Cáliban intentó dormir, pero el sue?o se le escapaba como arena entre los dedos. Se giró una y otra vez, hundiendo el rostro en la almohada, cambiando de posición con la esperanza de encontrar un resquicio de descanso. Pero fue inútil. Las horas se deslizaron en un silencio opresivo, hasta que, harto de la lucha contra su propia mente, se incorporó de golpe.
Lanzó una mirada al reloj.
—Mierda… ?Ya son las once? —murmuró con fastidio —El tiempo vuela cuando más lo quieres atrapar.
Resignado, se puso de pie y tomó la caja donde reposaba el núcleo de agua. Sus movimientos fueron cuidadosos mientras se dirigía al patio trasero, deslizándose entre las sombras con el sigilo de un fantasma. Abrió las puertas con cautela, evitando cualquier ruido que delatara su insomnio. Se sentó en el suelo, colocando la caja frente a él. La suave luz azulada que emitía el núcleo iluminó su rostro cansado. Sus pensamientos divagaban, explorando todas las formas posibles de purificarlo.
La noche aún era joven.
En la cocina del primer piso, Cecilia bebía un vaso de agua en silencio. Observaba la luna a través de la ventana, su mente aún estaba atrapada en la mara?a de un día agotador. No podía dormir. Sentía un peso indefinible en el pecho, una inquietud sin nombre.
Mientras vagaba por la mansión, una luz azulada rozó su rostro. Frunció el ce?o, sorprendida. Se acercó a la ventana y buscó el origen de aquella luminiscencia etérea. En el patio, vio a Cáliban, inmóvil frente a la misteriosa caja resplandeciente.
Se quedó allí, observándolo en silencio.
Podría haberse dado la vuelta. No eran tan cercanos. Si él la veía como una molestia, quizá terminaría odiándola más de lo que ya lo hacía. Pero había algo en él, en esa silueta solitaria bajo la noche, en la forma en que la luz azul lo envolvía, que la llamaba.
Sin saber por qué, sin pensarlo demasiado, dejó que sus pasos la llevaran hasta su lado.
Cáliban sintió una presencia acercándose. Sin apartar las manos de la caja, levantó la vista hacia la entrada del patio trasero. Allí, bajo la luz plateada de la luna, estaba Cecilia. La brisa nocturna agitaba suavemente sus cabellos, y por un instante, la tenue iluminación pareció resaltar cada uno de sus rasgos, otorgándole un aire bello.
—Hola… —saludo más suave de lo habitual —?Te importaría si te acompa?o?
Cáliban suspiró y apartó la mirada.
—?Qué haces aquí? Ya es tarde. Deberías dormir un poco para ma?ana.
Cecilia esbozó una sonrisa fugaz.
—Podría decir lo mismo de ti… ?Qué haces despierto a estas horas?
Sin responder, Cáliban movió ligeramente la caja hacia adelante, permitiéndole verla mejor. Ella aprovechó el gesto y se sentó a su lado, observando la suave e hipnótica luz azul que emanaba del núcleo.
—Estoy tratando de… trabajar con esto… —dijo al cabo de un momento.
—Oh… —Cecilia inclinó la cabeza con curiosidad —?Qué es exactamente?
—Un núcleo de agua. Si lo purificó, podré usarlo para algo... o también podría acomodarlo con la remodelación de los ba?os, las tuberías… entre otras cosas.
Ella rió suavemente.
—Parece que ya tienes todo planeado, líder.
Y justo después de ese comentario, el silencio se instaló entre ambos. Cáliban mantuvo sus manos extendidas sobre la caja, concentrado en liberar la energía corrupta. Cecilia, en cambio, no apartaba la vista de él. Había algo en su expresión seria, en su persistencia, que la hacía querer observarlo más de la cuenta.
Para Cáliban, aquella mirada clavada en él era incómoda, pero no dijo nada. Resistió el impulso de apartarse, centrándose en la tarea que tenía delante. Sin embargo, tras unos minutos, sus fuerzas flaquearon. Bajó los brazos con un suspiro agotado.
—?Ya terminaste? —preguntó ella.
