home

search

Capítulo 34: La mirada fría de un hombre que lo perdió todo…

  La habitación estaba sumida en penumbras. La chimenea era la única fuente de luz, proyectando sombras alargadas en las paredes desnudas. Las cortinas, sucias y raídas, colgaban de las ventanas como espectros olvidados, dejando filtrar el frío de la noche. Frente al fuego, un hombre de complexión delgada permanecía inmóvil. Su mirada vacía, parecida a la de un pez muerto, lanzaba amenazas silenciosas, como si su voluntad de vivir se hubiera extinguido hacía mucho tiempo. Su cabello y barba, crecidos sin cuidado, acentuaban la frialdad de su expresión.

  —?Qué es lo que quieren?... —su voz era ronca y carente de emoción.

  Joseph avanzó un paso, con la tensión apretándole el pecho. Sacó un papel del bolsillo con cuidado, sosteniéndolo como si fuera su pase para salir de allí con vida.

  —Hemos venido a realizar el encargo que puso en el tablero. —dijo, tratando de mantener la voz firme.

  El hombre no se movió. Joseph tragó saliva y continuó:

  —Tenemos-

  Pero antes de que pudiera terminar la frase, la hoja en su mano se partió en cientos de finos pedazos, como si una cuchilla invisible la hubiera atravesado con una precisión quirúrgica. Joseph sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Ninguno de los tres había visto ningún movimiento.

  —Mocosos sin oficio… —murmuró el hombre, con un tono de desdén profundo —Será mejor que se larguen antes de que yo los saque…

  Reinhard intentó mantener la calma. Dio un paso adelante, levantando las manos en un gesto conciliador.

  —Hemos venido a ayudarlo con la tarea de la maldición… nosotros-

  —Lo único que han conseguido es molestarme.

  Joseph, aún recuperándose de la impresión, intentó intervenir.

  —Por favor, dénos una oportunidad, mi amigo aquí es un noble, si él-

  —?Un noble? —la risa del hombre fue seca y amarga al escuchar su respuesta —Ya veo… muchachos que creen que, por tener amigos poderosos, pueden hacer lo que quieran. Dependiendo de la fama de otros en lugar de su propia fuerza. Tch… No sé por qué Kasus sigue desperdiciando su tiempo con basura como ustedes.

  El desprecio en sus palabras era absoluto. No se movía, no daba espacio para que hablaran. Cada frase suya era un muro de piedra contra el que chocaban sin remedio. Reinhard y Joseph intercambiaron miradas. ?De qué servía seguir insistiendo si el hombre ya los había condenado en su juicio?

  —Lo único que consiguen es hacerme perder el tiempo. Deberían-

  —?Perder su tiempo?...

  La voz de Cáliban cortó el aire como una cuchilla. Joseph y Reinhard sintieron un nudo en la garganta. Era una locura. Aquel hombre no era un simple guerrero. Solo alguien con una habilidad extrema en la espada podía cortar un papel con tanta precisión sin que nadie lo viera moverse. Y sin embargo, Cáliban estaba ahí… tranquilo. Demasiado tranquilo.

  —Lamento si lo hacemos perder su tiempo. —continuó, con una calma que resultaba inquietante —Se nota que tiene mejores cosas que hacer… como mirar el fuego durante horas mientras se lamenta en soledad.

  La habitación quedó en un silencio absoluto. El crepitar de la chimenea fue lo único que se atrevió a romperlo. El hombre, por primera vez, movió ligeramente la cabeza en dirección a Cáliban.

  —Tú…

  La voz del hombre se tornó más grave, cargada con una emoción que hasta ahora había estado ausente. Sus ojos, vacíos y letales, se clavaron en Cáliban con algo que parecía… un destello de reconocimiento, uno muy negativo.

  Pero Cáliban no dejó que ese instante de duda lo detuviera.

  —Seguramente, ya se ha dado por vencido, ?No? —su tono era casi casual, como si estuviera conversando sobre el clima —Debió intentarlo todo… pero nada funcionó.

  Un zumbido sutil cortó el aire. En menos de un segundo, un delgado hilo de sangre apareció en la mejilla de Cáliban. Reinhard y Joseph sintieron el estómago encogerse. No habían visto nada. Ni un solo movimiento.

  Pero Cáliban… sonrió.

  —Vaya… qué tierno. Supongo que se preocupa demasiado por mí como para cortarme el cuello de una vez.

