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Capítulo 17: Choque de lanzas

  Al llegar a la zona de entrenamiento, se desplegaba ante ellos una vasta explanada de cemento, agrietada y ba?ada por el resplandor del sol, con un aire de abandono que no encajaba con la reputación de la academia. Cerca, unas chozas viejas servían como vestidores y almacenes improvisados para el equipo. Sin decir palabra, ambos se dirigieron a la choza asignada para los hombres.

  Dentro, el ambiente era opresivo. En una esquina, una estantería oxidada sostenía armas gastadas por el tiempo. Todo el lugar parecía al borde del colapso. Cáliban recorrió el espacio con la mirada, mientras Reinhard lanzaba un bufido de desdén.

  —?Esto es todo lo que tiene la mejor academia del reino? —gru?ó, tomando una lanza cuyas astillas amenazaban con cortar su mano.

  Cáliban no respondió al principio. En su mente, repasaba las imágenes de los periódicos que glorificaban a la institución: "La cumbre de la excelencia", decían. Pero la realidad era un contraste inquietante. Finalmente, suspiró y eligió una armadura sencilla.

  —El lugar puede ser un desastre, pero no será excusa. —murmuró.

  Reinhard ajustó las correas de su armadura con un gesto firme.

  —?Qué armas usarás? —preguntó, sin dejar de inspeccionar su lanza como si quisiera encontrarle algún valor oculto.

  Cáliban se acercó a la estantería y tomó otra lanza desgastada. La alzó, probando su peso con un movimiento ágil.

  —?Oh! ?También sabes usar la lanza? —dijo Reinhard con una sonrisa irónica, girando la suya entre las manos —Pero escuché que tu arma principal es la espada. Me gustaría que lucharas con toda tu fuerza.

  Cáliban se limitó a encogerse de hombros, su expresión era serena pero firme.

  —No te preocupes por eso. No será necesario.

  El comentario encendió una chispa de molestia en Reinhard, quien apretó los dientes. Para él, no tenía sentido enfrentarse a un oponente que no se esforzaba al máximo.

  ??Cree que no puedo vencerlo si usa su espada? ?O simplemente es mejor con la lanza??

  Cuando ambos se colocaron frente a frente en la explanada, el aire parecía cargado de tensión. Reinhard decidió que un peque?o comentario sarcástico serviría para desequilibrar a Cáliban.

  —Tranquilo, no usaré mi energía para esto.

  La respuesta llegó con frialdad, como un filo cortante.

  —No. De hecho, me gustaría que lo hicieras.

  Reinhard arqueó una ceja, claramente divertido.

  —?Estás seguro? No me gustaría lastimarte.

  Cáliban dio un paso al frente, clavando su mirada en los ojos de su compa?ero.

  —Si tienes miedo de da?ar a tu oponente, entonces no eres apto para ser un guerrero.

  Las palabras resonaron como un desafío directo. Cáliban, con movimientos fluidos y precisos, giró la lanza entre sus manos. El arma parecía una extensión natural de su cuerpo. Su habilidad era innegable, cada gesto hablaba de a?os de experiencia en combate. Reinhard lo observaba, su orgullo estaba herido, mientras la determinación de Cáliban se hacía evidente. Finalmente, este adoptó una posición de ataque.

  —Por favor… —dijo con una media sonrisa —no te arrepientas de tu decisión.

  Reinhard apretó la empu?adura de su lanza. La chispa de rivalidad ardía en su interior. Este combate sería más que un simple entrenamiento… ahora sería una prueba de fuerza y de honor.

  Mientras tanto, en otro rincón de la casa, Joseph terminaba de acomodar sus pertenencias en su habitación. El silencio del momento fue interrumpido por un toque en la puerta. Frunció el ce?o y se dirigió a abrir, esperando que fuera algo importante.

  Para su sorpresa, allí estaban Cecilia y Nhun, observándolo con curiosidad.

  —?Qué sucede, chicas? —preguntó, visiblemente molesto —Estoy ocupado...

