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Capítulo 14: Ceremonia de Bienvenida - Primera Parte

  Los días pasaron lentamente, la rutina volvió a asentarse como una niebla densa tras la tormenta de emociones de la segunda prueba. El cambio en el sistema de evaluación había extendido el proceso más de lo planeado, y los pasillos de la academia se llenaron de jóvenes, más de 1,500, esperando ansiosos su destino.

  Era el séptimo día. En el comedor, los primeros rayos del sol cruzaban las amplias ventanas, iluminando las mesas donde algunos desayunaban con prisa. Entre ellos, Cáliban y Joseph compartían su habitual comida matutina. El profesor Yannes les había mencionado que los resultados serían publicados esa misma tarde en un tablero mágico ubicado en la entrada principal.

  Joseph, que había estado jugueteando con su cuchara, finalmente habló, más reflexivo que de costumbre.

  —Cáliban…

  —?Sí? —respondió este sin apartar la vista de su plato, tomando un sorbo de su té.

  —No hace falta que me lo expliques, pues entiendo perfectamente por qué te llamaban el Asesino de Dioses.

  Cáliban alzó una ceja, dejando que Joseph continuara.

  —Lo que no entiendo es tu otro apodo. Dios del Caos. ?De dónde viene?

  Cáliban dejó lentamente su taza sobre la mesa, el sonido resonó en el ambiente mientras una sonrisa apenas perceptible asomaba en su rostro.

  —Hmmm…

  —?Dije algo que no debía? —Joseph retrocedió un poco, preocupado por haber cruzado una línea.

  —No. —Cáliban negó suavemente, aunque había algo en su mirada que denotaba cierta cautela —Es solo que… no es una historia fácil de contar.

  —?Es un secreto? —Joseph inclinó la cabeza, intrigado.

  —No exactamente. —Cáliban se reclinó en su silla, cruzando los brazos —Digamos que es más… complicado. Pero no es algo que pueda explicarte con el estómago lleno.

  —?Es tan malo?

  —Malo, no. Extenso, sí. Y necesitarás contexto, mucho contexto. Así que, paciencia. Primero terminemos de comer.

  Joseph bufó, pero decidió dejarlo ahí por el momento. Después de acabar el desayuno, ambos salieron del comedor, caminando hacia la plaza principal. Aunque sabían que ya habían aprobado, pues el director se los había confirmado personalmente, querían ver qué tipo de personas habían pasado las pruebas junto a ellos.

  El camino hacia la plaza ofrecía una vista espectacular desde el balcón de la academia. Monta?as imponentes y ríos serpenteantes se extendían hasta donde alcanzaba la vista, ba?ados por la luz matutina. Cáliban se detuvo un instante, apoyando las manos en la barandilla, su mirada se fijó en el horizonte.

  —?Te vas a quedar callado todo el camino? —preguntó Joseph, rompiendo el silencio.

  —?Te impacienta tanto? —respondió Cáliban, sin voltear.

  —?Claro que sí! ?Lanzas algo como “Dios del Caos” y luego pretendes que no pregunte más!

  Cáliban rió suavemente, un sonido extra?o viniendo de él, casi relajado.

  —Bien, bien. Supongo que un poco de contexto no hará da?o. —Giró para mirarlo, sus ojos brillaron como si recordara algo muy lejano

  —La razón por la que me llamaban el Dios del Caos era por mi poder. —comenzó Cáliban, con un tono pensativo mientras observaba el horizonte desde el balcón —Cuando mi maestro tenía a sus discípulos, nos ense?aba a dominar una ley. No cualquier ley, sino aquellas que definían la estructura misma del universo.

  Joseph inclinó la cabeza, intrigado.

  —?Qué tipo de leyes?

  —El maestro poseía dos de las leyes más poderosas que existen. Tan antiguas como la creación misma… Caos y Orden. Ambas tienen la capacidad de destruir completamente a los dioses exteriores. Por esta razón, los dioses querían verlo muerto.

  Joseph se quedó boquiabierto.

  —Eso es increíble… pero también aterrador.