  Se levantó lentamente del sillón, con la misma calma con la que alguien se sacudiría el polvo de la ropa. Sus pasos fueron suaves, casi deliberados, mientras avanzaba hacia la chimenea.

  —Debe ser terrible… —su voz era apenas un susurro, pero en la sala vacía se sintió como un trueno —Saber que la maldición afecta su cuerpo… no. Si fuera usted, seguramente no tendría esos movimientos.

  El hombre permaneció inmóvil, pero su mandíbula se tensó. Cáliban inclinó la cabeza levemente, como si estuviera evaluando una pieza de ajedrez.

  —Tal vez… la maldición cayó sobre alguien más…

  Otro corte apareció en su mejilla opuesta. Esta vez, la sangre resbaló por su piel, pero él no hizo ningún ademán de limpiarla. Simplemente siguió caminando, sin perder el ritmo ni un instante.

  —Debe doler, ?No es así?

  Sintió un tercer corte. Su brazo izquierdo ahora tenía una línea carmesí que se extendía desde el hombro hasta el codo.

  El hombre frunció el ce?o.

  —Deberías cuidar tus palabras, mocoso…

  Pero Cáliban no se detuvo.

  —?Por qué? ?Aún con toda esa fuerza le tiene miedo a la verdad?

  El fuego de la chimenea crepitaba con más fuerza. El hombre apretó los pu?os.

  —Solo eres un ni?o que no sabe-

  Cáliban dejó escapar una risa baja, casi divertida.

  —Yo no soy el que ataca con cortes a un ni?o, se?or.

  Un nuevo corte. Esta vez, en su pierna derecha. Joseph y Reinhard apenas podían respirar. Era una locura. Cáliban estaba provocando a un monstruo… y parecía disfrutar cada segundo de ello.

  El filo invisible silbó en el aire de nuevo. Otro corte apareció en su muslo, buscando detener su avance. Pero Cáliban no se detuvo. Mantuvo el mismo ritmo en su caminar, con los ojos clavados en aquel sombrío hombre, sin apartar la mirada del dolor.

  —Debió ser alguien que usted quería mucho…

  Una herida fina surgió en su mejilla, pero no lo silenciaron.

  —Debió realmente doler…

  Otra herida rasgó su camisa por la espalda, un corte superficial, hecho con desdén. El hombre frunció el ce?o. El sonido de los pasos de Cáliban crujiendo sobre la madera vieja lo inquietó. El viento sopló con fuerza, como si el aire mismo afilara cuchillas invisibles contra su piel. Pero Cáliban no tembló.

  —Saber…

  Un nuevo tajo recorrió la parte trasera de su hombro.

  —Que fue…

  Otro corte. Sus manos comenzaron a sangrar, múltiples heridas se abrían como castigo por su osadía. La presión en el aire crecía. La habitación entera parecía contener la respiración.

  Cáliban sonrió.

  —?Su culpa!

  El último corte fue más profundo. La respiración del hombre se tornó pesada.

  El fuego ardió con más intensidad, lanzando sombras danzantes por toda la habitación. El filo invisible que lo protegía, que había respondido con precisión a cada palabra de Cáliban, tembló por primera vez.

  Reinhard y Joseph no podían moverse. No sabían si Cáliban había sellado su destino o si, de alguna manera, había logrado hacer tambalear la muralla inquebrantable de aquel hombre.

  Un aura opresiva recorrió la habitación como una ráfaga helada. Reinhard y Joseph sintieron cómo sus piernas temblaban sin control. El aire se volvió denso, pesado, imposible de respirar. Era una intención asesina pura, desnuda, sin rastro de contención.

  La voz del hombre, antes apagada y carente de vida, resonó ahora con una furia controlada, como el filo de una espada desenvainada con lentitud.

  —Ni?o… —su tono era bajo, pero cada palabra vibraba en el aire —?Crees que no te mataré? ?Crees que estás a salvo porque-?

  Pero antes de que pudiera terminar, una segunda oleada de presión inundó la habitación.

  Era de Cáliban.

  Su presencia estalló como un fuego que disipó la negrura. Reinhard y Joseph, que hasta hace un instante estaban paralizados, sintieron cómo sus pulmones volvían a llenarse de aire. El hombre también lo notó. Sus ojos se entrecerraron apenas en un instante.

