—?Cómo vamos a subir ahí? —preguntó Joseph, entrecerrando los ojos con incredulidad.
—Tal vez… —murmuró Reinhard, con la mirada fija en las piedras dispersas a su alrededor.
Avanzó con paso firme y, como si respondieran a su voluntad, las rocas comenzaron a reunirse y a encajar unas con otras, formando escalones que flotaban en el aire.
—Parece que solo necesitamos caminar hacia arriba. —a?adió con una sonrisa de satisfacción.
Joseph y Cáliban lo siguieron, maravillados por lo que veían. Las piedras seguían reorganizándose a medida que ascendían, como si fueran una criatura viva que los guiaba hacia la entrada de la torre. El aire a su alrededor se tornó más fresco y cargado de energía mágica. Cáliban no pudo evitar evocar su hogar, donde las escaleras se dividían y reconfiguraban de forma caprichosa, ofreciendo nuevos caminos con cada paso. Desde su altura, la vista era impresionante. Las monta?as se extendían en el horizonte, coronadas por nubes que parecían espejismos flotantes en un cielo vasto y cristalino.
Al llegar a la cima, atravesaron la entrada y se encontraron en un salón que, para su sorpresa, no era tan distinto de un aula académica tradicional. Había mesas alineadas, un escritorio al frente y grandes ventanales que permitían la entrada de luz natural. Reinhard y Joseph compartieron una mirada emocionada; la expectativa de aprender magia en un lugar como aquel los hacía vibrar de entusiasmo.
Pero su emoción se desvaneció en cuanto el reloj marcó el inicio de la clase. De pronto, una mariposa etérea, de luz azulada, emergió sobre el escritorio y comenzó a revolotear con delicadeza. Su brillo oscilaba al ritmo de una voz femenina y pausada.
—"Buenos días a todos, mis queridos estudiantes. Lamentablemente, he tenido un peque?o inconveniente, por lo que no podré dar la clase hoy. Nos vemos el miércoles para comenzar. Tengan un buen día."
Con el final del mensaje, la mariposa se disipó en una serie de chispas doradas. Un murmullo de decepción recorrió la sala. Joseph resopló con fastidio y dejó caer la cabeza sobre la mesa.
—Mierda… yo quería ver algo de magia.
—Bueno… eso sería todo por hoy. —comentó Reinhard, encogiéndose de hombros.
Joseph alzó la cabeza con el ce?o fruncido.
—?A qué te refieres?
Reinhard sacó una hoja doblada de su bolsillo y la extendió sobre la mesa, se?alando un peque?o recuadro en la tabla de horarios.
—Aquí están las horas de clases durante la semana. Hoy es día de manipulación mágica. En mi caso, tengo dos clases de esta materia, mientras que ustedes tienen tres. Ma?ana es día de entrenamiento en combate, y el miércoles repetimos manipulación. La rutina sigue así hasta el sábado.
Joseph repasó la hoja con el dedo, asimilando la información.
—Entonces… ?Tendremos clases de manipulación los lunes, miércoles y viernes, y los demás días serán de combate?
Cáliban asintió con una expresión pensativa.
—Parece un equilibrio interesante. Pero… ?Qué haremos ahora? —Cáliban entró en la conversación con su tono habitual, seco y directo. —?Por qué nos darían tanto tiempo libre?
Reinhard se encogió de hombros, apoyando la espalda contra la pared.
—Bueno… yo no lo llamaría libre. Tendremos que entrenar, hacer los deberes de la casa y completar las asignaciones semanales, ?No?
—Eso es cierto… —murmuró Joseph, cruzándose de brazos. Miró el techo mientras pensaba sobre todas las tareas que aún le quedaban por hacer en la casa.
Por un momento, se quedaron en silencio, cada uno perdido en sus propios pensamientos. Entonces Reinhard sonrió con cierto aire despreocupado.
—?Entonces qué quieren hacer ahora? ?Quieren ir a ver los clubes?
Los ojos de Joseph se iluminaron al instante.
—?Oh! A mí me gustaría verlos. ?Qué quieres hacer, Cáliban?