  —Lo era. Después de siglos entrenando, el maestro eligió a dos de entre sus doce discípulos para heredar estas leyes.

  —?Y fuiste tú uno de ellos?

  —Así es —afirmó Cáliban con calma —El otro fue Karrigan.

  Joseph se enderezó de golpe, sorprendido.

  —??Karrigan?! ?Por qué los eligió a ustedes dos?

  —No lo sé con certeza. En el caso de Karrigan, era más evidente… él era el único hijo de sangre de nuestro maestro.

  —??Qué?! —exclamó Joseph, sus ojos se abrieron con incredulidad —??Karrigan era su hijo directo?!

  Cáliban asintió, con una leve sonrisa irónica.

  —Sí. De los doce discípulos, Karrigan era el único que compartía genes con el maestro. Eso lo convertía en una criatura primordial desde su nacimiento. Su talento, disciplina y poder eran incomparables. Si hubiera tenido unos milenios más para desarrollarse, habría superado al maestro sin duda alguna.

  Las palabras trajeron un silencio momentáneo, hasta que Joseph no pudo contenerse y dejó salir el pensamiento que lo carcomía.

  —Es una lástima… ?Por qué los traicionó?

  Cáliban bajó la mirada, su expresión se tornó más sombría.

  —No conozco sus motivos. Puedo suponer algunas cosas, pero nunca lo sabré con certeza.

  —?Qué cosas?

  —El maestro no le daba trato preferencial. A pesar de ser su hijo, nos trataba a todos como iguales. Esa igualdad nos permitió ser una familia unida, al menos al principio. Pero Karrigan… su talento era abrumador. Eso le dio la oportunidad de ser el elegido para una ley primordial. En cuanto a mí, todavía no entiendo por qué fui el elegido para la otra.

  Joseph lo miró con curiosidad.

  —?Nunca te lo explicó?

  —No directamente. —Cáliban exhaló, sus ojos se perdieron en el paisaje —Solíamos hablar mucho. Yo tenía demasiadas preguntas sobre todo, y me esforzaba más que nadie en el entrenamiento. Supongo que eso hizo que los demás me tomaran cari?o, aunque no siempre fue así.

  —?A qué te refieres?

  Cáliban guardó silencio por un momento, los recuerdos saltaron en su mente como hojas arrastradas por el viento.

  —Cuando llegué con ellos, no era el más querido. Yo era el quinto discípulo del maestro. Los cuatro que habían llegado antes no me trataban como un hermano. Sobre todo Karrigan, que estaba en reclusión entrenando cuando llegué.

  —?Reclusión?

  —Entrenamientos de 10 a 15 a?os, a veces más. Mientras él estaba ausente, yo convivía con los otros tres. Pero no me hablaban ni interactuaban conmigo. El maestro me ense?aba técnicas, pero la práctica dependía de mí. Traté de pedir ayuda, pero cada uno estaba demasiado ocupado entrenando sus propias fuerzas.

  —Debe haber sido difícil…

  —Sí, ese era precisamente el problema. —dijo Cáliban, apoyándose en la barandilla mientras su mirada se perdía en el horizonte —No éramos realmente una familia en aquel entonces. Mis hermanos lo veían como un padre, pero también como una figura intocable, alguien que debía ser respetado a toda costa. Rara vez se acercaban a él, temían robarle tiempo o distraerlo de su misión. Eso generó una barrera entre los primeros cuatro discípulos. Pero conmigo…

  Cáliban se detuvo un instante, como si las palabras cargaran más peso de lo que esperaba.

  —Conmigo era diferente. Pasaba mucho tiempo con él. Me fascinaban las historias que me contaba, lo que había visto y aprendido en sus viajes. Sus secretos no me interesaban, pero mi curiosidad era insaciable.

  Joseph asintió, una sonrisa ligera se asomó en su rostro.

  —?Cómo podrías no tener curiosidad? Las historias que tú me cuentas ya son fascinantes. No puedo ni imaginar las que él te contaba.

  —Lo eran… —respondió Cáliban, esbozando una sonrisa nostálgica —Pero eso también me trajo problemas con los tres mayores.

