  El elfo sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Cáliban se acercó también, con el ce?o fruncido. Joseph y Reinhard, aún tambaleándose por el combate, se apoyaban el uno en el otro mientras observaban la escena.

  —?Lo conoce? —preguntó Cáliban.

  Xander no apartó la mirada del moribundo.

  —Sí… —respondió con voz grave —él es el profesor de esgrima… Roid Leriam Baleid. —Su mirada se oscureció con desprecio. —Un alto elfo… y una vergüenza.

  El elfo, a pesar de su agonía, soltó una risa ahogada, burlona.

  —?Vergüenza?… Je… je, je, je… debes estar bromeando, Xander… —Su sonrisa se ensanchó en una mueca cruel, con los labios ensangrentados por la herida en su rostro —Llevas tanto tiempo encerrado en esa mansión, pudriéndote con el peso del pasado… —Sus ojos brillaban con malicia cuando pronunció su siguiente frase —Tu antigua gloria ha desaparecido… no eres más que un viejo aferrado al recuerdo de una perr-

  No terminó la frase. Terminó recibiendo un golpe brutal. Xander le destrozó la nariz con un pu?etazo seco y certero.

  El crujido de hueso quebrándose resonó en el aire. Baleid se estremeció, su cabeza golpeó con fuerza contra el tronco del árbol, dejando una mancha de sangre en la corteza. Xander permaneció inmóvil, pero con su pu?o aún cerrado.

  —No toleraré insultos a mi esposa, basura.

  Baleid jadeó, sintiendo la sangre caliente chorrear por su rostro. Pero a pesar del dolor, su sonrisa seguía allí.

  —Heh… —jadeó con dolor —qué emocional eres… Xander…

  Su voz era un susurro tembloroso, pero había algo en su mirada… algo inquietante. Sabía que su destino estaba sellado. Pero haría lo posible para no hablar. Xander lo sabía, y aún así… se aseguraría de que lo hiciera.

  El elfo mutilado respiraba con dificultad, su voz rasposa cargaba de un fanatismo febril. A pesar de su estado lamentable, una sonrisa desquiciada aún se dibujaba en su rostro.

  —Pronto… el Se?or sacudirá este mundo… —balbuceó con una risa entrecortada —Y cuando llegue… ustedes serán reducidos a polvo y…

  Cáliban frunció el ce?o. No soportaba escuchar su palabrería. Sin pensarlo dos veces, sacó su navaja y comenzó a tallar una runa en la piel del elfo.

  Xander observó el proceso con una mezcla de sorpresa y curiosidad. Era solo un ni?o… y, sin embargo, no dudaba en recurrir a métodos que muchos hombres temerían.

  —Je… jejeje… adelante… —se burló Baleid, con la sangre corriendo por su piel —No importa cuánto me tortures… ?No pienso hablar!

  Cáliban esbozó una sonrisa fría.

  —Lo sé… pero esto no es para hacerte hablar.

  El Artífice se congeló por un instante. Antes de que pudiera reaccionar, la runa se activó.

  Un grito desgarrador escapó de su garganta.

  El dolor le atravesó la mente como un hierro candente, pero no era un simple tormento físico. Sentía algo más profundo, algo que le drenaba su ser. Cáliban intentó disipar la maldición con su propia energía, pero solo logró desactivarla momentáneamente… lo suficiente para que se hundiera en sus recuerdos.

  El recuerdo transcurría en una cripta lúgubre, oculta en las entra?as de la tierra…

  Las antorchas parpadeaban con llamas azuladas, iluminando el rostro de varias figuras cubiertas por túnicas. Todas eran de diferentes alturas, todas inclinadas en reverencia ante un trono de obsidiana.

  Frente a ellos, una mujer se alzaba con una presencia imponente. Su rostro permanecía oculto tras un velo, pero su voz era femenina, distorsionada por un eco sobrenatural.

  —El Se?or ha decretado una misión. —Su tono era frío y absoluto —Nos ha encomendado buscar las cuatro semillas restantes, junto con los recipientes para el proceso de transferencia…

  Los arrodillados escuchaban en silencio.

  —Deben localizar a Mika'el Cáliban y Joseph Sephir. Capturarlos es de máxima prioridad… con o sin vida.

