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Capítulo 23: Te lo advertí

  El combate estaba a punto de comenzar, y la tensión en el aire era palpable. Cáliban se encontraba frente a tres jóvenes con una energía de tercer nivel que irradiaban poder. Sin embargo, su mirada permanecía inquebrantable, serena, como si la desventaja numérica no fuera más que un detalle insignificante.

  —Si quieren vencerme… tendrán que atacar los tres a la vez. —declaró con voz firme, dejando que sus palabras retumbaran como un desafío que ninguno de ellos podía ignorar.

  Argos sintió que la sangre le hervía ante la provocación. Las venas de sus brazos se hincharon, delatando la furia que crecía a cada instante.

  —??Quién te crees que eres?! —rugió, dando un paso al frente —?Un simple sin núcleo no debería ser tan arrogante!

  Similia soltó una risita burlona, acariciando su cabello verde mientras sus ojos brillaban con un aire de superioridad casi teatral.

  —Déjenmelo a mí. —interrumpió, mirando a los otros con una sonrisa llena de suficiencia —Trataré de dejarlo entero… después de todo, es el deber de la nobleza corregir a los plebeyos.

  Cáliban ladeó la cabeza, un gesto entre curioso y desafiante, antes de hablar con calma.

  —Bueno… se los advertí.

  Similia no perdió tiempo. Sus ojos se tornaron de un verde intenso que parecía arder con energía mientras comenzaba a recitar un conjuro. Las palabras fluían de sus labios con rapidez, una melodía mortal que culminó en apenas cinco segundos.

  ?No hay manera de que él pueda esquivar esto? —pensó, con la certeza de quien conoce su propia destreza.

  —?Carrera de espinas!

  De la tierra comenzaron a surgir raíces cubiertas de espinas que se lanzaron con velocidad hacia Cáliban, buscando envolverlo en una trampa letal.

  Elizabeth observó el hechizo perfectamente lanzado, analizando cada patrón de ataque mientras avanzaban.

  ?Puedo sentir una gran carga natural en cada raíz… es imposible para el esquivar cada raíz con precisión?

  No obstante, a pesar de sus pensamientos, el plan de ataque que trazó Cáliban en su mente la dejaría sin aliento.

  —Ya veo… así que estas espinas fueron las que dejaron marcas en Nhun. —dijo Cáliban mientras esquivaba con agilidad cada ataque.

  Las raíces parecían imparables, brotando en cada lugar donde él intentaba pisar.

  —?Ja! —rió Similia con una mezcla de burla y satisfacción —?Mis raíces te seguirán a donde vayas!

  Cáliban sintió algo extra?o, una interferencia invisible que se colaba en sus pensamientos. No importaba hacia dónde esquivara; las raíces de espinas siempre encontraban su punto de apoyo, como si anticiparan cada uno de sus movimientos. Entonces lo sintió… un leve peso en su mente, una presión sutil pero persistente, como si alguien estuviera intentando abrirse camino dentro de su psique.

  Al dirigir la mirada hacia Similia, la vio con el rostro tenso y los ojos cerrados en profunda concentración. Su poder se desplegaba como un río invisible que buscaba invadir su mente.

  ??Por qué…? ?Por qué no puedo entrar en su mente?? —pensaba Similia, frustrada ?La miserable elfa oscura cayó sin esfuerzo… ?Qué hace a este plebeyo diferente??

  Cáliban arqueó una ceja, sus labios se curvaron en una sonrisa cargada de ironía.

  —Ya veo… puedes leer la mente. —murmuró con calma, como si simplemente estuviera narrando un hecho evidente.

  Similia abrió los ojos de golpe. Su mirada tembló al escuchar esas palabras, su confianza se resquebrajaba como un vidrio roto. El sudor comenzó a recorrer su frente mientras redoblaba sus esfuerzos, empujando con todas sus fuerzas para atravesar las barreras de Cáliban. Sin embargo, lo que encontró fue resistencia. Una fuerza implacable y feroz que rechazaba su intrusión con pura voluntad.

