Mientras el carruaje recorría la academia, un gru?ido repentino rompió la tranquilidad del viaje. Todos voltearon al instante, buscando el origen del sonido.
Argos, con las mejillas ligeramente sonrojadas, apartó la mirada con torpeza, tratando de evadir la vergüenza.
La profesora soltó una peque?a risa ante la escena.
—Parece que alguien tiene hambre… —comentó con diversión —?Qué les parece si hacemos una parada en el restaurante de Mamá Urr?
Las voces de aprobación no tardaron en llegar. La idea de una buena comida era bienvenida por todos. Sin embargo, antes de que pudieran decidirse del todo, una nube de humo se materializó de la nada.
Entre el espeso vapor apareció el profesor Yannes, como si acabara de salir de una explosión alquímica. Los estudiantes en el carruaje se sobresaltaron por su repentina llegada.
—Mis disculpas por la interrupción, profesora… —dijo con su característico tono tranquilo —Pero necesito llevarme a los jóvenes Sephir y Cáliban.
La profesora ladeó la cabeza con curiosidad.
—Oh… ?Ya está listo?
—En efecto.
Cáliban y Joseph intercambiaron miradas antes de ponerse de pie. Ninguno de los dos tenía idea de por qué los llamaban con tanta urgencia.
—?Qué ocurre, profesor? —preguntó Cáliban con cautela.
—Nada preocupante. —Yannes hizo un ademán despreocupado —Solo que su recompensa por haber quedado entre los primeros puestos en la segunda prueba ya está lista. Iremos a la tesorería en este instante; el director ha aprobado todo.
?Oh, es cierto… ya lo había olvidado.?
—Entiendo… —asintió Cáliban —Iremos enseguida.
Cuando estaban a punto de bajar del carruaje, una voz los detuvo.
—?Puedo ir, profesor?
Reinhard había levantado la mano con un gesto calmado, pero su mirada reflejaba un brillo de sincera curiosidad.
Yannes arqueó una ceja.
—Bueno… eso no depende de mí.
Reinhard giró la cabeza hacia Cáliban, esperando su respuesta. Por un momento, Cáliban simplemente le devolvió una mirada indiferente.
Después de todo, él no era su amigo. A diferencia de Joseph, Reinhard no tenía ninguna razón para estar allí. No era su premio, ni su asunto. Solo era curiosidad… una curiosidad inocente.
Pero entonces, Cáliban notó algo en su expresión. No insistió, no rogó. Solo bajó la mirada, como si ya esperara que lo rechazaran. Joseph, que había captado el intercambio, se inclinó ligeramente hacia Cáliban y le susurró:
—?Vas a dejar que venga?
Cáliban guardó silencio por unos segundos. No eran amigos cercanos. Pero Reinhard había arriesgado su vida por proteger a sus compa?eros.
Incluso cuando le dijeron que no se involucrara. A pesar de ser de sangre noble, no se comportaba con la arrogancia del trío del grupo. Respetaba a los demás, sin importar su estatus. Cáliban exhaló lentamente, y luego, fijó su mirada en Reinhard.
—?No tienes hambre, Reinhard?
—Amm… un poco… ?Pero puedo aguantarme, quiero ir!
Cáliban lo miró con expresión neutra antes de encogerse de hombros.
—Bueno… si no tienes problemas, puedes venir.
Reinhard se levantó de su asiento con una sonrisa de satisfacción. El profesor Yannes, al ver que todos estaban listos, chasqueó los dedos.
En un instante, el grupo desapareció en una densa nube de humo negro. Mientras tanto, en el carruaje, al fondo de los asientos, Nhun cruzó los brazos y giró la cabeza hacia Cecilia, que estaba sentada a su lado.
—Muy bien, ya se fue. Ahora dime qué mierda pasó.
Cecilia, que ya sabía exactamente a qué se refería, se hizo la desentendida.
—?Eh…? No sé de qué hablas…
Nhun entrecerró los ojos.
—No me mientas, zorra. Se te nota en la cara… estoy segura de que ocurrió algo
Cecilia tragó saliva.
—Desde hace rato te he visto rara. Triste. Y estoy muy segura de que tiene que ver con él.
—N… no… no tiene nada que ver con…
—Muy bien. —Nhun sonrió con malicia —Si no vas a hablar, cuando vuelva le contaré lo que ocurrió en tu primer baile.
Cecilia sintió cómo la sangre se le helaba.
—?No te atreverías…!
Nhun se encogió de hombros con indiferencia, mostrando una sonrisa aún más grande.
—Pruébame.
El rostro de Cecilia se debatió entre el enojo y la desesperación. Sabía perfectamente que Nhun cumpliría su amenaza. Y lo peor… es que Cáliban lo malinterpretaría. Resignada, dejó escapar un largo suspiro antes de bajar la mirada.
—Está bien… te lo diré.
