Tanto la profesora como el maestro herrero se quedaron sin palabras. No solo por la increíble habilidad del joven para manejar su propio cuerpo con tal precisión, sino por la energía que acababa de liberar. No era normal. Un estudiante de nivel bajo no debería ser capaz de manifestar energía pura; un cuerpo joven simplemente no está lo suficientemente entrenado para soportarla. La energía pura es diez veces más densa que la impura, y solo después de a?os de rigurosa práctica el cuerpo de un individuo empieza a aceptarla.
Pero no solo el cuerpo debe ser entrenado. La mente también necesita templarse. Un error, una sola distracción al absorberla, y la consecuencia puede ser devastadora. Tales como una desviación mental irreversible, la parálisis total… o la muerte.
La profesora tragó saliva.
—??Energía pura?! —su mente procesaba a toda velocidad lo que acababa de presenciar —Este ni?o… ?Ya puede usar energía pura?
Sus pensamientos volvieron a las palabras de Yannes. En aquel entonces, dudaba de que Cáliban pudiera controlar a este grupo de jóvenes prodigios. Todos ellos eran hijos de héroes legendarios, guerreros con talento y técnicas que superaban lo convencional. Era lógico suponer que no aceptarían a un líder más débil que ellos. La profesora incluso creyó, en su momento, que habían votado por él solo para relegarlo a tareas administrativas, como un simple asistente mientras ellos se dedicaban a entrenar.
Pero al presenciar esta escena, entendió. Las palabras de Yannes resonaron en su cabeza.
—”Tranquila, profesora. Estoy más que seguro de que el joven Cáliban podrá con ellos. Si ellos son monstruos talentosos, mis instintos me dicen que él es mucho peor… créame, no hay nadie mejor que él.”
?John… ?Qué clase de monstruo pusiste a cargo??
Cáliban se adelantó sin vacilar y se dirigió al herrero.
—Lamento la escena, maestro Bardrim. Mis compa?eros se… emocionaron un poco. —Su tono era educado, pero firme —Esperábamos que pudiera darnos un recorrido por el Emporio. ?Sería un problema?
Bardrim, un hombre curtido por el trabajo del metal y las llamas, recuperó la compostura de inmediato. Cruzó los brazos y lo observó con detenimiento, frotando su espesa barba con aire pensativo.
—Así que tú eres el nuevo líder de estos mocosos, ?Eh?
Cáliban sostuvo su mirada sin titubear.
—?Eso es un problema?
Bardrim entrecerró los ojos antes de soltar un resoplido.
—No… solo me parece curioso lo mucho que te gusta jugar con bestias salvajes. Primero la pantera carmesí… y ahora estos ni?os.
Cáliban sonrió levemente sin quitar sus ojos serios.
—Créame, maestro, yo no busco problemas. Ellos me encuentran.
El maestro herrero soltó una carcajada fuerte y gutural.
—?Ja! En efecto… bueno, dejaré pasar esto por ahora. Pero será mejor que se comporten en el futuro. —Se giró con naturalidad y les hizo una se?a hacia la trastienda. —Vamos. Síganme.
La profesora observó con cautela la actitud de Bardrim. Algo en la forma en que miraba a Cáliban… no era simple curiosidad. Era reconocimiento.
??Ese viejo gru?ón… está feliz??
Rain alzó una ceja al ver la expresión de Bardrim. No era común ver al herrero de buen humor, pero parecía disfrutar guiándolos por su dominio.
Una vez dentro, el grupo caminó con la emoción contenida de quienes están a punto de descubrir un nuevo mundo. Incluso los más reservados no podían ocultar su curiosidad. Pero quien más destacaba era Dimerian; sus ojos brillaban como brasas encendidas, devorando cada detalle del taller.