  —?Cáliban y Reinhard están peleando en la zona de entrenamiento! —gritó Nhun con emoción, mientras Cecilia asentía repetidamente, sus ojos estaban muy abiertos.

  Joseph dejó caer la chaqueta que estaba doblando.

  —?Qué? ?Cáliban ya está peleando con alguien? —exclamó con incredulidad.

  —No lo sabemos con certeza. —respondió Cecilia, apresurada —Estaba pasando cerca de la ventana y los vi, tienen lanzas en las manos.

  —?Vamos a verlo! —ordenó Joseph, ya encaminándose a la puerta.

  Los tres salieron corriendo hacia la parte trasera de la mansión, sus pasos resonaron por los pasillos. El alboroto no pasó desapercibido. Otros estudiantes, intrigados por la agitación, comenzaron a seguirlos, formando una creciente multitud que se dirigía al campo de entrenamiento.

  Afuera, la explanada de cemento ahora era un escenario vibrante. Todos los integrantes de la casa se habían reunido para presenciar el duelo entre Cáliban y Reinhard.

  —Parece que esto será interesante. —comentó Similia, cruzada de brazos mientras observaba con curiosidad.

  —?Maldición! Yo quería desafiarlo primero. —gru?ó Argos, golpeando su pu?o contra la palma de su mano.

  En el centro del improvisado círculo, Reinhard esbozó una sonrisa mientras adoptaba una posición de ataque.

  —Parece que llamamos la atención. Espero que no te moleste.

  Cáliban, tranquilo, dio un paso adelante.

  —No me molesta. Puedes atacar cuando quieras.

  Reinhard entrecerró su mirada, dudando por un instante.

  —?Estás seguro de darme el primer golpe?

  Cáliban no respondió. En lugar de palabras, sus ojos se clavaron en Reinhard con una expresión tan seria que hizo que el aire pareciera más pesado.

  —Bien. —dijo Reinhard finalmente, con una sonrisa de autoconfianza —Sería grosero no aceptar. Entonces... ?Aquí voy!

  Reinhard se lanzó, su lanza brilló al ser alzada con precisión. Su velocidad era asombrosa; en un abrir y cerrar de ojos estaba frente a Cáliban. Con un grito, dirigió una poderosa estocada hacia el pecho de su oponente.

  El golpe parecía certero, pero Cáliban reaccionó como si hubiera anticipado cada movimiento. Con un giro rápido, desvió el ataque usando el bastón de su lanza, haciéndolo parecer un movimiento sin esfuerzo. Reinhard perdió el equilibrio por el impulso. Antes de que pudiera recuperarse, Cáliban aprovechó el error y le propinó un pu?etazo directo al rostro, obligándolo a retroceder varios pasos con saltos torpes.

  —??Pero qué demonios…?! —exclamó Reinhard, llevándose una mano a la cara mientras evaluaba a Cáliban con una mezcla de sorpresa y rabia.

  Cáliban, en cambio, permanecía imperturbable.

  —Nunca empieces un combate con un ataque obvio. —dijo con voz calmada, como si impartiera una lección —Busca una apertura o utiliza un golpe que imponga respeto. Solo los idiotas subestiman a su oponente.

  Las palabras de Cáliban golpearon a Reinhard más que su pu?etazo. Por un momento, Reinhard sintió que estaba luchando contra alguien mucho mayor, alguien que conocía el campo de batalla como la palma de su mano. Ahora comprendía por qué Cáliban había dicho que no necesitaría usar su energía para vencerlo.

  Reinhard apretó los dientes, su orgullo fue herido. Respiró profundamente y levantó la lanza nuevamente.

  —Te subestimé. Lo siento. Te prometo que no volverá a pasar.

  Una aura brillante comenzó a rodear a Reinhard. Su lanza se cubrió con un destello azul, vibrando con energía. Sin más palabras, saltó hacia adelante con renovada determinación. Esta vez, su ataque fue más calculado. Fingió un golpe frontal, pero a mitad de camino cambió su trayectoria con una finta rápida, dirigiéndose a la espalda de Cáliban.