  De repente, Cáliban cerró los ojos y se concentró. Con un gru?ido de esfuerzo, rechazó el intento mental de Similia, como un portón que se cerraba con violencia. La reacción fue instantánea.

  —?Agh! —Similia gritó, llevándose ambas manos a la cabeza mientras un agudo dolor atravesaba su mente. Una fina línea de sangre brotó de su nariz, evidenciando la intensidad del rebote psíquico.

  —??Cómo?! —jadeó, con la voz rota por la incredulidad —?No hay manera de que puedas rechazar eso!

  —?En serio? —respondió Cáliban con un tono burlón, ladeando la cabeza como si la pregunta le divirtiera.

  La tensión creció en el aire. Los ojos de Similia se llenaron de rabia e impotencia mientras su mente buscaba una explicación. Pero Cáliban permanecía allí, impasible mientras esquivaba los ataques, su mirada perforó la de su oponente con una intensidad que parecía incendiar el espacio entre ellos.

  Similia retrocedió un paso, tambaleándose, mientras Cáliban avanzaba lentamente hacia ella.

  Sin previo aviso, arremetió directamente contra ella, sus movimientos eran ágiles y precisos como el de un depredador. Similia apenas tuvo tiempo para reaccionar; con un rápido movimiento de manos, creó un escudo de espinas que parecía impenetrable.

  Pero Cáliban ya había anticipado su defensa. En lugar de atacar de frente, saltó por encima del escudo con una gracia casi imposible, aterrizando justo detrás de ella. La patada que lanzó a su espalda fue certera, enviándola al suelo con un impacto que arrancó un grito ahogado de sorpresa y dolor.

  —Parece que no puedes atacar y defenderte a la vez, ?Eh? —comentó Cáliban, cargado de un tono irónico que hacía arder la humillación de su oponente.

  —?Silencio! ?No eres nada! —gritó Similia mientras se levantaba con furia, alzando su mano hacia el cielo —?Lanzas de la naturaleza!

  Del suelo brotaron raíces puntiagudas, afiladas como dagas, que volaron hacia Cáliban con velocidad mortal. Pero él, imperturbable, esquivó cada una de ellas con movimientos tan rápidos que parecían casi sobrenaturales.

  —Tienes una pésima puntería, cabeza de césped. —comentó con una sonrisa ladeada.

  La burla fue la chispa que encendió aún más la ira de Similia.

  —??A quién llamas cabeza de césped?! —rugió, apretando los dientes mientras preparaba su siguiente ataque.

  El combate apenas comenzaba, pero la balanza ya empezaba a inclinarse, no por la fuerza, sino por la mente y la habilidad de un guerrero que no conocía el miedo.

  Justo cuando estaba frente a Similia, Cáliban estiró su brazo hacia atrás, concentrando toda su fuerza en un único y brutal movimiento. Su mano izquierda avanzó como un meteorito, impactando con una fuerza devastadora en el rostro de Similia. El golpe resonó como un trueno, y ella fue arrojada al suelo de nuevo, rodando como un mu?eco roto. Esta vez, escupió sangre mientras un hilo carmesí descendía de su nariz.

  Similia, tambaleándose, trató de levantarse con dificultad. Su mirada estaba perdida, y su cuerpo, desorientado por el impacto, parecía incapaz de responderle. Pero Cáliban no le concedió respiro. Su pie impactó con violencia en su vientre, sacándole otro alarido y obligándola a escupir más.

  En un último y desesperado intento, Similia alzó las manos y convocó su escudo de espinas, arremetiendo con él hacia Cáliban en una carga directa.

  —Nada mal, pero… —comentó Cáliban, su tono era indiferente mientras la observaba avanzar.

  Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Cáliban simplemente se hizo a un lado, como si su movimiento fuera insignificante, y colocó su pie en el camino. El resultado fue inmediato… Similia tropezó y cayó al suelo de forma torpe, rodando mientras su escudo se disipaba.