Nhun sonrió victoriosa, acomodándose en su asiento para escuchar.
Mientras tanto, Cáliban, Joseph y Reinhard aparecieron en las puertas de un edificio muy grande.
Era una estructura imponente, construida con piedra encantada que resplandecía tenuemente bajo la luz de los coloridos cristales que usaban como iluminación. Su cúpula dorada reflejaba un brillo etéreo, mientras que sus enormes puertas de ónice estaban adornadas con intrincadas runas que protegían el acceso a los depósitos más valiosos.
Desde afuera, se podían ver a los visitantes ser recibidos por un vestíbulo colosal, donde el suelo de mármol relucía con símbolos mágicos en constante movimiento. Los techos, altísimos y abovedados, estaban cubiertos por imágenes encantadas que narraban la historia de los grandes magos que confiaron sus tesoros al banco. Las paredes estaban reforzadas con hechizos de seguridad que detectan cualquier intento de robo, teletransportación o manipulación mágica.
—Este es el banco Goldengrave. —informó el profesor Yannes mientras avanzaban hacia adentro —Aquí podrán guardar sus intereses monetarios o propiedades. Síganme.
Cáliban y los demás lo siguieron escaleras arriba. Joseph aprovechó la caminata para acercarse a Cáliban y susurrarle:
—?Estás seguro de que está bien que Reinhard esté aquí?
Cáliban lo miró de reojo.
—?Te molesta?
—No es eso… —Joseph negó con la cabeza —Es solo que no sé si lo a?adirás a nuestro círculo.
Cáliban mantuvo su expresión tranquila mientras subían los últimos escalones.
—No… —respondió finalmente —No confío en él al cien por ciento como para hacer eso.
Joseph asintió levemente.
—Pero sé que es amable y recto. —continuó Cáliban —Y eso ya es suficiente razón para considerar ser su amigo.
Joseph suspiró.
—En eso tienes razón.
Ambos dirigieron una mirada rápida a Reinhard, quien observaba el lugar con fascinación el banco, ajeno a su conversación. Quizás, después de todo, valía la pena darle una oportunidad.
Al entrar al banco, el profesor Yannes se acercó a uno de los administradores y solicitó acceso a la Bóveda de Tesoros de Nivel 1.
Cáliban arqueó una ceja.
?Así que existen más bóvedas…?
El interior del banco tenía un aire administrativo, con escritorios organizados y empleados moviéndose con precisión impecable. Sin embargo, había algo que lo diferenciaba de cualquier otro establecimiento financiero… en el centro del gran vestíbulo, una colosal cascada plateada caía en un eterno flujo de energía mágica. Su agua no era agua en realidad, sino un torrente de maná líquido, brillando con reflejos dorados y plateados.
El trabajador que los atendió pertenecía a la raza de los Feéricos, específicamente a la tribu de los Leprechauns. Criaturas de baja estatura, orejas puntiagudas y una mirada astuta. Sostenía en sus manos un peque?o orbe cristalino que reflejaba múltiples colores en su superficie.
Con un simple toque, el orbe emitió un leve tintineo… y la cascada se dividió en dos.
Donde antes había solo una corriente inquebrantable de maná, ahora se revelaba una enorme pasillo dorado, imponente y decorado con runas centelleantes que danzaban lentamente en la superficie de la entrada.
El trabajador se inclinó levemente y se?aló el acceso con un gesto.
—Por aquí, se?ores…
Sin perder tiempo, el grupo lo siguió a través de la puerta secreta. Caminando por el enorme pasillo dorado que, a pesar de ser peque?o, era extremadamente largo. Los tapices eran de extrema belleza, pinturas rupestres que adornaban las paredes. Reinhard sentía inquietud, pues, algo en su ser le hacía ver que el lienzo estaba vivo. Pero un sentimiento extra?o lo invadía a cada paso, sentía que las pinturas lo seguían con la mirada, como si estuvieran vivas.
—Esas pinturas son… bonitas… de una forma extra?a. —dijo con un ligero tono de suspenso, como si no sintiera lo que estaba diciendo.
El guía asintió ante su comentario.
—Tranquilo… Estas pinturas no son solo decoración, son guardianes que esperan a entrar en acción al detectar un intruso o cualquier situación de peligro, es normal que te sientas así…
Después de un rato de caminar, el grupo llegó a una enorme puerta dorada. Reinhard y Joseph contuvieron el aliento al ingresar. Lo que vieron los dejó sin palabras.
La sala que resguardaba era vasta, iluminada por lámparas flotantes de cristal. Todo el lugar parecía hecho de oro puro… las paredes, el suelo e incluso los altos pilares que sostenían el techo abovedado. Toneladas de oro estaban acumuladas en los costados, brillando con un fulgor tentador.
Pero eso no era lo más impresionante.
