El profesor no pudo contener su asombro. Frente a él, sus estudiantes habían traído nada menos que una pantera carmesí y un Ferrum. Su rostro reflejaba una mezcla de incredulidad y alarma mientras tomaba a Reinhard por los hombros, sacudiéndolo con impaciencia.
—??Joven Reinhard, enserio cazaron esas bestias en el bosque?! —exclamó con los ojos muy abiertos.
Reinhard tragó saliva antes de responder:
—Si, en el bosque, profesor...
El semblante del profesor se tensó aún más.
—Eso no puede ser... esas criaturas...
De repente, se quedó en silencio. Su mirada se dirigió hacia el suelo, perdida en un pensamiento urgente. Tras unos segundos que parecieron eternos, rompió el silencio:
—?Quiénes cazaron a estas criaturas?
—Fuimos Cáliban y yo, profesor. —respondió Reinhard, sin vacilar.
El profesor respiró hondo y se?aló hacia el interior del edificio.
—Bien. Ambos, acompá?enme a mi oficina.
Caminaron en silencio hacia el interior de la mansión. Una vez dentro, el profesor los condujo a su despacho y cerró la puerta con cuidado, asegurándose de que nadie más pudiera escuchar la conversación. Se sentó detrás de su escritorio y se?aló las sillas frente a él.
—Hablen. Quiero que me expliquen exactamente qué ocurrió en el bosque. —Su tono era severo, pero su curiosidad era evidente.
Reinhard relató los eventos con detalle. Cuando terminó, el profesor los miró fijamente, como si intentara discernir si decían la verdad.
—?Así que realmente cazaron esas criaturas en el bosque? —preguntó finalmente.
Ambos jóvenes asintieron con firmeza. El profesor suspiró profundamente y se recargó en su silla.
—De acuerdo... supongo que se enterarán tarde o temprano. Por esta vez, haré una excepción. —Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos sobre el escritorio. —?Notaron algo peculiar sobre ese bosque? Es el único en toda la academia rodeado por muros más altos, ?Verdad?
Cáliban frunció el ce?o, recordando.
?Ahora que lo menciona... me pareció extra?o que solo esa parte estuviera tan protegida?
El profesor asintió al ver las expresiones de los jóvenes.
—Bueno, hay una razón para ello. Ese bosque no es un bosque... es una mazmorra.
La revelación golpeó a Reinhard y Cáliban como un rayo. Sus ojos se abrieron con incredulidad.
—?Una mazmorra? ?Cómo es posible? —preguntó Reinhard, perplejo.
El profesor levantó una mano para calmar su agitación.
—Es una mazmorra ancestral. Hace a?os, en la época de la creación de la academia, el director la descubrió en esta forma, disfrazada de bosque. Su valor es incalculable, porque tiene la capacidad de generar terrenos aleatorios dentro de ella. —Hizo una pausa para asegurarse de que lo seguían. —Por ejemplo, estudiantes de grados superiores han reportado que cuanto más se adentran, más variados se vuelven los paisajes. Algunos han encontrado desiertos, monta?as, lagos, islas e incluso praderas. Lo curioso es que, aun con la magia y los artefactos que poseemos, esto desafía todas las leyes conocidas. El espacio no es lo suficientemente grande para contener tantos biomas, pero de alguna forma, los crea.
Los jóvenes intercambiaron miradas. Cáliban procesaba rápidamente lo que estaba escuchando.
—Eso no es todo. —continuó el profesor —La mazmorra también responde a los usuarios que entran. Su estructura cambia en función de quiénes la exploran. Fue precisamente por eso que el director decidió fundar la academia aquí… para aprovechar el potencial ilimitado de este lugar.
El silencio llenó la sala mientras los jóvenes digerían la magnitud de la información. Habían entrado en un territorio mucho más peligroso y misterioso de lo que jamás habían imaginado.
—Entonces, ?Por qué nos permiten entrar a una mazmorra tan peligrosa? —preguntó Cáliban, cruzando los brazos con un gesto de incredulidad.
