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Capítulo 21: Más que un sparring

  Argos soltó una carcajada atronadora, su voz retumbó como un trueno en la zona de entrenamiento. Con los brazos extendidos y una sonrisa salvaje, rugió:

  —?Si tienen algo que decir, díganmelo con los pu?os! ?Vengan a mí!

  Reinhard entrecerró los ojos, evaluando rápidamente la situación mientras Argos irradiaba un aura roja. Miró de reojo a Joseph, con cautela.

  —Esto es un plan suyo, estoy seguro. —dijo Reinhard en voz baja —Si peleamos ahora, será peor para nosotros.

  Joseph apretó los pu?os, su mandíbula se tensó mientras recordaba las largas horas que les tomó construir las sillas y la mesa junto a Cáliban.

  —?Y si no hacemos nada? ?Qué le decimos después? ?Que dejamos que destruyera todo?

  Reinhard suspiró, resignado, aunque no sin cierto rastro de duda.

  —Está bien... pero será tu culpa si esto termina mal.

  Argos, sin esperar más, bajó la postura y cargó hacia ellos como un vendaval de energía pura, su aura envolvió su cuerpo como llamas vivas.

  —?Vamos! ?Si no vienen ustedes, yo voy por ustedes! —bramó mientras la tierra se sacudía con sus pasos.

  Al otro lado del campo, la tensión también alcanzaba su punto de ruptura. Catherine, Cecilia, Nhun y Similia estaban sumidas en una discusión que no tardó en escalar.

  —??Cómo te atreves a decir eso?! —gritó Nhun, con los ojos chispeando furia.

  —?Qué? —respondió Similia con una mueca altanera —Solo digo la verdad. Un sucio elfo oscuro no tiene lugar aquí. Tu presencia solo deshonra nuestra casa.

  Catherine, cruzando los brazos y miró con desdén a la alterada Nhun.

  —Es un misterio cómo llegaron hasta este lugar en primer lugar...

  Cecilia apretó los dientes, controlando su rabia.

  —Estamos aquí porque aprobamos el examen, porque tenemos la capacidad de manejar dos energías al mismo tiempo. No por linajes ni nombres pomposos como ustedes.

  La risa amarga de Similia cortó el aire.

  —?De verdad crees eso? Todos sabemos que fue Cáliban quien las rescató. Sin él, ni siquiera habrían pasado la primera ronda. ?Justo? No lo creo.

  Nhun dio un paso al frente, clavando una mirada gélida en Similia.

  —?De verdad estás tan molesta por algo tan insignificante?

  Pero Catherine interrumpió con un tono cargado de una determinación fría.

  —No hay necesidad de seguir hablando. Si quieren probar algo, ?Resolvámoslo aquí mismo!

  Similia sonrió de forma siniestra mientras sus ojos brillaban de un verde sobrenatural, su energía se arremolino, ondulando como un torbellino a su alrededor. Catherine, a su vez, dejó que su magia helada transformara el aire en un frío cortante. Nhun y Cecilia desenvainaron sus armas de entrenamiento, adoptando posturas defensivas.

  —Esto no va a terminar bien, ?Verdad, Cecilia? —murmuró Nhun con una mueca.

  Cecilia asintió, apretando la empu?adura de su arma.

  —Tal vez no. Pero esta vez, ?Pelearemos por nuestra cuenta!

  La tensión explotó como una tormenta desatada.

  Ambas, Nhun y Cecilia, cargaron hacia sus oponentes con una fuerza y determinación que estremecieron el campo de entrenamiento. Los impactos de sus movimientos resonaron como truenos mientras sus armas chocaban contra la energía de Similia y Catherine. Ninguna retrocedió, enfrentándose con todo lo que tenían.

  Mientras tanto, a unos metros de allí, el profesor Yannes caminaba tranquilamente hacia la mansión de los especiales, sus pensamientos giraban en torno a una sola persona.

  ?Me pregunto si el joven Cáliban se siente abrumado por mi propuesta. Pero, siendo honesto, no hay otro candidato mejor que él...?