Justo en el centro de la bóveda se extendía un largo pasillo flanqueado por pedestales de obsidiana, cada uno sosteniendo un objeto único y misterioso. Espadas antiguas, anillos rúnicos, pergaminos sellados con cera arcana, varas de poder, corazas imbuidas con escudos mágicos… cada pieza exudaba un aura de poder inconfundible.
El profesor Yannes les dedicó una mirada tranquila antes de hablar.
—Muy bien… tendrán media hora para elegir algo de entre los alrededores. —Se?aló con el dedo hacia Cáliban y Joseph. —Solo Sephir y Cáliban pueden escoger, pero tú, joven Tyrant. —miró a Reinhard con amabilidad —puedes ayudarlos a elegir.
El profesor revisó un peque?o reloj de bolsillo antes de continuar:
—Tengo que llenar unos papeles por la visita, así que volveré en 30 minutos. Diviértanse.
Con esas palabras, el profesor Yannes abandonó el área junto con el trabajador, dejando a los tres jóvenes en la vasta sala repleta de tesoros. Joseph y Reinhard miraron a Cáliban, esperando alguna indicación.
Después de todo, ninguno de los dos tenía idea de lo que debían buscar. Cáliban, con expresión tranquila, cruzó los brazos y los observó por un momento antes de hablar.
—Bueno… busquen algo que les llame la atención.
Mientras tanto, en el exterior, los chicos se encontraban en una la posada. El restaurante destacaba por su estructura de madera oscura con pilares gruesos y enredaderas mágicas que trepaban por las paredes. Un letrero de hierro forjado colgaba sobre la entrada con el nombre grabado en letras doradas, y una peque?a ilustración de una olla humeante decorada su costado. El aroma de carne asada, pan recién horneado y especias envolvía el lugar incluso antes de cruzar la puerta.
En el bullicioso restaurante, las risas, el sonido de copas chocando y las voces entremezcladas creaban una atmósfera animada. El resto del grupo se encontraba sentado alrededor de una enorme mesa de madera, disfrutando de la calidez del lugar.
Detrás del mostrador, al lado del calor del fuego de una gran chimenea de piedra, una mujer de gran tama?o conversaba con la profesora.
Su piel verde intensa contrastaba con su cabello rojo fuego, el cual caía en una larga trenza sobre su espalda. Su musculatura era evidente incluso bajo su delantal de cocina, y su presencia era imponente pero acogedora.
Era una Orco, y no una cualquiera.
Ella era Mamá Urr, la due?a del restaurante y una de las cocineras más famosas entre los estudiantes de la academia. Con una sonrisa amplia y un brillo travieso en sus ojos oscuros, cruzó los brazos y miró a la profesora con expectación.
—Dime, ?Qué trae a mis peque?os a mí restaurante el día de hoy?
—Gracias por atendernos, Mamá Urr. —respondió la profesora Rain.
—Descuida, querida. —La enorme orco sonrió con calidez, secándose las manos en su delantal —Siempre serán bienvenidos en mi restaurante.
El aroma a carne asada, especias y pan recién horneado impregnaba el aire. Alrededor de la mesa, los estudiantes reían y charlaban mientras examinaban el menú, algunos ya impacientes por recibir su comida.
Pero en un rincón más apartado de la mesa, Nhun y Cecilia estaban sumidas en su propia conversación.
Cecilia había confesado, con cierta vergüenza, lo que había sucedido la última vez que despertó en el hospital… lo que ocurrió con Cáliban.
Nhun, con una expresión difícil de descifrar, tomó un sorbo de su bebida antes de hablar.
—Entonces… —hizo una pausa dramática —Te rechazó. —Cecilia se tensó al escucharla —A pesar de que le rogaste con toda tu alma… —La joven desvió la mirada, sintiendo cómo la incomodidad crecía en su pecho —Incluso cuando lloraste, él siguió rechazándote… —Nhun suspiró y apoyó la barbilla en su mano —Qué triste…
Cecilia apretó los labios.
—Odio que lo digas así…
Nhun esbozó una ligera sonrisa.
—?Por qué no esperas a que inicien las clases? Tal vez aprendas algo ahí…
Cecilia bajó la mirada, pensativa.
—Lo sé. Pero no quiero esperar. —Sus dedos se crisparon sobre el borde de la mesa. —Quiero pelear como él.
Nhun parpadeó, pero dejó que continuara.
—Ser intrépida. Tener una voluntad fuerte. No retroceder ante el peligro… —Cecilia exhaló despacio, sintiendo el peso de sus propias palabras. —Quiero tener el poder para proteger lo que amo.
Nhun dejó su vaso sobre la mesa con un "clink".
—Ya te dije que no te culpo por lo del Wyvern.
—Pero… —Cecilia se mordió el labio —?Y si vuelve a pasar? —Su mirada se endureció al recordar la tenue figura de aquella bestia dracónica. —No quiero ser un lastre otra vez…
Nhun la observó en silencio por unos segundos con cierta pena. Su amiga no tenía la confianza suficiente para pensar que podría destacar en algo. No le gustaba verla así, por lo cual, decidió intentar levantarle el ánimo.
