Los ojos de Cáliban se abrieron lentamente, pesados como si cada párpado estuviera hecho de plomo. Se encontró en una camilla del hospital de Hilloy. Un entumecimiento abrumador recorría cada parte de su cuerpo. No sentía heridas aparentes, pero era imposible ignorar la sensación de que algo estaba mal. Claro, el entumecimiento era preferible al dolor punzante de los huesos rotos.
Entonces, como si fuera una escena ensayada, la figura de la doctora Mirne apareció a un costado, arrastrándose con su característico andar firme y confiado.
—?Es mucho pedir que te mantengas fuera de problemas por unos días, muchacho? —dijo con una mezcla de exasperación mientras se sentaba junto a la cama.
Cáliban soltó una leve carcajada, aunque hasta eso le costaba esfuerzo.
—Lo siento, doctora. Pero si esta academia tiene un hospital tan grande, será porque lo necesitan, ?No?
La doctora alzó una ceja y negó con la cabeza, claramente divertida por la respuesta.
—Muchacho…
El hospital de Hilloy era realmente impresionante. Cáliban lo había notado antes, pero ahora, desde la cama, tenía tiempo para observar con más detalle. Las habitaciones eran más grandes que cualquier hospital que hubiera visto fuera de la barrera. Las camas, incluidas las sábanas y almohadas, parecían hechas para nobles. Hasta las máquinas brillaban con una modernidad casi mágica.
—?Cómo estoy, doctora? ?Voy a necesitar una semana aquí? —preguntó, con un destello de inquietud en sus ojos.
La doctora esbozó una sonrisa.
—Bueno… técnicamente estuviste inconsciente durante un mes.
—??Qué?! ?Un mes entero?
Antes de que su mente pudiera procesar la noticia, Mirne rompió en una carcajada ligera.
—Tranquilo, era una broma. Solo has estado aquí un día.
Cáliban dejó escapar un suspiro de alivio, aunque acompa?ado de un toque de irritación.
—Doctora, no creo que este sea el momento para bromas así…
—Bueno, deberías estar agradecido de que no es algo peor. Tus compa?eros ya se han levantado y estuvieron preguntando por ti desde que despertaron.
La doctora se levantó con gracia, lista para salir de la habitación, pero antes de cruzar la puerta, cuatro figuras irrumpieron en el lugar. Nhun, Cecilia, Joseph y Reinhard llegaron corriendo, sus rostros tenían una mezcla de preocupación y alivio.
—?Cáliban! —gritaron al unísono, como si lo hubieran ensayado.
Las risas y las palabras de bienvenida llenaron la sala. Durante los minutos que siguieron, el tiempo pareció detenerse. Las preguntas y los relatos de lo sucedido comenzaron a fluir como un río imparable.
—Dimerian nos contó todo. —dijo Reinhard con entusiasmo —Tu combate contra ellos fue… increíble, amigo.
—??Cómo pudiste soportar los golpes de Argos?! —a?adió Joseph, aún incrédulo.
Nhun, con su habitual actitud sarcástica, se cruzó de brazos.
—Desearía haber visto la cara de esa perra de Similia cuando caíste, pero verla llena de heridas fue incluso mejor.
Las risas estallaron entre ellos, como un bálsamo para las tensiones recientes. A pesar del ambiente festivo, Cecilia permanecía en silencio. Aunque sonreía, había algo en sus ojos que no podía ocultar… una tristeza que parecía provenir de un lugar profundo.
La doctora Mirne volvió a entrar, interrumpiendo el momento.
—Bueno, chico, los informes dicen que ya puedes irte. Tus heridas están prácticamente curadas. Pero escúchame bien… ?Más te vale no volver aquí en un buen tiempo!
—Gracias, doctora. Intentaré cumplir.
Con esas palabras, Mirne se marchó, dejando a Cáliban y sus amigos en la habitación. Poco a poco, los demás comenzaron a salir, aunque antes de cruzar la puerta, Cáliban llamó a Cecilia.
—Cecilia, espera…
Ella se detuvo, sorprendida, y los demás captaron la indirecta, marchándose sin hacer ruido.
—Ven… —dijo Cáliban, palmeando con suavidad un espacio en la cama.
Cecilia, con un gesto nervioso que contrastaba con su habitual compostura, se acercó y se sentó a su lado. Su rostro, habitualmente tranquilo, reflejaba ahora una lucha interna. Intentaba mantener la compostura, pero pronto las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
Cáliban la miró fijamente, con una mezcla de preocupación y ternura. Sin saber qué decir al principio, simplemente levantó una mano y la colocó sobre la de ella, ofreciéndole un gesto de apoyo silencioso.