El profesor suspiró, acomodándose en su silla.
—Esa es la cuestión. Ustedes tienen la capacidad de entrar porque la mazmorra se adapta al nivel de quien la explora. Como mencioné antes, el peligro debería estar ajustado a su rango. Pero eso es lo raro… siendo ustedes, no deberían haber enfrentado criaturas más allá del tercer nivel. Sin embargo, se toparon con una pantera carmesí de quinto rango y un Ferrum de cuarto rango. ?Cómo explicamos eso?
Cáliban frunció el ce?o, procesando lo que oía. Reinhard fue más directo:
—?Y cómo sabe que la pantera no era el jefe?
El profesor entrecerró los ojos, como si la respuesta fuera demasiado obvia.
—Si lo fuera, la mazmorra les habría otorgado una recompensa. Hasta donde sabemos, cada piso de la mazmorra tiene jefes, biomas y recompensas distintas. Por eso insisto… no deberían haber encontrado criaturas tan poderosas todavía. Esto nunca había sucedido.
Ambos estudiantes intercambiaron una mirada rápida. El profesor continuó:
—Díganme la verdad. ?Realmente no saben nada sobre lo que pudo haber causado esto?
—Si lo supiéramos, se lo diríamos, profesor. —respondió Reinhard con firmeza.
El profesor los observó en silencio, evaluándolos por algunos instantes. Finalmente, asintió.
—Está bien. Pueden retirarse. Guarden los cadáveres; ma?ana los llevaré a Hilloy para que los tasen. También, informen a los demás que nuestro turno para el recorrido por la academia será en unos días. Seremos los últimos.
Ambos se inclinaron ligeramente en se?al de respeto y se marcharon. Una vez fuera, Reinhard no pudo contenerse:
—?Qué crees que ocurrió realmente?
—No lo sé. —respondió Cáliban sin mirar a su compa?ero.
—?No tienes curiosidad?
—No.
Reinhard frunció el ce?o mientras Cáliban se alejaba rápidamente. La verdad era que sí estaba intrigado, pero prefería no mostrarlo.
?Si mi teoría es correcta, entonces la anomalía tiene que ver conmigo. O más específicamente, con mi cristal…? —pensó mientras caminaba.
Más tarde, al reunirse con Cecilia, Nhun y Joseph, discutieron el valor de los materiales obtenidos de los cadáveres. Llegaron a un acuerdo, dividirían el 50% entre ellos, y el resto sería para Reinhard, quien había hecho la mayor parte del trabajo. Mientras tanto, al fondo del salón se oían murmullos de los hijos de los héroes; Reinhard parecía estar contándoles con entusiasmo lo sucedido en el bosque, aunque estos seguían mostrando cierto desprecio en su mirada.
Cáliban, agotado de forma inexplicable, decidió retirarse temprano. Aunque no había gastado energía ni magia durante el día, su cuerpo se sentía pesado, como si hubiera cargado un enorme peso invisible. Al llegar a su habitación, no tuvo fuerzas para preocuparse por nada más. Se dejó caer sobre la cama sin medir su fuerza, y las patas de esta se rompieron con un estruendo seco.
—Otro problema para ma?ana... —murmuró con un suspiro mientras se acomodaba sobre el colchón hundido. En segundos, el sue?o lo envolvió.
Cuando volvió a abrir los ojos, no estaba en su habitación.
Se encontraba en medio de un vasto desierto. La arena dorada se extendía hacia el horizonte en todas direcciones, sin un solo punto de referencia salvo el sol abrasador que quemaba su piel. El silencio era ensordecedor, roto únicamente por el suave susurro del viento que arrastraba partículas de arena. Miró a su alrededor, esperando encontrar alguna pista, pero no había nada más que vacío.
Sin otra opción, comenzó a caminar. Pasaron lo que sintió como horas, sus pasos pesados se hundían en la arena mientras el sol implacable drenaba sus fuerzas. Cuando su cuerpo parecía estar al límite, vio algo en la distancia.
