Cáliban no pudo evitar sorprenderse al escuchar su nombre.
—Mi nombre es Xander Ard Hilloy.
Cáliban frunció el ce?o, procesando la información.
—?Hilloy? Como el…
—Distrito, sí. —asintió Xander con un poco de nostalgia en la voz —Mi familia ha estado a cargo de su protección y administración durante algunas generaciones… o bueno, lo estaba. Desde hace un tiempo, la familia de mi esposa ha tomado las riendas de lo que debería ser mi labor.
—?La familia de su esposa? —Cáliban entrecerró los ojos —?Desde hace cuánto?
Xander suspiró, desviando la mirada como si de pronto sintiera el peso de los a?os sobre sus hombros.
—Creo que ya han pasado… dieciséis, quizá diecisiete a?os. Cuando mi esposa enfermó, traté de encargarme de todo, pero con el tiempo fui descuidando mis deberes. Necesitaba estar con ella, hacer lo que estuviera en mi mano para cuidarla… hasta que un día…
Su voz se apagó de golpe. Un pensamiento incómodo comenzó a formarse en su mente, una idea que no había considerado hasta ese momento. La familia de su esposa siempre había sido amable, comprensiva, dispuesta a ayudarle sin cuestionar nada. Demasiado dispuesta.
Xander frunció el ce?o.
—No creo que ellos…
—Desconfíe de todos, Lord Xander. —Cáliban lo interrumpió con un tono grave —No solo debemos curar a su esposa, sino también acabar con los magos oscuros que la parasitaron. Dude de todos. No le cuente a nadie sus planes, ni siquiera mencione que hay una posibilidad de salvarla. Debemos ser lo más cautelosos posible.
Xander apretó los pu?os, sintiendo un nudo de incertidumbre en el pecho.
—Supongo que tienes razón… no sabemos quién podría ser un enemigo oculto.
El silencio se instaló entre ambos por un momento. Luego, Xander respiró profundamente y levantó la mirada.
—Si hay algo más en lo que pueda ayudar…
—Por ahora, solo necesitamos el veneno de Wyvern lo antes posible. Un frasco debería bastar. —respondió Cáliban con firmeza —Debo regresar con mis amigos. Buena suerte, Lord Xander.
Se giró hacia la puerta con paso decidido, pero justo antes de cruzarla, algo lo hizo detenerse.
—Espera… —dijo de repente Xander.
Cáliban se volvió con curiosidad. El noble lo observó con seriedad antes de hablar.
—Creo que sí hay algo más con lo que podría ayudarte…
Una hora después…
Cáliban finalmente salió de la mansión. La tarde era densa, y el aire estaba impregnado de un frío que calaba hasta los huesos. Dio un paso fuera del umbral cuando, de pronto, el inconfundible graznido de un cuervo cortó la quietud.
Se detuvo en seco.
El sonido era más cercano esta vez, como si la criatura estuviera posada en algún punto cercano, observándolo. Su instinto le decía que no era una coincidencia.
No mostró reacción alguna para no llamar su atención.
?Me están siguiendo…?
El pensamiento cruzó su mente con rapidez, pero no dejó que se reflejara en su expresión. Si lo estaban vigilando, era mejor fingir que no lo había notado.
?No recuerdo haber hecho nada para llamar la atención… ?Habrá sido por el Wyvern? No importa. Por ahora, lo mejor será actuar con normalidad.?
Ajustó su túnica y siguió caminando con paso tranquilo, pero alerta.
No tuvo que esperar mucho.
Minutos después, en un callejón discreto, dos figuras emergieron de la penumbra. Reinhard y Joseph se acercaban con un aire de urgencia. Reinhard sostenía un peque?o paquete envuelto en cuero, mientras que Joseph llevaba consigo un par de cajas peque?as.
—Aquí está lo que pediste… —dijo Reinhard con un tono bajo, extendiéndole el paquete.
Cáliban tomó las cajas y las inspeccionó bajo la tenue luz de una farola.
—Perfecto… —murmuró, pero su mente seguía alerta.
El cuervo seguía allí. Y eso solo significaba una cosa… el enemigo ya estaba al acecho.
—?Qué debemos hacer con esto? —preguntó Joseph, observando los objetos en manos de Cáliban.
Cáliban los sostuvo con cuidado antes de guardarlos.