El interior de la forja era un enorme salón que se dividía en varias secciones, con altos ventanales de cristal encantado que proyectan luz natural durante el día y una luz azulada artificial por la noche. El estruendo del metal contra el metal resonaba en la herrería. La fragua ardía con un fulgor anaranjado, el aire olía a hierro y carbón, y los sonidos de los fuelles y el golpeteo de los martillos creaban una melodía caótica, pero armoniosa. Enanos se movían entre las estaciones de trabajo, organizando herramientas, vertiendo metales fundidos y ayudando a los herreros en sus tareas. Dicha Forja Arcana no es solo el hogar de los herreros enanos, sino que se reunían diferentes razas, cada una con su propio dominio único en la creación de objetos mágicos.
Bardrim los guió con la autoridad de quien ha pasado toda una vida entre yunques y llamas.
—Este es el Emporio Martillo Negro. Mi familia ha manejado esta clase de locales por generaciones en Duvengard, abrí este local cuando la academia fue construida, aun no logro hacerla a mi gusto, pero… creo que funciona. —explicó con voz grave —Aquí desmantelaremos las bestias que cacen en el futuro, repararemos su equipo o forjaremos nuevas armas para ustedes. Claro, antes deberán llenar el papeleo correspondiente.
Mientras hablaba, su mirada recorría a los estudiantes, evaluándolos sin disimulo.
Dimerian, incapaz de contener su entusiasmo, alzó la mano. Quería preguntar algo, pero Bardrim le lanzó una mirada de advertencia, frunciendo el ce?o. No le gustaba perder el tiempo con preguntas innecesarias.
Dimerian notó la expresión del herrero y, por un instante, dudó. Bajó la mano lentamente, sintiéndose algo avergonzado. Cáliban, que lo había observado de reojo, chasqueó la lengua con molestia. Se acercó y le puso una mano firme en el hombro.
—Si tienes una pregunta, hazla. —Su tono era serio, pero no severo —Solo elige bien tus palabras y no te desesperes.
Dimerian respiró hondo. Volvió a alzar la mirada, con algo más de determinación.
—Lamento si fui irrespetuoso, se?or. No era mi intención. Es solo que… —dudó por un segundo —Siempre me ha fascinado la herrería. Desde ni?o so?é con aprender, y pensé que al venir aquí podría, finalmente, descubrir un poco más sobre este arte.
Bardrim se quedó en silencio por un momento, evaluándolo con una mirada intensa. Luego, con un leve resoplido, su expresión se suavizó.
—Oh… en ese caso, dime, muchacho. ?Cuál es tu pregunta?
—Ah… me gustaría saber…
La conversación fluyó de manera natural. No sólo Dimerian se animó a preguntar, sino también los demás. Uno tras otro, plantearon sus dudas, y Bardrim respondió con la paciencia y la severidad de un verdadero maestro del oficio.
La herrería era un punto clave para cualquier aventurero. Tener las armas y armaduras en buen estado era una prioridad absoluta para cualquiera que se adentrará en una mazmorra.
En medio de las preguntas, Argos alzó la voz con una inquietud práctica:
—?Qué pasa si no tenemos cómo pagar los servicios?
Bardrim se cruzó de brazos.
—Si no tienen dinero, se les impondrá una sanción. Deberán traer un espécimen en particular para saldar la deuda… o se les retirará alguna pieza que ya hayan traído.
Las respuestas del herrero dejaban claro que, en su mundo, todo tenía un precio. Cuando pensaba que más preguntas normales vendrían, la amazona risue?a alzó la mano con interés, dándole la palabra.
—?Usted puede forjar armas legendarias o divinas? —preguntó Juliana.
Hubo un breve silencio. La pregunta hizo que los demás giraran la cabeza hacia Bardrim con renovado interés. El herrero entrecerró los ojos y acarició su barba, pensativo. La pregunta lo tomó por sorpresa.
Las armas legendarias eran herramientas capaces de llevar al usuario al límite de su poder. Si la energía de un guerrero excedía lo que su arma podía soportar, esta podía romperse o volverse inutilizable. Por eso, las armas legendarias eran el sue?o de cualquier combatiente de alto rango. Eran casi indestructibles… y carísimas de fabricar. Los materiales para crearlas podían valer millones de Oloruns.
Pero las armas divinas… esas eran otra historia.