Era un castillo. Su silueta se alzaba solitaria sobre una peque?a colina, destacando como una visión surrealista en medio del desierto infinito. No tenía alternativa, así que dirigió sus pasos hacia él, guiado por una mezcla de esperanza y necesidad.
Cuando finalmente alcanzó el castillo, se dio cuenta de que estaba hecho de piedra oscura, erosionada por el tiempo y el viento. La puerta principal, pesada y rechinante, estaba entreabierta, como si lo invitara a entrar. Cáliban avanzó con cautela, recorriendo pasillos silenciosos y habitaciones vacías. Las paredes estaban cubiertas de grietas y polvo; el lugar parecía abandonado desde hacía siglos.
Al final de un pasillo largo y oscuro, encontró una puerta diferente. Esta estaba cerrada, hecha de un material que no podía identificar, reluciente bajo una luz que no parecía provenir de ninguna parte. Algo en ella lo inquietaba, pero también lo atraía, como si lo estuviera llamando.
Cáliban extendió la mano hacia la manija, sintiendo cómo su corazón comenzaba a latir con fuerza. Algo importante, algo definitivo, lo esperaba al otro lado.
—?Dónde mierda estoy? No recuerdo haber llegado a este lugar... en ninguna de mis vidas… —murmuró Cáliban, desconcertado.
La extra?eza del momento lo envolvía por completo, pero algo destacaba aún más… en el centro de la habitación había un pedestal. Sobre él descansaba un libro abierto, de cuyas páginas surgían letras carmesí que flotaban en el aire, brillando como estrellas diminutas. Fascinado, se acercó y comenzó a leerlo, buscando respuestas que explicaran qué estaba ocurriendo. Sin embargo, las páginas estaban completamente vacías.
Pasó sus dedos sobre el papel, esperando que algo cambiara, pero nada sucedió. Finalmente, llegó al final del libro, donde encontró algo escrito en la última página… una única palabra en un idioma que no conocía.
—?ρμαγεδ?ν... —leyó en voz baja, con un escalofrío recorriendo su espalda.
Antes de que pudiera analizar más, una fuerza desconocida comenzó a manifestarse. Los alrededores del castillo, las paredes y el suelo, comenzaron a contraerse, moviéndose hacia él como si el espacio mismo estuviera colapsando. Cáliban sintió el aire escaparse de sus pulmones mientras las paredes se cerraban a su alrededor.
Sin poder hacer nada, cerró los ojos, resignado a su aparente destino.
—Esto es todo...
Pero de repente, los abrió.
Estaba nuevamente en su cama, en la habitación de la mansión de la Casa de los Especiales. Respiraba con dificultad, el sudor cubría su frente, y su pecho subía y bajaba al compás de su acelerada respiración. Miró por la ventana… todavía era de noche. Un vistazo al reloj de la pared le indicó que faltaba aproximadamente una hora para el amanecer.
—?Pero qué... mierda…? —murmuró mientras intentaba calmarse.
Entonces, un hedor desagradable llegó a sus fosas nasales. Se dio cuenta de que era él mismo… no se había duchado después de la caza del día anterior. Decidido a resolver al menos ese problema, se levantó rápidamente, tomó ropa limpia y una toalla, y se dirigió hacia la parte trasera de la mansión, donde estaban las regaderas improvisadas.
—?Esperarán que también construyamos duchas decentes...? —murmuró al llegar.
Las llamadas "regaderas" eran básicamente tubos conectados a un sistema básico, rodeados por precarias vallas de madera para garantizar algo de privacidad. No había un río cercano ni un lago para ba?arse, y entrar al bosque no era una opción.
?Honestamente, hubiera preferido enfrentarme a otra pantera de quinto rango antes que ducharme aquí? —pensó con amargura mientras encendía el agua.
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El ba?o fue rápido y funcional. Al terminar, dejó su ropa húmeda secándose y regresó a la mansión. Todavía era demasiado temprano para ir a tasar los cadáveres, así que decidió enfocarse en algo productivo.