Cáliban se tomó su tiempo para responder. Para él, los clubes eran una pérdida de tiempo; no estaba buscando un pasatiempo ni le interesaban las actividades extracurriculares. Solo veía dos propósitos en su estancia allí… volverse más fuerte y pelear.
—No me interesan los clubes realmente. Preferiría estar en la mazmorra.
Reinhard se llevó la mano a la mandíbula, observándolo con curiosidad.
—Ya veo… ?Solo piensas en pelear? —soltó una risa corta.
Cáliban sonrió de lado, pero su mirada se mantuvo seria.
—Es mi naturaleza.
Reinhard chasqueó la lengua y, tras un momento de reflexión, levantó una ceja con interés.
—Entonces, ?Por qué no formas tu propio gremio?
—?Hmmm? —El comentario tomó a Cáliban por sorpresa. No esperaba escuchar algo así. —?Gremio? Explícate…
—Bueno… esto me lo contó mi primo. él se graduó en tercer a?o. Hay estudiantes que, con suficiente riqueza y poder, pueden abrir su propia casa gremial. Así pueden contratar gente de otras casas y formar sus propios equipos para luchar en la mazmorra.
Cáliban frunció el ce?o, procesando la información. Joseph también parecía intrigado.
—?Por qué necesitarían un equipo para entrar a la mazmorra con miembros de otras casas? —preguntó Joseph, ladeando la cabeza —?No pueden simplemente entrar con los miembros de su propia casa?
Reinhard negó con la cabeza.
—No todos se llevan bien con su casa. Además, formar un gremio permite crear un equipo equilibrado con personas de diferentes talentos… un mago, un guerrero, un sanador… un grupo completo es más eficiente. Pero hay otra razón también.
Hizo una pausa, mirando a Cáliban con una sonrisa astuta.
—Los débiles siempre buscan un equipo fuerte para poder avanzar, y los fuertes siempre estarán felices de tener sirvientes que obtengan objetos por ellos. La mayoría de los gremios piden una comisión para ayudar a otros a superar desafíos.
Cáliban entrecerró los ojos. Algo en esa idea le resultaba… atractivo.
—Hace un momento dijiste “Casa gremial”. ?Qué es eso exactamente?
—Oh… bueno —Reinhard cruzó los brazos y apoyó el peso en una pierna, adoptando un tono más relajado —Hay muchas personas que no soportan su casa… las reglas, las tareas, trabajar en equipo, esas cosas. Entonces, algunos deciden abrir su propio gremio y acumular suficiente dinero para comprar un terreno en la academia. Una vez lo logran, pueden construir su propia casa gremial.
Joseph silbó con sorpresa.
—?Y qué ventajas tiene eso?
—Bastantes. Primero, puedes vivir en un lugar con mejores condiciones, con ba?os privados, habitaciones cómodas, sin compartir espacio con gente que te cae mal. Segundo, ya no estarás atado a las reglas de tu casa, aunque aún tendrás que rendir cuentas a los profesores. Podría decirse que sigues teniendo obligaciones, pero con más libertad.
—Entiendo… —Cáliban murmuró para sí mismo, con la mirada fija en el suelo.
—Además… —continuó Reinhard —la mayoría de los estudiantes que se mudan a un gremio lo hacen porque quieren independencia. En una casa tradicional, parte de tu dinero va para reparaciones, suministros y otros gastos comunitarios. En un gremio, lo que ganas es para ti. Solo pagas tu comisión y cumples con los deberes que te asigna tu profesor. A cambio, puedes tener un buen techo, equipo de calidad, oportunidades de trabajo… claro, todo eso depende de si entras a un buen gremio.
Cáliban se quedó en silencio, sus pensamientos giraron en torno a la idea. Un gremio propio… control total sobre su entrenamiento, sin obligaciones innecesarias, sin reglas molestas…
—Interesante. —murmuró al fin, con una peque?a sonrisa.
Joseph lo miró con suspicacia.
