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Capítulo 22: Nuevos compañeros, nuevas amenazas

  Mientras regresaba a la mansión, los pensamientos oscuros inundaban la mente de Cáliban, como una tormenta que no daba tregua. Su deseo de devolver el dolor que habían causado era abrumador, pero una parte de él sabía que ceder a ese impulso no sería lo correcto.

  ?Si estuvieran en mi poder, los mataría sin dudar… pero no puedo estar siempre allí para protegerlos. Tienen que aprender a defenderse solos. No quiero que dependan de mí...? —Pensamientos como esos no le eran habituales, y esa realización lo desconcertaba. ??En qué momento dejé de pensar en venganza y empecé a preocuparme por esos cuatro ni?os? ?Será porque he comenzado a sentir otra vez??

  No encontraba una respuesta clara. Su propósito principal seguía siendo el mismo… hacerse más fuerte, lo suficiente como para acabar con Karrigan. Pero, en los últimos días, esa ambición parecía haberse desdibujado entre las imágenes de las heridas de los chicos, tan vívidas que lo atormentaban. ?Debería intervenir? ?O dejar que enfrentaran las consecuencias por sí mismos? Su maestro siempre le había ense?ado que, si tenía el poder, debía proteger a los inocentes. Sin embargo, si los ayudaba demasiado, nunca aprenderían a valerse por sí mismos. Era un dilema que le recordaba lo problemático que podía ser tener un corazón.

  Mientras Cáliban se acercaba a la mansión, otra mirada vigilaba desde las sombras. El profesor Yannes, camuflado con magia, observaba desde el tejado, completamente indetectable para los estudiantes.

  ??Qué hará, joven Cáliban? ?Buscará venganza o dejará pasar esto? Cuando salió del hospital, tenía una furia en sus ojos que… me heló la sangre. Ese instinto asesino… no es algo común, ni siquiera entre aventureros experimentados. Tendré que observarlo más de cerca. Si algún día quiere liderar, deberá ganarse el favor de los demás, ya sea con respeto… o con miedo.?

  Sus pensamientos se interrumpieron cuando Cáliban finalmente llegó a la mansión. Para su sorpresa, parecía más calmado que cuando se fue, aunque Yannes no bajó la guardia, siguiendo cada uno de sus movimientos con atención.

  Dentro de la mansión, el ambiente era mucho más relajado. Argos estaba sentado en el patio junto a Juliana, su nueva compa?era, y hablaba con entusiasmo, gesticulando como si su historia fuera la más fascinante del mundo.

  —?Y entonces mi padre, con un solo tajo, mató a la bestia! Pero, claro, fue gracias a que yo la retuve primero.

  Juliana lo miró con una mezcla de escepticismo y diversión, arqueando una ceja.

  —?Por qué un héroe necesitaría que un ni?o de diez a?os detuviera a un monstruo para poder matarlo de un solo golpe?

  La sonrisa de Argos se congeló, y su rostro se ti?ó de un rojo intenso. Había sido descubierto en su mentira.

  —Ehm… bueno, a veces, incluso los héroes necesitan… un poco de ayuda extra. —intentó justificarse, sin mucho éxito. —No lo sé, ?Tal vez porque confiaba en mí? O quería probarme como su hijo legítimo que soy… ?Sí! ?Eso era! —exclamó Argos con un entusiasmo exagerado que solo hacía más evidente su mentira.

  —Ajá… —respondió Juliana con un tono seco, su expresión rebosaba aburrimiento mientras lo miraba de reojo.

  Llevaba media hora soportando las historias infladas de Argos, y su paciencia estaba al borde del colapso. Por momentos envidiaba a Elizabeth, quien permanecía sentada en las escaleras con una calma envidiable. Desde su llegada, Elizabeth había captado la atención y los prejuicios de Similia y Catherine debido a su raza. Ambas se habían apartado para murmurar a solas, pero Elizabeth no parecía molesta; simplemente se sentó a esperar sin prestarles atención.

  —Como te decía… ?Una vez mi padre y yo…!

  ?Mierda… aquí vamos otra vez…? —pensó Juliana, llevándose una mano a la cara mientras reprimía un suspiro de hastío.