—No… —murmuró él, secándose la frente con el dorso de la mano —No es algo que pueda purificar de inmediato. Necesito hacerlo poco a poco, cada noche, hasta que surta el efecto que deseo. Solo espero no tardar demasiado…
Cecilia notó las gotas de sudor resbalando por su rostro. Sin pensarlo demasiado, tomó un pa?uelo y, con movimientos lentos, comenzó a limpiarlas. A diferencia de otras veces, no sintió vergüenza al acercarse a él. Normalmente, los nervios la hacían retroceder, pero esta vez… esta vez no.
Dio un leve suspiro antes de hablar, pero Cáliban la interrumpió antes de que pudiera hacerlo.
—Cáliban… yo…
—Si es sobre entrenamiento, la respuesta sigue siendo no. Es mi última palabra.
—No… no es eso. —murmuró, bajando la mirada con cierta tristeza.
él la miró con el ce?o fruncido.
—?Entonces?
—Solo tenía curiosidad… luchas muy bien. No puedo imaginar la cantidad de entrenamiento ni el peligro que debiste enfrentar para llegar a ese nivel…
Cáliban apartó la vista, con la mandíbula tensa.
—No tenía opción.
Cecilia sintió un escalofrío ante la frialdad de su respuesta.
—?Qué clase de vida llevabas?
Cáliban soltó una risa amarga.
—Bueno… —hizo una pausa, como si dudara en continuar —Una que llevaría cualquier huérfano. —su voz sonaba distante, vacía. —Fui mochilero. —hablo, tratando de dar una explicación para que lo dejase en paz —Pasé la mayor parte de mi vida en mazmorras, arriesgando mi pellejo cientos de veces, rezando cada día por seguir vivo uno más… ?Qué más puedo decir?
Cecilia sintió que su pregunta había sido un error. El cinismo en sus palabras le dejó un sabor amargo en la boca.
—Lo siento… no quería…
Cáliban suspiró, llevándose una mano a la nuca.
—Lo sé, Cecilia. Yo… lo siento, no debí responderte así. No es una historia de la que me enorgullezca.
Cecilia levantó la vista hacia la luna, contemplando con sus ojos negros la inmensidad del cielo estrellado. Por la noche, el distrito adquiría una atmósfera mística. El cielo se iluminaba con constelaciones encantadas que se movían lentamente sobre algunos tejados, y las calles se llenaban del suave cantar de los grillos.
—No lo sé… —murmuró con suavidad —Eres amable, fuerte, sincero y maduro. Estoy segura de que tus padres, estén donde estén, están increíblemente orgullosos de ti.
Cáliban sintió que su pecho se encogía. Giró el rostro hacia ella y la vio sonreírle con dulzura. La noche era tranquila, y la luz de la luna caía sobre su rostro con una suavidad hipnótica, dándole un brillo especial a sus ojos.
Su corazón, que llevaba tiempo latiendo con indiferencia, pareció despertar.
Cerró los ojos con fuerza, apartando la mirada. Si seguía viéndola por más tiempo… acabaría sucumbiendo. Y entonces, los recuerdos de otra mujer, una mujer con una sonrisa igual de hermosa, irrumpieron en su mente como un vendaval.
?Han pasado miles de a?os y aún así… sigues cautivándome tanto… Alice…?
El pensamiento se deslizó por la mente de Cáliban como un susurro distante, un eco del pasado que aún lo atormentaba.
Cecilia notó su mirada perdida y, sintiéndose vulnerable, desvió los ojos con vergüenza. Su rostro se ti?ó de rojo, un gesto tan inocente que resultaba casi adorable. Apretó los labios, debatiéndose entre la curiosidad y el temor antes de hablar con cautela.
—?Qué…? ?Tengo algo en la cara?
Cáliban pareció despertar de su ensimismamiento y desvió la mirada de inmediato.
—No… no es nada.
Cecilia lo observó en silencio, su corazón latía con inquietud. Había algo en la forma en que Cáliban evitaba mirarla, en la sombra que se posaba sobre sus ojos, que la hizo dudar.
—?Sabes? Me gustaría saber… —comenzó a decir con suavidad —?Con qué razón viniste aquí?