—No me digas que estás considerando la idea…
Cáliban no respondió de inmediato, pero la chispa en su mirada lo decía todo. Reinhard sonrió.
—Si alguna vez decides hacerlo, avísame. ?Quién sabe…? podría ser un gremio interesante.
El aire entre ellos se cargó de expectativas. Fuera una simple charla o el inicio de algo más grande, la semilla de la idea había sido plantada. Pues la información de Reinhard era crucial. Si lo que decía era cierto, entonces Cáliban tenía un nuevo objetivo en mente.
—?El terreno pasa a ser de ellos? —preguntó con seriedad, cruzándose de brazos.
Reinhard asintió levemente.
—Bueno… mientras sigan estudiando, sí. Pero una vez que te gradúas, la escuela compra el terreno por el 50% de lo que pagaste, demuele el edificio y lo vuelve a poner en venta. Mi primo tenía un gremio peque?o, y eso fue lo que pasó cuando se graduó.
Cáliban chasqueó la lengua. Sus pensamientos se aceleraron.
?Esta es una buena oportunidad…?
Realmente lo era. En su tiempo en la casa de los Especiales, había pasado incontables horas ideando formas de aumentar su poder. Sin embargo, cada plan se veía frustrado por la vigilancia extrema del profesor y los posibles testigos. No podía arriesgarse a llamar demasiado la atención; si lo hacía, los magos oscuros podrían poner sus ojos en él. Y aún no tenía la fuerza suficiente para enfrentarlos.
Pero si lograba construir su propia casa gremial, todo cambiaría. Finalmente podría moverse con mayor libertad, lejos de la mirada constante de los responsables de la casa… responsables que, en el peor de los casos, podrían ser sus enemigos.
Se volvió hacia Reinhard con una mirada intensa.
—Reinhard, ?Sabes cuáles son los requisitos para formar un gremio o comprar un terreno?
—Hmm… No lo sé. No le pregunté a mi primo… —Reinhard se llevó una mano a la barbilla, pensativo —Pero si quieres, podemos ir al Palacio Gremial. Está en Hilloy.
—?No querías ver los clubes? —preguntó Joseph, arqueando una ceja.
Reinhard sonrió con su entusiasmo habitual.
—Sí, pero esto suena más interesante. ?Todo es mejor con amigos!
Cáliban lo observó en silencio por un momento. Reinhard había sido un buen amigo desde el primer día en que se conocieron, y aunque solo había pasado una semana, le había demostrado ser alguien confiable. Giró la mirada hacia Joseph.
—?Vendrás también, Joseph?
Joseph sonrió de lado y se encogió de hombros.
—Crear un gremio para matar monstruos por montón… no me vas a dejar fuera.
Con todos de acuerdo, descendieron por el gran ascensor y se dirigieron hacia Hilloy.
El camino no fue complicado, gracias a las indicaciones del mapa en la plaza principal.
El Palacio Gremial no era una estructura ostentosa, pero tenía una elegancia propia. Su fachada blanca resplandecía bajo la luz del sol, y los techos azules le conferían un aire distinguido. Hacía honor a su nombre, peque?o, pero imponente, como un palacio en miniatura.
Al cruzar la puerta principal, fueron recibidos por un amplio vestíbulo. Lo primero que llamaba la atención eran las majestuosas estatuas de mármol blanco, representando a las cuatro casas de la academia. En el centro de la sala, una alfombra roja conducía a una recepción imponente, donde un grupo de jóvenes estudiantes trabajaba en labores administrativas.
A los lados, se alzaban enormes tablones de anuncios divididos por rangos, rebosantes de misiones y solicitudes. Se podía oír el eco de los pasos de los aventureros que entraban y salían con rapidez, algunos revisando los tablones, otros conversando en voz baja sobre sus próximas expediciones. El lugar vibraba con energía y movimiento, un constante ir y venir de guerreros, magos y exploradores.
Cáliban se acercó a un peque?o tablero de información, donde encontró lo que estaba buscando, los requisitos para formar un gremio propio.
Había tres condiciones esenciales:
- Tener un historial lo suficientemente decente para solicitar el registro.