  Cáliban avanzó un paso más.

  —?Cree que le tengo miedo a un hombre que ni siquiera da la cara?

  No hubo advertencia. Un destello rojo cruzó la penumbra. Un corte veloz, certero, dirigido al pecho de Cáliban. Pero en el último instante, su avance se detuvo con una precisión absoluta, y el filo silbó en el vacío donde él debería haber estado.

  Los ojos del hombre se oscurecieron.

  ??Adivinó mi ataque… o lo esquivó por puro instinto??

  El aire parecía detenerse.

  Cáliban estaba ahora a sus espaldas. Tranquilo. Inquebrantable. Como si aquella danza con la muerte no hubiera significado nada.

  El hombre no se giró, pero su agarre en el mango de su arma que mantenía en su cinturón con recelo se tensó.

  —Hemos venido aquí por su petición. —la voz de Cáliban resonó con firmeza —Si quiere rechazar nuestra ayuda, bien. Pero no ponga excusas después… cuando ya no pueda volver atrás.

  Solo hubo silencio.

  El fuego de la chimenea crepitaba, arrojando sombras sobre las paredes. El hombre bajó la cabeza, mirando el fuego. Su voz, cuando por fin respondió, salió baja, como si hablara más para sí mismo que para ellos.

  —Lo he intentado todo… por veinte a?os.

  Soltó un susurro cargado de fatiga, de frustración, de una amargura imposible de ocultar.

  —Magos, brujas, hechiceros, guerreros, artefactos prohibidos… todo. Y nada ha servido.

  Levantó la vista. Su mirada se clavó en Cáliban, buscando algo.

  —Dime, ni?o… ?Qué cambiaría con el hecho de que les diera una oportunidad?

  Cáliban guardó silencio por un instante. Su expresión no cambió. Su voz, sin embargo, se alzó con claridad.

  —Nada… o puede que todo.

  El hombre entrecerró los ojos.

  —La cuestión es… —continuó Cáliban, sin apartar su mirada —si está dispuesto a arriesgarse por esta oportunidad… o simplemente dejarla pasar.

  La habitación se volvió aún más silenciosa. Por primera vez en mucho tiempo, el hombre sintió que alguien lo miraba sin miedo. No como un monstruo, no con lástima. Sino con desafío. Frente a él no estaba un simple muchacho. En esos ojos ardía algo distinto. Fuego, honor, determinación. Y por primera vez en a?os… el hombre recordó lo que significaba ser un guerrero.

  El hombre cerró los ojos en un silencio cargado de pensamientos. Durante a?os, su mente había aceptado la derrota, convenciéndose de que no había camino posible. Pero en lo más hondo de su ser, aún ardía una chispa.

  Peque?a.. frágil. Como una llama resistiendo la inmensa y fría oscuridad. Finalmente, respiró hondo y abrió los ojos. La decisión estaba tomada.

  —Síganme…

  Su voz sonó más baja, más pesada. No era una orden, sino una invitación.

  Los tres lo siguieron por los pasillos de la mansión, intercambiando miradas de incredulidad. A diferencia del resto del lugar, aquel corredor estaba impecable. No había rastro de polvo, telara?as ni humedad. Las paredes estaban adornadas con cuadros de paisajes vibrantes… bosques cubiertos de luz dorada, ríos que reflejaban cielos azules, praderas que se perdían en el horizonte.

  Parecía un pasillo ajeno a la decadencia del resto de la casa.

  Como si alguien lo hubiese protegido de la lenta agonía que consumía el hogar.

  Al final del pasillo, una puerta de madera fina aguardaba, flanqueada por dos sirvientas que permanecían en silencio. El hombre se detuvo frente a ellas y, con voz solemne, ordenó:

  —Descansen un momento. Si necesito algo, se los haré saber.

  Las mujeres se inclinaron en una reverencia impecable antes de responder con una sincronización perfecta:

  —Como ordene, se?or.

  Sin más, se retiraron, dejando que el silencio dominara de nuevo el espacio.

  El hombre apoyó una mano sobre la puerta y la abrió con una delicadeza que contrastaba con su presencia imponente. Sus pasos, antes firmes, se tornaron inseguros mientras avanzaba.

  Y entonces, la vio.

  Su corazón se quebrantó, pedazo a pedazo. Sus labios se apretaron en una línea tensa, su mirada se volvió vidriosa, pero no apartó los ojos de la figura postrada en la cama.