Estaban en un nivel completamente superior. Se decía que eran artefactos bendecidos por los dioses, o incluso forjados por ellos mismos. Solo unas pocas existían en la actualidad, y cada una era un tesoro invaluable.
Bardrim los miró con seriedad.
—Forjar un arma legendaria es difícil, pero posible… —Su voz tenía un matiz de orgullo contenido —Sin embargo, un arma divina… eso es otro asunto. No cualquiera puede crearlas. Y aunque pudiera, los materiales y los métodos para hacerlo están más allá del alcance de simples aventureros.
Los estudiantes intercambiaron miradas. El tema los fascinaba, pero también les recordaba lo lejos que estaban de alcanzar tal poder. Cáliban, en cambio, no apartó la vista del herrero. Algo en su expresión hacía pensar que, para él, lo imposible… no era más que un reto por superar.
Se dice que, en todo el continente, existen veinticinco armas legendarias… pero solo cinco armas divinas.
Estas últimas son conocidas no solo por su poder inimaginable, sino porque tres de ellas se encuentran en manos de figuras que han marcado la historia:
Lenixion, la Espada Santa: El arma que acabó con el dios maligno y fue bendecida por el mismísimo dios Helios. Las leyendas cuentan que, el día de la caída del Dios maligno, la luz que emitio la espada fue tan grande, que pudo verse desde cada rincón de los reinos. Actualmente, su portador es William Van Saint, el hombre al que llaman el Héroe de la Luz y gobernante de Orión.
Verox, el Látigo Oscuro: Las canciones cuentan que, esta arma en particular, fue hecha con las venas del propio dios dios Camazotz como obsequio al primer rey vampiro, Drácula. A lo largo de los siglos, ha pasado de monarca en monarca, pero solo dos han sido capaces de liberar su verdadero poder… el propio Vlad Dracul, primer Rey de Sangre, y el actual soberano, Themor Dracul. Los ciudadanos de Redvein, aquellos que han vivido desde las profundas raíces de la historia, contaban lo glorioso que fue el día que vieron el arma en acción. El primer rey, la sangre original, tomó el látigo, atando el sol con su hilo, y expulsandolo fuera de sus tierras. Con su vasto poder, formó nubes oscuras sobre su reino, para que la luz no volviera a da?ar a sus hijos.
Por último, estaba Elenchos, el Tridente de los Mares: Un arma sagrada entregada por Poseidón a su sirviente más devoto, quien se dice que es su descendiente directo. El rey de las sirenas, Tritón Thálassa. Los rumores afirman que el vasto poder del tridente es tal, que con solo agitarlo, ejercía un dominio total sobre los mares.
Además, hay registros que narran la existencia de dos armas divinas pérdidas con el paso del tiempo: Raldren, la Daga de la Anarquía y Akrivís, el Arco Maldito. Nadie sabe si siguen existiendo o si algún día serán encontradas…
Luego de esa explicación, Bardrim cruzó los brazos con un resoplido.
—Bueno… tengo el título de maestro herrero. Obviamente puedo forjar armas legendarias. —Su voz sonaba tranquila, pero con el orgullo de alguien que conoce su propio valor —Pero jamás he intentado hacer un arma de nivel divino. Honestamente, ni se me ocurriría. Solo un idiota se atrevería a meterse con los dioses.
Hubo un breve silencio. Al fondo, Joseph giró la cabeza instintivamente hacia Cáliban. Este, sin inmutarse, le devolvió la mirada… junto con un golpe seco en la nuca.
—Deja de pensar estupideces. —respondió Cáliban sin siquiera mirarlo.
Bardrim alzó una ceja, pero no comentó nada.
La visita al Emporio Martillo Negro fue relativamente rápida, aunque para Dimerian, resultó demasiado corta. Había tantas preguntas que quería hacer… pero se contuvo. No era el momento. Cuando Bardrim terminó de responder las últimas dudas, los llevó hasta la salida.