- Pagar una comisión mensual al Palacio Gremial.
- Contar con al menos cinco miembros al momento de la solicitud.
Sin embargo, algo le llamó la atención.
—No hay información sobre la adquisición de un terreno… —murmuró para sí mismo.
Joseph se inclinó sobre su hombro para leer la tabla.
—?Quizás hay que preguntar en la recepción?
Tomando la iniciativa, Reinhard se dirigió a la recepción con paso firme, su entusiasmo era palpable ante la posibilidad de obtener información. Sin embargo, cuando regresó, su expresión era completamente distinta. Su semblante reflejaba desánimo, y su postura, antes relajada, ahora parecía más pesada, como si algo lo hubiese golpeado de lleno.
Joseph fue el primero en notar el cambio.
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—?Hablaste con la recepcionista? —preguntó, con un tono cauteloso.
Reinhard asintió lentamente.
—Sí…
—?Sucedió algo? —insistió Cáliban, cruzándose de brazos.
Reinhard suspiró y desvió la mirada por un instante, como si revivir la escena le resultara desagradable.
—Cuando pregunté sobre la casa gremial, la recepcionista y algunos aventureros se rieron de mí. No en voz alta, pero lo noté. Vi sus sonrisas burlonas, sus miradas de condescendencia… pero todo cambió cuando la recepcionista revisó mi información personal grabada en mi marca. En cuanto leyó mi nombre, su actitud se transformó por completo.
Joseph frunció el ce?o.
—?Se detuvo la burla?
Reinhard soltó una risa sin humor.
—En un segundo. La misma gente que se reía se quedó en silencio. La recepcionista, que antes se comportaba de manera burda, tomó una postura seria de inmediato. —Hizo una pausa y apretó los pu?os con frustración. —Estoy cansado de esto. De ser tratado diferente solo por mi apellido. Muchos me ven como un cabeza hueca, un lagarto sin nada más que un nombre para destacar. Nunca me toman en serio hasta que ven quién soy, y en ese momento dejan de menospreciarme… pero no por respeto, sino por miedo o conveniencia.
Joseph bajó la mirada al escuchar las duras palabras de su amigo.
—Lo siento, Reinhard…
—No te preocupes. —respondió él, con una sonrisa forzada —Ya estoy acostumbrado.
Cáliban lo observó en silencio. Comprendía la molestia de Reinhard, pero no era alguien que ofreciera palabras de consuelo vacías. Así que fue directo al punto.
—?Qué averiguaste?
Reinhard se relajó un poco al centrarse en la información que había obtenido.
—Bueno… primero, tenemos que registrarnos. Es un proceso similar al del banco, pero más corto. Solo necesitamos poner la mano en un artefacto que escaneará nuestra información, y con eso podremos comenzar a aceptar misiones según nuestro rango.
—?Rangos? —preguntó Joseph, intrigado.
—No exactamente. No hay un sistema de rangos como en los gremios profesionales. Aquí simplemente nos clasifican según nuestro a?o. Al ser de primer a?o, estamos en el nivel más bajo.
Cáliban asintió con indiferencia.
—Bueno… terminemos con esto y tomemos una misión.
Sin más demora, se dirigieron a la recepción del Palacio Gremial.
La recepcionista era una joven de tercer a?o, de la misma raza que Reinhard, una Lacertilian de escamas grises. Su expresión denotaba aburrimiento y desinterés, como si su trabajo le resultara una molestia constante. Apenas levantó la vista cuando llegaron.
—Buenos días… —saludó Reinhard, con su tono habitual.
La recepcionista ni siquiera se molestó en ocultar su apatía.
—Sí… ?En qué puedo ayudarles?
Su mirada pasaba de un rostro a otro con una falta total de interés, hasta que sus ojos se posaron en Reinhard.
Hubo un instante de pausa.
Su actitud cambió de inmediato. Su postura rígida se suavizó, y su expresión pasó de la desgana a la cortesía en cuestión de segundos.
—Oh… lo siento, no sabía que venían con el se?or Tyrant. ?En qué les puedo ayudar?