  Levantó la vista hacia los estudiantes, y apenas en un susurro, dijo:

  —Ella… ella es mi esposa…

  Las palabras se ahogaron en su garganta.

  La mujer yacía inmóvil, prisionera de su propio cuerpo. Su piel estaba pálida como la nieve, casi translúcida. El cabello que una vez había enmarcado su rostro se había desvanecido por completo. Su delgadez era extrema, sus huesos se asomaban bajo la frágil piel.

  No hablaba y apenas respiraba con dificultad.

  Royal Road is the home of this novel. Visit there to read the original and support the author.

  Solo emitía débiles gemidos de dolor, como un eco lejano de lo que alguna vez fue una risa.

  El hombre avanzó hasta la cama, cada paso era más pesado que el anterior. Se arrodilló a su lado y, con la delicadeza de un amante que teme romper lo que más ama, tomó su mano. Acarició su piel fría con el pulgar y, sin importar quién estuviera en la habitación, inclinó la cabeza y depositó un beso en su frente.

  Sus labios temblaron mientras le susurraba algo al oído.

  —Estoy aquí amor mío… aún no me he dado por vencido…

  Sus palabras, inaudibles para los demás, parecían ser el último puente entre él y la mujer que el destino le estaba arrebatando. Reinhard, Joseph y Cáliban vieron la verdadera batalla que aquel hombre había estado librando durante veinte a?os.

  El hombre sostuvo la frágil mano de su esposa con sumo cuidado, como si temiera que incluso su toque pudiera hacerle da?o.

  Su voz tembló, pero su determinación permaneció intacta. La mujer no podía responder. Sus labios secos apenas se movieron, y sin embargo, su corazón aún latía. Eso era suficiente para él.

  Se giró hacia los jóvenes con una expresión de agotamiento y esperanza entrelazadas.

  —Su nombre es Lidia… Lidia Montgard. No se como ni porqué, pero hace veinte a?os fue víctima de una maldición poderosa. Durante todo este tiempo, he buscado una cura, pero… nada ha funcionado.

  Cáliban observó a la paciente con atención. La mujer parecía ser consciente de su entorno, aunque su cuerpo estaba al borde del colapso. Sus ojos carmesí se afilaron mientras analizaba cada rincón de su ser en busca de la fuente de la maldición.

  Pero no encontró nada.

  No había rastros de energía maldita, ningún aura oscura, ninguna distorsión en su flujo vital. Su ce?o se frunció. Era imposible. Se acercó un poco más y, con sumo cuidado, posó su mano sobre el pecho de la mujer.

  El hombre tensó el rostro de inmediato.

  —?Qué estás haciendo?

  —Tranquilo. —respondió Cáliban sin apartar la vista de Lidia —Solo quiero examinarla…

  Hubo un silencio breve, pero ya que había aceptado, decidió darle una oportunidad.

  —Bien… —accedió el hombre tras un suspiro —Pero hazlo con cuidado.

  Cáliban cerró los ojos y envió su energía al cuerpo de la mujer.

  Empezó por el brazo y el corazón, las zonas que parecían más afectadas. Pero, para su sorpresa, ambos estaban sanos. No había ninguna se?al de descomposición ni da?o interno.

  No tenía sentido.

  Decidió expandir su percepción, explorando cada rincón de su ser, desde la cabeza hasta los pies.

  Pero no hubo nada.

  No había rastros de maldición ni signos evidentes de enfermedad. Y, sin embargo, algo estaba drenando su energía, poco a poco. Su mente trabajaba a toda velocidad, analizando cada posibilidad.

  Solo quedaba una opción, una que sabía que le costaría caro. Se enderezó y miró al hombre con seriedad.

  —Por favor… ?Podría apartarse un momento?

  El hombre entrecerró los ojos con desconfianza, pero asintió con un gru?ido, levantándose a rega?adientes. Cáliban tomó aire y cerró los ojos.

  Activó su Mirada Celestial.

  Esta vez, llevándola a un nivel superior. El dolor fue inmediato. La presión en su cabeza era insoportable. Sus ojos comenzaron a sangrar, y delgados hilos escarlata corrieron por su rostro, dibujando venas oscuras alrededor de sus párpados.

  Reinhard y Joseph quedaron helados ante la escena.