—Nosotros iremos a conseguir algo más. Gracias por tu ayuda, Reinhard. Ya puedes irte.
—Espera… ??Qué?! —Reinhard frunció el ce?o —??Quieres que me vaya?! Pero, ?Qué hay de la misión?
—Estará en pausa por unos días. Hasta que él nos llame, no hay nada más que podamos hacer.
Cáliban se giró sin más explicaciones y comenzó a caminar por la calle junto a Joseph. Reinhard permaneció inmóvil, viéndolos alejarse con la cabeza gacha. En la penumbra, su silueta parecía hundirse en la melancolía.
Joseph, con el corazón encogido, vaciló antes de hablar.
—Cáliban…
—Ya sabes lo que voy a responderte. —lo interrumpió, sin siquiera mirarlo —Y la respuesta sigue siendo no.
Joseph suspiró pesadamente.
Sabía que Cáliban no quería involucrar a Reinhard. Aunque había demostrado ser un aliado leal, ya había arriesgado su vida en más de una ocasión. Precisamente por eso, Cáliban se negaba a arrastrarlo aún más en ese peligroso camino.
—Está bien… —murmuró Joseph, resignado.
El silencio se extendió entre ambos mientras avanzaban hacia su destino.
En la profundidad del callejón, una figura observaba un lente de cristal cuya pantalla mágica mostraba la silueta de Cáliban y Joseph mientras caminaban entre las multitudes hasta llegar a su destino.
—Se dirigen hacia la mazmorra… los tomaremos por sorpresa ahí, siganlos con discreción…
A sus espaldas, un grupo de cultistas uniformados confirmaron la orden al unísono, susurrando en voz baja. Todos comenzaron a moverse entre los tejados, siguiendo a sus objetivos desde lejos.
Al cabo de un rato, ambos llegaron a la gran entrada de la mazmorra. El pasillo los llevó hasta sumergirlos en la penumbra del bosque. El primer piso se extendía ante ellos con la misma apariencia de siempre, como un frondoso bosque cubierto de niebla.
Joseph siguió a Cáliban a través de la maleza hasta que se detuvieron en una zona lo suficientemente alejada de la entrada. Un viejo tronco caído serviría como mesa improvisada.
—?Y ahora qué? —preguntó Joseph con los brazos cruzados y dijo con sarcasmo: —?Vamos a crear algún artefacto místico capaz de romper las leyes del tiempo y el espacio?
Cáliban arqueó una ceja al escuchar el tono de su discípulo.
—Aunque estés molesto, la respuesta sigue siendo no.
Joseph gru?ó, pateando una piedra.
—Derrite las piedras alquímicas. —ordenó Cáliban con serenidad.
Joseph obedeció a rega?adientes, dejando escapar un suspiro frustrado. Por un lado, entendía la necesidad de ser discretos. Por otro, le enfurecía la frialdad con la que su maestro trataba a las personas.
Mientras tanto, Cáliban vertió la tinta y la sangre de Ferrum en un recipiente, luego a?adió el agua de manantial en un fino chorro, recitando un antiguo conjuro. Al concluir el hechizo, el agua cambió su estructura… no era completamente líquida ni completamente sólida. Fluía como mercurio, pero reflejaba la luz con el fulgor del metal.
—Listo. —Cáliban sostuvo el recipiente con cautela —Ahora, haz moldes en la tierra del tama?o de una moneda de oro. Cuando se enfríen, dámelas.
Joseph asintió con pereza y se arrodilló para trazar los moldes circulares. Estaba a punto de verter el líquido cuando, de pronto, un sonido familiar rasgó el aire.
El graznido de un cuervo.
Cáliban se tensó al instante.
—Joseph… —susurró con un tono grave —Toma tus espadas.
Joseph se detuvo, inquieto por la orden.
—?Qué sucede?
Cáliban apretó los dientes, observando con detenimiento cada sombra, cada movimiento, cada hoja que se desprende en aquel bosque.
—Están aquí.
Joseph no dudó. En un solo movimiento, desenvainó sus dos espadas. Cáliban hizo lo mismo con la suya. Se colocaron espalda contra espalda, listos para defenderse. El bosque pareció tornarse más oscuro. Una neblina espesa comenzó a deslizarse entre los árboles, distorsionando las sombras.
Y entonces, entre la maleza, apareció una silueta.
