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Capítulo 20: Cansancio en la mirada

  Mientras avanzaban por la bulliciosa calle, Cáliban no podía evitar mirar a su alrededor con asombro. Por donde posara los ojos, solo veía interminables filas de casas, imponentes edificios y animadas tiendas. Todo aquello se asemejaba más a una ciudad en plena efervescencia que a una simple academia.

  El profesor, caminando unos pasos por delante, notó la expresión de Cáliban y esbozó una leve sonrisa.

  —?Impresionado? —preguntó con un tono amable pero divertido —No eres el primero en sentirse así. La Academia tiene esa habilidad de abrumar a los recién llegados.

  Cáliban asintió distraído, todavía estaba tratando de asimilar la inmensidad del lugar. El profesor soltó una corta carcajada y palmeó su hombro.

  —Debe ser extra?o para ti, ?Verdad? —comentó el profesor mientras caminaban —Esta academia es prácticamente una ciudad autónoma. De hecho, podría ostentar ese título sin problemas. Verás, muchas de las especies inteligentes que han sido marginadas, odiadas, discriminadas, maldecidas e incluso apartadas por los dioses fueron acogidas aquí por el director. él creó este lugar como un refugio, un espacio donde todas ellas pudieran vivir en armonía y en igualdad de condiciones con otras especies. Lo único que pide a cambio es que contribuyan a que la academia funcione de forma independiente, sin depender de ningún rey, ciudad o capital.

  Había una mezcla de asombro y respeto en las palabras del profesor, como si estuviera rindiendo un silencioso homenaje al director. Cáliban, sin embargo, no podía compartir plenamente esa admiración; sabía demasiado sobre la situación actual como para dejarse llevar. Sin embargo, había algo que no dejaba de intrigarlo. Llevaba días intentando obtener información confiable sobre el misterioso director, pero más allá de relatos fantásticos y exageraciones, no había logrado nada relevante. Esta parecía la oportunidad perfecta.

  —?Cómo conoció al director? —preguntó Cáliban, midiendo sus palabras.

  El profesor se detuvo un instante, sorprendido. Era evidente que no estaba acostumbrado a escuchar esa clase de preguntas. Sin embargo, tras una breve carcajada, comenzó a hablar con naturalidad, sin percatarse del interés oculto en su aprendiz.

  —Fue hace a?os. —empezó —Yo acababa de salir al mundo en busca de trabajo, aquí, en la academia. No era particularmente fuerte para los estándares de los míos. Las familias de los vampiros civiles, como la mía, son muy diferentes a las de la nobleza, donde solo los más fuertes tienen valor.

  Por un momento, su semblante se ensombreció. Una pausa incómoda se extendió en el aire antes de que continuara. Finalmente, tras un breve suspiro, dijo:

  —Joven Cáliban, ?Puede prometerme que guardará esto en secreto?

  Cáliban arqueó una ceja, desconcertado.

  ??Un secreto?? —pensó. No esperaba tal giro en la conversación. Aun así, mantuvo la compostura y respondió con seriedad.

  —Lo prometo.

  El profesor dejó escapar una risa suave.

  —No tienes que ponerte tan serio. —dijo, agitando una mano de manera despreocupada —No es un secreto de Reino ni nada parecido. Es solo una petición personal, de maestro a estudiante.

  —Aun así, si es algo importante para usted, haré lo posible para no incomodarlo. —aseguró Cáliban, inclinando ligeramente la cabeza en se?al de respeto.

  El profesor lo observó por un instante, evaluándolo en silencio, antes de esbozar una peque?a sonrisa.

  —Gracias, muchacho. Es bueno saber que puedo confiar en ti. —murmuró el profesor, con un poco de nostalgia en la voz —Mi madre era una noble de sangre pura, perteneciente a la familia Nosferatus…

  Cáliban parpadeó, sorprendido. La mención de aquella familia no era algo que pasara desapercibido. Los Nosferatus, la segunda familia noble más poderosa de la ciudad de Redvein, eran casi una leyenda entre los vampiros. Su linaje era uno de los más antiguos, sólo superado por los Dracul, los fundadores. En la estricta jerarquía vampírica, cada rango parecía determinado no solo por la fuerza, sino por el propio destino de nacimiento.