  —?Por qué?

  —No les agradaba que pasara tanto tiempo con el maestro. Creían que era una especie de favoritismo, aunque no lo fuera. Pero todo cambió cuando llegó mi sexta hermana.

  Joseph ladeó la cabeza, intrigado.

  —?Qué cambió con ella?

  —Todo. Cuando éramos jóvenes, solíamos salir mucho juntos. Ella y yo entrenábamos, explorábamos, aprendíamos. El maestro nos dio la libertad de elegir entre sus vastos conocimientos. Ella eligió la alquimia, yo elegí el combate. A pesar de nuestras diferencias, pasábamos horas hablando. Yo le ense?aba técnicas de combate, y ella me hablaba de alquimia.

  Cáliban se detuvo un momento, su mirada se suavizó mientras los recuerdos fluían.

  —Cuando mi hermana llegó al templo, yo llevaba allí 300 a?os. Recuerdo haberla llevado en expediciones a mundos desconocidos, civilizaciones llenas de sabiduría donde ella podía aprender cuanto quisiera. Aún puedo ver su rostro iluminado de emoción cada vez que descubría algo nuevo…

  Una risa escapó de Cáliban, inesperada y genuina.

  —?Y cómo olvidar su primer intento de alquimia! Hizo explotar todo el recinto.

  —?Qué? —Joseph abrió los ojos con incredulidad —?Hizo explotar…?

  —Oh, sí. ?BOOM! —Cáliban hizo un gesto con las manos, imitando la explosión —Las llamas nos dejaron limpiando el lugar durante días. Pero ella solo reía.

  Joseph sonrió, pero su expresión pronto se tornó más seria. Había algo en las palabras de Cáliban que resonaba en él.

  —La razón por la que sus muertes te dolieron tanto fue…

  Cáliban se giró lentamente hacia él, con una expresión solemne.

  —Porque yo los crié. Al menos, desde el sexto hasta el doceavo discípulo. Eran mis hermanitos. Mis ni?os. Mi responsabilidad.

  Joseph bajó la cabeza, un silencio pesado llenó el aire entre ellos.

  —Repito… —continuó Cáliban, con un tono más bajo —no sé por qué me eligió el maestro. Pero cuando llegó el momento del anuncio, ninguno de mis hermanos objetó. Karrigan recibió la Ley del Orden, y a mí se me concedió la Ley del Caos.

  Joseph levantó la mirada, sus ojos se llenaron de curiosidad.

  —?Cuánto tiempo te tomó dominarla?

  Cáliban dejó escapar una leve risa, amarga esta vez.

  —No pude…

  —?Qué? —Joseph parpadeó, confundido —?Cómo que no pudiste?

  —No pude dominarla. Cuando Karrigan recibió la Ley del Orden, casi de inmediato comenzó a demostrar control sobre ella. Con el tiempo, incluso desarrolló su grimorio, El Seiránon. Eso lo convirtió en el más fuerte de todos nosotros.

  —Entonces, ?Qué pasó contigo?

  —Cuando recibí la Ley del Caos… no sentí nada. No hubo ningún cambio tangible. Lo intenté, pero la ley no respondía. Mi aura cambió a un color carmesí, y mi fuerza aumentó ligeramente, pero eso fue todo. Nada especial.

  Cáliban bajó la mirada, su voz adquirió un matiz sombrío.

  —Intenté, entrené hasta el límite, pero no pude controlarla. No pude invocar un grimorio, ni hacer que la ley me reconociera. Pensé que mi maestro había desperdiciado una ley primordial en mí.

  —Eso no puede ser cierto… —murmuró Joseph, incrédulo.

  —Eso creía yo también. Pero esa duda me atormentaba. —Cáliban apretó los pu?os, su voz cargaba de un pesar que no intentaba ocultar —Me volví el más fuerte, a la par de Karrigan, pero nunca pude superarlo. Nunca pude demostrar que la Ley del Caos me había elegido por una razón.

  Joseph lo observó en silencio, notando por primera vez el peso que Cáliban cargaba consigo.