  El público contuvo el aliento, creyendo que esta vez el ataque sería certero. Pero Cáliban, como si pudiera ver sin mirar, giró justo a tiempo. Esquivó el ataque con una elegancia casi sobrenatural y, aprovechando el impulso de Reinhard, movió el extremo de su lanza para golpearlo en el vientre con fuerza. Reinhard tropezó hacia atrás, jadeando mientras intentaba recuperar el equilibrio.

  —?Imposible! —murmuró Reinhard, agachándose mientras su cuerpo se estremecía.

  Cáliban lo miró con calma, con su lanza descansando sobre su hombro.

  —Un ataque sorpresa puede ser efectivo, pero solo cuando el oponente no es consciente de tu presencia o no puede reaccionar a tiempo. —explicó Cáliban mientras esquivaba con precisión otro intento de golpe de Reinhard —También debes buscar puntos vulnerables como la cabeza o los brazos. Atacar la espalda suele ser una mala idea si no tienes la fuerza suficiente para romper su defensa.

  Reinhard jadeó, llevándose una mano al costado mientras intentaba recuperar el aliento.

  —Lo… lo… tendré en cuenta… —respondió, su orgullo estaba herido tanto como su resistencia.

  A pesar del dolor, Reinhard volvió al ataque con una ráfaga de estocadas y golpes laterales. Sin embargo, Cáliban se movía como si pudiera anticipar cada movimiento, esquivando con una fluidez casi inhumana. Los murmullos de asombro entre los espectadores crecieron. Era evidente que no estaban presenciando un duelo común.

  —Ese tipo no es normal… —susurró Dimerian, sin apartar la mirada de la pelea.

  Cerca de él, Catherine se acercó a Argos y Similia, quienes intercambiaban susurros sobre la habilidad de Cáliban.

  —Se dice que usó una técnica sublime para matar a un Wyvern. —les comentó Catherine en voz baja —Lo dividió a la mitad de un solo golpe.

  Argos frunció el ce?o, su mirada se fijó en Cáliban. Aunque sus labios permanecían cerrados, su mente trabajaba frenéticamente.

  ?Es fuerte, eso no lo dudo… pero no creo que pueda vencerme? —pensó con confianza.

  Mientras tanto, en la explanada, Reinhard continuaba lanzando ataques desesperados, pero su aliento comenzaba a fallarle. En contraste, Cáliban se movía con la misma ligereza con la que había iniciado el combate. Ni una gota de sudor perlaba su frente, y su expresión seguía siendo tranquila.

  Joseph, Cecilia y Nhun observaban la escena sin sorpresa. Habían visto antes de lo que Cáliban era capaz.

  ?Gracias al entrenamiento diario, mi cuerpo se ha vuelto más ágil y resistente? —pensó Cáliban mientras desviaba con calma otra ráfaga de golpes.

  El recuerdo de sus sesiones de entrenamiento surgió en su mente. Cada día, él y Joseph corrían alrededor del antiguo bosque de Hilloy, cargando mochilas repletas de piedras. Cada jornada a?adían más peso, forzándose a superar sus límites.

  ?Aunque ese entrenamiento es un infierno, debo admitir que funciona? —pensó Joseph desde la multitud, observando cómo su compa?ero demostraba lo que habían logrado juntos.

  Finalmente, Reinhard se detuvo. Su respiración era pesada, y su lanza temblaba en sus manos. Habían pasado ya 50 minutos desde que comenzó el combate, pero para Cáliban, parecía que apenas habían calentado.

  —?Cómo es posible? —jadeó Reinhard, sin poder ocultar su frustración —Luché con todo, pero no pude tocarte. Ni siquiera usaste energía… ?Y sigues sin cansarte!

  Cáliban se encogió de hombros, apoyando su lanza en el suelo con calma.

  —Tengo un buen régimen de entrenamiento. —respondió con naturalidad.