  Pero, para su sorpresa, Argos interrumpió su propia verborrea. Guardó silencio y fijó la vista en la puerta trasera principal. Su mirada quedó atrapada en la figura de Astrid, quien acababa de entrar. Aunque la máscara cubría su rostro, su porte y presencia resultaban fascinantes. Sus instintos le gritaban que era extraordinariamente hermosa, y no era el único que lo notó. Similia y Catherine también se apresuraron a acercarse, pero Argos tomó la delantera con una sonrisa deslumbrante.

  —Mucho gusto, hermosa dama. Soy Argos Leyfuur, hijo del gran héroe Anhur Leyfuur. ?Podría tener el honor de saber su nombre?

  Juliana y Elizabeth se quedaron boquiabiertas. Hace apenas unos segundos, Argos había estado comportándose como un tonto, y ahora, de repente, parecía un caballero refinado. Similia y Catherine, quienes siempre mostraban una actitud distante, también cambiaron por completo y adoptaron una pose elegante.

  Astrid no pudo evitar sonreír detrás de su máscara. Había escuchado gran parte de la conversación mientras entraba y, aunque sabía que estaban exagerando para impresionarla, decidió seguirles el juego. Con una ligera inclinación, tomó los extremos de su vestido y se presentó formalmente.

  —Mi nombre es Astrid Van Saint. Un placer conocerlos.

  La reacción fue inmediata. Los tres quedaron estupefactos al escuchar su nombre. Era imposible no reconocerlo.

  Similia y Catherine intercambiaron miradas rápidas y, como si estuvieran sincronizadas, dieron un paso al frente para presentarse.

  —Un honor conocerla, lady Astrid. Soy Similia Killowein.

  —Y yo soy Catherine Winter. Un placer, lady Astrid.

  Astrid inclinó la cabeza, divertida por la exagerada formalidad.

  —Oh, las hijas de la Bruja del Norte y la Madre de los Bosques… no esperaba encontrarlos aquí también.

  Similia respondió con una sonrisa cortés.

  —Usted no se queda atrás, se?orita. La fama del Santo de la Espada la precede. Dígame, ?Cómo fue que llegó aquí?

  Astrid vaciló un momento, como si buscara las palabras adecuadas.

  —Bueno… ammm… —empezó, mirando a su alrededor. Sabía que todos la observaban con interés, y decidió no revelar demasiado de inmediato —Digamos que los caminos del destino son impredecibles…

  El misterio en su respuesta solo aumentó la curiosidad de los presentes. Argos parecía aún más cautivado, mientras Juliana suspiraba profundamente.

  ?Genial… Ahora no solo tengo que aguantar sus historias, sino también verlo comportarse como un bufón enamorado?

  La conversación parecía fluir con cierta naturalidad, pero la tensión en el ambiente era palpable. Similia, Catherine y Argos trataban de comportarse a la altura de Astrid, conscientes de su linaje noble. Sin embargo, un silencio incómodo se hizo presente, interrumpiendo momentáneamente la interacción. Argos desvió la mirada hacia la puerta trasera, donde apareció Cáliban.

  Cuando sus ojos se cruzaron, Argos sintió un escalofrío. Había algo en la mirada de Cáliban que lo ponía en alerta, una ira contenida que parecía dirigida directamente hacia él. Su cuerpo reaccionó instintivamente, adoptando una postura defensiva mientras su mente le advertía del peligro.

  ??Miedo? ?Yo? ?De un don nadie? ?De un huérfano que no es más que un estorbo? Esto no lo puedo permitir…? —pensó, apretando los colmillos con impotencia.

  Desde su posición oculta, el profesor Yannes observaba la escena con una mezcla de curiosidad y emoción.

  —Oh, esto será interesante… —murmuró para sí mismo, sin apartar los ojos del grupo.

  Cáliban avanzó lentamente, su presencia era imponente, aunque sin mostrar ninguna intención hostil. Argos, confundido pero alerta, reforzó su postura, dispuesto a reaccionar al menor movimiento. Pero para sorpresa de todos, Cáliban pasó de largo, ignorando por completo a Argos.