Joseph levantó una ceja, cruzándose de brazos con evidente molestia. Cáliban, por su parte, simplemente observó la escena con atención, analizando cada gesto de la recepcionista.
Reinhard suspiró internamente. Otra vez lo mismo. No importaba cuánto intentara pasar desapercibido, su apellido siempre lo precedía. Pero esta vez, no dejaría que eso lo desanimara.
Reinhard le susurró a Joseph con una sonrisa amarga.
—?Ves lo que te digo…?
Joseph apenas inclinó la cabeza en respuesta. La situación hablaba por sí sola.
Cáliban, por su parte, no perdió el tiempo en comentarios innecesarios. Sabía que, dijera lo que dijera, no cambiaría la manera en que los demás actuaban. Suspiró con resignación antes de hablar.
—Queremos registrarnos también.
La recepcionista, recuperando su actitud profesional, se?aló un artefacto de cristal azulado incrustado en el mostrador.
—Bueno, aquí tienen el dispositivo. Solo coloquen su mano y su marca se encargará del resto.
Cáliban extendió su mano y la apoyó sobre el artefacto. Al instante, un leve resplandor surgió de su palma, y en cuestión de segundos, una hoja de papel salió de una ranura en la base del dispositivo. La recepcionista tomó el documento y, tras echarle una rápida mirada, sus ojos se entrecerraron ligeramente.
Fue solo un instante, pero Cáliban notó la reacción.
?Sabe que esto no es normal…?
Pese a ello, la joven mantuvo la compostura. Aunque sus manos se detuvieron por una fracción de segundo sobre el papel, en ningún momento expresó sorpresa o desconcierto.
Eso le pareció curioso.
Joseph fue el siguiente en registrarse, y la recepcionista procesó su información sin mayores inconvenientes. Luego, tomó un respiro y les brindó una explicación rápida.
—Bien, lo demás es sencillo. Vayan al tablero de misiones y escojan una tarea que se ajuste a su nivel. No pueden aceptar misiones de rango superior al suyo. —Los miró fijamente antes de continuar. —Una vez que elijan una misión, deben contactar con la persona que la publicó. Cuando completen el encargo, esa misma persona debe firmar el contrato para validar el cumplimiento.
Joseph arqueó una ceja.
—?Y qué pasa si alguien trata de falsificar la firma?
La recepcionista sonrió levemente, como si hubiera escuchado la pregunta un millón de veces.
—No lo intenten. Los contratos están imbuidos con magia de verificación. La recompensa solo será depositada en sus bóvedas cuando el propietario del pedido firme. Si la misión fue realizada por varias personas, la recompensa se repartirá en partes iguales.
Joseph silbó con diversión.
—Así que sin trampas, ?Eh?
—Exacto. —La recepcionista cerró su registro con un golpe seco —Eso sería todo. ?Buena suerte!
Los tres se dirigieron de inmediato al tablón de misiones de primer rango. Una enorme estructura de madera cubierta de pergaminos, algunos nuevos y bien conservados, otros amarillentos y desgastados por el tiempo.
Reinhard repasaba el tablón con la mirada, buscando una misión de caza que fuera lo suficientemente desafiante.
Joseph, en cambio, tenía otra prioridad.
—Necesitamos una misión con una buena recompensa.
—Aquí hay una… matar un lobo pardo… aquí hay otra… recolectar cuernos de liebre cornuda.
—?Cuánto pagan? —preguntó Joseph con interés.
Reinhard revisó los detalles.
—El del lobo pardo ofrece 150 Oloruns. El de las liebres, 200.
Joseph chasqueó la lengua.
—No está mal, pero podríamos encontrar algo mejor.
Mientras los dos discutían sobre las recompensas, una leve brisa recorrió el tablón, haciendo que algunas hojas se levantaran sutilmente. Fue en ese instante cuando Cáliban notó un pergamino desgastado sobresaliendo de entre los demás.
Un trozo de papel sucio y rasgado, casi oculto entre la multitud de misiones recientes.
Algo en él llamó su atención.