  Pero antes de que pudiera perderse más en sus reflexiones, algo llamó su atención. Delante de la entrada principal de la mansión, tres grandes carruajes, imponentes y decorados con emblemas de distintas casas, estaban detenidos.

  ?Parece que los estudiantes restantes ya han llegado…? —pensó con curiosidad, apresurando el paso.

  La casa estaba destinada a albergar a 13 estudiantes excepcionales. Hasta el momento, solo nueve se habían instalado, y la llegada de los nuevos prometía cambiar la dinámica del grupo. Yannes avanzó hacia los carruajes, preparado para dar una bienvenida cálida y profesional.

  —Es un placer conocerlos. Mi nombre es…

  Sin embargo, no pudo terminar su frase cuando, una voz grave y cargada de desprecio lo interrumpió bruscamente.

  —Supongo que, al final, esta academia también demuestra su falta de criterio al contratar a los profesores…

  La voz pertenecía a un anciano calvo de barba blanca que descendía con pasos firmes del carruaje principal. Aunque su rostro mostraba las marcas del tiempo, su postura erguida y su presencia intimidante reflejaban una fuerza y disciplina impresionantes, dignas de un mayordomo de alta clase.

  Yannes lo observó con una mirada imperturbable, pero en sus palabras se notó un matiz de apatía mientras respondía:

  —Veo que la educación en modales no llegó con el carruaje, pero supongo que siempre hay tiempo para aprender…

  La tensión en el aire aumentó al instante, mientras los demás estudiantes y acompa?antes miraban expectantes.

  —Edmund... —murmuró Yannes, cargado de cansancio y una pizca de irritación contenida.

  El anciano lo observó con sus ojos penetrantes, llenos de un desprecio que no se molestaba en ocultar.

  —Me gustaría decir que es un gusto verte, John... pero te estaría mintiendo.

  Yannes dejó escapar un largo suspiro, llevándose una mano al puente de la nariz como si con eso pudiera disipar la molestia que el encuentro le provocaba.

  —Tan ocurrente como siempre... —respondió con ironía, aunque su mirada permanecía serena.

  Antes de que la conversación pudiera derivar en algo más tenso, una figura interrumpió con pasos firmes. Una mujer fornida, vestida con armaduras hechas de pieles y de cabello con tonalidades naranjas que brillaban como el fuego bajo la luz del sol, se acercó con determinación. Su presencia irradiaba una mezcla de autoridad y fuerza.

  —Dejen de medir su ego… —La mujer observó a ambos con los instintos de un depredador —Vampiro. —dijo de forma ruda —?Eres el encargado de la casa? —preguntó con un tono firme con falta de respeto, observando al profesor con intensidad.

  Yannes asintió levemente, su expresión permaneció neutral.

  —En efecto... soy el profesor Yannes.

  El nombre de esa mujer era Randa, quien inclinó ligeramente la cabeza, con un gesto solemne.

  —Entonces tendré que pedirle que cuide de mi se?ora a partir de ahora.

  Antes de que Yannes pudiera responder, Edmund soltó un largo suspiro y se llevó una mano a la frente, como si la situación le resultara exasperante.

  —Aunque no me agrade la idea... también digo lo mismo, Yannes. Confío en que cumplirás con tu deber.

  Detrás de ellos, otra figura tomó la palabra.

  —Lo mismo sería para nosotros...

  La voz era suave y melódica, casi etérea, pero cargada de una autoridad implícita que no permitía ser ignorada. Todos se giraron hacia la nueva presencia. Descendiendo de una elegante montura, una mujer de porte majestuoso apareció ante ellos. Su cabello casta?o, que caía en suaves ondas, brillaba bajo la luz mientras su armadura reflejaba un resplandor impecable. Cada movimiento suyo era calculado y sereno, mostrando la gracia de alguien acostumbrada al mando.

  El profesor Yannes clavó sus ojos en el emblema del carruaje del que descendía la mujer y la reconoció de inmediato. Su semblante, aunque por lo general apático, mostró un leve destello de sorpresa.