  Primero estaban los Ghouls, meros cadáveres reanimados con la magia de los vampiros vistos como herramientas desechables, utilizados como mano de obra o carne de ca?ón. Por encima de ellos estaban los Vampiros Sirvientes, mortales transformados por capricho o necesidad, quienes, debido a la maldición en su sangre, quedaban eternamente sometidos a la voluntad de sus amos. Luego estaban los Vampiros de sangre pura, divididos entre nobles y civiles. Los nobles, longevos y poderosos, dominaban antiguas magias, mientras que los civiles compartían únicamente la longevidad, sin las capacidades excepcionales de los primeros. Sin embargo, incluso estos últimos eran tratados con más dignidad que los Ghouls o Sirvientes.

  En la cúspide de esta pirámide estaban los Vampiros Nobles, encabezados por un Vampiro Lord. Quienes ejercían de patriarcas, cuya autoridad sólo era superada por la del mismo Rey de Sangre, el legendario descendiente del gran Drácula. Cáliban apenas lograba procesar el relato mientras una única idea resonaba en su mente:

  ?El trasfondo del profesor es mucho más profundo de lo que imaginaba?.

  Antes de que pudiera perderse en sus pensamientos, el profesor continuó hablando, lleno de melancolía.

  —Mi madre se llamaba Ruxandra Nosferatus. Contrario a lo que muchos creen, no todos en nuestra raza desean da?ar a otros. Mi madre era una de esas excepciones. Lamentaba profundamente la muerte de cualquier ser vivo. De hecho, a veces se negaba incluso a beber sangre, aunque sabía que debía hacerlo para sobrevivir. Ella creía que como raza podíamos aspirar a algo mejor, a un destino más digno.

  El profesor hizo una pausa, sus ojos se clavaron en una vitrina cercana. Era una tienda de ropa, y allí, tras el cristal, se exhibía un elegante vestido de novia blanco. Su rostro reflejaba una mezcla de tristeza y agotamiento, como si aquel simple objeto evocara un recuerdo demasiado pesado.

  —Cuando cumplió la mayoría de edad, mis abuelos la comprometieron con un miembro de otra familia noble. —prosiguió —Pero ese no era el futuro que ella deseaba.

  Cáliban lo observó en silencio antes de comentar, con un susurro:

  —Algo me dice que… una mujer con tanta convicción no permitiría que otros decidieran por ella.

  El profesor dejó escapar una suave risa, rompiendo momentáneamente la tensión.

  —Exactamente. Mi madre conoció a un vampiro civil… no era un noble, ni poseía un poder extraordinario, pero era un buen hombre. Compartía sus ideales y su esperanza de que nuestra raza pudiera cambiar. él trabajaba como sirviente en nuestra familia, lo que les permitió pasar mucho tiempo juntos. ?Ah! Deberías haberlos visto el día de su boda… —El profesor sonrió, aunque sus ojos seguían mostrando esa sombra de melancolía —Fue el único momento en el que vi a mi madre verdaderamente feliz. Aun tengo una foto de aquel dia…

  —?Oh? ?Qué fue lo que sucedió? —preguntó Cáliban, inclinándose ligeramente hacia adelante, intrigado.

  El profesor suspiró profundamente, como si desenterrar esos recuerdos le costara más que cualquier batalla.

  —El día en que mi madre iba a casarse con su prometido, mi padre apareció. Con la ayuda de mi abuela, lograron escapar juntos. Se refugiaron en una aldea peque?a y apartada. Allí nací yo. Mi padre, Sebastián Yannes, cazaba animales para mantenernos. Vivíamos escondidos, siempre alertas, hasta que…

  Se detuvo en medio de la multitud, sus ojos brillaron con un poco de dolor. Cáliban percibió el peso de la historia y no quiso presionarlo, por más ansioso que estuviera por conocer los detalles.

  —No necesita seguir si no quiere. —murmuró en un tono comprensivo.

  El profesor negó con la cabeza y forzó una débil sonrisa.

  —No, está bien… lo difícil no es contar lo que pasó…

  Sin decir más, comenzó a caminar lentamente. Cáliban lo siguió en silencio, dejando espacio para que encontrara las palabras adecuadas.

  —Un día, los encontraron. Los perros guardianes de la familia. —continuó el profesor —Eran vampiros entrenados en rastreo e infiltración. Llegaron de noche y en cuestión de horas destruyeron la aldea entera. Mis padres intentaron protegerme. Me escondieron en una carreta llena de estiércol para enmascarar mi olor.

  Cáliban lo interrumpió suavemente, con un tono que reflejaba comprensión.

  —Lo entiendo, profesor. Fue una decisión necesaria. No hay deshonra en lo que hicieron.

  El profesor asintió, aunque su mirada seguía clavada en el suelo.