  Se dirigió hacia las sillas y la mesa que habían quedado destrozadas, un vestigio de la violencia previa. Miró los restos con una mezcla de cansancio y decepción.

  —Realmente… solo un ni?o mimado… —susurró para sí mismo, casi con lástima en su voz.

  Comenzó a recoger los escombros, acomodándolos meticulosamente para intentar repararlos. Argos, sin embargo, no pudo dejarlo pasar. Se acercó a Cáliban, sus movimientos estaban llenos de arrogancia, mientras la tensión en el ambiente crecía. Todos los presentes se quedaron quietos, observando cómo se desarrollaba la escena.

  —Pensé que pelearías conmigo. Verás, tus amigos…

  Cáliban lo interrumpió, cortante como el filo de una espada.

  —Lo sé. Sé lo que tú, la cabeza de césped y el mu?eco de nieve hicieron. No pienso intervenir. Si alguien va a partirles la cara… serán ellos. Sé que podrán hacerlo.

  La respuesta desconcertó a Argos. En sus ojos, Cáliban parecía un cobarde, alguien que no estaba dispuesto a enfrentar las consecuencias. Eso le arrancó una sonrisa amplia y burlona, seguida de una carcajada que resonó en el área.

  —?Qué bueno! Entonces no necesito decir más, ya que te has rendido.

  Cáliban ni siquiera volteó a mirarlo. Siguió ocupado con la reconstrucción de los muebles, completamente ajeno al teatro de Argos. Este último lo ignoró y se dio la media vuelta, gritando con una mezcla de satisfacción y ego inflado:

  —?Ahora yo seré el líder!

  El grito hizo que los ojos de Cáliban se abrieran de par en par, aunque su postura permaneció firme. Similia y Catherine se apresuraron a reunirse con Argos, compartiendo su entusiasmo.

  —Parece que ahora solo queda Dimerian para votar. —comentó Catherine con frialdad.

  —No te preocupes, solo necesitamos sobornarlo… o disciplinarlo si es necesario. —agregó Similia con una sonrisa maliciosa.

  Argos lanzó una carcajada confiada.

  —No se preocupen por eso. Ustedes encárguense de él, y yo me ocuparé de Elizabeth, Juliana y Astrid. Creo que ya están fascinadas conmigo. Juliana ha estado interesada en mis historias desde hace rato. ?Seguro le gusto mucho!

  Con una actitud triunfal, Argos se acercó a las tres.

  —Lamento hablarles de esta manera, pero…

  Antes de que pudiera terminar su frase, Dimerian apareció bajando las escaleras, todavía somnoliento. Sus bostezos eran casi cómicos, considerando lo peque?o que era.

  —Ah, justo a tiempo. Ven, Dimerian. —dijo Argos, con un tono que intentaba sonar amable pero resultaba condescendiente.

  Dimerian se acercó con curiosidad, frotándose los ojos mientras trataba de entender qué estaba ocurriendo. Su aparición era la última pieza para completar el juego que Argos creía tener bajo control. Sin embargo, Cáliban, desde su rincón, observaba la escena, dejando claro que aún no todo estaba decidido.

  —?Qué sucede? —preguntó entre bostezos, todavía somnoliento mientras se restregaba los ojos.

  Argos sonrió ampliamente, aprovechando la atención.

  —Ah, tranquilos, solo me gustaría que me escucharan un momento… verán, en cada casa siempre hay un líder de equipo. Esto me lo contó mi padre, y también lo confirmé con el profesor. Necesitamos a alguien fuerte, comprometido, valiente y listo para guiarnos hacia la victoria en la batalla contra las otras casas. Alguien que no retroceda ante el peligro. Y creo que todos saben a quién me refiero.

  Elizabeth, Juliana y Astrid intercambiaron miradas. Ya conocían la situación; sus cuidadores les habían explicado sobre las votaciones y la elección de un líder. Sin embargo, la sorpresa llegó cuando Dimerian, con una expresión curiosa, volteó hacia Cáliban, quien seguía ocupado reparando los muebles sin prestar atención a la conversación.

  La reacción de Dimerian tensó a Argos, quien rápidamente se aclaró la garganta.