Cáliban frunció levemente el ce?o.
—?Razón? Bueno, la misma que todos. Para hacerme fuerte… ?No? —hizo una pausa y la miró de reojo —?O por qué razón entraste tú?
Cecilia vaciló. Sus dedos se crisparon ligeramente sobre su pantalón. Estuvo a punto de retroceder, de cambiar de tema como hacía siempre, pero algo en la quietud de aquella noche, en la manera en que las estrellas parecían mirarla con complicidad, le dio el valor que nunca había tenido.
Levantó la mano con lentitud y deslizó la manga de su blusa, dejando al descubierto una pulsera de oro con gemas incrustadas. La luz de la luna se reflejó en el metal, arrancándole un fulgor melancólico.
—La razón por la que vine aquí… —su voz sonó baja y temblorosa —es para olvidar quién era. Para ser más fuerte. Para hacer que mi madre esté orgullosa de mí… para tener amigos, para convertirme en una aventurera de renombre y, algún día… tener una familia… al lado del hombre que yo elija amar.
Cecilia sonrió con tristeza al escuchar sus propias palabras.
—No lo sé… tengo muchas razones, pero solo sé que no quiero volver atrás.
Cáliban sintió que su corazón se tensaba en su pecho. Esas palabras, esa voz… le recordaban algo. Algo que había tratado de olvidar. En ese momento, la voz de una mujer se hizo presente en sus recuerdos.
?No me dejes sola…?
Su respiración se volvió pesada. Cerró los ojos con fuerza, pero la voz de esa mujer seguía resonando en su mente, como un eco persistente que no podía silenciar. Su semblante se ensombreció, el humor que había mantenido hasta entonces se desvaneció en un instante.
Cecilia, ajena a la tormenta interna de Cáliban, suspiró, sintiéndose más ligera tras haber hablado. Por un momento, movió los labios, recordando las palabras de su amiga. Si había un momento para decir o hacer las cosas, era ahora.
—Ya que estoy mal-
—Vete.
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La abrupta interrupción de Cáliban la hizo pesta?ear. Por un instante, todo el aliento de su pecho la abandonó.
—?Eh…?
Cáliban no la miró, simplemente volvió a repetir, esta vez con un tono más apagado.
—Vete.
La sorpresa la dejó inmóvil por un segundo. Su pecho comenzó a latir fuertemente, su alma se inundó de una preocupación que la ahogaba.
—Yo… si dije algo que te molestó, lo siento, no era mi inten…
—Vete.
El tono de su voz era inquebrantable. Frío. Tan cortante como el filo de una espada.
—Pero…
—?Solo vete! —rugió de repente, levantándose de golpe —No quiero verte. No quiero ser tu amigo. No quiero conocerte. No quiero saber nada de ti… ?Solo vete!
El silencio que siguió fue sepulcral. Cecilia sintió que el aire le faltaba. Sus ojos temblaron y su garganta se cerró con un nudo insoportable.
—Sí… lo entiendo.
Su voz se quebró en la última palabra, parecía que hacía un esfuerzo inmenso para no soltar en llanto. Se puso de pie con torpeza y se alejó lo más rápido que pudo. No corrió, pero cada paso era más pesado que el anterior. A la distancia, el sonido de peque?os sollozos se perdió en la noche, junto con el eco de sus lágrimas cayendo silenciosamente.
Cáliban sintió un ardor en el pecho. Llevó una mano a su corazón, como si intentara arrancar aquel dolor insoportable.
?Estos malditos sentimientos…? —Cerró los ojos con rabia. ?No puedo esperar para deshacerme de ellos nuevamente.?
La ira comenzó a crecer en su interior. No contra ella, sino contra sí mismo, contra su debilidad. Contra el pasado que lo perseguía. Entonces, giró la cabeza con furia y fijó la vista en un árbol cercano.
—Sé que estás ahí, Joseph. Sal de una vez.
De la oscuridad emergió la figura de Joseph con la cabeza gacha y el semblante desanimado. Había escuchado toda la conversación entre Cáliban y Cecilia, aunque no había sido su intención.