?Bueno... un poco de carpintería no estaría mal? —reflexionó mientras caminaba hacia la zona de entrenamiento.
El profesor les había dejado claro desde el principio que todo lo que necesitaran; comida, muebles, reparaciones. Tendrían que obtenerlo o crearlo por sus propios medios. A Cáliban no le molestaba; en cierto modo, prefería trabajar con sus propias manos.
Tomó unas tablas de madera que Joseph había traído el día anterior. Su objetivo era simple, fabricar una mesa con sillas decentes para la choza que estaba junto al área de entrenamiento. Mientras trabajaba, no pudo evitar mirar alrededor y notar nuevamente el estado de la mansión.
Aunque era un edificio grande, la fachada mostraba se?ales de abandono. Las paredes estaban cubiertas de maleza, los tapetes acumulaban polvo, y la biblioteca contenía libros olvidados y polvorientos. Apenas había muebles funcionales. Lo único en buen estado eran las habitaciones, que, aunque vacías, estaban limpias.
?Con un poco de esfuerzo, podríamos transformar este lugar en algo digno? —pensó mientras colocaba la primera tabla en su lugar. Las herramientas comenzaron a resonar con golpes constantes, llenando el aire con un ritmo tranquilo, una peque?a chispa de orden en medio del caos.
—?Cáliban?
La voz somnolienta de Joseph interrumpió el constante golpeteo del martillo. Se acercaba frotándose los ojos con pereza, aún con el rostro marcado por el sue?o.
—?Qué haces levantado tan temprano? —preguntó mientras bostezaba.
Cáliban dejó las herramientas un momento y se encogió de hombros.
—Lo mismo podría preguntarte. ?Qué pasa, no puedes dormir?
—Algo así... —respondió Joseph con un leve encogimiento de hombros. —?Quieres que te ayude con la madera? —ofreció mientras miraba los troncos apilados.
Cáliban negó con la cabeza, sacudiendo las manos llenas de polvo de madera.
—Deberías dormir un poco más. Yo ya me ba?é, así que estaré bien.
Joseph soltó una risita corta, mirando de reojo las precarias duchas.
—Bueno... en ese caso, creo que también tomaré un ba?o. De todas formas, tampoco pude dormir bien. Esa habitación es... incómoda.
—?Demasiado buena para ti? —bromeó Cáliban con una sonrisa burlona.
—Algo así... no me acostumbro a dormir en una cama. —admitió Joseph, encogiéndose de hombros.
Joseph se dirigió hacia las duchas. Mientras tanto, Cáliban aprovechó el tiempo para partir los troncos en tablas más delgadas, preparándolas para ensamblar las sillas. Una hora más tarde, Joseph volvió secándose el cabello con una toalla, su expresión era mucho más despierta.
—Entonces, ?Qué fue lo que pasó? —preguntó mientras observaba a Cáliban con interés.
Delante de ellos, había una mesa ornamentada de madera, simple pero sólida, con detalles que denotaban habilidad.
—?Cómo hiciste eso? —preguntó, impresionado.
Cáliban se encogió de hombros, sin darle demasiada importancia.
—?Hmm? Oh, ya terminé con la mesa. Ayúdame ahora con las sillas.
Joseph se cruzó de brazos, sin ocultar su curiosidad.
—?Sabes de carpintería?
—Sí. ?Es raro?
Joseph sonrió con ironía.
—Teniendo en cuenta tu historia... un poco.
Cáliban tomó otra tabla y comenzó a medirla mientras hablaba.
—El maestro solía enviarnos a misiones en galaxias donde no había civilización, ni lujos, ni comida, ni comodidades. Si quería algo, tenía que conseguirlo o hacerlo yo mismo. Claro, con el tiempo, cuando el poder crece, esas cosas dejan de importarte.
—?Cuánto más poder obtienes, menos necesitas comer? —preguntó Joseph, frunciendo el ce?o.