  El aire pareció volverse más pesado.

  —Pero sus cuerpos deben estar intactos. No queremos contratiempos para la ceremonia.

  Los tres artífices inclinados ante el trono respondieron al unísono:

  —?Sí, Sacerdotisa!

  —Bien… eso es todo. Pueden retirarse.

  Los tres se incorporaron y abandonaron la sala sin una palabra más. En el pasillo oscuro, Roid Leriam Baleid caminaba junto a otro artífice. El tercero simplemente se desvaneció en las sombras.

  —Bueno… —suspiró Roid con desdén —Tan sombrío como siempre…

  —Deberías guardar respeto, Leriam… —respondió el otro con frialdad.

  Roid resopló.

  —?Respeto? Por favor. Se supone que somos del mismo rango, ?No? Además… ?Cómo te ha ido? ?Ya terminaste con tu tarea de venganza?

  El otro se detuvo en seco.

  —Deberías callarte. No tengo por qué decirte nada, estúpido elfo.

  Roid sonrió con burla.

  —Oh… parece que ofendí al perrito. Vamos, no te contengas.

  En un movimiento rápido, desenvainó su espada y la apuntó a su compa?ero. Pero el otro hombre no se inmutó. Lentamente, se llevó las manos a la máscara y se la quitó.

  Cáliban se congeló al ser testigo de aquel rostro. Sus ojos se abrieron con sorpresa. Antes de que pudiera procesarlo, la maldición volvió a activarse, rompiendo la conexión.

  Cáliban retrocedió tambaleante, alejándose del cuerpo de Roid Baleid. El cadáver se retorcía y burbujeaba, su piel se derritió en un líquido verdoso. La corrupción dentro de él lo consumía desde adentro, reduciéndolo a un charco de ácido.

  Cáliban sintió su energía drenada por completo. Su cuerpo cedió y cayó al suelo, sus extremidades se sentían pesadas y su mente nublada.

  Xander se acercó a él de inmediato.

  —?Estás bien, ni?o?

  Cáliban cerró los ojos por un momento, tratando de recuperar el aliento.

  —Sí… es solo que… he usado demasiada energía hoy…

  Lord Xander se sentó junto a él, con su expresión endurecida. Mientras tanto, a unos metros de distancia, Reinhard y Joseph susurraban entre sí.

  —Joseph… —murmuró Reinhard —?Qué demonios está pasando? Primero nos emboscan, luego intentan matarnos, ahora esta locura… y encima una alumna intenta iniciar una guerra. No entiendo nada.

  —Tranquilo… —susurró Joseph —Te lo explicaré después… si Cáliban me da permiso.

  Reinhard frunció el ce?o.

  —?A qué te refieres con eso? Hace poco lo llamaste maestro… ?Por qué?

  Joseph sonrió con un destello enigmático en los ojos.

  —Luego, Reinhard, luego… ahora tenemos que recuperarnos. Vamos con ellos.

  Lord Xander observó a Cáliban con intensidad.

  —?Entonces? ?Averiguaste algo?

  Cáliban respiró profundamente antes de responder.

  —Sí… pero me temo que no es información que te gustará escuchar.

  Xander se agacho, apoyó los codos en las rodillas y lo miró fijamente.

  —Solo dímelo. Estoy preparado para enfrentarlo, sin importar quién sea.

  Cáliban tragó saliva.

  —Bueno… si tú lo dices… descubrí la identidad de otro agente de los llamados Artífices. Pero…

  —Deja de darle tantas vueltas al asunto, ni?o. —Xander entrecerró los ojos, cansado de esperar una respuesta —?Dímelo!

  Su impaciencia era palpable. Su deseo de erradicar a los responsables de la tragedia de su esposa ardía en su interior como una llama incontrolable. Cáliban cerró los ojos y exhaló lentamente.

  —Es…

  Pero cuando pronunció el nombre, todo cambió. Lord Xander se estremeció con dolor, Se llevó la mano al pecho, arrugando su camisa.

  —No… eso no puede ser siento… —dijo sin aliento —?Debe ser un error! —Tomó a Cáliban de los brazos, sacudiendolo con fuerza. —??Estás seguro de que lo viste bien?!