—Lo siento, Cáliban… no quería escuchar. Es solo que salí al ba?o y, cuando iba a regresar, ustedes ya estaban hablando… pensé que interrumpiría si salía. Perdón…
Cáliban suspiró, sin inmutarse demasiado.
—Está bien. No te perdiste de mucho… ahora ya no me molestará nunca más.
Joseph arrugó su mirada en una expresión de desprecio. Era la primera vez que se molestaba con Cáliban.
—?Tanto te incomodan sus sentimientos? —su tono, normalmente sereno, tenía un matiz tenso esta vez.
Cáliban alzó una ceja, sorprendido. Nunca había escuchado a Joseph hablarle así.
—Solo la conoces desde hace tres semanas… ?Y ya piensas en ella como una amiga cercana?
Joseph apretó los pu?os, bajando la mirada mientras lo invadian los recuerdos desagradables.
—Cáliban… he conocido gente horrible. Gente despreciable. Me han golpeado, humillado, insultado, extorsionado… incluso fui arrestado sólo por ser pobre.
Sus ojos se clavaron en los de Cáliban con una intensidad inusual.
—Cecilia es una noble, pero no es como los demás. Es buena. Amable. No discrimina entre razas, no trata a los demás como inferiores. Siempre intenta llevarse bien con todos. Incluso protege lo que quiere sin esperar nada a cambio. Sé que probablemente no te guste o que no quieras que sean amigos… ?Pero era necesario tratarla así? —Joseph alzó la mirada con una genuina voluntad —Ella no se lo merece… no ella.
El aire entre ambos se volvió denso.
—Lo sé. —susurro Cáliban —Lo sé…
Joseph se quedó en silencio un par de segundos.
—?Entonces por qué…?
Cáliban no respondió de inmediato. Miraba el suelo, como si buscara una respuesta entre las sombras. Su corazón pesaba como nunca, pero debía seguir adelante. Para hacerlo, necesitaba que Cecilia estuviera lejos de él.
Extendió la mano y le hizo una se?a a Joseph para que se sentara a su lado.
—Hace un tiempo te hablé sobre mi mundo…
Joseph asintió lentamente.
—Sí… me dijiste que fue destruido en una guerra entre ángeles y demonios.
Cáliban inclinó la cabeza levemente, mostrando una mirada perdida.
—Cuando todo desapareció y fui aceptado por mi maestro, me advirtió que debía olvidar mi antigua vida. Mi antiguo yo. Y por un tiempo… así fue. —Sus ojos reflejaron un vacío profundo. —Hasta que descubrí los multiversos.
Joseph frunció el ce?o.
—?Multiversos?
Cáliban no respondió de inmediato. Simplemente levantó la mano y se?aló el cielo nocturno. Las estrellas brillaban con un resplandor frío, lejano, como si cada una escondiera un secreto que él conocía demasiado bien.
Mantuvo la vista fija en el firmamento, su voz sonaba distante, como si hablara más para sí mismo que para Joseph.
—Joseph… allá afuera existen otros universos, con otros tú viviendo sus vidas. Con las personas que aman. Viviendo en tiempos diferentes, quizás en planetas diferentes. Todos coexistiendo en una armoniosa red universal… —Hizo una pausa, con su mirada perdida entre las estrellas. —?Qué crees que hice cuando lo descubrí?
Joseph bajó la cabeza, sin necesidad de una respuesta. Lo entendió de inmediato.
—Tú…
Porque él habría hecho lo mismo. Cáliban esbozó una sonrisa amarga.
—Entré en el cuerpo de una de mis variantes muertas. Quería vivir la vida que no pude. La que me fue arrebatada. Quería ver a mi familia… a mamá, a papá… al abuelo… —Su voz tembló por un segundo al recordar las tenues figuras de sus familiares. —Y a Alice.
Joseph lo miró con incertidumbre.
—?Alice?
Cáliban alzó la mirada hacia la luna. Su luz pálida e inalcanzable le recordaba las noches que pasó junto a ella. Pero también le recordaba su pérdida.
—Era el amor de mi vida… —susurró —La única mujer a la que amé. Incluso después de miles de a?os…
Joseph suspiró.
—Oh… debió ser una mujer increíble si la amaste tanto.