Un cuervo descendió en espiral desde las alturas, aterrizando con gracia sobre un brazo cubierto por una túnica oscura. Pero no era un cuervo común. Joseph sintió un escalofrío recorrerle la espalda al notar lo imposible. Un tercer ojo humano se abría en la frente del ave.
—Como lo sospechaba… —Cáliban murmuró con un hilo de voz —Un Guyhab…
El cuervo graznó de nuevo y giró su cabeza en un ángulo antinatural. Un silbido cortó el silencio.
Más figuras emergieron de la niebla, eran muchas. Caminaban a paso lento, con sus rostros ocultos por capuchas. Sus movimientos eran calculados, como depredadores acechando a su presa.
Joseph apretó sus espadas con fuerza. Pero lo que más le sorprendió no fue la aparición de aquellos extra?os individuos.
Fue Cáliban.
Estaba temblando.
Su respiración se agitó. Sus dedos aferraban el mango de la espada con una rigidez casi dolorosa. Joseph jamás lo había visto así.
??Cáliban?...?
La voz que emergió de la figura encapuchada no era natural. Era un eco espectral, un murmullo múltiple que parecía provenir de varias gargantas a la vez, como si incontables almas hablaran al unísono desde el abismo.
—Vaya, pobrecito… —la figura inclinó la cabeza con lentitud —Mírenlo temblar de miedo… supongo que los rumores sobre tu batalla con el Wyvern eran falsos después de todo.
Cáliban sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Tragó saliva con dificultad y, forzándose a hablar, dejó salir una voz que traicionaba su miedo… o al menos, eso era lo que quería que pensaran de él.
—??Quién eres?! ??Qué quieres?! ??Quiénes son ustedes?!
Mientras lanzaba esas preguntas, deslizó con disimulo su mano dentro del bolsillo. Sus dedos encontraron una peque?a canica de cristal y, sin dudarlo, la rompió en su pu?o.
La encapuchada lo notó.
Sin perder la calma, alzó el brazo, permitiendo que el cuervo de tres ojos se posara sobre su mu?eca.
—Regresa con el Artífice. —susurró con voz grave —Dile que hemos capturado a los objetivos.
El cuervo soltó un graznido gutural antes de dar un poderoso aletazo y elevarse en el aire. Sus alas se fundieron con la neblina, perdiéndose rápidamente entre las sombras del bosque.
La mujer regresó su mirada a Cáliban y Joseph, su sonrisa oculta bajo la capucha se arqueo.
—?Captúrenlos!
La orden fue inmediata. Los encapuchados se lanzaron al ataque con rapidez, pero en ese preciso instante, algo rasgó la niebla como un relámpago. Una lanza silbó a través del aire y atravesó el pecho de uno de los atacantes con una precisión mortal. El encapuchado soltó un grito ahogado antes de desplomarse en el suelo.
—?Chicos! ?Corran!
Era Reinhard.
Cáliban sintió una punzada de desesperación.
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??Mierda! Si Reinhard está aquí, echara a perder el plan…?
Pero no había tiempo para pensar.
Reinhard extendió su brazo y la lanza regresó a su mano con un tirón invisible. Sin perder un solo segundo, se lanzó al combate con una ferocidad implacable.
Cáliban y Joseph hicieron lo mismo.
El bosque se llenó de destellos metálicos y gritos. Espadas chocaron, cuerpos cayeron, la sangre oscura de los encapuchados manchó el suelo cubierto de hojas. Lucharon con todo lo que tenían, pero la desventaja numérica era aplastante.
Uno a uno, fueron reducidos. Cuando finalmente cayeron al suelo, exhaustos, los captores no perdieron el tiempo. Amarraron sus mu?ecas con gruesas cuerdas impregnadas de magia restrictiva y los obligaron a ponerse de rodillas frente a la encapuchada, quien los observó con fría diversión.
—Vaya… —su tono era casi burlón —Sí que saben pelear. Al menos pueden defenderse solitos…
Uno de los encapuchados se acercó, su voz estaba entrecortada por la fatiga del combate.
—Hay cinco bajas, líder.
La mujer dejó escapar un silbido bajo.
—Wow… ?Cinco bajas? —rió suavemente —Y todos de tercer rango… supongo que son mejores de lo que pensábamos.
El encapuchado asintió con rigidez.
—?Qué haremos ahora, líder?