  —Lo hicieron por mí… y les costó la vida. Los capturaron y los llevaron de vuelta a la familia. Mi madre fue ejecutada públicamente como un escarmiento para los demás. Mi padre… él fue torturado hasta la muerte porque querían saber dónde estaba. Pero, incluso bajo ese tormento, jamás me delató…

  Una lágrima solitaria rodó por su mejilla antes de que la apartara con un gesto brusco. Cáliban no dijo nada, respetando su dolor. En ese momento, no solo veía al vampiro, sino al hombre que había soportado más de lo que cualquier alma debería cargar.

  —?Cómo se enteró de todo? —preguntó Cáliban finalmente, rompiendo el silencio con cuidado.

  —Cuando escapé, estuve vagando por meses, tal vez a?os. Trabajé para ahorrar, con la esperanza de comprar una casa, pero nunca fue suficiente. Entonces conocí a Margaret, una bibliotecaria y Bestióloga. Ella me acogió y me trató como a un hijo, a pesar de lo que soy. Me ense?ó todo lo que sé. Era una mujer bondadosa, tan amable como mi madre.

  Una sonrisa nostálgica cruzó su rostro, fugaz como un rayo de sol entre nubes.

  —Con el tiempo, Margaret enfermó y falleció. Decidí honrar su memoria y convertirme en Bestiólogo. Busqué trabajo en todas las academias posibles, pero nadie quería contratar a un vampiro. Nunca imaginé que una escuela como Grand Delion aceptaría a alguien como yo, pero vine aquí por ellos… por mi madre, mi padre y por Margaret.

  Se detuvo y miró a Cáliban con una mezcla de orgullo y alivio.

  —Debió ser difícil… no me imagino el dolor que tuvo que soportar, profesor… —murmuró Cáliban, con la voz cargada de empatía.

  El profesor suspiró, clavando la mirada en el suelo como si buscara las palabras adecuadas.

  —Descuida. Al final, el director me ayudó a descubrir la verdad sobre mi madre. Gracias a sus agentes, supe lo que realmente ocurrió… lo que ella y mi padre tuvieron que soportar.

  —Usted es increíble, profesor. Me alegra que sea como es. —dijo Cáliban con sinceridad, intentando aliviar la tensión.

  El profesor negó con la cabeza, con una sonrisa apagada.

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  —No es necesario que me adules, muchacho. No soy nada especial. Simplemente…

  Antes de que pudiera terminar, Cáliban lo interrumpió. Había un leve brillo de enojo en su mirada, casi de indignación.

  —No, profesor. No es algo simple. No es algo común ni insignificante. Usted vivió una historia que no cualquiera podría soportar. Ha cargado con el peso del dolor, del arrepentimiento. ?Cree que no puedo ver el cansancio en su mirada?

  El profesor alzó la vista, sorprendido, mientras Cáliban continuaba.

  —Ese cansancio que lleva no solo es físico. Refleja lo que siente su alma. Usted decidió vivir libre de prejuicios, abrazar el entendimiento y la empatía. Pero no pudo salvar a su madre ni a su padre, tampoco pudo ayudar a Margaret. Y aunque intente ocultarlo, sus ojos no mienten.

  El profesor llevó una mano temblorosa a su rostro, como si pudiera ocultar lo evidente.

  —?Mi… mi mirada?

  Cáliban no le dio tiempo de negar lo evidente.

  —“No pude vengarla, no pude ayudarlo, no pude estar ahí… no pude, no pude, no pude…”. ?No es eso lo que se repite cada día en su mente?

  Los ojos del profesor temblaron.

  —?Cómo…?

  —Porque ya he visto a personas como usted. Personas que han aprendido a valorar lo que tienen, pero no dejan de lamentar lo que no pudieron hacer. Personas que, como dicen, "viven solo por vivir, pero sin la voluntad para hacerlo".

  El profesor intentó esbozar una sonrisa, forzada y breve.

  —No creo que sea tan dramático. Solo estoy cansado… no he dormido bien últimamente.

  —Los vampiros no duermen, profesor. —replicó Cáliban con firmeza, dejando al descubierto la mentira.

  El profesor agachó la cabeza, derrotado por su propia excusa.

  —Yo solo…

  —Profesor. —interrumpió Cáliban, su voz ahora era cálida y firme, cargada de convicción —Usted vivió solo, perdió todo lo que amaba, fue rechazado por los suyos y por los demás. Le cerraron puertas en todas partes. Pero nunca traicionó sus valores, ni siquiera se dejó llevar por la venganza. Eligió honrar la vida que sus padres sacrificaron orgullosamente por usted. Ellos sabían lo que hacían. Sabían que su vida sería su legado.