  —?Cáliban! —exclamó Joseph, alarmado.

  —??Qué demonios está pasando?! —Reinhard intentó acercarse, pero el aire a su alrededor vibraba con una presión extra?a.

  Incluso el hombre, que había visto incontables horrores en su vida, se quedó sin palabras.

  —?Es normal que su amigo haga eso?

  Cáliban respiraba con dificultad.

  —Tranquilos… solo déjenme… hacer esto…

  Ignorando el ardor en sus ojos, escudri?ó cada rincón del cuerpo de Lidia, viendo más allá de la carne, más allá del flujo de energía. Cada segundo que pasaba, el dolor solo aumentaba.

  Pero no se detuvo. Buscó con desesperación, y entonces… lo vio. El color abandonó su rostro. La respuesta estuvo allí todo el tiempo, escondida en lo más profundo. Un nudo invisible, un lazo insidioso adherido a su ser.

  Algo que no debería estar ahí.

  En cuanto comprendió la verdad, su poder colapsó. Canceló su habilidad y, al instante, cayó de rodillas. Su cuerpo temblaba y sus piernas ya no respondían.

  —?Cáliban! —Joseph se lanzó hacia él.

  —??Qué te pasó?! —Reinhard lo sostuvo antes de que se desplomara por completo.

  El hombre los observó en silencio, su expresión era oscura como la noche. Cáliban respiraba con dificultad. Sus ojos seguían sangrando. Pero sonrió, aunque débilmente.

  —Estoy bien… solo… necesito… recuperarme… —dijo con la respiración agitada.

  El hombre se acercó a Cáliban con el ce?o fruncido. No solía preocuparse por otros, pero lo que acababa de presenciar lo inquietaba más de lo que quería admitir.

  El muchacho aún tenía los ojos cerrados, su respiración era pausada y algo irregular. Peque?os rastros de sangre se deslizaban desde sus párpados hasta sus mejillas, pero su expresión permanecía inquebrantable.

  —?Estás bien, ni?o? —preguntó el hombre con un tono más grave de lo usual.

  Cáliban apenas movió los labios al responder.

  —Estoy bien… solo necesito una toalla con agua caliente…

  El hombre lo observó con desconfianza por un instante, pero asintió.

  —Bien… Quédate aquí. Iré a pedir una.

  Se giró y salió de la habitación sin más preguntas, aunque su mente bullía con dudas. Apenas desapareció por la puerta, Cáliban abrió ligeramente un ojo y susurró a sus amigos:

  —Reinhard, escúchame bien. Necesito que vayas a Hilloy y compres algunas cosas. Atiende con cuidado.

  Reinhard se inclinó hacia él, atento.

  —Sí, por supuesto.

  —Necesitamos sangre de Ferrum, piedras alquímicas de fuego, una aguja de plata, pincel y tinta. También agua de manantial… no importa de qué nivel, pero mientras más pura, mejor. Tráelo lo antes posible.

  Reinhard asintió con determinación. Entonces, Cáliban desvió su atención a Joseph.

  —Joseph, necesito que traigas las píldoras. Pero sé lo más discreto posible.

  —Entendido.

  Ambos comprendieron la urgencia. Sin perder un segundo, salieron de la habitación con pasos rápidos y decididos. Cáliban suspiró pesadamente y volvió a cerrar los ojos, intentando calmar el ardor que sentía en ellos. Pasaron unos minutos antes de que el hombre regresara. Llevaba una toalla limpia empapada en agua caliente. Sin decir palabra, se la entregó.

  Cáliban la tomó y se limpió la sangre con movimientos precisos. Solo cuando terminó, el hombre dirigió la vista y habló con un tono más serio.

  —?Qué fue lo que-?

  Pero antes de que pudiera terminar la pregunta, Cáliban lo interrumpió.

  —Eso no es importante ahora. Escúchame atentamente.

  El hombre entrecerró los ojos.

  —Habla.

  —Cierre todas las ventanas. Ahora.

  El tono firme de Cáliban hizo que el hombre dudara por un segundo. Su instinto le decía que preguntara el motivo, que exigiera respuestas, pero en el fondo… algo le decía que debía obedecer.

  Maldijo en voz baja y, sin más, comenzó a cerrar cada una de las ventanas de la habitación. Cuando terminó, se giró hacia Cáliban con el ce?o aún más fruncido y la paciencia al límite.