  —??Solo eso?! —protestó Reinhard, incrédulo —No te creo…

  —Me da igual si me crees o no. —replicó Cáliban con serenidad —Tú mismo has visto que no he usado energía.

  Reinhard bajó la mirada por un instante, tratando de encontrar una explicación. Sus pensamientos eran un torbellino de incredulidad y fascinación. Cáliban no solo lo había superado físicamente, sino que su actitud tranquila y controlada lo hacía aún más intimidante.

  De repente, una sonrisa apareció en el rostro de Reinhard. A pesar de la derrota, había algo que lo emocionaba.

  —Realmente eres fuerte, Cáliban. ?Esto es muy interesante! Pero… —Reinhard levantó la mirada, con sus ojos llenos de determinación.

  Cáliban ladeó ligeramente la cabeza, intrigado.

  —?Qué sucede?

  —Me gustaría que me atacaras. —pidió Reinhard, aún recuperándose del combate —Hasta ahora te has defendido bien, pero quiero ver cómo peleas al ataque.

  Cáliban lo miró en silencio, evaluándolo por un momento. Finalmente, asintió.

  —Si eso es lo que quieres… bien.

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  Reinhard adoptó una posición defensiva, preparándose para lo que se avecinaba. Sin embargo, lo que ocurrió después lo tomó completamente por sorpresa. Cáliban se lanzó hacia él a una velocidad asombrosa, su lanza apuntaba directamente a un solo punto… el centro de su defensa. Reinhard apenas tuvo tiempo de reaccionar. Levantó su arma para bloquear el impacto, pero en el último instante, Cáliban cambió la dirección de su ataque.

  Con un giro preciso de su mu?eca, Cáliban hizo que la punta de su lanza trazara un arco hacia abajo, y luego la lanzó en un golpe ascendente que iba directo a la mandíbula de Reinhard. La técnica era exactamente la misma que Reinhard había intentado usar contra él, pero esta vez, ejecutada con una precisión impecable.

  El filo embotado de la lanza quedó a un centímetro de su objetivo cuando Cáliban se detuvo abruptamente, retirando el arma con calma.

  —Eso es suficiente por hoy. —dijo con voz serena, bajando la lanza.

  Reinhard retrocedió, bajando su arma mientras inclinaba ligeramente la cabeza.

  —Realmente eres fuerte. Es mi derrota. —admitió, haciendo una reverencia con respeto.

  Aunque mantenía la compostura, su orgullo estaba herido. Ambos habían usado técnicas similares, pero las de Cáliban demostraron ser superiores en cada aspecto. Sin embargo, Reinhard no podía negar que había aprendido mucho del combate.

  —Ese fue un buen sparring. —dijo Cáliban, con un leve asentimiento.

  Reinhard soltó una leve carcajada, todavía maravillado.

  —Esa técnica que usaste es impresionante. Si tu arma tuviera filo, habría estado en serios problemas.

  Un eco metálico resonó en ese momento, llamando la atención de todos los presentes. Era la campana de la mansión, se?alando que la cena estaba lista. Los estudiantes comenzaron a regresar al interior, ansiosos después de la larga jornada.

  Pero su entusiasmo se desvaneció al entrar al comedor. Ante ellos se extendía una larga mesa, vieja y al borde del colapso, con patas desiguales y una superficie llena de grietas. Las sillas no estaban en mejor estado, y tampoco la comida… un plato de sopa aguada con apenas un par de trozos de verduras flotando en ella.

  Los murmullos de descontento comenzaron a recorrer el salón. Las caras de incredulidad y desagrado no pasaron desapercibidas para el profesor, quien disfrutaba visiblemente del desconcierto de sus alumnos. Con una sonrisa burlona, se acercó al centro del comedor.

  —?Vaya! —dijo con una carcajada sarcástica —Parece que esto no era lo que esperaban, ?Verdad?

  El descontento era palpable, pero la explicación del profesor dejó a todos aún más atónitos.