  ??La casa Orsted! ??Qué hace una valkiria aquí?!?

  El pensamiento cruzó como un rayo por la mente del profesor Yannes. Las Valkirias de Orión eran leyendas vivientes, una tropa de élite entrenada bajo la implacable tutela de La Gran Dama. Eran mujeres seleccionadas por su talento innato, forjadas a través de un régimen de entrenamiento tan riguroso que sólo unas pocas lograban superarlo. Era un hecho conocido que ninguna valkiria descendía por debajo del Octavo Nivel, siendo expertas tanto en el manejo de armas como en poderosos hechizos. Sus únicos iguales eran los Einherjars, la contraparte masculina de estas tropas de élite.

  La casa Orsted, famosa por generaciones de prodigios excepcionales, había aportado constantemente guerreros y estrategas al reino de Orión, consolidándose como una de las casas más influyentes del imperio. Que una valkiria estuviera presente significaba una sola cosa… el estatus de la persona a la que protegía era extraordinario.

  Yannes no pudo evitar tensarse mientras observaba cómo la valkiria, con su impresionante porte y mirada afilada, descendía del primer carruaje. Su gesto de inclinarse profundamente hacia el interior fue un claro signo de respeto absoluto, algo que no se daba a la ligera.

  —Por favor, cuide de mi ama, profesor. —dijo la valkiria con una voz firme y solemne, con sus palabras cargadas de la autoridad de quien solo habla lo necesario.

  El profesor apenas pudo responder, todavía estaba abrumado por lo que presenciaba. Sus ojos se fijaron en la figura que emergía del carruaje. Una joven de piel blanca y cabellos dorados descendió con pasos delicados, cuyo rostro estaba oculto bajo una máscara intrincadamente decorada. Su porte era imponente, y cada movimiento suyo desprendía un aire de gracia y poder que captaba la atención de todos.

  La valkiria permaneció inclinada hasta que la dama pisó el suelo. Yannes no podía apartar la vista; si una valkiria mostraba tal reverencia, solo podía significar que esta chica pertenecía al más alto nivel de la nobleza.

  El profesor tragó saliva, obligándose a mantener la compostura mientras inclinaba ligeramente la cabeza.

  —Será un honor contar con su presencia aquí, mi se?ora…

  —Mucho gusto, profesor. Estaré a su cuidado a partir de ahora. —dijo la joven dama, su voz era calmada.

  El profesor Yannes sintió cómo su visión temblaba. Su mente, que ya había estado anticipando posibilidades, confirmó finalmente sus sospechas. Frente a él no estaba simplemente una noble; estaba en presencia de una Van Saint, miembros de la máxima nobleza. Hizo un esfuerzo por calmarse, aunque su cuerpo entero estaba en alerta máxima.

  —Un gusto conocerla, se?orita. —respondió con una inclinación de cabeza, intentando mantener la compostura.

  Pero la joven sonrió con una confianza juguetona, observando la mansión con una mirada crítica.

  —?Wow! Mi padre tenía razón. Esta mansión es horrible. —Dejó escapar una risa ligera que descolocó aún más al profesor.

  —?Su... padre? —preguntó Yannes, aunque ya temía la respuesta.

  La valkiria que la acompa?aba dio un paso al frente, enderezándose antes de hablar con firmeza y respeto.

  —Le presento a Lady Astrid Van Saint, la hija única del Santo de la Espada.

  El mundo pareció detenerse para el profesor. Las palabras resonaron en su mente, casi como un eco interminable. Sus piernas temblaban mientras trataba de asimilar lo que acababa de escuchar. William Van Saint, el Santo de la Espada, una leyenda viva, el más fuerte de los seis héroes y el asesino del dios maligno. Gobernante del imperio de Orión, la ciudad humana más grande del continente, y ahora... su hija estaba aquí, frente a él.

  Reuniendo todo el coraje que podía, Yannes se enderezó y respondió con la mayor dignidad que pudo reunir.