Se acercó con calma y apartó las otras hojas con cuidado hasta revelar la misión completa. El pergamino estaba amarillento y frágil, con se?ales evidentes de deterioro. Parecía haber estado allí por mucho tiempo.
Cáliban entrecerró los ojos al leer el título.
"Maldición"
Su ce?o se frunció levemente. Joseph, notando su interés, se acercó por detrás con curiosidad.
—?Qué encontraste?
Cáliban pasó los dedos sobre el borde roto del pergamino, sintiendo la aspereza del papel viejo. Algo en esta misión no encajaba con las demás, y eso solo lo hacía más interesante.
—?Qué dice, Cáliban?
Cáliban no respondió de inmediato. En su lugar, sostuvo la hoja un momento más, repasando cada palabra con la mirada antes de pasársela a Joseph.
—Léelo por ti mismo…
Joseph tomó el pergamino con curiosidad y, a medida que leía, su expresión se tornó más seria. Se solicitaba al personal encargado de llevar la misión traer algún objeto o magia capaz de romper poderosas maldiciones. Era un tarea disponible para todos los rangos con una recompensa abierta en caso de completarla.
En la parte superior de la hoja, había una dirección en el distrito Hilloy. Sin embargo, lo más extra?o era que el apartado del solicitante estaba en blanco.
Joseph sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Había algo… inquietante en la simpleza de aquella solicitud. Se inclinó un poco hacia Cáliban y le susurró en voz baja.
—?Una maldición?… ?Quieres tomar esta misión?
Cáliban no apartó la vista del pergamino.
—Creo que estaría bien… no veo nada de malo en investigar el asunto. Si es una maldición débil, podría hacer algo… y, además, podríamos obtener una buena recompensa.
Joseph no parecía muy convencido, pero antes de que pudiera responder, Reinhard se acercó tras notar su conversación.
—?Qué misión van a tomar?
Joseph le pasó la hoja sin decir nada. Reinhard la leyó con atención y luego levantó la vista hacia Cáliban.
—?Sabes algo sobre maldiciones?
Cáliban cruzó los brazos y asintió levemente.
—Un poco. Podría servirnos. Y si no podemos hacer nada… bueno, simplemente renunciamos a la misión y ya.
Reinhard se quedó pensativo por un momento antes de encogerse de hombros.
—Bueno… podríamos intentarlo. Pero antes que nada, tendremos que ir al lugar del solicitante.
Tras ponerse de acuerdo, se dirigieron a la dirección de la misión..
Gracias a las insignias que portaban, pudieron pagar un transporte sin problemas. Subieron a un carruaje de madera bien construido, con asientos acolchonados que amortiguaban los baches del camino.
El viaje transcurrió en relativo silencio. Cáliban observaba por la ventana, atento a las calles del distrito, mientras Reinhard y Joseph parecían procesar la misión. Sin embargo, la curiosidad de Reinhard no tardó en manifestarse.
—?Dónde aprendiste sobre maldiciones?
Cáliban no apartó la mirada del exterior. Sus ojos recorrieron los edificios de piedra oscura y las farolas que apenas iluminaban las estrechas calles del distrito. Su voz, cuando habló, fue baja y distante.
—Alguien muy cercano a mí murió por culpa de una maldición… pasé mis días investigando sobre ellas, buscando una manera de quitársela… pero no pude.
El aire en el carruaje se tornó más pesado. Reinhard desvió la mirada por un momento.
—Oh… lo siento.
Cáliban cerró los ojos brevemente y sacudió la cabeza.
—Está bien. Si mi conocimiento puede ayudar a alguien ahora, que así sea.
Joseph no dijo nada, pero su expresión mostraba una leve incomodidad. El carruaje siguió avanzando por las calles adoquinadas del distrito Kamus, cada vez más cerca de su destino.
Cuando llegaron al punto de encuentro, lo primero que notaron fue la mansión al otro lado de la calle. A diferencia de las majestuosas residencias que solían habitar los nobles y comerciantes adinerados, esta tenía un aire lúgubre, como si la sombra del tiempo la hubiera consumido lentamente.