Cáliban negó con la cabeza, colocando una tabla en su lugar.
—No es que no lo necesites, es que de plano ya no lo haces. Cuando tu poder alcanza los planos superiores, cosas como la comida, el sue?o, el cansancio, la vejez o las enfermedades dejan de afectar tu cuerpo. La energía inmortal te otorga inmunidad a esas debilidades.
Joseph se quedó en silencio, asimilando la información mientras recogía herramientas para comenzar a trabajar en las sillas. Después de un momento, dejó escapar una risa breve.
—Supongo que eso suena cómodo. Pero aún así, hay algo... humano en estas cosas. La comida y el descanso...
Cáliban lo miró con una ligera sonrisa, continuando con su labor.
—Tal vez. Pero la verdad es que, cuando llegas a ese punto, empiezas a preguntarte si esas cosas realmente eran necesarias o solo distracciones.
—Ya veo... se escucha... aburrido. —comentó Joseph mientras ajustaba su postura, mirando a Cáliban con una mezcla de curiosidad y desconcierto.
—Algunos seres aún practican esas actividades, pero lo hacen más por obtener una sensación que por necesidad. Supongo que están realmente aburridos... —respondió Cáliban con indiferencia mientras tallaba una tabla de madera.
Joseph lo observó detenidamente antes de preguntar:
—?Tú tuviste ese problema?
Cáliban hizo una pausa, como si estuviera reflexionando antes de responder.
—No... cuando dejé de comer, ni siquiera lo noté. Cuando dejé de dormir, simplemente me convertí en un arma de destrucción, por así decirlo. Dejé atrás lo que me hacía humano hace mucho tiempo. Bueno... hasta ahora.
Joseph ladeó la cabeza, intrigado.
—?Aún tienes esas emociones?
—Desde que soy humano nuevamente, tengo las sensaciones de uno. Hambre, sue?o, cansancio... en cuanto a las emociones, vienen y van. Al principio, estaban muy presentes, pero ahora están más en calma, por así decirlo.
Joseph lo miró fijamente. El rostro de Cáliban, sereno y carente de expresión, reflejaba una desconexión que no podía pasar desapercibida. Era cierto. En el tiempo que llevaban conociéndose, eran contadas las ocasiones en que lo había visto mostrar una emoción genuina. Estás, curiosamente, surgían con mayor frecuencia cuando Cáliban relataba historias de sus viajes.
Por un momento, Joseph sintió una punzada de lástima por él, pero decidió no dejar que eso interfiriera. Si Cáliban no parecía afectado por ello, no tenía sentido compadecerlo. En cambio, tomó las herramientas que estaban a un lado y se acercó al trabajo en curso.
—Entonces... ?Me ense?arás a construir una silla? —preguntó, levantando una ceja con una sonrisa ligera.
—Acércate. —respondió Cáliban con un gesto, se?alando las tablas que había preparado.
Mientras Cáliban le ense?aba a ensamblar las piezas de madera, decidió compartir lo que había sucedido el día anterior con el profesor Yannes. Le explicó lo de la pantera carmesí, el Ferrum y la inesperada revelación sobre la mazmorra.
—?Increíble! Pensar que pasaría algo así en el bosque... —exclamó Joseph, maravillado mientras martillaba con cuidado una de las piezas.
—Sí... una mazmorra gigante con diferentes calabozos. Sin embargo, desde fuera de los muros parece solo un bosque normal.
Joseph hizo una pausa, pensativo.
—?A qué crees que se deba? Es la primera vez que escucho de una mazmorra así.
Cáliban tomó un momento para alinear otra tabla antes de responder.
—Tengo varias teorías, pero ninguna con fundamentos sólidos. Tendremos que investigar más tarde...
Joseph levantó la mirada, sus ojos brillaron con entusiasmo.
—??Iremos hacia la mazmorra?! —preguntó con emoción apenas contenida.
Cáliban soltó una ligera risa.
—?Tan emocionado estás?