—Cecilia… estoy aquí. No he ido a ninguna parte.
Ella soltó un leve sollozo, apretando su mano con fuerza.
—Creí… creí que te perderíamos esta vez.
La habitación quedó en silencio, rota solo por el susurro de las palabras de consuelo de Cáliban, mientras el vínculo entre ambos se fortalecía aún más en aquel tranquilo y solitario día del hospital de Hilloy.
—Lo siento… no quería… —susurró Cecilia, rota por la culpa y el dolor.
Cáliban alzó la vista hacia ella, aún sentado en la cama.
—Está bien… si llorar te hace sentir mejor, hazlo. —respondió con suavidad, intentando calmarla.
Cecilia negó con la cabeza, su voz se quebraba con cada palabra.
—No es eso… es solo que… —Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas. Por más que intentaba contenerse, no podía evitarlo. —Esta es la tercera vez… que casi mueres por mi culpa.
Cáliban frunció el ce?o, confundido.
—?De qué estás hablando?
Ella apretó los pu?os, temblando.
—Van tres veces que arriesgas tu vida… y yo no he podido hacer nada, ?Nada! —exclamó, cargada de desesperación —Me siento inútil, horrible… solo soy una carga.
Las palabras pesaban en el aire. Cecilia rompió en llanto, incapaz de sostener su fachada por más tiempo. Había sido demasiado… la emboscada, la segunda evaluación, los combates en los que siempre terminaba siendo protegida. Todo eso se acumulaba en su pecho como un peso insoportable.
—Durante la emboscada… en la evaluación… incluso cuando intenté defender a Nhun… no pude hacer nada. Solo fui una carga horrible. Vi cómo herían a Nhun dos veces por mi culpa…
Cáliban se quedó en silencio. Las palabras de Cecilia eran honestas, crudas, y aunque no quisiera admitirlo, contenían una verdad incómoda.
—Es por eso que…
Cecilia se secó las lágrimas con la manga, aunque estas seguían cayendo. Con una decisión repentina, se levantó y se arrodilló frente a Cáliban. Bajó la cabeza hasta el suelo, sus lágrimas formaron peque?os charcos en el frío piso del hospital.
—?Por favor, entréname! ?Hazme más fuerte!
El gesto dejó a Cáliban sin palabras. No esperaba ver a Cecilia así… vulnerable, pero decidida.
—Escucha… no sé por qué piensas que yo puedo entrenarte. ?Qué podría ense?arte yo? —dijo, intentando mantener la calma.
—?Eso no es cierto! —Cecilia levantó la cabeza, sus ojos brillaban con una intensidad que lo desarmó —Vi cómo ayudaste a Reinhard. Ese combate contigo lo hizo más fuerte.
—él ya era fuerte. —respondió Cáliban, desviando la mirada —Solo le di un empujón.
—No importa. Te lo suplico… haré lo que sea, pero por favor…
Cecilia estaba dispuesta a cualquier cosa. Sin embargo, Cáliban negó con firmeza.
—No. Y esa es mi última palabra.
Se levantó de la cama, dispuesto a abandonar la sala, aunque su cuerpo aún no estaba completamente recuperado. Cecilia, impulsada por la desesperación, lo detuvo colocando una mano sobre su pecho.
—Espera… yo…
La interrupción desencadenó algo inesperado. Una luz comenzó a emanar del pecho de Cáliban, brillando con una intensidad cegadora. Ambos quedaron paralizados, incapaces de comprender lo que estaba sucediendo.
—?Eh? —balbuceó Cecilia, retrocediendo instintivamente.
Cáliban sintió una oleada de dolor indescriptible recorrer su cuerpo. Era como si su corazón estuviera a punto de estallar.
—?Mierda! —jadeó, cayendo de rodillas al suelo mientras trataba de recuperar el control.
Rápidamente, asumió una posición de meditación, intentando calmar la energía desbordante que ahora fluía dentro de él.
—Cecilia, cuida la puerta. Asegúrate de que nadie entre.
Ella asintió con un nudo en la garganta, retrocediendo hacia la puerta. Aunque estaba aterrada, se mantuvo firme.
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Mientras tanto, Cáliban luchaba por contener la energía.
??Mierda, esto duele… demasiado!? —pensó, sintiendo cómo cada célula de su cuerpo parecía al borde del colapso.
La energía no se parecía a nada que hubiera experimentado antes. No era aura, ni maná, ni ánima. Era algo completamente nuevo.