  —Debió ser difícil… —murmuró Joseph, palabras llenas de empatía.

  Cáliban esbozó una sonrisa amarga mientras su mirada seguía fija en el horizonte, donde las colinas de Hilloy se extendían como un tapiz bajo el cielo azul.

  —Si no hubiera tenido a mis hermanos, sí. Ellos nunca me hicieron menos, pero podía sentir la desilusión de los mayores. Aunque no lo decían, estaba allí, en sus miradas, en su silencio. Era imposible ignorarlo.

  Joseph lo observaba atentamente, sabiendo que esas palabras pesaban más de lo que Cáliban dejaba entrever.

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  —Por eso me centré en mi entrenamiento. Quería demostrarles que era digno, que podía igualarlos, incluso superarlos. Pero ese mismo enfoque hizo que no me diera cuenta de lo que Karrigan estaba planeando.

  Cáliban hizo una pausa, su rostro se endureció.

  —Al final, la fuerza no sirve de nada si te consumes en ella. Tuve que morir para entenderlo.

  Joseph desvió la mirada al horizonte, masticando esas palabras. Cada conversación con Cáliban era una lección, una pieza valiosa para un futuro que todavía no comprendía del todo. Pero sabía algo con certeza… si quería seguir el mismo camino, tenía que aprender de esos errores.

  —Por el poder carmesí y los rumores que mis hermanos mayores sembraron, empezaron a llamarme el Dios del Caos —continuó Cáliban, con una sonrisa irónica —Pero ese apodo nunca me tranquilizó. El maestro tampoco quiso explicarme por qué no podía usar la ley. Y, al final, nunca logré despertar su verdadero poder.

  —?Crees que podrías despertarlo aún? —preguntó Joseph, intrigado.

  Cáliban exhaló profundamente, cruzando los brazos.

  —Tendría que revisar mi núcleo primero. Este cuerpo… no estoy seguro de qué poder es apto para él en este momento. Tampoco sé qué efecto tiene el cristal incrustado en mi alma. Hay demasiadas variables.

  Joseph asintió lentamente, dejando que el silencio llenara el espacio entre ellos mientras procesaba lo que había escuchado. Sin embargo, su conversación se interrumpió cuando llegaron al salón principal.

  Los gritos llenaban el aire. Algunos jóvenes celebraban con alegría desbordante, mientras otros alzaban sus voces en frustración.

  —?Esto es una injusticia! —gritó alguien desde la multitud —?Cambiar la prueba de última hora no es justo!

  El murmullo generalizado estaba cargado de resentimiento. Con 1,567 aspirantes y solo 300 seleccionados, era inevitable que las emociones estuvieran a flor de piel. Pero entonces, las quejas comenzaron a tomar un tono más peligroso.

  —?Escuché que por culpa de uno de los primeros lugares tuvieron que cambiar el examen!

  —?Si no fuera por él, habría pasado!

  —??Quién es el infeliz?!

  Joseph apretó los dientes, su enojo fue creciendo con cada palabra. Dio un paso hacia adelante, con su mirada fija en el grupo de nobles que alzaban la voz.

  ?Estos bastardos creen que pueden…? —pensó, su furia comenzó a arder.

  Antes de que pudiera avanzar, una mano firme se posó en su brazo.

  —Déjalos ser. —La voz tranquila pero autoritaria de Cáliban lo detuvo en seco —No tiene importancia.

  —?Pero están…! —protestó Joseph, pero Cáliban negó con la cabeza.

  —No vale la pena.

  Joseph exhaló, frustrado, y retrocedió a rega?adientes, cruzándose de brazos mientras contenía su enojo. Sin embargo, justo en ese momento, un grito de la multitud atrajo su atención.

  —?Es él! —clamó un joven, se?alando con el dedo hacia el tablero mágico.

  Ambos siguieron la dirección de su mano. En la parte superior de la lista, el nombre de Cáliban brillaba en el puesto número uno, grabado con letras doradas.

  —?él es el que evitó que pasáramos la prueba! —continuó el joven, su voz se inundó de rabia.