—Esperaremos al Artífice. él se los llevará al Sacerdote para continuar con el plan…
Otro de los miembros se acercó a Reinhard. Con un gesto cruel, deslizó la hoja de su espada por su mejilla, dejando un corte superficial.
—?Qué hacemos con este?
La líder de equipo se quedó en silencio por un momento. Luego, sus labios se curvaron en una sonrisa maliciosa.
—Bueno… no lo necesitamos. Además, es un testigo. Podríamos incriminar a alguien de su casa… —hizo una pausa, disfrutando la idea —Imaginen ver a dos héroes peleándose hasta la muerte… un espectáculo digno de mil muertes… sería algo épico de ver.
Reinhard forcejeó con todas sus fuerzas, tratando de romper sus ataduras.
—?Tu plan no funcionará!
La encapuchada se inclinó hacia él. Con un gesto lento, le tomó el mentón entre sus fríos dedos y lo obligó a mirarla a los ojos.
—Oh, ni?o… —susurró con una dulzura escalofriante —?Crees que no funcionará?
Reinhard quiso responder, pero se encontró atrapado en la intensidad de sus ojos. Había algo en su mirada que le heló la sangre.
La mujer sonrió.
—No tienes idea de lo que un padre sería capaz de hacer… para vengar la muerte de su hijo.
Reinhard sintió el pánico apoderarse de él.
Si su padre no conocía la verdad, si nadie le advertía… una guerra estallaría. El hombre que lo crió, un líder de implacable voluntad, libraría batallas en su nombre, cegado por el dolor y la venganza. Caería en la trampa de estos malditos. Cientos, quizás miles de inocentes serían masacrados por una mentira.
—No… ?No! —gritó con desesperación, su voz se quebró por la impotencia.
La líder ni siquiera lo miró.
—Córtale la cabeza, sombra. Que sea rápido. Tenemos que llevar a estos dos con el Artífice.
Un encapuchado avanzó sin titubear, desenvainando su espada con un sonido metálico que pareció atravesar el aire. La hoja relució a la luz de la luna. Reinhard temblaba. Iba a morir.
Pero lo que más le dolía no era su muerte… sino que había fallado. Había fallado a sus amigos. Su corazón palpitaba con fuerza, cada latido era como un tambor de guerra resonando en sus oídos. Apretó los dientes con rabia y levantó la mirada en busca de Cáliban y Joseph…
Ellos no reaccionaban.
Ambos tenían la cabeza baja y los pu?os cerrados sobre sus rodillas. No se movían, no luchaban, no decían nada. Reinhard sintió un nudo en la garganta. ?Habían sucumbido al miedo? ?O estaban furiosos con él por no poder ayudarlos?
—Lo… lo siento… —susurró, sintiendo las lágrimas acumularse en sus ojos. Bajó la cabeza, derrotado.
La líder rió suavemente.
—?Ves? Tus amigos son más listos que tú. Saben que no pueden hacer nada. Deberías aprender de ellos.
Reinhard cerró los ojos.
Su vida desfiló ante él en un instante. Recordó su entrenamiento, las misiones, las veces que luchó codo a codo con sus compa?eros y familia, sus sue?os, sus promesas… su familia.
Su padre.
?Padre… perdóname…?
El verdugo levantó su espada. Los seguidores del culto se dieron la vuelta, seguros de que su misión estaba completa. La hoja descendió. Un crudo sonido rompió el silencio. Un golpe seco, y una cabeza rodó por el suelo.
La encapuchada exhaló con aburrimiento.
—Bueno, eso es todo. Llévenlos, tenemos que…
—?Podrías callarte un rato? Realmente estoy harto de escucharte…
La voz despreocupada de Joseph cortó el aire como un trueno. La mujer se congeló. Giró lentamente sobre sus talones, y lo que vio la dejó atónita.
Tres cabezas yacían en el suelo, pero no eran las de sus prisioneros. Eran las de tres de sus hombres. Joseph y Cáliban estaban de pie, libres y Reinhard seguía vivo.
Reinhard parpadeó, aturdido, con el corazón aún retumbando en su pecho.
—?Qué… qué acababa de pasar?
La imagen se reprodujo en su mente. Justo cuando la hoja iba a tocar su cuello, Cáliban se movió. Tan rápido que ni siquiera lo vio venir. Tomó el arma de uno de los atacantes cuando rompió las ataduras. De un solo arco con su espada, decapitó a los tres subordinados que los custodiaban.