?Esto… no puede ser normal. Es como si… como si fueran varias energías fusionándose… algo puro, algo más poderoso… pero mi cuerpo no puede soportarlo. ?Agh!?
La luz que emanaba de su pecho se intensificó, haciendo que el cuarto entero brillara con una claridad antinatural.
—Cáliban… ?Qué está pasando? —preguntó Cecilia, incapaz de contener su miedo.
A pesar de su advertencia, ella se acercó, ignorando su propio temor. Al ver el estado crítico de Cáliban, instintivamente extendió una mano hacia la fuente de la luz.
En el momento en que sus dedos tocaron su pecho, algo extraordinario ocurrió. La luz se disipó de repente, y en su lugar, un libro flotante apareció en el aire.
Cecilia retrocedió, asombrada.
—?Un… libro?
Cáliban alzó la vista, respirando con dificultad. Aún arrodillado, observó el objeto con una mezcla de asombro y confusión.
—Esto… —susurró —Esto no debería ser posible.
El libro flotaba entre ambos, girando lentamente. Sus páginas brillaban con una escritura desconocida que parecía cambiar constantemente, como si estuviera viva.
Cecilia lo miró fijamente, con una mezcla de fascinación y miedo.
—Cáliban… ?Qué significa esto?
—No lo sé…
?Es el libro de mi sue?o…? —pensó Cáliban, mientras el objeto flotaba frente a ellos con un resplandor casi hipnótico.
Antes de que pudiera procesar lo que estaba ocurriendo, un rayo de luz salió disparado del libro, atravesando directamente el corazón de Cecilia. Su cuerpo cayó al suelo como una marioneta cuyos hilos habían sido cortados. Cáliban apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando un segundo rayo lo impactó a él. Entonces, todo se apagó.
Cuando abrió los ojos de nuevo, se encontró rodeado por una oscuridad absoluta. Mirara donde mirara, no había nada, ni siquiera el suelo bajo sus pies parecía tangible. Se incorporó con dificultad, sintiendo el peso de la confusión aplastarlo.
—?Dónde estoy?
Entonces la vio… Cecilia, estaba tumbada a su lado, aún inconsciente.
—No lo entiendo… ?Qué sucede? ?Por qué está Cecilia aquí?
No tuvo tiempo para más preguntas. Una presencia abrumadora llenó el aire detrás de él, como si el mismísimo cosmos lo estuviera observando. Su instinto lo hizo girar rápidamente, y lo que vio lo dejó atónito.
—Maestro… ?Qué hace aquí?
Frente a él estaba la figura de su maestro, inmóvil, observándolo con una mirada impenetrable. Pero algo estaba mal. Su maestro no respondió a sus intenciones. Antes de que Cáliban pudiera insistir, de la penumbra emergió otra figura.
Era una mujer… o al menos parecía serlo. Su forma era esbelta y femenina, pero carecía de rostro. Su piel, negra como el vacío más allá del universo, parecía estar hecha de estrellas que brillaban y desaparecían en un constante ciclo de creación y destrucción. Su cabello, blanco y largo, parecía fluir como un río galáctico, y su vestido, decorado con galaxias y constelaciones, se arrastraba hasta el suelo.
—?Aléjate de ella! —exclamó Cáliban al ver que la figura se acercaba a Cecilia.
La entidad se detuvo. Aunque no tenía boca, parecía transmitir una expresión serena. De su rostro vacío surgieron dos ojos blancos que irradiaban calma, pero también un poder inmensurable. Sin decir una palabra, extendió una mano y tocó suavemente la nariz de Cáliban con un gesto sorprendentemente tierno.
—??Qué es lo que quieres?! —gru?ó, dando un paso atrás, pero manteniéndose firme.
En respuesta, la mujer extendió su mano y, de la nada, apareció un libro. Era diferente al que había visto antes. Su cubierta, negra y rugosa, parecía estar hecha de huesos entrelazados. En el centro, la portada tenía la forma de un cráneo.
—?Un grimorio? —murmuró Cáliban, entre la fascinación y el temor —?Por qué nos darías eso? ?Qué es lo que contiene?
La figura permaneció en silencio, girándose nuevamente hacia Cecilia. Pero Cáliban se interpuso.
—?No dejaré que le des nada hasta que me digas quién eres o qué quieres!
La mujer inclinó levemente la cabeza, como si analizara sus palabras. Luego, sin previo aviso, el libro comenzó a brillar con un resplandor blanco cegador.
—?Espera! —gritó Cáliban, intentando protegerse los ojos.