  —Ya está. Ahora dime… ?Qué demonios hiciste?

  Cáliban lo observó fijamente antes de responder.

  —Digamos que… es una habilidad que me permite ver más allá de lo que se ve a simple vista.

  El hombre sintió que algo se retorcía en su interior.

  —?Y qué viste…?

  El silencio que siguió fue insoportable.

  Cada segundo que pasaba sin una respuesta lo hacía sentirse como si su cuerpo estuviera suspendido sobre un abismo, esperando una caída inminente.

  Finalmente, Cáliban habló:

  —Tu mujer jamás será curada, por ningún artefacto o medicina.

  El hombre sintió como si el suelo bajo sus pies se desvaneciera. Su mente se quedó en blanco. Aquellas palabras… no. No podía aceptarlas. No después de veinte a?os de lucha. No después de todo lo que había sacrificado.

  Su primera reacción fue la más natural. Decidió no creerle.

  —Estás equivocado. —murmuró, la tensión en su voz palpable.

  Pero en el fondo de su corazón… una peque?a voz le susurraba que quizá, solo quizá… aquel ni?o tenía razón y eso lo aterrorizaba.

  Pero, al mismo tiempo, el hombre sintió cómo la furia se acumulaba en su interior como un volcán a punto de estallar. Su paciencia, ya de por sí frágil, se quebró por completo ante las palabras de Cáliban.

  —Como esperaba… —su voz estaba cargada de sarcasmo y desprecio —?Todo este teatrito para decirme eso, ?Eh?! Dime, ?Lo ensayaste con tus amiguitos? Porque no pienso-

  —?Deja de ser idiota por un momento y escucha!

  El grito de Cáliban retumbó en la habitación, cortando el aire como una daga.

  El hombre se quedó sin palabras. Nadie, en mucho tiempo, se había atrevido a levantarle la voz de esa manera. Pero lo que más lo desconcertó no fue el tono… sino la autoridad que había en él.

  No era la rabia impulsiva de un ni?o. Era el rugido de alguien que estaba harto de la necedad ajena.

  Cáliban lo miró directamente, con esos ojos carmesí que parecían atravesarlo como brasas ardientes.

  —Tu mujer no puede ser sanada con artefactos, magia anti maldiciones, ni medicina curativa… —su voz era firme e inquebrantable —Porque tu mujer no está maldita.

  El silencio cayó sobre la habitación como una losa de piedra. El hombre lo miró, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar.

  No… no podía ser cierto.

  Durante veinte a?os, médicos y hechiceros le habían dado teorías, le habían prometido curas que nunca funcionaron. Una maldición, una enfermedad, un veneno desconocido… siempre había una nueva respuesta, siempre un nuevo fracaso.

  —?Entonces qué es? —su voz sonó entrecortada, como si temiera la respuesta —?Dime! ??Qué es lo que tiene mi esposa?!

  Cáliban tomó aire y respondió con la frialdad de un verdugo que dicta sentencia.

  —Tu esposa tiene un parásito.

  El hombre sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

  —Uno muy fuerte. —continuó Cáliban —Desde su mano izquierda hasta su pecho se extiende una marca negra que se conecta a su corazón. Le está succionando la vitalidad de a poco, haciéndola sufrir lentamente…

  Los latidos del hombre resonaban en sus oídos como tambores de guerra.

  —??Qué?! ?Cómo es eso posible?

  —Lo es… y si sigue así, eventualmente morirá.

  El golpe de esas palabras fue como una estocada directa al pecho. El hombre sintió que el mundo se tambaleaba a su alrededor. Su esposa… todo este tiempo…

  Sus pu?os se cerraron con fuerza, sus nudillos se volvieron blancos. Quería gritar, quería negar lo que estaba escuchando, pero algo dentro de él, una parte de su ser que aún conservaba la razón, sabía que Cáliban posiblemente decía la verdad.

  Tragó saliva y, con el corazón latiéndole en la garganta, miró a Cáliban fijamente.

  —?Estás seguro?

  Cáliban no apartó la mirada.

  —Puedo probártelo… pero dudo que te guste mi método.

  El hombre no titubeó.

  —Ensé?ame.

  Cáliban no respondió de inmediato. Desvió la vista hacia una peque?a mesa en la habitación. Sobre ella descansaba un abrecartas de plata.

  Lo tomó con calma y se dirigió hacia la cama.