  Los murmullos se convirtieron en una ola de acusaciones, las miradas de la multitud se llenaron de odio e impotencia. Joseph cerró los pu?os con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos.

  —?Esto es ridículo! —espetó, dando un paso hacia adelante —?No pueden culpar a Cáliban de su propia incompetencia!

  —Tranquilo, Joseph. —Cáliban levantó una mano, su rostro era inexpresivo —Déjalos gritar. El ruido de los mediocres no cambia la realidad.

  —?Pero ellos…!

  —No importa. —Cáliban comenzó a caminar lentamente hacia la salida, sin mirar a nadie más —Las palabras vacías no afectan el destino de quienes saben hacia dónde van.

  Joseph lo miró, perplejo. Sabía que Cáliban tenía razón, pero la injusticia de la situación lo enfurecía. Finalmente, suspiró y lo siguió, alejándose del tumulto y los gritos. Pero antes de que pudieran caminar, las masas se alzaron en contra.

  —?Mika’el Cáliban, sal y da la cara! —gritó uno de los jóvenes, con la furia reflejada en su voz.

  El murmullo entre la multitud aumentó, y algunos comenzaron a unirse al llamado, se?alando con desprecio el nombre grabado en el puesto número uno del tablero mágico.

  —?Silencio!

  La voz resonó con tal fuerza que el aire pareció estremecerse. No provenía de ningún estudiante. Desde una nube de humo negro que se expandió sobre el lugar, surgió el imponente profesor Yannes. Su figura, envuelta en una túnica oscura, emanaba una energía intimidante.

  —La prueba se llevó a cabo, y ustedes no pasaron. —declaró, su tono se alzó como una espada cortando el aire —Si quieren culpar a alguien, cúlpense a ustedes mismos por no estar preparados.

  Un joven intentó replicar, alzando su voz.

  —?Pero profesor! Si ese estudiante no hubiera intervenido…

  —?Entonces dos jóvenes estarían muertas! —interrumpió Yannes con una mirada gélida —La prueba se habría llevado a cabo normalmente, y estoy seguro de que ustedes no habrían pasado de igual manera. Esa mentalidad débil y rencorosa no pertenece a esta academia.

  Un silencio pesado cayó sobre la multitud. Nadie se atrevió a responder.

  —A partir de ahora… —continuó el profesor —los que tengan su nombre en la lista del tablón síganme hacia el salón principal. Los que no, vayan por sus carruajes lo antes posible.

  Los murmullos regresaron, esta vez dirigidos hacia el propio Yannes y, por supuesto, hacia Cáliban. Las palabras iban desde rumores sobre la raza del profesor hasta especulaciones sobre el poder de Cáliban. Este último no parecía prestarles atención, su rostro era inmutable mientras observaba la escena.

  Sin embargo, cuando giró hacia Cecilia, notó que ella se despedía de algunos jóvenes que no habían pasado la prueba. Reconoció a los gemelos orcos Grindal y Saira, junto con un joven elfo llamado Lethaniel. Al parecer, se habían hecho amigos mientras él entrenaba con Joseph.

  Los tres se acercaron a Cáliban con pasos firmes, sus expresiones eran serias pero agradecidas.

  —Hola, Cáliban. Gracias por habernos salvado la vida. —Grindal rompió el silencio, inclinando ligeramente la cabeza —Lamentablemente no pasamos la prueba, pero espero que nuestros caminos se crucen nuevamente.

  —?Gracias por todo! —a?adió Saira, con una voz más cálida.

  —No hay de qué. Lo importante es que estén bien… —respondió Cáliban, con una leve inclinación de cabeza.

  Lethaniel, el joven alto elfo, avanzó un paso más, haciendo una reverencia elegante.

  —Por supuesto que lo hay. Salvaste a este humilde grupo. Aunque no podamos compartir clases, será un honor volver a encontrarte en otro tiempo.

  —Cuídense, y tengan cuidado en el camino. —respondió Cáliban, con tono tranquilo.