  —Si eres un mago, deberías guardar tu distancia. —a?adió con una sonrisa de desdén.

  Similia, a pesar de la humillación, no dejó que el orgullo le impidiera responder.

  —Je… y tú deberías vigilar tu espalda. ?Lanza de la naturaleza! —gritó, mientras una afilada lanza de espinas se materializaba tras Cáliban, volando directo hacia él.

  En el instante en que la lanza iba a perforarlo, Cáliban movió ligeramente su cuerpo, atrapándola con su mano desnuda.

  —Si sostienes una rosa, puede que te topes con las espinas. —murmuró con calma y una gran sonrisa en su rostro.

  Similia chasqueó los dedos, y la lanza en su mano respondió de inmediato. Las espinas crecieron de golpe, perforando la palma de Cáliban. La sangre comenzó a fluir, goteando al suelo mientras el alto elfo sonreía triunfante.

  —?Ja! ?Qué se siente, plebeyo? —se mofó Similia, viendo su propio hechizo cobrar vida —?Deberí-!

  —Deberías callarte de una buena vez. —interrumpió Cáliban con voz gélida, sus ojos ahora estaban encendidos por una furia apenas contenida.

  Similia dio un paso atrás, su sonrisa se desmoronó al ver la escena frente a ella. La mano de Cáliban estaba ba?ada en sangre, pero no mostró ni un solo gesto de dolor. Su mirada, cargada de una ira abrasadora, parecía perforar el alma de la elfa.

  —N-no… ?Eso no es posible! —tartamudeó, con el corazón acelerado —?Cualquiera que toque el veneno de mis espinas debería estar gritando de dolor!

  Cáliban levantó la lanza y la inspeccionó como si no fuera más que un simple palo.

  Stolen novel; please report.

  —?Veneno? Oh… ?Te refieres a este veneno? —dijo, antes de blandirla como un garrote y golpear a Similia en el costado.

  El impacto resonó con fuerza, arrancando de ella un grito desgarrador que retumbó en todo el campo de batalla. Sin piedad, Cáliban descargó otro golpe, y luego otro, cada uno acompa?ado por un alarido de dolor que hacía eco en los alrededores.

  —?Por favor! ?Detente! ?Lo siento! ?Duele! —suplicó Similia, sus palabras se entrecortaron por los gemidos de dolor.

  Elizabeth estaba anonadada. Este tipo de crueldad le traía malos recuerdos, pero incluso así, no apartó su mirada del combate.

  —?Detenerme? —repitió Cáliban con frialdad —?Acaso no eres inmune a tu propio veneno? Qué pena…

  Similia intentó responder, pero otro golpe la silenció. Cáliban continuó hasta que la lanza en su mano se partió en dos, dejando a Similia tirada en el suelo. Su cuerpo estaba cubierto de sangre, ara?azos y heridas. Se retorcía en el suelo, llorando de forma incontrolable mientras sus gritos se apagaban en ecos distantes.

  —No te quejes… Nhun estaba en peor estado. —sentenció Cáliban, cortante como una cuchilla.

  Similia apenas podía mover los labios. Cáliban selló el combate con un último golpe directo al rostro, dejándola inconsciente. Luego, sin siquiera mirarla, giró su atención hacia Catherine y Argos.

  Ambos estaban congelados, incapaces de procesar la brutalidad que acababan de presenciar. Cáliban los miró con calma, completamente neutral mientras preguntaba:

  —?Quién sigue?

  Argos tragó saliva, horrorizado por lo que acababa de presenciar.

  ?Usó las propias lanzas de Similia para derrotarla… ?Maldito psicópata!?

  —?Catherine! —exclamó, girándose hacia ella con urgencia —Necesitamos atacarlo al mismo tiempo si queremos una oportunidad.

  —?Tienes un plan? —preguntó ella, con el corazón latiendo con fuerza.

  —Algo así… solo distráelo con tus hechizos. Necesito tiempo.