La sangre aún manchaba el filo de su espada, goteando en el suelo. Reinhard miró a Cáliban con incredulidad. El miedo de antes ya no estaba en sus ojos. ahora, en su mirada ardía algo mucho más peligroso. Determinación.
Cáliban sonrió con frialdad, limpiando la sangre de su espada con un movimiento ágil.
—Realmente eres una idiota si le das la espalda a tu enemigo…
La encapuchada se giró bruscamente, el desconcierto destrozó su expresión de seguridad.
—?Tú! ??Cómo se liberaron?! ?Las cuerdas estaban encantadas! ?Las hice yo misma!
Joseph se encogió de hombros, con una sonrisa burlona en los labios.
—Ah… ?Eran tus encantamientos? Con razón fueron tan fáciles de romper.
Los dedos de la mujer se crisparon de rabia. Dirigió su mirada hacia sus subordinados, quienes se mantenían estupefactos ante tal escena.
—?Bastardos! ?No se queden ahí parados! ?Mátenlos!
Los subordinados reaccionaron de inmediato, lanzándose al ataque con un grito de guerra.
Pero esta vez, todo era diferente.
Antes, Reinhard, Cáliban y Joseph habían luchado contra el asedio con la presión de sus ataduras y la sorpresa en su contra. Ahora… eran libres.
Ahora iban a matar.
Los movimientos de los tres se volvieron afilados y letales. Reinhard giró su lanza con una velocidad aterradora, cortando el aire con precisión mortal. Joseph se deslizó entre los enemigos como una sombra, sus espadas dejaron un rastro carmesí a su paso. Cáliban, con una calma sobrecogedora, esquivaba y contraatacaba con eficiencia.
Los cultistas pronto se dieron cuenta de la cruda realidad. No estaban luchando contra novatos. Estaban luchando contra depredadores.
La mujer retrocedió un paso, con los pu?os apretados.
—Ellos… no son de primer rango… —susurró con incredulidad.
Su mente trabajaba rápido. Tenía que escapar aprovechando la lluvia de ataques.
—Debo avisar al Artífice…
Se giró y corrió hacia la niebla del bosque, con su túnica flotando tras ella como una sombra. Cáliban la vio desaparecer entre los árboles.
—?Iré por ella! ?Cubre a Reinhard!
—?Sí! —asintió Joseph, sin perder el ritmo de la batalla.
Cáliban se lanzó a la persecución, adentrándose en la espesa bruma.
La persecución duró varios minutos.
La niebla se hacía cada vez más densa, como si la oscuridad misma se condensara en el aire. Cada paso parecía adentrarlo más en un mundo desconocido, un terreno que no le pertenecía. De repente, un latigazo silbó a centímetros de su rostro. Cáliban se echó hacia atrás por instinto, esquivándolo por poco. Su cuerpo se tensó. La voz de la mujer surgió de todas partes.
—?Ustedes, malnacidos! ?Iba a conseguir una promoción!
Cáliban soltó una risa baja, fría.
—?En serio? Bueno… los muertos no necesitan una promoción…
La líder siseó con furia.
—?Crees que puedes matarme? Solo has alcanzado el primer nivel…
Cáliban ladeó la cabeza.
—Y aún así… me atacas desde las sombras.
Un incómodo silencio se extendió entre los árboles. Había sido un golpe bajo. La mujer encapuchada no respondió, sin embargo, su rabia era palpable en la forma en que los latigazos volvieron a llover sobre Cáliban.
Pero ahora, él estaba preparado.
Sus movimientos eran precisos, cada esquive era más calculado que el anterior. Sin embargo, aunque evitaba los golpes letales, algunos roces le dejaron marcas leves en los brazos y el rostro. No podía seguir así para siempre. Entonces, tomó una decisión. Se detuvo. Se quedó completamente quieto en medio de la bruma.
La mujer no perdió la oportunidad.
Desde la oscuridad, lanzó un latigazo letal, con toda la fuerza posible, pero fue un error. Justo antes de que la punta del látigo tocara su espalda, Cáliban extendió su brazo y lo atrapó.
—??Qué…?!
Sin darle tiempo a reaccionar, jaló con todas sus fuerzas. La mujer salió despedida de su escondite, impulsada por su propia fuerza. Cáliban la atrapó del cuello en pleno aire y la estrelló contra el suelo con brutalidad.