—Cuando tengan dinero, pueden venir a encargarme algunas armas. O, si me traen buenos materiales, les reduciré el costo. —dijo cruzándose de brazos y les dedicandoles una sonrisa feroz —?Cuídense, mocosos!
El grupo dejó la herrería y continuó su camino. su siguiente destino fue una parada inesperada. Era una tienda de ropa. Desde afuera, un enorme escaparate exhibía vestidos de gala, trajes impecables y telas de la más alta calidad.
Reinhard frunció el ce?o al ver el lugar.
—?Por qué estamos entrando aquí? Es raro… —murmuró con desconfianza.
La profesora sonrió con un aire misterioso.
—No te preocupes, joven Tyrant. Una vez dentro, lo comprenderás.
Sin decir más, empujó la puerta y entró al establecimiento.
Desde la calle, podía verse un decorado letrero que decía “Rouche”. Ubicada en el corazón de la calle más transitada del distrito comercial, Rouche no parecía ser una tienda de ropa común. Desde el exterior, el edificio ya destaca por su peculiar arquitectura… una fachada de piedra negra con intrincados bordados dorados que cambian de forma según la luz del día. Un enorme maniquí flotante en la vitrina principal exhibía diferentes conjuntos a lo largo del día, cambiando de atuendo cada vez que un cliente pasaba cerca, como si la tienda misma estuviera evaluando su estilo.
Al cruzar la puerta, un suave aroma a lavanda y cuero fino envolvió a los visitantes, y una brisa mágica ajusta automáticamente la temperatura del lugar para brindar una sensación de confort absoluto.
El centro de la tienda está dominado por un podio circular rodeado de cortinas carmesí, donde los clientes son medidos automáticamente por hilos mágicos que flotan y toman sus medidas con precisión. Encima del podio, un candelabro de cristales flotantes ilumina la estancia con una luz suave que varía según el estado de ánimo de quienes están dentro.
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Los estudiantes recorrieron la tienda con la mirada, maravillados por las vitrinas repletas de exquisitas prendas bordadas. Capa tras capa, chaquetas finamente decoradas y túnicas encantadas resplandecían con un brillo sutil bajo la cálida luz de los candelabros flotantes. Sin embargo, pronto notaron algo inquietante. No había nadie atendiendo la tienda.
Cada rincón del establecimiento estaba meticulosamente ordenado, los maniquíes lucían ropas que se cosían solas, hilos de plata y oro flotaban en el aire, moviéndose con una precisión casi hipnótica, mientras agujas encantadas bordaban telas con una velocidad y destreza imposibles para manos humanas.
Pero no había ni un sola alma a la vista.
Dimerian, incapaz de contener su curiosidad, avanzó con cautela entre los maniquíes. Su mirada viajaba de una prenda a otra, fascinado por la artesanía mágica que cobraba vida ante sus ojos. Sin darse cuenta, llegó hasta el mostrador principal.
Era enorme. Lo suficientemente ancho como para que cuatro o cinco personas pudieran atender detrás de él al mismo tiempo. La madera pulida reflejaba el brillo tenue de los encantamientos que lo recorrían. Pero… algo no estaba bien. Un escalofrío le recorrió la espalda. Sintió que alguien o algo, lo estaba observando.
Sus sentidos se agudizaron. Su respiración se volvió lenta y contenida mientras trataba de ignorar la sensación opresiva que se cernía sobre él. Entonces, lo escuchó. Un sonido sutil, pero inconfundible. Tac. Tac. Tac. Como si unos dedos afilados golpearan lentamente la madera, uno por uno.
Dimerian tragó saliva y, con un miedo creciente, levantó la vista. Desde lo alto del techo, gigantescas patas negras comenzaron a descender lentamente. La luz de los candelabros brilló sobre el pelaje azabache, reflejando un brillo púrpura en sus articulaciones. El horror lo paralizó. Unas enormes garras se extendieron a su alrededor con movimientos gráciles y precisos. Y antes de que pudiera reaccionar… lo atraparon.
Un grito desgarrador llenó la tienda.