  —?Bien! —respondió Catherine, mientras sus manos comenzaban a brillar con un resplandor mágico, preparándose para el siguiente asalto.

  Catherine comenzó a recitar su hechizo, y una gélida tormenta comenzó a formarse alrededor de sus manos. El aire se volvió helado, cargado de escarcha que danzaba en el viento mientras concentraba todo su poder en un punto frente a ella.

  —?Muro Gélido! —exclamó, y un enorme muro de hielo emergió del suelo, sólido y reluciente como un cristal inquebrantable.

  Astrid observó el enorme muro de hielo desde la distancia. Al tener un poco de experiencia militar gracias a su tía y las lecciones de esgrima con Liviana, pudo determinar las intenciones de Catherine rápidamente.

  —Una trampa… —susurro para ella misma.

  Cáliban, con una expresión indiferente, observó la barrera.

  —Vaya… magia de hielo, ?Eh? —comentó, más como un pensamiento en voz alta que como un elogio.

  Sin detenerse, rodeó el muro para atacar a Catherine directamente. Sin embargo, ella ya estaba preparada. Desde el cielo, cinco grandes témpanos de hielo comenzaron a caer con precisión mortal hacia su posición.

  —?Lluvia de escarcha!

  Cáliban levantó la mirada, evaluando rápidamente la situación.

  —Buena estrategia, pero…

  Sin inmutarse, atrapó los témpanos con las manos, uno tras otro, deteniéndolos antes de que lo alcanzaran. Luego, con un movimiento fluido, los arrojó de regreso hacia Catherine.

  Ella reaccionó de inmediato, saltando hacia un lado para esquivarlos. Pero Cáliban había previsto su movimiento. Como un depredador que anticipa el próximo paso de su presa, se movió con velocidad y le propinó una patada directa en el rostro en pleno aire.

  —?Agh! —gimió Catherine al caer al suelo.

  Cáliban la miró con desdén mientras ella intentaba levantarse.

  —He oído que las ninfas de las monta?as no tienen sentimientos, que son tan frías como el hielo, inertes ante la alegría, el dolor o la ira. Pero parece que no es tu caso… —dijo con tono burlón mientras la observaba luchar por mantenerse en pie —Veamos si es cierto.

  Sin darle tiempo a responder, Cáliban la alzó y tomó del pie en el aire. Con la misma facilidad con la que se manejaría una cuerda, comenzó a estamparla contra su propio muro de hielo repetidamente. Cada impacto resonó con fuerza, hasta que el muro finalmente se quebró bajo la violencia de los golpes. Catherine salió disparada a través de los escombros, tosiendo sangre mientras caía al suelo.

  —?Cof, cof! ?Maldito demente! —gritó entre jadeos, tratando de contener el dolor que la consumía.

  La sangre brotaba de su cabeza, y mientras veía la figura de Cáliban acercándose lentamente hacia ella, un miedo primitivo emergió desde lo más profundo de su ser. Su rostro, antes inexpresivo y frío como la nieve, se transformó en el de una ni?a aterrorizada, con lágrimas deslizándose por sus mejillas.

  —P-por favor… no más… duele demasiado…

  Cáliban se detuvo frente a ella, sus ojos eran sombríos y cargados de desprecio por la joven.

  —?Duele? Sí… duele. Pero aun así no te detuviste con ella… —respondió, como un cuchillo helado.

  En la mente de Catherine surgieron las imágenes de Cecilia, otra víctima. Recordó cómo ella suplicaba mientras ella seguía golpeándola con témpanos y congelaba su sangre en las heridas, ignorando sus gritos de agonía.

  —El hielo puede llegar a quemar… ?Lo sabías? Pero hay un dolor aún mayor.

  —?Eh? —balbuceó Catherine, desconcertada.

  Antes de que pudiera reaccionar, Cáliban tomó su brazo con fuerza y, con un movimiento rápido y brutal, quebró los huesos de su mano. Catherine gritó de agonía, el sonido desgarrador de su sufrimiento llenó el aire.