  El profesor alzó la mirada, vulnerable. Cáliban continuó, sin titubear.

  —Sus padres, aun siendo inmortales, prefirieron morir para protegerlo. Esa es la prueba del inmenso amor que le tenían. Y usted, al seguir adelante, les ha dado la mejor de las honras. ?Cree que eso no es especial? ?Que no es importante? Se equivoca, profesor. Es todo lo contrario. Si sus padres estuvieran vivos… no tengo la menor duda de que estarían completamente orgullosos de usted.

  Ante las palabras de Cáliban, el profesor no pudo contener unas lágrimas silenciosas. Sacó un pa?uelo y las limpió con rapidez, incómodo por mostrar esa faceta. Sin embargo, su alumno parecía indiferente a la vulnerabilidad ajena, como si no juzgara.

  —Me alegra ver que mi decisión no ha sido equivocada… —murmuró el profesor.

  —?Decisión? —preguntó Cáliban, arqueando una ceja.

  —Sí, mi decisión.

  Cáliban lo observó con un interés renovado.

  —Ahora que lo menciona, profesor… ?Por qué me está contando todo esto?

  El profesor lo miró directamente, con una seriedad que solo podía venir de la confianza.

  —Desde que nos conocemos, hablas con una sabiduría y tranquilidad poco comunes. Cuando converso contigo, siento que estoy hablando con alguien como el director. Me gustaría que emplearas esas cualidades con tus compa?eros, pero antes de entrar en detalles… quisiera saber tu historia. ?Te supone un problema?

  Cáliban reflexionó por un instante.

  ?Supongo que debería contarle la mía, ya que él me confió la suya…?

  Finalmente, respondió:

  —Mi historia no es tan interesante. Solo soy un huérfano que tuvo que sobrevivir haciendo un trabajo que odiaba, arriesgando la vida para comer. Mis padres murieron cuando yo era peque?o. Me amaron tanto como se les permitió, pero al final, me quedé solo…

  El profesor llevó una mano a su barbilla, evaluando las palabras del joven. Algo en su tono lo hacía dudar. ?Era toda la verdad? Pensó unos segundos antes de hacer otra pregunta.

  —?Tuviste algún maestro? No actúas como alguien de tu edad.

  —Sí, lo tuve. Me ense?ó todo lo que sé… a pensar, a combatir, a evaluar situaciones, a juzgar a las personas, incluso me narró historias. Aunque no me crió… fue como un padre para mí.

  —?Oh! —exclamó el profesor, sinceramente intrigado —De ser así, me gustaría conocerlo algún día. Por la forma en que hablas, diría que era un verdadero erudito.

  Cáliban lo miró, serio como siempre.

  —Está muerto… Murió de vejez.

  El profesor guardó silencio. Hasta ese momento, había pensado que nada alteraba el semblante de Cáliban. Pero ahora percibía algo más profundo, una tristeza sutil en sus ojos.

  —Lo siento, joven Cáliban…

  —Está bien. La muerte es natural. Todo lo que vive tiene que morir. Ese es el ciclo de los mortales. Enfadarse por algo tan inevitable sería una pérdida de tiempo.

  El profesor lo miró, impresionado. Las palabras del joven eran simples, pero su tono cargado de madurez las hacía contundentes.

  —Realmente me impresionas, joven Cáliban. Por eso, quisiera hacerte una pregunta… ?Te gustaría ser el líder de tu grupo?

  La pregunta del profesor dejó a Cáliban genuinamente sorprendido. Nunca había considerado que un grupo necesitaría un líder, pero al pensarlo detenidamente, la lógica detrás de la idea era evidente.

  —No entiendo, profesor… ?Por qué yo? —preguntó finalmente, con un tono de genuina curiosidad.

  El profesor asintió, como si ya hubiera anticipado esa reacción.

  —Permíteme explicarte. Por lo general, los alumnos que asisten a clases deben participar en expediciones a la mazmorra del bosque. Esto no solo los ayuda a hacerse más fuertes, sino también a recolectar recursos valiosos.

  Cáliban lo observó con atención mientras el profesor continuaba.

  —Los profesores de cada casa solemos dividir a los estudiantes en grupos de hasta 15 integrantes. Estos equipos trabajan juntos en expediciones, estudios, y otras actividades. Cada equipo necesita un líder que se encargue de asegurarse de que sus compa?eros cumplan con los objetivos semanales. Sin embargo, en nuestra casa, al ser tan pocos alumnos, todos estarán en un solo equipo. Por eso, creo que tú podrías ser el líder ideal.