  De los diez jóvenes que habían llegado desde su pueblo, sólo seis no pasaron la prueba. Pero únicamente Grindal, Saira y Lethaniel se acercaron a despedirse. Los demás ya se habían marchado, y Cáliban notó que muchos evitaban siquiera mirar a Cecilia. Era evidente que la culpaban por lo ocurrido con los bandidos. Aunque era comprensible hasta cierto punto, no dejaba de ser injusto.

  Desde la distancia, vieron cómo los carruajes comenzaban a moverse, llevando a los jóvenes de regreso.

  —Es triste, pero así es como es… —murmuró Joseph, con los brazos cruzados.

  Cáliban no respondió, simplemente observó en silencio hasta que los carruajes desaparecieron en el horizonte.

  Después de las despedidas, siguieron al profesor Yannes hacia una enorme pared en el corazón de la academia. Yannes levantó una mano y comenzó a recitar un cántico mágico. Al instante, la pared comenzó a expandirse, revelando una monumental puerta de madera adornada con grabados arcanos. Cáliban dejó escapar una ligera sonrisa.

  —Así que era eso…

  Joseph notó la expresión en su rostro y frunció el ce?o, intrigado.

  —?Qué pasa?

  —Era una barrera… —respondió Cáliban, aún mirando la puerta.

  —?Otra barrera?

  —?No te parecía raro? —Cáliban giró hacia él, con una leve sonrisa —Esta academia, con su reputación, con sus mazmorras, cámaras ocultas y supuestos tesoros, parecía demasiado peque?a. Lo que hemos visto hasta ahora son solo salones vacíos, un comedor, habitaciones para huéspedes, pero nada que justifique su fama. Incluso la oficina del director era demasiado modesta para alguien como el mago más poderoso de este continente.

  —Ahora que lo mencionas… —dijo Joseph, procesando las palabras.

  Pero antes de que pudiera terminar su pensamiento, la monumental puerta se abrió de par en par. Lo que vieron al otro lado los dejó sin aliento.

  La verdadera academia se reveló ante ellos, una gigantesca ciudad que se extendía más allá de lo que sus ojos podían abarcar. En el centro, una torre colosal se alzaba, con un núcleo de energía resplandeciente en su cúspide, enviando pulsos mágicos que iluminaban el cielo como un faro en forma de escudo.

  —Esto es… impresionante… —murmuró Joseph, sin poder apartar la vista.

  Antes de que pudiera decir algo más, el profesor Yannes alzó la mano, enviando una onda de energía al aire. A los pocos segundos, comenzaron a llegar carrozas de metal, cada una de ellas avanzando por sí misma, sin necesidad de animales para impulsarlas.

  —?Qué son esas cosas? —preguntó Joseph, asombrado.

  —Carrozas mecanizadas. —Cáliban observó las máquinas con interés.

  Uno a uno, los estudiantes comenzaron a subirse a las carrozas, algunos aún sorprendidos por lo que veían. Joseph y Cáliban intercambiaron una mirada antes de seguir el ejemplo. El verdadero camino acababa de comenzar.

  Mientras la carroza avanzaba, Joseph no podía apartar la mirada del paisaje que se desplegaba a ambos lados. Tiendas, edificios de dise?o intrincado, centros de investigación y torres mágicas se alzaban como parte de una ciudad que nunca habría imaginado.Los ojos de Joseph brillaban con asombro e inocencia, reflejando la emoción de alguien que veía algo completamente nuevo.

  ?Espero que nos den tiempo para explorar esta ciudad en el futuro...? —pensó, con una leve sonrisa.

  En contraste, Cáliban mantenía un semblante serio. Aunque el paisaje también capturaba su atención, su mente estaba ocupada con pensamientos más profundos. Durante los días en la academia, había sentido una constante sensación de incomodidad, como si algo no encajara del todo. Ahora comprendía la razón… una poderosa barrera ilusoria había ocultado la verdadera naturaleza del lugar. Lo que aparentaba ser un castillo era, en realidad, una ciudad gigantesca, ocupando valles enteros y quizás más.

  ?Interesante… no son tan primitivos como pensaba.?