La mujer jadeó por el impacto. Antes de que pudiera reaccionar, sintió el frío acero presionando su garganta.
—Bueno, aquí estamos. —dijo Cáliban con un tono casual —Pondré una queja en el Palacio Gremial… deberían asegurarse de que sus empleados cumplan con el servicio al cliente.
La mujer escupió sangre y lo miró con odio.
—??Qué…?! ??Cómo sabías…?!
Cáliban alzó una ceja. Con una mano, retiró el collar que distorsionaba su voz y la capa de la mujer que cubría su rostro, revelando su identidad.
Era la joven recepcionista que los atendió anteriormente. Su expresión estaba retorcida en una mezcla de furia y desesperación. Ella había estado observándolos desde el principio.
—Vaya, vaya… —Cáliban sonrió —Así que si eras tú.
La recepcionista dejó escapar un gru?ido de rabia. Su cola emergió repentinamente de su espalda, moviéndose como un látigo para envolver la cintura de Cáliban.
Pero él no pesta?eó.
En un solo movimiento, cortó la cola con su espada. Un grito desgarrador resonó en el bosque. La mujer se retorció en el suelo, sujetando el sangriento mu?ón donde antes estaba su cola.
Cáliban no mostró piedad. Con su espada aún cubierta de sangre, presionó el filo contra su cuello una vez más para inmovilizarla. Momentos más tarde. Cáliban se arrodilló frente a la joven que había atado al árbol, observándola con frialdad.
—Muy bien… ahora podemos hablar tranquilamente. Empecemos con las preguntas…
La chica jadeó, su rostro estaba cubierto de sudor y sangre. Apretó los dientes en un intento de mantenerse firme.
—Agh… ?Crees… que te diré algo?
Cáliban inclinó la cabeza levemente, con una sonrisa casi divertida.
—No necesito que me lo digas… de hecho, no necesito que digas algo…
Los ojos de la joven se abrieron con sorpresa.
—??Qué…?!
Antes de que pudiera reaccionar, Joseph y Reinhard llegaron corriendo. Pero la batalla ya había terminado. Cáliban se incorporó sin prisas y se dirigió a Joseph.
—?Dejaste alguno con vida?
Joseph negó con indiferencia.
—No… todos están muertos.
—Bien… —Cáliban asintió con satisfacción —Ayúdame a levantarla. Tenemos que interrogarla.
Sin perder tiempo, los dos la amarraron fuertemente al árbol, levantándola a poco centímetros del suelo. Tenían poco tiempo antes de que perdiera demasiada sangre. Cáliban se acercó lentamente, con un cuchillo en mano.
—Muy bien… empecemos con lo básico.
La joven lo miró con desafío.
—No voy a responder… nada de lo que me pidan…
Cáliban sonrió de nuevo, una fría y cruel sonrisa que heló su sangre.
—Te repito… que no lo necesito.
Sin advertencia alguna, deslizó la hoja de su cuchillo sobre la frente de la chica, marcándola con precisión. El grito desgarrador de la joven rompió el silencio del bosque. Reinhard se quedó paralizado. Estaban torturando a una estudiante de su propia academia.
—?Cáliban! ?No…!
Dio un paso adelante, pero Joseph se interpuso en su camino. Con los gritos de la joven de fondo, colocó una mano en el pecho de Reinhard, deteniéndolo.
—No lo detengas…
Reinhard lo miró con incredulidad.
—?Qué…? ??No ves lo que le está…?!
—?Olvidaste que hace unos minutos esta chica estuvo a punto de cortarte la cabeza e iniciar una guerra solo por un capricho?
Reinhard se quedó sin palabras. Lo había olvidado. Pero Joseph tenía razón. Si esa ejecución se hubiera llevado a cabo, su padre habría desencadenado un conflicto que acabaría con miles de vidas.
Finalmente, no dijo nada más.
Cáliban terminó de tallar la runa en la frente de la joven y, sin darle un segundo de descanso, comenzó a recitar un hechizo.
Ella respiraba con dificultad, su cuerpo estaba temblando.
—?Eso… es todo lo que tienes? —jadeó entre risas débiles.