—Vamos, no te pongas así… —dijo, tratando de buscar las palabras adecuadas —Tal vez… amm… tal vez…
—?Tal vez qué? —preguntó Cecilia, mirándola con curiosidad.
Nhun chasqueó la lengua, pensativa.
—Tal vez… ?No eres lo suficientemente allegada a él como para pedirle un favor?
Cecilia frunció el ce?o.
—?Estás diciendo que no somos amigos?
—?No! —se apresuró a aclarar Nhun, agitando las manos —No me refería a eso. Solo digo que tal vez no le ofreciste nada a cambio.
Cecilia cruzó los brazos.
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—?Insinúas que tenía que sobornarlo?
—No exactamente. Pero llegaste y le pediste que te entrenara así como así, sin ofrecerle algo que lo motivara a aceptar.
Cecilia negó con la cabeza.
—No creo que él sea así… —Bajó la mirada. —Además… incluso cuando hubo lágrimas… —susurró —no hubo ninguna reacción por su parte…
Nhun inclinó la cabeza, meditando sobre la actitud de Cáliban.
—Tienes razón… tal vez sucedió algo y por eso no quiere meterse en esos asuntos… muchas personas pasan por algo que los marca… algo que los aísla del mundo y deciden no involucrarse con otras personas… tal vez le paso lo mismo. —admitió —Tendrás que preguntarle directamente.
Cecilia levantó la mirada de golpe.
—Eso sería muy grosero de mi parte, Nhun… ademas, ?Tu como sabes eso?
Nhun río fuerte, rascándose la cabeza para evitar el tema.
—Bueno… todos tienen su historia, no me hagas mucho caso… —respondió con una sonrisa fingida.
Cecilia frunció el ce?o, buscando alguna verdad entre los movimientos de su amiga.
—Aun así… no quiero ser chismosa. ?Cómo podría obligarlo a contarme algo que no quiere?
Nhun tamborileó los dedos sobre la mesa con un gesto pensativo.
—Tal vez, si le cuentas algo privado… él podría sincerarse un poco.
Cecilia reflexionó sobre la idea. No sonaba mal. Ella quería acercarse más a Cáliban, pero no tenía idea de cómo hacerlo. Su mente se llenó de ideas para hablar con él a solas. Nhun notó el cambio en su semblante. Sus ojos recuperaron un poco de brillo, y una ligera sonrisa se dibujó en su rostro. Aprovechando el momento, Nhun sonrió traviesa.
—Entonces… ?Le dirás que en tu primer baile te vom-?
—?No!
De vuelta en la bóveda de tesoros… la Bóveda de Tesoros Mágicos era un santuario donde se almacenan reliquias imbuidas con energías de inexacta procedencia. No era solo un almacén de riquezas, sino un sitio sagrado y peligroso, donde a cada esquina reposaban objetos de poder misterioso, esperando ser reclamados por aquellos dignos de portarlos.
Era un laberinto subterráneo, dise?ado con arquitectura mágica que cambiaba de forma según la energía de quienes lo recorren.
Las paredes de obsidiana rúnica, eran capaces de absorber y disipar cualquier intento de magia destructiva. Las Antorchas flotantes iluminan el lugar con llamas de distintos colores, dependiendo de la naturaleza mágica de los objetos cercanos.
En el centro de la bóveda, se alzaba un pasillo principal que se extiende hacia adelante, flanqueado por pedestales de piedra negra con artefactos únicos. Cada objeto estaba sellado dentro de un campo de estabilización, impidiendo que algunos de sus efectos se filtraran fuera de sus contenedores.
Joseph y Reinhard, maravillados, exploraron la sala por un rato. Sus miradas se deleitaron de un lado a otro, viendo los objetos de sumo valor, pero sin poder decidirse por algo en particular.
—?Qué haremos entonces? —preguntó Reinhard, cruzando los brazos.
Joseph soltó un suspiro.
—Bueno, es difícil decidir. Este lugar tiene demasiadas cosas fantásticas… —Miró a su alrededor con un brillo codicioso en los ojos. —Honestamente, me gustaría llevármelo todo.
Reinhard sonrió ante su comentario, también compartía tal pensamiento, pero de ser el caso, no había dudas de que los atraparian en menos de un segundo.
—Vayamos a preguntarle al líder.
Se giraron y partieron inmediatamente hacia el centro de la enorme habitación. Ahí se encontraron a Cáliban, parado frente a un pedestal, observando fijamente un objeto de una manera intensa.
Una bola de cristal negra. Aunque no era una esfera común. Un líquido viscoso, oscuro como la brea, se filtraba lentamente de su interior, goteando con una densidad antinatural.