—?Por supuesto! —respondió Joseph, enderezándose —?Siempre he querido despejar una por mi cuenta, sin tener que depender del oficio que tenía antes!
Cáliban asintió lentamente, una ligera sonrisa cruzando su rostro.
—Bueno, en ese caso, tendrás que entrenar más duro entonces.
Joseph lo miró decidido, apretando los pu?os. El entusiasmo se sentía casi palpable en el aire, una chispa de energía que rompía el ritmo monótono de la carpintería.
—?Vas a aumentar de nuevo el régimen de entrenamiento? —preguntó Joseph, con un atisbo de temor en su voz.
—Así es. —respondió Cáliban con naturalidad, mientras ajustaba una tabla —Será diez o veinte veces peor.
Joseph se quedó paralizado por un momento, pero al recordar las batallas pasadas, una extra?a mezcla de miedo y determinación se apoderó de él. Estaba obsesionado con hacerse más fuerte y estaba dispuesto a pasar por el peor de los infiernos para aumentar su poder.
—Entonces... —dijo finalmente —?Por qué crees que aparecieron los monstruos de cuarto nivel? Si lo que dijo el profesor es cierto, no deberían estar ahí.
Cáliban dejó el martillo en la mesa y cruzó los brazos, pensativo.
—Creo que es por el cristal... verás...
Sin dudarlo, Cáliban le contó a Joseph lo que había sucedido la noche anterior. El sue?o, el castillo y el libro con la inscripción misteriosa. Joseph escuchaba atentamente, con una mano en la barbilla mientras intentaba procesar la información.
—Eso es raro... —comentó finalmente —Un desierto inmenso, una enorme estructura y un libro con una inscripción. ?Sabes qué significa?
—Si mi memoria no me falla, la inscripción podría traducirse como "Armagedón". Pero no recuerdo ningún libro con ese nombre. Nunca había oído hablar de algo similar.
—?Crees que sea un grimorio? —preguntó Joseph con curiosidad —Por lo que describes, me suena a lo que me contaste antes.
Cáliban negó lentamente.
—No lo sé. Podría ser. Pero no conozco ningún grimorio con ese nombre ni tampoco ninguna ley relacionada. Ni siquiera mi maestro mencionó algo así. Lo más cercano que se me ocurre sería la Ley de la Destrucción, pero el grimorio que la representa es el Exitium. Fuera de eso, no tengo idea...
Joseph suspiró, resignado.
—Bueno... esto va a ser un problema.
Justo cuando terminaban de hablar, escucharon pasos acercándose. Reinhard apareció en el marco de la puerta con una expresión curiosa.
—?Qué hacen? —preguntó, inclinando la cabeza.
—Estamos armando una mesa y sillas para el comedor. —respondió Joseph, se?alando los materiales dispersos.
—?Oh! ?Puedo ayudarlos? Suena interesante.
Cáliban asintió.
—Si eso quieres, ven, te ense?aré.
Durante las siguientes horas de la ma?ana, los tres trabajaron juntos para construir una mesa con seis sillas. El objetivo era colocarla en el comedor, en la parte superior del edificio. Mientras trabajaban, comenzaron a planificar otras tareas pendientes. Arreglar los ba?os, organizar la comida, comprar más provisiones y mejorar las condiciones generales de la mansión.
Poco a poco, el resto de los residentes comenzaron a levantarse. Dimerian se dirigió al área de entrenamiento y comenzó a practicar con los mu?ecos; Argos salió a cazar algo para desayunar; Catherine, tranquila como siempre, se instaló en la sala con un libro; y Similia practicaba hechizos en el jardín trasero. Cecilia y Nhun, sin embargo, seguían dormidas.
Eran alrededor de las once de la ma?ana cuando un repentino humo negro apareció detrás de Joseph y Reinhard. Ambos se giraron sobresaltados, solo para ver al profesor emergiendo del humo con su característica calma intimidante.
—Buenos días, caballeros. —dijo el profesor Yannes ,resonando con autoridad mientras los observaba con una leve sonrisa que no inspiraba confianza.