  —Será un honor y un privilegio ser su guía, se?orita Van Saint.

  Edmund, quien había estado observando la escena con una mirada cargada de desdén, dejó escapar un suspiro exasperado ante lo que percibía como servilismo por parte de Yannes. Sin embargo, no dijo nada. En su lugar, se movió hacia la entrada y, con un gesto impecablemente cortés, extendió su mano hacia la siguiente pasajera que descendía del segundo carruaje.

  —Adelante, se?orita. Por aquí, por favor. —dijo Edmund, con una elegancia que parecía natural para alguien de su porte.

  Una figura delicada apareció en escena. Una joven vampiro descendió con gracia del carruaje, portando un largo vestido blanco que parecía brillar bajo la luz. Su cabello negro como la noche caía en cascada sobre sus hombros, mientras que sus ojos rojos resplandecían con una intensidad hipnotizante, solo igualados por su brillante piel blanca como la nieve.

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  Al posar sus pies en el suelo, la joven dirigió su mirada directamente hacia Yannes. Con un movimiento fluido y elegante, hizo una reverencia perfectamente medida antes de hablar con una voz suave y melodiosa.

  —Un gusto conocerlo, profesor. Mi nombre es Elizabeth Ileana Dracul. —dijo la joven vampiro con una sonrisa radiante y una elegancia natural en cada palabra.

  El impacto del apellido golpeó a Yannes como un rayo.

  ???Dracul?!... oh mierda...?

  El escalofrío que recorrió su espalda fue imposible de ignorar. Lentamente, giró la cabeza hacia Edmund, quien permanecía junto a la entrada con un rostro completamente inexpresivo, como si ya supiera lo que el profesor estaba pensando.

  ?Mierda… sabía que vendría una nueva estudiante vampiro… ?Pero no qué sería de la familia principal!?

  La familia Dracul, reconocida como la cumbre del linaje vampírico, era un nombre que evocaba respeto y temor por igual. Si Elizabeth realmente era una heredera directa, la situación adquiría una complejidad mucho mayor de la que Yannes esperaba manejar.

  Mientras aún procesaba esta revelación, una nueva figura emergió del siguiente carruaje, capturando rápidamente la atención de todos.

  Era otra joven, de piel morena y cabello rizado que caía ondulando alrededor de su rostro. Su andar era enérgico, y sus ojos brillaban con una mezcla de entusiasmo y confianza. Su presencia era magnética, y su figura poseía una belleza poderosa que no se quedaba atrás frente a las otras damas presentes.

  —?Por fin llegamos! —exclamó, con una voz clara y vivaz que contrastaba con el ambiente cargado de tensión.

  La joven sonrió ampliamente mientras sus ojos recorrían el lugar, claramente fascinada por su nuevo entorno. Sin esperar que alguien le hablara primero, se dirigió al profesor con una inclinación informal de la cabeza.

  —?Wow! ?Es gigantesco y repugnante, tal como lo dijo la abuela!

  —?Tú eres…! —el profesor Yanes quedó petrificado, reconociendo a la joven con una sola mirada.

  La joven sonrió con gracia, inclinando ligeramente la cabeza.

  —?Usted es el maestro? —preguntó con entusiasmo —Soy Juliana Agris Semíramis. ?Un placer conocerlo, profesor!

  El profesor sintió un sudor frío recorriéndole la espalda.

  ??La nieta de la Reina de las Amazonas! Aquí, en persona...? —Intentó mantener la compostura, pero las piernas casi le flaqueaban. Frente a él estaban representantes de tres de las mayores potencias del continente.

  Cuando por fin logró enderezarse, las escaleras crujieron a sus espaldas. La profesora Rain bajaba con rapidez, escoltada por tres camillas que flotaban mágicamente tras ella. En ellas yacían alumnos en condiciones deplorables. Yannes se apresuró hacia ella.

  —?Profesora Rain! ?Qué ocurrió?

  Rain hizo una pausa, tragando saliva antes de responder.

  —Profesor… fue… algo inesperado.