  —Como pueden ver, la academia les ofrece un lugar donde aprender y recursos a disposición para volverse mejores… pero nada en esta vida es gratis. —declaró, paseándose entre ellos —Todo lo que necesiten, tendrán que ganárselo. Las mesas, las sillas, los muebles, la comida… todo dependerá de su esfuerzo.

  Las palabras dejaron a los estudiantes en completo silencio. Por primera vez comprendieron la realidad detrás de la fama de la academia. Cáliban, sin embargo, veía lógica en el sistema.

  ?Por eso todo estaba medio vacío…? —reflexionó. Era una estructura que premiaba a los talentosos y disciplinados, permitiendo a la academia concentrar sus recursos en quienes realmente los merecían.

  Joseph fue el primero en romper el silencio.

  —Pero, profesor… ?Cómo se supone que consigamos todo eso? —preguntó con un tono de incredulidad.

  El profesor levantó los hombros con desinterés.

  —Eso no me corresponde a mí decidir. Podrán comer lo que tienen frente a ustedes, trabajar para mejorar este lugar… o cazar lo que necesiten por su cuenta. La elección es suya.

  Las palabras del profesor resonaron en la sala, dejando claro que los días de comodidad y recursos fáciles habían terminado. Algunos se sintieron frustrados, otros motivados, pero una cosa era cierta… en esta academia, solo los mejores podrían prosperar.

  —?Cazar? —preguntó Catherine con incredulidad, levantando una ceja.

  —?Oh! Eso me recuerda a mi hogar. —comentó Argos, con una sonrisa amplia y un brillo nostálgico en los ojos —Solíamos salir a cazar en manada. Era divertido.

  —?Y qué hay de los muebles? —intervino Dimerian, cruzando los brazos mientras miraba al profesor con escepticismo.

  —Tendrán que comprarlos en Hilloy o fabricarlos ustedes mismos. —respondió el profesor con indiferencia, como si fuera la cosa más obvia del mundo.

  —?Es un chiste, verdad? —refutó Similia, frunciendo el ce?o.

  El profesor negó con un gesto de la mano y una sonrisa ladeada.

  —No. Como ya les dije, así es como funcionará la academia. A partir de ahora, lo que hagan es asunto suyo. Mi deber es mantenerlos a salvo de peligros externos; nada más. El resto depende de ustedes.

  Sin dar espacio a más preguntas, el profesor hizo un ademán teatral.

  —Y ahora, si me disculpan, debo asistir a un asunto importante. Volveré en un rato. Que tengan una buena noche.

  El profesor chasqueó los dedos, y su figura desapareció en una nube de humo negro que se disipó rápidamente, dejando a los estudiantes en un silencio incómodo.

  —?Qué hacemos ahora? —preguntó Nhun, mirando a los demás con evidente preocupación.

  —No lo sé… —murmuró Cecilia, bajando la mirada —La verdad, no esperaba esto. Ni siquiera sé cómo cazar…

  Una risa fuerte rompió la tensión. Argos, con una expresión confiada, dio un paso al frente.

  —No se preocupen tanto. Yo iré al bosque a cazar algo. Quien quiera un festín esta noche, puede acompa?arme.

  Catherine torció el gesto.

  —Realmente es desagradable. —dijo en voz baja, cruzando los brazos con desdén.

  Sin esperar una respuesta, Argos se encaminó hacia la puerta, dirigiéndose al portón que daba al bosque, justo después de pasar por la zona de entrenamiento. Su experiencia y confianza hicieron que varios estudiantes lo siguieran, viendo en él una solución práctica.

  Joseph se acercó a Cáliban mientras observaba a los que partían.

  —?Qué harás?

  Cáliban reflexionó por un momento antes de responder.

  —Hmm… trae los cuchillos que compramos en el falso Hilloy, también los mecheros. Parece que nosotros también tendremos que cazar.

  Nhun levantó una mano con entusiasmo.

  —?Nosotras también podemos ir?

  —Bien. —respondió Cáliban con un leve asentimiento —Traigan utensilios de la cocina… ollas, cuchillos y condimentos. Esto será un trabajo en equipo.