Frente a ellos, un enorme portón de hierro oxidado bloqueaba el paso. La pintura estaba desgastada, y las marcas del tiempo lo habían convertido en un triste reflejo de lo que alguna vez fue. En el centro, incrustado en el metal, se hallaba el emblema de la familia… partido a la mitad. Un símbolo roto de un linaje olvidado.
A un lado de la entrada, una vieja cadena de cobre colgaba de la pared. Cáliban fue el primero en notar que servía como timbre. La tomó y la jaló con fuerza, provocando un sonido grave y áspero que resonó en el interior de la mansión.
Unos segundos después, la puerta crujió y un hombre salió a recibirlos.
Era un mayordomo de mediana edad, vestido con un elegante traje negro que contrastaba con el descuidado estado de la mansión. Su cabello y barba, ambos entremezclados con canas, reflejaban la carga de los a?os. Caminó con paso firme hasta quedar frente al portón, observándolos con una mirada analítica.
—Buenos días, jóvenes… —su voz era grave y carente de emoción —?En qué puedo ayudarles?
Joseph alzó la hoja de la misión con confianza.
—Hemos venido por el encargo.
El mayordomo bajó la vista y observó el papel. Su expresión se mantuvo neutral, pero tras unos segundos, simplemente se dio la vuelta.
—Vuelvan por donde vinieron, muchachos. No hay nada que puedan hacer aquí.
—??Qué?! —Joseph frunció el ce?o —Pero si la misión dice que…
El mayordomo lo interrumpió con un tono cortante.
—Ese encargo fue puesto hace a?os. Simplemente tomaron algo de lo que no son conscientes.
Sus palabras cayeron sobre ellos como una losa de piedra. Habían sido a?os.
Cáliban entrecerró los ojos, tratando de procesar la información. Eso explicaba por qué el pergamino estaba tan deteriorado. Pero lo que más le inquietaba no era el tiempo, sino la actitud del mayordomo. Había algo en su manera de hablar… no era simple desinterés, era miedo.
Mientras el hombre se alejaba, Reinhard observó con frustración cómo la oportunidad de obtener una recompensa se desvanecía frente a ellos. Pensó rápido. Había algo que podía decir… algo que no le gustaba usar, pero que en ese momento era su mejor opción.
Apretó los dientes y dio un paso adelante.
—?Espere!
El mayordomo se detuvo en seco. Reinhard tomó aire y levantó la voz con determinación.
—?Mi nombre es Reinhard Tyrant, hijo de Drim Tyrant, soy el príncipe del Imperio Tyrant!
Por primera vez, el mayordomo giró lentamente la cabeza para mirarlos. Su expresión permaneció impasible, pero su mirada se afiló.
—?Y? —dijo con un tono frío, casi desafiante —?Crees que tu estatus de noble te hace diferente? ?Que debo dejarte pasar solo por ser de sangre real?
Reinhard negó con la cabeza de inmediato.
—No… por supuesto que no. No me malinterprete. —respondió con calma —No lo digo para que me deje entrar por la fuerza, sino como una muestra de fe.
El mayordomo entrecerró los ojos, escuchándolo en silencio.
—En el Imperio Tyrant poseemos numerosos artefactos capaces de disipar maldiciones. Si realmente necesitan ayuda, permítanos hablar con la persona que publicó la misión. Tal vez podamos llegar a un acuerdo y pedirle a mi padre que nos envíe algunos…
Cáliban miró de reojo a Reinhard. No estaba seguro de si hablaba en serio o si solo estaba improvisando, pero su tono era lo suficientemente convincente como para hacer dudar al mayordomo.
El hombre permaneció inmóvil durante varios segundos, evaluándolos con una intensidad que hizo que el ambiente se volviera aún más pesado. Finalmente, tras un prolongado silencio, levantó la mano y chasqueó los dedos. El sonido resonó en el aire, y con un chirrido metálico, el viejo portón comenzó a abrirse lentamente.
—Entren. Pero recuerden esto… —el mayordomo los miró con gravedad —Si cruzan esta puerta, ya no habrá vuelta atrás.