  Al acercar las camillas, los ojos del profesor se llenaron de horror. Joseph estaba cubierto de sangre, con huesos rotos y profundas marcas de garras en los brazos. Detrás, Reinhard avanzaba con dificultad, cojeando visiblemente. Una mordida monstruosa adornaba su pierna izquierda.

  —?Qué les hicieron? —preguntó Yanes, casi gritando.

  Reinhard intentó hablar, apoyándose en el marco de la puerta, pero Yannes levantó una mano para detenerlo.

  —No digas nada. No hace falta. —Miró las heridas con seriedad y luego se giró hacia Rain —Llévalos al hospital de inmediato.

  —Entendido, profesor.

  Mientras Rain y los estudiantes heridos partían, Yanes se ajustó el traje y trató de recobrar el control. Entretanto, las jóvenes visitantes se despedían de sus cuidadores, que no ocultaban su preocupación por la anterior situación.

  —Se?orita, si necesita algo, envíeme una se?al o una carta, ?De acuerdo? —dijo el hombre mayor con ojos severos.

  —Gracias, Edmund. Lo haré, te lo prometo. —Elizabeth le dedicó una sonrisa confiada.

  Otro de los cuidadores, se inclinó hacia la joven Astrid.

  —Lady Astrid, este lugar no es digno de usted. Permítame llevarla de regreso. Estoy segura de que su padre contrataría a los mejores tutores.

  Astrid la miró con dulzura, pero su voz fue firme.

  —Liv, aprecio tu preocupación, pero mi destino está aquí.

  La valkiria suspiró, resignada.

  —Como desee, mi lady.

  Cada uno de los cuidadores subió a rega?adientes a sus carruajes, lanzando miradas de advertencia hacia la mansión. A pesar de sus diferencias, compartían una misma inquietud… la seguridad de las jóvenes que dejaban atrás.

  —Por favor, sigan adelante. Sus habitaciones están en el segundo piso. —indicó Yannes, abriendo la puerta con una reverencia.

  Los pasos resonaron en el vestíbulo vacío mientras las nuevas inquilinas cruzaban el umbral. Afuera, los carruajes se alejaban lentamente, como si abandonaran el destino al que ninguna de ellas podía escapar.

  El profesor entró en la mansión con paso decidido, pero con una frustración evidente en su rostro. Por mucho que quisiera reprender a los responsables de lo ocurrido, sabía que las reglas de la academia lo limitaban. Era un trago amargo, pero debía tragárselo. Guiando a las jóvenes visitantes por los pasillos, llegó hasta las escaleras principales.

  —Sus habitaciones están arriba. Encontrarán sus nombres escritos con magia en las puertas. Si necesitan algo, no duden en buscarme. —dijo con tono formal antes de retirarse apresuradamente.

  Las chicas intercambiaron miradas de curiosidad, intrigadas por la tensión evidente en el ambiente, pero decidieron dejar las preguntas para más tarde. La mirada de la Joven Van Saint se clavó en la vampira, cosa que noto sin ningún problema, pero decidió ignorar sus intenciones de momento, tomando sus cosas para dirigirse a su cuarto antes de tener una pelea innecesaria.

  Mientras tanto, el profesor cruzaba los pasillos con paso furioso hasta llegar a la zona de entrenamiento. Entró como una tormenta, su voz resonó como un trueno entrando al área:

  —??Quién fue?!

  Los estudiantes, sorprendidos, voltearon de inmediato. Argos, con su habitual descaro, levantó la mano sin titubear. Similia y Catherine no tardaron en imitarlo, con sonrisas cargadas de insolencia.

  —?Saben lo que hicieron mal? —preguntó el profesor, tratando de mantener la calma, aunque la ira ardía bajo la superficie.

  —?Qué hicimos mal? —respondió Argos con una sonrisa de suficiencia —Solo estábamos teniendo un peque?o sparring, profesor.

  —Exacto. Solo entrenábamos con nuestros compa?eros. No veo el problema. —a?adió Catherine, cruzándose de brazos.