  Sin detenerse, Cáliban tomó uno de los témpanos que ella misma había conjurado. Aunque el hielo entumecía su mano, él no mostró se?ales de debilidad. Usó el témpano como un mazo, golpeando con precisión cada extremidad de Catherine, rompiendo uno a uno los huesos de sus brazos y piernas.

  El eco de los gritos de Catherine retumbó por toda la explanada, hasta que su cuerpo no pudo soportar más el dolor y se desmayó. Su rostro, aún marcado por el terror, quedó inmóvil mientras la sangre manchaba el suelo a su alrededor.

  Cáliban dejó caer el témpano roto y dirigió su mirada hacia Argos.

  —Bueno… ahora sigues tú… —dijo con calma, como si nada hubiera pasado.

  Argos, hasta ahora inmóvil, cerró los ojos y asumió una posición de ataque. Su cuerpo comenzó a temblar, las venas de sus brazos sobresaliendo mientras una energía feroz lo rodeaba.

  —?Modo Berserker! —rugió, y su cuerpo empezó a expandirse. Sus músculos crecieron, sus ojos adquirieron un tono rojo ardiente, y un rugido bestial salió de su garganta, tan potente que las ventanas de la mansión cercana se hicieron a?icos.

  Cáliban lo observó con curiosidad.

  —Vaya, parece que tienes un buen truco ahí.

  —?Silencio! —gru?ó Argos —?Ahora este será tu final! ?No podrás vencerme!

  En un parpadeo, la figura de Argos desapareció, reapareciendo detrás de Cáliban con una velocidad cegadora.

  ??Es rápido!? —pensó Cáliban, girando apenas su cabeza.

  —Te gusta atacar por la espalda, ?Eh? ?Pues toma esto!

  Argos descargó un pu?etazo cargado de pura fuerza en el punto ciego de Cáliban, enviándolo a volar por el aire. Pero no le dio tiempo para reaccionar. Antes de que pudiera tocar el suelo, lo detuvo con una patada que lo lanzó nuevamente al aire.

  Cáliban intentó recuperar el control, pero Argos no dejó de golpearlo. Cada ataque era como un poderoso impacto, un torrente de golpes que mantenía a Cáliban suspendido en el aire.

  Por un minuto entero, el sonido de los impactos llenó la explanada, hasta que finalmente el silencio regresó. Cáliban cayó al suelo, herido y cubierto de sangre, mientras Argos levantaba los brazos al cielo en se?al de victoria, rugiendo como un verdadero titán.

  Argos respiraba agitadamente, el pecho subía y bajaba como si hubiera cargado con el peso de una monta?a.

  —Ja… yo… gané… ?Yo gané! —gritó, alzando los brazos al cielo, eufórico.

  En el suelo, Cáliban permanecía inmóvil, sangrante y cubierto de golpes. Su cuerpo estaba plagado de moratones y rasgu?os, su rostro, ba?ado en sangre, parecía el de alguien completamente derrotado.

  ?Duele… duele mucho… me confié…? —pensó Cáliban mientras un dolor profundo lo atravesaba.

  Cada parte de su cuerpo estaba entumecida, y el escozor de las heridas ardía como brasas en su piel. Pero ese dolor físico no era nada comparado con el que sentía en su interior… el peso de haber fallado, de haber dejado que aquellos que le importaban resultaran heridos nuevamente.

  Con un esfuerzo casi inhumano, Cáliban comenzó a levantarse. Cada movimiento era una agonía, pero su determinación brillaba más fuerte que su dolor.

  —Oye, oye, tú ya has perdido. —dijo Argos, al ver cómo su enemigo intentaba reincorporarse.

  Sin embargo, Cáliban no respondió. Se mantuvo en silencio, con su mirada fija en el suelo mientras se enderezaba lentamente.

  —Bueno… si eso es lo que quieres… ?Terminemos con esto! —gritó Argos, cargando hacia él con toda su fuerza.