El aire se tornó más denso, cargado de una tensión invisible. Pero ninguno de los tres retrocedió. Sin dudarlo, dieron el primer paso hacia la mansión.
—No me hagan arrepentirme…
El mayordomo los miró con dureza antes de dar media vuelta.
—Gracias, se?or… —dijo Reinhard con un leve asentimiento.
Cáliban se acercó a él mientras avanzaban por el umbral del portón.
—Pensé que no te gustaba hacer eso…
Reinhard suspiró.
—No me gusta… pero pensé que no podíamos perder la oportunidad. Fue lo único que se me ocurrió.
Cáliban cruzó los brazos y lo observó de reojo.
—Bueno… fuiste de más ayuda que nosotros. Gracias, Reinhard.
—Sí, gracias, Reinhard. —a?adió Joseph con una media sonrisa.
Ambos lo miraban con sinceridad, y sus palabras resonaron en el corazón de Reinhard. No estaba acostumbrado a recibir agradecimientos genuinos. Había crecido rodeado de gente que lo veía solo como un apellido, como un símbolo de poder.
Pero esto… esto era diferente. Era cálido. Sin poder evitarlo, una sonrisa sincera se dibujó en su rostro.
—?No hay de qué!
El mayordomo los guió a través de la mansión, y la sensación de pesadez aumentó con cada paso que daban.
Los pasillos eran oscuros y sombríos. Los tapices, alguna vez majestuosos, mostraban signos evidentes de deterioro. Los enormes cuadros que adornaban las paredes estaban cubiertos de telara?as, y el aire estaba impregnado con el olor a humedad y a abandono. A lo lejos, se escuchaban los débiles chillidos de ratas y el crujir de cucarachas desplazándose entre las grietas del suelo.
Los tres estaban completamente anonadados, pero no de una manera positiva.
Al cabo de un rato, se detuvieron frente a una puerta de madera maciza. El mayordomo alzó la mano y golpeó tres veces.
—??Qué?! —gru?ó una voz áspera desde el otro lado.
—Se?or… tiene visitas.
Hubo un breve silencio antes de que la voz respondiera con irritación.
—?Visitas?… No estoy esperando a nadie.
El mayordomo se aclaró la garganta.
—Es por la misión rompe maldiciones… se?or.
El silencio que siguió fue aún más largo. Justo cuando Reinhard iba a decir algo, las puertas se abrieron solas con un rechinido. El mayordomo dio un paso atrás y se giró hacia ellos. Su expresión seguía siendo imperturbable, pero su tono tenía un matiz de advertencia.
—El se?or los recibirá ahora… así que les daré un consejo… cuiden sus palabras. Mi se?or no es tan empático como yo.
Joseph tragó saliva.
—Genial…
Cáliban y Reinhard no dijeron nada, pero comprendieron el mensaje.
El mayordomo les dedicó una última mirada antes de dar media vuelta y desaparecer por el mismo pasillo por el que vinieron. La luz parpadeante de los candelabros proyectó su silueta hasta que se fundió con la oscuridad.
Los tres intercambiaron miradas.
—Bueno… —murmuró Reinhard —No nos quedemos aquí parados.
Con paso firme, entraron a la habitación.
El lugar estaba tenuemente iluminado por una gran hoguera que ardía en la chimenea. Frente a ella, con la espalda hacia ellos, se encontraba un hombre.
Su silueta era delgada pero firme. Vestía un abrigo largo, gastado por el tiempo, y su cabello gris caía desordenado sobre sus hombros.
El crujido de la le?a fue lo único que se escuchó hasta que habló.
—Siéntense…
Su voz era profunda, desgastada por los a?os. Los tres obedecieron sin decir palabra. Entonces, el hombre giró apenas el rostro y los miró por encima del hombro.
Sus ojos estaban muertos.
No había ira, ni curiosidad, ni amabilidad en ellos. Solo un vacío abismal que les heló la sangre. Y en ese momento, entendieron que esta misión sería todo… menos normal.