  Mientras se organizaban, Reinhard permaneció en silencio, observando a Cáliban desde una esquina. Sus manos estaban inquietas, y era evidente que estaba reuniendo valor. Finalmente, dio un paso adelante, con el ce?o fruncido pero la mirada decidida.

  —Yo… ?También podría acompa?arlos? —preguntó, con su tono más formal de lo que pretendía.

  Cáliban lo miró con curiosidad, ladeando ligeramente la cabeza.

  —Pensé que querrías ir con ellos… —respondió, se?alando hacia el grupo liderado por Argos.

  Reinhard desvió la mirada, incómodo.

  —No me dan mucha confianza.

  —?Y yo sí? —preguntó Cáliban, con un deje de inseguridad en la voz.

  Reinhard lo miró directamente, evaluándolo.

  —Al menos más que ellos. —respondió con calma. Luego arqueó una ceja, viendo la tensión en el rostro de Cáliban —?O acaso mi presencia te incomoda? No quiero obligarte si es una molestia…

  Cáliban soltó un leve suspiro y asintió.

  —Está bien. Puedes venir. Mientras más ayuda, mejor. Ve a la zona de entrenamiento y trae arcos con flechas, también un hacha y algunas armas adicionales.

  Reinhard dejó escapar un suspiro de alivio, su postura se relajó ligeramente.

  —Entendido. Ahora mismo lo hago.

  Después de reunir los suministros necesarios, el grupo se dirigió hacia la salida más cercana, que conducía al bosque. Frente a ellos, una enorme puerta de madera, custodiada por dos guardias, se alzaba como una barrera imponente. El muro alrededor de la academia parecía extenderse hasta donde la vista alcanzaba, delimitando el área protegida por una barrera mágica.

  Uno de los guardias los miró con semblante severo.

  —Identificaciones.

  —No tenemos… —murmuró Nhun, dando un paso al frente con nerviosismo.

  El guardia levantó la mano con tranquilidad.

  —No importa. Solo alcen el brazo.

  Al hacerlo, en la parte superior de sus manos apareció una marca luminosa en forma de tigre blanco. Los estudiantes intercambiaron miradas de asombro.

  —Cuando son asignados a una casa por el artefacto, este les marca con una insignia en la mano que usaron para tocarlo. —explicó el guardia —La marca los valida como miembros de su respectiva casa. Probablemente les expliquen más adelante. Por ahora, pueden ir.

  El guardia se inclinó ligeramente hacia adelante, su tono se tornó más serio.

  —Recuerden, al ser de primer rango, solo pueden permanecer fuera hasta cierta hora del día. Si no regresan a tiempo, un grupo de búsqueda irá por ustedes, y al regresar se les aplicará una sanción.

  Cáliban observó la marca en su mano con curiosidad.

  ?Interesante… pensé que solo era un localizador, pero también sirve como una especie de credencial? —reflexionó.

  Una vez fuera del muro, el grupo comenzó su caminata hacia el interior del bosque, mientras el guardia devolvió una mirada sombría que los persiguió hasta que la gran puerta se cerró. Los sonidos de la naturaleza los envolvieron: el crujir de las hojas bajo sus pies, el susurro del viento entre los árboles, y el ocasional canto de un ave lejana. Tras caminar un rato, decidieron instalar un peque?o campamento provisional como punto de encuentro.

  Cáliban tomó la iniciativa, repartiendo los roles con precisión.

  —Muy bien. —dijo, con tono firme pero calmado —Joseph, le ense?arás a hacer una fogata a Cecilia y Nhun. Una vez que hayan aprendido, irás a cortar árboles para obtener le?a y, si tienes tiempo, troncos para carpintería. Cecilia y Nhun se quedarán aquí, cuidando el campamento. Mantengan la fogata encendida; eso ahuyentará a los depredadores.

  Joseph asintió con resignación, pero antes de que pudiera responder, Reinhard dio un paso adelante.

  —?Y yo? —preguntó con interés.

  —Tú y yo iremos a cazar. —continuó Cáliban.