  Cuando el hombre vio su intención, reaccionó al instante y atrapó su mu?eca antes de que pudiera hacer el corte. El aire se cargó de tensión. Cáliban no forcejeó. Simplemente lo miró con la misma serenidad implacable de antes.

  —Le advertí que no le gustaría el método. —dijo sin emoción.

  El hombre sintió su garganta secarse. Su instinto le decía que lo detuviera. Pero… si lo hacía, nunca obtendría una respuesta. Cerró los ojos por un instante, como si estuviera preparándose para cruzar una línea de la que no habría retorno.

  Y finalmente, soltó su mu?eca.

  —Necesito que sostenga su boca. —instruyó Cáliban con firmeza —Ponga su mano en ella junto a un pa?uelo para evitar que se muerda la lengua. Probablemente le duela mucho.

  El hombre tragó en seco. Miró a su esposa. Su piel era tan pálida como la luna, sus labios resecos y sus párpados apenas se movían, temblorosos. Ella había soportado tanto… si había una mínima posibilidad de salvarla, haría lo que fuera.

  Con manos temblorosas, se inclinó sobre la cama y abrió suavemente su boca. Con extremo cuidado, colocó su mano dentro, asegurándose de que no pudiera morderse la lengua. Sus ojos se encontraron con los de Cáliban.

  —Hazlo.

  Cáliban asintió.

  —Bien…

  La hoja plateada descendió. Y la verdad, aquella que había permanecido oculta por veinte a?os, estaba a punto de salir a la luz.

  Cáliban tomó aire con gravedad antes de hacer la incisión en el brazo infectado de la mujer. Ella se retorció de dolor, dejando escapar un gemido entrecortado. El hombre, con el rostro tenso y la mirada oscurecida por la preocupación, sostuvo su mandíbula con firmeza para evitar que se mordiera la lengua.

  Cuando la herida quedó al descubierto, un hedor pútrido se esparció por la habitación, y una sustancia oscura burbujeó en la carne expuesta. Cáliban comenzó a murmurar un cántico en una lengua antigua, sus palabras eran un eco de algo primigenio, un sonido que parecía vibrar en el aire como un lamento de otro mundo.

  De pronto, algo ocurrió que el hombre jamás podría olvidar. De la herida emergió un tentáculo negro, grotesco y viscoso, que se retorció violentamente antes de aferrarse al brazo de Cáliban con una fuerza inhumana. La piel del chico palideció, pero no titubeó. Con un movimiento preciso, hundió el abrecartas afilado en la base de la aberración y lo cercenó de un solo tajo. La criatura cayó al suelo con un sonido húmedo y desagradable, convulsionando como si aún se resistiera a morir.

  El hombre observó con asombro cómo la herida en el brazo de su esposa comenzaba a regenerarse por sí sola, como si nunca hubiese sido abierta. Pero el tentáculo, a pesar de estar separado de su huésped, aún se retorcía espasmódicamente. Cáliban no dejó de recitar sus cánticos hasta que, poco a poco, la extremidad maldita dejó de moverse.

  El hombre tragó saliva y se acercó con cautela.

  —?Esa cosa… estaba dentro de mi esposa? —su voz era un susurro de incredulidad.

  Cáliban asintió lentamente, limpiando el filo del abrecartas en su túnica.

  —Sí… —dijo con gravedad —Y, lamentablemente, solo es una parte de algo mucho peor.

  El hombre sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Miró el tentáculo con repulsión, la sangre negra y espesa que emanaba de él burbujeaba de forma antinatural. Lo había visto con sus propios ojos. La prueba que tanto necesitaba estaba ahí, frente a él, innegable e indiscutible. Ya no había lugar para la duda.

  —Dime qué quieres que haga. —afirmó con determinación —Lo haré sin dudar.

  Cáliban lo observó por un instante, como si sopesara sus palabras. Luego, por primera vez en mucho tiempo, una chispa de esperanza iluminó su mirada. A?os enteros de súplicas, de búsqueda incesante, de preguntas sin respuesta... y ahora, frente a él, finalmente había una posibilidad, una oportunidad. Sintió que su fe, aquella que había creído perdida, volvía a afianzarse en su corazón.

  —Bien… —dijo con voz firme —Primero que nada, necesitaré algunas cosas. Mi amigo Reinhard se encargará de traer la mayoría, pero hay un ingrediente que es crucial... y conseguirlo no será sencillo.