  Un murmullo entre los estudiantes rompió el silencio. Uno de ellos, un joven de cabello rojizo y aire altivo, soltó un comentario:

  —?Por qué ocultan todo este poder? Esta ciudad está a la par con cualquiera de las seis capitales.

  El profesor Yannes, caminando delante de ellos, se detuvo y miró al estudiante con una sonrisa fría.

  —Porque la academia debe ser segura. Al menos dentro de sus límites. —Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran en los estudiantes —Muchos enemigos buscan entrar para desvelar los secretos que guardamos aquí. Tengan esto en cuenta… la academia se dispone a ayudarlos en sus estudios, pero nada es gratis. Todo se paga, incluso con su vida…

  Los murmullos cesaron al instante. Las miradas de los estudiantes se llenaron de incertidumbre. Nadie esperaba un comentario tan directo, y mucho menos viniendo de un profesor. Para Cáliban, sin embargo, las palabras tenían perfecto sentido.

  ?Obviamente. Con tanto poder aquí, sería natural atraer la atención de agentes infiltrados, espías y otras amenazas. Una barrera de este nivel es la defensa más lógica. Pero incluso eso no impidió que un mago oscuro se involucrara...?

  Mientras las carrozas avanzaban por calles que fácilmente podían confundirse con avenidas de doble carril, el profesor alzó la voz para llamar su atención:

  —?Bienvenidos a Hilloy!

  Joseph parpadeó, confundido.

  —?Qué? ?Hilloy no era la ciudad de afuera?

  El profesor esbozó una leve sonrisa.

  —Por supuesto que no. Lo que conocen como Hilloy es solo una fachada, una tapadera. Las verdaderas tiendas y recursos están aquí dentro. Solo los miembros de la academia, o unos pocos miembros VIP de afuera, tienen acceso a este lugar.

  Los rostros de los jóvenes reflejaban su asombro. Cáliban también consideraba impresionante la arquitectura y la organización del lugar, pero algo más lo inquietaba. Su mirada se movía constantemente de un lado a otro, analizando cada detalle.

  Joseph, notando su comportamiento, le susurró:

  —?Qué sucede, Cáliban?

  —Esto no me gusta… —respondió en un tono bajo, sin dejar de observar a su alrededor.

  —?Por qué? —preguntó Joseph, confundido —Es hermoso.

  —Una flor, por más bella que sea, puede tener espinas…

  —?Qué quieres decir con eso?

  Cáliban giró levemente hacia él, manteniendo su voz baja para no ser escuchado por los demás.

  —Piénsalo. Una barrera de esta magnitud requeriría una cantidad absurda de energía. Por más poderoso que sea un mago del doceavo círculo, dudo que tenga un suministro infinito. A menos que…

  Joseph abrió los ojos al comprender.

  —?Use energía exterior?

  —Exacto.

  El joven frunció el ce?o, bajando un poco la cabeza mientras procesaba la información.

  —Pensándolo así… realmente apesta.

  Cáliban asintió ligeramente, pero no dijo más. Sabía que, aunque sus sospechas eran válidas, no podían hacer nada al respecto por ahora.

  Las carrozas mecanizadas continuaron avanzando hasta detenerse frente a un edificio imponente. A primera vista, parecía una iglesia, con una fachada adornada con grabados mágicos y arcos altos. Pero al entrar, quedó claro que las apariencias eran enga?osas.

  El interior era inmenso, un enorme salón que recordaba a un teatro con varias filas de asientos en diferentes niveles. Los asientos estaban organizados en dos mitades que rodeaban una gran plataforma central. Aunque por fuera el edificio parecía modesto, su interior era monumental, casi imposible de abarcar con la vista.

  Joseph giró hacia Cáliban, impresionado.

  —Esto es… increíble. ?Cómo hacen para que algo tan peque?o por fuera sea tan…?

  —Magia Espacial. —respondió Cáliban, mientras sus ojos analizaban cada rincón —Más común de lo que piensas, pero bien ejecutada aquí.

  Los murmullos de los estudiantes llenaron el aire una vez más mientras trataban de asimilar el lugar. El profesor Yannes, situado en la plataforma central, alzó una mano para silenciarlos.