  Joseph levantó la mano, interrumpiendo.

  —A mí también me gustaría ir a cazar. —dijo con un tono algo desafiante.

  Cáliban negó con la cabeza.

  —Será en otra ocasión. Tú ya conoces lo básico, pero Cecilia y Nhun no. Necesito que les ense?es.

  Joseph resopló, pero asintió después de un momento de reflexión.

  —Bueno… si no hay de otra.

  Con las tareas asignadas, cada uno se preparó para cumplir con su labor. La noche apenas comenzaba, y con ella, un desafío que pondría a prueba tanto sus habilidades como su capacidad de trabajar en equipo.

  —Muy bien, tengan cuidado. —dijo Cecilia, observando cómo Reinhard y Cáliban se adentraban en la oscuridad del bosque.

  —?Yo también quiero cazar la próxima vez! —gritó Nhun con entusiasmo, su voz resonó detrás de ellos.

  Caminando bajo el dosel del bosque, Reinhard mantenía la vista fija en el camino. Las sombras de los árboles se extendían como manos inquietas, y el aire fresco de la noche llevaba consigo el canto lejano de criaturas nocturnas. Perderse era fácil, especialmente ahora que la luz del día había desaparecido, pero lo que realmente lo inquietaba no era el bosque, sino la presencia de Cáliban a su lado.

  Decidido a romper el silencio y aliviar la tensión, Reinhard intentó iniciar una conversación.

  —Tengo entendido que los de tu especie no pueden ver bien en la oscuridad.

  —No te preocupes por eso. —respondió Cáliban con calma, sin desviar la mirada del entorno —Te aseguro que puedo ver muy bien.

  Reinhard soltó un leve resoplido y lo miró de reojo.

  —Eres raro. He conocido a otros humanos antes, pero tú eres el más raro de todos.

  Cáliban arqueó una ceja.

  —?Por qué dices eso?

  Reinhard tomó aire, como si estuviera enumerando algo que había estado pensando durante horas.

  —Eres poco expresivo. Durante nuestro combate no te vi agotado ni haciendo caras. Aparte de eso, la mayoría de los humanos que conozco no soportan relacionarse con otras especies inteligentes. En cambio, tú pareces no tener problemas con eso.

  Cáliban lo miró con una leve curiosidad, pero no interrumpió. Reinhard se detuvo un momento, su tono se tornó más sombrío.

  —Los humanos que conozco suelen temblar internamente al tratar con mi tribu, o tienen sentimientos encontrados. Algunos incluso me han lanzado piedras. Pero en ti… no puedo detectar nada de eso. Y lo más increíble…

  —?Lo más increíble? —preguntó Cáliban, inclinando ligeramente la cabeza.

  —Es tu guardia. —continuó Reinhard —Desde que terminamos el combate, no has bajado la guardia ni un solo momento. No puedo ver aperturas en ti. Si tienes miedo de que te haga da?o o que ataque a tus amigos, yo…

  —No es por eso. —lo interrumpió Cáliban, con un tono neutro —También sé que no le harás da?o a nadie. Simplemente, siempre tengo mi guardia en alto. Es… un hábito, por así decirlo.

  —?Hábito? —preguntó Reinhard, intrigado —?Debido a qué?

  —A mi estilo de vida. —respondió Cáliban con sencillez —Al quedar huérfano, tuve que ser mochilero desde muy joven. Fui a muchas mazmorras desde que era un ni?o.

  Reinhard quedó momentáneamente atónito. Ser mochilero era un trabajo peligroso incluso para adultos experimentados. A diferencia de los aventureros, los mochileros carecían de armas sofisticadas o recursos; dependían únicamente de su ingenio, suerte y experiencia para sobrevivir en terrenos hostiles.

  ?Eso explica su guardia constante y su experiencia… pero su estilo de combate no encaja con un mochilero. Esquivar con márgenes tan reducidos y mantener tanta precisión es más propio de un veterano de guerra. ?Estará mintiendo?? —pensó Reinhard, escrutándolo en silencio.