  El hombre no dudó ni un instante.

  —Pídeme lo que sea. No escatimaré en recursos para conseguirlo.

  Cáliban respiró profundamente antes de soltar la sentencia.

  —Necesito veneno de Wyvern.

  El rostro del hombre se contrajo con confusión.

  —?Veneno? ?Para qué?

  —Porque esa cosa… —Cáliban se?aló el tentáculo aún inerte en el suelo —no puede ser eliminada con encantamientos ni con hechizos. Mis cánticos pueden debilitarla o irritarla, pero no destruirla. Necesitamos matarla de inmediato antes de que tenga la oportunidad de regenerarse. Y para eso, usaremos un veneno lo suficientemente potente para acabar con ella de una vez por todas.

  —Lo entiendo… —asintió el hombre, aunque una sombra de inquietud oscureció su expresión —?Cómo piensas administrárselo?

  La mirada de Cáliban se endureció.

  —Para que funcione… tendremos que envenenar a tu esposa.

  Un silencio sepulcral cayó sobre la habitación.

  —Pero… ?Eso no la mataría? —preguntó el hombre, con su voz temblorosa, como si temiera la respuesta.

  Cáliban negó con la cabeza, con una seguridad inquebrantable.

  —No se preocupe… tengo algo que evitará que su esposa sufra da?o alguno. Ella estará bien.

  El hombre exhaló lentamente, todavía inseguro, pero decidió confiar.

  —Entiendo… haré todo lo posible para conseguirlo, aunque me tomará unos días.

  —Bien… —Cáliban cruzó los brazos, pensativo —Mientras tanto, mis amigos y yo reuniremos aquí los materiales, solo, mantengalos fuera de la vista de todo personal. Ah, y hay algo más… necesito que guarde silencio absoluto sobre lo que ocurrió aquí. No se lo diga a nadie.

  El hombre frunció el ce?o.

  —?Por qué tanto secretismo?

  Cáliban lo miró con gravedad.

  —Porque conozco esta magia muy bien. Es magia oscura… y muy antigua. Para crear un parásito como este se necesita un ritual macabro, algo que no cualquiera puede ejecutar.

  Los ojos del hombre se entrecerraron, procesando la información.

  —Entonces… lo que me dices es que esto fue premeditado.

  —Exactamente. —asintió Cáliban —Si solo hubieran querido matarla, había formas mucho más simples… como darle veneno o un ataque directo… pero eligieron este método, uno lento y tortuoso. Lo que significa que quien hizo esto no solo quería asesinarla… quería verla sufrir...

  El hombre sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Se llevó la mano a la barbilla, reflexionando. La teoría tenía sentido. Si lo analizaba bien, tanto su familia como la de su esposa tenían enemigos poderosos, personas que no dudarían en emplear métodos crueles para enviar un mensaje.

  Tras un largo silencio, asintió.

  —Lo entiendo… seré lo más discreto posible. Enviaré a buscarlos en cuanto tenga el veneno. ?Dónde debería contactarlos?

  —Pertenecemos a la Casa de los Especiales. Ahí nos encontrará.

  El hombre arqueó una ceja, sorprendido.

  —Ah… entonces están bajo el cuidado de John. Hablaré con él cuando los necesite.

  —Bien. —Cáliban inclinó ligeramente la cabeza —Me retiraré por ahora. Debo reunir a mis compa?eros. Asegúrese de que su esposa permanezca en el mejor estado posible mientras realizamos los preparativos.

  Cáliban se giró hacia la puerta, pero antes de que pudiera dar un paso, una mano firme se posó sobre su hombro.

  —?Espera!

  Cáliban se detuvo y miró al hombre con curiosidad.

  —?Sí?

  El hombre vaciló un momento antes de hablar.

  —Quería disculparme… no fui muy cortés al recibirlos. Fui impulsivo, y lo lamento. No fue un comportamiento digno de mí… además, aún no sé tu nombre.

  Cáliban parpadeó, sorprendido por la inesperada disculpa. Luego, con una leve sonrisa, extendió la mano.

  —Mika'el Cáliban, primer a?o. ?Y usted es…?

  El hombre estrechó su mano con firmeza, pero antes de responder, llevó la otra al pecho en un gesto formal.

  —Mi nombre es…

Recommended Popular Novels