Joseph tragó saliva, aún sorprendido, mientras Reinhard intentaba recomponerse.
—Profesor... ?Qué lo trae por aquí? —preguntó con cautela.
Yannes entrecerró los ojos, mirando primero la mesa recién construida y luego a los jóvenes.
—Tenemos asuntos que discutir… Joven Cáliban, ?Está ocupado? —preguntó el profesor Yannes, su voz era tan tranquila como siempre, pero con un matiz que sugería intenciones ocultas.
—?Qué sucede, profesor? —respondió Cáliban, dejando de trabajar por un momento.
—He hecho una cita con el tasador para que puedan llevar los cuerpos. Me gustaría que me acompa?ara.
—?Solo yo?
—Si no es molestia...
Cáliban arqueó una ceja, sospechando que el profesor tramaba algo. Sin embargo, sabía que no tenía mucho margen para negarse.
?Bueno, no tengo de otra?.
—Está bien, iré con usted. —Se giró hacia los demás —Terminen las sillas para que podamos comer cuando regrese con los materiales.
—?No podemos ir también? —preguntó Reinhard, casi como una súplica en la voz.
Yannes negó con la cabeza, aunque su expresión no perdió ese aire de condescendencia.
—Lo siento, esta vez solo vamos por los materiales. No tendré tiempo de darles un tour, pero no se preocupen, más adelante los llevaré a todos.
—Entiendo... —murmuró Reinhard, resignado.
Una hora después. Joseph y Reinhard habían terminado otra mesa y tres sillas más. Estaban satisfechos con su trabajo, pero su tranquilidad no duraría mucho. A lo lejos, comenzaron a oírse gritos. Joseph y Reinhard intercambiaron miradas antes de dirigirse hacia el origen del ruido.
En el centro del patio, Nhun y Similia discutían acaloradamente.
—?Alguien como tú no pertenece a esta casa! Estarías mejor de regreso en tu mugriento bosque morado. Oh, cierto... ni los de tu clan te quieren ahí... —espetó Similia con un tono venenoso.
Nhun tembló de ira. Su voz apenas contenía la furia mientras respondía:
—Te crees mucho solo porque eres la hija de un héroe. Qué lamentable.
Similia rió con burla, cruzándose de brazos.
—Al menos yo puedo alardear del amor de mi madre, contrario a alguien más.
Nhun quedó helada. Sus ojos se abrieron con incredulidad mientras intentaba procesar lo que acababa de escuchar.
???Qué?! ?Cómo supo...??.
El secreto de su madre era algo que jamás había revelado, y mucho menos a Similia. Su ira comenzó a desbordarse. Joseph observó la escena desde una distancia segura y murmuró:
—Eso no está bien...
—Parece ser que ya empezaron las peleas… —comentó Reinhard con una mezcla de resignación y preocupación.
Pero antes de que pudieran intervenir, otro problema se sumó al caos. Argos apareció cargando el enorme cuerpo de un Ferrum sobre sus hombros, con una expresión de triunfo.
—?Miren lo que cacé! —anunció con orgullo, dejando caer despreocupadamente el cadáver del animal.
El cuerpo del Ferrum aterrizó directamente sobre la mesa y las sillas recién construidas, destruyéndolas por completo. Las astillas volaron por el aire, dejando a Joseph y Reinhard boquiabiertos.
—?No puede ser! —gritó Joseph, con el rostro enrojecido de furia.
Reinhard apretó los pu?os, tratando de contenerse.
Argos, sin embargo, no mostró ningún remordimiento. Al contrario, observó los destrozos con una sonrisa burlona.
—?Vaya! Parece que no eran de tan buena calidad si se rompieron tan fácilmente... —dijo con sarcasmo.
El comentario encendió aún más la ira de Joseph y Reinhard. Argos los miró con una enorme sonrisa, claramente disfrutando de su frustración, como si los estuviera retando a reaccionar.