La profesora Rain reaccionó de inmediato, girándose con velocidad para ver lo que sucedía. Los demás estudiantes contuvieron la respiración, algunos incluso dieron un paso atrás por instinto.
Desde la penumbra, una figura colosal descendió con elegancia. Sujetaba a Dimerian de la cintura, elevándolo con suma facilidad, como si fuera una simple pluma.
—?Jo, jo, jo! Lo siento, querido, no pude evitarlo…
Su voz era melodiosa y profunda, con un poco de diversión. Finalmente, emergió por completo.
La due?a del local se alzó ante ellos. Ella era Madame Victoria Heilgram, una majestuosa mujer de la raza arácnea.
Su mitad inferior era la de una gigantesca ara?a de ocho patas, con un exoesqueleto negro brillante y decorado con finos patrones de color amatista que reflejaban la luz. Su mitad superior, sin embargo, tenía la apariencia de una dama humana, con un porte refinado y un rostro de rasgos elegantes.
Su cabello, largo y de un tono morado oscuro, caía en ondas sedosas hasta su espalda. Vestía un bello delantal azul, que contrastaba con la impresión aterradora de su tama?o.
Pero lo que más destacaba… era su mirada. Dos grandes ojos violetas llenos de astucia y calidez, acompa?ados de cuatro ojos más peque?os que brillaban con una inteligencia sobrenatural.
La profesora Rain y Madame Heilgram intercambiaron miradas. A pesar de su imponente figura, su sonrisa fue cálida y genuina cuando vio a la profesora.
—?Querida, cuánto tiempo sin verte! —dijo con una voz melodiosa, llena de cari?o.
La profesora le devolvió la sonrisa, como si estuviera viendo a una vieja amiga. Los estudiantes, en cambio… se quedaron congelados. La mitad del grupo no sabía si relajarse o salir corriendo. Y Cáliban… solo suspiró.
—?Madame Heilgram! ?Qué gusto verla otra vez!
La profesora Rain sonrió con calidez mientras se acercaba a la imponente mujer arácnea, quien la recibió con una reverencia elegante. Luego, se giró hacia sus alumnos, presentándolos con orgullo.
—Jóvenes, ella es Victoria Heilgram, la mejor costurera de todo Hilloy. Trajes, bolsas, equipo, vestidos… cualquier cosa que implique tela, ella es la experta.
La arácnea sonrió con orgullo y movió sus múltiples patas con gracia mientras examinaba al grupo.
—?Oh, miren! ?Pero qué rostros tan adorables! ?Y qué potencial tan interesante!
Con una actitud refinada y un entusiasmo contagioso, Madame Heilgram se acercó a los estudiantes, especialmente a las chicas. Comenzó a hablar sin parar sobre telas exquisitas, cortes elegantes y vestidos que realzarían su belleza.
A Juliana, sin embargo, no le hizo ninguna gracia. Odiaba los vestidos, y cada vez que la costurera le mostraba uno, su expresión se volvía más sombría. En cambio, Similia y Elizabeth parecían fascinadas con los vestidos nobles que les ofrecía Madame, tocando las finas telas con admiración.
Mientras tanto, Cáliban se apartó un poco del grupo. Algo en la tienda había captado su interés. Se acercó a una vitrina en la que se exhibía un elegante traje negro con una camisa roja. Los finos bordados de la tela parecían emitir un tenue brillo, casi como si estuvieran vivos.
?Estos trajes… están hechos con un método de costura mágica. La tela no pierde sus propiedades enérgicas y… puedo sentir una resonancia con el Aura…?
—Parece que algo llamó tu atención… —dijo Madame Heilgram con voz suave, de pie justo detrás de él.
Cáliban no se sorprendió.
—Este traje… —murmuró sin apartar la vista —Puedo sentir que emana energía. Tal vez… ?Aura?
La arácnea entrecerró los ojos con interés.
—Vaya, vaya… parece que tenemos a alguien especial aquí. Tienes razón, este traje no solo posee encantamientos mágicos, sino que también está imbuido con propiedades de Aura. —Su sonrisa se amplió —?Te gustaría probártelo?