  —?Muy bien! Tomen sus asientos correspondientes al número de su puesto. —anunció el profesor Yannes, su voz resonó en el amplio salón.

  Los estudiantes comenzaron a buscar sus lugares, guiados por peque?as etiquetas flotantes que mostraban sus nombres y números de lista. Cada etiqueta brillaba suavemente, suspendida en el aire frente a los asientos asignados.

  Joseph soltó un suspiro de alivio cuando encontró el suyo.

  —Gracias al cielo, no me tocó hasta el frente. —Se dejó caer en su asiento con una sonrisa.

  A su lado, Cáliban se acomodó sin prisa, con una expresión tranquila pero atenta. Justo al otro lado de Joseph, Cecilia y Nhun tomaron asiento, intercambiando un leve saludo.

  Poco a poco, los 300 jóvenes llenaron el primer piso del salón. El murmullo general disminuyó cuando las cortinas rojas que cubrían el podio comenzaron a levantarse lentamente.

  Detrás de ellas apareció una enorme mesa con cinco asientos, cada uno con un respaldo alto y adornado con intrincados grabados mágicos. No pasó mucho tiempo antes de que el director y los profesores hicieran su entrada. Sus figuras exudaban una presencia imponente, y el salón quedó en completo silencio.

  El director, Kasus Delion, se adelantó hacia el centro del podio. Un hombre de porte elegante, cabello plateado y ojos que parecían contener siglos de conocimiento, llevaba consigo una calma absoluta. Sin necesidad de moverse demasiado, activó la runa de sonido, y su voz profunda resonó por todo el salón.

  —?Bienvenidos, alumnos, a la academia Grand Delion! —dijo, su tono era tan autoritario como acogedor —Mi nombre es Kasus Delion, fundador y director de esta respetable institución.

  Los estudiantes escuchaban con atención, algunos con expresiones de admiración, otros con una mezcla de nerviosismo y expectativa.

  —En unos breves momentos, daremos inicio a la ceremonia de bienvenida. Mientras tanto, dense el lujo de conocer a aquellos que tienen a su lado. Nunca se sabe cuándo alguien podría convertirse en un aliado… o en un amigo.

  Una leve sonrisa cruzó los labios de Kasus antes de retroceder hacia su asiento, dejando que los estudiantes aprovecharan el tiempo.

  Joseph giró hacia Cecilia, quien observaba el lugar con una mezcla de curiosidad y tensión.

  —Bueno, ?Qué opinas? —le preguntó en un tono ligero.

  —Es impresionante… más de lo que esperaba —admitió Cecilia, volviendo la mirada hacia él con una sonrisa tímida.

  Nhun, sentada al otro lado, arqueó una ceja con su típico aire irónico.

  —?Impresionante? Quizás. Pero lo interesante no es el lugar, sino la gente que está aquí. —Su mirada recorrió el salón, deteniéndose en varios rostros con evidente curiosidad —Todos los que están en esta sala lograron superar la prueba. Eso significa que ninguno es común.

  —Eso también significa que algunos podrían ser problemáticos… —comentó Cáliban, en voz baja pero lo suficientemente audible para el grupo.

  Nhun lo miró con el ce?o fruncido.

  —?Problemas? ?Por qué siempre tienes que buscarle el lado oscuro a todo?

  Cáliban se encogió de hombros, su expresión inmutable.

  —Es un simple hecho. Cuando juntas a personas talentosas en un solo lugar, inevitablemente surgirán conflictos. Ambición, envidia, poder… todas las cosas que los humanos, y no tan humanos, llevan consigo.

  Nhun hizo un gesto de fastidio, pero no pudo negar que había algo de verdad en sus palabras.

  Mientras el murmullo entre los estudiantes continuaba, las luces del salón comenzaron a atenuarse, indicando que la ceremonia estaba a punto de comenzar. Las conversaciones cesaron gradualmente, y todas las miradas se dirigieron hacia el podio, donde Kasus Delion y los profesores tomaron sus lugares.

  El ambiente se cargó de expectativa. Estaba claro que algo importante estaba por comenzar.

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