Joseph se acercó para inspeccionarla mejor… y en cuanto el hedor llegó a su nariz, dio un salto hacia atrás.
—?Mierda! —exclamó, cubriéndose la nariz con la manga —?Huele horrible! —Miró a Cáliban con incredulidad. —?Por qué demonios quieres eso?
Cáliban, sin apartar la vista de la esfera, sonrió levemente.
—Porque algo podrido… puede contener secretos aún más valiosos.
Reinhard observó a Cáliban con curiosidad. Siempre tenía una respuesta inesperada, y esta vez no parecía ser la excepción. Cáliban sostenía la esfera oscura con ambas manos enguantadas, su mirada analítica se clavaba en la sustancia viscosa que rezumaba lentamente de su superficie.
—Esto de aquí es un núcleo elemental, aunque está contaminado. —explicó con calma.
Reinhard frunció el ce?o.
—Si está contaminado… ?Para qué nos serviría?
Pero Cáliban no respondió esta vez. En su mente maquinaba planes que podían llevarse a cabo gracias al núcleo. Por su lado, Joseph levantó una ceja, escéptico. Entonces, se acercó lentamente para susurrarle.
—?Puedes descontaminarlo?
Cáliban asintió con confianza.
—Sí. Llevará algo de tiempo… pero puedo hacerlo.
Reinhard cruzó los brazos, pensativo. Dirigió sus palabras hacia la pareja que no mostraba signos de querer invitarlo a la conversación.
—Tu… ?Puedes hacer algo para descontaminarlo?
Ambos dirigieron su mirada hacia el lagarto de escamas azules. Por un momento, Cáliban dudo de decir palabra alguna, pero el hecho de recordar la actitud amable de Reinhard lo hizo decirle al menos sobre sus capacidades.
—Si, puedo hacerlo… es uno de… mis talentos…
Reinhard no necesito más explicaciones. Si posee tal habilidad, entonces, podría ayudar en la obtención de un objeto que llamó su interés anteriormente.
—En ese caso, síganme, por favor…
Sin perder el tiempo, los guió hacia una de las esquinas más oscuras de la sala. Allí, sobre un pedestal marchito y corroído, descansaba una peque?a maceta de piedra negra.
La tierra dentro de ella parecía muerta, reseca… pero exudaba un aire denso y viciado, cargado de una energía tan contaminada que incluso el pedestal que la sostenía parecía desgastado y erosionado por su mera presencia.
Cáliban entrecerró los ojos y activó su Mirada Celestial, permitiendo que su percepción mágica traspasara la capa superficial de corrupción.
Lo que vio hizo que su expresión cambiara de inmediato.
—?Trae eso! —ordenó, sin apartar la vista de la maceta.
Joseph no dudó. Tomó los guantes que descansaban a un lado del pedestal y se acercó rápidamente, levantándola con cautela, asegurándose de no tocar la tierra directamente. Mientras tanto, Cáliban sostuvo el núcleo elemental en una mano, evaluándolo con precisión. Cuando ambos objetos estuvieron asegurados, Reinhard no pudo contener su curiosidad.
—?Por qué elegiste estas cosas?
Cáliban sostuvo la esfera contaminada ante la luz.
—Si no estoy equivocado, este es un núcleo de agua.
Reinhard parpadeó.
—?Un núcleo de agua? ?Esa cosa?
—Sí. En ocasiones especiales puede servir para los ba?os, como fuente de agua e incluso para instalar un sistema rudimentario de tuberías y alcantarillas.
Joseph frunció el ce?o.
—Pero… tengo entendido que estos núcleos no generan agua potable.
Cáliban se encogió de hombros.
—Eso es lo de menos. Podemos purificarla después.
Luego de eso, Reinhard miró la maceta con desconfianza.
—?Y qué hay de esto?
—Creo que es un reto?o de algún árbol especial.
Joseph lo miró con incredulidad.
—?Y en qué te basas para decir eso?
Cáliban sonrió levemente. Simplemente, les se?alo que se acercaran para sentirlo. Intrigado, Reinhard extendió la mano con cautela y se acercó a la maceta. Por un momento, no sintió nada. Pero después… un ligero cosquilleo lo invadió. Una sensación sutil, como si algo invisible estuviera tirando de su energía vital.
Sus ojos se abrieron con asombro.
—Ahora que lo noto… creo… que está absorbiendo mi aura poco a poco.
Joseph frunció el ce?o.
—?Qué? ?Eso no es peligroso?
Cáliban miró la maceta con una expresión críptica.
—Depende. —contestó con sencillez.
—?Cómo que depende? —exclamó Joseph, agitando una mano en el aire —Aunque lo descontaminemos, seguirá absorbiendo nuestra energía, ?No?
—Exacto.
Hubo un momento de silencio tenso, Joseph no sabía si era una prueba o solo estaba jugando, aun así, siguió sus instrucciones y trajo la maceta con el árbol marchito. Finalmente, Reinhard cruzó los brazos y exhaló con resignación.