  Similia, más cínica, dio un paso al frente.

  —Incluso les mostramos algunas técnicas avanzadas para que aprendieran. ?Acaso eso está mal, profesor?

  El profesor sintió cómo la impotencia le invadía. Quería castigarlos, hacerles entender que habían cruzado una línea, pero las reglas eran claras. Si intentaba llevarlos a juicio interno, ellos tendrían más pruebas a su favor que él. Cerró el pu?o con fuerza, luchando contra la rabia. Lo que más odiaba era ver a quienes abusaban de su poder para herir a otros.

  De repente, un pensamiento cruzó su mente.

  ?Si el joven Cáliban se entera de esto... entonces...?

  Respiró profundamente y cambió su expresión a una de calma aparente.

  —?Tranquilos! —dijo, encogiéndose de hombros y fingiendo despreocupación —Los accidentes pasan cuando se entrena. Romperse un hueso, perder un diente, quemaduras... cosas normales. Nada de qué alarmarse. Yo no tengo por qué intervenir.

  Giró sobre sus talones y, como si nada hubiera pasado, miró hacia las escaleras. Allí, descendiendo con gracia, estaban las jóvenes recién llegadas.

  —Oh, miren. Justo a tiempo. Permítanme presentarles a Elizabeth Ileana Dracul y Juliana Agris Semíramis. Desde hoy serán sus nuevas compa?eras.

  Los ojos de Argos se abrieron en par al posar su mirada en Juliana. No era para menos, la joven irradiaba la misma majestuosa belleza que su abuela, Hipólita Semíramis, reina de la isla de Tenefras. Se contaban leyendas sobre su linaje, sus vínculos con dioses antiguos, y la extraordinaria fuerza que corría por las venas de las amazonas. Además, según los rumores, las amazonas solo elegían guerreros fuertes y valientes como parejas dignas.

  Argos, consciente del prestigio de la joven, infló el pecho, adoptando una postura que creía imponente.

  —Mi nombre es Argos Leyfuur, hijo menor del gran héroe Anhur Leyfuur. Por favor, no dude en recurrir a mí si tiene algún problema. —dijo, con una sonrisa que pretendía ser encantadora mientras tomaba la mano de la joven Juliana, está rió amargamente.

  —Gracias... supongo... pero estoy bien así. —respondió ella, retirando rápidamente su mano para limpiársela en el traje con un gesto de desdén.

  Elizabeth, que observaba la escena desde un lado, suspiró con resignación. Apenas habían pasado cinco minutos desde que habían llegado, y ya se había topado con un idiota. Para colmo, en cuestión de segundos, otros dos se unieron a la escena.

  —?Un placer conocerla! Usted debe ser de la alta nobleza, al igual que yo. ?Qué hermoso cabello tiene! —exclamó Similia, inclinándose de manera exagerada.

  —Un placer. —dijo Catherine con una reverencia breve, su rostro mostró una expresión fría y vacía.

  Elizabeth respondió a la reverencia con un apretón de manos firme, y luego, con una voz serena, declaró:

  —Así es, soy de la nobleza de Redvein.

  Ante tal afirmación, ambas retiraron sus manos de inmediato, aunque con una delicadeza que no logró ocultar su incomodidad. Elizabeth, que ya estaba acostumbrada a tales reacciones, decidió ignorarlo.

  —Es... un honor, lady Elizabeth. —balbuceó Similia, esforzándose por mantener la compostura.

  —Será un honor poder entablar amistad. —a?adió Catherine, esbozando una sonrisa rígida.

  ?Bueno... al menos saben fingir bien? —pensó Elizabeth con ironía mientras ocultaba su verdadera opinión tras una expresión neutral.

  Antes de que las presentaciones incómodas continuaran, el profesor, que había permanecido en silencio, decidió intervenir:

  —Espero que sus compa?eros aquí presentes les ayuden en lo que necesiten. Yo debo atender otros asuntos con los demás alumnos. Les deseo una buena tarde. —dijo, desapareciendo en una nube de humo negro que dejó tras de sí un ligero olor a azufre.