Pero Cáliban aún no había terminado. En cuanto concluyó el conjuro, una oleada de dolor indescriptible recorrió el cuerpo de la joven. Los gritos aumentaron en intensidad, desgarradores e imposibles de ignorar. Joseph y Reinhard observaron con tensión mientras Cáliban escudri?aba los recuerdos de la prisionera. De repente, la chica comenzó a convulsionar violentamente.
—?Qué…? —murmuró Cáliban, desconcertado.
Sangre oscura brotó de sus ojos, oídos y nariz. Su piel se derritió en cuestión de segundos, como si un fuego invisible consumiera su cuerpo desde adentro. Solo quedaron huesos carbonizados en el suelo. Un hedor nauseabundo se esparció en el aire, mientras un humo verde y espeso emergía de los restos.
Reinhard y Joseph se quedaron petrificados. La escena que acababan de presenciar era monstruosa. Ambos intentaron con toda su fuerza resistir sus impulsos de vomitar, pero Cáliban se mantuvo impasible.
Se puso de pie con calma, limpiándose las manos en su túnica.
—Bueno… hasta aquí llegó.
Reinhard se volvió hacia él con furia.
—??Qué demonios le hiciste?!
Joseph ignoró la pregunta y se acercó a Cáliban.
—?Conseguiste algo?
Cáliban exhaló lentamente.
—Un poco de información… nada más. Tampoco sabía gran cosa…
—Bueno, algo es algo, supongo.
Reinhard los miró con incredulidad.
—??"Algo es algo"?! ?Acaba de derretirse una compa?era de la academia frente a nosotros! ??Y solo dices eso?!
Cáliban cruzó los brazos con tranquilidad.
—Yo no hice esto.
Reinhard parpadeó con incredulidad.
—??Qué…?! ?Pero si te acabo de ver…!
—No. Eso y esto son dos cosas diferentes. —Cáliban se agachó junto a los restos humeantes. —Solo tallé una runa encantada para ver sus recuerdos. Sí, duele… pero no lo suficiente para matarla. Esto… es algo más. —Tomó un fragmento de hueso, examinándolo con detenimiento. —Creo que tenía una maldición de auto-destrucción para evitar revelar información comprometida… algo clásico de los magos oscuros.
Reinhard sintió un escalofrío.
—?Magos oscuros…?
Joseph colocó una mano en su hombro.
—Tranquilo… hay mucho que debes entender.
Cáliban lo miró en silencio. Joseph no necesitaba decir nada más. Sabía lo que estaba pidiendo. Reinhard aún estaba procesando lo ocurrido, pero ahora más que nunca lo necesitaban como aliado.
Cáliban suspiró con resignación al observar los ojos suplicantes de Joseph.
—Bien… pero tú responderás por él.
Joseph sonrió.
—?Gracias, maestro!
Reinhard frunció el ce?o al escuchar sus palabras de agradecimiento.
—?Maestro? ?Qué quieres decir con eso?
Antes de que Joseph pudiera responder, una tercera voz emergió de la niebla.
—A mí también me gustaría saberlo…
Los tres se pusieron en guardia de inmediato. De entre la bruma, una figura apareció lentamente. Un hombre cubierto con una capa oscura adornada y una máscara blanca caminaba hacia ellos con paso firme.
En su cintura, una espada de filo reluciente colgaba con gravedad. El aire se volvió denso. Cáliban tomó posición defensiva al instante. Joseph y Reinhard lo imitaron.
??Quién es él? No pude detectarlo…? —pensó Cáliban, con la mandíbula tensa.
El recién llegado se detuvo a pocos metros de ellos. Sin moverse, sin hablar. Solo observando y analizándolos. Entonces, con una voz profunda y espectral, dijo:
—Parece… que acabaron con el líder de mi equipo.
El hombre de la máscara negra avanzó un par de pasos, su capa ondeaba ligeramente con el viento. Su presencia era sofocante, como si la misma niebla lo envolviera y distorsionara su figura. Finalmente, se detuvo junto a los restos humeantes de la joven.
Observó los huesos calcinados con una calma inquietante.
—Qué pena… tenía potencial…
Su tono era neutral, sin rabia ni tristeza. Solo una fría constatación del hecho. Cáliban sintió un escalofrío recorrerle la espalda. En ese instante, lo entendió.
?Este hombre… es el Artífice del que ella hablaba.?
El verdadero enemigo acababa de hacer su aparición, y una dura batalla estaba por comenzar.