—No sé si eso me tranquiliza o me preocupa más…
Cáliban solo dejó escapar una leve risa. Mientras los demás veían una amenaza, él veía una oportunidad. De repente, una sensación invadió las defensas de Cáliban.
—Ha vuelto… —susurró al viento, dejando desconcertados a sus dos acompa?antes.
El profesor Yannes llegó 2 segundos después de que Cáliban advirtiera su llegada. Aun con una perfecta juventud, se le podía ver cansado de firmar papeles durante media hora.
—Muy bien, chicos, ?Ya terminaron?
—Si profesor, queremos llevarnos estas dos cosas
El profesor observó el núcleo corrompido y la maceta negra, aunque eran objetos buenos, al estar corrompidos era poco probable que pudieran descontaminarlos, por lo que eran inútiles.
—?Seguros? Estos objetos están corrompidos, es muy probable que no les sirva de nada… ?Por qué no eligen otra cosa?
Los 3 afirmaron su decisión, por lo que no le quedó de otra más que aceptar. Yannes suspiró.
—Muy bien… —dijo, encogiéndose de hombros
Sin más, los condujo fuera de la sala.
Ya en el vestíbulo del banco, Yannes se dirigió a firmar los últimos papeles, dejando a los estudiantes por su cuenta. Justo en ese momento, los demás estudiantes de la Casa de los Especiales llegaron, de regreso de su visita al restaurante.
La profesora Rain, con su característico porte curioso, los observó con interés antes de acercarse.
—Parece que ya terminaron… —comentó con una sonrisa ligera —?Qué fue lo que escogieron como premios?
Los demás, intrigados, se reunieron alrededor de Cáliban, Joseph y Reinhard, esperando ver los magníficos tesoros que traerían para la Casa. Sin embargo… la emoción desapareció en cuanto vieron sus elecciones.
Los ojos de Argos se abrieron de par en par, su expresión de incredulidad era casi cómica.
—Tenían la opción de elegir lo que quisieran… y eligen la cosa más horrible.
Cecilia, aunque confundida, trató de encontrarle el lado positivo.
—Estoy segura de que servirán para algo… ?No?
Similia cruzó los brazos, mirándolos con desaprobación.
—Tus gustos para elegir artefactos son los mismos que para elegir tus amistades, líder… —dijo con una mueca en los labios, reflejando su asco.
Nhun suspiró al ver la reacción de Similia, llevándose una mano a la frente antes de susurrar:
—Estupida…
Elizabeth, que hasta ahora solo había estado observando, ladeó la cabeza con curiosidad.
—?Y qué harás con eso?
Cáliban se encogió de hombros, indiferente a los comentarios. Sus ojos recorrieron al grupo con desinterés.
—Como sea, no es asunto suyo. ?Qué hacen aquí?
Juliana, que había estado en silencio, intervino con naturalidad.
—La profesora nos trajo a abrir una cuenta en el banco para guardar nuestro dinero.
Antes de que pudieran decir algo más, la profesora Rain llegó junto con el trabajador del banco y el profesor Yannes. Ambos se hicieron a un lado, cediéndole la palabra al Leprechaun.
—?Hola, nuevos estudiantes! —La voz del administrador resonó con claridad en la sala. —Mi nombre es Rick Chisholm, y seré el encargado de llevar sus asuntos administrativos.
Se frotó las manos con entusiasmo antes de chasquear los dedos. De inmediato, las marcas en las manos de los estudiantes comenzaron a brillar con intensidad, proyectando peque?as pantallas de luz en el aire frente a cada uno de ellos.
Todas mostraban el mismo contador: cero.
—Las marcas que llevan… —explicó Rick —contienen un peque?o contador conectado directamente a sus bóvedas privadas. —moviendo ligeramente los dedos, hizo un gesto hacia el grupo —Antes de que puedan usarlas, debo hacer un peque?o ajuste para enlazarlas correctamente.
El leprechaun alzó la vista y sonrió.
—Para ello, necesitaré que pasen uno por uno para registrar sus datos. Síganme, por favor.
Rick los condujo a una sala privada dentro del banco. El lugar estaba iluminado con una luz tenue y azulada, generada por un gran cristal flotante ubicado en el centro de la habitación, sobre un pedestal de obsidiana.
Las runas en su superficie pulsaban lentamente, como si estuviera vivo. Rick se?aló el cristal.
—Este artefacto es nuestro sistema de registro. Solo tienen que colocar la mano sobre él, y su información se registrará automáticamente. —entusiasmado, levantó una ceja —?Quién quiere ser el primero?
Sin dudarlo, Reinhard alzó la mano.
—Claro, pasa al frente y coloca tu mano sobre el cristal.