  Elizabeth y Juliana intercambiaron miradas de fastidio, ambas conscientes de que el tener que socializar con estas personas sería una prueba de paciencia. No les quedó más remedio que sonreír entre sí de manera amarga.

  Mientras tanto, en la forja, Cáliban estaba inmerso en una conversación con el maestro herrero.

  —?Qué dijiste, muchacho? —gru?ó Bardrim, llevándose la mano a la barba mientras sujetaba un tarro de cerveza con la otra.

  —Dije que quiero rentar un espacio en su forja. Tengo algo de experiencia y me gustaría reparar mis propios objetos. ?Cuál sería el precio por usar su equipo? —replicó Cáliban, con tono firme.

  El herrero soltó una carcajada que resonó en el taller como un golpe de martillo.

  —?Crees que es así de sencillo? —preguntó con sarcasmo, entrecerrando los ojos mientras daba un trago a su bebida —Los objetos aquí son caros, muchacho. Si llegas a romper algo...

  —?Se van a romper? —respondió Cáliban, arqueando una ceja con una leve sonrisa de ironía —Si los objetos de este lugar son tan frágiles… supongo que me equivoqué de establecimiento. Lo siento.

  El comentario golpeó el orgullo del maestro herrero como el filo de un martillo. Bardrim frunció el ce?o, pero, tras un breve silencio, respondió a rega?adientes:

  —Son 15 Oloruns por uso. Cobro por hora, así que dependiendo de cuánto te tardes será lo que pagues. Si rompes algo, lo pagas. No nos hacemos responsables de tus objetos, a menos que hagas un pedido especial, lo cual se cobra aparte.

  —Bien, era todo lo que quería saber. Por cierto…

  —?Sí? —gru?ó Bardrim, tomando un sorbo largo de su vaso.

  —?Hay un banco en Hilloy o algo parecido? Quiero guardar mi dinero.

  El rostro del herrero se relajó ligeramente, aunque su tono siguió siendo brusco.

  —?No les han dado el tour, verdad? —preguntó con algo de sorna por la bebida —Bueno, en ese caso, ve al Caldero de Oro. Es un banco en la zona central de Hilloy. No tiene pérdida, solo sigue los letreros mágicos. Ellos te guiarán a donde necesites.

  —Entendido. Eso es todo. Gracias por la información.

  —No hay de qué, mocoso.

  Aunque el tono de Bardrim era burdo, había algo en él que inspiraba cierta confianza. No era un mal hombre, simplemente era viejo y gru?ón, como tantos otros que acumulaban a?os y callos en el oficio.

  Cáliban dejó el Emporio y se encaminó hacia el Caldero de Oro. Tras caminar durante media hora, llegó al centro de Hilloy, donde el banco se alzaba imponente junto a un parque rural. Desde allí se oían las risas y los gritos de los ni?os jugando, un contraste alegre con el propósito serio de su visita. Cáliban planeaba abrir una cuenta para guardar sus futuras ganancias, pero no logró cumplir su propósito de inmediato.

  El profesor Yannes apareció de repente frente a él, emergiendo de una nube de humo negro que lo envolvió apenas un instante antes de disiparse.

  —Joven Cáliban, necesito que me acompa?e. —dijo el profesor, con un tono que no admitía discusión.

  Sin entender del todo la situación, Cáliban lo siguió hasta un hospital cercano. Allí trabajaba la doctora Mirne, aunque él no tenía claro por qué lo habían llevado a ese lugar. Todo cobró sentido en cuanto entraron a la sala de pacientes.

  En las camas yacían tres jóvenes inconscientes… Joseph, Cecilia y Nhun. Sus cuerpos mostraban heridas graves, cortes, hematomas y signos de agotamiento extremo.

  —?Quién les hizo esto? —preguntó Cáliban, incrédulo y visiblemente molesto.

  —Argos, Catherine y Similia. —respondió Yannes con calma sombría —Estaban… entrenando.

  Cáliban alzó los ojos con una ira silenciosa.