  Antes de que sus garras pudieran tocarlo, Cáliban atrapó el brazo de Argos en un movimiento veloz y preciso, usando el propio impulso de su enemigo para lanzarlo con fuerza al suelo. Argos fue azotado contra la tierra con fuerza. Cáliban levantó su pu?o ensangrentado hacia el cielo, preparándose para descargar toda su fuerza sobre él. Gesto que hizo reír a Argos.

  —?Crees que con ese poder podrás vencerme? —burló Argos mientras estaba en el suelo —Sin energía, jamás…

  —?Vencerte? —interrumpió Cáliban, tan frío como una cuchilla de acero —Haré algo mucho mejor…

  Antes de que Argos pudiera reaccionar, recibió un golpe directo en el rostro. Sin embargo, confiado en su forma berserker, no mostró ni una pizca de miedo.

  —?Vamos! Golpéame con todas tus fuerzas. En mi modo berserker, mi cuerpo es…

  No pudo terminar su frase, pues otro golpe contundente impactó en su cara, silenciándolo.

  —?Crees que me importa un poco de dolor? —gru?ó Cáliban, sus ojos comenzaron a brillar con un tono carmesí intenso —?Crees que eres invencible y que siempre saldrá como tú quieres?

  El brillo de sus ojos no era normal; emanaba algo primitivo, algo que despertó un miedo profundo en Argos. No solo él, a la distancia, Juliana observaba el instinto primitivo de Cáliban, sintiéndose extasiada por la sed de sangre que emanaba. Sonrió eufórica, había encontrado una rara presa en la academia y haría lo posible para cazarla.

  ??Eh? ?Estoy… estoy temblando?? —pensó Argos, al notar que su cuerpo comenzaba a reaccionar por puro instinto.

  —?Haré que tu cuerpo recuerde este dolor para siempre!

  Con esas palabras, Cáliban desató una lluvia de golpes implacables. Cada pu?etazo resonaba como un tambor de guerra. Argos alzó los brazos para intentar defenderse, pero la fuerza de los impactos rompió su postura, dejándolo vulnerable.

  El sonido de los pu?os chocando contra la carne llenó el aire. La sangre volaba en todas direcciones, manchando tanto a Cáliban como al suelo.

  —?Me importa una mierda tu poder! —gritó Cáliban, descargando otro golpe pesado. —?Me importa una mierda de quién seas hijo! —asestó un poderoso golpe en su mandibula.. —?No me importa el puesto de líder o cualquier otra mierda!

  Con cada palabra, otro golpe aterrizaba en el cuerpo de Argos, cada vez más fuerte, cada vez más devastador.

  —?Pero si te vuelves a meter conmigo!

  El último golpe fue brutal. Cáliban concentró toda su fuerza en su brazo derecho y lo descargó con tal potencia que el suelo bajo la cabeza de Argos se quebró, hundiéndolo en el suelo. Argos finalmente cayó inerte, haciendo que su cuerpo regresara a su forma normal, despojado de toda fuerza. El silencio regresó a la explanada. Argos yacía inconsciente, mostrando un terror indescriptible en su rostro. Cáliban se quedó de pie, con sus pu?os cubiertos de sangre, respirando pesadamente.

  ?Supongo que tendré que ir al hospital también… terminé más herido de lo que pensé? —pensó, mientras observaba su propio cuerpo lleno de heridas.

  Por un momento, sus pensamientos se detuvieron. Su determinación brilló una vez más.

  ??Necesito hacerme más fuerte!?

  Sin embargo, antes de que pudiera dar un solo paso más, su cuerpo finalmente cedió. El agotamiento y las heridas lo vencieron, y Cáliban se desplomó sobre el suelo, inconsciente. Dimerian se alejó al corredor para buscar al profesor Yannes, quien ya estaba al tanto de la situación. Desde el techo, una sonrisa inesperada se clavó en su cara.

  —Si… si es el… puede que sea posible…

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