  Cáliban asintió en silencio, dejando que la cruda verdad aplastara el alma de lord Xander. El hombre se levantó del suelo, caminando con poca fuerza hacia el tronco de un árbol, donde reposó su cuerpo. Sentía que la fuerza lo abandonaba, que su corazón explotaría en cualquier momento.

  —No… ?Por qué…? ?Por qué de todas las personas… tenias que ser tú…? —murmuró con un dolor sofocante que aislaba su alma.

  Xander rasgó con sus yemas de los dedos el tronco de gran grosor. De pronto, el bosque se estremeció.

  Una explosión de ira pura brotó de Lord Xander, arrasando el terreno a su alrededor. Una onda expansiva se arremolino violentamente, doblando los árboles, levantando hojas y polvo en un torbellino furioso.

  Joseph y Reinhard apenas tuvieron tiempo de reaccionar antes de que la presión los apartara.

  —??Qué sucedió ahora?! —gritó Reinhard, intentando no ser arrastrado por la energía descontrolada.

  —?No lo sé! —respondió Joseph, con los dientes apretados.

  Xander estaba de pie en el centro de la tormenta, sus gritos de furia resonaban como vientos huracanados, su aura ardía con una ira insondable. Sus ojos brillaban con una intensidad asesina que devastaba los cielos. El bosque tembló ante su rabia.

  Al mismo tiempo, en la distancia, muy lejos de allí, en las profundidades de una cripta oscura…

  En el centro de la sala, la Sacerdotisa estaba sentada en un trono de piedra negra, meditando. Su silueta estaba envuelta en una túnica de seda oscura con un velo negro que tapaba su rostro. A su alrededor, la luz de las antorchas apenas lograba disipar las sombras danzantes en las paredes.

  El sonido de pasos resonó en el pasillo.

  Un Artífice de grandes cuernos se arrodilló frente a ella con la cabeza inclinada en se?al de respeto.

  —Mi se?ora… he venido a traerle noticias.

  La Sacerdotisa, con la barbilla apoyada en su mano, lo observó con sus ojos ocultos tras el velo.

  —?Atraparon a las semillas y los recipientes? —preguntó con un tono sereno, aunque su presencia irradiaba autoridad absoluta.

  El Artífice tragó saliva.

  —Me temo que no, mi se?ora… es sobre el Artífice Baleid…

  El silencio en la sala se tornó más pesado.

  —?Qué sucede con ese elfo extravagante? —preguntó con un poco de irritación.

  El Artífice, con movimientos cuidadosos, sacó una peque?a bandeja de plata. En ella se encontraban varios amuletos de la Orden.

  Todos completamente rotos.

  La Sacerdotisa observó los fragmentos durante unos segundos, analizando cada posibilidad. Luego, su voz descendió a un tono frío y calculador.

  —?Quién lo hizo?

  —No lo sabemos, su se?oría… se suponía que Baleid y su grupo estaban en una misión para capturar a los recipientes… pero fracasaron.

  Un silencio espeso se instaló en la sala. Las llamas de las antorchas parecieron agitarse con más fuerza. La Sacerdotisa permaneció inmóvil, con sus dedos tamborileando lentamente sobre el brazo de su trono.

  Finalmente, habló con una calma escalofriante:

  —Hay que mantenerlos vigilados de momento… —Su voz era suave, pero contenía la promesa de muerte —Alguien los está protegiendo. Debemos averiguar quién es… y eliminarlo.

  Hizo una pausa y luego continuó con un tono más firme:

  —Envía un equipo de rastreo. Busquen los restos de las Sombras y el Artífice Baleid. Quiero respuestas.

  El Artífice inclinó la cabeza en se?al de obediencia.

  —Sí, mi se?ora.

  Sin más, se levantó y abandonó la sala con pasos apresurados. La Sacerdotisa permaneció en su trono, sumida en el silencio. Aunque su postura seguía siendo relajada, sus manos apretaban con fuerza los brazos del asiento.

  La furia ardía dentro de ella, pero su disciplina le impedía mostrarla.

  En su mente, solo un pensamiento se repetía una y otra vez.

  ?No importa lo que hagan… ella pronto tendrá su cuerpo… y los herejes serán exterminados…?

  Una sonrisa lenta y siniestra se dibujó bajo su velo. Para ella, un símbolo de que el juego acababa de comenzar.

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