Reinhard avanzó y presionó su palma contra la fría superficie del cristal. Al instante, una luz azul envolvió la sala y el pedestal vibró suavemente. Segundos después, una página de pergamino salió expulsada del pedestal, flotando suavemente hasta las manos de Rick.
—Y ahí lo tienes.
Rick entregó el documento a Reinhard.
—Esta página contiene tu información personal. —Se?aló una sección en la parte inferior. —Si miras aquí, verás una clave de acceso junto con un número.
Reinhard examinó el papel.
—Ese es tu número de bóveda. Memorízalo bien, lo necesitarás si en algún momento deseas retirar objetos o dinero en físico. —Rick le dedicó una sonrisa. —Eso sería todo. ?Siguiente!
Los estudiantes fueron pasando uno por uno. Cada proceso mostraba la información personal de cada estudiante. Un caso curioso, fue el de Nhun, quien recibió una mirada especial por parte de Rick.
—Am… se?orita… ?Nhunisha? ?Ese es su nombre? no coincide con los datos que tenemos de ti en la prueba…
Nhun se acercó rápidamente para arrebatar la hoja, impidiendo ver a ojos indiscretos.
—Si… em… es mi nombre élfico… por favor, no lo usen… —suplico, con las orejas y mejillas rojas.
Rick negó ante su solicitud.
—Temo que no se?orita Nhunisha. —Nhun sintió un ligero escalofrío al escuchar su nombre real —Aunque sea en otro dialecto, debemos registrarla con su nombre verdadero…
A rega?adientes, Nhun se integró de nuevo en el grupo con el ánimo bajo. Cecilia rió ligeramente al ver a su amiga lamentarse por su nombre.
—Creo que tu nombre es bonito… —comentó Cecilia, con una amabilidad palpable y una sonrisa inocente.
—A ti todo te parece bonito… —contestó con amargura —sobre todo los chicos amargados con complejo de superiori-
Cecilia callo a Nhun con un golpe fuerte en la rodilla, haciendo que esta se encorvara de dolor. El grupo e incluso los profesores se sorprendieron al ver una actitud poco usual en Cecilia, quien seguía sonriendo a su lado, como si nada hubiera pasado. Después de tal escena, el resto de los procesos transcurrieron sin inconvenientes… al menos hasta que llegó el turno de Joseph y Cáliban.
Rick tomó sus documentos… y de inmediato, su expresión cambió.
—Amm… creo que hay un error, profesores…
El profesor Yannes alzó la mirada, acercándose con curiosidad al trabajador.
—?Qué sucede?
Rick frunció el ce?o y levantó ambas páginas.
—Las letras salieron borrosas en algunos puntos… pero puedo leer algo que me parece… imposible.
Respiró hondo antes de continuar.
—Ambos estudiantes están registrados como usuarios de las tres energías.
El silencio cayó sobre la sala. Los profesores intercambiaron miradas. Finalmente, la profesora Rain habló.
—Eh… no, de hecho, eso es cierto.
Rick parpadeó al escuchar las palabras de la profesora.
—??Qué?! —Miró nuevamente los documentos. no podía creer lo que veía. —Si eso es cierto… entonces lo otro también debe serlo.
—?Lo otro? —preguntó la profesora Rain.
Rick asintió, enfocándose en la hoja de Joseph primero.
—Aquí dice que el joven Sephir tiene 15 a?os, aunque el número está un poco distorsionado, aun puedo leerlo.
Pero cuando bajó la mirada a la hoja de Cáliban… el aire se volvió más denso. Afiló su mirada y acercó el papel a sus ojos, tratando de descifrar los números.
—En el caso del joven Cáliban… —hizo una pausa, incapaz de procesar lo que veía —Hay demasiados números… —El silencio se hizo aún más pesado. —Creo que dice… no lo sé, hay tantos números que el artefacto no pudo poner el número completo en la hoja…
Rick se inclinó más. Sus labios se entreabrieron con incredulidad, tratando de leer dicha cantidad. Un escalofrío recorrió la habitación. Los estudiantes se quedaron de piedra. Joseph giró la cabeza lentamente hacia Cáliban, con los ojos muy abiertos.
No fue el único. Todos en la sala lo miraban con incredulidad absoluta. Finalmente, Cáliban rompió el silencio.
—Se trata de un error, se?or. —Su voz fue calmada, sin un atisbo de duda. —Obviamente tengo 15 a?os. —Cruzó los brazos. —Entregué mis papeles al inicio de la primera prueba.
Rick parpadeó un par de veces.
—?Oh! Es cierto… —Rió, nervioso. —Supongo que debe haber un error en el sistema.
Volvió a mirar el documento, todavía algo desconcertado.
—Quiero decir… es obvio que es imposible…
—Exactamente. —Cáliban asintió con serenidad.
Rick exhaló, dirigiendo su mirada hacia el orbe en la sala.