  Finalmente, Reinhard bajó ligeramente la mirada y habló en voz baja.

  —Ya veo… lamento haber sacado el tema. Me disculpo. —Hizo una leve reverencia, respetuoso.

  —No te preocupes por eso. —respondió Cáliban, restándole importancia.

  ?Eso debería bastar como explicación por ahora…? —pensó.

  Reinhard respiró hondo, rompiendo la pausa.

  —Entonces… ?Qué vamos a cazar?

  Antes de que Cáliban pudiera responder, levantó una mano en se?al de alto.

  —Detente.

  Ambos se quedaron inmóviles, sus ojos escanearon el entorno. A unos metros de distancia, bajo un claro iluminado por la luna, una enorme figura emergió entre los arbustos… un Ferrum. La criatura era similar a un jabalí, pero mucho más grande, con colmillos y cuernos cubiertos por un revestimiento mineral que brillaba bajo la luz. La parte superior de su espalda estaba protegida por escamas duras, formadas por depósitos de minerales. Su piel gruesa era conocida por su resistencia, ideal para fabricar armaduras y escudos.

  Cáliban y Reinhard se agacharon tras unos arbustos cercanos, observando al Ferrum con cuidado.

  —?Ves eso? —susurró Cáliban, se?alando al claro iluminado por la luna.

  —Un Ferrum… —murmuró Reinhard, con los ojos fijos en la imponente criatura —?Qué hace aquí?

  —No lo sé… —respondió Cáliban, su voz era calmada, pero atenta.

  —?Entonces cazaremos eso?

  Cáliban lo miró de reojo, evaluando su reacción.

  —?No puedes?

  Reinhard frunció el ce?o.

  —No, sí puedo. Entonces… iré primero.

  Sin esperar una respuesta, Reinhard descolgó el arco que llevaba al hombro y comenzó a prepararse. Movió los dedos con precisión, tensando la cuerda mientras colocaba una flecha con punta afilada. Una brillante aura roja comenzó a envolver el proyectil mientras Reinhard canalizaba su energía de 3 estrellas, cargándola para asegurar un impacto poderoso.

  Cáliban observó en silencio, pero antes de que Reinhard disparara, decidió intervenir.

  —Si disparas al Ferrum con esa flecha, es muy probable que no le des. Escapará antes de que puedas reaccionar.

  Reinhard giró la cabeza hacia él, con una sonrisa confiada en su rostro.

  —Tranquilo. Ya he cazado a uno de estos antes.

  Cáliban arqueó una ceja, pero no insistió.

  —Bueno… si estás tan seguro, adelante.

  Reinhard tensó la cuerda al máximo, su flecha tembló ligeramente bajo la presión. Con un suspiro contenido, soltó el proyectil. La flecha cargada de aura surcó el aire con un zumbido, dirigiéndose directamente al rostro del Ferrum con precisión mortal.

  Pero lo que ocurrió después dejó a Reinhard atónito.

  El Ferrum, con reflejos asombrosos para su tama?o, levantó uno de sus enormes cuernos recubiertos de mineral justo a tiempo. La flecha chocó contra el cuerno con un destello de luz y fue desviada hacia los árboles. El impacto resonó en el claro, rompiendo el silencio de la noche.

  La criatura, ahora completamente alerta, soltó un gru?ido profundo y cargó hacia la maleza, desapareciendo en la espesura con una rapidez que parecía imposible para su corpulencia.

  —?Pero qué…? —exclamó Reinhard, bajando el arco mientras intentaba procesar lo ocurrido.

  Cáliban se levantó del arbusto, sacudiéndose el polvo con calma.

  —Te lo dije…

  Reinhard apretó los dientes, visiblemente molesto, pero antes de replicar, Cáliban se?aló hacia el rastro del Ferrum. Sin perder tiempo, ambos salieron de los arbustos y comenzaron a seguir las huellas de la bestia, moviéndose con rapidez pero en silencio, atentos a cualquier ruido en el entorno.

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