  —?Entrenando? ?Cómo es posible que acabaran así solo por entrenar?

  El profesor suspiró y, aunque mantenía su habitual tono apático, había un rastro de preocupación en sus palabras.

  —Como sabrás, yo no puedo interferir en sus sesiones de entrenamiento ni en sus deberes. Mi tarea es protegerlos de amenazas externas, no internas. Supongo que ellos ya conocían esas reglas y… tomaron medidas para evitar un castigo.

  Cáliban apretó los pu?os, furioso por la crueldad evidente detrás de lo ocurrido. Miró a los jóvenes en las camas, su determinación se fortalecia con cada segundo que veía los cuerpos mancillados.

  —Ya… ya veo… —dijo entre dientes, ocultando su ira interna.

  Cáliban se acercó a la camilla donde yacía Cecilia. Su cuerpo mostraba un estado avanzado de hipotermia… estaba completamente helada, y sus manos aún conservaban rastros de escarcha. A su lado, Joseph presentaba un cuadro igualmente grave… huesos rotos, mordidas profundas, cortes de garras y moretones cubrían su piel. Pero el peor caso era Nhun. Tenía un ojo completamente amoratado e hinchado, y todos los huesos de sus extremidades estaban fracturados. Además, su cuerpo estaba cubierto de raspones, como si lo hubieran arrastrado a través de un matorral lleno de espinas.

  Cáliban apretó los pu?os con tanta fuerza que sus u?as dejaron marcas en sus palmas. La furia en su interior hervía, pero se esforzó por mantener la calma.

  A un lado de la habitación, Reinhard estaba sentado, notablemente afectado pero aún consciente. Al verlo, Cáliban se acercó lentamente.

  —Profesor… ?Podría dejarnos a solas por un momento, por favor? —pidió Cáliban respetuosamente.

  El profesor Yannes lo observó por un instante, evaluando la situación, y finalmente asintió antes de abandonar la sala.

  Reinhard levantó la mirada con esfuerzo, sus ojos reflejaban culpa y vergüenza.

  —Cáliban… yo… lo siento… no pudimos…

  —Está bien, no te estoy culpando. —respondió Cáliban, inclinándose para hablarle más cerca —Hiciste lo que pudiste. Ahora, cuéntame los detalles. No omitas nada.

  Reinhard tragó saliva y comenzó a relatar lo sucedido.

  Unos minutos después, Cáliban salió de la habitación, su semblante estaba completamente cambiado. El profesor Yannes, que esperaba afuera, lo observó con interés, preguntándose qué haría.

  —?Joven Cáliban!… la venganza no es la respuesta…

  —?Venganza? —respondió Cáliban, girándose hacia él con un tono frío y cortante —?Qué venganza, profesor?

  —?Disculpa? Pensé que…

  —Profesor, ?Por quién me toma? No voy a pelear.

  El profesor lo miró, confundido, pero antes de poder decir algo más, Cáliban a?adió con un leve tono sarcástico:

  —Será solo un poco de sparring.

  En ese momento, Cáliban levantó la mirada, y sus ojos adquirieron un resplandor carmesí brillante. El profesor sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. Aunque Cáliban seguía inexpresivo, la ira y la sed de sangre que emanaban de él eran innegables.

  Tras unos segundos de silencio cargado, Cáliban salió del hospital, dejando tras de sí un ambiente denso y opresivo.

  Yannes sonrió, pero no era una sonrisa de simple satisfacción; era la de alguien que había calculado todo al detalle.

  ?Bueno… parece que funcionó? —pensó mientras lo veía alejarse. ?Lo siento, joven Cáliban, pero me temo que nadie está más calificado que tú para guiarlos?

  El plan del profesor, aunque no completamente intencionado, había dado un giro a su favor. Usando a los amigos de Cáliban como cebo, había conseguido motivarlo para tomar un papel que él consideraba indispensable. Aunque originalmente no formaba parte de su estrategia, la situación le venía como anillo al dedo, y no estaba dispuesto a desaprovecharla.

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