Cáliban cerró los ojos por un instante, como si intentara aferrarse a sus recuerdos antes de que se desvanecieran.
—“Increíble” es decir poco. Era amable, atenta, hermosa. Le gustaba la música, los bailes, leer libros… so?aba con casarme con ella en una iglesia, tener hijos, nietos, una familia… y luego morir juntos de viejos. —Sonrió con tristeza al recordar sus aspiraciones mortales y lo sencillo que era pensar que todo eso era fácil de conseguir. —Aún recuerdo las noches que pasábamos mirando la luna desde su habitación… daría lo que fuera por tenerla otra vez.
Joseph lo escuchaba en silencio, pero una duda comenzó a crecer en su mente.
—?Cómo era ella? Su aspecto…
Cáliban desvió la mirada y susurró:
—Ya la conoces.
Joseph parpadeó, confundido.
—?Eh? ?Ya la conozco? Espera… no me digas que…
—Cecilia… —Cáliban hizo una pausa, como si decirlo en voz alta le pesara —Cecilia es la variante de Alice.
El mundo de Joseph se detuvo por un momento. El rompecabezas encajó de golpe. Todo tenía sentido ahora. El porqué Cáliban evitaba mirarla, el porqué de su rechazo. Pero aún había algo que no comprendía.
—?Entonces por qué no la aceptas? —preguntó con cautela —Si Cecilia es su variante, podrías estar con Alice otra vez. Aunque no lo entiendo del todo… sé que no son exactamente la misma persona… pero quizás podrías darte otra oportunidad con ella. Incluso ascender juntos… esta podría ser una oportunidad.
Cáliban soltó una risa amarga.
—?Crees que no lo intenté? —Joseph sintió un escalofrío al notar la sombra en su voz —Por un tiempo, traté de vivir esa vida nuevamente.
Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, su expresión era consumida por el desgaste de incontables vidas.
—Mi maestro me advirtió… me dijo que me arrepentiría de mi decisión. Pero no lo escuché. —Su pu?o se cerró con fuerza —No importa cuántas vidas decidiera vivir… siempre terminaba igual. Siempre la perdía.
Joseph lo miró fijamente, sintiendo un nudo en el estómago.
—Vi morir a Alice tantas veces… que me volví loco.
—?Los perdiste en cada ocasión? ?Por qué? Con tu poder, estoy seguro de que…
—El universo tiene leyes, Joseph. Y deben ser respetadas. —Cáliban apretó los dientes —Una de ellas es que jamás debes ocupar un lugar que no te pertenece. Si lo haces… el universo se encargará de arrebatártelo todo, sin importar cuánto luches por protegerlo.
Hizo una pausa, con su mirada clavada en la nada, como si estuviera viendo el pasado reflejado en la oscuridad de la noche.
—Tuve que perderla muchas veces para entenderlo. No importa qué hiciera, qué tan fuerte fuera… al final, lo perdía todo.
Joseph permaneció en silencio. No encontraba palabras para consolarlo.
—El maestro me lo advirtió. —continuó Cáliban, con su voz apagada —Cuando desobedecí, mis hermanos nunca me buscaron. Nunca intentaron traerme de vuelta.
Su expresión se endureció.
—Cuando finalmente entendí mi error, el maestro vino por mí en persona. Me explicó que hay reglas que nunca podrán romperse, sin importar qué tan fuerte sea… porque así lo dispuso el Creador.
Joseph sintió un peso en el pecho. Pensar en todo lo que su amigo había pasado lo llenaba de tristeza.
—?Cómo… cómo pudiste seguir adelante después de eso?
Cáliban esbozó una sonrisa vacía.
—El maestro me regaló una esfera de cristal. En ella, podía ver un universo… uno en concreto. —contestó con una voz lenta y tranquila —Ahí… Alice estaba viva… era feliz, estaba felizmente casada… tenía hijos, un buen sustento para su familia… tenía a sus padres… Incluso mi familia estaba bien. Mis padres y abuelos… todos estaban ahí.., todos contentos, viviendo cada día, respirando la paz de una vida sin dolor… —En un momento, solo por un peque?o momento… Cáliban sonrió plenamente —en ese universo nunca llegue a nacer…
Joseph lo miró, sin palabras.