—Además, la máquina no está programada para leer información de tres energías consecutivas. —Rick frunció el ce?o, pensativo. —Debe ser una interferencia en el sistema… o un error en el cifrado. —El leprechaun volvió a mirar a los profesores. —Tendremos que hacer algunos ajustes después.
Chisholm dejó los documentos en el escritorio con un suspiro.
—Pero por el momento, esto bastará.
Miró a Joseph y Cáliban. Entonces, chasqueo los dedos, haciendo aparecer una pluma y una hoja en el aire.
—Jóvenes, tendrán que llenar sus formularios a mano.
Joseph asintió lentamente, aún procesando todo. Pero mientras firmaba su formulario, no pudo evitar echarle otra mirada a Cáliban. Por más que quisiera descartarlo como un error… no pudo evitar sentir un escalofrío. Y por primera vez desde que conocía a Cáliban… sintió que realmente no sabía nada sobre él.
Al terminar de llenar los papeles, Joseph se le acercó a Cáliban, susurrándole de cerca.
—?Cual es tu edad real?
Cáliban no lo miró directamente, simplemente se encogió de hombros.
—No lo sé… hace mucho tiempo que dejé de contar…
Sus palabras se perdieron en el aire, junto con la mente de Joseph, tratando de procesar lo que acababa de ver. Joseph parpadeó un par de veces mientras Cáliban se alejó con indiferencia..
Una vez terminados los trámites, los objetos contaminados que habían elegido fueron cuidadosamente sellados en peque?as cajas de vidrio reforzado, evitando cualquier contacto directo con ellos.
Al salir por la puerta principal del banco, Joseph notó algo que llamó su atención.
Una mujer de increíble belleza, vestida con un elegante vestido rojo, caminaba con paso firme hacia un callejón en el que colgaba un cartel dorado con letras cursivas que decían:
"Distrito Rojo."
La curiosidad se encendió en su interior. Sin pensarlo dos veces, la siguió. Pero cuando intentó cruzar el umbral de la entrada… una barrera invisible lo rechazó de inmediato.
El impacto lo hizo rebotar y caer de espaldas.
—??Qué demonios…?!
Antes de que pudiera reaccionar, el profesor Yannes apareció a su lado y le ofreció la mano para ayudarlo a levantarse.
—Me temo que no puedes pasar, joven Sephir.
Joseph parpadeó, aún confundido.
—?Qué hay ahí, profesor?
Yannes sonrió de forma enigmática.
—Ese es el Distrito Rojo de Hilloy.
Joseph ladeó la cabeza.
—?Y eso qué significa…?
El profesor suspiró con paciencia.
—Digamos que ahí se realizan ciertas actividades en las que los jóvenes recién egresados no pueden participar.
Joseph se cruzó de brazos, claramente más intrigado.
—?Qué tipo de actividades?
—Me temo que no puedo hablar de eso, está prohibido, eso es lo único que tienes que saber, joven Sephir…
Joseph entrecerró los ojos y volvió a mirar la entrada del Distrito Rojo. Colocó las manos alrededor de la barrera, tratando de asomarse para ver algo… pero la magia distorsionaba la visión del interior.
Frustrado, suspiró y decidió rendirse por el momento, siguiendo al profesor de regreso con los demás. Cuando llegaron con el resto del grupo, Yannes se dirigió a la profesora Rain.
—Profesora, ?Qué parte del recorrido sigue?
Rain exhaló, cruzándose de brazos.
—Me temo que eso sería todo por hoy, profesor. —Hizo un gesto con la cabeza, mirando hacia la calle principal. —Hablé con la se?ora Urr, y aparentemente, aún no abren la tienda de alquimia ni el distrito de investigación. —Miró a los alumnos con una expresión apacible. —Además, todavía faltan profesores por llegar.
Yannes asintió con comprensión.
—Entiendo… —Su voz sonaba un poco desanimada. —Esperemos que para ma?ana todo esté listo. Supongo que eso será todo por hoy. —Se dirigió a los alumnos con un tono más relajado. —Volveremos a la mansión por ahora.
Las expresiones de los estudiantes reflejaban cierta decepción. Después de todo, no habían tenido la oportunidad de ver completamente la academia. Sin embargo… no sería su única oportunidad. Rain sonrió con ligereza.
—Está bien… no pongan esas caras. —Su tono se volvió más animado. —A partir de ma?ana, cuando asistan a la academia, podrán explorar libremente. —Se cruzó de brazos con una expresión confiada. —Tendrán clases divertidas, talleres, clubes… habrá muchas cosas por descubrir.
Los estudiantes intercambiaron miradas. Pese a la ligera decepción, la idea de comenzar con su vida académica era emocionante.
—Descansen por hoy. —a?adió Rain —Ya verán que el día de ma?ana valdrá la pena.
Uno a uno, los alumnos subieron al carruaje con destino a su residencia. Y aunque el recorrido del día había sido interrumpido… algo les decía que la verdadera aventura apenas estaba por comenzar.