  —?No, él no! Me refiero a mí. Es evidente que soy superior a él y tengo todas las cualidades para liderar. Ya tengo el voto de Similia y Catherine. Si ustedes votan por mí…

  De pronto, Argos sintió un escalofrío recorrer su espalda. Su instinto lo hizo girar rápidamente, solo para encontrarse con Cáliban justo detrás de él. Su expresión era fría, pero en sus ojos ardía una furia contenida.

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  —Así que ese era tu plan desde el principio… gato de mierda.

  —?Qué demo…? ?En qué momento…? —balbuceó Argos, retrocediendo un paso.

  —Eres una rata… —espetó Cáliban, tan cortante como una daga.

  Argos intentó recuperar la compostura rápidamente.

  —No sé de qué hablas. ?Cuál plan? Solo estoy diciendo que necesitamos un líder que pueda-

  Cáliban lo interrumpió con un tono lleno de desprecio.

  —?Crees que no sé lo que hiciste? Atacaste a mis amigos para que nadie votara por ellos. Usaste a tus estúpidas cómplices para cubrirte y luego esperabas derrotarme en un combate para que el puesto fuera tuyo.

  Las palabras de Cáliban resonaron entre los presentes. Elizabeth, Juliana y Astrid miraron a Argos con un poco de enojo e indignación, mientras Dimerian levantaba una ceja, claramente desconcertado. Incluso Similia y Catherine, aunque seguían del lado de Argos, se inquietaron.

  Cáliban avanzó un paso más.

  —En ese caso, cumpliré tu deseo. Vamos al centro del campo. Tú y yo arreglaremos esto de una vez por todas.

  Argos, aunque con la voz algo temblorosa, intentó mantener su postura desafiante.

  —Bi… Bien. ?Te derrotaré y demostraré quién manda aquí!

  Pero Cáliban no había terminado.

  —Aún no. Primero tengo que encargarme de esas dos arpías.

  Similia y Catherine giraron sus rostros hacia Cáliban al escuchar la referencia. Vacilaron por un momento, pero sabían que retroceder ahora sería un golpe a su posición. Confiaban en que, con Argos, podrían superar a Cáliban.

  Poco después, los cuatro se encontraban en el centro del campo, rodeados por la atención de todos los presentes.

  —Muy bien, maldito plebeyo. Dime a quién quieres que te dé primero tu castigo. —dijo Similia con una sonrisa arrogante, levantando el mentón.

  —La valentía a menudo se transforma en estupidez cuando te sobreestimas, iluso. —a?adió Catherine con desprecio.

  —Vamos, empecemos tú y yo. —interrumpió Argos —Si te derroto mientras estás herido, no tendrá sentido.

  Cáliban los miró a los tres con una calma desconcertante antes de responder:

  —Creo que ustedes tres están equivocados en algo… no les pedí que fueran de uno en uno. ?Ataquenme los tres al mismo tiempo!

  El desafío fue tan inesperado que todos se quedaron en silencio por un momento. A unos metros de distancia, Astrid, Elizabeth, Juliana y Dimerian observaban la escena desde las sombras.

  —?Realmente peleará contra un tercer rango? —preguntó Elizabeth, incrédula.

  —Me pregunto lo mismo… —murmuró Astrid.

  Juliana frunció el ce?o, algo desconcertada.

  —Solo por curiosidad, ?Qué rango tiene ese tipo?

  Dimerian, todavía algo somnoliento, respondió con voz pausada:

  —No tiene rango. Por lo que escuché… aún no ha despertado su núcleo.

  —??Qué?! —exclamó Juliana, alarmada —?Y peleará así? ?Cómo puede pensar que puede derrotar a un tercer rango? ?Y encima a tres al mismo tiempo!

  Elizabeth cruzó los brazos, evaluando la situación con escepticismo.

  —?Creen que tenga alguna oportunidad?

  Juliana negó rotundamente con la cabeza.

  —Por supuesto que no…

  —Me gustaría ser optimista, pero… es poco probable. —a?adió Astrid, con una expresión seria.

  Dimerian, sin embargo, los miró fijamente antes de esbozar una peque?a sonrisa.

  —Yo creo que él podrá hacerlo.