—Realmente no… —respondió Cáliban con honestidad —No me malinterprete, me gustan los trajes, pero no creo que me sirva demasiado en combate.
—?Oh! Entonces buscas algo más… bélico. ?Puedo hacer eso!
Madame Heilgram aplaudió dos veces en el aire, llamando la atención de los alumnos. Una vez que todos se reunieron a su alrededor, se presentó nuevamente con un tono teatral.
—No por nada ostento mi título, queridos… . mi tienda es un lugar donde la moda y la magia se entrelazan de formas únicas. ?Síganme!
Con un movimiento fluido, subió una elegante escalera de madera y llevó al grupo al segundo piso. Allí, un podio rodeado de cortinas rojas se alzaba en el centro del salón.
—Aquí tomamos medidas para hacer trajes a la medida. —explicó, pero su sonrisa misteriosa sugería que había más.
Con un chasquido de dedos, las gruesas cortinas rojas se abrieron de golpe, revelando vitrinas repletas de armaduras, capas, bolsas e incluso zapatos. Todas las piezas brillaban sutilmente, emitiendo una energía que no pasó desapercibida para Cáliban.
Se acercó a una de las vitrinas y pasó la mano sobre el vidrio.
—Puedo sentir energía en estos también… en realidad, en todos.
—?Por supuesto! ?Bienvenidos al verdadero propósito de mi tienda!
Madame Heilgram extendió los brazos con dramatismo.
—Aquí en Rouche, no solo hacemos prendas de vestir o trajes de gala. También creamos armaduras especializadas, accesorios encantados y equipamiento para aventureros.
Los estudiantes observaban con asombro. Desde las vitrinas se podían ver ropas de distintos estilos, algunas ligeras y elegantes, otras más resistentes y de aspecto robusto. Pero lo que las hacía verdaderamente especiales no era su dise?o… era su magia.
Cada prenda tenía propiedades únicas, convirtiéndolas en herramientas esenciales para los estudiantes, quienes debían enfrentarse a mazmorras peligrosas casi a diario.
Elizabeth, intrigada, alzó la mano.
—?Sí, querida? —preguntó Madame Heilgram con curiosidad.
—?Qué tipo de propiedades se pueden a?adir a la ropa?
La costurera sonrió.
—Bueno… la mayoría de las propiedades se agregan por pedido.
Chasqueó los dedos una vez más y, de la nada, un grueso libro flotante apareció frente a ella, abriéndose con un sonido seco. Madame Heilgram sostuvo el pesado libro flotante frente a los estudiantes y lo abrió con un gesto elegante. Las páginas se deslizaron solas, revelando listas detalladas de propiedades encantadas, precios y los materiales necesarios para cada prenda.
—Déjenme mostrarles algunas de nuestras opciones… —dijo con un brillo en los ojos. —En este libro pueden observar todas las propiedades que manejamos, junto con sus respectivos precios y los materiales requeridos. —explicó con una sonrisa.
Cecilia inclinó la cabeza con interés.
—Entonces, si le traemos los materiales que nos pide aquí… ?El precio será más barato?
—Efectivamente. —Madame Heilgram asintió con orgullo —Nuestros precios siempre estarán a la altura de lo que ustedes compren. Si aportan los materiales adecuados, el costo se reduce considerablemente.
Mientras tanto, Argos se había separado del grupo. Sus ojos se posaron en una capa roja de aspecto majestuoso, expuesta en una vitrina de cristal. Se acercó para leer la placa con detenimiento.
—?"Capa de inmunidad al frío"?
Antes de que pudiera procesarlo, Madame Heilgram apareció a su lado con una rapidez sorprendente, haciendo que Argos diera un peque?o salto del susto.
—?Así es! —exclamó con entusiasmo —Estas capas están hechas con cuero especial y una tela tejida con propiedades ígneas, lo que permite que mantenga el calor del usuario incluso en temperaturas bajo cero. ?Perfecta para quienes viajan a regiones frías o exploran mazmorras heladas!