—Eso…
—Esa fue mi fortaleza. —interrumpió Cáliban, en voz baja —Lo que me motivó a seguir peleando. Prometí… que mientras pudiera luchar, los dioses exteriores jamás devorarían esos universos.
Joseph tragó saliva.
—?No te parece cruel? Parece más un castigo que un regalo…
Cáliban dejó escapar una risa seca.
—Lo fue. —Guardó silencio por unos segundos antes de continuar. —También fui castigado. —Joseph sintió un escalofrío recorrerle la espalda. —Mis hermanos querían que el maestro me desterrara. Honestamente, lo habría aceptado sin dudarlo. Estaba cansado. Solo quería que mi sufrimiento terminara…
Bajó la mirada, en su rostro podía verse su expresión endurecida.
—Pero no lo hizo.
Joseph sintió un nudo en la garganta.
—?Entonces…?
—Me obligó a cultivar la Técnica del Corazón Vacío. —Joseph se quedó helado. —Dijo que fortalecería mi mente… pero a cambio, perdería mis emociones.
Joseph sintió un temblor en el pecho. Había hablado con Cáliban antes sobre los entrenamientos mentales extremos, sobre lo peligrosos que podían ser. Pero esto… esto era peor de lo que podía imaginar. Entre toda la charla, recordó lo que le había comentado de dicha técnica, una que suprimía la propia humanidad del guerrero a cambio de poder.
—Eso es… horrible.
—Fue un precio justo. —contestó sin duda.
Cáliban volvió a mirar el cielo. Su voz sonaba tranquila, pero Joseph podía sentir el abismo en sus palabras.
—?Entiendes ahora por qué no puedo estar cerca de Cecilia? No quiero que le pase nada. Mi vida terminó hace mucho tiempo. Ya lo acepté. —Sus ojos se entrecerraron. —Le he arrebatado su futuro demasiadas veces por mi egoísmo. No quiero hacerlo otra vez.
Joseph sintió que su pecho se apretaba.
—Quiero que tenga una buena vida. Que se enamore de un hombre que la ame y la cuide. Que tenga hijos, una casa… que cada día de su vida sea puro y absoluto felicidad. —Respiró hondo antes de soltar la última frase. —Pero si está conmigo, eso nunca podrá pasar.
Su mirada se tornó fría como el más puro invierno.
—Voy a convertirme en el villano de su historia si es necesario. Voy a hacer que me desprecie. Pero haré lo que sea para asegurarme de que sea la mujer más feliz del mundo.
Joseph no supo qué decir. La pena que sentía por su amigo era sofocante. Trató de encontrar las palabras adecuadas… pero no existían.
—Entiendo… —murmuró al final —Lamento lo que pasaste. Yo… lo siento. No sé qué decir.
Cáliban suspiró.
—No lo sientas. No es tu culpa. Es mía.
Joseph apretó los pu?os.
—?Qué harás ahora?
Cáliban tomó la caja con el núcleo de agua y se levantó lentamente.
—Por ahora… solo quiero dormir y olvidar este día.
Sin decir más, se alejó hacia su habitación, caminando en silencio hacia las oscuras escaleras de la mansión. Joseph lo observó marcharse. Quiso decir algo, pero no pudo. Sus propias emociones lo ahogaban. Al final, lo único que pudo hacer fue seguirlo hacia los dormitorios.
—Buenas noches, Cáliban…
No obtuvo respuesta. Cáliban simplemente cerró la puerta detrás de él. Se dejó caer sobre la cama con los ojos fijos en el techo, incapaz de dormir.
Los recuerdos de las vidas que pasó con Alice cruzaron su mente como una ola imparable, barriendo con cada pensamiento racional que intentaba mantener.
Saber que nunca pudo hacerla feliz lo mataba por dentro. Pero eso se había acabado. Ya no era el joven que so?aba con una vida pacífica y feliz. Ahora, solo era un viejo caballero buscando venganza. Por más que le doliera… debía hacer a un lado a Cecilia.
Incluso si eso significaba que terminara odiándolo.