  Cáliban arqueó una ceja, claramente escéptico.

  —?Por qué yo?

  —Creo que tienes lo necesario para sacar lo mejor de los demás. He observado cómo entrenabas con el joven Joseph y también tu combate con Reinhard. Tienes la capacidad de ayudar a tus compa?eros y guiarlos por el camino correcto. Yo… por las reglas de la academia, no puedo intervenir demasiado en sus asuntos personales. Por eso confío en que tú podrías encargarte de este rol.

  Cáliban escuchó atentamente, reflexionando sobre las palabras del profesor. La única persona en la que confiaba plenamente era Joseph, y la idea de tener que cuidar a un grupo de estudiantes, que probablemente consideraba arrogantes y problemáticos, no le resultaba atractiva. Sin embargo, no podía ignorar que la responsabilidad traía consigo ciertas ventajas.

  —?Puedo pensarlo por un tiempo? —preguntó con seriedad.

  —?Por supuesto! No tengo intención de obligarte a nada.

  Mientras caminaban, Cáliban se sumió en sus pensamientos.

  ?Realmente debo pensarlo con cuidado. Tener más libertad en la toma de decisiones podría facilitar mis planes a largo plazo... pero cuidar a un montón de pubertos en crecimiento no es precisamente mi idea en progreso?.

  Finalmente, llegaron a una tienda enorme de una fachada negra en la calle de Hilloy, al observar por encima, pudo notar un enorme letrero que decia “Emporio Martillo Negro”. Al entrar, Cáliban notó que las estanterías estaban abarrotadas de armas y materiales raros. El ambiente tenía un aire rústico y pesado, intensificado por el aroma a madera y metal pulido.

  El profesor sonrió y se?aló a un anciano enano detrás del mostrador. Su barba gris llegaba hasta el pecho, y sostenía un tarro de cerveza en una mano mientras revisaba una hoja de metal con la otra.

  —Cáliban, déjame presentarte a uno de los mejores herreros y tasadores del continente. Este es el legendario maestro herrero, Bardrim El Martillo Negro.

  Un enano de barba gris larga y oficio de herrero es una figura que emana fuerza, experiencia y un toque de misterio. Su complexión era robusta, con brazos musculosos y manos grandes marcadas por cicatrices, testimonio de a?os trabajando el metal y enfrentando el fuego de la forja. La piel, curtida por el calor constante, tiene un tono terroso, y sus ojos, peque?os pero intensos, brillan con un destello astuto, como si pudieran evaluar el valor de cualquier persona o cosa con un solo vistazo.

  La barba, su rasgo más prominente, caía en cascada hasta su pecho o incluso más abajo, cuidadosamente trenzada en algunas secciones para evitar que interfiera con su trabajo. Vestía un delantal de cuero grueso manchado de hollín y grasa, con múltiples bolsillos llenos de herramientas peque?as… martillos, pinzas, buriles y cinceles. Su ropa estaba hecha de materiales resistentes, a menudo desgastados pero funcionales, y llevaba botas pesadas reforzadas con placas metálicas.

  El aire a su alrededor está impregnado del olor a metal caliente, carbón y cuero. Su voz era grave, con un timbre que recordaba el retumbar de una fragua, y habla con la autoridad de alguien que ha dominado su arte durante décadas, tal vez siglos. A pesar de su aspecto severo y su actitud directa, quienes lo conocían bien, saben que tiene un corazón leal y una pasión inquebrantable por su oficio.

  En su taller, era un maestro indiscutible, rodeado de herramientas, minerales raros, armas a medio terminar y artefactos mágicos que esperan ser perfeccionados por sus manos expertas. Detrás de él, cada golpe de martillo resonaba como un eco de tradición, esfuerzo y perfección en cada creación que sale de su forja.

  Bardrim avanzó hacia ellos, acariciándose la barba con dedos curtidos por el trabajo, su mirada penetrante se posaba en Cáliban como si pudiera medirlo con un simple vistazo.

  —Hmmm… ?Este es el muchacho que mató al quinto rango? —preguntó con un tono entre curioso y escéptico.

  Su voz era grave, y hablaba con la autoridad natural, tal vez de siglos atrás, a pesar de su aspecto severo y su actitud directa.

  —En efecto, maestro Bardrim. Lo hizo junto con un joven del tercer nivel. —respondió el profesor Yannes con entusiasmo.