  Todas las miradas se posaron en Dimerian, la curiosidad se reflejaba en sus rostros. Juliana y Elizabeth lo veían con escepticismo, pensando que quizá estaba siendo ingenuo. Sin embargo, solo Dimerian conocía la verdad. Había sido testigo directo de la fuerza de Cáliban durante la segunda prueba.

  Ese día, cuando la mazmorra se rompió y el caos estalló, él estaba en el primer grupo que sería evaluado. Su plan era simple… asistir, cumplir con lo necesario y marcharse sin llamar la atención. Pero entonces, ocurrió la ruptura, y la pelea de Cáliban apareció en las pantallas mágicas. Lo que otros describían como rumores exagerados, él lo había visto en carne y hueso… vio Cáliban partiendo en dos a un Wyvern con una fuerza y precisión inhumanas.

  ?Yo también pensaría lo mismo que ellas… de no haber visto aquella pelea.?

  Elizabeth rompió el silencio, cargada de preocupación:

  —?No deberíamos detenerlo? Alguien como él podría morir…

  Astrid asintió, cruzando los brazos mientras miraba de reojo hacia el campo.

  —Deberíamos avisarle al profesor. Si esta pelea ocurre, su vida estará en peligro.

  Dimerian negó con la cabeza, manteniendo una calma sorprendente.

  —Yo no lo veo así… Cáliban tiene ventaja.

  Juliana frunció el ce?o, confundida.

  —?Ventaja contra tres de tercer rango?

  —Absolutamente.

  Las tres intercambiaron miradas, sin entender cómo alguien sin núcleo podía enfrentarse a semejante desafío. Finalmente, Juliana no pudo contenerse.

  —?Estás seguro? Es decir… no sé quién es él, pero vencer a tres de tercer rango parece imposible.

  —Bueno… —Dimerian respondió con un leve encogimiento de hombros —Por lo que vi, Cáliban ya ha enfrentado batallas mucho más difíciles que está.

  Elizabeth, Juliana y Astrid se sobresaltaron al escuchar ese nombre.

  —?Espera! ?Dijiste Cáliban? —preguntó Elizabeth, ahora alerta.

  —?él es el que mató al Wyvern? —a?adió Juliana con incredulidad.

  —?El héroe plebeyo? —susurró Astrid, impresionada.

  Dimerian asintió con la cabeza, confirmando lo que ellas apenas habían escuchado como rumores. En ese instante, las tres recordaron lo que sus cuidadores les habían contado durante el viaje en los carruajes.

  Horas atrás. En el carruaje de Elizabeth, Edmund, su fiel mayordomo, leía con seriedad un mensaje que había llegado en un peque?o papiro traído por un murciélago mensajero. Después de analizarlo cuidadosamente, levantó la mirada hacia su joven se?ora con tranquilidad.

  —Parece que usted tendrá nueve compa?eros en la Casa de los Especiales, se?orita.

  Elizabeth dejó la taza de té que sostenía con elegancia, procesando la información.

  —Ya veo… me pregunto si será como en las otras academias.

  —No se preocupe, se?orita. Si alguien osa hacerle algo, solo infórmelo, y nos encargaremos de protegerla de cualquier peligro.

  Elizabeth frunció ligeramente el ce?o.

  —Y entonces, ?Cómo se supone que me volveré más fuerte?

  Edmund vaciló, pero antes de que pudiera responder, Elizabeth lo interrumpió con otra pregunta.

  —?Hay algo más que deba saber?

  —Ahora que lo menciona… —comenzó Edmund, pero su tono se desvaneció, como si dudara en continuar.

  En otro carruaje, Juliana viajaba junto a su cuidadora, Randa, quien sostenía un halcón real en su brazo. Ambas estaban inmersas en una conversación en el idioma de los animales, un don que algunas amazonas adquirían al nacer. Randa miró a Juliana con cautela, preguntándose si debía compartir la información que había recibido.

  —?Oh, conozco esa cara! —dijo Juliana con un tono juguetón —Dime lo que sabes. ?Hay algo interesante?

  Randa suspiró, intentando buscar las palabras adecuadas.

  —Mi se?ora, ?No preferiría quedarse en la isla? Estoy segura de que sería más… seguro.