Al otro lado de la tienda, Reinhard y Joseph debatían frente a una elegante armadura de cuero oscuro.
—?Crees que tengan tallas para lagartos también? —preguntó Reinhard, cruzado de brazos.
—Imagino que sí… pero tendrás que hacer un pedido especial. ?Ya viste cuánto cuesta?
Reinhard se inclinó para observar la placa con el precio… y sus ojos se abrieron de par en par.
—?Por todos los dioses! —murmuró, alejándose de inmediato —Creo que voy a fingir que nunca vi esto.
Joseph soltó una carcajada, pero su atención fue capturada por Cáliban, quien miraba fijamente una peque?a bolsa verde en una vitrina apartada. Curiosos, ambos se acercaron. Cáliban fruncía el ce?o, observando la bolsa con intensidad.
—?Magia espacial…? No… debe ser algo parecido… —susurró para sí mismo.
Joseph ladeó la cabeza.
—?Qué sucede, Cáliban?
—Te has quedado mirando mucho esa bolsa. ?Tiene algo especial? —a?adió Reinhard.
Cáliban asintió lentamente.
—Puedo sentir remanentes de magia espacial, pero al mismo tiempo… no. Es algo similar, pero distinto.
—Muy agudo, jovencito. —Una voz familiar interrumpió la conversación.
Era Madame Heilgram, quien se acercó con una expresión interesada. Parecía divertida… y también impresionada.
—No es magia espacial exactamente. —continuó —Esta bolsa está hecha de piel de Groum, una criatura con habilidades innatas de compresión y expansión de espacio. Gracias a esto, puede guardar grandes cantidades de objetos en su interior.
La costurera extendió una de sus patas y se?aló las costuras superiores de la bolsa, donde peque?as runas doradas brillaban con una tenue luz.
—Estas runas de absorción permiten meter y sacar cosas con facilidad, sin importar su tama?o. Puedes guardar desde un montón de libros hasta una casa entera si lo deseas.
Joseph silbó con admiración.
—Eso suena… increíblemente útil.
—Lo es. —afirmó Heilgram —Pero…
Se inclinó levemente hacia el grupo, bajando la voz como si estuviera a punto de revelar un secreto importante.
—Tiene un límite de peso. No importa qué tan grande sea el objeto, si supera el peso máximo, la bolsa no podrá sostenerlo.
Cáliban asintió, comprendiendo la mecánica detrás del objeto.
—Así que no es exactamente magia espacial, sino un efecto basado en las propiedades de la criatura…
—Exactamente. —Los ojos múltiples de Madame Heilgram brillaron con satisfacción —Aunque he intentado superar ese límite, todavía no he encontrado la manera de hacerlo… ?Pero sigo trabajando en ello!
Reinhard dejó escapar una risa seca.
—Me imagino que debe ser extremadamente cara.
Madame Heilgram sonrió de oreja a oreja.
—Oh, querido… ?Te sorprendería saber cuánto cuesta!
Madame Heilgram no pronunció ni una sola palabra más. Simplemente alzó una mano, extendiendo cinco dedos al aire. Reinhard frunció el ce?o y comentó con inocencia:
—?Cinco mil Oloruns?
La sonrisa de la arácnea no cambió, respondiendo con calma.
—Cinco millones de Oloruns.
El silencio fue inmediato. Reinhard y Joseph palidecieron al instante, sintiendo cómo el alma se les escapaba del cuerpo. Cinco millones era una cifra exorbitante, incluso para artefactos mágicos avanzados.
Cáliban, en cambio, se mantuvo inexpresivo. Su mente ya estaba procesando otras posibilidades.
?Si una bolsa de este nivel cuesta cinco millones… si fabrico bolsas de muy bajo rango y las vendo aquí, podría ganar dinero sin problemas…?
Con un aire pensativo, se acercó a Madame Heilgram y, con total naturalidad, le hizo una pregunta que erizó la piel de la costurera.
—Si hiciera una bolsa con las mismas propiedades… ?Podría venderla aquí?