  —Ya veo… supongo que el del tercer nivel hizo todo el trabajo. —replicó Bardrim con una risa seca y palabras cargadas de burla.

  Cáliban mantuvo su expresión imperturbable. Aunque no le agradaron las palabras del enano, no mostró reacción alguna. Prefería no gastar energía en disputas inútiles, especialmente con alguien cuya opinión no le importaba.

  —Te puedo asegurar que la bestia no habría caído sin la ayuda de este muchacho. —intervino el profesor Yannes, con un tono firme que intentaba respaldar a su alumno.

  —?Es así? —respondió Bardrim, encogiéndose de hombros —Bueno, me da igual. En cualquier caso, pasen por aquí. Sus materiales ya están listos.

  Sin esperar respuesta, el enano los guió hacia la trastienda. Al cruzar el umbral, Cáliban quedó impresionado por lo que vio. El espacio era mucho más grande de lo que aparentaba desde la entrada. Había filas de cadáveres de monstruos dispuestos sobre mesas de trabajo, siendo meticulosamente diseccionados. Minerales de todas las formas y colores se apilaban en estanterías junto a complejas piezas de cristalería alquímica.

  Al fondo, una enorme forja dominaba la habitación, y los sonidos de martilleos rítmicos resonaban con una precisión casi musical. El aire estaba cargado con el aroma de metal caliente, cuero curtido y algo que Cáliban no podía identificar del todo, pero que sugería una mezcla de magia y alquimia.

  Bardrim los llevó hasta una mesa robusta en el centro de la sala. Sobre ella estaban dispuestos los materiales recolectados de los cuerpos del Ferrum y la Pantera Carmesí. Los restos brillaban bajo la luz de las lámparas mágicas, revelando texturas complejas… esquirlas plateadas, huesos oscuros como el ébano, y piel carmesí que parecía latir con un leve resplandor interno.

  —Aquí están. —dijo Bardrim, con un toque de orgullo en su voz —Estos son los materiales que lograron de esas bestias. Esquirlas, piel, garras, núcleos de energía… todo en perfecto estado gracias a la precisión de mi equipo. Para nuevos alumnos, debo tomar una parte como pago por el servicio. Espero que no te moleste, muchacho.

  Cáliban observó los materiales, evaluando sus posibilidades. La calidad era indiscutible, y sabía que con el uso adecuado, estas piezas podían convertirse en herramientas o armas excepcionales.

  —Está bien, lo entiendo.

  Bardrim, cruzándose de brazos, preguntó:

  —?Qué es lo que querrás, muchacho?

  Cáliban meditó unos segundos antes de responder con respeto:

  —?Qué le gustaría tomar como compensación, maestro Bardrim?

  El herrero lo miró con sorpresa. No era común que los aprendices fueran tan considerados; la mayoría intentaba aprovecharse para evitar pagar. Por primera vez en el día, Bardrim esbozó una ligera sonrisa.

  —Bueno… tomaré las pieles de la pantera carmesí. Quédate con el resto.

  —Me temo que no puedo hacer eso. —respondió Cáliban con seriedad —Esto lo cazamos en grupo, y debo repartir las ganancias. Preferiría que lo vendiera todo, si no es molestia.

  Bardrim soltó una carcajada áspera.

  —Vaya, tienes más sentido de la responsabilidad que otros aprendices que he conocido. Bien, contando todos los materiales… serán 450 Oloruns. Iré por el dinero.

  Mientras Bardrim desaparecía en la trastienda, el profesor se acercó a Cáliban.

  —Bueno, ?Qué más quieres hacer?

  —Necesito tiempo para pensar en su propuesta, profesor. Pero no se preocupe, no tardaré.

  —Entendido. Tienes hasta que comiencen las clases. Tómate tu tiempo.

  —Gracias…

  El profesor asintió y dio un paso atrás, envuelto de inmediato en una nube negra que se disipó rápidamente. Justo entonces, Bardrim reapareció cargando una bolsa de monedas.

  —?Ya se fue el murciélago? Siempre tan apresurado… aquí tienes. Puedes contarlas.

  Bardrim le entregó la bolsa llena de monedas doradas. Cáliban sabía que el 50% de esa suma era para Reinhard, tal como habían acordado. Sin embargo, antes de irse, algo rondaba en su mente.

  —Maestro Bardrim… antes de marcharme, me gustaría hacerle una pregunta.

  El maestro herrero levantó una ceja, intrigado.

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