  Juliana bufó, apartando la mirada con frustración.

  —?Olvídalo! No pienso regresar a esa maldita isla. Pasé casi toda mi vida atrapada allí. Quiero ver el mundo y crecer, no quedarme como una vieja amargada en un trono de piedra, gritando órdenes y fornicando todo el día.

  Randa alzó una ceja, reprimiendo una sonrisa ante el comentario descarado.

  —Se?ora… no debería hablar así de la reina.

  Juliana se cruzó de brazos, sin inmutarse.

  —Solo estoy diciendo la verdad.

  Juliana, rebosante de entusiasmo, miraba a Randa con impaciencia, prácticamente exigiendo que terminara de hablar.

  —?Como sea! Dime lo que te dijo Ranth. —su rostro brillaba, lleno de expectativas.

  Randa suspiró, resignada ante la insistencia de su se?ora.

  —Bueno… aparentemente tendrás nueve compa?eros en la Casa de los Especiales. Pero eso no es todo…

  Mientras tanto, en otro carruaje, Liviana había desmontado su montura para entrar y conversar con Astrid. Con un tono profesional, le informó:

  —Llegaremos a la academia en una hora, lady Astrid.

  Astrid, sin dejar de mirar por la ventana, respondió:

  —Te dije que, cuando estemos solas, puedes llamarme solo Astrid, Liv.

  Liviana vaciló un momento antes de responder.

  —Lo sé… yo…

  Astrid arqueó una ceja, percibiendo la incomodidad en su tono.

  —?Sigues pensando que esto es una pérdida de tiempo?

  Liviana apretó los labios, buscando las palabras adecuadas.

  —Haría cualquier cosa para quitarte tu maldición… pero venir aquí, cuando la sacerdotisa te advirtió que no lo hicieras… Astrid, si tu vida corre peligro, ?Cómo podré protegerte?

  Astrid dejó escapar una ligera risa, aunque había un poco de tristeza en su voz.

  —No siempre estarás ahí para protegerme, Liv. Tengo que aprender a defenderme sola.

  —Entonces, ?Por qué no habla con su padre? Estoy segura de que estaría encantado de tomarla como discípula.

  Astrid negó con la cabeza, con su mirada fija en el horizonte.

  —No quiero depender de él… mi destino está aquí, Liv.

  —Pero… solo fue un sue?o, Astrid. No deberías…

  —Se acabó la conversación. —cortó Astrid, de una manera fría.

  Liviana bajó la mirada, sintiéndose culpable por haberla molestado. Astrid suspiro lentamente, decidió cambiar el tema, intentando aligerar el ambiente.

  —Olvídalo, Liv… ?Tienes noticias?

  Liviana asintió, todavía algo tensa.

  —Sí… bueno, más que noticias, me enteré de algo curioso…

  En distintos carruajes, aunque en diferentes momentos, la información sobre el segundo examen comenzó a surgir, y las reacciones fueron unánimes:

  —??Un Wyvern?!

  La revelación era impactante, y en cada vehículo, los acompa?antes trataban de calmar las emociones de sus jóvenes se?oras.

  En el carruaje de Elizabeth, Edmund ajustó sus lentes con calma mientras continuaba leyendo el informe.

  —Así es, se?orita. Según los rumores, un joven sin núcleo, acompa?ado por otro llamado Joseph Sephir, un primer rango, lograron derrotar a un Wyvern de sexto rango. Es extra?o que una criatura así apareciera durante el examen… si me permite sugerir…

  Elizabeth lo interrumpió con una decisión firme.

  —No iré a otro lugar. Quiero empezar desde cero, y no pienso regresar a casa.

  Edmund suspiró, pero su voz mantenía el respeto habitual.

  —Si usted lo dice, acataré la orden.

  En el carruaje de Juliana, la atmósfera era completamente distinta. La energía de la joven amazona era tan intensa que el vehículo temblaba y los caballos se agitaban de miedo.

  —?Juliana! Por favor, controle su emoción y baje su energía. —imploró Randa, tratando de calmarla.

  —?Cómo quieres que me controle? ?Estoy emocionada! Un sin núcleo y un primer rango mataron a un Wyvern. ?No solo eso, también serán mis compa?eros! ?Ya quiero pelear contra ellos!