En un abrir y cerrar de ojos, todo se volvió blanco. Lo último que alcanzó a ver fue cómo la entidad abrazaba a Cecilia con una ternura casi humana antes de que el resplandor lo envolviera por completo.
Cáliban despertó de golpe, jadeando, con el corazón martillándole en el pecho como si acabara de librar una feroz batalla.
—?Qué sucedió? ?Dónde… estaba? —respiro pesadamente.
Su mirada recorrió el entorno rápidamente, reconociendo las paredes del hospital de Hilloy. La familiaridad del lugar no hizo nada por calmar su inquietud. A su lado, Cecilia comenzaba a moverse, frotándose los ojos con lentitud, como si despertara de un largo sue?o.
—?Dónde estoy? —preguntó ella con voz temblorosa, alzando la vista hacia Cáliban —?Cáliban… eres tú?
—Sí, soy yo. —La voz de Cáliban era firme, pero te?ida de preocupación —?Estás bien, Cecilia?
—Creo que sí… pero… ?Qué sucedió?
Cáliban le ofreció una mano para ayudarla a incorporarse. Cecilia la aceptó sin dudar, pero su rostro reflejaba una mezcla de confusión y desorientación.
—?Recuerdas algo? —preguntó Cáliban, intentando mantener la calma mientras su mente buscaba respuestas.
Cecilia negó con la cabeza.
—Lo último que recuerdo es que estabas meditando… luego hubo una luz blanca, y… eso es todo. Después de eso, todo está en blanco.
Cáliban frunció el ce?o, una sombra de frustración cruzó su rostro.
—?Nada más? ?Ni siquiera un libro?
—?Un libro? —Cecilia pareció aún más confundida —No… no recuerdo nada sobre un libro.
Cáliban dejó escapar un profundo suspiro, forzándose a ocultar la intranquilidad que crecía dentro de él.
—Entonces… supongo que no pasó nada.
Ambos abandonaron el hospital en silencio, sumidos en sus propios pensamientos. La caminata hacia la mansión fue tensa, envuelta en un incómodo mutismo. Cecilia mantenía la cabeza gacha, como si luchara por darle sentido a algo que no lograba recordar. Mientras tanto, Cáliban sentía que algo estaba fuera de lugar, como un rompecabezas incompleto con piezas faltantes.
?Algo no cuadra…? —pensó, mientras el eco de las últimas horas revoloteaba en su mente. ?Esa luz del libro… nos golpeó directamente en el corazón. ?Qué fue lo que ocurrió después? ?Por qué no puedo recordarlo? Y lo más importante… ?Por qué siento esto dentro de mí ahora??
Desde que había despertado en ese cuerpo, Cáliban nunca había logrado activar su núcleo. No importaba cuánto intentara o qué métodos probara, su energía permanecía inerte, como un pozo seco. Pero ahora… ahora algo fluía dentro de él. No era un flujo natural; era extra?o, turbulento, como un río que nunca antes había recorrido ese cauce.
Cecilia, caminando a su lado, también cargaba con un peso que no lograba comprender. Aunque no recordaba nada de lo sucedido, había una sensación persistente en su pecho, como si algo importante estuviera a punto de escapar de su alcance.
Mientras caminaban en silencio, Cecilia finalmente rompió el incómodo mutismo.
—Entonces… ?No vas a ayudarme a hacerme más fuerte? —preguntó, con un poco de desesperación en su voz.
Cáliban suspiró, evitando mirarla directamente.
—Lo siento… si necesitas ayuda con algo puntual, claro que lo haré, pero no creo que pueda entrenarte.
Cecilia apretó los pu?os, su voz se tornó más firme, aunque cargada de vulnerabilidad.
—Haré lo que sea… no importa qué tan duro sea, te prometo que no me quejaré… solo… no me dejes sola.
Las palabras de Cecilia golpearon a Cáliban como un pu?al. Se detuvo en seco, pero no se giró. Su voz, quebrantada, apenas logró salir.
—No lo haré… no importa qué me digas, no cambiaré de opinión.
Intentó seguir caminando, pero Cecilia tomó su mano con fuerza. Cuando alzó la mirada hacia ella, lo que vio lo desarmó. Su rostro estaba empapado de lágrimas, una mezcla de dolor y determinación que era imposible ignorar.
—Realmente eres molesta… —murmuró entre suspiros, pasando un dedo para limpiar las lágrimas de su rostro.
Mientras lo hacía, sus pensamientos comenzaron a arremolinarse en su mente, golpeando como olas en una tormenta.