Un silencio sepulcral cayó sobre la tienda. No solo Madame Heilgram se quedó sin palabras. También la profesora Rain.
Ambas sabían lo increíblemente complejo que era crear una bolsa mágica de almacenamiento. Lo que Cáliban acababa de decir no era diferente a insinuar que el trabajo de Heilgram era fácil, como si cualquiera pudiera replicar sus creaciones. El rostro de la arácnea se endureció.
—?Muchacho! Tú…
Pero justo cuando estaba a punto de reprenderlo, un sonido seco interrumpió la tensión. Un eco profundo resonó en la tienda. Parecía provenir del tercer piso. Un sonido inquietante, como si algo de madera se estuviera astillando y quebrando desde adentro. Como si… algo atrapado estuviera tratando de salir.
El ambiente cambió de inmediato.
Madame Heilgram reaccionó instintivamente, lanzándose hacia arriba con una velocidad imposible. Sus patas se aferraron al techo, trepando con movimientos precisos y elegantes hasta desaparecer en la penumbra del tercer piso.
Los estudiantes se quedaron inmóviles, mirando con asombro la forma en que la costurera escaló por las paredes con la naturalidad de un depredador sigiloso.
—?Qué demonios fue eso…? —murmuró Joseph.
Cáliban decidió no prestarle importancia… hasta que un sonido heló su sangre.
Un susurro. Una voz débil. Peque?a.
—Maestro…
Cáliban se giró de golpe, su mirada recorrió la tienda en busca de la fuente de dicha voz. Pero no había nadie detrás de él. Joseph notó su reacción y le lanzó una mirada de confusión.
—?Sucede algo?
Cáliban dudó por un segundo.
—No… creo que no…
Pero su voz sonó menos segura de lo normal. Antes de que pudieran procesarlo, Madame Heilgram descendió del techo con rapidez, aterrizando con gracia.
—Me temo que este no es un buen momento para continuar con el tour. —dijo con una sonrisa tensa —Profesora Rain, voy a tener que pedirles que se retiren por hoy. —El tono educado de la costurera no encajaba con la seriedad en sus ojos. —Pueden regresar en otro momento, cuando abran sus cuentas y tengan dinero para comprar. ?Les prometo que los atenderé con gusto!
Rain la miró con el ce?o ligeramente fruncido. Había algo extra?o en su actitud… pero no preguntó nada.
—Está bien. ?Es hora de irnos! —anunció a sus alumnos —Nuestra siguiente parada nos espera.
Las chicas del grupo, Elizabeth, Cecilia, Catherine y Similia. Suspiraron con decepción. No querían abandonar la tienda tan rápido. Pero la mirada severa de Madame Heilgram no dejaba lugar a discusión.
Uno a uno, los estudiantes salieron del establecimiento y abordaron el carruaje. Sin embargo, antes de que Rain pudiera irse, Madame Heilgram se acercó a ella y, con un tono susurrante, hizo una pregunta que la profesora no esperaba.
—Disculpe, profesora Rain… ?Podría decirme el nombre del joven que me hizo esa pregunta?
La profesora parpadeó, sorprendida.
—Le pido que lo perdone, Madame. Es nuevo y no sabe…
—No es por eso, créame. —interrumpió la arácnea, sin apartar la mirada del carruaje —Solo es por… curiosidad.
La profesora la observó por un momento, luego exhaló con suavidad.
—Su nombre es Mika’el Cáliban. Es el nuevo líder de la Casa de los Especiales.
Madame Heilgram se quedó quieta.
—Entiendo…
Rain subió al carruaje, preguntándose por qué la costurera había reaccionado con tanto interés. Desde la distancia, Madame Heilgram no apartó la vista de Cáliban mientras el carruaje se alejaba. Su voz, apenas en un murmullo, escapó de sus labios.
—Así que… Cáliban.
Y en el tercer piso de la tienda, dentro de un armario cerrado con múltiples candados mágicos, algo se movía violentamente.
Golpes, susurros, toda clase de ruidos. Y entre todos los sonidos, una vez más… la voz de una ni?a.
—Maestro…