  Randa se cubrió el rostro con una mano, suspirando, claramente agotada.

  —Madre Deméra, por favor, dame fuerzas…

  En el carruaje de Astrid, Liviana se quedó sin palabras, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar.

  —?Dices que un chico de mi edad pudo matar a un Wyvern? ?Eso es posible?

  Liviana se encogió de hombros, algo perpleja.

  —No lo sé, mi lady. Algunos jóvenes ya lo llaman el "Héroe Plebeyo", sobre todo aquellos que vieron el combate. Según dicen, peleó codo a codo con su amigo. La batalla fue tan feroz que sacudió toda la mazmorra.

  Astrid entrecerró los ojos, intrigada.

  —Un plebeyo, ?Eh? Parece que esta academia será más interesante de lo que pensaba. ?Tú qué crees? —preguntó Astrid, buscando un último intento de disuadir a Liviana.

  —Honestamente, creo que es mentira. No hay manera de que un joven sin núcleo pueda matar a una bestia de sexto rango. —respondió Liviana con calma, aunque en su tono había una pizca de curiosidad.

  —Bueno, ya lo veré cuando llegue. —a?adió, cerrando el tema.

  Liviana suspiró profundamente. Había tratado de convencer a Astrid de que abandonara la idea de asistir a la academia, pero todos sus intentos habían sido en vano.

  ?Todo por ese estúpido sue?o…? —pensó, resignada.

  Volviendo al campo, Dimerian continuaba hablando, tratando de convencer a Juliana, Elizabeth y Astrid de que Cáliban era más de lo que parecía.

  —Sí, es él. Junto con su amigo Joseph, pelearon juntos para matar a un Wyvern que salió de una mazmorra el día de la prueba. Incluso salvaron a dos de sus amigas en el proceso.

  Sus palabras eran firmes y seguras, pero las dudas persistían en los ojos de las chicas. No era fácil creer algo así. Los guerreros experimentados sabían que incluso un maestro necesitaba energía para da?ar a un enemigo de alto rango. Sin energía, ningún ataque podría penetrar las defensas de un oponente de nivel superior.

  Juliana cruzó los brazos, con el ce?o fruncido.

  —Entiendo tus palabras, pero… aunque él sea un experto en combate, ?Cómo hará para que sus ataques tengan efecto? Si no usa energía, será difícil atravesar la defensa de un tercer rango…

  —Tienes razón… —admitió Dimerian, aunque sin perder su confianza.

  —?Entonces? —insistió Juliana.

  Astrid, manteniendo su actitud analítica, intervino.

  —Bueno… entonces tendremos que ver el desenlace de la pelea.

  Con esa conclusión, los cuatro volvieron sus miradas hacia el campo, donde Cáliban estaba a punto de enfrentarse a Similia, Catherine y Argos.

  Mientras las chicas seguían cuestionando las posibilidades de Cáliban, Dimerian recordó algo más… el sparring entre Cáliban y Reinhard. Había sido testigo de esa pelea y sabía que era otra prueba de la fuerza del joven. Cáliban no sólo derrotó a Reinhard, quien usaba energía de tercer rango, sino que lo hizo sin usar energía él mismo. Ni siquiera sudó. Y, como si eso fuera poco, tras la pelea le dio consejos a Reinhard para mejorar su técnica, lo que se reflejó en el posterior duelo entre Reinhard y Joseph contra Argos. Aunque ambos terminaron perdiendo, lograron hacerle heridas al arrogante tercer rango, algo que nadie esperaba.

  ??Es realmente tan fuerte o solo lo están sobreestimando sus compa?eros?? —pensó Juliana, intentando racionalizar la situación.

  ?Vencer a un tercer rango sin energía es imposible. Tal vez los rumores de que venció a un Wyvern sean falsos…? —reflexionó Elizabeth, analizando con escepticismo.

  Astrid, por su parte, observaba en silencio, prefiriendo no sacar conclusiones precipitadas.

  Frente a ellas, la tensión en el campo seguía aumentando, y el enfrentamiento estaba a punto de comenzar.

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