?Durante tanto tiempo deseé tener el poder para proteger lo que amaba. Día tras día, me preguntaba qué habría pasado si hubiera sido más fuerte… si hubiera tenido la fuerza para salvar a mi gente, a mi tierra, a mis hermanos. Pero… incluso si tuviera el poder de regresar en el tiempo, nada cambiaría. Soy débil. Siempre lo he sido. Y cuando intenté protegerme de ese dolor renunciando al amor, a la amistad ya la felicidad… pensé que podría vivir sin sufrimiento. Qué ingenuo fui.?
Un eco lejano resonó en su memoria… eran las palabras de su maestro.
—”No despojes a tu corazón de lo que necesita. El dolor de perder algo importante simboliza lo especial que era para nosotros. Créeme, ese dolor vale la pena. Siempre ha sido así, y siempre lo será. No lo olvides, discípulo mío.”
Cáliban cerró los ojos por un instante, tomando una decisión.
—Perdóname… pero no puedo.
Cecilia quiso protestar, pero cuando vio el rostro de Cáliban, se detuvo. Peque?as lágrimas brotaban de sus ojos. Era la primera vez que lo veía así. Siempre serio, siempre estoico, y ahora… vulnerable. Fue como si le hubieran arrojado un balde de agua fría.
Cáliban limpió sus lágrimas rápidamente y retomó la marcha, como si nada hubiera pasado.
—Vamos. Deben estar esperándonos en la mansión.
Cuando llegaron a la sala principal, el profesor los esperaba rodeado por el resto del grupo. Todos estaban de pie, como si la reunión fuera de gran importancia.
—?Vaya, se han tardado bastante! —comentó Nhun con una sonrisa traviesa —No me digan que estaban en una cita.
—?Nhun! —espetó Cecilia, sonrojándose visiblemente.
—Tranquila, solo era una broma. —contestó entre peque?as risas.
Joseph se acercó a Cáliban con discreción, bajando la voz.
—?Qué sucedió? Te ves… diferente.
Cáliban lo miró de reojo antes de responder.
—Mi núcleo… despertó.
Joseph abrió los ojos con sorpresa.
—?Qué? ?Cómo?
—Te lo contaré más tarde…
—Bien… —Joseph asintió, aunque no pudo ocultar su desconcierto. Había algo más en la actitud de Cáliban. Se veía más sombrío de lo normal, y eso lo preocupaba.
El profesor aplaudió, llamando la atención de todos.
—Muy bien, es suficiente. Ahora vamos a tratar un tema importante.
Todos los integrantes de la casa tomaron asiento, atentos.
—Como saben, el colegio comienza en tres días. La academia tiene una regla clara… los estudiantes deben formar equipos de hasta quince personas. Estos "grupos de estudio" están dise?ados para que trabajen juntos, se apoyen en las materias, entrenamientos, cacerías y demás actividades.
El profesor hizo una pausa, mirando a cada uno.
—Cada equipo necesitará un líder. Esta persona tendrá la responsabilidad de organizar al grupo, asegurarse de que sus compa?eros cumplan con sus tareas y realizar informes semanales sobre sus actividades.
Juliana levantó la mano con un aire burlón.
—Osea, básicamente, seremos sus ni?eros.
El profesor sonrió.
—En términos simples, sí. Ahora bien, deben votar por alguien que ocupe el cargo de líder. Pero escuchen bien… quien sea elegido tendrá que asumir el rol, le guste o no.
Hubo un silencio incómodo. Nadie levantó la mano para postularse voluntariamente. La idea de cuidar a un grupo completo no era algo que entusiasmara a ninguno de ellos. Incluso Argos, que normalmente habría saltado al desafío, permaneció callado, todavía estaba avergonzado después de su derrota frente a Cáliban.
El profesor suspiró.
—Veo que nadie quiere postularse. En ese caso, no me queda más remedio que elegir a alguien al azar.
Todos tensaron los hombros al escuchar esto.
—Comencemos con… Leyfuur.
Argos se levantó, pero sólo Catherine y Similia levantaron la mano para apoyarlo. Su rostro se tornó rojo de vergüenza e impotencia, y rápidamente se sentó.
—Ya veo… —El profesor repasó la lista de nombres hasta detenerse en uno —Bien, ?Qué tal Cáliban?
Al oír su nombre, Cáliban frunció el ce?o. Antes de que pudiera protestar, todos los demás levantaron la mano sin dudarlo.
El profesor sonrió ampliamente.
—Bueno, eso lo resuelve. ?Felicidades, nuevo líder de equipo!
Cáliban cerró los ojos, llevándose una mano a la cara.
??Malditos mocosos!?

